Los resplandecientes rayos del sol bañaban el pueblo costerisco con un resplandor color ámbar, los pájaros cantaban sus ultimas canciones del día, creando una melodía que resonaba por las tranquilas calles Los niños jugaban sin ninguna preocupación con sus risas haciendo estruendos sobre el aire, el aroma de una panadería cercana salía de la misma y bañaba el aire mientras que los aldeanos se preparaban para la noche marcando el paso a otro tranquilo día, en este hermoso entorno las preocupaciones del mundo parecían muy distantes. El primer suspiro del aire en esta hermosa isla sabia a fruta abierta y un mar caliente, Styx contemplaba todo con cautela, como si le tuviera miedo a que algo tan dulce pudiera hacerle daño, La brisa le mueve la cabellera corta y voluminosa, blanca como ceniza, y, por un instante, parece sorprenderse de que el viento pueda tocarla. Ella se encontraba ahí, parada sobre el muelle, las tablas crujiendo por debajo de sus pies, y sus ojos, lentos, pesados, intentaban absorber todo que le veia en un solo momento.
Este tipo de sol no le era familiar, parecía un ser vivo, grande y brillante que era capaz de saltar sobre el agua y enredarse en su oscura piel, sus alas se movían casi por instinto, reaccionando a cada uno de los movimientos del viento, haciéndola sentir como si estuviera mejor simplemente esconderlas.
alrededor suyo la gente del puerto no dejaba de mirarla, en su mente, quizas era un animal exotico. Algunos se detuvieron a mitad de paso; otros olvidaban que estaban cargando cajas. Una pareja parecía discutir sobre algo trivial hasta que la ven y se callan, como si la presencia de una desconocida les reorganizara la respiración. Quizás sean las alas negras, grandes, densas, plegadas con rigidez detrás de su espalda. O quizás la manera en la que su figura, vestida de manera tan ligera parece hecha para un mundo distinto.
No es nueva esa reacción. La conoce desde niña. No la disfruta ni la rechaza. Sólo ocurre. Como si su sombra, larga y extrañamente refinada contase acerca de sus problemas, igual que la tranquila llama que parecía esconderse detrás de sus ojos.
Styx trago saliva, incomoda, sentía un fino temblor en sus manos, uno que había aprendido a esconder cuando la vida no era mas que ordenes y obediencia, acomodo sobre su hombro una bolsa, llena de las pocas cosas que pudo tomar antes de irse, su gargantilla parecía sentirse pesada contra su garganta, pertenecía al mundo tanto como un carbón ardiendo pertenece afuera en la lluvia, y el anillo en su dedo dándole una pequeña picazón.
Camina con calma, le recuerda una voz que ya no existe.
Una voz que alguna vez dio miedo.
Una voz a la que ella ya no obedece.
De igual manera, sus pies parecían impulsarla hacia adelante, era el único camino que podía tomar.
Las tablas de madera eran cálidas y ásperas, con cada paso parecía empujarse hacia el aire un aroma distinto, sal, flores, algunos no era capaz de reconocerlos. La isla cantaba en murmullos como un coro escondido entre las hojas de la selva cercana, todo brillaba: el agua, las redes de pesca colgadas, las cintas de colores atadas en los postes. Y la luz, era demasiado brillante. Styx entrecierra sus ojos. pues creció en sombras disciplinadas
Pero la isla la rodea sin pedir permiso.
"Primera vez en Samba" - pregunta un hombre con camisa abierta y unos ojos amables.
Styx parpadea. No sabe si debe responder. Las palabras se atascan, como siempre. ella simplemente asintio con la cabeza, y eso parecia respuesta suficiente, como se fuera una frase completa.
"Bienvenida. Aunque aquí todo es un poco ruidoso."
Ella volvio a asentir. Se preguntaba si él hombre era capaz de notar que su piel era un poco más oscura de lo normal.
Avanzo camino hacia la ciudad, siguiendo por el ruido de lejanos tambores. Las calles parecian estár adornadas con distintos tipos de telas, todas coloridas, casi como si fueran banderas improvisadas. La gente reia, bailaba, cargaba frutas enormes en cestas sobre la cabeza. La música vibraba en el aire, viviendo, con un pulso que la hacia recordar su propio corazón. O lo que queda de él.
