14-11-2025, 03:43 PM
Día 15 Verano, año 13
Reino de Samba, paseo junto al puerto
Reino de Samba, paseo junto al puerto
El puerto de Samba parecía siempre a punto de desmoronarse o de echar a andar por sí solo, según el humor del día. Varo caminaba entre los muelles como quien atraviesa un tablero donde cada pieza rechina, suspira o amenaza con romperse. Las gaviotas discutían sobre pescado viejo —un debate eterno y, sinceramente, más organizado que la mayoría de los marineros—, mientras el aire arrastraba ese olor salobre que se acumula en la lengua y se queda ahí, pegado como una mala decisión.
No tenía rumbo; rara vez lo tenía. Pero entonces lo vio: un edificio de piedra gris, con un cartel deslucido que anunciaba “Museo Portuario de Samba”. La ironía del nombre no se le escapó. Aquel lugar parecía más un almacén donde las reliquias iban a esperar su segunda muerte, pero Varo sintió ese tirón leve bajo las costillas. Lo reconoció: curiosidad mezclada con ese deseo casi infantil de ver algo hermoso… incluso si estaba disfrazado de ruina.
Entró.
El interior olía a madera húmeda y a tiempo detenido. Las ventanas dejaban pasar una luz pálida, casi tímida, que caía sobre las piezas expuestas como si pidiera disculpas por iluminar demasiado. Varo avanzó entre vitrinas y pedestales, dejando que el silencio se acomodara en sus hombros. Allí no había visitantes. Y, viendo el estado de las obras, quizá era mejor así.
La primera que lo atrapó fue una pintura enorme colgada en una pared que necesitaba tanta ayuda como el cuadro. El lienzo estaba cuarteado, con manchas de humedad que habían borrado rostros y horizontes. Sin embargo, en un rincón superior se conservaba un fragmento intacto: la mano de una mujer sosteniendo una copa. Una mano fina, firme, con un gesto que parecía desafiar al mundo o invitarlo a brindar, según cómo se mirase.
Varo se quedó quieto. El murmullo del puerto desapareció, y el suelo bajo sus pies dejó de sentirse inestable. Solo existía aquella mano. Podía imaginar el color original de la piel, el brillo dorado de la copa; podía casi escuchar la risa de la mujer, sofocada ahora bajo capas de olvido. Ese instante —esa chispa contenida en un trozo de pintura que aún resistía— le atravesó el pecho. Y, como siempre que algo bello lo hería, sintió esa punzada suave de melancolía, acompañada por la vieja pregunta: ¿cuántas cosas dejo morir a mi alrededor sin notarlo?
Sacudió la cabeza, quizá un gesto demasiado brusco para el silencio del museo, pero necesario. Continuó, aunque ya sabía que nada lo afectaría igual que ese recorte de vida suspendida.
Claro que se equivocó.
Casi escondida en una esquina encontró una estatua de mármol. O lo que quedaba de ella. Le faltaban ambos brazos, la nariz y buena parte del torso; aun así, el rostro tenía una serenidad que parecía contradecir el destrozo. El mármol estaba grisáceo por la suciedad, con vetas oscuras que parecían lágrimas secas. Varo pasó un dedo por una hendidura y sintió el polvo desprenderse, revelando la textura original, suave como un suspiro antiguo.
Un calor sutil le subió por la garganta. Esto fue hermoso, pensó. Podría volver a serlo.
De repente, toda la escena —el abandono, el museo fantasma, las obras que rogaban un gesto de rescate— se alineó en su mente con una claridad incómoda. Varo se vio a sí mismo agachado sobre una mesa de trabajo, pincel en mano, devolviendo color, forma, historia. No solo restaurando objetos, sino dándoles de nuevo un lugar en el mundo. Un propósito. Y, tal vez, dándoselo también a él.
“Bueno”, murmuró, rompiendo el silencio como quien salta a un charco para ver hasta dónde salpica, “si nadie más va a salvarlos… supongo que me toca a mí.”
Y así, entre polvo, grietas y arte olvidado, Varo tomó una decisión que olía tanto a impulso como a inicio: abriría una tienda de anticuario y restauración. Un lugar donde las reliquias dejarían de esperar su segunda muerte.
Un lugar donde, quizá, él también pudiera empezar de nuevo.
