[Pasado] [+18] Yo no fui |Priv.
#1
Día 5 de verano | Año 16



Era ya la tercera vez que la veían haciendo trampa en las cartas. Y era la segunda vez que la perseguían con ganas de darle una paliza por eso. Yuuki corría por su vida con una bolsa de dinero vacía en la mano y trataba de encontrar un lugar en donde esconderse pues esta vez parecía que no se iban a detener hasta poder encontrarla. Y no era para menos, casi les roba la bella cantidad de diez mil berries en aquella mesa de cartas. Incluso lograron descubrirla justo antes de que reclamara la recompensa, razón por la cual iba con la bolsa en la mano.

Ella saltó por los techos y corrió a través de las casas de Samba, en la zona que más le gustaba deambular, que era la intermedia entre el río y la gente privilegiada. Algo así como la "clase media", que era donde estaban la mayoría de comercios, hoteles y hostales que solían frecuentar los marineros y visitantes a la isla.

No esperaba haberse tenido que encontrar en esa situación cuando se tomó el té de la mañana, que es cuando planeaba sus cosas. Pero allí estaba. Y cuando vio que uno de los hostales tenía una ventana abierta, no dudó en zambullirse directo dentro de esa habitación.

Para su suerte, estaba vacía. Vacía de que no había nadie allí inmediatamente, porque luego de terminar de aterrizar en la cama y de cerrar la ventana y la cortina, notó que alguien estaba ocupando el lugar. Alguien con muchas cosas para llevarse por ahí.

—Ciertamente... —Dijo para sí misma mientras tomaba un tridente que estaba allí. Y también algunas monedas y otras cosas que encontró. Podrían venderse a bajo precio. Pero eran berries que podía rascar... y ahora se tenía una deuda consigo misma por miles de berries.

¿Cuánto costaría el tridente? Se preguntó una y otra vez mientras lo revisaba. Era un arma poco convencional de ver en tierra, aunque muchos pescadores en Baterilla los usaban. Ah, y los Gyojin. Era un arma para usar en el agua, era claro. Y ese tridente en específico se veía caro.

No sabía si el dueño iba a llegar pronto o tarde. Pero sabía que afuera aún la buscaban. Así que decidió apostar por enfrentarse al dueño del tridente. Al menos ese era uno solo y no una turba de piratas molestos que la desplumarían viva si lograban echarle mano.

Con eso en mente, se sentó en la cama y recuperó el aliento y las fuerzas de la carrera previa. Y entonces aguardó.

Cuando la puerta de la habitación, Yuuki tomó el tridente y apuntó como si fuera una lanza contra un animal, sintiéndose acorralada. Y por un instante pensó que habría sido mejor el haberse enfrentado a la turba furiosa. Lo que esa persona vería entonces sería a una birkaniana nerviosa, apuntandole con el tridente mientras hacía una mueca de terrible arrepentimiento mezclada con una sonrisa patética.
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#2
El día había sido pesado.
 
Me había levantado temprano para poder reunirme con un cliente que es originario de la isla y no esperaba el desayuno que se me había ofrecido; huevos, productos marinos, frutas frescas entre otras cosas que incluso llegué a pensar que era mi último desayuno, con una amabilidad sorprendente como quien recibe a un miembro preciado de su familia, pero claro, nada es gratis ¿Cómo pude tan siquiera pensar eso? Resulta que el hombre esperaba que tomara un trabajo urgente y en su propia casa. Acepté por el dinero, ya estaba ahí ¿Qué más podía hacer? Así que si, el camino de regreso al hostal donde me quedaba fue exhaustivo.
 
Caminé sin prisa, dejando que mis pasos marcaran un ritmo propio. Desde ese punto elevado podía ver parte de la bahía, como si la ciudad respirara lentamente. Había algo en Samba que invitaba a bajar la guardia, a fingir que nada podía salir mal bajo ese cielo despejado y después de un dia, un trabajador como yo podía darse la libertad de relajarse.
 
Finalmente llegué al hostal. La fachada era sencilla, de paredes claras, beige. y balcones estrechos adornados con plantas que colgaban hacia la calle. Me detuve un segundo frente a la puerta, observando mi reflejo en el vidrio y sonriéndole con orgullo, y luego empujé con suavidad.
 
