28-01-2026, 09:18 PM
(Última modificación: 28-01-2026, 09:21 PM por Kael Omuyaga.)
El viaje hacia el Reino de Samba no fue anunciado con fanfarrias ni banderas ondeando al viento. Para el joven marine, viajar hasta un territorio donde la Marina no tenía un nivel de jurisdicción tan alto simplemente era otra orden escrita en un papel sellado. Tras su llegada, así cómo conocer a los miembros de su tripulación, un nuevo mandado llegó hasta sus oídos: escoltar un pequeño convoy comercial desde una pequeña isla costera cercana hasta aquel Reino sin control, un pequeño gesto para ir afianzando las relaciones con los locales de aquel lugar. Nada más. Nada menos.
Era temprano en la mañana. El clima tropical de esa isla acompañaba el sonido de aves exóticas. En aquella habitación de hostal proporcionada por la Marina, tarde o temprano tendrían que desprenderse de esos lujos para otros miembros cuando se conformasen los puestos de avanzada en la isla. Aquello era sólo un pequeño trato especial por haberse reunido con los otros miembros de su grupo en ese lugar; un tanto peculiar para formar la cuadrilla de la división setenta y cinco, pero dadas las circunstancias de cada uno de los implicados, se podía terminar entendiendo de alguna forma peculiar. O al menos, eso cree él.
Salió de su habitación con el uniforme, caminando con paso tranquilo a la par que orgulloso hasta que se encontró en el puerto con aquellos que cargaban con la mercancía. Tan sólo subiría a la embarcación, y en ella esperaba que solo tuviese que hacer acto de presencia, pues aún no está preparado para los conflictos en mar abierto. A diferencia de otros, no ha encontrado ninguna fruta milagrosa que le dé poderes sólo por comer, y tampoco tiene unas habilidades sobrehumanas con las que poder enfrentar peligros más grandes de los que debe poder afrontar. Él es solo un marine normal, alguien que tarde o temprano encontrará la forma de llegar lejos, pero que por el momento, tendría que continuar trabajándose su lugar.
La nave mercante transportaba azúcar refinado, carne salada y documentos de comercio que el gobierno podría considerar suficientemente importantes. La Marine solo había asignado una patrulla mínima: un contramaestre al mando, dos sargentos, y dos marines rasos además de él. De todos ellos, era a simple vista el más joven, más callado y, sin embargo, también el que más ojo tenía en sus alrededores. Él no siente miedo, no tiene ese pensamiento tan fácilmente intrusivo, pues aunque este agua no esté tan bajo el control de su facción, tampoco considera que vayan a ser asaltados así cómo así.
Cuando el reino de Samba apareció en el horizonte, lo primero que vio fue el río.
Un cauce inmenso, ancho como un pequeño mar, que partía el lugar en dos mitades casi simétricas. Desde la cubierta, el verde era abrumador: la Selva se alzaba en el centro como un corazón salvaje e indomable, rodeada de cultivos ordenados de caña de azúcar que se extendían como un tapiz hasta las orillas. El contraste entre naturaleza y explotación humana era evidente incluso desde la distancia.
El puerto principal estaba situado río abajo. Nada más desembarcar, el contraste fue inmediato. Las casas cercanas al agua eran humildes, construidas con madera envejecida, tablones irregulares y tejados improvisados. Algunas parecían haber sido reconstruidas decenas de veces tras inundaciones o incendios. El aire olía a azúcar, sudor y río estancado.
Los trabajadores descargan caña bajo el sol, descalzos muchos de ellos, con camisas abiertas y miradas cansadas que posiblemente estarían en modo automático, sin pensar en nada más que acabar el día y conseguir descargar cada paquete como si fuera parte de su rutina más habitual. No había hostilidad hacia la Marine, pero tampoco confianza. Era una indiferencia aprendida simplemente como la de cualquier negociante, y ninguno de ellos quería tener problemas con los cercanos al gobierno mundial.
