Una medica de compras [Fic]
#1
Sigrid Birkisson caminaba por las calles empedradas de Baterilla con una sensación extraña y agradable en el pecho, una mezcla de libertad y torpeza que solo aparecía en sus días libres, esos pocos momentos en los que no llevaba órdenes encima ni horarios estrictos, aunque el uniforme de la Marina, adaptado a su tamaño imposible, seguía siendo imposible de ignorar. El pueblo estaba vivo, lleno de colores, toldos improvisados, vendedores que gritaban ofertas y niños que se detenían a mirarla con una mezcla de asombro y fascinación antes de salir corriendo a contarle a alguien que habían visto “a la gigante sonriente”.

Sigrid avanzaba despacio, cuidando cada paso para no romper nada ni a nadie, con una bolsa de tela en una mano enorme donde ya había guardado algunas compras que, para cualquiera que la conociera solo como soldado y médica, podrían parecer inesperadas, cintas de colores para el cabello, un pequeño frasco de perfume floral que había olido con exagerada concentración, y una tela suave que la vendedora insistió en que era muy femenina, a lo que Sigrid respondió rascándose la nuca y diciendo, entre risas, que quería probar cosas nuevas. —No todo va a ser vendas y desinfectante, ¿no? —había dicho con una sonrisa tan grande que la comerciante terminó regalándole un lazo extra por ser tan educada.

Se detuvo frente a un puesto de joyería simple, observando pulseras y collares diminutos que parecían hechos para personas que podían perderlos entre los dedos, y aun así los miraba con auténtica curiosidad. —¿Tienes algo resistente? —preguntó inclinándose un poco, haciendo sombra sobre medio puesto —No muy caro, el sueldo no alcanza para mucho y que no se rompa si estornudo fuerte.— El vendedor parpadeó un par de veces antes de reír nervioso y mostrarle una pulsera de cuero reforzado con un pequeño dije metálico en forma de flor. Sigrid la sostuvo con delicadeza extrema, como si temiera aplastarla solo con mirarla, y asintió satisfecha. —Esta está bien —dijo — Parece fuerte, pero bonita.— Mientras pagaba, un grito rompió el murmullo alegre del mercado, un sonido áspero y urgente que Sigrid reconoció al instante, no como soldado, sino como médica, haciendo que girara la cabeza de golpe, sus sentidos afinándose sin que pudiera evitarlo.

—¡Ayuda! ¡Alguien se cayó! —gritaba una mujer desde el extremo de la plaza. Sigrid no pensó, simplemente actuó, dejó la bolsa con el vendedor, señalándola con un dedo enorme. —Ahora vuelvo —dijo con absoluta seriedad—No se me vaya.— El hombre asintió con los ojos muy abiertos mientras la buccaner avanzaba a zancadas largas pero controladas hacia el lugar del alboroto.

En el suelo, un hombre mayor yacía sentado, pálido, con la respiración agitada y una mano temblorosa presionando su costado. Varias personas se arremolinaban alrededor sin saber qué hacer, a lo que Sigrid se arrodilló con cuidado, haciendo que algunos retrocedieran por reflejo, y su voz grave se impuso sin necesidad de gritar. —Tranquilos, denme espacio —pidió —Soy médica.— El hombre la miró, asustado, y ella le sonrió con suavidad. —Hola, soy Sigrid. ¿Cómo te llamas? Abuelito —

—Esteban —respondió él con dificultad. —Bien, Esteban —dijo ella —No te muevas, ¿sí? Vamos a respirar juntos, inhalamos, exhalamos, eso es.— Con manos sorprendentemente precisas para su tamaño, Sigrid evaluó la situación, palpando con cuidado, observando el color de la piel, escuchando la respiración con atención absoluta. —¿Te golpeaste al caer? —preguntó.

—Me mareé y luego —el hombre se encogió de dolor. —De acuerdo —asintió ella —Puede ser una baja de presión, o algo digestivo, pero no vamos a adivinar. —Levantó la vista hacia los curiosos en el lugar —¿Alguien tiene agua limpia? ¿Una tela? — Preguntó mirando hacia todo el publico que miraba. —Yo, yo —respondió una joven, acercándose con rapidez. Sigrid agradeció con una sonrisa, entonces humedeció la tela y la colocó con cuidado sobre la frente del hombre.

—Bien hecho —le dijo —Estás ayudando mucho.— El comentario hizo que la joven se irguiera con orgullo porque a todos les gusta que le digan cuando hacen las cosas bien —Esteban, dime —continuó Sigrid —¿Comiste hoy? —A lo que el anciano respondió que no habia comido gran cosa durante el dia. —Bien, eso explica varias cosas —respondió ella con honestidad —A veces el cuerpo protesta si no le damos lo que necesita, igual que un músculo cansado.— Mientras trabajaba, no perdió su tono amable ni su humor ligero, porque sabía que el miedo empeoraba cualquier síntoma. —Mire el lado bueno —dijo al hombre —Se cayó justo cuando yo estaba de paseo, suele ser peor cuando estoy de guardia.— Algunas personas rieron nerviosas, y Esteban soltó una pequeña carcajada que terminó en un suspiro más relajado. Tras unos minutos, la respiración se estabilizó y el color volvió poco a poco a su rostro. —Vamos a llevarte a la sombra y luego al hospital para revisarte bien —indicó Sigrid —No es una sugerencia, ¿sí? —Lo miró con una ceja alzada —No soy buena pidiendo favores. — Mientras tanto el anciano nervioso habló. — No, no, haré caso —respondió él rápidamente.

Cuando finalmente se levantó, con ayuda de otros y bajo la supervisión constante de la vikinga, la gente comenzó a dispersarse, agradecida, comentando en murmullos lo impresionante que era verla trabajar con tanta calma. Sigrid se despidió del hombre con una palmada suave en el hombro. —Cuídese, Esteban — dijo —Comer y beber agua también es parte del tratamiento.— Él asintió varias veces antes de irse acompañado. 

Sigrid regresó al puesto de joyería, donde el vendedor la esperaba como si no se hubiera movido un centímetro. —¿Ve? —dijo ella recuperando su bolsa —Un Médico nunca descansa. — Sigrid se colocó la pulsera con cuidado, mirándola un segundo con satisfacción, y luego sonrió, amplia y honesta, porque incluso en un día libre, comprando cosas femeninas y disfrutando del pueblo, sabía que seguiría siendo quien era, alguien grande, ruidosa y torpe a veces, sí, pero siempre dispuesta a arrodillarse en medio del mercado para proteger y curar a quien lo necesitara, aunque eso significara interrumpir las compras y regresar a casa con una historia más que contar.
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
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