Al abrirla, una campanilla anunció mi llegada con un tintineo discreto. El interior contrastaba con el bullicio exterior: era acogedor, casi íntimo. Un ventilador giraba perezosamente en el techo, moviendo el aire impregnado de café recién hecho y madera vieja. Solo pasé por el mostrador, como cualquier cliente lo haría y caminé sin más hasta mi hermosa habitación.
 
Di un paso dentro y entonces noté que no estaba solo en mi habitación, a veces eso era un usual, pero había sido diferente hoy pues no recordaba haber traído a nadie a mi habitación ¡Y mucho menos tratarla tan mal como para que me estuviera apuntando con mi tridente!
 
 
Era una mujer alta, de cabello rosa y parche en el ojo, llevando unas alas blancas a su espalda ¿Lunarian? No, no. Los lunarian tenían otras características, pero debía admitir que parecía bastante guapa, cerré la puerta detrás de mi para no causar una conmoción mayor ¿Podría tratarse de algún enemigo? Si ese era el caso ¿Por qué usaba mi tridente? ¿Era alguna especie de venganza macabra? Me apuntaba y solo pude mirarla acomodándome los lentes antes de alzar las manos para mostrarle que no era amenaza alguna. —Baja eso por el amor al mar, no lo sostienes tan mal, pero te vas a lastimar o sacarle el ojo a alguien ¿me entiendes? ¿Y qué carajos haces en mi habitación? No invité a ninguna chica ni he pedido compañía. — Refunfuñé, esperando a que bajara el arma, parecía nerviosa ¿Es que tan siquiera sabía usarla?
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#3
Yuuki miró al hombre entrar en la habitación. Era bastante bien parecido, debía de aceptarlo. Tenía el cabello rubio bastante bien cuidado, y además tenía músculo debajo de la camisa. Era, honestamente, un papucho, su rostro había sido tallado por los mismo ángeles. Y ella lo estaba amenazando con su propia arma. Y también lo había robado. Y ahora sentía también esa aura peligrosa que manaba de él. Podía exigir lo que quisiera, ella le iba a obedecer. Hasta las rodillas le temblaban y solo lo había visto.

Apretó su agarre sobre el tridente y lo sostuvo con la firmeza que podía, que igual no era mucha. Aunque lo había escuchado perfectamente, él podía ver el rubor en el rostro de la birkaniana. Los dedos de su mano derecha tamborileaban sobre el asta del tridente y la mano izquierda hacía lo posible para mantener el tridente apuntando al pecho del sujeto aquél.

—T-te entiendo... ciertamente... pero se que en cuanto baje el arma vas a lanzarte contra mi y tengo las ganas de mantenerme viva por hoy...

Dio un paso al frente, si el sujeto guapo no se quitaba, no lo iba a punzar con el tridente, pero las puntas del arma se presionarían levemente contra su pecho. Buscaba presionarlo para que retrocediera y le diera paso libre para irse. Había sido una tonta al pensar que podía ocuparse del dueño de las cosas que había robado.

—Hoy ha sido un día malo. Malísimo. ¿Tienes idea de qué tanto? Y ahora me da por toparme con... quien sabe qué hijo de qué dios eres... —Se mordió los labios al decir aquello. No se podía controlar ni pensar claramente.

Afuera sonaba aún la turba buscándola por todo el sector. Yuuki trató de hacerse la que no escuchó nada, pero era claro que decían que buscaban a una chica con cara de yo no fui que los había querido robar. Y todo estaría bien, pero esa última parte, la de "robar" es la que sonó bastante claro allí en donde estaban ellos dos. Pero era de idiotas fingir que no pasaba nada, cualquiera con dos dedos de frente podría comprender que era a Yuuki a quien buscaban y que era una ladrona. Ojalá al rubio aquél no le diera por buscar, porque ella sí que se había llevado varias cosas de allí.

