20-09-2023, 04:07 PM
Transcurrieron los días, luego las semanas. Cuando se despidió de su maestro Kang casi se prometieron volver a verse. El gyojin tortuga mencionó la existencia de otra técnica que podría enseñarle en un futuro, dato que no dejaba de rondar por la cabeza de la mujer todas las noches. Pero necesitaba un tiempo prudencial para descansar antes de encabezarse hacia otra aventura de ese tipo. No sabía de qué podría tratarse la nueva técnica, y había acabado tan reventada físicamente del entrenamiento anterior que se temía la posibilidad de que el nuevo entrenamiento fuese de alguna manera aún más difícil y sacrificado. Tenía que cuidar bien su cuerpo, se había pasado dos días prácticamente sin comer ni dormir, solo pensando en entrenar y entrenar, y eso tampoco era muy sano, sobre todo para su cabeza con migrañas y sus doloridos brazos. Su mente a veces recordaba el momento en el que se reencontró de nuevo con Khruner, Don Bambú, Kovashi y Enma. Los pobres la vieron llegar con los dos brazos morados, sobre todo el derecho, los nudillos ensangrentados y pelados y ambos puños inflamados. Todos se preocuparon muchísimo, lo primero que pensaron es que a la gyojin le habían dado una paliza o algo parecido, aunque chocaba mucho con la sonrisa enorme con la que la fémina llegó. Derya no tardó ni un segundo en explicarles lo que había ocurrido en realidad. Les contó todo, que llevaba ya tiempo deseando ir a la isla Polestar por el rumor que había escuchado de que allí había un maestro de karate gyojin, que se pegó toda una mañana buscando a alguien que supiera de su existencia, que finalmente encontró a un chico y que le invitó a formar parte de la revolución... Les contó que vivía en una isla con forma de luna, que estuvo dos días pegándole puñetazos a tablas de maderas y tejas de cerámica hasta que por fin lo consiguió. Les contó cómo era su maestro Kang, tan amable, empático y bonachón. En definitiva, que se puso al día con ellos rápidamente. Gracias a Khruner -que ahora parecía menos obsesionado con la idea de que ella era un pez- y a sus dotes médicas consiguió recuperar el buen estado de sus extremidades bastante más rápido de lo que normalmente lo haría. Eso sí, tuvo que pasarse tres días con vendas que le llegaban hasta el codo. Lo bueno es que esos días sus compañeros la ayudaron bastante, se mostraron muy serviciales con ella. Al fin y al cabo, se quedó prácticamente manca. La verdad es que era muy bonito recibir esa atención por parte de personas que al fin y al cabo conocía desde hace bastante poco, solo llevaban un par de semanas juntos después de todo. Sobre todo por parte de Kovashi. Le daba vergüenza admitirlo, pero recibir esa atención por su parte aquellos días la hizo ruborizarse cada dos por tres, como una adolescente enamorada. Era tan dulce cuando quería, cuando se dejaba llevar.
El caso es que habían pasado ya un par de semanas desde que volvió del entrenamiento de la técnica de las cien tejas. Tiempo suficiente para recuperarse de la paliza que le había supuesto aprenderla. En su cabeza no se pensaba que iba a resultar tan complicado, pues ella llevaba dando puñetazos toda la vida, desde que era una pequeña escualo. Pero aprendió que no debía de subestimar el karate, cosa de la que Kang ya le advertió. Aquel era un arte centenario, complejo y delicado, no podía confiarse pensando que iba a ser un camino sencillo lleno de rosas solo por ser ella otra gyojin. Total, que había decidido que ya era hora de aprender la siguiente técnica, antes de que a su grupo se le ocurriese que era buena idea volver a zarpar, esta vez hacia la Red Line. Aunque la verdad era que se estaban tomando su tiempo. A Derya le sorprendió un poco, pero no puso ninguna objeción, al final era mejor para ella, pues podía disponer de más tiempo para completar su entrenamiento karate. ¿Quizás era por ella el motivo por el que aún no habían zarpado, ya que ellos eran conscientes de que había otra técnica que podía aprender en aquella isla? No, seguramente no fuera ese el caso, al final cada uno se preocupaba de sus propios intereses, pero era un bonito pensamiento. A lo mejor algo sí que tuvo que ver, quién sabe, la verdad es que estaban estrechando muchos lazos. Aquella mañana se despidió de sus cuatro compañeros. Esta vez les avisó de que igual tardaba unos cuantos días en volver a verlos, pues no tenía ningún conocimiento sobre qué técnica querría enseñarle su maestro esa vez ni cuanto tiempo le llevaría aprenderla, así que era mejor avisar de antemano y dando margen suficiente para que no extrasañen demasiado su presencia. Por suerte, ahora también contaban con los Den Den Mushis. Cada uno tenía el suyo propio, así que, si por lo que sea, Derya necesitaba decirles algo mientras estaba fuera, rápidamente con aquellos bonitos caracoles podría hacerlo sin problema. O al revés. Esta vez estaba mejor preparada. Se separó de ellos con el amanecer. Bueno, ella ya sabía que no todos iban a estar despiertos a esa hora, así que se despidió del grupo en general la noche anterior, celebrándolo con unas copas y un buen festín, y aquella mañana solo de Don Bambú, que era el único que había madrugado tanto como ella. Sabía a dónde tenía que ir, así que por suerte no iba a tener que volver a pasar por la experiencia de buscar durante horas en una enorme plaza, preguntando a multitud de gente que ni le miraba a la cara cuando le hablaba, y con un hambre y cansancio enormes. Aunque no le importaría volver a encontrarse con aquel niño, Conroy. Pero no, esta vez se dirigió directamente hacia la costa norte de isla Polestar.
La brisa brava de la costa revolvía su pelo por detrás, despeinándola completamente al echar sus mechones sobre su cara. Tampoco es que le importara mucho, pero por una cuestión de comodidad decidió hacerse un par de coletillas. Iba vestida de forma bastante normal, pues se había preparado para sudar la gota gorda, basándose en cómo había sido su experiencia anterior. Se había colocado un par de shorts elásticos, eran leggins pero más cortos, y una camiseta que le quedaba un poco holgada, bastante cómoda y con un motivo de rayas naranjas y azules. Descalza, como siempre, y esta vez armada con una mochilita llena de cosas útiles que iba a necesitar seguramente aquellos días. No sabía cuantos días iba a necesitar para conseguir dominar la nueva técnica, pero ella ya se había preparado y mentalizado para el hecho de que quizás le iba a llevar hasta una semana, o puede que incluso más, pues esta vez no quería reventarse tanto físicamente como en la anterior ocasión. En la mochila había preparado; un par de mudas de ropa; su den den mushi que le parecía, completa y maravillosamente lindísimo, con ese color rosado, los dientecillos afilados, las rayas rojas por todo el cuerpo y los ojos verdes; y el libro que Don Bambú le había prestado semanas atrás, titulado "As cancións do mudo", lo había empezado hacía ya unos días y esperaba poder continuarlo un poco durante los ratos libres que podía tener. Se temía que igual fueran pocos, pero seguro que algún rato podía rascar, aunque fuera antes de irse a dormir. Le costaba ser constante con la lectura, pero no podía permitirse abandonar aquel libro después de que su amigo panda se lo prestara tan despreocupadamente.