Más allá, alejándose del cauce, se alzaban las zonas ricas: adosados de piedra, azulejos coloridos, patios llenos de plantas tropicales y fuentes que dejan salir agua limpia. Las calles estaban pavimentadas, los puestos bien organizados, y los guardias locales vestían ropas mucho más extrañas, inusuales a lo que acostumbran los elegantes miembros de la policía de los mares.
Los miembros de aquella escolta fueron recibidos por un funcionario local, nervioso y sonriente en exceso. Su ropa era fina, intentando emular las ropas de la civilización más actualizada que ellos solían reconocer, pero su sudor revelaba incomodidad, y si prestabas demasiada atención, incluso un desagrado que el resto, como ya se ha mencionado, no parecen expresar de ninguna forma.
—El comercio es vital para nosotros. —repitió varias veces—. Cualquier interrupción sería… problemática.
Kael tomó nota mental de aquella palabra: problemática. A pesar de la indiferencia del resto de miembros en su grupo, aquello no sonaba a un simple retraso comercial. Sonaba a una amenaza posible. La piratería es un auténtico problema en todos los reinos y lugares de este mundo, y por esas palabras uno puede comenzar a pensar que, como todos, han sufrido ataques recientemente. Tan sólo esperaba que, durante su turno, no tuviese que pasar por ese problema.
Durante los primeros días, su misión fue rutinaria. Vigilancia del puerto, escolta de caravanas de azúcar, control de papeles y firmas… El calor era sofocante, y el trabajo monótono. Pasaba horas de pie, de brazos casi cruzados mientras camina en silencio, observando cómo barriles idénticos entraban y salían.
Sin embargo, con el paso de las horas, el de cabello azabache comenzó a notar que algo no encajaba.
Los trabajadores del río evitaban hablar cuando su grupo de marines estaba cerca. Bajaban la voz, apartaban la mirada. En cambio, en las zonas alejadas del cauce, los comerciantes no ocultaban su desdén, y se veía de lejos esas miradas de asco que al principio creyó que no existían. Para ellos no somos aliados, pero la pregunta es…¿por qué?
“Supongo que para ellos no somos más que perros del Gobierno”
Por la noche, el reino no dormía. El sonido de tambores recorría las orillas del río como un pulso constante. ¿Una festividad local? ¿O una constante normalidad dentro de esos territorios?
Al final decidió que, ya sea por simple curiosidad, o tal vez por la desconfianza que le causaba ese lugar, debía seguir ese sonido, que lo llevó hasta el centro de Danza de Samba.
Era una gran estructura de madera abierta al aire, iluminada por antorchas. Allí, decenas de personas bailaban. No era una celebración alegre. Era intensa, casi desesperada. Cada golpe de tambor marcaba una historia de agotamiento, cada giro parecía una protesta muda.
Se quedó observando, caminando sin el uniforme como una persona más. La ropa no era de uno de los locales, sino la de un forastero, pero a pesar de eso, nadie reparó en él. Los cuerpos sudorosos se movían al ritmo de la percusión, y en cada movimiento había rabia, cansancio, resignación.
“¿Qué se supone que están haciendo? ¿En qué clase de grupo sectario me he metido a cotillear?”
Por obvias razones, él no se acercaría allí a bailar. Quería pasar desapercibido, simplemente ser una sombra entre todo lo que esconde ese lugar. No podía esconderse, pues eso llamaría más la atención si lo descubría. El plan era observar, pero al final, lo único que podía sacar en claro, es que eso no es algo que los extranjeros podrían llegar a entender sin preguntar.
Al final, decidió que lo mejor sería simplemente guardarse esa noche para sí mismo, y volver como si nada.
Al día siguiente, sus tareas comenzaron de la misma forma, de nuevo teniendo que hacerse cargo de las mercancías.
Durante la escolta de una caravana hacia las zonas ricas, vio algo más. Parte de la carga de azúcar nunca llegaba a los almacenes oficiales. Al hacer el recuento en el almacén, dejaban a la vista la falta de cargamento que sí se había contado al salir con el convoy. Se puso a pensar. Aquello no pudo haber sido hecho por piratas, sino por intermediarios locales. Los documentos estaban en regla… demasiado en regla. La carga que había contado “desaparecida” aparecía dentro de los márgenes establecidos en esas hojas. Ya estaba planteado que no llegasen a destino, pero a él no le habían dicho nada.
