Versiculo 1 - Vigilando tu Hogar [Fic personal]
#1
El viento húmedo de Centaurea acariciaba el pelaje de Daigo con un murmullo constante, cargado de aromas vivos, savia fresca, flores nocturnas que aún no se cerraban, el rastro lejano de alguna bestia moviéndose entre las raíces gigantes. Su olfato lo captaba todo sin esfuerzo, era casi molesto cómo el mundo insistía en hablarle incluso cuando él guardaba silencio. Daigo se encontraba en la cima de uno de los árboles más antiguos que rodeaban Orchyd. El tronco era tan ancho que, incluso para alguien de su tamaño, ofrecía una superficie firme donde afirmarse sin miedo. Las ramas superiores se abrían como brazos colosales sosteniendo plataformas de madera, viviendas elevadas y puentes colgantes que se extendían de árbol en árbol, formando una red viva y palpitante, como si la propia isla hubiese aprendido a caminar, desde allí arriba, todo parecía pequeño y frágil.

Sostenía su escudo con una sola mano, apoyado contra el suelo natural que formaba la copa. El metal mostraba marcas de uso, golpes que no se borraban con el tiempo porque no debían hacerlo, cada muesca era un recuerdo, una decisión tomada, una vida defendida, sus dedos grandes, cubiertos de pelaje gris oscuro moteado de negro, se cerraban con fuerza alrededor del borde, no porque temiera caer, sino porque el hábito de estar listo nunca se iba, nunca y entonces bajó la mirada.

Allá abajo, Orchyd despertaba lentamente. Podía ver a los habitantes desplazarse por los puentes colgantes con una naturalidad que solo nacía cuando el peligro dejaba de serlo. Minks, humanos, alguna que otra raza que había llegado atraída por la promesa del conocimiento o por la simple necesidad de empezar de nuevo, los investigadores del gremio ya estaban en movimiento, cargando cuadernos, instrumentos, frascos de cristal que brillaban con la luz filtrada del sol entre las hojas, la isla siempre había sido generosa y cruel con quienes olvidaban respetarla.

Su vista entrenada captaba detalles que otros pasarían por alto, una tabla mal ajustada en un puente secundario, el gesto nervioso de un joven que miraba demasiado hacia la selva, el rastro casi invisible de algo grande que se había movido durante la noche cerca de las raíces, todo se le quedaba grabado, no porque quisiera, sino porque así era. La memoria no preguntaba si deseaba recordar. Treinta años no eran nada para una isla así. Treinta años no eran nada para árboles que habían visto generaciones enteras nacer, luchar y desaparecer, pero para Daigo habían sido suficientes para entender que la belleza siempre venía acompañada de colmillos. Lo había aprendido desde cachorro, cuando prefería estar solo, cuando su rostro ya parecía enfadado incluso antes de saber por qué, ahora, allí arriba, con casi tres metros de altura y una presencia que hacía temblar tablones y voluntades por igual, seguía siendo el mismo en el fondo, solo que ahora sabía exactamente a quién dirigir los dientes.

Un sonido lejano, metal contra madera lo sacó del hilo de pensamientos. Un entrenamiento matutino, probablemente, aprendices probando armas que aún no entendían del todo. Apretó la mandíbula, porque si se les iba la mano, alguien saldría herido, aunque si no se les iba también, siempre es igual. Se incorporó un poco más, dejando que su silueta se recortara contra la luz. Desde abajo, cualquiera que alzara la vista vería una figura enorme, inmóvil, casi intimidante, un lince gigante observando en silencio, escudo en mano, como un guardián antiguo. No le importaba si le temían un poco, mejor. El miedo mantenía a la gente alerta y la gente alerta vivía más tiempo.

Una risa grave y breve escapó de su garganta sin que lo planeara. —Gabababa —resonó baja, áspera, llevándose el eco entre las hojas. Qué ironía. Una isla que parecía un paraíso y, aun así, necesitaba vigilancia constante, bestias, marines curiosos, exploradores imprudentes, rumores de movimiento en rutas que no deberían usarse. La libertad nunca era algo que se consiguiera una vez y ya está, era algo que se defendía todos los días, incluso cuando nadie lo pedía.

Recordó por qué se había unido a la Revolución. No había sido un discurso grandilocuente ni una promesa heroica. Había sido esa sensación, la de mirar hacia abajo y saber que, si algo caía, si algo ardía, si alguien gritaba él estaría allí. Aunque gruñera, aunque intimidara, aunque nadie se atreviera a sentarse a comer con él. Como si el pensamiento lo invocara, su estómago rugió bajo, yakisoba sonaría bien ahora, con arroz, siempre con arroz, pero tal vez más tarde, porque primero es el deber, siempre el deber.

Dio un paso hacia el borde de la copa, el peso de su cuerpo haciendo crujir la madera viva bajo sus pies, no era una amenaza, era una promesa. Si algo intentaba cruzar esa selva con intenciones equivocadas, tendría que pasar por él, por su escudo, por su voluntad. Miró una última vez la ciudad suspendida entre árboles, la selva infinita más allá, y dejó escapar un suspiro lento. —Mientras yo esté aquí, nadie toca este lugar —murmuró con voz grave, intimidante, absoluta y simplemente siguió vigilando.
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