Tras caminar durante unos veinte minutos, llegó por fin a la costa norte de la isla y ya con la mirada pudo observar la isla de la luna. Menos mal que la vez anterior se le ocurrió sumergirse en el agua para inspeccionarlas, porque desde allí arriba, con aquella frondosidad que tenía, no podía distinguirse para nada que tenía esa forma. Lo malo era que la única forma de acceder a ella era mediante el agua, tirándote al mar y luego nadando hasta la cala. Es decir, eso de por sí no era malo, pero Derya llevaba una mochila con muchos útiles que no quería que se le mojaran, sobre todo el preciado libro de Don Bambú. Menos mal que había sido previsora. Sacó de uno de los bolsillos una bolsa grande de plástico que se cerraba herméticamente por un cierre especial y metió ahí el libro, la ropa y por suerte cabió también el den den mushi, que seguramente no le pasaría nada si se mojaba, pero por si acaso. La mochila en sí no le importaba si se empapaba o no, lo importante era lo que había dentro. Así que una vez ya con sus objetos bien asegurados, cogió carrerilla de unos cuantos metros y corriendo se lanzó al mar en picado, como la otra vez había hecho. El chapuzón le sentó de fábula para despejar su mente al completo. Tenía que aprovechar los momentos de baño, siendo consciente de que estos le permitian olvidarse de sus migrañas por un tiempo. El agua era tremendamente importante para ella, ya no solo por ser una gyojin, sino por la calma y paz mental que le proporcionaba, siempre se sentía a gusto si estaba en el mar, daba igual cual era. Dio una pequeña vuelta a la isla mientras buceaba, era muy relajante nadar en aquellas aguas tan azules, quizá se debía a lo transparentes que eran. Podría quedarse allí horas dando vueltas y paseándose entre las islas, pero no quería tardar mucho. No sabía si la bolsa de plástico donde había guardado todo estaría haciendo bien su trabajo o no, y le daba un poco de ansiedad pensar que quizás en ese mismo momento se le estaba empapando todo lo que llevaba. Así que rápidamente se dirigió a la superficie y hacia la cala, comenzando a escalar por aquellas formaciones rocosas con cuidado.
Atravesó aquel pequeño y frondoso bosque de nuevo hasta que volvió a llegar al santuario. Era extraño, tenía la sensación como de que había pasado mucho tiempo, también tenía la impresión como de que aquello no era real, sino un espacio onírico aislado del resto del mundo. Parecía como que el tiempo allí transcurría de forma diferente, los ritmos eran más pausados pero más intensos también. Era como volver a un lugar especial, que te había cambiado por dentro para siempre. Pero también había una sensación muy nueva, pues no sabía lo que le iba a esperar en aquella ocasión. De nuevo, no le encontró en el patio ni en los alrededores, así que acudió a llamar a la puerta. — ¿¡Maestro!? ¡Soy yo, Derya! ¡He vuelto, como me dijo! — Esta vez no estaba nerviosa, de hecho, decidió abrir ella la puerta para adentrarse a la casa. Conociendo el poco oído que tenía su maestro, seguro que no la había oído llegar. La verdad es que ahora que lo pensaba, hasta ahora no había visto mucho la casa desde dentro, la mayoría del tiempo se lo transcurrió fuera, en el patio. Incluso durmió y comió fuera. Era pequeñita pero bastante apañada. Contaba con un salón en el centro armado con una mesa baja de té y unos cojines que hacían de asiento a los cuatro lados. A mano derecha estaba la cocina, encajonada entre las paredes de la habitación. No tenía mucho, casi todo eran cajoneras, aunque sí que tenía un montón de cuchillos. Y mirando hacia delante, había un corto pasillo con puertas a ambos lados, parecía que había dos habitaciones, una debería ser la de él, su maestro, pero la otra no sabía que podría llegar a ser. Igual era una habitación de invitados, o puede que un estudio. A saber.
Encontró a su maestro Kang en la cocina, preparándose un té, le encantaban los tes. — Oh, joven, no te esperaba tan pronto. ¿Quieres un té? — La mujer sonrió y se acercó a él para ayudarle. — Por supuesto. Estaba ansiosa por continuar mi entrenamiento, maestro. — Se ocupó de echar el agua caliente y las hojas aromáticas envueltas en papel fino a las tazas, acompañadas con un poco de azúcar, mientras su maestro se retiraba a sentarse a la mesa del salón. — Las prisas no son buenas, joven. — Esperaba paciente su tacita de té, que Derya no tardó en servirle, a la vez que se traía la suya y se sentaba frente a él. — Lo sé, maestro, pero no sé cuánto tiempo voy a poder quedarme en la isla. Tengo que aprender la técnica nueva antes de irme, o quizás no pueda aprenderla nunca. — El gyojin tortuga no dijo nada. Le dio un sorbo a su taza de té. Estaba ardiendo, Derya no sabía como era capaz de bebérselo a esa temperatura, con el agua recién salida del fuego. Ella tenía que esperarse unos minutos si no quería achicharrarse la lengua. Se tomaron sus tes tranquilamente, con un poco de charla cotidiana, nada demasiado relevante. Estaba bien ese pequeño momento de calma, pero la verdad es que por dentro, Derya estaba deseando empezar ya. Sabía que no tenía que preguntarle sobre el proceso en ese momento, pues no le iba a decir nada, tenía que esperar hasta que fuese la ocasión. Al cabo de un rato, por órden del maestro Kang, salieron ambos al patio.
