[Autonarrada T3][Presente absoluto] (+18) Final del descanso. ¡Regresa el Ragnarok!
#1
Hace rato que he dejado atrás el navío al cuidado de Ubbe. Vamos por turnos, vigilando en cubierta para no encontrarnos ninguna sorpresa desagradable. Aunque ambos somos conscientes de que tarde o temprano nos apetecerá hacer turismo juntos o liarla parda saliendo de fiesta o que sé yo. Supongo que la esencia del caos no solo la traemos nosotros, sino que es algo intrínseco del viaje que hacemos juntos y que las malas noticias llegaran, aunque las contestaremos como solo un par de leyendas Buccaneers sabemos hacer, con un tifón de destrucción y diversión descontrolada.
El paseo se me está haciendo excesivamente largo, porque no me acostumbro bien a este tipo de temperaturas. Las he sufrido peores, como en el volcán de Little Garden donde enfrenté al ángel de metal. Pero aquello fue momentáneo, mientras que esto es puto permanente. El Sol golpea más duro que yo y parece no moverse del sitio. Es como un foco clavado en el techo, una entidad independiente que te observa constantemente. Me he tenido que quitar el casco y la capa que robé en Drum, porque las estoy empapando de sudor y solo me dan más calor y un picor desagradable. Habrá que encontrar otras prendas, por ahora ya me va bien andar en calzones, con Sköll y Hati colgando como pueden de estos. También es agradable el tacto la arena filtrarse entre los dedos de mis pies.

Arrastro a Yggdrasil por el suelo, más cansado que hambriento, pero completamente perdido entre las dunas. Dejo tras de mi un rastro de pisadas y una serpiente infinita marcado por el filo de mi hacha. Me dejo guiar por la suerte, porque da igual la dirección que alcance mi vista, nada cambia. Todos los montículos de arena son iguales. Todo aquello que alcanzo a ver es igual. Hasta que lo veo a él...
Parece un reflejo, una ilusión óptica dibujada por las ondas de calor. Sin embargo, parece reaccionar también a mi presencia, con lo que me acerco sin vacilar. Es un hombrecillo, pero muy particular. Su piel es tan oscura como la de Ubbe, aunque no alcanzará más del metro y medio. Sus ropas son blancas como la nácar, enormes y elongadas, aunque muy finas. Tras de sí, le persiguen tres animales que jamás he visto antes. Parecen caballos, aunque de mayor tamaño. Tienen pelo y cuellos alargados, con cuerpos anchos y patas finas. Lo que más únicos los hace, son una especie de montículos en la espalda, una especie de tumores prominentes como dos montañas. Parecen graciosos, pero muy útiles, pues a cada lado, cargan con un montón de mercancía.
El tipo da unos pasos atrás, pero viendo que es imposible escapar de mi, decide tomar la iniciativa de la conversación, antes incluso de que pueda abrir la boca. -Pareces cansado, amego.- observa. No está equivocado para nada. -¿Nesessitas ayuda?- su acento es extraño. Exótico. Hablamos el mismo idioma, pero parece sisear o bailar con las palabras. Su cortesía me viene de locos en estos momentos y no pienso desaprovechar la oportunidad. -Creo que me he perdido...- me confieso, fatigado. -Y además voy con hambre.- Digo mientras observo a las bestias. Mi sola presencia genera sombra, el hombrecillo sabe que está condenado, así que decide seguir siendo amable. -Senior, yo puedo ayudar a amego.- suena festivo, aunque con evidente nerviosismo. -Puedo ofreser Durum mixto sin tomate y ruta hacia Katorea. Todo por buen precio.- Su expresión es amplia, con una gran sonrisa y extendiendo los brazos. Yo me lo quedo mirando, más atento de las telas envueltas que tiene sobre la cabeza que de su oferta. Sin perderlo de vista, alzo a Yggdrasil por encima de mi hombro en un movimiento exagerado, hasta desplomarla sobre el mismo. El efecto intimidante es evidente. Luego señalo con la izquierda, mi mano libre, a una de las monturas. -Quiero uno de tus caballos con cáncer y lo que lleven encima- imperativo. La tez morena palidece ante la demanda. Su nuez se retuerce, tragando un sorbo de salvia áspero y seco. -Senior, eso es mucho dinero, y usted no parece tener nada encima...- le tiembla la voz, mientras intenta defender una negociación inexistente. -Hablamos de mapa, ropas y útiles... Más lo que vale el camello, que serían...-
Unos ruidos se empiezan a escuchar en la distancia. Una música de ritmos agresivos en un idioma que no soy capaz de descifrar. Me doy la vuelta en dirección al estruendo, curioso, y ahí los veo. Surcando las dunas con maestría, como si fueran surferos del desierto, un puñado de humanos jóvenes subidos en unos cacharros con ruedas. Viajan a toda velocidad en nuestra dirección, mostrando una especie de navajas roñosas que brillan ante la luz del Sol. Todos visten igual, como clones mal formados. Ropa ancha y colorida. -¿Y estos quiénes son...?- me digo a mi mismo, casi como un susurro. Miro al mercader, que parece más aterrado que antes, como si ya los conociera. -¡Saqueadores del desierto, hay que huir!- grita desesperado.
Amegos del desierto

