Buscando un buen artesano [Pasado]
#1
South Blue | Baterilla | Pueblo Baquella 
Día 19 de Primavera, Año 17


El sol cae con suavidad sobre Baterilla, y el aire cálido me envuelve la piel como un abrazo pegajoso pero agradable. Ya llevo un rato en la isla, lo sé porque el olor a sal y pescado se me ha quedado prendido en la ropa mezclado, claro, con el coco que siempre me delata. Camino despacio por el pueblo de Baquella, dejando que mis ojos verdes recorran cada detalle con curiosidad abierta, sin prisa, como si el mundo no pudiera escaparse de mí. Las casas son pequeñas, irregulares, todas distintas y a la vez iguales, con sus paredes blancas y tejados naranja brillando bajo el cielo tropical. Me recuerdan un poco a conchas marinas desperdigadas al azar. Hay redes colgadas, cajas de madera, pescadores hablando en voz alta y gaviotas descaradas que no parecen temerle a nadie. Sonrío sin darme cuenta, la vida aquí es ruidosa, pero menos que en Samba claro, sencillamente honesta.
 
Mi mano derecha descansa sobre Miwaku, enrollado con cuidado a mi costado. El cuero y el metal han sufrido conmigo, han probado sangre, arena y sudor. Es fuerte, sí, pero el mar me ha enseñado algo desde que dejé mi isla, siempre se puede mejorar, aprieto los dedos alrededor del mango y siento esa familiar pulsación que me recorre el brazo, quiero que Miwaku crezca conmigo, que esté a la altura de los enemigos que aún no conozco. He oído rumores, siempre los hay y eso todo el mundo lo sabe. Que, en islas pequeñas, donde la pesca y el comercio mantienen a todos con vida, suelen esconderse manos expertas, artesanos que saben trabajar materiales extraños, que no hacen demasiadas preguntas si pagas o ayudas. No sé si es cierto aquí, pero el anciano de Samba me mandó hasta aquí, me habló de los artesanos de la marina que trabajan sus armas y es lo que busco.
 
Al fondo, sobre un acantilado, el faro de Baquella se alza orgulloso, visible desde casi cualquier punto del pueblo. Su silueta me atrae de forma extraña, hay algo tranquilizador en él, como si incluso una guerrera Kuja pudiera bajar la guardia bajo su luz. Más allá, tierra adentro, sé que duerme el volcán, dos mil metros de altura, inactivo desde hace siglos dicen, quiero estudiarlo, quiero explorarlo, me llama y sigo sintiendo una vibración profunda bajo mis pies aunque tal vez sea solo mi imaginación.
 
Paso cerca de un pequeño puesto y saludo con una sonrisa amplia, sincera. Mi voz suena suave, casi cantarina, incluso para mis propios oídos. Algunas miradas se detienen en mí más de lo normal, otras se apartan rápido. No me molesta, estoy acostumbrada a las miradas, pregunto aquí y allá, sin insistir demasiado, dejando que las conversaciones fluyan. No puedo mentir, aunque quisiera, así que digo la verdad, busco a alguien capaz de modificar un arma, de entender su espíritu. Evito, eso sí, ciertos gestos, las garras, cada vez que alguien hace ese movimiento con las manos, algo en mi pecho se tensa y me cuesta mantener la sonrisa, respiro hondo y sigo caminando con paciencia.
 
No tengo prisa. Baterilla no parece una isla que se revele de inmediato y yo he aprendido que algunas respuestas solo llegan cuando uno se permite ser visto, mientras tanto, sigo avanzando por Baquella, ligera, confiada, con Miwaku a mi lado y el presentimiento claro de que este lugar todavía tiene algo importante reservado para mí.
#2
Tenía el día libre y la primavera ya se hacía notar con un calor agradable que recorría mi cuerpo mientras paseaba a la luz del sol. Salí del cuartel para dar un paseo, hacía tiempo que no me daba tiempo para relajarme y despejarme de las exigencias del día a día. Además sabía que dentro de poco debía dejar la isla atrás para seguir el rastro de aquellos criminales con los que peleé en el bar. Ahora Baterilla parecía ser un lugar tranquilo y seguro, en el que sus gentes podían llevar una vida pacífica, pero no estaba tranquilo porque sabía que ese alborotador no estaba entre rejas, el problema no había desaparecido, solo se había mudado.

