Solsticio de invierno. Los páramos que conjuntaban el Reino de Briss se ceñían bajo un manto níveo. Chimeneas que evocaban festividad y claustro por parte de las familias yacían repartidas aleatoriamente a lo largo del lugar, similar a una jungla de losas y cemento. El hormigón no era lo único que destacaba en la isla: cielorrasos cuyos habitantes agradecían permitían distinguir el gris del material que conformaba las paredes a diferencia de todas esas rocas graníticas del entorno (ahora completamente blancas). Algo de la fauna distintiva de estos climas salía a buscar escaso alimento pues los principales depredadores descansaban en un letargo invernal. Cánticos eran algo audibles desde el exterior de las cálidas casas. Por lo alto del edifico y desde una ventana se podía observar a una familia de cuatro. Cinco, si contáramos la mascota. El más pequeño se distrajo y observó hacia afuera, llorando ipso facto. Tras la reacción el perro ladró y el padre se volteó a ver la anomalía. La madre corrió a esconder a los niños mientras su cónyugue se armaba de valor con un palo de escoba.
—¡¡¡Monstruo!!! ¡¡¡Sal de mi casa!!!
Con los porticones semiabiertos usó el palo para intentar atacar al acosador. Kyozan no se dejó golpear ya que el palo no era lo suficientemente grande y, a pesar de ser dirigido contra sus ojos, retrocedió un par de pasos para continuar su camino. La nieve ardía bajo sus pies pese a que ya no notaba el tacto. El camino hacia ningún lugar parecía eterno y aún más al intentar andar más allá de los confines de su mente. "¿Qué hago mal?" era una pregunta recurrente en él, y estaba claro; el racismo hacia su raza existía y las cuatro gotas de tinta lo pintaban como un océano en lugar de un río. La amistad no era un concepto que entendiera completamente. Sin embargo él quería mostrarse ante las personas, que le escucharan. Siempre había sido el responsable de escuchar a aquellos presos que iban y venían, siempre se encargó de acatar y aprender todo lo que le enseñaban. Él jamás fue escuchado, y parecía que seguiría así hasta el fin de sus días.
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Ya se había acostumbrado.
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Llegó a la plaza central, donde unos niños aguerridos se habían escabullido de sus hogares para ir a jugar con la nieve ignorando el hecho de que alguna que otra madre les vigilaba desde la seguridad de la terraza. Las bolas volaban de un lado a otro con escasa fuerza, efímero momento de jolgorio juvenil que probablemente se quedara marcado en las memorias de cada uno de ellos. Sí, se iban a quedar marcados, desde luego. El coloso hizo huir a los niños en pavor, excepto uno de ellos que resbaló y no podía ponerse de pie. Sus lágrimas e incluso una muy típica secreción nasal debido al catarro no tardarían en congelarse. Pensaba que el Oni lo iba a secuestrar y llevárselo para comer. Kyozan acercó la mano al niño con la intención de ayudarle a incorporarse y, de repente, ¡BANG! Una bala incidió en la escena y perforando profundo la carne que rodea la clavícula del titán. Apartó rápidamente la mano tras un grito de dolor y marchó del lugar corriendo como pudo, no sin antes dar una última mirada al hombre con el rifle que le había disparado.
De vuelta a la tundra que se había vuelto el Reino de Briss en dicha época un fino río de sangre hilaba desde la herida. El frío ayudaba un poco a compensar el dolor aunque no lo suficiente. Recogió algunas ramas y volvió a la cueva donde había estado habitando: una de pequeñas dimensiones aunque lo suficientemente ancha como para significar un refugio ante el clima. Sentado en el suelo amontonó todo el material y probó de hacer fuego chocando dos piedras tal y como le habían enseñado en el calabozo. Al primer impacto una piedra se desmoronó encima de la yesca sin soltar chispa alguna pues el material no era el correcto. Además, la humedad enhebraba las fibras de la madera y jamás habría sido capaz de prender una sola llama. Ni con pedernal ni con el milagro de una Akuma no Mi.
