Cocinando [Fic-Personal]
#1
El calor de la cocina de Samba siempre había tenido algo especial. No era como el calor hirviente de una batalla ni como la presión de una situación de vida o muerte. Era distinto. Más íntimo. Más… mío. Ese calor me abrazaba como si me conociera desde siempre, como si supiera que, aunque yo pudiera romper paredes, arrancar mandíbulas o aplastar a alguien sin esfuerzo, también necesitaba un lugar donde mis manos hicieran algo que no implicara destruir. Donde pudiera crear.

Aquella tarde, la taberna estaba a medio llenar. Se escuchaban las risas roncas de algunos piratas, el tintineo de vasos, el sonido de pasos cansados entrando y saliendo. Yo estaba en la cocina, concentrada en cortar vegetales con precisión casi quirúrgica. Podía oír a Rosse hablando con alguien al otro lado del mostrador, seguramente cerrando algún trato o regañando a alguno de los nuestros por ser demasiado escandaloso. Pero allí dentro, rodeada de calor y olores, yo tenía mi propio mundo.

El caldo llevaba un rato hirviendo. Le había puesto un poco de jengibre, ajo machacado y unas hierbas que me regalaron en una isla hace meses. Apenas las olía y recordaba lo mucho que me había costado no pelear con la señora que me las vendió: sus gallinas me miraban mal. Pero las hierbas eran buenas, así que valió la pena.

Probé un poco del caldo usando la punta de una cuchara de madera. Estaba casi perfecto, solo le faltaba un toque de picante. Tomé el frasco rojo que guardaba para ocasiones especiales y añadí apenas unas gotas. Si alguno quería más, que lo pidiera. No tenía intención de ver a nadie llorando fuego en el comedor por accidente, otra vez.

Mientras el caldo burbujeaba, comencé a preparar la carne. La había marinado desde la mañana, y el olor que desprendía al ponerla sobre la plancha caliente me hizo cerrar los ojos un segundo. Me encantaba ese sonido: el chisporroteo, el choque del aceite con el metal, el aroma que crecía y se expandía como un abrazo. Era casi tan satisfactorio como golpear a alguien que se lo merece.

Cocinar me relajaba. No lo decía en voz alta, claro. Si alguien lo mencionaba, me haría la dura, diría que solo preparaba comida porque nadie más sabía hacerlo bien, o porque no confiaba en los demás para manejar fuego sin quemar el barco. Pero en realidad, ahí estaba mi pequeño secreto: cocinar me hacía sentir parte de algo. Parte de la tripulación. Parte del mundo.

—Mercedes —escuché la voz de Rosse desde la entrada, extravagante, como siempre —Huele muy bien.—

Me giré levemente hacia él, con una media sonrisa. No hacía falta que dijera más. Con él bastaba con ver cómo se acercaba despacito, como si entrar en una cocina durante mis horas de trabajo fuera una hazaña peligrosa. A veces lo era.

—Dame un minuto y te sirvo un plato —le dije, volviendo a la olla —Pero no te quemes la lengua. Luego te quejas y no quiero lidiar con eso hoy. — Él sonrió, y se sentó en una banqueta a esperar. Y yo, mientras revolvía el caldo y sentía el vapor subir hasta mis mejillas, pensé que tal vez ese era uno de los pocos momentos en que podía decirlo sin vergüenza: allí, en la cocina de Samba, yo estaba en paz.
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