“Bueno, quizás el Contramaestre sí haya sido informado.”
Él no tenía autoridad para intervenir, y sería demasiado presuntuoso pensar que él había visto un fallo que sus superiores habían pasado por alto.
Pero algo dentro de él no le terminaba de cerrar la confianza, así que, por si acaso, tomaría un papel y pluma.
Comenzó a anotar rutas, horarios, nombres. ¿Quién narices iba a darse cuenta que, mientras escribe y anota en los documentos oficiales que sí debía utilizar, estaba además guardándose datos de informes para estudiarlos por su cuenta?
Una nueva noche cayó, y esta vez su horario de trabajo se alargó incluso hasta altas horas. Cuando finalmente terminó, antes de plantearse si volver a la cama, decidió, quizás por el hecho de observar el mar o despejarse un poco, comenzar a recorrer el puerto. Allí, aún parecía haber comerciantes trabajando y charlando con normalidad, con la tranquilidad de la oscuridad nocturna que los protege, y con la lengua mucho más suelta que de costumbre.
El joven Omuyaga, sabiendo que su uniforme pondría en alerta a aquellos hombres, decidió esconderse, intentando averiguar si la conversación que esos hombres estaban teniendo merecía la pena, o si estaba siendo algo más paranoico de lo habitual.
—Tch, estos malditos Marines. Menos mal que son unos malditos gilipollas.
—Pues sí. Si tan solo se fijaran un poco con lo que ocurre delante de sus narices, pero es que ni de eso dudan.—Comenzó a reír a carcajadas, y su tono tomó un color más burlón.—Si es que son tan lelos que mandan solo a seis imbéciles, ¡y eso que son decenas de miles!
—Ya ves, los del Gobierno mundial parece que solo mandan inútiles a este Reino. Serán carne de cañón que quieren quitarse de encima de alguna u otra forma.—Al ofrecer esas palabras, comenzó a mostrar una actitud más despreocupada.—Bueeeno, mientras no intercedan en nuestras tareas por mí que se queden y hagan lo que quieran. Nos están pagando de puta madre por mover estas cantidades.
Al final, parece que sus deducciones y apuntes no habían sido una paranoia.
Ya había oído bastante, por lo que consideró que su labor extraoficial en ese lugar había concluido. Hizo todo lo posible por salir de ahí sin hacer ruido, y aunque pareció haberlo conseguido, una parte de él comenzó a notar que algo no volvía a estar bien. Puede que, sin haberse dado cuenta, alguien hubiera estado espiando al espía de los comerciantes.
Los días pasaron, y la tensión fue en aumento. El comodoro parecía nervioso, recibiendo cartas que no compartía con la tropa. Los guardias locales patrullaban más de lo habitual. En las zonas pobres, las miradas hacia ellos se volvían más intensas, y en las ricas, las sonrisas eran más tensas.
El punto de quiebre llegó a la tarde del día siguiente, cuando un grito rompió la rutina del puerto.
Un incendio había estallado cerca del río. Un almacén de madera ardía con furia, alimentado por azúcar y aceites que solo conseguían avivar las llamas a cada segundo, propagándose más y más sin control alguno. El humo era oscuro, espeso, casi negro, elevándose como una columna visible desde toda la orilla.
Los trabajadores quedaron atrapados. El caos fue inmediato. Algunos intentaban entrar como valientes para tratar de apagarlo, pero otros huían despavoridos, haciendo más difícil la tarea para aquellos que buscaban la forma de hacer algo. Todos y cada uno de los cinco marines corrieron hacia el fuego, organizando una evacuación improvisada en colaboración con la guardia local.
Él también corrió… pero no hacia las llamas.
Si en algo es especialista nuestro joven humano, es en buscar y aprender caminos secundarios, buscar una respuesta distinta a la que el resto del mundo hacía, y por suerte, había estado guardando datos e información de los planos de la zona.