Kyozan se movió hacia la pared más profunda (aunque poco) de la cueva, apoyándose contra ella y entrecruzando los brazos para intentar aunar la mayor cantiad de calor corporal. El frío terminaría pronto... Con algo de suerte.
Qué es la vida si no existe la muerte; más aún, qué es la vida cuando en su seno habita la discriminación, cuando se parte ya desde el morir antes incluso de haber sido plenamente.
“Todas estas universas e infinitas gentes, de todo género, crió Dios las más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos a quienes sirven; las más humildes, pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosas ni querulosas, sin rencores, sin odios, sin deseo de venganza. Son, además, tan codiciosas de servir y agradar a los cristianos, que no hay mejor gente en el mundo para ello. Asimismo, son gentes paupérrimas, que menos poseen ni desean poseer bienes temporales; por lo cual no son soberbias, ambiciosas ni avarientas. Su comida es tal, que no hay hombres en el mundo que menos coman y que con menos se sustenten; su vestido es escaso, y así desnudos o casi desnudos andan. Son gentes de muy poco trabajo y que con poco se contentan.
Empero, de tanta mansedumbre y humildad, de tan gran pobreza y simplicidad, han hecho los cristianos una ocasión perversísima para destruirlos y aniquilarlos. Pues desde que los vieron tan dóciles y pacíficos, comenzaron a tratarlos no como a hombres, sino como a bestias, y aún peor que al estiércol de las plazas; así los han tenido y tratado hasta hoy, con crueldades extrañas, nuevas y jamás oídas”.
¿Por qué se repudia la existencia de Kyozan y no la del criminal visto en alta mar, que naufraga sólo para dañar más, y al que, por su épica bélica, se le permite seguir existiendo? ¿Dónde se traza el límite de lo tolerable? ¿Hasta cuándo comenzamos a considerar intolerables a ciertas especies? ¿Qué vuelve indeseable a un ser vivo cuando, bajo el pretexto de ayuda, se le impone una etiqueta inexpugnable?
El rumor se derrama por las calles bajo un frío incómodo; Zalik ha de adecuar sus ropas y, con ello, sale al exterior tras un rezo magnificado por la certeza de que, pronto, comenzaría a ejecutar aquello que durante tanto tiempo había amado en silencio. Sin conocimiento no se puede actuar y, sin fuerza, empuñar una daga tampoco. Al salir, es entonces cuando el murmullo alcanza sus oídos; titán colosal, comentan muchos, mientras otros hablan de una combinación entre toro y gigante, exageraciones previsibles de una sociedad contagiosa en su ignorancia, que señala en línea recta el lugar donde una gran bestia ha desaparecido. Si todo concuerda con lo sucedido, su carne fue débil. Hay sangre; gotas que se difuminan bajo pisadas torpes o por obra de la propia naturaleza. Zalik observa y, casi como si se tratara de una ayuda altruista, aparece allí donde aún cabía un hombre de corazón entero.
No es una persona altruista, pero tampoco mala. Generosa, sí, en la medida en que busca el bien mediante una ejecución que pocos se atreverían siquiera a nombrar. La opinión ajena, en lo que respecta al valor de sus actos, ha dejado de importarle; lo ha perdido todo y perder más es ya un acto imposible de emplear en su contra.
Rostro pálido como copo de nieve; facciones delicadas, aunque marcadas por un carácter masculino; cabello azabache que armoniza con sus ojos y mejillas enrojecidas por el frío. Labios carnosos y una expresión que, sin duda, recuerda a la de un ángel en busca del hombre al que ha venido a salvaguardar. El olor del incienso de canela se vuelve cada vez más próximo a la criatura que yace al fondo, y el mentolado de su aliento, fruto del chicle, mantiene aún más pulcra la etiqueta de su presencia. Se rasca la muñeca antes de hablar, observando tanto la herida como la expresión ajena; no percibe cada detalle, pero es suficiente para hacerse presente y evaluar la escena.