¿Había llegado el momento? Derya no cabía en sí de la expectación y las ganas que sentía. Se había preparado tanto mentalmente que estaba lista para darle de puñetazos a todo lo que se le pusiera por delante. — ¿Qué golpearé esta vez, maestro? — Preguntó emocionada, mientras caminaba y brincaba por los alrededores dándole puñetazos al aire y esquivando golpes imaginarios, como si estuviera en un combate de boxeo contra alguien invisible. Kang sonreía ante la energía de la juventud, o quizás era por su sincera ingenuidad. — ¿Golpear? Oh no, no vas a golpear nada. — Derya paró en seco y giró su tren superior para mirarle, pues estaba de espaldas suyas, ¿cómo que no? ¿Entonces? Se quedó un poco perpleja, sin comprender muy bien a qué se refería su maestro. — Ven, acércate. — Le hizo caso sin rechistar, llena de curiosidad. El gyojin tortuga le hizo un gesto para que se sentara en el suelo, ella obedeció enseguida, observándole con atención. Cuando estaba pendiente de algo parecía que las orejillas de Derya se extendían para abrirse un poco más, como pasaba con los perritos. — Cierra los ojos, medita mientras escuchas mis palabras. — La última vez también lo hicieron así, quizás era una costumbre suya, o incluso una especie de ritual, el poner un poco de contexto a lo que iba a aprender seguido de una corta sesión de meditación. Derya hizo caso sin abrir la boca. Centrándose solo en el sonido de su voz, intentando evadirse de todo lo demás que la rodeaba. — El karate gyojin se divide en dos vertientes, distintas pero complementarias. Si solo se aprende una de las ramas, tu forma de luchar siempre estará descompensada, desequilibrada. Muchos gyojins nuevos ignoran esta senda, pues puede dar la impresión de ser menos poderosa. Sin embargo, esta corriente nos conecta directamente con el agua, nuestro elemento más fundamental. El agua nos ofrece fuerza, nos da velocidad, nos proporciona un hogar. Nuestra raza no sería nada sin ella. Y por eso vamos a aprender a controlarla. — Las orejas de Derya tintinearon de emoción al escuchar eso. ¿De verdad iba a poder aprender a manejar el agua? Sabía que muchos gyojins lo hacían, pero ver que ese poder estaba al alcance de su mano la sorprendió. En su mente, solo los gyojins más avanzados aprendían este tipo de técnicas. Quizás es que su maestro ya la veía lo suficientemente preparada. — Vas a necesitar mucha paciencia. Este entrenamiento no requiere fuerza, sino precisión, destreza, constancia, control. Pero una vez que lo domines se abrirá ante ti una poderosa corriente que te conectará directamente con tus ancestros. — Derya respiraba hondo, intentando calmar las ganas que sentía. — Ahora, meditemos juntos. — El gyojin se sentó con ella y ambos estuvieron en silencio, meditando juntos durante una media hora.
— Abre los ojos. — Fue la señal que su maestro le dio para saber que la meditación había llegado a su fin. — Ahora, obsérvame. — El tortuga se puso de pie, giró su cuerpo hacia el costado derecho y extendió ese mismo brazo hacia la arboleda que rodeaba y protegía el santuario. Extendiendo los dedos de su mano y concentrándose momentáneamente, consiguió crear en el aire una pequeña y única gota de agua, completamente redonda que parecía flotar libre de toda gravedad, sometida únicamente a la voluntad de su maestro. Entonces la gota salió disparada, rápida como una bala, hacia uno de los árboles. Los ojos de Derya siguieron el trayecto del proyectil azul para finalmente ver cómo había dejado un buen agujero en el tronco de aquel árbol que le atravesaba de principio a fin. Todo había sido tan rápido que Derya tardó un poco en reaccionar. Pero enseguida sonrió. — ¡Es increíble, maestro! — La joven se puso de pie, deseando empezar. — Si consigues crear una gota, más adelante podrás controlar mares enteros. — Los ojos de Derya brillaban, resplandecían con el reflejo del sol. Ya se imaginaba a sí misma moviendo olas enteras de mar para aplastar a sus enemigos, o partiendo mares en dos. Era un poder tan increíble, no podía compararse a ninguna otra cosa. — Estoy lista, maestro. — Y agachó su cabeza en señal de respeto. Kang asintió. — Muy bien, joven. Sígueme. — Ambos llegaron a la zona trasera del patio, donde encontraron un pequeño estanque. No había peces debido a su tamaño, pero sí que había alguna ranita con sus nenúfares, que salió corriendo al notar la presencia del par de gyojins que se acercaban. — Esta técnica consiste en manipular la humedad que hay en el aire para poder concentrarlo en un mismo punto, creando así una única gota de agua que puedes proyectar hacia donde quieras. — Derya asintió, atenta. — Pero antes de que puedas hacer eso, vas a aprender a manipular el agua que ya está formada. Usa este estanque para ello. Concentrate en cada una de las gotas que lo componen y únelas en tu mano. Entiende su composición, comprende su elemento, cómo funciona, cuánto pesa, la densidad que tiene... Hazte con ella y contrólala. — Aquellas palabras denotaban tanto poder, tanta fuerza. Derya entendió que aunque aquella técnica no fuera física, le iba a costar mucho más dominarla que la anterior. Frunció el ceño, llena de determinación, y asintió de nuevo. — Lo conseguiré, maestro. — Así se despidió de él, pues el gyojin tortuga decidió dejarle intimidad para que pudiera concentrarse, retirándose de nuevo a su casa.
Ahora sí, estaba a solas, sentada frente aquel pequeño estanque, con todo el tiempo del mundo para conseguir formar una gota de agua en sus manos manipulando la que había ya delante suya. Respiró hondo y extendió su mano derecha hacia delante, dejándola encima de la superficie del agua. Su palma se mantenía unos quince centímetros por encima, dejando un pequeño espacio entremedias donde intentaría crear la gota. Cerró los ojos. No sabía muy bien cómo tenía que proceder, cómo era el proceso en sí. Estaba claro que conseguiría hacerlo gracias a concentrarse mucho, pero... ¿en qué tenía que concentrarse? Su maestro Kang le había dicho que se centrase en la composición del agua, que imaginase cada átomo, cada pequeña gota que en su conjunto formaba el estanque. Al final era parecido a la meditación que había prácticado con él en diferentes ocasiones. Se concentró en evadirse del resto del mundo, olvidándose de todo lo que la rodeaba. Gracias a que hacía poco había meditado con el gyojin un rato, le fue más fácil volver a entrar en aquel estado de aislamiento. Sin embargo, tampoco tenía que evadirse del todo, pues tenía que adentrar su mente dentro del agua. Iba a ser un ejercicio difícil, tenía que encontrar una fórmula que le viniese bien para sentirse otra molécula más dentro del estanque.
Su mente, que estaba completamente en negro al tener los ojos cerrados, visualizó entonces que toda su visión se volvía de color azul. Imaginó que su cuerpo estaba suspendido en medio del mar, como tantas veces había hecho ya, era un sentimiento familiar así que no le costó mucho volver a sentirse dentro del agua. En su cabeza, empezó a nadar, pero ya no era ella, sino que se imaginaba a sí misma como un ente que flotaba y se dejaba llevar por las ondas del agua. Era mucho más pequeña, y cada vez se fue haciendo más y más pequeña, hasta volverse del tamaño de un granito de arena. Desde esa perspectiva podía ver la separación que existía entre cada gota. El agua no era una masa uniforme, era la unión de muchas, muchísimas pequeñas esferas. Derya podía pasearse entre ellas, podía mirar a través de ellas y si las tocaba se volvían pesadas de repente. Nunca estaban quietas, cualquier ligero movimiento del exterior hacía que se movieran hacia un lado o hacia el otro. Una hoja de uno de los árboles cercanos aterrizó sobre el estanque, y Derya sintió, en su enano cuerpo de ente flotante, cómo la onda se proyectaba a través de todas esas esferas azules medio transparentes. Cómo se acoplaban a la forma de la hoja, que era gigantesca desde su perspectiva, y cómo ésta era el epicentro de una serie de olas que se provocaron por la fuerza del choque. Una pequeña brisa pasó y también pudo sentir como cada molécula del agua era arrastrada por la fuerza de la naturaleza. Cuando quiso darse cuenta, ella misma había dejado de ser un ente intruso en aquella armonía de esferas para transformarse también en una de ellas. Era una más, moviéndose a la voluntad de los elementos que interactuaban con ella y el resto de esferas.