Inhala una sola vez, de manera lenta y cuidadosa
Esto no es el pasado.
La humedad se adhiere a sus alas, haciendo que las sacuda levemente, tras caminar un rato se detiene frente a un puesto de frutas. El vendedor, un joven de piel oscura y sonrisa amplia, la mira con curiosidad.
"¿Quiere probar?" - le ofrece una fruta dorada, de forma oblonga.
Ella duda. Estira una mano, la toma con cuidado, la acerca a los labios. su cuerpo reacciona, no en dolor, sino en advertencia, insegura, algo tan dulce no pertenecía en su vida.
Le da un mordisco.
Sabe como si le pusieran una antorcha encendida sobre su lengua. (es un limón)
"Esta buena?" - Le pregunta el vendedor.
Styx asiente otra vez. No sabe cómo decirle que no sin que la voz tiemble. No está acostumbrada a dejar entrar cosas como estas.
Mientras seguía caminando, frotaba su pulgar sobre el punto en el cual sus dientes rompieron la piel de la fruta, la acidez de la misma continuaba sobre su lengua, negándose a desparecer, era un poco molesto, aunque no doloroso, tras seguir así un buen rato, se dio cuenta de que la isla tiene un ritmo propio. Cada paso que ella daba parecía empezar sincronizarse con el sonido de los tambores. Cada respiración parecía mezclarse con aromas nuevos: la madera húmeda, unas hojas aplastadas, humo dulce. Sin embargo, Styx era capaz de sentir algo mas: el fuego. Este estaba se encontraba en distintos rincones, también dentro de las casas, incluso en las pequeñas danzas donde la gente gira parecía tirar antorchas como si fueran extensiones de sus brazos.
Styx se detuvo a mirar a un joven quien estaba practicando con dos antorchas. Su cuerpo fluia de manera natural, como si el fuego no fuera mas que una pareja de baile. La gente lo animaba, reia, celebra. Nadie teme al fuego. Nadie lo odia. Nadie lo amarra para que sea servidor de nadie.
El pecho de Styx se tensa. Un nudo lento, viejo. Una sensación que no era capaz de entender si fue de anhelo o de dolor.
Pero se obligo a caminar nuevamente.
La ciudad empezaba a difuminarse dando paso a una selva que comienza a tomar su lugar. Había arboles gigantes, hojas tan grandes como abanicos, raíces que parecian serpientes dormidas. El aire se volvio espeso, húmedo, como si para respirar tuviera que aprender nuevas reglas. Se escuchaban insectos, pájaros, criaturas que no reconocia. No era nada similar al mundo ordenado y rígido del que venia. Sin embargo, por primera vez, la falta de orden fue un objeto de miedo, solo desconcierto.
Y eso? era tolerable.
Tras caminar un tiempo se encontró con un claro. La luz se estremecía a través de las hojas en brillantes parches, y un pequeño arroyo serpenteaba en silencio. Styx dejo caer su bolsa sobre el suelo y se siento sobre pequeña roca. Cerrando sus ojos.
Aquí estamos..., dice sin palabras.
Es una presencia cálida. Fuerte. Caprichosa.
Pero suya.
Styx respiro profundo, y por primera vez en días, quizás incluso semanas, no se sintio perseguida por sombras antiguas. No escuchaba cadenas imaginarias. No sentía ojos vigilándola desde atrás. Allí?, el silencio no era un arma. Era un abrazo incómodo, pero un abrazo al final.
Levantaba su mano derecha. Un hilo diminuto de fuego apareció sobre la punta de sus dedos. Era pequeño, dócil. Una chispa curiosa. El rostro de Styx, siempre tan neutro, se suavizo imperceptiblemente.
La isla no se sobresaltaba.
El bosque no gritaba.
El agua no huia.
es como si hubiera un espacio solo para ella, como si existir fuera suficiente.
Bajo su mano lentamente.
No sabia cuánto tiempo pasa antes de que el murmullo de pasos la saque de su quietud. Abrio los ojos. Una joven aparecio de entre los árboles, cargando una cesta de flores. Tenia la piel dorada y unos ojos brillantes, llenos de una energía que Styx no se atrevió nunca a tocar.
"¡Hola!" - saluda la joven, "No te había visto por aquí. ¿Eres nueva?"