⸻Sois vos⸻dice con calidez, aun cuando su vestimenta, desprovista de color, pareciera arrebatarle tal cualidad. ⸻Perdóname; suelo emplear el “usted” de forma automática, espero no haberte interrumpido en algo⸻avanza dos pasos más y, aunque el otro pudiera verlo en plena oscuridad, la escasa luz existente termina por iluminarle el rostro. ⸻El pueblo habla, feich; pese a tu buena intención, y venía a asegurarme de que el disgusto no fuera absoluto. Soy… Zalik, es un placer conocerte. ¿Cómo te llamas? ¿Podría quedarme?
Estremecerse era un acto usual para alguien que jamás había sido contactado de forma normativa. Se encontraba herido, pasando frío y acorralado contra una pared que habría sido tallada durante años por algún animal desesperado. El animal no era Kyozan pese a poder llegar a categorizarse con los mismos adjetivos; era una representación de lo que podría haberle llegado pasar al nuevo huésped, a la consumación de una vida que nunca nadie recordaría.
La reacción se daba de forma autoprotectora, palabras que llegaban a sus oídos de forma poco esclarecedora. La agudez de cada paso empezó a despejar aquél tapón que la adrenalina le había puesto y lo empujaba más contra la pared en un estado de visible pavor. Cada centímetro era un alfiler, un perno que se atornillaba cada vez más y más a un posible dolor. Con sus propios brazos firmemente agarrados se intentaba arrastrar hacia atrás de forma disimulada, imposible su avance debido al muro y resultando en unos talones que separaban la tierra del suelo, dejando huella. Fijaba su mirada en la posible amenaza y se encontraba dispuesto a pelear si era necesario.
Sin embargo, un paso más. Y otro. Seguido de un torrente de palabras con una tonalidad de voz que sólo había logrado escuchar de Vera. "Feich". Zalik. Palabras que asociaba a nombres, ambas inciertas para él. Su propio agarre aflojó, antebrazo y muñeca ahora algo pintados de carmesí.
—Feich... O Zalik, no sé...
Zalik no parecía ir detrás de él para cazarlo, o al menos no mostraba esa intención aún. Pretendía mantener un aspecto duro pese a que la situación gritaba todo lo contrario. Miró hacia un lado para desviar los ojos de aquél que ya era bienvenido.
—Yo no tengo nombre. Pero... Puedes... Puedes quedarte... Datte datte...
Mientas daba el permiso a Zalik para mantenerse en la cueva desarmó una especie de hatillo que acarreaba todo este tiempo. De entre un montón de herramientas que parecían no ser útiles para nada y algunas frutas mantenidas de milagro por el frío escogió un puñado de manzanas, todas algo mohosas y arañadas por el continuo choque colindante. Se las llevó a la boca enteras, crujiendo ya no solo debido a la sabrosa y ácida carne sino por la amargura de las semillas. Desconocía el hecho de que esa parte no se comía. Iba mirando a Zalik de reojo mientras buscaba si le quedaba algo más que lo pudiera saciar. Eventualmente dejaría la búsqueda, rindiéndose ante la realidad de que lo poco que le quedaba en el fondo se le había podrido.
—Feich... No entiendo por qué la gente es tan cruel...
No se podía saber si la culpa la tenía la falta de alimento, el hecho de que le hubieran disparado o si el vivir recluído lo hubiera separado del mundo para siempre. Pero las palabras siempre rascaban cuando llevan tiempo sin utilizarse.
—Me quieren matar... Esos imbéciles, todos, todos me quieren ver muerto...
Su mano se dirigió al agujero, bala que aún no había sobresalido por el lado contrario y que yacía encarnada bajo su clavícula. Ardía como un clavo en llamas, la carne palpitaba alrededor del agujero que el hombre troqueló en él con su extraña herramienta.
—Tú... ¿Tú me quieres matar, Feich?
Veía a la solitaria figura desprovista de amenaza alguna a simple vista, aunque en el fondo sabía que no le haría nada. Parecía confiable, buena persona. La típica corazonada que se te presenta cuando quieres creer que todo irá bien. Su voz acompañaba al pensamiento, haciendo que la pregunta pareciera más protocolaria. Realmente quería que alguien le escuchara, revivir ese sentimiento que sintió junto a Vera hace tanto tiempo, reír y sentir el calor dentro de su pecho que significa la seguridad en mitad del ojo del huracán. Y las coincidencias no se dan sin motivo...
