05-01-2026, 04:16 PM
Habían muchas nubes espesas y grises ese día, parecía que tenían intenciones de llover, de tirar truenos y relámpagos. No era algo que podía ver en ese momento… no, todavía no… Lo que estaba más loco era el viento… no era un viento común, no era solo una corriente de aire, era un viento que se notaba en todo momento, que se notaba incluso sin necesidad de verlo, porque lo escuchaba incluso aunque no tuviera fuerzas para abrir los ojos, ese sonido se me metía igual en la cabeza, un sonido agudo, a veces tenía diferentes formas de sonar, subía, bajaba, se deformaba, cambiaba de tono, haciendo que en mi cabeza se formara una clase de musiquita extraña, irregular, casi molesta, y me daba rabia no poder apagarla, no poder simplemente desconectarme, quedarme en silencio, dejar de sentir por un rato. Era constante, no se detenía y eso me irritaba profundamente, porque yo estaba cansada.
Ese viento… dolía cuando pasaba sobre mí y al rededor de mí, golpeándome el cuerpo con suficiente fuerza como enterrarse contra mi piel, en la cara, en cada zona descubierta. Era una lástima que no se trataba de un viento suave, era molesto, insistente, no me dejaba en paz ni por un segundo, como si me quisiera mantener consciente, como si no me permitiera desmayarme tranquila y dejar que el mar me trague de nuevo. El aire traía consigo partículas pequeñitas que chocaban en mí dejaba forma constante, y cada impacto, aunque mínimo, se sumaba al anterior hasta volverse irritante, y me daban ganas de decir… carajo, maldito viento… pero no tenía voz, ni tenía suficiente aire.
No sabía exactamente qué eran al principio esas particulas, solo sentía como si algo seco estuviera siendo lanzado contra mi una y otra vez, y era tan irritante… no poder sacármelo, no poder limpiarme, no poder hacer nada tan simple como pasarme una mano por la cara, algo tan básico que ahora parecía imposible. Las partículas se volvieron mas evidente cuando se me acumularon entre la boca, quedaba adherido, atrapado por la humedad del cuerpo y de mi ropa de harapos, se me pegaba a los labios, a la lengua, y pensé en el hambre que tenía, en lo seca que sentía la boca, en lo mal que sabía todo. Aunque no podía ver, la sensación era muy especifica como para entender que el viento estaba siendo levantado del suelo y arrojado hacia solo una dirección, arrastrando todo consigo sin distinguir nada.
El olor… el maldito olor tampoco era posible de ignorar, sobre todo cuando de todo lo que tenía, lo más sensible de mi cuerpo era mi nariz, y eso siempre había sido una bendición y una maldición al mismo tiempo. Ese olor no cambiaba, no se disipaba, estaba presente en cada respiración que daba y aunque intentaba respirar más lento para evitarlo, no servía de nada, porque el aire estaba saturado, y no había forma de encontrar un aire más limpio. Para bien o para mal, cada inhalación traía consigo una cosa asquerosa que llenaba mis pulmones, la sal se pegaba al interior de la nariz, tenía una mezcla de vegetal y brisa marina, y me recordó a lugares que había conocido antes, a costas, a selvas, a noches durmiendo mientras esperaba a mi amado llegar en su barquito pequeñito para visitarme… y ese recuerdo me golpeó fuerte, casi más que el viento, porque ya no iba a llegar, y eso dolía de una forma distinta.
Unas nauseas y dolor empezaron entonces a salir a flote en el pecho y rayos… como dolía, me sentía mareada, quería dejarme morir, ¿será por eso que no tengo fuerzas para moverme?, pensé sin miedo, más como una pregunta cansada que como un deseo real. Sentía un cansancio profundo, no solo físico, también mental, pensar me requería demasiada energía, cada idea parecía pesar toneladas, y sentía que casi iba a perder la conciencia y quedarme desmayada hasta morir tapada por la arena, sin que nadie se diera cuenta. Sabía que debía levantarme, no era seguro quedarme así, tenía esa incertidumbre constante de que debía moverme ahora ya o algo malo iba a suceder. Pero mi cuerpo… mi cuerpo ni siquiera respondía como yo quería ni cuando quería, me ponía triste más de lo que me dolía, porque confiaba que tenía la fuerza suficiente, pero no fue así, y ahora estaba ahí, tirada, pesada, inútil, abandonada. Sentía cada parte de mi por separado, no como un todo, no… estaba destrozada, cortada en pedazos, no en el exterior, sino en el interior, y el dolor estaba repartido de forma desordenada por todos mis miembros, como si ya no pudiera sostenerse unido.