Los chavales no tardan en rodearnos. Son pocos más de media docena, unos siete. Los animales se alteran, pero el hombrecillo café los consigue retener y tranquilizar. Uno vestido de negro, aparentemente el líder, me encara y me apunta con el cuchillo. -Oye amego, pareces un gymbro.- su tono es burlesco, aunque su acento es idéntico al otro. Son autóctonos de aquí. Con el chascarrillo, que no logro entender, se ríen todos. Yo los miro uno a uno, sonriente. No saben dónde se han metido. El tipo sigue. -¿Tú no tendrás un cegarro, verdad? Dame lo que tengas.- Se baja de su transporte, amenazante, y empieza a caminar hacia mí. Lo miro con esa expresión tan característica mía. La felicidad me invade por completo al descubrir que da igual donde vaya, la violencia me persigue. Es un buen indicativo de que estoy haciendo las cosas bien. -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- me río de forma ensordecedora. Las arenas tiemblan por unos segundos y el bandido queda paralizado. -Un "segarro" no tengo, pero mira, de esto me sobra.- Sin vacilar, descargo a Yggdrasil de mi hombro en un movimiento fugaz y fulminante que desciende con la ira de un dios antiguo. Los filos del arma se clavan en la parte superior del cráneo de la víctima, y la propia fuerza del impacto empiezan a deslizar el arma en perfecta perpendicular con el suelo, separando al tipo en dos mitades casi simetricas de un solo movimiento, hasta que el hacha se desprende por la zona interior de la pelvis y se hunde entre granos de arena.
Por un segundo, todo es silencio. Las mentes infantiles de estos tipos no procesan todavía lo que acaba de suceder. El cuerpo cae desgarrado mientras una mancha de sangre se expande por el suelo antes de ser evaporada por el calor. Ya tenemos algo que echase a la boca. Recojo el arma en un movimiento lento, llevándola de nuevo al hombro. Esta gotea todavía y de ella cuelga el intestino del muchacho, como si fuera una ristra de chorizos. Voy volteando la cabeza ligeramente, mirando los rostros deformados del resto de tipos. Todos miran el cadáver de su camarada, petrificados por lo que acaban de presenciar. Ni si quiera el mercader, al que acabo de salvar de ser ultrajado, se atreve a pronunciar ni una misera palabra, así que me toca a mí ser contundente una vez más con mi oratoria imperturbable. -No tengo "segarro", no...- se me escapa una pequeña risa nasal. Al primer, todos parecen despertar del trance y me miran fijamente. - Pero avisad allá por donde vayáis, que Sigurd Haakon, orgulloso Bucanero, ha llegado a estas tierras. ¡¡¿ME HABÉIS OÍDO?!!- grito con ímpetu y dominancia. Todos huyen despavoridos por diferentes direcciones. Los dejo marchar, con la esperanza de que alguno de ellos se tope con Musashi y despierte su interés. Y si no es con el Samurái de hierro, con cualquier espíritu libre que busque un poco de bronca o que tenga algún encargo para nosotros. Sé que me persiguen tanto marines de mierda como cazarrecompensas de poca monta con ganas de ganarse un nombre, pero también me interesan aquellos que saben ver las oportunidades cuando les llegan, como al señor Viruta. Yo no tengo enemigos, me muevo por el placer del conflicto y la sangre derramada, y por un buen precio, alimento y compañía, uno está dispuesto siempre a cargarse a más de uno y más de dos sin que me tiemble el pulso.