Empezó a revisar con prisa el camino, viendo desvíos, caminos que servían como atajo, y finalmente, encontrando lo que había ido a buscar. Una esclusa del río, algo así como un desvío para un posible huerto en el que ahora tan solo había puerto, viéndose muy antigua de un color cobrizo por la oxidación, casi olvidada, pero que seguía ahí, en los planos más roñosos del lugar. Corrió hacia ella, dispuesto a abrirla para dejar salir el agua, y que ésta pudiese ser utilizada para controlar las llamas.
El mecanismo de la compuerta estaba oxidado, al igual que la propia compuesta, y no había forma de que éste funcionase. Tenía que abrirla a pulso, pero eso no lo detuvo. No era ni mucho menos un superhombre, pero entrenaba su fuerza. Si algo podía hacer, era luchar e intentarlo hasta conseguirlo.
Sus dedos temblaron al hacer agarre con el metal, mientras que poco a poco trataba de hacerla ceder, creyendo que llegaría a su límite. Puso toda su fuerza en el proceso, y por un instante pensó que no cedería. Luego, con un crujido metálico, el agua se liberó.
La corriente no apagó el incendio Parte de ese fuego estaba quemando aceite, lo que hacía que incluso con el agua, este no se fuese a apagar, pero al menos consiguió detener su avance para todo aquello que el agua consiguió envolver. Bajó la temperatura. Ganó minutos.
Minutos suficientes.
Cuando el fuego fue finalmente controlado, todos los trabajadores ya habían sido evacuados gracias a ese margen de tiempo. Los pocos que sí se quedaron a ayudar, ninguno vió cómo el agua había llegado hasta esa parte del lugar, y cuando se hicieron las revisiones pertinentes, tampoco entendieron qué o quién había abierto la esclusa, pero se había hecho a propósito. Kael solamente bajó la mirada, y no informó a nadie al respecto. Por si acaso, lo mejor es que eso se quedase únicamente en su mente, creyendo que quizás pudiesen hacer responsable a la marina del suceso si alguien trataba de encubrir los hechos.
Esa noche, mientras revisaban daños y heridos, el contramaestre murmuró:
—Si el fuego hubiera durado cinco minutos más…
Ahí, sabiendo que para los comerciantes y los que seguramente produjeron aquel fuego ellos no eran más que un estorbo, el de la división setenta y cinco decidió hablar con el contramaestre.
Era el momento de poner sus cartas en juego.
—Comodoro, quizás esto le interese.—Así, con un sutil gesto, entregó los escritos que él mismo había realizado con su puño y letra, ligeramente tergiversados para dar a entender que no eran suyos.—He encontrado esto al revisar el puerto. Parece que son datos de nuestras rutas de transporte, y ligeros cambios con la mercancía que no constan en ningún lado.
Por supuesto, si al final su superior sabía acerca de esos desvíos, se había procurado las espaldas al decir que no es suyo, pero si finalmente no lo sabía…había puesto las cartas en el lugar correcto…
…
Antes de marcharse, volvió al Centro de Danza. Aquella noche, la música era distinta. No alegre, pero menos desesperada. Una bailarina se le acercó y le tendió una pulsera hecha con pequeñas piedras de colores vistosos.
—Tú…no eres de por aquí. No sabes como bailar… —le dijo—Pero miras con bastante curiosidad, como si quisieras entender.
Él no supo qué responder. Solo asintió con una pequeña sonrisa.
La bailarina se acercó hasta su oído, y ahí fue cuando atacó su punto más débil
—Si quieres…yo puedo enseñarte.—Susurró en su oído con un tono coqueto, un murmullo claro que desarmaba todas sus defensas como si nada.
El hombre asintió bastante interesado, dejándose llevar por la bailarina en un espectáculo a la vista de todos, pero que a sus ojos, estaba presentado únicamente para él.