Por un segundo sintió que lo iba a conseguir. Se había adentrado tanto en aquella ilusión, que cuando salió de su imaginación se dio cuenta de que empezaba a notar un cosquilleo en la palma de la mano. Abrió los ojos, emocionada al pensar que igual estaba formando ya la gota de agua sin darse cuenta. Pero no. No había nada. La mujer suspiró, no iba a ser tan sencillo, no iba a poder conseguir hacer eso en un día. Llevó el brazo a su posición normal, pegado al cuerpo, para descansarlo un poco y miró al cielo. Ya era de noche. Se había pasado horas dentro de aquella meditación y no se había ni enterado, normal que el brazo le doliese después de estar tanto tiempo en suspensión. Pero dentro de ella notó que se había quedado cerca de conseguirlo, que estaba a las puertas de poder pasar la primera prueba. Se levantó, le dolía incluso los glúteos de estar tanto tiempo sentada sin moverse, y se dirigió al interior de la casa del maestro. Le encontró degustando un cuenco de fideos con verduras, sentado en su pequeña mesa de té. Había otro cuenco igual frente a él junto con un vaso de agua. "No merezco la suerte que tengo", pensó Derya al ver la escena. Se sentó con él a cenar mientras pensaba en toda la gente buena que la rodeaba y que convivía con ella día a día. — ¿Cómo te ha ido? — Preguntó la tortuga. Ella sonreía mientras intentaba no acabarse el cuenco de fideos demasiado rápido. — Creo que estoy cerca, maestro. — No quería sonar demasiado confiada, pero si volvía a introducirse en aquella ilusión más veces, notaba que no tardaría en conseguirlo. — Me he visto a mí misma como otra molécula más del agua. Era parte de ellas, sentía cada leve de brisa, cada onda provocada en la superficie, sentía la densidad y la suspensión. Era tan real. — Se explayó, intentando explicar los avances que había conseguido. — Es que es real, joven. Solo hay que prestar atención. — Sonrió. Ella asintió. — Sigue así, vas bien. — Aquellas palabras calentaron su corazón. Al principio se sintió perdida, y ver que había encontrado la senda que debía seguir la reconfortó. Terminaron de cenar, limpiaron los cuencos y el maestro Kang le enseñó lo que había en la otra habitación. Efectivamente, era un cuarto para acoger invitados, había un futón en el suelo y una pequeña luz al lado. Se despidieron y Derya se metió entre las sábanas para dormir. Hasta que cerró de nuevo los ojos no se percató de que no le había dolido la cabeza en todo el día. Quizás fuera la meditación la que la había calmado, pero era reconfortante poder pasar veinticuatro horas sin dolores y sin tener que recurrir siempre a bañarse en el mar.
La mañana siguiente desayunó una nectarina que provenía de uno de los árboles cercanos y se apresuró a volver al estanque. Estaba ansiosa de ganas de continuar por donde lo había dejado. Ese estado nervioso y emocionado hizo que le costase un poco más volver a la meditación, pero no pasaba nada, no tenía prisa ninguna. Al rato, consiguió retomar la ilusión por el mismo sitio donde la había dejado el día anterior. Decidió que el próximo paso sería ver cuánto tiempo podría aguantar manteniendo esa imagen, esa sensación. Al cabo de un par de horas, una de las ranitas que huyeron cuando ella llegó, se fue acercando poco a poco de nuevo al agua. Al notar que la presencia intrusa no se movía ni reaccionaba a lo que ocurría a su alrededor, los pequeños animalitos que convivían por ahí se confiaron y empezaron a pasearse por el estanque, perdiendo el miedo que le tenían a Derya en un principio. La rana dio un salto y se metió en el agua. Su cuerpo esférico notó el impacto del cuerpo del anfibio contra ella. Cada movimiento de sus patas hacía que ella y todas sus hermanas esferas se movieran también, empujadas, siguiendo la voluntad de la rana. Pero aquello no rompió su concentración. Ahora ella no era una gyojin llamada Derya, era parte de ese estanque. En la palma de su mano derecha se fue formando, sin ella darse cuenta, una gota de agua que flotaba en el espacio que había entre su piel y la superficie. Inicialmente era muy pequeña, casi imperceptible, pero cuanto más aguantaba su meditación, más grande y gordita se iba haciendo. Su mente trasladaba el agua ya creada del estanque hacia su mano. En su cuerpo notó que algo estaba cambiando, notó una energía en su palma que no pudo ignorar, así que abrió los ojos y lo vio. Lo había conseguido.
Los cuatro días siguientes los pasó ahora en el patio principal, sin la presencia del estanque para ayudarla. Ahora no podía usar el agua que éste le proporcionaba, sino que tenía que meter su conciencia dentro de las moléculas de agua que había en el aire y que humedecían el ambiente. Sí, era un ejercicio mucho más difícil, pues ya no contaba con el apoyo que le daba estar rodeada de gotas tangibles de agua. Ahora las gotas flotaban por todos lados, dispersas y caóticas. Tenía que buscar la forma de convertirse en una de ellas, pero sin pegarse a ellas. Y ahora los elementos exteriores interferían en su hábitat mucho más que cuando era parte del estanque. Siendo una más con el aire, cualquier mínima brisa que levantaba el batir de alas de una mariposa interferían con su cuerpo esférico, cualquier suspiro, susurro, hacían que su ente se trasladase a saber dónde. No había límites de a dónde podía llegar a parar. Aquello la desconcentró alguna que otra vez, rompiendo la meditación y teniendo que volver a retomarla donde la había dejado. Fueron cuatro días un poco frustrantes, era bastante más difícil reunir el agua suficiente para formar una gota cuando éstas estaban tan dispersas entre sí. Su maestro le dio algunos consejos, aunque siempre eran algo crípticos. Al final lo que estaba recorriendo era un viaje interior, y poca ayuda se podía prestar para algo así. Pero el quinto día lo consiguió. Estaba de pie, con los ojos cerrados y el brazo derecho en alto, apuntando hacia el árbol que anteriormente su maestro había atravesado cuando en su palma empezó a formarse, muy poco a poco, una enanísima gota de agua. Lo estaba notando, estaba siendo consciente de que lo estaba logrando, así que se procuró de no perder aquella concentración y seguir reuniendo gotas para poco a poco ir haciéndola más y más grande. Con miedo, abrió uno de los ojos lentamente y miró al frente. Ahí estaba, una gota de tamaño perfecto. Ahora todo lo que le quedaba por hacer era... — ¡Uchimizu! — La gota que tanto le había costado formar salió disparada hacia delante a una velocidad tremenda, dejando otro agujero en el tronco del árbol. Derya no se había dado cuenta de que el gyojin tortuga llevaba un rato observándola con una sonrisa. Cuando ésta lo consiguió, empezó a gritar y a dar saltitos de la emoción, entonces fue cuando vio que Kang estaba allí con ella. Rápidamente fue a por él a darle un gran abrazo.
