Han
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
103
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El reino de Samba era bastante curioso, ya llevaba allí unos días, no demasiados, pero si los suficientes como para recorrer la ciudad mas o menos en su plenitud, claro aún quedarían aquellos destinos que solo un foráneo conocería. Era un lugar alegre, bastante folclórico y artístico, casi todas las semanas había alguna festividad que traía la música y los colores a sus calles, inundando de alegría las venas de la urbe.
los bares del centro solían estar abarrotados, algo muy bueno para el buen ambiente, pero no tanto para tomar algo en calma y paz. Sin embargo, la afluencia bajaba a medida te ibas mas a las afueras o incluso el extrarradio, el lugar donde la economía era más austera y donde ya podrían verse los campos de cultivo o las granjas, todavía podían encontrarse puestos pequeños a pie de calle, teniendo solo una reducida barra y un par de taburetes, sin local como tal, mas bien una caseta con porche conde se aprovechó para formar un negocio humilde pero solvente. Esos eran los mejores sitios, pues sus bebidas se sabía que eran caseras, y normalmente su alcohol era bastante mas fuerte, casto y potente. Allí me encontraba yo, sentado de espaldas al camino que conducía a la ciudad mientras tomaba un vaso de agua, moviendo el dedo pulgar de manera circular por el vidrio, preguntándome ciertas cuestiones que llevaban persiguiéndome desde que salí de Sobert. No es que fueran dudas existenciales, ni melancolía por volver al hogar, no es que tuviese un hogar al que volver ni una persona que me estuviera esperando, así que poco podía sentir añoranza. No, mis preocupaciones se volcaban mas en mi salud, a mi envidiable e insuperable salud, es mas, desde que aquella fruta de cáscara negra con patrones de espiral y un interior rojo carmesí en su carne se topó en mi vida, no había enfermado ni una sola vez, ni me había intoxicado por comer en los vertederos.
No solo eso, ya no solo se trataba de enfermedades, lesiones que antes hubiese tardado semanas o meses en sanar ahora desaparecían en un visto y no visto, apenas unos segundos tardaban en soldar los huesos y cerrar las heridas. Mis órganos funcionaban de tal forma que jamás sentía sed, ni frio, ni calor. Aquello podía ser una buena noticia en primera instancia, pero... ¿Cuál era el límite? ¿Acaso podía sanar infinitamente? Me preocupaba encontrar mi final por creerme totalmente inmortal, pero también resultaba aterrador el descubrir hasta donde podía llegar, pues la única prueba era recibir daños de forma masiva hasta que no los sea capaz de subsanar. En otras palabras, la única manera de conocer si había un límite era alcanzarlo, dando fin a mi vida. Era frustrante, aquel dilema llevaba un par de días atormentándome, costándome dormir incluso, pero poco podía hacer.
Cill Blinton
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
60
55
80
21
50
92
29
46
0
120
Llevaba ya un tramo recorrido el pelinegro, no había salido en busca de aventura, ni diversión, ésta vez no intuía nada. Solo le estaba escapando al día mismo, como quien espera que se cumpla una línea más en la pared de la celda de su prisión. El tiempo corría lento, se escurría como agua por una pequeña filtración, poco a poco agotandose, empatando el ritmo de sus zancadas, disueltas por completo en calma, o más que calma quizás era quietud...
El camino se alejaba poco a poco del tumulto, de los ruidos joviales, los colores se hacían menos vivos, y todo daba a relucir la realidad, cuanto más te alejabas del movimiento, del comercio, la vida iba mucho más lento, o al menos eso parecía. El humo del cigarro se escurría entre los dedos de Cill, aquel pirata que dejaba escapar el humo por su boca también exhalando tensión junto al humo. No podría siquiera aseverar que hora era aquel joven pirata, se encontraba más bien arremolinado por aquella sensación extraña de paz. Los comercios de plano dejaban de verse tanto, como también su planificación, como por ejemplo de pertenecer a la urbe y fachada de la ciudad, a ser puestos improvisados, con carros, o taburetes, incluso ferias…
Siguiendo su camino el espadachín, había finalmente sucumbido a lo terrenal, su cuerpo empezaba a hacer llegar las señales a su cabeza… La sed era real, lo mismo que el deseo de comer algo… Alzo su vista al cielo un instante y suspiró el humo mientras zarandeó con los dedos el cigarro y vaciar su ceniza. Al volver su vista en el camino, más delante se veía un puesto, humilde, pequeño, de esos que tienen muchas menos pintas contra la calidad que tienen para ofrecer al gusto y alguna que otra historia que contar…
Sin mucha más dilación no le dio vueltas al asunto. Se sentó al lado de un sujeto de pelo largo, y sonriente se dirigió al tendero.
—Un caldo de fideos por favor— pidió amablemente luego de saludar gestualmente. —Y algo de licor barato— concluyó sonriendo mientras encendía un cigarro para esperar su orden, no pidió cenicero... No haría falta, el suelo de la calle sería el cenicero más grande del mundo.
Han
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
103
120
50
77
120
120
74
120
40
250
Pensé que comería solo, la zona estaba bastante alejada del núcleo de población, casi no había un alma por esos lares, sin embargo, al igual que yo, había gente en aquella isla que apreciaba también la tranquilidad. Mientras preparaban mi pedido un hombre irrumpió en el puesto y se sentó en uno de los taburetes, preparado para comer y saciar su apetito, aunque tal vez fuese mas para catar el sabor y no preocuparse tanto por la cantidad, solo él lo sabría, o a lo mejor ni eso.
El muchacho, pues no parecía ser mayor que yo, parecía amable y simpático, saludando amablemente mientras daba su comanda. Su pelo era desarreglado, algo que contrastaba con su traje como vestimenta, aunque este también estaba arrugado y desaliñado, portaba un arma atada a su cintura, una espada de hoja curva y fina, una katana. Era fumador, no es que tuviese que sacar esa conclusión por deducción, es que comenzó a fumar delante de todos los presentes, sin importarle donde tirar la ceniza o que su humo pudiese molestar a alguién, algo bastante desconsiderado, por su parte. No es que el humo fuese algo que me molestase en lo personal, ya estaba acostumbrado al tabaco de Kayseira y a las extrañas plantas de Lan, a esas alturas un cigarrillo pasaba casi inadvertido.
El tendero, asintió de espaldas a nosotros mientras cortaba rábanos, afirmando que había oído las peticiones del nuevo comensal. Lo miré de reojo mientras mientras comía mis fideos, mas con curiosidad que con prejuicio, pues con mis ropajes viejos y ajados no estaba en posición de aleccionar sobre moda y estilo. "¿Será un viajero?" Pensé al verlo con ese aspecto tan pintoresco, no parecía pertenecer aquí. Sonreí mientras giraba mi cabeza para mirarlo enteramente y señalaba con mis palillos, ahora vacíos, señalándole el letrero sobre nuestras cabezas, lleno de nombres de platos y precios. -Te recomiendo que pruebes el Udon, esta de vicio.- Sonreí amable mientras volvía a bajar mis palillos y los dejaba en la mesa para después estrecharle la mano. -Por cierto, soy Han, encantado.- Procuré sonar amable y tranquilo, nadie quiere conocer a un ser ansioso o iracundo de primeras.
Cill Blinton
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
60
55
80
21
50
92
29
46
0
120
El lugar parecía el ideal, de esos que uno les termina agarrando cariño, mas por el ambiente que por lo que ofrece visualmente el lugar. En esos antros la comida tiene un gusto especial, ese sabor a hogar, a casa, que no importa de donde uno venga, sea de donde fuere el comensal, siempre logran hacerlo sentir como en casa. Y justo en ese paraje a un lado del camino, en donde quizás algún citadino diría "el medio de la nada". Pero yo, al menos, no soy de esas personas, no juzgo el libro por su tapa, y además, el nunca haber pertenecido realmente a un lugar, me hizo vagar por muchísimos lugares y sitios, en los cuales descubrí que ese tipo de locales, siempre ofrecían la triple B, bueno bonito y barato, manteniendo a uno a salvo de la gente que busca aparentar y pretensiones...
El tendedero pronto a su oficio, ya estaba preparando mi orden, yo, por contraparte, disfrutaba de un buen cigarro, merecido en mi opinión, después de tanta caminata. Había visto más gente, pero no le había prestado atención, hasta que el sujeto a mi costado, comiendo, llamó mi atención quizás era tarde, ya había ordenado, pero no descartaba su recomendación. —¿Hm?— voltee a ver al sujeto de pelo largo que me hablaba, y voltee a ver los platillos para elegir, vi que el udon se veía bien, aunque ya estaban preparando lo que pedí, no quería molestar al viejo. Sonriendo entre risas me voltee a Han nuevamente —Cill Blinton, igualmente— respondí amablemente para tirar mi cigarro despreocupadamente a un lado. —Ese udon tiene una pinta excelente pero no quiero molestar al viejo, ya esta preparando lo que pedí— le dije reflexionando con una sutil risa —Pero sin duda voy a probarlo en otra ocasión Estos lugares tienen la mejor comida— no había probado nunca un platillo de aquel sitio, pero no necesitaba hacerlo para saber la realidad, la calidad en gusto y cantidad en estos lugares siempre fue superior a otros sitios, para el alma hambrienta y lejos de casa.
En medio de la desolación estaba ahora hablando con el dichoso Han, tipo amable parecía si me preguntan, aunque no podía decir mucho más, pero, a priori, le envidiaba un poco el pelo, ni mi madre tenía tan lindo y largo cabello... A veces aun la recuerdo, y pienso en ella... Se viene a mi mente como una estrella fugaz, a la cual en vez de observarla plácidamente y pedir un deseo, yo intento perderla de vista, no quiero revivir fantasmas, que me arrastran a donde no quiero... Sin embargo, ese instante, no pude evitar acariciar la cruz de mi pecho, lo único que me conecta a ese pasado... Adornando la escena, ese aroma inconfundible a mi ramen cocinándose, y no había mucho mas para ver, quizás, observando en la lejanía se podía ver alguna que otra figura caminando en distintas direcciones, unos que iban, otros que venían, aunque podían divisarse específicamente un grupo de unos tantos que caminaban muy a lo lejos en nuestra dirección...
—Cuenta Han, si no es molestia ¿Qué te trae por este sitio, vienes seguido?— le pregunté sonriente volteado en el lugar, hacia el, golpeando levemente su lomo con una palmada. —Realmente no pareces de aquí— finalicé sonriente, quizás, con una extroversión mayor a la recomendada, pero las recomendaciones como el papel, para limpiar el culo, excepto cuando son de comida, esas siempre eran bienvenidas
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