Styx abre la boca, pero nada sale. La voz está atrapada. Como si tuviera que desenterrar cada palabra de un lugar demasiado profundo.
La joven no parece ofendida por el silencio.
"Soy Lila" dice, acercándose un poco. "Recojo flores para las danzas de esta noche. Si quieres venir... bueno, todos pueden. No tienes que bailar si no quieres."
Esa palabra. "bailar" hacia que Styx sienta un escalofrío extraño. No daba miedo. sino de vergüenza anticipada. De torpeza. Su cuerpo fue entrenado para obedecer, no para expresarse. El movimiento siempre fue algo medido, funcional. ¿Bailar? ¿Con otros? No sabia si eso está permitido. No se sabia si es algo que tiene derecho a intentar.
"Puedes mirar" añade Lila, con una sonrisa amable, como si hubiera entendido el peso de que pedir que Styx hablara.
Styx asiente, una vez más, ofreciéndole una de sus plumas como ofrenda. Lila ríe suavemente y la toma.
"Ya te descubriremos la sonrisa algún día" dice, como si estuviera prometido. "La isla tiene ese efecto."
Styx baja la mirada. No sabia qué hacer con palabras tan cálidas. No sabia incluso dónde guardarlas sin que estas se rompieran o la quemaran por dentro. Quizás, no tendrían porque hacerlo, y solo estaba pensando demasiado.
Lila se despidió y desapareció entre los arboles.
La selva volvió a respirar.
Styx tomo su bolsa y se dispuso a volver hacia esa ciudad. Mientras caminaba, sentía cómo la isla, de alguna forma imposible, respiraba con ella. La acompañaba. La observaba sin juzgarla. La rodeaba sin invadirla.
A mitad del camino, se detuvo.
El cielo, abierto entre los árboles, está teñido de un fuerte color naranja. El sol bajo lentamente, pesado, hermoso. Styx lo mira fijamente. Algo dentro de ella se mueve, tenso y delicado.
Gracias. pensó ella.
No sabe a quién se lo dice. Al sol, tal vez. A la isla. A sí misma, por seguir viva. Por llegar hasta aquí. Por no apagarse cuando todo estaba preparado para sofocarla, quizás no importa.
Ella empezó a caminar nuevamente.
La noche se acerca, y con ella la música.
La isla canta para todos.
Incluso para quienes no saben bailar.
Incluso para quienes llegan rotos, cansados, quemados por dentro.
Incluso para ella.
Y Styx, por primera vez, siente que podría aprender a escuchar. A cambiar. A arder sin destruir todo lo que importa. A existir sin pedir permiso. A no estar atada a su pasado.
La Isla Samba respira. Y ella quizás, solo quizás, empiece a respirar con ella, algún día.
Este tipo de sol no le era familiar, parecía un ser vivo, grande y brillante que era capaz de saltar sobre el agua y enredarse en su oscura piel, sus alas se movían casi por instinto, reaccionando a cada uno de los movimientos del viento, haciéndola sentir como si estuviera mejor simplemente esconderlas.
alrededor suyo la gente del puerto no dejaba de mirarla, en su mente, quizas era un animal exotico. Algunos se detuvieron a mitad de paso; otros olvidaban que estaban cargando cajas. Una pareja parecía discutir sobre algo trivial hasta que la ven y se callan, como si la presencia de una desconocida les reorganizara la respiración. Quizás sean las alas negras, grandes, densas, plegadas con rigidez detrás de su espalda. O quizás la manera en la que su figura, vestida de manera tan ligera parece hecha para un mundo distinto.
No es nueva esa reacción. La conoce desde niña. No la disfruta ni la rechaza. Sólo ocurre. Como si su sombra, larga y extrañamente refinada contase acerca de sus problemas, igual que la tranquila llama que parecía esconderse detrás de sus ojos.
Styx trago saliva, incomoda, sentía un fino temblor en sus manos, uno que había aprendido a esconder cuando la vida no era mas que ordenes y obediencia, acomodo sobre su hombro una bolsa, llena de las pocas cosas que pudo tomar antes de irse, su gargantilla parecía sentirse pesada contra su garganta, pertenecía al mundo tanto como un carbón ardiendo pertenece afuera en la lluvia, y el anillo en su dedo dándole una pequeña picazón.
Camina con calma, le recuerda una voz que ya no existe.
Una voz que alguna vez dio miedo.
Una voz a la que ella ya no obedece.
De igual manera, sus pies parecían impulsarla hacia adelante, era el único camino que podía tomar.
Las tablas de madera eran cálidas y ásperas, con cada paso parecía empujarse hacia el aire un aroma distinto, sal, flores, algunos no era capaz de reconocerlos. La isla cantaba en murmullos como un coro escondido entre las hojas de la selva cercana, todo brillaba: el agua, las redes de pesca colgadas, las cintas de colores atadas en los postes. Y la luz, era demasiado brillante. Styx entrecierra sus ojos. pues creció en sombras disciplinadas
Pero la isla la rodea sin pedir permiso.
"Primera vez en Samba" - pregunta un hombre con camisa abierta y unos ojos amables.
Styx parpadea. No sabe si debe responder. Las palabras se atascan, como siempre. ella simplemente asintio con la cabeza, y eso parecia respuesta suficiente, como se fuera una frase completa.
"Bienvenida. Aunque aquí todo es un poco ruidoso."
Ella volvio a asentir. Se preguntaba si él hombre era capaz de notar que su piel era un poco más oscura de lo normal.
Avanzo camino hacia la ciudad, siguiendo por el ruido de lejanos tambores. Las calles parecian estár adornadas con distintos tipos de telas, todas coloridas, casi como si fueran banderas improvisadas. La gente reia, bailaba, cargaba frutas enormes en cestas sobre la cabeza. La música vibraba en el aire, viviendo, con un pulso que la hacia recordar su propio corazón. O lo que queda de él.
Inhala una sola vez, de manera lenta y cuidadosa
Esto no es el pasado.
La humedad se adhiere a sus alas, haciendo que las sacuda levemente, tras caminar un rato se detiene frente a un puesto de frutas. El vendedor, un joven de piel oscura y sonrisa amplia, la mira con curiosidad.
"¿Quiere probar?" - le ofrece una fruta dorada, de forma oblonga.
Ella duda. Estira una mano, la toma con cuidado, la acerca a los labios. su cuerpo reacciona, no en dolor, sino en advertencia, insegura, algo tan dulce no pertenecía en su vida.
Le da un mordisco.
Sabe como si le pusieran una antorcha encendida sobre su lengua. (es un limón)
"Esta buena?" - Le pregunta el vendedor.
Styx asiente otra vez. No sabe cómo decirle que no sin que la voz tiemble. No está acostumbrada a dejar entrar cosas como estas.
Mientras seguía caminando, frotaba su pulgar sobre el punto en el cual sus dientes rompieron la piel de la fruta, la acidez de la misma continuaba sobre su lengua, negándose a desparecer, era un poco molesto, aunque no doloroso, tras seguir así un buen rato, se dio cuenta de que la isla tiene un ritmo propio. Cada paso que ella daba parecía empezar sincronizarse con el sonido de los tambores. Cada respiración parecía mezclarse con aromas nuevos: la madera húmeda, unas hojas aplastadas, humo dulce. Sin embargo, Styx era capaz de sentir algo mas: el fuego. Este estaba se encontraba en distintos rincones, también dentro de las casas, incluso en las pequeñas danzas donde la gente gira parecía tirar antorchas como si fueran extensiones de sus brazos.
Styx se detuvo a mirar a un joven quien estaba practicando con dos antorchas. Su cuerpo fluia de manera natural, como si el fuego no fuera mas que una pareja de baile. La gente lo animaba, reia, celebra. Nadie teme al fuego. Nadie lo odia. Nadie lo amarra para que sea servidor de nadie.
El pecho de Styx se tensa. Un nudo lento, viejo. Una sensación que no era capaz de entender si fue de anhelo o de dolor.
Pero se obligo a caminar nuevamente.
La ciudad empezaba a difuminarse dando paso a una selva que comienza a tomar su lugar. Había arboles gigantes, hojas tan grandes como abanicos, raíces que parecian serpientes dormidas. El aire se volvio espeso, húmedo, como si para respirar tuviera que aprender nuevas reglas. Se escuchaban insectos, pájaros, criaturas que no reconocia. No era nada similar al mundo ordenado y rígido del que venia. Sin embargo, por primera vez, la falta de orden fue un objeto de miedo, solo desconcierto.
Y eso? era tolerable.