Aprovechó que aún era de mañana para hacer la última comida con él antes de irse. Entre los dos prepararon una buena ensalada, llena de fruta y verdura y mientras se bebían otro té charlaban de la vida y de cosas sin importancia. Era justo lo que necesitaba, después de tantos días de intensa meditación y concentración mental, ahora solo le apetecía hablar del tiempo, de música, reírse un poco, y no pensar en nada. Después de la comida, ambos salieron de la casa. Era hora de despedirse. A Derya le pesaba en el corazón, porque sabía que pronto se irían de aquella isla rumbo al Grand Line, por lo que seguramente no volvería a verle... En muchísimo tiempo. No quería ni pensar en ello porque entonces se emocionaría y empezaría a lloriquear como una niña. Aquellos días le había cogido mucho cariño a aquella tortuga hermitaña, y sentía que era mutuo. — Sigue entrenando, joven. Veo en ti el poder que los primeros de nuestra raza, auténticos luchadores y sabios guerreros. No pierdas la senda y llegarás muy lejos. — De nuevo se abrazaron. — No le olvidaré, maestro. — Ella ya estaba empezando a emocionarse. — No te despidas, confío en que volveremos a vernos. — Ambos sonrieron, y antes de que ella se pusiera a llorar, se dio media vuelta y puso rumbo al mar, de vuelta por donde había venido. Le daba pena, pero no podía mirar atrás, no podía anclarse en ese sentimiento. Lo que se avecinaba en su futuro era muy grande y tenía que estar preprada. Empezaba una nueva etapa de su vida.
El caso es que habían pasado ya un par de semanas desde que volvió del entrenamiento de la técnica de las cien tejas. Tiempo suficiente para recuperarse de la paliza que le había supuesto aprenderla. En su cabeza no se pensaba que iba a resultar tan complicado, pues ella llevaba dando puñetazos toda la vida, desde que era una pequeña escualo. Pero aprendió que no debía de subestimar el karate, cosa de la que Kang ya le advertió. Aquel era un arte centenario, complejo y delicado, no podía confiarse pensando que iba a ser un camino sencillo lleno de rosas solo por ser ella otra gyojin. Total, que había decidido que ya era hora de aprender la siguiente técnica, antes de que a su grupo se le ocurriese que era buena idea volver a zarpar, esta vez hacia la Red Line. Aunque la verdad era que se estaban tomando su tiempo. A Derya le sorprendió un poco, pero no puso ninguna objeción, al final era mejor para ella, pues podía disponer de más tiempo para completar su entrenamiento karate. ¿Quizás era por ella el motivo por el que aún no habían zarpado, ya que ellos eran conscientes de que había otra técnica que podía aprender en aquella isla? No, seguramente no fuera ese el caso, al final cada uno se preocupaba de sus propios intereses, pero era un bonito pensamiento. A lo mejor algo sí que tuvo que ver, quién sabe, la verdad es que estaban estrechando muchos lazos. Aquella mañana se despidió de sus cuatro compañeros. Esta vez les avisó de que igual tardaba unos cuantos días en volver a verlos, pues no tenía ningún conocimiento sobre qué técnica querría enseñarle su maestro esa vez ni cuanto tiempo le llevaría aprenderla, así que era mejor avisar de antemano y dando margen suficiente para que no extrasañen demasiado su presencia. Por suerte, ahora también contaban con los Den Den Mushis. Cada uno tenía el suyo propio, así que, si por lo que sea, Derya necesitaba decirles algo mientras estaba fuera, rápidamente con aquellos bonitos caracoles podría hacerlo sin problema. O al revés. Esta vez estaba mejor preparada. Se separó de ellos con el amanecer. Bueno, ella ya sabía que no todos iban a estar despiertos a esa hora, así que se despidió del grupo en general la noche anterior, celebrándolo con unas copas y un buen festín, y aquella mañana solo de Don Bambú, que era el único que había madrugado tanto como ella. Sabía a dónde tenía que ir, así que por suerte no iba a tener que volver a pasar por la experiencia de buscar durante horas en una enorme plaza, preguntando a multitud de gente que ni le miraba a la cara cuando le hablaba, y con un hambre y cansancio enormes. Aunque no le importaría volver a encontrarse con aquel niño, Conroy. Pero no, esta vez se dirigió directamente hacia la costa norte de isla Polestar.
La brisa brava de la costa revolvía su pelo por detrás, despeinándola completamente al echar sus mechones sobre su cara. Tampoco es que le importara mucho, pero por una cuestión de comodidad decidió hacerse un par de coletillas. Iba vestida de forma bastante normal, pues se había preparado para sudar la gota gorda, basándose en cómo había sido su experiencia anterior. Se había colocado un par de shorts elásticos, eran leggins pero más cortos, y una camiseta que le quedaba un poco holgada, bastante cómoda y con un motivo de rayas naranjas y azules. Descalza, como siempre, y esta vez armada con una mochilita llena de cosas útiles que iba a necesitar seguramente aquellos días. No sabía cuantos días iba a necesitar para conseguir dominar la nueva técnica, pero ella ya se había preparado y mentalizado para el hecho de que quizás le iba a llevar hasta una semana, o puede que incluso más, pues esta vez no quería reventarse tanto físicamente como en la anterior ocasión. En la mochila había preparado; un par de mudas de ropa; su den den mushi que le parecía, completa y maravillosamente lindísimo, con ese color rosado, los dientecillos afilados, las rayas rojas por todo el cuerpo y los ojos verdes; y el libro que Don Bambú le había prestado semanas atrás, titulado "As cancións do mudo", lo había empezado hacía ya unos días y esperaba poder continuarlo un poco durante los ratos libres que podía tener. Se temía que igual fueran pocos, pero seguro que algún rato podía rascar, aunque fuera antes de irse a dormir. Le costaba ser constante con la lectura, pero no podía permitirse abandonar aquel libro después de que su amigo panda se lo prestara tan despreocupadamente.
Tras caminar durante unos veinte minutos, llegó por fin a la costa norte de la isla y ya con la mirada pudo observar la isla de la luna. Menos mal que la vez anterior se le ocurrió sumergirse en el agua para inspeccionarlas, porque desde allí arriba, con aquella frondosidad que tenía, no podía distinguirse para nada que tenía esa forma. Lo malo era que la única forma de acceder a ella era mediante el agua, tirándote al mar y luego nadando hasta la cala. Es decir, eso de por sí no era malo, pero Derya llevaba una mochila con muchos útiles que no quería que se le mojaran, sobre todo el preciado libro de Don Bambú. Menos mal que había sido previsora. Sacó de uno de los bolsillos una bolsa grande de plástico que se cerraba herméticamente por un cierre especial y metió ahí el libro, la ropa y por suerte cabió también el den den mushi, que seguramente no le pasaría nada si se mojaba, pero por si acaso. La mochila en sí no le importaba si se empapaba o no, lo importante era lo que había dentro. Así que una vez ya con sus objetos bien asegurados, cogió carrerilla de unos cuantos metros y corriendo se lanzó al mar en picado, como la otra vez había hecho. El chapuzón le sentó de fábula para despejar su mente al completo. Tenía que aprovechar los momentos de baño, siendo consciente de que estos le permitian olvidarse de sus migrañas por un tiempo. El agua era tremendamente importante para ella, ya no solo por ser una gyojin, sino por la calma y paz mental que le proporcionaba, siempre se sentía a gusto si estaba en el mar, daba igual cual era. Dio una pequeña vuelta a la isla mientras buceaba, era muy relajante nadar en aquellas aguas tan azules, quizá se debía a lo transparentes que eran. Podría quedarse allí horas dando vueltas y paseándose entre las islas, pero no quería tardar mucho. No sabía si la bolsa de plástico donde había guardado todo estaría haciendo bien su trabajo o no, y le daba un poco de ansiedad pensar que quizás en ese mismo momento se le estaba empapando todo lo que llevaba. Así que rápidamente se dirigió a la superficie y hacia la cala, comenzando a escalar por aquellas formaciones rocosas con cuidado.
