Parte II: Un sabor nuevo en una vida repetida [PASADO | Uker]
#1
》》》Venimos de aquí


La noche llegó sin pedir permiso: primero en los bordes de las hojas, después en los ventanales, y por último en la casa misma, que empezó a reflejarse hacia adentro como si también quisiera mirarse. Para cuando terminé de acomodarme el cabello por tercera vez, el cielo ya era una tinta pareja y la finca había cambiado de respiración.

El polvo de las viñas había dejado su rastro en mí. No era visible —no tanto— pero se sentía en la piel, en la textura mínima del cuello, en el cansancio tibio de los hombros. Me había lavado, sí; lo justo para que la frescura no pareciera esfuerzo. Cambié los zapatos por unos más altos, más inútiles, y por eso mismo más apropiados. El vestido claro seguía siendo el mismo, aunque ahora las telas caían con otra intención. El día había sido campo; la noche pedía escena.

Frente al espejo no busqué verme más linda. Busqué verme más precisa.

Un broche distinto. El cabello un poco más recogido. Labios apenas más definidos. Nada exagerado: la exageración pertenece a quien necesita atención; yo solo necesitaba dirección.

Bajé cuando ya estaban encendidas las lámparas del vestíbulo. La luz cálida hacía que el mármol pareciera menos frío y que la madera respirara. Mi madre estaba allí antes que yo, naturalmente. Siempre llegaba antes a los lugares donde nada había empezado todavía.

— Llegas justo a tiempo — dijo, sin girar del todo la cabeza.

— Siempre — respondí.

Se permitió mirarme entonces, con esa evaluación silenciosa que nunca era crítica ni elogio: era inventario. En su mundo, cada detalle tenía función. Ajustó apenas un pliegue en la caída del vestido como si corrigiera la alineación de un cuadro.

— Mejor — concedió.

No era aprobación. Era armonía alcanzada.

Desde afuera empezó a oírse el movimiento: primero ruedas sobre grava, luego puertas, voces que se acomodan el tono antes de entrar a un lugar ajeno. La casa se preparó con nosotros; el aire cambió, más atento, menos doméstico.

La primera pareja cruzó el umbral con sonrisas medidas. Mi madre habló primero —siempre primero— con esa cordialidad impecable que no promete cercanía pero tampoco la niega. Yo acompañé medio paso detrás, lo suficiente para no competir con mi altura, ya que la sobrepasaba por poco más de medio metro, ni desaparecer.

— Bienvenidos — dije cuando llegó mi turno natural, sosteniendo la mirada lo suficiente para que cada uno sintiera que la frase era personal y no parte del decorado.

Manos estrechadas. Presentaciones repetidas con pequeñas variaciones. Nombres que no iba a recordar todavía, pero sí las formas: el que aprieta demasiado fuerte, el que mira alrededor mientras habla, el que calcula la altura del techo antes de responder. Los negocios empiezan mucho antes de mencionarse.

Llegaron más.

El vestíbulo empezó a llenarse con murmullos superpuestos, perfumes distintos, telas que sonaban al moverse. Una corriente suave de conversaciones sin contenido real: viajes, clima, trayectos largos, la belleza del lugar. La belleza siempre es un tema seguro cuando nadie quiere decir aún lo importante.

Mi madre manejaba el espacio como quien conoce cada corriente invisible. Introducía personas, cortaba diálogos demasiado extensos, guiaba sin que pareciera dirección. Yo observaba los intervalos. Quién se aburría primero. Quién buscaba vino antes de que se ofreciera. Quién se acercaba a mí en lugar de a ella.

— El señor Bel-Nadin llegará enseguida — anunció mi madre a un hombre que miraba el reloj sin disimulo.

— Por supuesto — respondió — No hay prisa.

Siempre hay prisa. Solo cambia quién la siente.

A través de la gente, como si quisiera encontrar refugio un instante antes de que el aburrimiento se atiborrara como los cuerpos, vi movimiento hacia la cocina: bandejas preparándose, copas alineadas, la coreografía previa al servicio. Reconocí el ritmo antes que las caras. El día no había quedado atrás; solo había cambiado de ropa.

Un invitado comentó algo sobre la extensión de la finca. Asentí.

— De día parece más grande — dije— De noche se vuelve más clara. Es todo un tema.

No entendió del todo, pero sonrió igual. La gente suele sonreír cuando no quiere pedir explicación.

Mi madre me lanzó una mirada breve: no de advertencia, sino de registro. Sabía que yo no hablaba para rellenar silencio sin sentido, sino para medirlo.

Las puertas volvieron a abrirse y entró una pequeña corriente de aire frío junto con los últimos invitados importantes. El vestíbulo alcanzó su punto exacto de densidad: suficiente ruido para disolver individualidades, suficiente calma para que cada gesto cuente.

El reloj marcó la hora acordada casi al mismo tiempo que los pasos de mi padre resonaron desde el corredor principal. No necesitábamos verlo aún; la gente empezó a acomodarse sola, como si la casa hubiera inhalado.

— Ahora sí — murmuré apenas, sin expectación, solo esperando la alineación de las cosas.

Me mantuve en mi lugar, uno ya preestablecido desde que tenía catorce años: al lado de mi madre. Las noches de negocios no se tratan de protagonismo sino de permanencia; ser parte del paisaje hasta que alguien decide mirarlo.

Y mientras las conversaciones encontraban su cauce verdadero y las primeras copas cambiaban de mano, el tumulto comenzaba a dirigirse hacia el comedor, donde la noche germinaría.


Referencias visuales
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#2
- ¡¡Muy buen trabajo todos!! -. Dio dos palmadas al aire, atrayendo la atención del resto de cocineros y trabajadores que se encontraban en la sala con él. - Pueden descansar. No se olviden de los turnos cada 15 minutos -. 5 personas a cargo de servir y ofrecer bebidas y alimento ligero a los invitados, en rotación de personal cada 15 minutos, mientras que los cocineros con más tiempo trabajando en ese lugar se mantenían alerta por si algo necesitaba ser cambiado o arreglado durante la noche. - Disfruten de la noche mientras no trabajen, pero no lleguen tarde a sus turnos -. Tras decir eso, dejó que los demás hicieran de las suyas, pues el trabajo más pesado estaba terminado.

Tuvo que recostarse en una de las mesas cercanas, ya limpia luego del trabajo de limpieza que realizaron entre todos. Tomó aire, suspiró, cerró los ojos y notó lo cansado que estaba, pues tuvo que esforzarse para abrir de nuevo los párpados. Fue hacia una de las canillas y se echó agua en la cara, con cuidado de no empapar su camisa, que se encontraba a medias de ser un desastre y no existir en su torso. Le había desabotonado un par de botones superiores en cuanto la temperatura de la cocina fue insoportable, entre tanta gente y el calor de las hornallas no se podía existir. Echó la vista atrás y vio a varios cocineros aún en ese lugar, aquellos que debían quedarse por si acaso, compartían una charla sobre más o menos los mismos temas que aquejaban al joven, con algunos platos de una comida rápida que hicieron para no terminar desmayados durante el trabajo.

Eran adultos, gente que se conocía de hace tiempo, no le hablaban más que para temas profesionales, por lo que él tampoco se les había acercado. En ese lugar estaba solo, no había nadie que le hablara por voluntad propia o quien lo conozca y se acerque a saludar. Estaba Asherah, al menos ese mismo día habían tenido una buena charla, pero no podía simplemente ir y hablarle casualmente a la hija de su jefe en medio de una reunión importante.

- Necesito un cigarrillo -. Fueron sus débiles palabras mientras abandonaba la cocina por la puerta que los invitados desconocían, pues sólo le separaba un pasillo del patio interior del lugar. En cuanto cruzó las puertas hacia el exterior, el frío de la noche lo acotó, pero el pelinegro lo recibió con gusto, incluso con su rostro aún húmedo. Detestaba el calor, así que sentir un poco de frío no le vendría mal.

Sus manos fueron hacia su bolsillo, aquel donde guardaba su caja de cigarrillos y su mechero. Sin mucho ánimo, sacó uno de la cajetilla y lo colocó entre sus dientes, presionando levemente para que no se cayera mientras lo encendía. Aspiró un poco y dejó salir el humo, solo moviendo el objeto para tirar los restos en un cenicero bastante lujoso, a la vez que bastante feo a su parecer. - Si así van a ser todos los días, debería acostumbrarme o voy a terminar… no voy a terminar directamente -. Puso su brazo sobre sus ojos, intentando taparlos para tener aún más oscuridad y descanso. Le habían dicho que no trabaje, que había hecho mucho y había estado realizando tareas desde que el almuerzo terminó, sin descanso. Estaba acostumbrado a un ritmo alto, pero si lo hacía todos los días iba a terminar explotando, por lo que aceptó el descanso con algo de mala gana.

Levantó la vista, fijándose en una de las ventanas que le dejaba ver el interior, un poco de la aglomeración de gente. Todos con sus ropas finas y porte elegante, no necesitaba escucharlos para saber que medían sus palabras como si hablar de más les quitara dinero de su billetera. Podía pasar desapercibido entre ellos, incluso si decidiera actuar como algo más que un simple trabajador, pero en esos momentos agradecía el no tener que estar ahí dentro. Una cabellera rubia cruzó por su mirada, despertándolo del trance y logrando que notara de quien se trataba: la propia Asherah.

Lo meditó un segundo, una pequeña idea que se le vino a la mente. Su mano no hábil tomó el cigarrillo y lo presionó contra el cenicero, dejando los restos sin terminar en ese mismo lugar. Volvió sobre sus pasos hacia la puerta, y de esta hacia la cocina. Lavó sus manos en el mismo lugar donde antes se había mojado la cara, se dirigió a un cuenco metálico y observó su interior, lleno de una gran diversidad de frutas, todas cortadas en trozos. Con las manos limpias, preparó un plato y comenzó a seleccionar algunos trozos, sobre todo de frutos rojos, pero siempre manteniendo la diversidad. En menos de un minuto ya tenía frente a él un arreglo de frutas, una decoración comestible que podría pasar como uno de los platos de la cena de esa noche. Sonrió, levantó su creación y se dispuso a volver al patio interior.

