[Pasado] Doctor, trabaje su paciencia
#1
Fecha: Día 54 de Otoño, Año 10

Ubicación: A bordo del Patrullero de la Marina "El Vigilante", en algún lugar de las aguas relativamente dóciles del South Blue, cercano a las costas del Reino de Briss.

El mundo de Develio Torum, desde hacía casi un año, se había reducido al espacio confinado de la enfermería de "El Vigilante". Era un compartimento largo y estrecho en la segunda cubierta, un tubo de acero y madera que olía perpetuamente a una mezcla de salitre, lejía y el vago aroma metálico de la sangre seca. Las lámparas de aceite, colgadas de ganchos en las bajas vigas del techo, se balanceaban con el perpetuo y suave vaivén del barco, proyectando sombras danzantes que hacían que las hileras de camillas parecieran respirar en la penumbra.

Para Develio, el lugar era una prisión ergonómica. Con sus once metros de altura, se veía obligado a vivir en un estado de reverencia constante, su espalda siempre curvada salvo en las inmensas habitaciones del buque, su cabeza siempre ladeada para evitar las vigas de roble que amenazaban con abrirle el cráneo. Cada movimiento era un cálculo cuidadoso para no derribar un estante de medicinas o golpear a un paciente con un codo. Y sin embargo, en este espacio restrictivo, encontraba su único propósito.

Al cargo de esta enfermería estaba el Suboficial Médico Hasek. Era un hombre pequeño y enjuto, con un bigote tan fino que parecía dibujado con lápiz y unos ojos nerviosos que se movían constantemente, como si buscaran una infracción del reglamento que castigar. Hasek había llegado a su puesto a través de años de servicio obediente, no por un talento excepcional. Sabía seguir el Manual Médico de la Marina al pie de la letra, pero la improvisación y el diagnóstico intuitivo le eran tan ajenos como el gigantismo.

Y en Develio, su único subordinado directo en esa travesía, veía la encarnación de todo lo que le frustraba. No era su tamaño, sino el conocimiento enciclopédico que habitaba en esa cabeza gigantesca, durante años el semigigante había puesto en práctica de campo todo lo que usaba desde que era niño, sin embargo Hasek no, fue un tipo nacido con cuchara de oro, buscó galones en una sala de curas porque no era lo suficientemente valiente como para combatir en tierra, para él Dev tenía un conocimiento práctico que Hasek sentía como un desafío constante a su propia y frágil autoridad.

La tensión se materializó esa tarde, cuando dos marineros arrastraron a un tercero a la enfermería. Era un joven llamado Leo, que había estado limpiando el casco y había sido rozado por la espina de un Pez Roca Iridiscente. La herida en su antebrazo no era grande, pero la piel a su alrededor estaba hinchada, de un desagradable color violáceo, y finas vetas negras se extendían hacia su codo como los zarcillos de una planta venenosa.

— ¡Suboficial, ha sido envenenado! —gritó uno de los marineros.

Hasek se acercó, su rostro una máscara de disgusto profesional. Consultó un grueso libro abierto en su escritorio. — Pez Roca... sí. Neurotoxina de acción rápida. El protocolo es claro. Recluta Torum, ¡prepare el cauterizador! Quemaremos la herida para neutralizar el veneno y detener la hemorragia interna.

Develio, que había estado observando la herida en silencio desde el otro lado de la sala, no se movió. Su enorme cuerpo permaneció quieto, solo sus ojos, detrás de las gruesas lentes, analizaban la propagación de las venas negras.

— Suboficial, con su debido respeto —comenzó Dev, su voz un barítono profundo y calmado que, sin embargo, hizo vibrar una botella de yodo en un estante— Este no es el veneno del Pez Roca común. Fíjese en la decoloración. Es hemotóxico, no neurotóxico. Ataca la sangre y los tejidos, no los nervios. Cauterizar la herida sellaría la toxina necrotizante en el interior, provocando una gangrena masiva en cuestión de horas. Perderá el brazo.

El rostro de Hasek se congestionó de un rojo furioso. Se volvió hacia Dev, con un dedo tembloroso apuntándole.

— ¡Yo no le he pedido su diagnóstico, Recluta! Le he dado una orden. Su trabajo es obedecer, no pensar. ¿Cree que porque se ha leído un par de libros sabe más que el Manual de la Marina? ¡Usted es un libro de texto andante, no un médico!-El paciente, Leo, gimió de dolor en la camilla, su brazo ahora temblando incontrolablemente.

— Suboficial... me arde... ¡quema!

Develio no alteró su expresión. Aguantó la mirada furibunda de Hasek sin pestañear.

— La toxina está disolviendo el tejido muscular. Se necesita un agente neutralizante, no calor. Un cataplasma de carbón activado para absorber el veneno, mezclado con alga kelp triturada, que contiene un compuesto que inhibe la enzima de la toxina. El protocolo estándar está pensado para la especie del East Blue, no para esta variante del South Blue.

— ¡Insolencia! —siseó Hasek—¡Está cuestionando el procedimiento reglamentario! ¡Eso es motivo de un informe!

— Es motivo de salvar un brazo —respondió Dev, su tono aún plano y respetuoso, pero con un filo de urgencia innegable.

La mirada de Hasek vaciló. Vio el pánico en los ojos del paciente, vio la innegable lógica en las palabras de Develio, y vio su propia carrera pendiendo de un hilo si el gigante estaba en lo cierto y él se equivocaba. El odio y la humillación lucharon en su interior, pero el miedo a las consecuencias ganó la batalla.

— Hágalo —escupió las palabras como si fueran veneno— Prepare su... su mejunje de bruja. Pero que conste en el acta que esto va en contra de mi consejo profesional y del protocolo. Si ese hombre pierde el brazo, Recluta, ¡le aseguro que el suyo será el único culo que se siente ante un consejo de guerra!

Develio no respondió. Se dio la vuelta y, con una delicadeza asombrosa, sus enormes manos comenzaron a trabajar. Molió el carbón en un gran mortero, mezcló el polvo negro con el alga húmeda hasta formar una pasta oscura y olorosa. Con la ternura de una madre cuidando a un bebé, aplicó el cataplasma sobre la herida inflamada.

El paciente, que se había preparado para un dolor insoportable, dejó escapar un suspiro de alivio casi al instante.

— El ardor... está remitiendo... —murmuró, incrédulo.

Hasek observó, con los brazos cruzados y una expresión agria, cómo, en el transcurso de la siguiente media hora, la hinchazón disminuía visiblemente y las venas negras comenzaban a retroceder. El éxito de Develio era tan innegable como su tamaño.

Cuando el peligro inmediato pasó, Hasek se acercó a Dev, que estaba limpiando sus utensilios. No le dio las gracias. No reconoció su acierto. Simplemente señaló el suelo.

— Ha ensuciado mi enfermería, Recluta. Friegue esa cubierta hasta que pueda ver mi reflejo en ella. Y después, revise el inventario. De nuevo.

Develio Torum, el hombre que acababa de salvar una vida y un brazo desafiando a su superior, se irguió hasta donde las vigas se lo permitieron, miró al hombrecillo furioso que tenía delante y soltó el aire en un largo, lento y casi imperceptible suspiro. Era el sonido del viento en una montaña lejana. El sonido de la paciencia infinita.

— A la orden, Suboficial —dijo, y se agachó para coger un cubo y un cepillo.

Le dejaban ejercer. Por ahora, eso era suficiente.
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