Atravesó aquel pequeño y frondoso bosque de nuevo hasta que volvió a llegar al santuario. Era extraño, tenía la sensación como de que había pasado mucho tiempo, también tenía la impresión como de que aquello no era real, sino un espacio onírico aislado del resto del mundo. Parecía como que el tiempo allí transcurría de forma diferente, los ritmos eran más pausados pero más intensos también. Era como volver a un lugar especial, que te había cambiado por dentro para siempre. Pero también había una sensación muy nueva, pues no sabía lo que le iba a esperar en aquella ocasión. De nuevo, no le encontró en el patio ni en los alrededores, así que acudió a llamar a la puerta. — ¿¡Maestro!? ¡Soy yo, Derya! ¡He vuelto, como me dijo! — Esta vez no estaba nerviosa, de hecho, decidió abrir ella la puerta para adentrarse a la casa. Conociendo el poco oído que tenía su maestro, seguro que no la había oído llegar. La verdad es que ahora que lo pensaba, hasta ahora no había visto mucho la casa desde dentro, la mayoría del tiempo se lo transcurrió fuera, en el patio. Incluso durmió y comió fuera. Era pequeñita pero bastante apañada. Contaba con un salón en el centro armado con una mesa baja de té y unos cojines que hacían de asiento a los cuatro lados. A mano derecha estaba la cocina, encajonada entre las paredes de la habitación. No tenía mucho, casi todo eran cajoneras, aunque sí que tenía un montón de cuchillos. Y mirando hacia delante, había un corto pasillo con puertas a ambos lados, parecía que había dos habitaciones, una debería ser la de él, su maestro, pero la otra no sabía que podría llegar a ser. Igual era una habitación de invitados, o puede que un estudio. A saber.
Encontró a su maestro Kang en la cocina, preparándose un té, le encantaban los tes. — Oh, joven, no te esperaba tan pronto. ¿Quieres un té? — La mujer sonrió y se acercó a él para ayudarle. — Por supuesto. Estaba ansiosa por continuar mi entrenamiento, maestro. — Se ocupó de echar el agua caliente y las hojas aromáticas envueltas en papel fino a las tazas, acompañadas con un poco de azúcar, mientras su maestro se retiraba a sentarse a la mesa del salón. — Las prisas no son buenas, joven. — Esperaba paciente su tacita de té, que Derya no tardó en servirle, a la vez que se traía la suya y se sentaba frente a él. — Lo sé, maestro, pero no sé cuánto tiempo voy a poder quedarme en la isla. Tengo que aprender la técnica nueva antes de irme, o quizás no pueda aprenderla nunca. — El gyojin tortuga no dijo nada. Le dio un sorbo a su taza de té. Estaba ardiendo, Derya no sabía como era capaz de bebérselo a esa temperatura, con el agua recién salida del fuego. Ella tenía que esperarse unos minutos si no quería achicharrarse la lengua. Se tomaron sus tes tranquilamente, con un poco de charla cotidiana, nada demasiado relevante. Estaba bien ese pequeño momento de calma, pero la verdad es que por dentro, Derya estaba deseando empezar ya. Sabía que no tenía que preguntarle sobre el proceso en ese momento, pues no le iba a decir nada, tenía que esperar hasta que fuese la ocasión. Al cabo de un rato, por órden del maestro Kang, salieron ambos al patio.
¿Había llegado el momento? Derya no cabía en sí de la expectación y las ganas que sentía. Se había preparado tanto mentalmente que estaba lista para darle de puñetazos a todo lo que se le pusiera por delante. — ¿Qué golpearé esta vez, maestro? — Preguntó emocionada, mientras caminaba y brincaba por los alrededores dándole puñetazos al aire y esquivando golpes imaginarios, como si estuviera en un combate de boxeo contra alguien invisible. Kang sonreía ante la energía de la juventud, o quizás era por su sincera ingenuidad. — ¿Golpear? Oh no, no vas a golpear nada. — Derya paró en seco y giró su tren superior para mirarle, pues estaba de espaldas suyas, ¿cómo que no? ¿Entonces? Se quedó un poco perpleja, sin comprender muy bien a qué se refería su maestro. — Ven, acércate. — Le hizo caso sin rechistar, llena de curiosidad. El gyojin tortuga le hizo un gesto para que se sentara en el suelo, ella obedeció enseguida, observándole con atención. Cuando estaba pendiente de algo parecía que las orejillas de Derya se extendían para abrirse un poco más, como pasaba con los perritos. — Cierra los ojos, medita mientras escuchas mis palabras. — La última vez también lo hicieron así, quizás era una costumbre suya, o incluso una especie de ritual, el poner un poco de contexto a lo que iba a aprender seguido de una corta sesión de meditación. Derya hizo caso sin abrir la boca. Centrándose solo en el sonido de su voz, intentando evadirse de todo lo demás que la rodeaba. — El karate gyojin se divide en dos vertientes, distintas pero complementarias. Si solo se aprende una de las ramas, tu forma de luchar siempre estará descompensada, desequilibrada. Muchos gyojins nuevos ignoran esta senda, pues puede dar la impresión de ser menos poderosa. Sin embargo, esta corriente nos conecta directamente con el agua, nuestro elemento más fundamental. El agua nos ofrece fuerza, nos da velocidad, nos proporciona un hogar. Nuestra raza no sería nada sin ella. Y por eso vamos a aprender a controlarla. — Las orejas de Derya tintinearon de emoción al escuchar eso. ¿De verdad iba a poder aprender a manejar el agua? Sabía que muchos gyojins lo hacían, pero ver que ese poder estaba al alcance de su mano la sorprendió. En su mente, solo los gyojins más avanzados aprendían este tipo de técnicas. Quizás es que su maestro ya la veía lo suficientemente preparada. — Vas a necesitar mucha paciencia. Este entrenamiento no requiere fuerza, sino precisión, destreza, constancia, control. Pero una vez que lo domines se abrirá ante ti una poderosa corriente que te conectará directamente con tus ancestros. — Derya respiraba hondo, intentando calmar las ganas que sentía. — Ahora, meditemos juntos. — El gyojin se sentó con ella y ambos estuvieron en silencio, meditando juntos durante una media hora.