En poco tiempo ya estaba frente a la ventana que antes había usado para ver algo de la fiesta. Asherah seguía ahí, al parecer sola, por lo que su plan podría salir bien. Con su mano libre dio un par de golpes suaves en el cristal, queriendo que solo la joven lo escuchara. Por un momento asumió que unos golpes tan débiles no iban a llamar la atención de la mujer, mucho menos si adentro estaban escuchando música, pero ella no tardó en mirar en subdirección y acercarse. - Buenas noches, señorita -. Tuvo que esperar a que ella abriera la ventana para permitirle hablar, con el tono formal que habían acordado mantener siempre que fuera posible que los escucharan. - La cena tardará un poco más en servirse, según los deseos de su padre, por lo que pensé que tal vez podía tener hambre -.

Al decir esto, acercó a ella el plato que en manos del humano parecía más una bandeja de mesero que otra cosa, llevando en este el arreglo que preparó antes. - Lo hice pensando especialmente en usted, pero puede colocarlo en la tercera mesa que vea tras pasar la puerta a su derecha -. Si, él también se había encargado de acomodar todo lo que tenga que ver con comidas. - Ahí debería haber frutas frescas y cosas relacionadas a eso, así que este detalle no va a desentonar -.
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#3
El salón ya había dejado de ser presentación para convertirse en espera.

Las copas circulaban con una naturalidad ensayada, las risas subían apenas un tono por encima de lo necesario y los aperitivos cumplían su función principal: ocupar manos que no sabían todavía dónde apoyarse. Mi padre hablaba con la soltura de quien mide resultados incluso mientras sonríe; mi madre orbitaba entre grupos, sosteniendo la armonía como si fuera un objeto físico que no podía permitirse caer.

Yo había estado exactamente donde correspondía durante el tiempo exacto.

La espalda recta. La sonrisa calibrada. El mentón apenas elevado, como si el aire mismo tuviera que pedirme permiso para tocarme. Saludé, asentí, escuché comentarios que no pedían respuesta real. Repetí nombres, sostuve miradas, ofrecí observaciones lo suficientemente neutras para que nadie sintiera distancia y lo suficientemente breves para que nadie confundiera cercanía.

Podría hacerlo con los ojos cerrados. Y quizá ese era el problema.

Pero llega un punto en que la atención ajena deja de ser interacción y pasa a ser iluminación. Y la iluminación cansa. No porque queme como un factor físico, sino porque no parpadea nunca.

Sentía el peso del peinado tirante en la nuca, el roce medido del vestido sobre la piel aún sensible por el viento de la tarde en las viñas. Me había retocado el maquillaje y había vuelto a ser impecable. Pero por dentro algo seguía desordenado, como una copa apenas corrida de lugar que nadie más nota.

Esperé el momento correcto —porque siempre hay uno— en el que mi ausencia no generara pregunta inmediata. Dos invitados se enfrascaron en una anécdota compartida, mi madre interceptó a un tercero antes de que me buscara y mi padre levantó su copa para marcar una transición hacia el comedor.

Ahí me deslicé.

No escapé. Simplemente dejé de estar en el centro.
Los ventanales del lateral daban al patio interior. Afuera, la noche era más clara: aire frío, oscuridad sin intención social, silencio sin expectativa. Apoyé apenas la yema de los dedos contra el vidrio. El contraste térmico borró el calor de la sala de mi piel como si alguien bajara el volumen de golpe.

Respiré.
No profundo. Solo distinto, y me volteé provocando un leve tremor de mis alas.

Sentí cómo los hombros descendían un milímetro. Cómo el gesto dejaba de estar sostenido por obligación. Desde ahí la música llegaba amortiguada, irrelevante. Las conversaciones se volvían murmullos sin contenido. La casa, vista desde ese borde, recuperaba escala mundana. No tenía que significar nada para nadie durante unos segundos.

Hasta que golpearon el cristal.

Giré la cabeza sin sobresalto. No por anticipación concreta… pero tampoco por sorpresa. Como si una parte de mí hubiera estado esperando que algo —o alguien— interrumpiera esa suspensión.

Entonces me acerqué lo suficiente para distinguir la silueta de Uker y abrí la hoja de vidrio apenas lo necesario.

El aire frío entró primero, erizándome la piel de los brazos. No me moví para cubrirme.

Lo miré un segundo antes de responder. Su presencia pertenecía a otro ritmo, uno que la noche todavía no había domesticado del todo. No tenía el brillo barnizado del salón; tenía textura.

— Buenas noches — contesté en el mismo tono, por si alguien cerca decidía escuchar más de lo debido.

Explicó el motivo, acercando la bandeja. Bajé la vista hacia el plato. No al conjunto primero, sino al detalle: cortes limpios, proporción pensada, ningún exceso. Nada gritaba ni suplicaba atención. Era casi… discreto.

Apoyé una mano en el marco de la ventana, inclinándome apenas hacia afuera para tomarlo. El corsé invisible de la etiqueta me obligó a moverme con precisión. Sentí la tela tensarse en la cintura, el aire frío colándose por el escote. No del todo; lo suficiente para acortar la distancia sin anularla.

— Mi padre siempre cree que retrasar la comida aumenta el apetito por la conversación — murmuré, observando la fruta como si estuviera evaluando una inversión — A veces funciona. La gente habla más cuando tiene algo que esperar. Es todo un tema.

Levanté la vista hacia él, suspirando corto.

— A mí me agota.

No lo dije como queja infantil. Lo dije como diagnóstico de la situación.

Sostuve la bandeja unos segundos sin moverme, evaluando la escena desde ambos lados del vidrio: él en la penumbra abierta, yo en la luz controlada. La línea del marco separándonos como si fuera una frontera diplomática.

— No es hambre lo que siento ahora — aclaré, bajando apenas la voz — Es saturación. Demasiadas frases que no significan nada. Demasiadas sonrisas que pesan sin importancia.

Tomé un trozo de fruta sin mirarlo mientras lo hacía y me lo llevé a la boca. Sentí el jugo ácido romper la dulzura acumulada del vino social —ese que uno bebe sin beber— y cerré apenas los ojos un instante mínimo, casi imperceptible.

— Mejor — dictaminé, con una media sonrisa — Esto al menos es honesto... rico, dulce y sin mentiras.

Apoyé el hombro contra el marco, ya menos rígida. Lo miré con una franqueza apenas más directa.

— ¿Te escapaste o te soltaron? — pregunté, ladeando la cabeza — Porque si te mandaron, es estratégico y poco ortodoxo. Y si viniste por cuenta propia… es interesante y elocuente de tu parte.

No era reproche ni ironía. Era distinción y curiosidad.

El murmullo del interior subió apenas: estaban ya la mayoría situados en el comedor. El tintinear de las copas marcaba la transición. Tenía poco tiempo antes de volver a ser requerida, antes de que alguien notara que la hija correcta no estaba en su sitio exacto.

Mis dedos jugaron con el borde de la bandeja, casi inconscientes.

— Podría llevar esto a la mesa, integrarlo al ritual. Servirlo con una frase elegante y una mirada medida.

Una pausa.

— Pero eso lo convertiría en parte de la noche. Y no creo que lo hayas hecho para eso.

Mi mirada descendió un segundo a sus manos, luego volvió a sus ojos. Era evaluación e interés contenido.

— Cinco minutos — añadí, casi como si negociara un tratado y tomaba otro trozo de fruta — Después vuelvo a existir oficialmente.

Incliné apenas el cuerpo hacia afuera, dejando que el aire frío me envolviera por completo esta vez, comiendo el bocado... que por cierto, me encantaba con todos los frutos rojos que contenía.

— Aprovechalos — murmuré con lisonja — No suelo concederlos.
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#4
El agotamiento proveniente de mantenerse fingiendo lo que uno no es, podía comprenderlo, pero solo hasta cierto punto. En Flevance no debía fingir nada, era un niño además, cuando fue encontrado por su maestro tampoco lo obligaron a participar en eventos sociales así, pese a que no eran poco frecuentes. Él se recluía a sí mismo en su sala de entrenamiento, lejos de las risas y de los festejos, lejos de las charlas y los ojos que podrían juzgarlo. Ahora, como cocinero, no era normal trabajar en lugares así, y tampoco pedían de él que fuera como esos ricachones, solo debía cumplir su trabajo y no mostrarse. - Debe ser difícil -. Palabras que salieron de su boca con sinceridad, pues no podía juzgar la vida de otros sin comprenderla.

Sus manos fueron a su cintura mientras escuchaba la pregunta hecha por la mujer, en un gesto de relajación por su parte. - ¿Me soltaron? -. No había escuchado una frase así en la vida, pero comprendía el significado. - ¿No cree que, si esto hubiera sido mandado por alguien, hubiera sido mejor hacerlo frente a todos? Si le hablo ahora es por voluntad propia, y porque asumo que no tenemos mucho tiempo para charlar antes de que tenga que volver a su papel -. Sonrió, seguro, confiado, manteniendo su mirada en los ojos celestes que también lo observaban a él. ¿Lo estaba evaluando? Tal vez quería asegurarse de que lo que hablaron esa mañana fue real y no inventado.

- Efectivamente, es algo hecho pensando específicamente en usted, no era para que los demás invitados lo degustaran -. Hizo una reverencia exagerada, una pequeña broma entre ellos para liberar un poco de la tensión que se creaba por tener que ser formal con ella. - Solo le di esa alternativa por si usted prefería desligarse de problemas por recibir algo así. No se como se tomarían esto sus padres, por lo que soy precavido -.

Un poco de silencio, ambos necesitaban tomarse un tiempo para volver a ser ellos mismos, alejarse momentáneamente de los roles que debían cumplir. - 5 minutos… -. Eso resonó en su cabeza. Agachó la mirada y llevó su mano a la barbilla, pensativo. Había algo que quería preguntar y no sabía si era el momento adecuado, pero el comentario de la muchacha sobre no desaprovechar la oportunidad lo llevó a no guardarse. - Quisiera saber… el almuerzo, mi platillo. Escuche de los trabajadores que sabía muy bien, a su padre y madre también le agradó mucho -. Volvió a elevar su rostro mientras hablaba, buscando el de ella para no parecer desinteresado. - Pero no supe si fue de su agrado, me gustaría tener su opinión para saber si la elección de sabores es correcta -. Excusas profesionales para hablar con ella, pero era verdad la parte de conocer su opinión.

Por alguna razón, le parecía de suma importancia conocer lo que ella sentía sobre su comida.

Pero no hubo momento para escuchar una respuesta, pues el destino le tenía preparado otra cosa. - Rackham, ¿estas aquí? -. Una voz femenina irrumpió en la tranquilidad de la noche, logrando que el cocinero girara su cabeza hacia la salida de la cocina, aquella por la que había cruzado para llegar a ese patio. Ahí, una de las trabajadoras del lugar asomaba su cabeza por la puerta abierta, buscando con la mirada por la habitación, hasta que dio con él y se acercó con prisa. - ¿Sucede algo? ¿La receta debe cambiar? -. No preguntó si la receta estaba mal, confiaba en su capacidad de hacer bien las cosas, pero tal vez los planes habían cambiado. - No es eso Rackham. Dijeron que tu vives en esta isla, así que debo preguntarte si conoces algún cantante al que podamos llamar -.

El chico dejó que su cabeza cayera un poco hacia un lado, algo sorprendido por la pregunta. - Lo siento, solo hace 3 semanas que vivo en la isla, no conozco a nadie ni sus profesiones -. La respuesta hizo que la mujer se enloqueciera más, comenzando a dar vueltas en círculos y murmurando algo. “cantante”, “música”, “¿qué haremos?”, eso fue lo poco que pudo deducir, por lo que decidió intentar dar una mano en lo que podía. - Yo se cantar bastante bien, ¿acaso necesitan que afine algo o enseñe a…? -.

No hizo falta que terminara la frase antes que la sirvienta se abalanzara de nuevo a hacer preguntas. - ¿En verdad? ¿Puedes cantar? Y dijiste que bien, ¿podrías hacerlo ahora? -. A quien no prestara atención a sus palabras, casi que solo podría escuchar una catarata de letras sin orden ni sentido. - Si, creo… De nuevo, ¿qué es…? -. Su brazo fue tomado ni bien su respuesta fue afirmativa, para en segundos estar siendo arrastrado por la mujer en dirección a la puerta por la que llegó. - Perfecto. Nuestro cantante principal no se presentó y no está atendiendo llamados, así como tampoco otros músicos, por lo que tendrá que cantar en la reunión -.

Los ojos del cocinero se abrieron como platos. Echó la mirada atrás y suplicó con los ojos a Asherah que hiciera algo, pero ya era tarde. En pocos segundos, la puerta que llevaba al patio interior se cerró a sus espaldas, y él se encontraba corriendo, siendo guiado por la mujer hacia quien sabe donde.

*****************

- ¿Están seguros que esta camisa está bien? -. Esa era su preocupación, mientras que un par de trabajadores se encargaban de arreglar sus prendas y que no se notara lo rápido del cambio de planes. - Solo es una canción antes de la cena, nadie notará nada con el chaleco por encima -. Si, le habían dado un chaleco negro, uno que iba a juego con los que se encargaban de tocar instrumentos, pero él se diferenciaba al llevar una camisa color granate. Los instrumentistas le dieron palabras de ánimo, incluso le preguntaron si prefería algún estilo de música para cantar, solo recibiendo una respuesta del estilo “me adaptaré”.

En cuanto todos los comensales, o la mayoría, hubieran tomado un lugar en la gran mesa, el espectáculo dio inicio. La banda avanzó hacia sus instrumentos, colocándose en el lugar y esperando a todos para comenzar a tocar. Uker fue quien no avanzó, sólo debía aparecer en cuanto fuera a cantar, y la verdad era que necesitaba escuchar el ritmo de la canción antes de poner una letra en su cabeza.

Los instrumentos comenzaron a sonar y justo ahí fue que el muchacho pudo sonreír un poco. Reconocía esa canción, su hermano la cantaba para su pareja hace muchos años, por lo que podía quitarse un problema de encima.


Dejó que la canción comenzara antes de aparecer frente al publico, solo dejándose ver luego de cantar un par de palabras. Su voz obtuvo un tono relajado, muy diferente al cocinero dando órdenes o al muchacho charlatán que Asherah pudo haber conocido hasta ahora.

~~
When marimba rhythms start to play
Dance with me, make me sway
Like a lazy ocean hugs the shore
Hold me close, sway me more
~~
Like a flower bending in the breeze
Bend with me, sway with ease
When we dance, you have a way with me
Stay with me, sway with me

Pese a tener que escucharse en una gran sala, podía agradecer a la gran acústica del lugar el no tener que gritar y centrarse en darle sentimiento a la voz.

Other dancers may be on the floor
Dear, but my eyes will see only you
Only you have that magic technique
When we sway, I go weak
~~
I can hear the sounds of violins
Long before it begins
Make me thrill as only you know how
Sway me smooth, sway me now

Parecía otra persona. Un hombre cantándole a ese amor, pidiéndole que no se vaya y que se quede con él, pese a que no existía una persona así para Uker. Lo que si no hacía era bailar, ni nada parecido, pero al menos ocupaba como podía su cuerpo para seguir la letra de la canción (también le ayudaba a adentrarse en un sentimiento que debía expresar y no sentía en verdad)

Other dancers may be on the floor
Dear, but my eyes will see only you
Only you have that magic technique
When we sway, I go weak
~~
I can hear the sounds of violins
Long before it begins
Make me thrill as only you know how
Sway me smooth, sway me now
~~
When marimba rhythms start to play
Dance with me, make me sway
Like a lazy ocean hugs the shore
Hold me close, sway me more

En ese último verso, su mirada dejó de estar perdida en la pared más alejada de él, viendo al frente solo para demostrar sentimientos. Ahora busco con sus ojos a Asherah, queriendo encontrarla entre la gente, logrando su objetivo y sonriendo con confianza y coquetería al notar que seguramente nadie notaría a donde estaba mirando en verdad, más que ella.

Aprovechó un tiempo de la canción sin canto o instrumentos, solo para asegurar esa mirada sobre la mujer y hacerle entender que esperaba que lo escuchara.

Like a flower bending in the breeze
Bend with me, sway with ease
When we dance, you have a way with me
Stay with me, sway with me
~~
When marimba start to play
Hold me close, make me sway
Like an ocean hugs the shore
Hold me close, sway me more
~~
Like a flower bending in the breeze
Bend with me, sway with ease
When we dance, you have a way with me
Stay with me, sway with me

~~
Extendió su mano en la última frase, acompañando a la invitación que la propia canción significaba, como si le pidiera a alguien que bailara con él. Fue ahí que la música terminó, el silencio se apoderó por un momento del lugar y Uker pudo suspirar levemente, agotado más por los nervios que por el propio acto de cantar. - Espero que todos tengan una noche más que agradable -. Una voz suave pero segura, un pequeño guiño a las personas reunidas y la música volvió. Ahora no se trataba de más que acompañamiento para la comida, ya no le tocaba cantar, por lo que se despidió de todos con una pequeña reverencia y de los músicos con un movimiento de cabeza, para dejarlos trabajar.

************

- No se como agradecerle señor Rackham. Nos salvó esta noche -. La mujer de antes lo había acompañado para poder agradecerle lo que hizo, así como para llevarse de nuevo el chaleco que le habían prestado. - No fue nada, en verdad -. El pelinegro terminó de quitarse la prenda prestada y la extendió hacia la mujer, quien agradeció nuevamente antes de marcharse a seguir cumpliendo sus labores.

Uker volvió a quedarse a solas. Ocupó un espejo cercano para reacomodarse el cabello y secarse un poco el sudor de los nervios. Se dio cuenta de que llevaba abotonado el segundo botón superior de la camisa, por lo que aprovecho que no había nadie cerca para desabotonarlo y poder respirar a la vez que sentir algo del frío del ambiente. ¿Lo había hecho bien? La gente no parecía disgustada, así que supuso que sí. De igual manera, no era su trabajo cantar, por lo que no podrían reprocharle nada, ¿verdad?

Asherah ya tenía un conocimiento más sobre él, así como una buena fuente de burlas si quería. Pensar en eso lo hizo reír levemente, para luego hacerlo soltar un suspiro, finalmente calmándose. No iba a verla hasta terminada la reunión, tal vez incluso hasta mañana, por lo que no tenía que preocuparse por eso ahora mismo.
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#5
La calma que había encontrado junto a él no era solo silencio: era una suspensión. Un pequeño pliegue en la noche donde el mundo social dejaba de exigirme forma.

Cuando dijo “debe ser difícil”, no lo hizo con lástima. Tampoco con curiosidad morbosa. Lo dijo como quien reconoce un peso ajeno sin intentar apropiárselo. Y eso —esa distancia respetuosa— me desarmó más que cualquier halago.

Lo miré con una leve inclinación de cabeza, estudiándolo. Sus manos en la cintura, el gesto relajado, la seguridad sin insolencia. No parecía intimidado por mí. Tampoco deslumbrado. Y eso, en mi mundo, era casi una rareza estadística.