Quizás no había conseguido detener ninguna red de tráfico durante sus guardias, pero al menos, aquel día había jorobado bastante todo lo que los comerciantes hacían, y dejaría que los superiores se hicieran cargo del resto si así lo consideran conveniente. Él no dió nombres, solamente datos que entregó como si no fueran suyos.
Y esa noche, el karma parecía estar recompensándole por sus buenas acciones por el mundo de una forma inusual, pero que por supuesto no iba a rechazar.
Era temprano en la mañana. El clima tropical de esa isla acompañaba el sonido de aves exóticas. En aquella habitación de hostal proporcionada por la Marina, tarde o temprano tendrían que desprenderse de esos lujos para otros miembros cuando se conformasen los puestos de avanzada en la isla. Aquello era sólo un pequeño trato especial por haberse reunido con los otros miembros de su grupo en ese lugar; un tanto peculiar para formar la cuadrilla de la división setenta y cinco, pero dadas las circunstancias de cada uno de los implicados, se podía terminar entendiendo de alguna forma peculiar. O al menos, eso cree él.
Salió de su habitación con el uniforme, caminando con paso tranquilo a la par que orgulloso hasta que se encontró en el puerto con aquellos que cargaban con la mercancía. Tan sólo subiría a la embarcación, y en ella esperaba que solo tuviese que hacer acto de presencia, pues aún no está preparado para los conflictos en mar abierto. A diferencia de otros, no ha encontrado ninguna fruta milagrosa que le dé poderes sólo por comer, y tampoco tiene unas habilidades sobrehumanas con las que poder enfrentar peligros más grandes de los que debe poder afrontar. Él es solo un marine normal, alguien que tarde o temprano encontrará la forma de llegar lejos, pero que por el momento, tendría que continuar trabajándose su lugar.
La nave mercante transportaba azúcar refinado, carne salada y documentos de comercio que el gobierno podría considerar suficientemente importantes. La Marine solo había asignado una patrulla mínima: un contramaestre al mando, dos sargentos, y dos marines rasos además de él. De todos ellos, era a simple vista el más joven, más callado y, sin embargo, también el que más ojo tenía en sus alrededores. Él no siente miedo, no tiene ese pensamiento tan fácilmente intrusivo, pues aunque este agua no esté tan bajo el control de su facción, tampoco considera que vayan a ser asaltados así cómo así.
Cuando el reino de Samba apareció en el horizonte, lo primero que vio fue el río.
Un cauce inmenso, ancho como un pequeño mar, que partía el lugar en dos mitades casi simétricas. Desde la cubierta, el verde era abrumador: la Selva se alzaba en el centro como un corazón salvaje e indomable, rodeada de cultivos ordenados de caña de azúcar que se extendían como un tapiz hasta las orillas. El contraste entre naturaleza y explotación humana era evidente incluso desde la distancia.
El puerto principal estaba situado río abajo. Nada más desembarcar, el contraste fue inmediato. Las casas cercanas al agua eran humildes, construidas con madera envejecida, tablones irregulares y tejados improvisados. Algunas parecían haber sido reconstruidas decenas de veces tras inundaciones o incendios. El aire olía a azúcar, sudor y río estancado.
Los trabajadores descargan caña bajo el sol, descalzos muchos de ellos, con camisas abiertas y miradas cansadas que posiblemente estarían en modo automático, sin pensar en nada más que acabar el día y conseguir descargar cada paquete como si fuera parte de su rutina más habitual. No había hostilidad hacia la Marine, pero tampoco confianza. Era una indiferencia aprendida simplemente como la de cualquier negociante, y ninguno de ellos quería tener problemas con los cercanos al gobierno mundial.
Más allá, alejándose del cauce, se alzaban las zonas ricas: adosados de piedra, azulejos coloridos, patios llenos de plantas tropicales y fuentes que dejan salir agua limpia. Las calles estaban pavimentadas, los puestos bien organizados, y los guardias locales vestían ropas mucho más extrañas, inusuales a lo que acostumbran los elegantes miembros de la policía de los mares.