— Abre los ojos. — Fue la señal que su maestro le dio para saber que la meditación había llegado a su fin. — Ahora, obsérvame. — El tortuga se puso de pie, giró su cuerpo hacia el costado derecho y extendió ese mismo brazo hacia la arboleda que rodeaba y protegía el santuario. Extendiendo los dedos de su mano y concentrándose momentáneamente, consiguió crear en el aire una pequeña y única gota de agua, completamente redonda que parecía flotar libre de toda gravedad, sometida únicamente a la voluntad de su maestro. Entonces la gota salió disparada, rápida como una bala, hacia uno de los árboles. Los ojos de Derya siguieron el trayecto del proyectil azul para finalmente ver cómo había dejado un buen agujero en el tronco de aquel árbol que le atravesaba de principio a fin. Todo había sido tan rápido que Derya tardó un poco en reaccionar. Pero enseguida sonrió. — ¡Es increíble, maestro! — La joven se puso de pie, deseando empezar. — Si consigues crear una gota, más adelante podrás controlar mares enteros. — Los ojos de Derya brillaban, resplandecían con el reflejo del sol. Ya se imaginaba a sí misma moviendo olas enteras de mar para aplastar a sus enemigos, o partiendo mares en dos. Era un poder tan increíble, no podía compararse a ninguna otra cosa. — Estoy lista, maestro. — Y agachó su cabeza en señal de respeto. Kang asintió. — Muy bien, joven. Sígueme. — Ambos llegaron a la zona trasera del patio, donde encontraron un pequeño estanque. No había peces debido a su tamaño, pero sí que había alguna ranita con sus nenúfares, que salió corriendo al notar la presencia del par de gyojins que se acercaban. — Esta técnica consiste en manipular la humedad que hay en el aire para poder concentrarlo en un mismo punto, creando así una única gota de agua que puedes proyectar hacia donde quieras. — Derya asintió, atenta. — Pero antes de que puedas hacer eso, vas a aprender a manipular el agua que ya está formada. Usa este estanque para ello. Concentrate en cada una de las gotas que lo componen y únelas en tu mano. Entiende su composición, comprende su elemento, cómo funciona, cuánto pesa, la densidad que tiene... Hazte con ella y contrólala. — Aquellas palabras denotaban tanto poder, tanta fuerza. Derya entendió que aunque aquella técnica no fuera física, le iba a costar mucho más dominarla que la anterior. Frunció el ceño, llena de determinación, y asintió de nuevo. — Lo conseguiré, maestro. — Así se despidió de él, pues el gyojin tortuga decidió dejarle intimidad para que pudiera concentrarse, retirándose de nuevo a su casa.
Ahora sí, estaba a solas, sentada frente aquel pequeño estanque, con todo el tiempo del mundo para conseguir formar una gota de agua en sus manos manipulando la que había ya delante suya. Respiró hondo y extendió su mano derecha hacia delante, dejándola encima de la superficie del agua. Su palma se mantenía unos quince centímetros por encima, dejando un pequeño espacio entremedias donde intentaría crear la gota. Cerró los ojos. No sabía muy bien cómo tenía que proceder, cómo era el proceso en sí. Estaba claro que conseguiría hacerlo gracias a concentrarse mucho, pero... ¿en qué tenía que concentrarse? Su maestro Kang le había dicho que se centrase en la composición del agua, que imaginase cada átomo, cada pequeña gota que en su conjunto formaba el estanque. Al final era parecido a la meditación que había prácticado con él en diferentes ocasiones. Se concentró en evadirse del resto del mundo, olvidándose de todo lo que la rodeaba. Gracias a que hacía poco había meditado con el gyojin un rato, le fue más fácil volver a entrar en aquel estado de aislamiento. Sin embargo, tampoco tenía que evadirse del todo, pues tenía que adentrar su mente dentro del agua. Iba a ser un ejercicio difícil, tenía que encontrar una fórmula que le viniese bien para sentirse otra molécula más dentro del estanque.
Su mente, que estaba completamente en negro al tener los ojos cerrados, visualizó entonces que toda su visión se volvía de color azul. Imaginó que su cuerpo estaba suspendido en medio del mar, como tantas veces había hecho ya, era un sentimiento familiar así que no le costó mucho volver a sentirse dentro del agua. En su cabeza, empezó a nadar, pero ya no era ella, sino que se imaginaba a sí misma como un ente que flotaba y se dejaba llevar por las ondas del agua. Era mucho más pequeña, y cada vez se fue haciendo más y más pequeña, hasta volverse del tamaño de un granito de arena. Desde esa perspectiva podía ver la separación que existía entre cada gota. El agua no era una masa uniforme, era la unión de muchas, muchísimas pequeñas esferas. Derya podía pasearse entre ellas, podía mirar a través de ellas y si las tocaba se volvían pesadas de repente. Nunca estaban quietas, cualquier ligero movimiento del exterior hacía que se movieran hacia un lado o hacia el otro. Una hoja de uno de los árboles cercanos aterrizó sobre el estanque, y Derya sintió, en su enano cuerpo de ente flotante, cómo la onda se proyectaba a través de todas esas esferas azules medio transparentes. Cómo se acoplaban a la forma de la hoja, que era gigantesca desde su perspectiva, y cómo ésta era el epicentro de una serie de olas que se provocaron por la fuerza del choque. Una pequeña brisa pasó y también pudo sentir como cada molécula del agua era arrastrada por la fuerza de la naturaleza. Cuando quiso darse cuenta, ella misma había dejado de ser un ente intruso en aquella armonía de esferas para transformarse también en una de ellas. Era una más, moviéndose a la voluntad de los elementos que interactuaban con ella y el resto de esferas.
Por un segundo sintió que lo iba a conseguir. Se había adentrado tanto en aquella ilusión, que cuando salió de su imaginación se dio cuenta de que empezaba a notar un cosquilleo en la palma de la mano. Abrió los ojos, emocionada al pensar que igual estaba formando ya la gota de agua sin darse cuenta. Pero no. No había nada. La mujer suspiró, no iba a ser tan sencillo, no iba a poder conseguir hacer eso en un día. Llevó el brazo a su posición normal, pegado al cuerpo, para descansarlo un poco y miró al cielo. Ya era de noche. Se había pasado horas dentro de aquella meditación y no se había ni enterado, normal que el brazo le doliese después de estar tanto tiempo en suspensión. Pero dentro de ella notó que se había quedado cerca de conseguirlo, que estaba a las puertas de poder pasar la primera prueba. Se levantó, le dolía incluso los glúteos de estar tanto tiempo sentada sin moverse, y se dirigió al interior de la casa del maestro. Le encontró degustando un cuenco de fideos con verduras, sentado en su pequeña mesa de té. Había otro cuenco igual frente a él junto con un vaso de agua. "No merezco la suerte que tengo", pensó Derya al ver la escena. Se sentó con él a cenar mientras pensaba en toda la gente buena que la rodeaba y que convivía con ella día a día. — ¿Cómo te ha ido? — Preguntó la tortuga. Ella sonreía mientras intentaba no acabarse el cuenco de fideos demasiado rápido. — Creo que estoy cerca, maestro. — No quería sonar demasiado confiada, pero si volvía a introducirse en aquella ilusión más veces, notaba que no tardaría en conseguirlo. — Me he visto a mí misma como otra molécula más del agua. Era parte de ellas, sentía cada leve de brisa, cada onda provocada en la superficie, sentía la densidad y la suspensión. Era tan real. — Se explayó, intentando explicar los avances que había conseguido. — Es que es real, joven. Solo hay que prestar atención. — Sonrió. Ella asintió. — Sigue así, vas bien. — Aquellas palabras calentaron su corazón. Al principio se sintió perdida, y ver que había encontrado la senda que debía seguir la reconfortó. Terminaron de cenar, limpiaron los cuencos y el maestro Kang le enseñó lo que había en la otra habitación. Efectivamente, era un cuarto para acoger invitados, había un futón en el suelo y una pequeña luz al lado. Se despidieron y Derya se metió entre las sábanas para dormir. Hasta que cerró de nuevo los ojos no se percató de que no le había dolido la cabeza en todo el día. Quizás fuera la meditación la que la había calmado, pero era reconfortante poder pasar veinticuatro horas sin dolores y sin tener que recurrir siempre a bañarse en el mar.