— Es difícil — admití, dejando que la palabra cayera sin dramatismo — No por lo que implica… sino por lo que no te permite ser. Es todo un tema.

Deslicé el pulgar por el borde de la bandeja, distraída.

— Desde chica me enseñaron a estar. A ocupar el espacio correcto, en el momento correcto, con la expresión correcta. Es como una coreografía que nunca termina. Y si un paso sale mal… — me encogí apenas de hombros — alguien lo nota.

No expresaba queja. Era inventario.

Cuando respondió a mi pregunta sobre si lo habían “soltado”, una sonrisa casi involuntaria me rozó la boca. Tenía lógica. Y la lógica, cuando es simple, me resulta atractiva.

— Touché — murmuré, divertida — Supongo que subestimé tu capacidad estratégica.

Sostuve su mirada unos segundos más de lo que la etiqueta permitiría. Lo seguía evaluando, sí. Pero no para juzgarlo. Sino para confirmar que lo que había visto esa mañana no había sido una ilusión producto del aburrimiento.

Cuando hizo aquella reverencia exagerada, no pude evitar una risa breve pero auténtica.

— Hhh-heh-hhh~ Cuidado — le advertí en tono bajo — Si alguien te ve inclinándote así frente a mí, van a pensar que ya estás negociando algo.

Lo dije ligera, pero mis ojos sostuvieron la broma con una chispa distinta.

— Aprecio la precaución — añadí luego, más seria — Mis padres no suelen tolerar gestos que no hayan sido previamente autorizados.

La frase flotó entre nosotros con un peso apenas mayor al esperado.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue necesario. Sentí el frío entrar por el escote y recorrerme la clavícula como una caricia necesaria. Mis hombros ya no estaban tensos; mis alas, quietas, se acomodaban con una respiración más natural.

Cuando mencionó el almuerzo, lo observé con atención renovada. No era una pregunta superficial. Había algo genuino en su necesidad de saber.

Incliné apenas la cabeza, dispuesta a contestarle de la manera más honesta.

Pero el destino no respeta los cinco minutos pactados.

La voz femenina irrumpió como una piedra en el agua quieta. Observé la escena casi sin parpadear: la urgencia, el caos, la palabra “cantante” flotando en el aire como una desgracia logística.

No tenía idea de que el artista contratado hubiese fallado. Nadie me había dicho nada; esos detalles no eran parte de mi incumbencia. Yo debía aparecer cuando todo ya funcionaba.

Miré a Uker cuando explicó que apenas llevaba tres semanas en la isla. Y luego lo vi ofrecerse.

Hubo un segundo —apenas uno— donde podría haber intervenido. Podría haber dicho que no. Que ya era suficiente con la cocina. Que no era necesario exponerlo.

Pero no lo hice.

Porque en su voz no había miedo. Había disposición.

Y eso me intrigó.

Lo vi ser arrastrado, casi cómico en su sorpresa. Sus ojos buscaron los míos en una súplica silenciosa. Levanté una ceja, apenas, como si dijera: “adelante”.

Y, por primera vez en toda la noche, algo dentro de mí se inclinó hacia adelante.

Cuando la puerta se cerró tras él, el frío volvió a quedarse conmigo. La bandeja ya no tenía sentido. La fruta perdió protagonismo.

Apoyé el plato en una mesa lateral y cerré el ventanal con cuidado, observando mi reflejo en el vidrio por un instante. La joven impecable me devolvió la mirada.

Pero debajo de esa superficie, algo vibraba distinto.

— Cantante… — murmuré para mí, con una sonrisa mínima.

Recompuse la postura como quien vuelve a colocarse una corona. Enderecé los hombros. Elevé el mentón. Ajusté un mechón rebelde detrás de la oreja.

Regresé al comedor cuando la gran mesa ya comenzaba a poblarse de trajes oscuros, perfumes densos y sonrisas diplomáticas. Las copas todavía estaban vacías, pero el aire no: estaba cargado de expectativas, cifras por pronunciarse y acuerdos que olían a futuro. Las velas, alineadas con una precisión casi obsesiva, alargaban las sombras sobre el mármol y afinaban los rasgos de cada invitado, como si la noche tuviera la cortesía de embellecer lo que el día desnuda.

Mi madre, impecable como siempre, me indicó mi lugar con una mirada breve. No necesitaba palabras. Jamás las necesitaba en público. Me senté con la naturalidad ensayada de quien sabe que también es parte del espectáculo: espalda recta, hombros apenas hacia atrás, manos descansando sobre el regazo como si nunca hubieran conocido el temblor.

Yo sí lo conocía.

Al principio fue solo música. Instrumentos acomodándose en el aire, probando la acústica generosa del salón. El sonido se expandía sin violencia, redondo, limpio.

Y después… su voz.

No fue un impacto inmediato. Fue más bien un reconocimiento gradual, como cuando una silueta se recorta entre la bruma y de pronto entendés que siempre estuvo ahí. Esa voz no era la del cocinero dando indicaciones con firmeza práctica, ni la del chico que, horas antes, había cruzado palabras conmigo en las viñas con una mezcla de ironía y atrevimiento.

Era otra cosa.

Más grave. Más envolvente. Con una seguridad que no pedía permiso ni aprobación. Simplemente ocupaba el espacio.

Levanté la mirada.

Lo encontré de pie, con la camisa granate destacando bajo la luz cálida de las arañas. El chaleco negro lo integraba al conjunto de músicos, pero no lo diluía. Sostenía el aire con la voz como si fuera un hilo invisible que tejía de extremo a extremo del salón. No había rastro de improvisación apresurada. No había tensión visible. Había presencia.

Sentí un tintineo en los ojos. Literal. Como si las pupilas vibraran con la melodía.

Pero yo no podía permitirme vibrar.

Mantuve la barbilla en su ángulo exacto, ese que comunica interés sin fascinación. Distribuí la atención con cálculo: un segundo hacia los músicos, otro hacia el centro floral, otro hacia el plato aún vacío frente a mí. Sonreí cuando correspondía. Asentí ante un comentario de uno de los socios de mi padre sobre la expansión de exportaciones. Todo en su sitio.

Y, aun así, cada palabra que él cantaba encontraba su camino hasta mi pecho.

When marimba rhythms start to play…

Mis dedos se tensaron apenas sobre el mantel. La tela bordada amortiguó el gesto. Nadie lo notó.

La letra hablaba de balanceo, de cercanía, de esa danza que se promete sin nombrarse. Y de pronto, en medio de empresarios que discutían porcentajes, la idea de “sway” —ese vaivén suave, casi íntimo— parecía un pequeño acto de rebeldía.

Other dancers may be on the floor
Dear, but my eyes will see only you…

Ahí ocurrió.

Su mirada, que hasta entonces había flotado sobre el conjunto como corresponde a quien canta para todos, se afiló. Buscó. Y encontró.

A mí.

No fue exagerado ni teatral. Fue preciso. Una línea invisible trazada desde sus ojos hasta los míos. Y cuando confirmó el encuentro, sonrió con una confianza que no era arrogancia sino complicidad.

El calor subió por mi cuello con una velocidad traicionera. Una oleada leve, pero innegable. Incliné la cabeza como si estuviera observando el arreglo floral frente a mí, una composición de lirios blancos que de pronto parecieron absurdamente interesantes. Respiré lento, por la nariz. Control.

No podía sonrojarme como una adolescente impresionable. No frente a mi padre, cuya conversación ya rozaba cifras decisivas. No frente a hombres que evaluaban cada gesto como si también yo formara parte del patrimonio familiar.

Pero la sensación estaba ahí.

Ese puente invisible entre su voz y mi silencio.

Mientras él sostenía las notas con una suavidad que parecía no costarle esfuerzo, yo sostenía mi máscara. Y sin embargo, por debajo, algo se movía. No era romanticismo. Era otra cosa. Una electricidad leve, una invitación al juego. Un recordatorio de que existía un mundo paralelo al de contratos y alianzas: uno donde una canción podía cambiar la temperatura de una habitación.

Extendió la mano en la última frase, acompañando la invitación implícita de la letra. Nadie pareció interpretarlo más allá de un gesto artístico. Yo sí. No era una convocatoria literal. Era un “estoy acá”. Un “no te hagas la distraída”.

Aplaudí cuando terminó. Con elegancia medida. Tres palmas exactas antes de permitir que el resto marcara el volumen. Sonreí lo justo, ni más ni menos. Por dentro, la noche ya no era la misma. Había adquirido ritmo.

Lo vi retirarse después de la reverencia, mezclándose con naturalidad entre el personal. Profesional. Correcto. Casi como si no hubiese sostenido mi mirada segundos antes. Como si no hubiera tensado un hilo invisible que todavía vibraba en mí.

Esa distancia calculada fue, curiosamente, lo que más me inquietó.

Porque implicaba control.

Y el control, cuando es compartido, deja de ser aburrido.

El banquete comenzó a servirse. Platos que eran casi esculturas: reducciones brillantes, carnes en su punto perfecto, vegetales alineados como si obedecieran a un mandato divino. Las conversaciones retomaron su curso con renovada energía. Mi padre hablaba ahora con un tono más distendido; las cifras importantes ya habían sido pronunciadas. Brindis discretos sellaron acuerdos que llevaban meses gestándose.

Pasó al menos una hora.

Lo supe no por el reloj —que no miré ni una sola vez— sino por el cambio en el aire. La tensión inicial se había disuelto en un murmullo más amable. Las risas eran más francas. Las copas se rellenaban sin premura. Los negocios más importantes estaban, en esencia, cerrados.

Yo cumplí mi papel.

Comenté sobre la cosecha de esa temporada con conocimiento suficiente para resultar interesante, pero no tanto como para invadir el terreno de mi padre. Pregunté por viajes recientes, por nuevas inversiones. Sonreí. Escuché. Incliné la cabeza en los momentos adecuados.

Y mientras tanto, en mi cabecita —porque sí, en esa parte que todavía se permite ser caprichosa y ligera— seguía sonando su voz.

No la música de fondo que ahora acompañaba la cena, sino esa voz específica, la de hace un rato. Repetía fragmentos como si fueran un mantra privado.

"Only you have that magic technique…"

Me aferré a ese eco como a un salvavidas discreto. Me ayudaba a no apelmazarme bajo el peso de tanta cortesía obligada. A no sentir que la sonrisa se me endurecía en los pómulos. Cada vez que una conversación se volvía demasiado técnica, demasiado densa, dejaba que la melodía regresara por unos segundos. Como si en lugar de estar sentada en la cabecera de una mesa de negociaciones, estuviera en otro lugar. En un compás más liviano.

Levanté la copa para un nuevo brindis. El cristal reflejó por un segundo la luz de las velas y, en ese destello, me vi a mí misma: impecable, compuesta, hija ejemplar. Pero detrás de esa imagen había otra capa, más sutil. Una que había sido tocada por esa canción inesperada.

Y entonces llegó el momento que siempre llega.

Mi padre se puso de pie.

El sonido de su copa contra el cristal cortó el aire con una precisión sólo adquirida por los años. Ese tintinear limpio, brillante, que antecede anuncios importantes. Sonreí antes de saber por qué. Porque así se hace. Porque la anticipación, cuando no te pertenece, igual se honra.

Habló de alianzas. De prosperidad. De visión compartida. De futuro tejido entre familias que entienden el valor de la sangre y del apellido. Nombró a una casa lunarian con la que, según él, los lazos ya eran sólidos, prometedores, inevitables.

Sentí el estómago contraerse antes de comprender la forma exacta de esa inevitabilidad.

—…hemos decidido formalizar esta unión de la manera más sólida posible…

Mi madre me miró. Dulce. Orgullosa. Serena. No pedía consentimiento. Pedía obediencia elegante.

—…uniendo a nuestros hijos en matrimonio.

El mundo no se detuvo.

Siguió.

Las copas se alzaron. Hubo murmullos de aprobación. Sonrisas amplias. Un aplauso contenido, respetuoso, casi protocolar. Las velas no titilaron más fuerte. La música no se interrumpió.

Yo también sonreí.

Lo hice perfecto.

Incliné apenas la cabeza. Dejé que la luz acariciara mi perfil como si esa decisión me embelleciera. Acepté felicitaciones con gratitud medida. No pregunté. No cuestioné. No rompí nada.

Por dentro, sin embargo, algo se volvió viscoso. Denso. Asquerosamente familiar.

No era sorpresa.

Era confirmación.

Nunca fui consultada. Nunca lo soy. Desde pequeña entendí que mi existencia tenía utilidad estratégica. Educación impecable. Presencia impecable. Futuro negociable.

Un trámite con apellido.

Sentí las alas tensarse, un impulso casi físico de expandirme, de ocupar más espacio del permitido. De desplegarme aunque arruinara el peinado, aunque tumbara copas, aunque alguien murmurara “qué impropio”.

Pero me quedé contenida.

Porque sé hacerlo.

Cuando el murmullo volvió a dispersarse en brindis y promesas, aproveché el caos elegante para levantarme.

— Disculpen un momento — dije con voz suave, perfecta.

Nadie se opuso ¿Por qué lo harían? La novia futura necesitaba aire. La futura alianza podía tomarse una pausa decorativa.

Caminé sin apuro. Sin dramatismo. Atravesé el salón mientras las conversaciones retomaban su cauce. Crucé el pasillo lateral, donde el mármol devolvía el eco tenue de mis pasos. Bajé el escalón que conduce al corredor de servicio, ese espacio que no tiene la solemnidad del comedor pero sí la verdad del trabajo.

Lo primero fue la cocina y luego el patio interior que conecta con ella.

Claro que iba a estar ahí. Si yo necesitaba huir, mi instinto me llevaba al lugar más cercano a la salida, al aire, al límite entre lo formal y lo real. Supuse que él haría lo mismo.

Y estaba.

Bajo la luz más humilde del patio, lejos de las arañas de cristal, lejos de las copas alzadas. La noche caía sobre los muros claros y el murmullo del banquete llegaba amortiguado, como si perteneciera a otra dimensión.

Me detuve a unos pasos.

Por un segundo mantuve la postura intacta. La espalda recta. La barbilla firme. La futura prometida.

Luego se quebró apenas.

— ¿Sabías? — pregunté.

Mi voz no era la de la mesa. No era la voz pulida, educada para acompañar decisiones ajenas. Era la mía... más baja... más tensa.. más viva.

Di un paso más hacia él.

— Claro que no sabías, hhh-heh-hhh — me respondí sola, exhalando una risa breve que no tenía humor. Apenas incredulidad.

Mis dedos se cerraron sobre la tela del vestido, arrugándola sin elegancia. El gesto más impropio de la noche y, quizás, el único honesto.

— Me comprometieron hace cinco minutos — La frase salió clara. Sin temblor. Eso me irritó más que si hubiera llorado — Como si estuvieran anunciando la cosecha de la temporada.

Lo miré entonces, directamente. Sin máscara. Sin cálculo.

— Ni siquiera me lo dijeron antes.

Tragué saliva. El brillo en mis ojos ya no era por las velas ni por la música. Era rabia contenida. Era esa sensación de estar siendo movida como una pieza que, encima, debe agradecer el tablero.

— Soy eficiente, ¿sabés? — seguí, y mi tono se volvió más filoso — Sonrío, asiento, represento. Sé cuándo hablar y cuándo quedarme callada. Sé cómo mirar para que crean que estoy orgullosa.

Di otro paso. La distancia entre nosotros se volvió mínima, casi imprudente.

— Pero a veces me gustaría… no ser una cláusula contractual.

La última palabra salió más áspera de lo que pretendía. Más cruda. Más cierta.

El murmullo del comedor se filtraba a lo lejos, ajeno a mi pequeño colapso elegante.

— No puedo llorar ahí adentro. No puedo hacer una escena. No puedo preguntar “¿y yo qué quiero?”. — Mi respiración seguía siendo controlada, pero el pecho subía y bajaba con más fuerza — Porque eso sería infantil... Dramático... Inconveniente.

Me deslicé hacia abajo hasta caer de rodillas y lo miré como si él fuera el único punto fijo en el patio.

— Si me quedaba un minuto más en esa mesa, iba a aplaudir mi propia venta.

La frase quedó suspendida entre nosotros. Dolorosa. Ridícula. Pero real.

Sentí el impulso de reírme de mí misma. De mi sorpresa fingida. De mi indignación tardía. Como si no hubiera sabido desde siempre que este era el destino probable. Como si el apellido no pesara más que mis ganas.

Pero esa noche había algo distinto.

Quizás porque hacía una hora alguien me había cantado sobre elegir con la mirada. Sobre sostener a alguien porque sí. Sin contratos. Sin firmas.

Y ahora me estaban prometiendo a un hombre cuyo nombre ni siquiera había pronunciado en voz alta.

— Decime algo real, Uker. — Mi voz bajó, pero no perdió firmeza — Cualquier cosa.

Mis ojos lo sostenían con una intensidad que no era capricho. Era necesidad.

— Porque si vuelvo ahora con esta sensación pegada a la piel… — hice un gesto breve hacia el comedor — voy a terminar creyendo que esto es normal.

El aire del patio era más frío que el del salón, y aun así sentía calor en la cara, en las manos, en las alas que seguían tensas.

— Y no quiero que sea normal.

Ahí estaba la verdad.

No era el compromiso. No era el apellido del prometido. No era el cálculo político.

Lo insoportable era la naturalidad con la que todos lo habían aceptado. La facilidad con la que yo casi lo hago también.

Lo miré esperando que dijera algo que no estuviera ensayado. Algo que no fuera prudente. Algo que no perteneciera al mundo de adentro.

Porque si alguien iba a recordarme que todavía existía algo fuera de las cláusulas y las alianzas, tenía que ser alguien que no estuviera sentado en esa mesa.

Y, en ese instante, él era lo único que no formaba parte del contrato.
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#6
Su pequeño espectáculo había pasado a segundo plano, la reunión que se daba a un par de habitaciones de distancia no lo incluía más que en alma, en esos platillos a los que había dedicado su tiempo y esfuerzo. Por algo le pagaban por eso y no para hacer presencia.

Sin mucho más que hacer, recorrió los pasillos del lugar en soledad, dirigiéndose de nuevo hacia la cocina. Solo quería asegurarse de que todo estuviera en orden y nadie necesitara ayuda, pero al pasar por la puerta fue recibido por varios aplausos de los 5 cocineros que se encontraban ahí, los cuales tenían su turno para hacer guardia. Dijeron que lo habían oído, que los dejó sorprendidos a todos, que no podían entender cómo alguien tan joven se animaría a presentarse de esa manera sin haberlo preparado. Comieron un platillo preparado de manera rápida por ellos mientras hablaban de sus vidas, claramente incluyendo al más joven, quien sonreía mientras respondía a sus dudas.

Poco más de una hora habrá pasado cuando la puerta del patio interior volvió a abrirse. Uker salió por esta y dejó que se cerrara tras de él sin su ayuda, pues tenía las manos ocupadas. En su zurda un plato sobre el que descansaban una manzana y un cuchillo. En su diestra, un libro bastante fino, un pequeño acompañamiento para la larga noche que todavía le esperaba. ¿De que era el libro? Poco importa en este momento, no es interesante ni importante para la historia. Buscó un banco, uno que por su tamaño casi parecía una cama para él, acomodó el libro a su lado mientras cortaba cuidadosamente la fruta en varios trozos, comenzando a leer y comer para al menos tener algo que hacer.

Una pequeña ave se acercó al muchacho, posándose al otro lado del banco y observándolo. El hombre se acercó a esta y notó que traía algo en su pata, se trataba de un ave mensajera, con una carta para él. Tomó el contenido y acarició con cuidado la cabeza del animal dos veces, que revoloteo un poco sus alas ante el gesto, para luego salir volando de vuelta. Uker comenzó a desdoblar el papel, queriendo ver el contenido, pero una voz conocida le quitó su atención.

Recién cuando la mujer habló pudo darse cuenta de que se encontraba ahí, girando la cabeza para verla, algo sorprendido de encontrarla justamente ahí. - ¿Asherah? -. Se olvidó de la formalidad debido a la sorpresa, pero no hubo tiempo de corregir ese pequeño error, pues las palabras ajenas llegaron antes.

“¿Saber qué?”. Ella misma decía que él no podía saberlo, entonces, ¿Qué era? Se la notaba peor, algo debía haber pasado. Se rio, forzadamente, un gesto tan notorio que el muchacho se levantó de su asiento y fue hacia ella. - Tranquila, fuera lo que fuera podemos… -. La respuesta llegó, una que el cocinero tampoco esperaba. ¿La comprometieron? Era algo normal en estas familias, ¿no es así? Pero ella se veía tan dolida, no parecía haber estado enterada de eso antes de ser anunciado. - Yo… yo… lo sient… -. No pudo terminar, ella le pidió refugio, algo real, fuera de esa reunión de máscaras, alejarse de ese cúmulo de gente que solo la veían como algo que intercambiar. - Tranquila, tranquila -.

Se acercó a ella, su voz bajó y dejó que sus miradas se crucen. - Ven, siéntate conmigo -. Le ofreció su mano, acompañarla hacia el mismo asiento que antes estaba ocupando él. - No es lo normal, no lo es. O no debería serlo, no crecía en una familia así para… lo siento, nunca fui muy bueno con mis palabras -. Le costaba tranquilizar a la gente, no era su fuerte, podía escucharlos y comprenderlos, pero las palabras eran un terreno irregular para él. - Algo real…eh… -. Pensó un momento mientras ambos tomaban asiento y él guardaba el papel que no pudo leer en su bolsillo. - No se si será de tu agrado, pero puedo contarte sobre como aprendí a cantar -. No se le ocurría nada más, al menos no en ese momento.

- Mi hermanastro, el hijo de mi maestro, un día llegó con la idea de que entre todos los hermanos formáramos un show en la siguiente fiesta familiar. Se hacían cada tanto, era como una tradición que tenían, pero usualmente se contrataban bandas y cantantes -. Su voz se mantuvo serena, sus ojos bailaban entre sus propios recuerdos de esa época y los ojos de la lunarian, queriendo notar cualquier incomodidad y disgusto de su parte. De nuevo, no estaba seguro de ser bueno consolando a nadie. - Nos hizo aprender a tocar instrumentos, él ya lo hacía bastante bien, pero tuvo que enseñarnos al resto. Mi destreza nunca estuvo en los instrumentos, ni siquiera ahora, pero tenía mucha facilidad para copiar las notas que él pedía, por lo que se dedicó a enseñarme canto -.

Sonreía levemente, se notaba que amaba esos recuerdos tanto como amaba a esas personas. - Habrán sido dos meses de práctica, todos nos preguntábamos qué bicho le había picado para sugerir eso y llevarlo a cabo, pero dedujimos que era otra de sus ideas excéntricas que a veces tenía -. Rio un poco al recordar varias de estas, pero que no contó en ese momento. - En la fiesta, cantamos y tocamos esa misma canción, la que tuve que cantar hace un momento, por eso podía hacerlo con seguridad. Mi hermanastro, por su parte, se separó un momento para buscar a su pareja y subirla al pequeño escenario. Bailaron como los enamorados que eran, que siempre fueron, al fin y al cabo estaban juntos desde mucho antes de que yo llegara a esa casa -. Se le escapó una pista de su pasado, pero estaba tan concentrado en hacer sentir mejor a la mujer que no se dio cuenta de ese hecho.

- Cuando la canción terminó y los instrumentos se callaron, él tomó la palabra. No necesitó hablar, simplemente se arrodilló con cuidado, puo su espalda firme, levantó la cabeza para mirarla y sacó algo de su bolsillo. Un anillo, ella casi pega un grito, él le pidió matrimonio y ella aceptó, fue el suceso de la noche -. Rio de nuevo, ahora pensando en ese momento y en la locura que significó. - Fue ahí que entendimos porque había querido que fuéramos nosotros quienes cantáramos con él, tenía preparadas otra de sus locuras, la mayor y la mejor de su vida, según sus palabras -.

Se quedó un segundo en silencio, reviviendo esas escenas en su cabeza. Sin embargo, algo hizo click. Matrimonio, una pareja feliz, hablarle de eso a alguien que fue recientemente comprometida contra su voluntad no había sido una idea lógica. - Yo… lo siento, tal vez no… no era el mejor momento para contar eso, pero… eh… -. Sus palabras se pisaron, intentando pedir perdón por hacer algo así. Se llevó las manos a la cara y dejó salir por su boca un “Ay, lo siento” cuyo sonido casi que fue tapado por sus propias manos.

Como siempre, cometió otro error.

Suspiró y sacó sus manos de su rostro, intentó volver a mirar a la mujer, esperando no haberla incomodado más. - Mira, lo siento, solo… -. Intentó encontrar mejores palabras, pero debía hablar y no quedarse callado. - No puedo comprender ese dolor, y lo siento por eso, pero puedo acompañarte. Pase lo que pase, sientas lo que sientas, te obliguen a lo que te obliguen, puedo estar ahí -. De algún modo, consiguió sonar seguro en esas palabras, sorprendiéndose a sí mismo. - Si me necesitas, puedo ser esa persona que te recuerde que nada de eso es normal, que esa fachada no tiene que definirte, que todas esas palabras que te elevan a lo más alto te van a llevar muy cerca del sol -.

- No tuve una vida así. No tuve siquiera una… -. Se detuvo. No podía contarle eso, de ninguna manera. - Tal vez no soy el indicado para esto, pero puedes contar conmigo -. Observó a los ojos a la muchacha y mantuvo la mirada por un rato. - Si necesitas un plato de comida, un compañero de tragos, unas palabras… aunque viste que no es mi fuerte. Si necesitas un ancla a tierra… No se si me necesites a mi justamente pero… -.

- Ahí estaré -
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#7
El silencio que siguió a su invitación tuvo algo de tregua. No la tregua que concede el mundo cuando decide ser amable, sino esa pausa mínima que ocurre cuando dos personas se detienen justo antes de decir algo que podría importar.

El patio interior estaba casi inmóvil. La noche se sostenía sobre los muros claros de la finca como un velo tranquilo, y el murmullo del banquete llegaba desde adentro amortiguado, distante, como si perteneciera a otra vida.

Acepté su mano.

No porque necesitara ayuda para levantarme —mis rodillas sabían sostenerme— sino porque el gesto tenía llevaba una sinceridad que no concedería excusas. Me dejé guiar hasta el banco donde él había estado sentado. La madera estaba tibia todavía por su cuerpo. Un detalle pequeño. Ridículo. Y, sin embargo, extrañamente reconfortante.

Me acomodé con cuidado, alisando la tela del vestido sobre mis piernas y sacudiéndome el polvo apegado en la piel por pura costumbre. Los hábitos sociales sobreviven incluso cuando el alma está hecha un nudo.

Él habló.

Al principio con torpeza, como si buscara palabras en un terreno que no conocía del todo. Y eso me llamó la atención más de lo que debería. En mi mundo, la gente rara vez admite que no sabe qué decir. Improvisan discursos, rellenan el silencio con frases elegantes. Él, en cambio, se permitía titubear.

Eso ya era… real.

Cuando mencionó que podía contarme cómo había aprendido a cantar, incliné la cabeza apenas. No era exactamente lo que había pedido. Pero tampoco era un desvío. Era una puerta lateral hacia algo verdadero.

Y acepté entrar.

Lo escuché hablar de su hermanastro. De aquella fiesta familiar. De la idea absurda de montar un pequeño espectáculo entre hermanos cuando siempre habían contratado músicos profesionales. La imagen comenzó a formarse en mi mente con una facilidad sorprendente.

Una casa distinta a la mía. Menos rígida. Tal vez más ruidosa.

Los imaginé.

Un grupo de jóvenes torpes intentando afinar instrumentos que no dominaban. Risas cuando algo sonaba mal. Dedos doloridos después de horas de práctica. La obstinación del hermano mayor insistiendo en que todo saldría bien, aunque nadie entendiera del todo por qué.

Mientras hablaba, sus ojos no estaban completamente en el presente. Se movían entre el patio y algún punto invisible donde vivían esos recuerdos. Y algo en su voz cambió también. Se volvió más suave. Más cálida.

Como si estuviera caminando dentro de su propia memoria.

Me descubrí imaginándolo ahí.

Más joven. Quizás con el cabello más desordenado, intentando seguir las notas que alguien le pedía repetir. No un cocinero de una gran finca, no un hombre improvisando serenidad para consolar a una mujer que apenas conoce… sino un chico aprendiendo a cantar porque alguien creyó que podía hacerlo.

Eso me hizo sonreír.

Una sonrisa pequeña, apenas perceptible.

Cuando habló de los dos meses de práctica, de las preguntas constantes sobre qué demonios estaba planeando su hermanastro, sentí una punzada extraña en el pecho. No era tristeza. Era algo más sutil.

Envidia tranquila.

Porque yo no tenía recuerdos así.

En mi infancia también hubo música. Profesores. Ensayos. Presentaciones en salones iluminados por candelabros. Pero nunca fue juego. Nunca fue un caos alegre de hermanos intentando hacer algo ridículo por el simple placer de hacerlo.

