En aquellos días la suerte no había acompañado al médico brujo, ya que, a pesar de ser alguien que tenía conocimientos de sobra para poder subsistir en cualquier isla, en esos momentos un buen número de eventos desafortunados habían hecho que todas sus fuentes de ingreso se vieran con problemas de una forma u otra. No era ignorancia ni falta de recursos lo que lo aquejaba, sino una cadena de infortunios mal sincronizados. En primera fue en su oficio como médico, ya que todo su trabajo creando venenos, paralizantes y otro tipo de medicinas terminó por derrumbarse cuando le avisaron que las hierbas y raíces que traían de Torino tuvieron problemas tras una tormenta, una lo suficientemente violenta como para obligar al barco a hacer una parada de emergencia tras sufrir unos cuantos desperfectos de consideración.
Después de eso, los problemas comenzaron a acumularse cuando empezó a aumentar la seguridad marine por algunos incidentes ocurridos en ciertos bares que normalmente el médico brujo visitaba, lugares en donde también ganaba unos cuantos ingresos aprovechándose de los borrachos y los incautos que bajaban la guardia tras demasiados tragos. Ahora, las cosas seguían bajas, estancadas, y la necesidad de ganar un poco de berrys se hacía ya cada vez más desesperada para él, apretándole el pecho como una presión constante.
La llegada al bar de Gary fue diferente a otras veces, ya que esta vez no había una sonrisa dibujada en su rostro ni una actitud extrovertida que saludara a los presentes con aquella presencia única y estrafalaria que solía caracterizar al médico brujo. Caminó de mala manera hacia la barra, con pasos pesados, mientras Gary limpiaba un vaso con despreocupación, observándolo de reojo al ver cómo el brujo casi arrastraba los pies hasta llegar frente a él. Allí dejó reposar su brazo derecho sobre la madera gastada, suspirando profundamente antes de acariciar su entrecejo con fastidio, como si intentara ahuyentar la mala suerte que lo venía persiguiendo en esos momentos.
—¿Qué pasa, brujo? ¿Otra vez te persiguieron por estafar a unos piratas? —preguntó aquel hombre con tono seco, mientras Bones suspiraba una vez más antes de levantar la mirada y responderle.
—No digas nada, esta ha sido la peor semana que he tenido en esta maldita isla. Todo lo que supuestamente no podía salir mal terminó dándose vuelta en mi contra —dijo con una cara larga, visiblemente cansada, mientras el bartender lo miraba con aquella estoica normalidad de quien está acostumbrado a escuchar, una y otra vez, los problemas de borrachos y piratas que desfilaban por ese lugar.
—Bueno, las cosas a veces no pueden salir como uno quiere, Bones, así que será mejor que puedas adaptarte a la situación o hacerte una bola en el suelo y llorar hasta que mueras.
Una de las características de Gary era que, además de ser un gran barista, era violentamente honesto, sin filtros ni adornos, diciendo después la única cosa que realmente era de preocupación para él.
—¿Qué te sirvo?
Bones le quedó mirando con mala cara; después de todo, tampoco esperaba palabras de apoyo por parte de aquel tipo que era más áspero que una lija. Bajó la mirada antes de dar unos cuantos golpecitos con su índice en la base de la barra, pensativo, resignado.
—Solo quiero un whisky, etiqueta roja.
Al decir aquello, el bartender se detuvo de golpe, abriendo los ojos de manera sorpresiva por la boca del médico brujo.
—¡¿Etiqueta roja?! Vaya, no pensé que estaban realmente tan mal —dijo, negando levemente con la cabeza, antes de que Bones se quedara mirándolo y le respondiera mientras se daba vuelta.
—Vamos, Gary, un poco más de tus palabras de ánimo y termino por lanzarme al mar a ver si me come alguna bestia marina.
En eso, giró la cabeza un poco para observar el tablero de anuncios del bar, un rincón olvidado donde algunas personas dejaban trabajos rápidos y de poca monta, favores mal pagados o encargos dudosos. Se odió unos segundos por pensarlo, y un poco más por el simple hecho de aceptar acercarse y ver qué ofertas había colgadas en aquel lugar, como si aquello fuera un reconocimiento silencioso de su propia necesidad.
Ahí fue cuando, entre todos esos avisos viejos, mensajes torcidos, carteles desgarrados y cartas mal escritas, destacó un afiche que parecía más nuevo que el resto. Llamó la atención de Bones no por lo que decía, sino por el número que estaba escrito en él: $500.000 berrys, una cifra que resaltaba de forma obscena entre todas las letras que había en aquel mensaje.
El médico brujo entrecerró los ojos al ver la cifra.
No era un trabajo común. No era un favor de borrachos ni una deuda saldada a golpes. Quinientos mil berrys no se ofrecían por capricho… ni por algo simple.
Se acercó al tablero con paso lento, casi medido, como si temiera que el número pudiera desvanecerse si lo miraba con demasiada atención. El afiche estaba clavado con una tachuela nueva, el papel aún firme, sin manchas de alcohol ni quemaduras de cigarro. Alguien había querido, de forma deliberada, que ese mensaje destacara.
Bones lo leyó en silencio.
“Busco un grupo capaz y discreto.
Han robado algo que me pertenece.
No es un objeto. No es reemplazable.
Es mi mascota.
Recompensa: $500.000 berrys.
Preguntar por el Sr. Halbrecht.”
El médico soltó una breve exhalación nasal, y una sonrisa ladeada se dibujó apenas en su rostro, cargada de ironía.
—Mascota… —murmuró—. Cuando un hombre rico usa esa palabra y ofrece medio millón, rara vez habla de algo que ladre sin consecuencias.
Arrancó el afiche con cuidado, doblándolo una sola vez antes de guardarlo en el bolsillo interno de su abrigo. En ese gesto no había entusiasmo, sino cálculo frío. Las mascotas se recuperaban… o se devolvían en piezas, dependiendo del tipo de hombre que pagara la recompensa, pensó con crudeza.
Regresó a la barra justo cuando Gary dejaba el vaso frente a él. El whisky rojo brillaba con un tono profundo bajo la luz del local, casi hipnótico.
—¿Encontraste algo que valga la pena o solo más miseria ajena? —gruñó el bartender.
Bones tomó el vaso, lo giró lentamente entre sus dedos, observando el líquido como si leyera presagios en su superficie.
—Tal vez ambas cosas —respondió con calma—. Pero esta miseria… paga bien.
Dio un sorbo largo. El alcohol le quemó la garganta, pero no hizo mella en su compostura. Aquello no era un trabajo médico. No era un timo de borrachos. Era una búsqueda, y las búsquedas solían llevar a violencia, secretos… y cadáveres.
Justo el tipo de terreno donde la suerte, tarde o temprano, volvía a encontrarlo.
Bones dejó unas monedas sobre la barra y se incorporó con parsimonia.
—Si no vuelvo en un par de días —dijo sin mirar a Gary—, puedes quedarte con mis frascos del fondo. Los verdes explotan, los negros gritan y los transparentes… mejor no los abras.
El bartender soltó una risa seca, breve.
—Siempre tan alentador, brujo.
Bones ya iba camino a la puerta cuando añadió, con voz baja y elegante, casi como una confidencia:
—La desesperación es solo otra herramienta. Y esta isla acaba de recordarme cómo usarla.
La puerta del bar se cerró tras él, mientras la cifra de 500.000 berrys pesaba en su bolsillo como una promesa… o una sentencia.
Off:
