21-01-2026, 01:30 AM
Puerto de Baterilla/ Dia 40 de Primavera. 9:30 am
El puerto de Baterilla parecía despedirse en aquella completa quietud con aquella tranquilidad que parecía solo prepararse para verlo alejarse por el horizonte del mar. Así como un paciente para el médico brujo, él ya había cumplido su labor en aquel lugar. La isla había sido útil para sus necesidades, haciendo que ahora solo pensara en el próximo lugar al que iba a dirigirse.
El mar aquel día se encontraba un poco inquieto, pero no lo suficiente para encontrarlo una amenaza para su partida, ya que había estado preparándose para juntar provisiones y asegurarse que no hubieran muchos problemas en el camino hacia Samba, el lugar que había elegido como su próximo destino ya que le habían dicho que había necesidad de médicos en la isla, siendo el lugar perfecto para ganarse unos cuantos berrys antes de seguir su camino.
Samba prometía movimiento. Donde hay música, exceso y noches largas, siempre hay heridas, vicios y deudas. Terreno fértil. No me interesa la celebración, sino lo que queda cuando el ritmo se apaga y la gente se enfrenta a su propia fragilidad. Ahí es donde entro yo.
Revisé mentalmente mis instrumentos, frascos y rituales. Todo estaba en orden. La disciplina es la forma más elegante de control. Así fue como miré hacia atrás para poder observar por una última vez el movimiento de aquella isla antes de marchar hacia el pequeño barco que había preparado para su partida.
El sol de las 9:30 ya calentaba el muelle de madera gastada, haciendo que el aire oliera a brea caliente y pescado seco. El barco, un viejo mercante reconvertido en crucero de pasajeros llamado La Golondrina Errante, crujía suavemente con las olas mientras los marineros terminaban de amarrar los últimos sacos. Subió la pasarela con paso medido, ignorando las miradas curiosas de los demás viajeros: familias con maletas raídas, un par de mercaderes con ojos astutos y un grupo de músicos que aún afinaban sus instrumentos en cubierta.
No sintió nostalgia, solo la calma fría de quien sabe que cada partida es también una llegada. Samba aguardaba con sus promesas de caos controlado: fiestas que terminan en sangre, amores que dejan moretones, noches que exigen curación. Allí, entre el ron derramado y los lamentos ahogados, encontraría su lugar.
El puerto de Baterilla parecía despedirse en aquella completa quietud con aquella tranquilidad que parecía solo prepararse para verlo alejarse por el horizonte del mar. Así como un paciente para el médico brujo, él ya había cumplido su labor en aquel lugar. La isla había sido útil para sus necesidades, haciendo que ahora solo pensara en el próximo lugar al que iba a dirigirse.
El mar aquel día se encontraba un poco inquieto, pero no lo suficiente para encontrarlo una amenaza para su partida, ya que había estado preparándose para juntar provisiones y asegurarse que no hubieran muchos problemas en el camino hacia Samba, el lugar que había elegido como su próximo destino ya que le habían dicho que había necesidad de médicos en la isla, siendo el lugar perfecto para ganarse unos cuantos berrys antes de seguir su camino.
Samba prometía movimiento. Donde hay música, exceso y noches largas, siempre hay heridas, vicios y deudas. Terreno fértil. No me interesa la celebración, sino lo que queda cuando el ritmo se apaga y la gente se enfrenta a su propia fragilidad. Ahí es donde entro yo.
Revisé mentalmente mis instrumentos, frascos y rituales. Todo estaba en orden. La disciplina es la forma más elegante de control. Así fue como miré hacia atrás para poder observar por una última vez el movimiento de aquella isla antes de marchar hacia el pequeño barco que había preparado para su partida.
El sol de las 9:30 ya calentaba el muelle de madera gastada, haciendo que el aire oliera a brea caliente y pescado seco. El barco, un viejo mercante reconvertido en crucero de pasajeros llamado La Golondrina Errante, crujía suavemente con las olas mientras los marineros terminaban de amarrar los últimos sacos. Subió la pasarela con paso medido, ignorando las miradas curiosas de los demás viajeros: familias con maletas raídas, un par de mercaderes con ojos astutos y un grupo de músicos que aún afinaban sus instrumentos en cubierta.
No sintió nostalgia, solo la calma fría de quien sabe que cada partida es también una llegada. Samba aguardaba con sus promesas de caos controlado: fiestas que terminan en sangre, amores que dejan moretones, noches que exigen curación. Allí, entre el ron derramado y los lamentos ahogados, encontraría su lugar.
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