Siempre hubo propósito.
Siempre hubo alguien observando.

Mientras él describía la fiesta, la escena en mi cabeza se volvió más nítida. Un salón lleno de gente. Instrumentos que tal vez no sonaban perfectos. Voces que se mezclaban con la risa del público.

Y entonces llegó el momento del baile.

Cuando contó cómo su hermanastro había subido a su pareja al escenario, algo dentro de mí se aquietó. La forma en que lo narraba no tenía grandilocuencia. No intentaba convertir el recuerdo en una historia heroica.

Simplemente lo recordaba.

Y eso lo volvía precioso.

Los imaginé bailando.

No como en las galas de mi familia, donde cada movimiento está calculado para verse bien. Sino como bailan las personas que se conocen demasiado bien para preocuparse por la elegancia.

Cerca.
Riéndose tal vez.

El tipo de cercanía que no necesita permiso de nadie para ser.

Cuando llegó al momento de la propuesta, sentí que mi respiración se volvía más lenta. No por la escena en sí, sino por la forma en que él la relataba. Había admiración en su voz. Orgullo incluso.

Como si aquel gesto —un hombre arrodillándose frente a la mujer que ama— hubiese sido una especie de revelación.

El contraste me golpeó con una suavidad cruel.

Allí, un hombre se arrodillaba porque quería elegir.

Aquí, en mi vida, alguien había decidido por mí mientras brindaban con vino caro.

Pero, curiosamente, no sentí amargura al escucharlo.

Al contrario.
Sentí… gratitud.

Porque estaba compartiendo conmigo algo que claramente era importante para él. No una historia inventada para distraerme, sino un fragmento de su vida. Un recuerdo que llevaba consigo.

Cuando se dio cuenta de lo que había contado, lo vi tensarse. La culpa cruzó su rostro con la torpeza de quien teme haber cometido un error terrible. Sus manos cubrieron su cara y dejó escapar una disculpa que sonó tan genuina que casi me hizo reír más fuerte.

Ahí estaba otra vez.

Ese hombre incapaz de disfrazar sus reacciones.

Lo observé en silencio mientras intentaba recomponerse, buscando nuevas palabras, tropezando con ellas. Y entonces dijo algo que sí logró atravesarme.

Que podía acompañarme.

Que, aunque no entendiera del todo mi dolor, podía estar ahí.

La simplicidad de esa promesa tenía una fuerza inesperada.

Porque en el mundo del que yo venía, nadie ofrecía compañía sin condiciones. Todo vínculo estaba atravesado por utilidad, por expectativas, por consecuencias.

Él no estaba pidiendo nada.

Solo… estaba.

Lo miré con más atención entonces.

Ya no con la mirada evaluadora que había tenido durante el día. No como a un cocinero interesante ni como al hombre que había cantado en el salón frente a todos.

Sino como a una persona.

Y algo dentro de mí se aflojó.

— ¿Sabés qué es lo curioso? — dije finalmente, mi voz mucho más tranquila que antes.

Miré mis manos sobre el vestido, ahora perfectamente lisas otra vez.

— Mientras contabas eso… lo imaginé todo.

Bajé la vista hacia él.

— Tu hermano, la fiesta, los instrumentos desafinados, el momento en que se arrodilla… incluso la cara de ella cuando entiende lo que está pasando.

Incliné apenas la cabeza, apoyándola contra la pared fría detrás del banco.

— Es una escena hermosa.

No lo dije con tristeza. Lo dije con una sinceridad suave.

— Y no me dolió escucharla.

Mis labios se curvaron en una sonrisa leve, cansada pero genuina.

— Al contrario… me alegra saber que esas cosas existen.

Hubo una pausa.

El viento nocturno cruzó el patio con un susurro tenue.

— En mi mundo — continué — el matrimonio es una estrategia. Un movimiento de piezas. Un acuerdo que beneficia a varias partes.

Mis ojos volvieron a los suyos.

— En el tuyo… parece que también puede ser una locura feliz.

La diferencia entre ambos universos se instaló entre nosotros como una línea invisible.

Y, sin embargo, no se sentía como una barrera.

Lo observé unos segundos más. Esta vez con algo nuevo en la mirada. No era curiosidad, tampoco desafío.

Cariño.

— Gracias por contármelo, Uker.

La forma en que pronuncié su nombre fue más suave que antes.

— De verdad.

Respiré hondo, dejando que el aire frío llenara mis pulmones.

— Tal vez no resolviste mi problema… — admití con una pequeña risa — Hhh-heh-hhh... pero me recordaste algo importante.

Mis ojos se iluminaron apenas.

— Que no todo el mundo vive dentro de contratos.

Apoyé el brazo contra el suyo con una naturalidad inesperada, sin teatralidad, sin pensar demasiado en si era apropiado o no.

Solo un gesto pequeño. Humano.

— Y eso… — murmuré — vale más de lo que te imaginás.

El aire del patio seguía frío, pero ya no cortaba igual.

Había un espacio donde sus palabras permanecían flotando, tibias todavía, como brasas que se negaban a apagarse.

Lo observé un momento más.

No con la urgencia desesperada de hace unos minutos, cuando sentía que el mundo entero me estaba empujando hacia una jaula perfectamente decorada. Ahora lo miraba distinto. Con una calma que no era resignación, sino una pausa consciente.

Bajé la mirada hacia las baldosas claras del patio, que reflejaban un poco de la luz escapando desde la cocina. Mis dedos aún sostenían la tela del vestido, aunque ahora el gesto ya no era desesperado, sino pensativo.

Respiré.

Una vez.
Luego otra.

Y en ese ritmo algo dentro de mí empezó a acomodarse.
Porque la verdad incómoda era esta: el anuncio no había destruido mi mundo.

Solo había confirmado la forma del tablero.

Siempre supe que este día podía llegar. Desde niña había visto cómo funcionaban esas alianzas: apellidos entrelazándose como viñedos viejos, familias negociando futuros con la misma naturalidad con la que brindan por una cosecha.

No era nuevo.

Lo nuevo había sido la forma.
La brutalidad elegante del anuncio.
La ausencia total de espacio para mi propia respiración.

Pero ahora… ahora había respirado.

Me llevé una mano al rostro, frotando apenas el puente de la nariz, y dejé escapar una pequeña risa que ya no tenía el filo agrio de antes.

— Hhh-heh-hhh… — exhalé — Qué desastre debo verme ahora.

No lo decía con vergüenza. Más bien con una ironía agotada.

Levanté la cabeza para mirarlo otra vez.

Y entonces algo cambió en mi expresión.

La rabia seguía ahí, claro. Pero ya no lo ocupaba todo. Ahora compartía espacio con otra cosa: claridad.

— ¿Sabés qué es lo peor…? — murmuré pensativa — que todo lo que hice ahí adentro… lo sigo pudiendo hacer.

Incliné apenas la cabeza.

— Sonreír. Asentir. Representar.

Mis hombros se movieron en un gesto pequeño.

— Soy muy buena en eso. Es todo un tema.

Mis ojos se deslizaron hacia la puerta que conducía de regreso al interior. Desde allí llegaba el murmullo amortiguado del banquete: copas, conversaciones, risas diplomáticas.

El mundo seguía funcionando sin mí.

Curioso.

— Y durante un momento pensé que eso significaba que había perdido — dije en voz baja.

Solté finalmente la tela del vestido y la alisé con cuidado, devolviéndole su forma impecable.

— Pero no.

Guié la mirada hacia Uker.

Y esta vez mis ojos ya no estaban húmedos ni furiosos.
Estaban vivos.

— Ellos tomaron una decisión esta noche — continué con una serenidad recién descubierta — pero yo todavía no tomé la mía.

La frase quedó suspendida en el aire frío del patio.

Me puse de pie lentamente.

El gesto fue elegante, natural, casi ceremonial. Como si el cuerpo recordara de pronto todas las lecciones de postura que había aprendido durante años.

Las alas detrás de mis hombros se acomodaron con un movimiento suave.

Nada de tensión esta vez.
Firmes.

Miré hacia el cielo oscuro por un segundo. La noche estaba tranquila. Extrañamente amplia para alguien que, hacía apenas unos minutos, sentía que se estaba quedando sin aire.

Y entonces lo entendí con una claridad casi divertida.

El compromiso anunciado era una jugada.

Pero no el final de la partida.

Volví a mirarlo.

Había algo cálido en mis ojos ahora. Un agradecimiento que no necesitaba grandes discursos.

— Gracias — dije simplemente.

No era una gratitud formal. Era algo mucho más íntimo: el reconocimiento de alguien que había estado ahí cuando mi mundo estaba tambaleando.

Incliné la cabeza un poco hacia un lado.

— No por consolarme — añadí — sino por no intentar arreglarlo.

Porque eso era exactamente lo que había hecho.

No había tratado de convencerme de que todo estaría bien.

No había disfrazado la situación.

Solo había estado presente.

Y, extrañamente, eso había sido suficiente para que algo dentro de mí volviera a alinearse.

Mi mirada se suavizó un poco más, como si otra idea acabara de encontrar su lugar entre todas las demás.

— Y… hay algo más — añadí con un tono más bajo, casi confidencial.

Di medio paso hacia él inclinándome, lo suficiente para que mis palabras no se perdieran en el espacio del patio.

— A partir de ahora, podés buscarme para esto.

Hice un pequeño gesto entre nosotros, señalando ese espacio compartido donde la conversación había ocurrido.

— De hecho… deberías hacerlo.

La palabra deberías no sonó como una orden. Fue más bien una invitación firme, casi divertida, como si la estuviera colocando sobre la mesa con total naturalidad.

— No porque trabajés aquí — aclaré enseguida, con una leve sonrisa que desarmaba cualquier posible malentendido — ni porque alguien te lo pida.

Negué suavemente con la cabeza.

— Sino porque quiero.