El pecho me pesaba contra algo que… puede ser el suelo, no podía expandirlo bien y cada respiración era una molestia, respirar requería mucho esfuerzo; mis brazos estaban entumecidos, pero no dormidos, no era esa sensación cómoda después de pasar mucho rato en una misma posición, y mis músculos estaban tensos, más rígidos, como si estuviesen recordando aún… aquella pelea… Esa pelea la recuerdo, demasiado bien. Maldición, muévete, me decía por dentro, sin levantar la voz, porque no podía, me estaba ordenando a hacer otro intento más para levantar aunque sea los parpados, pero no pasó nada. Las piernas estaban ahí, las podía sentir con esa sensación extraña de ¿qué haría yo sin ellas?, si fueron quienes me salvaron de que el oceano no me tragara y de alejar aquellos estúpidos hombres de esa estúpida pelea. Pensé que era ridículo intentar, que después de todo lo que había pasado, de esa pelea, de el agua que tragué, es entendible haber quedado así, incapaz de moverme. Genial, Lana, me dije, decepcionada de mi misma.
En el interior, no solo en el centro, tenía un dolor intenso que estaba repartido, disperso en las costillas, en el abdomen, en los hombros, en el cuello, en los muslos, en las plantas de los pies… no era un dolor insoportable, no era una especie de herida, ni un corte, ni un golpe, ni un hueso roto, aunque así era como se sentía. Lo que estaba destruido era un órgano vital, algo interno, no de forma física, algo estaba agotado, tenía cansancio acumulado y una sensación general de haber llegado al límite muy tarde. Te pasaste, Lana, te equivocaste, pensé, y no sabía si me lo decía por la pelea o por todo lo demás, por confiar, por aceptarlo, por pasar tiempo con él, por no hacer caso a las advertencias de mis vecinos, por creer que esta vez tenía razón, que sería diferente.
Eso me pesaba tanto como en el corazón y en la cabeza, sí… mi cabeza pesaba, no solo por tener mucha arena o agua encima, y aunque no intentaba pensar, los pensamientos igual se colaban, desordenados e insistentes. Hasta que algo dentro de mi, como un hilo que cruza entre el corazón y el estómago se hubiese estirado tanto, pero tanto que se volvió tan delgado, frágil, y de un rápido tirón fue cortado en dos. ¡Clack! Casi de inmediato, lo que me apretaba en el pecho comenzó a brotar de mis ojos cerrados como lágrimas. No quería llorar, no quería hacerlo ahí, no quería hacerlo por él, pero ya no había marcha atrás para detenerlo, las lagrimas salían solas por montones, calientes, limpiando también la arena de mi rostro. Lloraba porque ya entendía el dolor, del por qué me sentía tan mal, tan asquerosamente débil. Recordé que mi amante había muerto en ese entonces, en esa pelea… me traicionó y tuve que detenerlo hasta que… no lo ví más, desapareció… y esa certeza me golpeó. No quería pensar en aquello, pero era inevitable, estaba ahí, pegado a mí, como todo lo demás.
Aquel pequeña luz de conciencia me hizo volver a intentar mover mi brazo, solo uno… el intento fue patético, pero lo único que respondió fueron los dedos de mi mano izquierda, con un temblor débil, se movían torpe… Lo estaba logrando… y con la suerte que tenía, enterré mis dedos sobre el suelo, y al agarrar la arena entendí finalmente que estaba varada en la orilla de una costa.
Ese viento… dolía cuando pasaba sobre mí y al rededor de mí, golpeándome el cuerpo con suficiente fuerza como enterrarse contra mi piel, en la cara, en cada zona descubierta. Era una lástima que no se trataba de un viento suave, era molesto, insistente, no me dejaba en paz ni por un segundo, como si me quisiera mantener consciente, como si no me permitiera desmayarme tranquila y dejar que el mar me trague de nuevo. El aire traía consigo partículas pequeñitas que chocaban en mí dejaba forma constante, y cada impacto, aunque mínimo, se sumaba al anterior hasta volverse irritante, y me daban ganas de decir… carajo, maldito viento… pero no tenía voz, ni tenía suficiente aire.
No sabía exactamente qué eran al principio esas particulas, solo sentía como si algo seco estuviera siendo lanzado contra mi una y otra vez, y era tan irritante… no poder sacármelo, no poder limpiarme, no poder hacer nada tan simple como pasarme una mano por la cara, algo tan básico que ahora parecía imposible. Las partículas se volvieron mas evidente cuando se me acumularon entre la boca, quedaba adherido, atrapado por la humedad del cuerpo y de mi ropa de harapos, se me pegaba a los labios, a la lengua, y pensé en el hambre que tenía, en lo seca que sentía la boca, en lo mal que sabía todo. Aunque no podía ver, la sensación era muy especifica como para entender que el viento estaba siendo levantado del suelo y arrojado hacia solo una dirección, arrastrando todo consigo sin distinguir nada.
El olor… el maldito olor tampoco era posible de ignorar, sobre todo cuando de todo lo que tenía, lo más sensible de mi cuerpo era mi nariz, y eso siempre había sido una bendición y una maldición al mismo tiempo. Ese olor no cambiaba, no se disipaba, estaba presente en cada respiración que daba y aunque intentaba respirar más lento para evitarlo, no servía de nada, porque el aire estaba saturado, y no había forma de encontrar un aire más limpio. Para bien o para mal, cada inhalación traía consigo una cosa asquerosa que llenaba mis pulmones, la sal se pegaba al interior de la nariz, tenía una mezcla de vegetal y brisa marina, y me recordó a lugares que había conocido antes, a costas, a selvas, a noches durmiendo mientras esperaba a mi amado llegar en su barquito pequeñito para visitarme… y ese recuerdo me golpeó fuerte, casi más que el viento, porque ya no iba a llegar, y eso dolía de una forma distinta.