Era una situación absolutamente indeseable para ser contemplada por alguien dotado de una sensibilidad emocional acusada; por quien, en el ejercicio sincero de su empatía, era incapaz de sostener la amargura del daño que la vida ejercía. Sin embargo, él había aprendido a abrir los ojos; a detenerlos en el detalle del sufrimiento para extraer de ahí la fuerza que guiaba su actuar. Observa la herida; no es grave, aunque requeriría una cura técnica y adecuada para evitar su agravamiento. Del mismo modo, los alimentos obtenidos parecían haber sido escogidos por simple asociación y mimetismo, no por un conocimiento real que garantizara su seguridad. Zalik percibe todo aquello en un lapso tan breve que resulta casi inexplicable, pues su mirada se fija únicamente en lo esencial de la escena; la víctima.
No es alguien particularmente expresivo y, entre sus facciones, suele insinuarse una ironía ambigua, como si no terminara de reconocerse del todo. Su razonamiento, no obstante, es claro, aunque prescinde de explicaciones extensas; cuando se contempla lo peor de la existencia en primer plano, son pocas las cosas que logran torcer el gesto. Se aproxima despacio, mostrando las manos como señal de que no portaba arma alguna o, al menos, de que su intención no era acabar con ninguna vida. Sus pasos son lentos, resonantes, y provocan que su aroma a canela invada aún más las fosas nasales de Kyozan o, en la medida de lo posible, dentro de lo que pudiera alcanzarse a percibir.
⸻Zalik, mi nombre es Zalik⸻su voz es dulce, la sonrisa tenue y las cejas ligeramente alzadas, dejando claro que venía en son de paz; en busca de respuestas. Se aproxima como si lo conociera desde siempre, observando de cerca al grandullón al que el rechazo había reducido a la pequeñez. Después, su mirada desciende y toma una de las manzanas, imposible de digerir debido a su avanzado estado de deterioro. ⸻Eso está en muy mal estado; no deberías comerlo. Te hará daño en la tripa⸻dice casi con el canturreo propio de un padre afectuoso que corrige la primera mala acción de un hijo que apenas sabe caminar. Luego, la deposita en el suelo con sumo cuidado, como si incluso aquella manzana, pese a su aspecto, mereciera consideración. Al incorporarse de nuevo, repara en el carmín que cubre la palma ajena. ⸻¿No tienes nombre? Bueno, ciertamente… no hace falta tener uno para saber quién eres⸻reflexiona, llevándose la mano al mentón⸻¿cómo te gustaría que te llamara?
Las preguntas y confirmaciones posteriores aceleran aún más su pensamiento. Sí, es cierto; las personas tienden a dañar aquello que no comprenden o que consideran nocivo para su propia supervivencia, pero ¿valía la pena explicarlo? No; hacerlo supondría justificar al agresor y superponer una lógica inconsciente sobre un daño plenamente consciente, uno que bien pudo haber desembocado en la muerte del otro.
⸻Sí, es cierto. El ser vivo aprende a ser cruel cuando descubre que el dolor ajeno no tiene consecuencias para él⸻extrae de su bolsillo una tela blanca, la misma que suele emplear para limpiarse las manos o el rostro ante cualquier descuido. ⸻Toma, intenta taparlo con esto. Está limpio⸻se la ofrece como una suerte de ofrenda, mientras las demás afirmaciones y preguntas le alcanzan de lleno. Comprendía aquella forma de desahogo; cuando era aún más joven, él mismo la había sentido en carne viva. ⸻¿Yo? ¿Matarte?⸻parpadea, interrumpiendo su propia acción con una risa ahogada que acaba escapándose por puro peso. ⸻Kirororo⸻carraspea⸻yo no mato y… menos aún a seres de buen corazón. ¿Por qué habría de matarte? ¿Acaso merece la pena destruir aquello que desea que algo sea bueno? Entiendo que estés disgustado, pero no debes tener esa consideración conmigo. Yo también soy repudiado, ¿sabes?