Los miembros de aquella escolta fueron recibidos por un funcionario local, nervioso y sonriente en exceso. Su ropa era fina, intentando emular las ropas de la civilización más actualizada que ellos solían reconocer, pero su sudor revelaba incomodidad, y si prestabas demasiada atención, incluso un desagrado que el resto, como ya se ha mencionado, no parecen expresar de ninguna forma.
—El comercio es vital para nosotros. —repitió varias veces—. Cualquier interrupción sería… problemática.
Kael tomó nota mental de aquella palabra: problemática. A pesar de la indiferencia del resto de miembros en su grupo, aquello no sonaba a un simple retraso comercial. Sonaba a una amenaza posible. La piratería es un auténtico problema en todos los reinos y lugares de este mundo, y por esas palabras uno puede comenzar a pensar que, como todos, han sufrido ataques recientemente. Tan sólo esperaba que, durante su turno, no tuviese que pasar por ese problema.
Durante los primeros días, su misión fue rutinaria. Vigilancia del puerto, escolta de caravanas de azúcar, control de papeles y firmas… El calor era sofocante, y el trabajo monótono. Pasaba horas de pie, de brazos casi cruzados mientras camina en silencio, observando cómo barriles idénticos entraban y salían.
Sin embargo, con el paso de las horas, el de cabello azabache comenzó a notar que algo no encajaba.
Los trabajadores del río evitaban hablar cuando su grupo de marines estaba cerca. Bajaban la voz, apartaban la mirada. En cambio, en las zonas alejadas del cauce, los comerciantes no ocultaban su desdén, y se veía de lejos esas miradas de asco que al principio creyó que no existían. Para ellos no somos aliados, pero la pregunta es…¿por qué?
“Supongo que para ellos no somos más que perros del Gobierno”
Por la noche, el reino no dormía. El sonido de tambores recorría las orillas del río como un pulso constante. ¿Una festividad local? ¿O una constante normalidad dentro de esos territorios?
Al final decidió que, ya sea por simple curiosidad, o tal vez por la desconfianza que le causaba ese lugar, debía seguir ese sonido, que lo llevó hasta el centro de Danza de Samba.
Era una gran estructura de madera abierta al aire, iluminada por antorchas. Allí, decenas de personas bailaban. No era una celebración alegre. Era intensa, casi desesperada. Cada golpe de tambor marcaba una historia de agotamiento, cada giro parecía una protesta muda.
Se quedó observando, caminando sin el uniforme como una persona más. La ropa no era de uno de los locales, sino la de un forastero, pero a pesar de eso, nadie reparó en él. Los cuerpos sudorosos se movían al ritmo de la percusión, y en cada movimiento había rabia, cansancio, resignación.
“¿Qué se supone que están haciendo? ¿En qué clase de grupo sectario me he metido a cotillear?”
Por obvias razones, él no se acercaría allí a bailar. Quería pasar desapercibido, simplemente ser una sombra entre todo lo que esconde ese lugar. No podía esconderse, pues eso llamaría más la atención si lo descubría. El plan era observar, pero al final, lo único que podía sacar en claro, es que eso no es algo que los extranjeros podrían llegar a entender sin preguntar.
Al final, decidió que lo mejor sería simplemente guardarse esa noche para sí mismo, y volver como si nada.
Al día siguiente, sus tareas comenzaron de la misma forma, de nuevo teniendo que hacerse cargo de las mercancías.
Durante la escolta de una caravana hacia las zonas ricas, vio algo más. Parte de la carga de azúcar nunca llegaba a los almacenes oficiales. Al hacer el recuento en el almacén, dejaban a la vista la falta de cargamento que sí se había contado al salir con el convoy. Se puso a pensar. Aquello no pudo haber sido hecho por piratas, sino por intermediarios locales. Los documentos estaban en regla… demasiado en regla. La carga que había contado “desaparecida” aparecía dentro de los márgenes establecidos en esas hojas. Ya estaba planteado que no llegasen a destino, pero a él no le habían dicho nada.
“Bueno, quizás el Contramaestre sí haya sido informado.”