Cuando salía a dar vueltas siempre acostumbraba a llevar algunas herramientas conmigo, los habitantes de Baquella ya me conocían y no tenía problemas en que me pidiesen arreglarles algunos utensilios del hogar o incluso ayudar a los pescadores locales con algunas alocada ideas para hacer redes de pesca más eficientes. El ambiente del pueblo hoy era encantador, las gaviotas graznaban mientras molestaban a los pescadores, escena que me siempre disfrutaba mirar, esas pequeñas cosas le daban un toque especial al lugar. Me acerqué al dependiente de uno de los puestos y le pregunté por como había ido el día —Llegas justo a tiempo chico, hace unos minutos pasó una muchacha por aquí buscando un artesano para su arma o algo así— Era algo fuera de lo común, normalmente la gente se limitaba a verme pasar para apañarle las cosas en el momento —Es raro ¿Verdad? ¿Es del pueblo?— El hombre negó con la cabeza, sin dejar de lado sus tareas en el puesto, se agachó para colocar en el mostrador una caja que tenía en el suelo y continuó —A mi no me suena, por la forma en la que anda por el pueblo no diría que es de por aquí— Le di las gracias y fui en la dirección por la que había ido la muchacha.

Antes de irme me dio una descripción de la chica, por lo visto era una mujer de baja estatura, de piel clara y con el pelo rosa con toques verdosos y, además, llevaba un látigo consigo. No tenía pérdida por lo que no necesité buscar mucho hasta encontrarla, con un caminar alegre que contagiaba buen humor a las personas que se cruzaban con ella. Por lo visto quería hacer algo con su arma, por su aspecto no parecía una pirata, lo cual me tranquilizaba pero eso no hacía desaparecer la curiosidad que sentía. 

Sin dudar mucho me acerqué a ella y me presenté —Buenos días señorita, he oído que estás buscando un manitas que te ayude con algo. Soy Juan, y soy el manitas de la División 93 de la Marina, para lo que necesites— Ya había modificado mis guantes hace varios días, por lo que estaba confiado en mis habilidades para trabajar con armas de todo tipo, no debería tener ningún problema con cualquier cosa que me pidiese. 

—Juan— —Dependiente—
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
#3
Mientras me encontraba completamente absorta frente a uno de los puestos, observando unos lentes de sol que se verían absolutamente divinos en Shanty, alguien llamó mi atención de forma inesperada, fue entonces cuando un Gyojin se acercó a mí, me sobresalté apenas un instante y acto seguido, toda mi sorpresa se transformó en pura emoción, no pude evitarlo. —¡Ay! ¡¡¡¡Pero si eres un cangrejito precioooooso!!!! —exclamé, llevándome las manos al pecho mientras una oleada de entusiasmo recorría todo mi cuerpo.
 
Mis ojos verdes brillaban con auténtica fascinación mientras lo observaba de arriba abajo, sin ningún tipo de malicia, solo curiosidad genuina y alegría sincera. Siempre me ha parecido increíble la diversidad de razas que existen fuera de mi isla, y los Gyojin ocupan un lugar especial en mis estudios y en mi corazón. He leído sobre ellos, sobre sus clanes, sus adaptaciones al mar, sus costumbres, pero verlos de cerca nunca deja de maravillarme. Era un tipo genial, amable, con una presencia que no intimidaba en absoluto y aunque mi mente asoció de inmediato sus rasgos con la imagen de un cangrejo caparazón, forma, esa energía tan particular, de pequeño no tenía nada. Era bastante alto, imponente incluso a su manera. Nada que ver con Kazan, claro, que es directamente abrumador, pero aun así, había algo en él que imponía respeto.
 