La mañana siguiente desayunó una nectarina que provenía de uno de los árboles cercanos y se apresuró a volver al estanque. Estaba ansiosa de ganas de continuar por donde lo había dejado. Ese estado nervioso y emocionado hizo que le costase un poco más volver a la meditación, pero no pasaba nada, no tenía prisa ninguna. Al rato, consiguió retomar la ilusión por el mismo sitio donde la había dejado el día anterior. Decidió que el próximo paso sería ver cuánto tiempo podría aguantar manteniendo esa imagen, esa sensación. Al cabo de un par de horas, una de las ranitas que huyeron cuando ella llegó, se fue acercando poco a poco de nuevo al agua. Al notar que la presencia intrusa no se movía ni reaccionaba a lo que ocurría a su alrededor, los pequeños animalitos que convivían por ahí se confiaron y empezaron a pasearse por el estanque, perdiendo el miedo que le tenían a Derya en un principio. La rana dio un salto y se metió en el agua. Su cuerpo esférico notó el impacto del cuerpo del anfibio contra ella. Cada movimiento de sus patas hacía que ella y todas sus hermanas esferas se movieran también, empujadas, siguiendo la voluntad de la rana. Pero aquello no rompió su concentración. Ahora ella no era una gyojin llamada Derya, era parte de ese estanque. En la palma de su mano derecha se fue formando, sin ella darse cuenta, una gota de agua que flotaba en el espacio que había entre su piel y la superficie. Inicialmente era muy pequeña, casi imperceptible, pero cuanto más aguantaba su meditación, más grande y gordita se iba haciendo. Su mente trasladaba el agua ya creada del estanque hacia su mano. En su cuerpo notó que algo estaba cambiando, notó una energía en su palma que no pudo ignorar, así que abrió los ojos y lo vio. Lo había conseguido.
Los cuatro días siguientes los pasó ahora en el patio principal, sin la presencia del estanque para ayudarla. Ahora no podía usar el agua que éste le proporcionaba, sino que tenía que meter su conciencia dentro de las moléculas de agua que había en el aire y que humedecían el ambiente. Sí, era un ejercicio mucho más difícil, pues ya no contaba con el apoyo que le daba estar rodeada de gotas tangibles de agua. Ahora las gotas flotaban por todos lados, dispersas y caóticas. Tenía que buscar la forma de convertirse en una de ellas, pero sin pegarse a ellas. Y ahora los elementos exteriores interferían en su hábitat mucho más que cuando era parte del estanque. Siendo una más con el aire, cualquier mínima brisa que levantaba el batir de alas de una mariposa interferían con su cuerpo esférico, cualquier suspiro, susurro, hacían que su ente se trasladase a saber dónde. No había límites de a dónde podía llegar a parar. Aquello la desconcentró alguna que otra vez, rompiendo la meditación y teniendo que volver a retomarla donde la había dejado. Fueron cuatro días un poco frustrantes, era bastante más difícil reunir el agua suficiente para formar una gota cuando éstas estaban tan dispersas entre sí. Su maestro le dio algunos consejos, aunque siempre eran algo crípticos. Al final lo que estaba recorriendo era un viaje interior, y poca ayuda se podía prestar para algo así. Pero el quinto día lo consiguió. Estaba de pie, con los ojos cerrados y el brazo derecho en alto, apuntando hacia el árbol que anteriormente su maestro había atravesado cuando en su palma empezó a formarse, muy poco a poco, una enanísima gota de agua. Lo estaba notando, estaba siendo consciente de que lo estaba logrando, así que se procuró de no perder aquella concentración y seguir reuniendo gotas para poco a poco ir haciéndola más y más grande. Con miedo, abrió uno de los ojos lentamente y miró al frente. Ahí estaba, una gota de tamaño perfecto. Ahora todo lo que le quedaba por hacer era... — ¡Uchimizu! — La gota que tanto le había costado formar salió disparada hacia delante a una velocidad tremenda, dejando otro agujero en el tronco del árbol. Derya no se había dado cuenta de que el gyojin tortuga llevaba un rato observándola con una sonrisa. Cuando ésta lo consiguió, empezó a gritar y a dar saltitos de la emoción, entonces fue cuando vio que Kang estaba allí con ella. Rápidamente fue a por él a darle un gran abrazo.
Aprovechó que aún era de mañana para hacer la última comida con él antes de irse. Entre los dos prepararon una buena ensalada, llena de fruta y verdura y mientras se bebían otro té charlaban de la vida y de cosas sin importancia. Era justo lo que necesitaba, después de tantos días de intensa meditación y concentración mental, ahora solo le apetecía hablar del tiempo, de música, reírse un poco, y no pensar en nada. Después de la comida, ambos salieron de la casa. Era hora de despedirse. A Derya le pesaba en el corazón, porque sabía que pronto se irían de aquella isla rumbo al Grand Line, por lo que seguramente no volvería a verle... En muchísimo tiempo. No quería ni pensar en ello porque entonces se emocionaría y empezaría a lloriquear como una niña. Aquellos días le había cogido mucho cariño a aquella tortuga hermitaña, y sentía que era mutuo. — Sigue entrenando, joven. Veo en ti el poder que los primeros de nuestra raza, auténticos luchadores y sabios guerreros. No pierdas la senda y llegarás muy lejos. — De nuevo se abrazaron. — No le olvidaré, maestro. — Ella ya estaba empezando a emocionarse. — No te despidas, confío en que volveremos a vernos. — Ambos sonrieron, y antes de que ella se pusiera a llorar, se dio media vuelta y puso rumbo al mar, de vuelta por donde había venido. Le daba pena, pero no podía mirar atrás, no podía anclarse en ese sentimiento. Lo que se avecinaba en su futuro era muy grande y tenía que estar preprada. Empezaba una nueva etapa de su vida.