Él no tenía autoridad para intervenir, y sería demasiado presuntuoso pensar que él había visto un fallo que sus superiores habían pasado por alto.
Pero algo dentro de él no le terminaba de cerrar la confianza, así que, por si acaso, tomaría un papel y pluma.
Comenzó a anotar rutas, horarios, nombres. ¿Quién narices iba a darse cuenta que, mientras escribe y anota en los documentos oficiales que sí debía utilizar, estaba además guardándose datos de informes para estudiarlos por su cuenta?
Una nueva noche cayó, y esta vez su horario de trabajo se alargó incluso hasta altas horas. Cuando finalmente terminó, antes de plantearse si volver a la cama, decidió, quizás por el hecho de observar el mar o despejarse un poco, comenzar a recorrer el puerto. Allí, aún parecía haber comerciantes trabajando y charlando con normalidad, con la tranquilidad de la oscuridad nocturna que los protege, y con la lengua mucho más suelta que de costumbre.
El joven Omuyaga, sabiendo que su uniforme pondría en alerta a aquellos hombres, decidió esconderse, intentando averiguar si la conversación que esos hombres estaban teniendo merecía la pena, o si estaba siendo algo más paranoico de lo habitual.
—Tch, estos malditos Marines. Menos mal que son unos malditos gilipollas.
—Pues sí. Si tan solo se fijaran un poco con lo que ocurre delante de sus narices, pero es que ni de eso dudan.—Comenzó a reír a carcajadas, y su tono tomó un color más burlón.—Si es que son tan lelos que mandan solo a seis imbéciles, ¡y eso que son decenas de miles!
—Ya ves, los del Gobierno mundial parece que solo mandan inútiles a este Reino. Serán carne de cañón que quieren quitarse de encima de alguna u otra forma.—Al ofrecer esas palabras, comenzó a mostrar una actitud más despreocupada.—Bueeeno, mientras no intercedan en nuestras tareas por mí que se queden y hagan lo que quieran. Nos están pagando de puta madre por mover estas cantidades.
Al final, parece que sus deducciones y apuntes no habían sido una paranoia.
Ya había oído bastante, por lo que consideró que su labor extraoficial en ese lugar había concluido. Hizo todo lo posible por salir de ahí sin hacer ruido, y aunque pareció haberlo conseguido, una parte de él comenzó a notar que algo no volvía a estar bien. Puede que, sin haberse dado cuenta, alguien hubiera estado espiando al espía de los comerciantes.
Los días pasaron, y la tensión fue en aumento. El comodoro parecía nervioso, recibiendo cartas que no compartía con la tropa. Los guardias locales patrullaban más de lo habitual. En las zonas pobres, las miradas hacia ellos se volvían más intensas, y en las ricas, las sonrisas eran más tensas.
El punto de quiebre llegó a la tarde del día siguiente, cuando un grito rompió la rutina del puerto.
Un incendio había estallado cerca del río. Un almacén de madera ardía con furia, alimentado por azúcar y aceites que solo conseguían avivar las llamas a cada segundo, propagándose más y más sin control alguno. El humo era oscuro, espeso, casi negro, elevándose como una columna visible desde toda la orilla.
Los trabajadores quedaron atrapados. El caos fue inmediato. Algunos intentaban entrar como valientes para tratar de apagarlo, pero otros huían despavoridos, haciendo más difícil la tarea para aquellos que buscaban la forma de hacer algo. Todos y cada uno de los cinco marines corrieron hacia el fuego, organizando una evacuación improvisada en colaboración con la guardia local.
Él también corrió… pero no hacia las llamas.
Si en algo es especialista nuestro joven humano, es en buscar y aprender caminos secundarios, buscar una respuesta distinta a la que el resto del mundo hacía, y por suerte, había estado guardando datos e información de los planos de la zona.
Empezó a revisar con prisa el camino, viendo desvíos, caminos que servían como atajo, y finalmente, encontrando lo que había ido a buscar. Una esclusa del río, algo así como un desvío para un posible huerto en el que ahora tan solo había puerto, viéndose muy antigua de un color cobrizo por la oxidación, casi olvidada, pero que seguía ahí, en los planos más roñosos del lugar. Corrió hacia ella, dispuesto a abrirla para dejar salir el agua, y que ésta pudiese ser utilizada para controlar las llamas.