Con más calma, me doy la vuelta al mercader, ahora que nos hemos quedado de nuevo solos. Antes de hablar, pongo frente a mi a Yggdrasil, y con un meneo salvaje, le retiro las manchas y los restos del cuerpo del tipejo desgraciado. -Bueno, ¿Y cuánto me ibas a cobrar?- sonrío.

El Sol ya se ha movido lo suficiente. Parece que refresca. Por suerte, mis nuevas ropas me protegen de estas temperaturas tan dispares. Además, me dan un atractivo especial y un aspecto autóctono que seguro paso desapercibido, no? Un rollo de lino enrollado sobre si mismo varias veces, cubriendo el pelo y formando una especie de bola sobre mi cabeza. Para adornar, una gema morada resultona, que le da un acabado profesional. A juego, una especie de chaleco, pero de un tejido que aún no soy capaz de descifrar. Parece que la industria textil es única en esta parte del mundo. Sus tonos morados brillan bajo los rayos de sol y el bordado dorado le da un toque elegante y auténtico. En el cinto carmesí llevo varios útiles, como un mapa para moverme por la isla sin perderme, algunas provisiones y permisos para comerciar. Y finalizamos con unos pantalones blancos que transpiran cosa fina. Parece que no llevara nada, llevara nada. Lo que si que no cambio es el tacto descalzo de los pies. Me hace sentir libre en un terreno tan inestable como es la arena. Luego está el tema de la montura, el camello... Bueno, es demasiado grasiento. Me estoy comiendo una de esas jorobas y son pura agua sucia y grasa. Nada apetecible, la verdad. El mercader estaba más bueno, más jugoso.
Outfit ---- Sigurd de Arabasta

A lo lejos, por fin, una ciudad. Como bien me habían anunciado, Katorea a la vista. Parece un pueblo humilde, muy distinto a la capital que vimos nada más llegar, con esos edificios lujosos y abombados. Esto parece más rustico, más urbano. Con suerte aquí encontraré algo de descanso y diversión. Avisaré a Ubbe de mi descubrimiento y haremos el cambio de turno pronto, pero tengo claro mi siguiente destino. Parece que esta isla maneja mucho la artesanía, así que me parece que es un buen lugar para darle una revisión a mis armas.
Me doy media vuelta, en la misma dirección por la que he venido. De mi bolsillo saco un pequeño den den Mushi. Lo conecto para contactar con el barco. -¿Hola?- espero respuesta. -Si, soy yo. Voy para allá ahora mismo. Tardaré...- me interrumpen. -Dejame hablar, cojones...- me echan la bronca por el otro lado del teléfono. -Ya sé que es tarde y te toca a tí, pero mira, he tenido un problema y...- parece molesto. -¡JODER MACHO, QUE YA TE HE DICHO QUE VOY!- le replico indignado y cuelgo. -Será mamón...-
Ya me estoy cansando de esta dinámica de intercambiarse. Es momento de que el Ragnarok vuelva a mover ficha y se enfrente a los peligros que puedan llegar. Se acabó el esperar como maricas y vigilar el barco, que sea lo que tenga que ser y enfrentemos el destino con un par de cojones Buccaneer bien puestos. A base de golpes y calor se forjan las mejores armas. Y que mejor sitio que bajo el Sol del desierto de Arabasta. Vuelvo a coger el dichoso caracol y lo vuelvo a conectar. -Si, vuelvo a ser yo.- respondo, con un tono de voz más juguetón, con picardía ante lo inevitable de la masacre. -Escucha, si recorres el desierto hacia el Este, vas a encontrar una ciudad, Katorea. Nos vemos allí...- comento. Y ante la duda, culmino con lo que todos estamos deseando. -Sí hermano... Vamos a liarla parda como solo nosotros sabemos, ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-

¡¡¡EL RAGNAROK ESTÁ DE REGRESO, HIJOS DE PUTA!!!


Datos de aventura
#2
✓
Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 7

— Reputación: 20

— Berries: 15k - 60% karmas = 6k

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