Mis alas se acomodaron apenas detrás de mí, relajadas.

— Me interesa tener este tipo de conversaciones con vos. Sin protocolo. Sin espectadores.

Lo observé con una calma que ya no tenía nada de frágil.

— Y me interesa conocerte más, Uker.

La frase quedó suspendida entre nosotros con una claridad tranquila.

— No como un romance improvisado ni como una historia secreta — añadí con una ligera chispa de humor — antes de que tu imaginación o la mía se vuelvan dramáticas. Es todo un tema.

Una pequeña risa escapó de mis labios.

— Solo… como lo que empieza a ser evidente.

Incliné la cabeza con una elegancia suave.

— Una amistad.

No necesitaba adornarlo más que eso.

Luego sí, di media vuelta con esa misma serenidad que había recuperado hacía unos minutos.

Caminé unos pasos hacia la puerta que llevaba de vuelta al corredor de servicio.

Pero antes de cruzarla, me detuve.

Giré apenas sobre mi hombro para mirarlo otra vez.

Ahora mi sonrisa tenía un brillo distinto. Más ligero. Casi cómplice.

— Además… — murmuré con un pequeño destello de humor — si voy a enfrentar una noche entera de felicitaciones por un compromiso que ni sabía que existía…

Mi mirada se afiló con suavidad.

— al menos quiero hacerlo sabiendo que hay alguien en esta casa que no está aplaudiendo.

La puerta se abrió con un leve crujido.

El murmullo del banquete regresó con más claridad: conversaciones animadas, cubiertos sobre porcelana, el tintinear constante del cristal.

Ese mundo seguía siendo mío.
Pero ya no era todo lo que había.

Me detuve un segundo en el umbral.

La respiración volvió a acomodarse en mi pecho.
La sonrisa correcta regresó a mi rostro, perfectamente colocada como una joya que solo yo sabía que podía quitarme cuando quisiera.

Porque ahora entendía algo que antes no.

Ser buena en el juego no significaba estar perdida en él.
Significaba tener tiempo.

Tiempo para observar.
Tiempo para decidir.
Tiempo para elegir cuándo mover.

Miré hacia adelante.

La luz cálida del salón se derramaba por el pasillo como si nada hubiese ocurrido.

Perfecto.

Acomodé un mechón de cabello detrás de mi oreja y levanté apenas el mentón.

— Bien — murmuré para mí misma, con un hilo de determinación tranquilo — sigamos con la fiesta.

Y con esa calma nueva —una calma que no era sumisión sino estrategia— volví a caminar hacia el salón, llevando conmigo algo que hacía apenas minutos parecía imposible recuperar:

La sensación de que mi historia todavía no estaba escrita por completo.
[Imagen: CwHBiqT.png]
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#8
Los ojos del cocinero observaron con cierta curiosidad cuando la mujer comenzó a hablar, a explicarle cómo había sido capaz de ser transportada a ese momento con su relato, al menos en su imaginación. Todavía existía culpa en su interior en cuanto ella inició su explicación, tampoco bastó que la propia lunarian dijera que no le había dolido sus palabras para calmarlo, pero sí obtuvo un poco de paz interior al escucharla. - Oye, no desafinamos, fue una… escucha diferente, digamos -. Intentó bromear un poco, quitarle un peso a sus palabras que para la otra persona no lo tenían.

La mujer continuó hablando, explicando que al menos su relato le había enseñado algo, un pequeño detalle que suele ser fácil perder de vista. Pero en algo tenía razón, el muchacho no podía imaginar cuánto valían sus palabras en alguien que pasaba por lo que ella pasaba. ¿Qué tan importante podría ser su compañía? No le era posible poner en perspectiva el momento, la gran ayuda que significaba para ella la simple presencia de alguien que no la tratara como un simple trofeo en una vitrina.

- Si tú estás hecha una desastre, ¿Qué va a quedar para mi? -. Dijo usando sus manos para apuntar a su vestimenta, la cual era cierto que no mostraba la elegancia o preparación que había mostrado en cuanto se subió a ese escenario y demostró su talento frente a esas personas. Ahora podía verla más calmada, eso era un alivio, la tranquilidad de la mujer regresaba y le permitía pensar las cosas con claridad. Sonrió al verla hablar, al verla decidida a no dejarse estar, al menos como una mentalidad temporal. - Bueno, eso significa que al menos puedes meditar tus posibilidades -. Dijo mientras la veía levantarse del asiento y él se acomodaba en este para regresar a alguna pose más cómoda y lejana a esa tensión que él mismo había construido en su cuerpo desde que pensó que hablar sobre matrimonios fue una decisión muy mala. - No se te acabaron las opciones -.

Y para ella sería muy difícil que eso pase, viniendo de la familia que viene. Aún así, ella tenía su propia batalla, él no iba a entrometerse en lo que decidiera hacer o decir, pero era tranquilizador ver el cambio que tomó la actitud ajena desde que llegó a ese patio.

Levantó su mano tranquilamente en cuanto escuchó que Asherah le daba las gracias. - Me pediste que te contara algo real, simplemente lo hice, no hay nada que agradecer -. Tampoco es como que él hubiera podido arreglarlo, simplemente se limitó a seguir una orden, a crear un ambiente “seguro” donde ella pudiera alejarse de la falsedad de esa reunión que se llevaba a cabo dentro de la finca.

Pero ella se acercó, habló más bajo que antes, como si estuviera a punto de contar un secreto. La cabeza de Uker se movió a un lado en cuanto escuchó eso, curioso de que era lo que iba a pedirle. ¿Esto? ¿Qué era esto? Supuso que la charla, la conversación fuera de sus oficios ya marcados, solo dos jóvenes charlando con normalidad. ¿Se refería a eso?

Si, ella misma confirmó los pensamientos del cocinero, al que buscaba conocer mucho más. - Tranquila, no hay doble intenciones en esto -. Le sonrió, con su cara suavizándose mientras ella aclaraba que no se trataba de una búsqueda romántica. - Si hubiera algo así, lo hubieras escuchado de mí, así que no te preocupes -. Hasta ahora le había demostrado hablar solo con la verdad, a la vez que serle extremadamente sincero. No tenía porque mentirle, no tenía porqué buscar en ella una acompañante amorosa, ninguno lo necesitaba creía él.

La vio alejarse, en dirección a la puerta que llevaba nuevamente al interior. Rackham le sonrió y saludó con un gesto gentil de su mano, despidiéndose, al menos por el momento. - Será difícil encontrar un momento donde estemos solos, pero alguna forma encontraremos -. Pese a las dificultades, dejó fuera la imposibilidad de volverla a ver y se centró en asegurarle que volvería a pasar, pues ella misma le había pedido conocerlo mejor.

Siguió mirando hacia la puerta y sonriendo incluso si la mujer ya se había marchado y cerrado esta tras de sí. Luego de unos momentos, su cuerpo se relajó y se recostó en el asiento, respirando el frío aire de la noche y cerrando sus ojos un momento. - Trabajar aquí sí que es una locura -. Sonrió, mientras las palabras se perdían nuevamente en la soledad del patio. Tomó el libro que antes estaba leyendo, para continuar con su lectura que antes había sido interrumpida, con una leve sensación de estar olvidando algo importante.

La noche transcurrió con normalidad desde ese punto. No pudo volver a hablar con Asherah antes de que el lugar adquiriera el silencio característico de las noches, cuando las reuniones ya se habían retirado y el trabajo descansaba por un buen par de horas.

En cuanto pudo librarse de sus últimos labores diarios, se refugió en la habitación que ocupaba esos días. Se sentó en la cama y comenzó a desvestirse sin muchas ganas, estaba tan cansado que podría irse a dormir con la ropa puesta, pero no sería lo mejor tampoco. Fuera sus zapatos y camisa, llegó el turno del pantalón, pero notó como en uno de los bolsillos había algo que aguardaba en su interior. Un papel, doblado con cuidado, la carta que no había podido leer antes de que Asherah llegara al patio con su dilema. Lo había olvidado completamente, por lo que se dispuso a leerla con calma acercándose a un pequeño escritorio y encendiendo una diminuta luz para ayudarlo.

La letra no era la esperada, aún así era reconocible, sería imposible olvidar la forma de escribir de Alfred. Sus ojos no danzaron con rapidez las palabras, se aferraron a cada una por unos instantes, como si quisiera absorberlas y entenderlas al completo. Hubo duda en su rostro, sorpresa, sus manos tomaron con fuerza el papel mientras llegaba a la mitad. Una noticia que no esperaba, una que logró que su cabeza diese vueltas y se repitiera a sí mismo que debía ser una broma, algo preparado por todos ellos.

Alfred no bromeaba, nunca lo hacía.

No pudo terminar de leer el contenido sin que sus ojos se llenaran de lágrimas, sus manos tembralan y una de sus piernas comenzara a subir y bajar alocadamente. Una de sus lágrimas cayó y mojó la carta, justo donde se había colocado la firma final. No pudo continuar leyendo, soltó el papel y sus dos manos se dirigieron a su rostro, como si ocultarse hiciera que la noticia no fuera más que un horrible sueño. Se repetía entre susurros que no era cierto, que debían estar equivocados.

Maldijo el silencio del lugar, la calma que se había asentado. Si la fiesta continuase al menos podría enmascarar su dolor con cualquier ruido proveniente de ahí, pero ahora no podía.

Respiró, como mejor pudo, intentó secarse las lágrimas y recomponerse pero no le era posible. Necesitaba aire, necesitaba calmarse, y solo conocía una forma de hacerlo. Se levantó de la silla y se dirigió a su ropa, cambió su vestimenta a una más casual y salió de la habitación, todavía llevando en su mano la carta que le había traído de nuevo esos recuerdos que nunca dejarían de atormentarlo.

- No puedo detenerme ahora, debo seguir -
[Imagen: nxACuAB.png]
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