El mecanismo de la compuerta estaba oxidado, al igual que la propia compuesta, y no había forma de que éste funcionase. Tenía que abrirla a pulso, pero eso no lo detuvo. No era ni mucho menos un superhombre, pero entrenaba su fuerza. Si algo podía hacer, era luchar e intentarlo hasta conseguirlo.
Sus dedos temblaron al hacer agarre con el metal, mientras que poco a poco trataba de hacerla ceder, creyendo que llegaría a su límite. Puso toda su fuerza en el proceso, y por un instante pensó que no cedería. Luego, con un crujido metálico, el agua se liberó.
La corriente no apagó el incendio Parte de ese fuego estaba quemando aceite, lo que hacía que incluso con el agua, este no se fuese a apagar, pero al menos consiguió detener su avance para todo aquello que el agua consiguió envolver. Bajó la temperatura. Ganó minutos.
Minutos suficientes.
Cuando el fuego fue finalmente controlado, todos los trabajadores ya habían sido evacuados gracias a ese margen de tiempo. Los pocos que sí se quedaron a ayudar, ninguno vió cómo el agua había llegado hasta esa parte del lugar, y cuando se hicieron las revisiones pertinentes, tampoco entendieron qué o quién había abierto la esclusa, pero se había hecho a propósito. Kael solamente bajó la mirada, y no informó a nadie al respecto. Por si acaso, lo mejor es que eso se quedase únicamente en su mente, creyendo que quizás pudiesen hacer responsable a la marina del suceso si alguien trataba de encubrir los hechos.
Esa noche, mientras revisaban daños y heridos, el contramaestre murmuró:
—Si el fuego hubiera durado cinco minutos más…
Ahí, sabiendo que para los comerciantes y los que seguramente produjeron aquel fuego ellos no eran más que un estorbo, el de la división setenta y cinco decidió hablar con el contramaestre.
Era el momento de poner sus cartas en juego.
—Comodoro, quizás esto le interese.—Así, con un sutil gesto, entregó los escritos que él mismo había realizado con su puño y letra, ligeramente tergiversados para dar a entender que no eran suyos.—He encontrado esto al revisar el puerto. Parece que son datos de nuestras rutas de transporte, y ligeros cambios con la mercancía que no constan en ningún lado.
Por supuesto, si al final su superior sabía acerca de esos desvíos, se había procurado las espaldas al decir que no es suyo, pero si finalmente no lo sabía…había puesto las cartas en el lugar correcto…
…
Antes de marcharse, volvió al Centro de Danza. Aquella noche, la música era distinta. No alegre, pero menos desesperada. Una bailarina se le acercó y le tendió una pulsera hecha con pequeñas piedras de colores vistosos.
—Tú…no eres de por aquí. No sabes como bailar… —le dijo—Pero miras con bastante curiosidad, como si quisieras entender.
Él no supo qué responder. Solo asintió con una pequeña sonrisa.
La bailarina se acercó hasta su oído, y ahí fue cuando atacó su punto más débil
—Si quieres…yo puedo enseñarte.—Susurró en su oído con un tono coqueto, un murmullo claro que desarmaba todas sus defensas como si nada.
El hombre asintió bastante interesado, dejándose llevar por la bailarina en un espectáculo a la vista de todos, pero que a sus ojos, estaba presentado únicamente para él.
Quizás no había conseguido detener ninguna red de tráfico durante sus guardias, pero al menos, aquel día había jorobado bastante todo lo que los comerciantes hacían, y dejaría que los superiores se hicieran cargo del resto si así lo consideran conveniente. Él no dió nombres, solamente datos que entregó como si no fueran suyos.
Y esa noche, el karma parecía estar recompensándole por sus buenas acciones por el mundo de una forma inusual, pero que por supuesto no iba a rechazar.