Tras caminar un tiempo se encontró con un claro. La luz se estremecía a través de las hojas en brillantes parches, y un pequeño arroyo serpenteaba en silencio. Styx dejo caer su bolsa sobre el suelo y se siento sobre pequeña roca. Cerrando sus ojos.
Aquí estamos..., dice sin palabras.
Es una presencia cálida. Fuerte. Caprichosa.
Pero suya.
Styx respiro profundo, y por primera vez en días, quizás incluso semanas, no se sintio perseguida por sombras antiguas. No escuchaba cadenas imaginarias. No sentía ojos vigilándola desde atrás. Allí?, el silencio no era un arma. Era un abrazo incómodo, pero un abrazo al final.
Levantaba su mano derecha. Un hilo diminuto de fuego apareció sobre la punta de sus dedos. Era pequeño, dócil. Una chispa curiosa. El rostro de Styx, siempre tan neutro, se suavizo imperceptiblemente.
La isla no se sobresaltaba.
El bosque no gritaba.
El agua no huia.
es como si hubiera un espacio solo para ella, como si existir fuera suficiente.
Bajo su mano lentamente.
No sabia cuánto tiempo pasa antes de que el murmullo de pasos la saque de su quietud. Abrio los ojos. Una joven aparecio de entre los árboles, cargando una cesta de flores. Tenia la piel dorada y unos ojos brillantes, llenos de una energía que Styx no se atrevió nunca a tocar.
"¡Hola!" - saluda la joven, "No te había visto por aquí. ¿Eres nueva?"
Styx abre la boca, pero nada sale. La voz está atrapada. Como si tuviera que desenterrar cada palabra de un lugar demasiado profundo.
La joven no parece ofendida por el silencio.
"Soy Lila" dice, acercándose un poco. "Recojo flores para las danzas de esta noche. Si quieres venir... bueno, todos pueden. No tienes que bailar si no quieres."
Esa palabra. "bailar" hacia que Styx sienta un escalofrío extraño. No daba miedo. sino de vergüenza anticipada. De torpeza. Su cuerpo fue entrenado para obedecer, no para expresarse. El movimiento siempre fue algo medido, funcional. ¿Bailar? ¿Con otros? No sabia si eso está permitido. No se sabia si es algo que tiene derecho a intentar.
"Puedes mirar" añade Lila, con una sonrisa amable, como si hubiera entendido el peso de que pedir que Styx hablara.
Styx asiente, una vez más, ofreciéndole una de sus plumas como ofrenda. Lila ríe suavemente y la toma.
"Ya te descubriremos la sonrisa algún día" dice, como si estuviera prometido. "La isla tiene ese efecto."
Styx baja la mirada. No sabia qué hacer con palabras tan cálidas. No sabia incluso dónde guardarlas sin que estas se rompieran o la quemaran por dentro. Quizás, no tendrían porque hacerlo, y solo estaba pensando demasiado.
Lila se despidió y desapareció entre los arboles.
La selva volvió a respirar.
Styx tomo su bolsa y se dispuso a volver hacia esa ciudad. Mientras caminaba, sentía cómo la isla, de alguna forma imposible, respiraba con ella. La acompañaba. La observaba sin juzgarla. La rodeaba sin invadirla.
A mitad del camino, se detuvo.
El cielo, abierto entre los árboles, está teñido de un fuerte color naranja. El sol bajo lentamente, pesado, hermoso. Styx lo mira fijamente. Algo dentro de ella se mueve, tenso y delicado.
Gracias. pensó ella.
No sabe a quién se lo dice. Al sol, tal vez. A la isla. A sí misma, por seguir viva. Por llegar hasta aquí. Por no apagarse cuando todo estaba preparado para sofocarla, quizás no importa.
Ella empezó a caminar nuevamente.
La noche se acerca, y con ella la música.
La isla canta para todos.
Incluso para quienes no saben bailar.
Incluso para quienes llegan rotos, cansados, quemados por dentro.
Incluso para ella.
Y Styx, por primera vez, siente que podría aprender a escuchar. A cambiar. A arder sin destruir todo lo que importa. A existir sin pedir permiso. A no estar atada a su pasado.
La Isla Samba respira. Y ella quizás, solo quizás, empiece a respirar con ella, algún día.
OFF
"Hablar" / -Pensamiento-
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