Unas nauseas y dolor empezaron entonces a salir a flote en el pecho y rayos… como dolía, me sentía mareada, quería dejarme morir, ¿será por eso que no tengo fuerzas para moverme?, pensé sin miedo, más como una pregunta cansada que como un deseo real. Sentía un cansancio profundo, no solo físico, también mental, pensar me requería demasiada energía, cada idea parecía pesar toneladas, y sentía que casi iba a perder la conciencia y quedarme desmayada hasta morir tapada por la arena, sin que nadie se diera cuenta. Sabía que debía levantarme, no era seguro quedarme así, tenía esa incertidumbre constante de que debía moverme ahora ya o algo malo iba a suceder. Pero mi cuerpo… mi cuerpo ni siquiera respondía como yo quería ni cuando quería, me ponía triste más de lo que me dolía, porque confiaba que tenía la fuerza suficiente, pero no fue así, y ahora estaba ahí, tirada, pesada, inútil, abandonada. Sentía cada parte de mi por separado, no como un todo, no… estaba destrozada, cortada en pedazos, no en el exterior, sino en el interior, y el dolor estaba repartido de forma desordenada por todos mis miembros, como si ya no pudiera sostenerse unido.
El pecho me pesaba contra algo que… puede ser el suelo, no podía expandirlo bien y cada respiración era una molestia, respirar requería mucho esfuerzo; mis brazos estaban entumecidos, pero no dormidos, no era esa sensación cómoda después de pasar mucho rato en una misma posición, y mis músculos estaban tensos, más rígidos, como si estuviesen recordando aún… aquella pelea… Esa pelea la recuerdo, demasiado bien. Maldición, muévete, me decía por dentro, sin levantar la voz, porque no podía, me estaba ordenando a hacer otro intento más para levantar aunque sea los parpados, pero no pasó nada. Las piernas estaban ahí, las podía sentir con esa sensación extraña de ¿qué haría yo sin ellas?, si fueron quienes me salvaron de que el oceano no me tragara y de alejar aquellos estúpidos hombres de esa estúpida pelea. Pensé que era ridículo intentar, que después de todo lo que había pasado, de esa pelea, de el agua que tragué, es entendible haber quedado así, incapaz de moverme. Genial, Lana, me dije, decepcionada de mi misma.
En el interior, no solo en el centro, tenía un dolor intenso que estaba repartido, disperso en las costillas, en el abdomen, en los hombros, en el cuello, en los muslos, en las plantas de los pies… no era un dolor insoportable, no era una especie de herida, ni un corte, ni un golpe, ni un hueso roto, aunque así era como se sentía. Lo que estaba destruido era un órgano vital, algo interno, no de forma física, algo estaba agotado, tenía cansancio acumulado y una sensación general de haber llegado al límite muy tarde. Te pasaste, Lana, te equivocaste, pensé, y no sabía si me lo decía por la pelea o por todo lo demás, por confiar, por aceptarlo, por pasar tiempo con él, por no hacer caso a las advertencias de mis vecinos, por creer que esta vez tenía razón, que sería diferente.
Eso me pesaba tanto como en el corazón y en la cabeza, sí… mi cabeza pesaba, no solo por tener mucha arena o agua encima, y aunque no intentaba pensar, los pensamientos igual se colaban, desordenados e insistentes. Hasta que algo dentro de mi, como un hilo que cruza entre el corazón y el estómago se hubiese estirado tanto, pero tanto que se volvió tan delgado, frágil, y de un rápido tirón fue cortado en dos. ¡Clack! Casi de inmediato, lo que me apretaba en el pecho comenzó a brotar de mis ojos cerrados como lágrimas. No quería llorar, no quería hacerlo ahí, no quería hacerlo por él, pero ya no había marcha atrás para detenerlo, las lagrimas salían solas por montones, calientes, limpiando también la arena de mi rostro. Lloraba porque ya entendía el dolor, del por qué me sentía tan mal, tan asquerosamente débil. Recordé que mi amante había muerto en ese entonces, en esa pelea… me traicionó y tuve que detenerlo hasta que… no lo ví más, desapareció… y esa certeza me golpeó. No quería pensar en aquello, pero era inevitable, estaba ahí, pegado a mí, como todo lo demás.
Aquel pequeña luz de conciencia me hizo volver a intentar mover mi brazo, solo uno… el intento fue patético, pero lo único que respondió fueron los dedos de mi mano izquierda, con un temblor débil, se movían torpe… Lo estaba logrando… y con la suerte que tenía, enterré mis dedos sobre el suelo, y al agarrar la arena entendí finalmente que estaba varada en la orilla de una costa.