Incliné un poco la cabeza, observándolo con detenimiento, casi como si estuviera frente a una pieza viva de historia.—Lo digo en serio —añadí con una sonrisa amplia y totalmente honesta —Estudiar las razas y las culturas del mundo es fascinante. Cada detalle cuenta una historia distinta. — Mi tono seguía siendo suave, cálido, sin una pizca de miedo o cautela. Para mí, aquel encuentro no era una amenaza ni una rareza, sino una oportunidad más de aprender y de conectar y aunque mi entusiasmo a veces se me escapa sin control, no podía, ni quería ocultarlo.
 
—Mire, Juansito —comencé con una sonrisa amable y abierta, procurando que mi tono sonara tranquilo y respetuoso —Yo tengo un látigo— Levanté ligeramente Miwaku, lo justo para que pudiera verlo sin que pareciera un gesto amenazante. Mis dedos lo sostenían con cuidado, casi con cariño, después de todo, ha estado conmigo en más de una ocasión peligrosa. —Soy una erudita —continué con total honestidad—Me aventuro en terrenos y lugares a los que muchos no se atreverían a ir, todo por estudiar las culturas de los pueblos, sus costumbres, sus ruinas, su historia y en esos caminos, a veces, el conocimiento no es suficiente para protegerse. —Incliné un poco la cabeza, manteniendo la calma que me caracteriza, sin perder esa chispa de entusiasmo que siempre se me cuela al hablar de mis viajes.

—Por eso llevo este látigo como arma, no por gusto de la violencia, sino por necesidad. — Deslicé la mano a lo largo del cuerpo del arma, señalando sus extremos. —Lo que quisiera es algo simple, nada exagerado —aclaré —Colocarle unas puntas de filo en las terminaciones, algo que me permita defenderme mejor, o atacar si la situación lo exige. Que se adapte a distintos escenarios, según se vea el caso. —Mis ojos verdes se alzaron hacia él, firmes pero amables.
 
—No busco causar daño sin motivo —añadí con total sinceridad, sin bajar la mirada ni un solo segundo—Solo asegurarme de volver con vida para poder seguir aprendiendo. — Mis palabras salieron suaves, tranquilas, porque así es como pienso las cosas. Dentro de mí ardía ese deseo constante de viajar, de recorrer cada isla y desentrañar los misterios que el mundo esconde, aunque, claro, eso último me lo guardé para mí, no era algo que necesitara decirle a un marine, hay verdades que no se mienten, pero sí se callan.
 
—Tengo el acero —continué, cambiando el peso de mi postura con naturalidad —Lo compré en la isla de Samba.— Me llevé ambas manos a la espalda y deslicé el bolso por mi hombro. El cuero crujió levemente cuando lo abrí, dejando ver el metal cuidadosamente envuelto. El peso era familiar, reconfortante incluso. Lo sostuve un instante antes de dar un paso al frente y ofrecérselo a Juan, junto con Miwaku, que descansaba entre mis dedos como una extensión más de mí.
 
El gesto fue respetuoso, abierto, sin exigencias. —Por favor asístame —pedí con una pequeña inclinación de cabeza. Mi voz conservaba ese tono amable que rara vez abandona mis labios, y mi postura seguía relajada, sin rastro de amenaza. Confiaba en mis capacidades, sí, pero también sabía reconocer cuándo necesitaba la ayuda de otro y en ese momento, no hablaba una guerrera encendida, sino una erudita que solo quería seguir caminando y volver para contarlo.

Información
#4
Protocolo: Moderación
Estado: Activado
--------------------
Bip-Bip
Pacifista Activado


Tema Invalidado
Los acontecimientos en este post, no sucedieron
Juan, por favor revisa tu hoja de personaje


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)