Guardó silencio entonces. El sudor ahora le salía de la frente y quería que ese momento pasara pronto. Que el tipo la dejara ir y ella buscaría no volver a cruzárselo, aún cuando fuera una pena no ver más de esa belleza encarnada en hombre.
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#4
Sentí el tridente contra mi pecho, el tintineante sonido del metal frio y costoso contra el medallón en mi pecho ¿Atacarme con mi propia arma y con ese nervio? Por el mar, me iba lastimar accidentalmente. No retrocedí ¿Por qué lo haría? Si me terminaba clavando el tridente podría quitárselo con mucha más facilidad. — Mira, agradezco el halago: Ojalá mi padre fuera algún dios, aunque creo que soy el único de mi familia con tal bendición ¿me entiendes? — Suspiré, relajándome un poco más y entonces retrocediendo para poder apoyarme contra la pared: No era miedo ni nada parecido, la verdad solo estaba esperando que el brazo se le cansara para que pudiera tomar mi lanza. No parecía mala persona, solo estresada o tal vez es que ya me había acostumbrado a este tipo de compañía.  
 
El ruido del exterior no era discreto ni lejano; era el tipo de estruendo que vibra en las paredes y se mete bajo la piel. Voces superpuestas, pasos apresurados, gritando con insistencia. No hacía falta ser particularmente perspicaz para atar cabos: con lo que había dicho la birkiniana, solo podía existir una conclusión razonable. Afuera no había curiosos ni vecinos alarmados. Era un grupo. Y no uno cualquiera. Sonaban furiosos.
 
Me quedé en silencio, afinando el oído, como si pudiera medir la intensidad de su rabia por el ritmo de los golpes. Si la chica alada decidía salir por esa puerta, lo más probable es que no durara ni un suspiro, pollo asado. Por lo que pensé, finalmente bajando el tridente con la mano. — Bien, bien, puedes quedarte hasta lo que sea que hiciste deje de perseguirte ¿me entiendes? No te haré nada y honestamente no tienes más opción que confiar en mi. Tezca ¿Cómo te llamas? Tal vez si te digo mi nombre te calmes que por favor, parece que no sabes lo que haces. —
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#5
Desafortunadamente, el hombre de cabellos dorados tenía razón. No tenía otra opción más que confiar en él. Y tener tan pocas opciones era desesperante. Para Yuuki, quien estaba acostumbrada a tener todo bajo su control, o al menos de estar siempre por encima de todo, esa situación no hacía más que desesperarla y darle ganas de gritar y afrontar cualquiera que fuera el destino que le pudiera esperar por enfrentar a la turba ella sola. Y seguramente iban a apalearla hasta que todos sus huesos quedaran rotos, pero sería algo que ella había elegido.

Pero luego de sacudir la cabeza un poco, entró en razón. ¿Qué clase de idiota iba a lanzarse así a una muerte ridícula? Esa no era la forma de irse, no para ella. Ella quería morir de vieja. Lejos de cualquier autoridad que no fuera la suya, y con el estómago lleno de comida y licor. Así es como planeaba dejar el mundo Yuuki.

Así pues, bajó el tridente finalmente y lo giró con algo de torpeza para que el hombre aquél lo tomara en sus manos. Y al hacerlo, recordó que, quizás, podía jugar una carta más.

Por supuesto, era arriesgado. El hombre quizás podría ver a través de lo que ella iba a intentar y entonces las cosas se le podrían poner más complicadas a Yuuki. Pero ya entrada en gastos, poder usar todo su repertorio no era algo que no pudiera hacer y si había oportunidad de recuperar tan siquiera algo del control de toda esa situación, lo haría sin dudarlo. Así era ella.

Sonrió con su cara de niña bonita y miró a los ojos al hombre aquél, esperando aún que tomara el tridente de sus manos mientras ella se le acercaba y se quedaba al alcance de las manos del sujeto de cabellos dorados. Y ahora que lo pensaba, también tenía una voz llamativa. Si lo pensaba bien, hasta era del tipo de hombres guapos que le gustaban... y el oro en sus cabellos lo hacía ser más destacable de lo que podría pensar originalmente.

—Aquí esta tu tridente... eh... como sea que te llames. —Dijo de manera coqueta—. Y supongo que, ciertamente, tienes razón...

El tic que tenía en las manos se pudo ver, mientras los dedos tamborileaban, buscando una superificie para hacerlo. Los nervios seguían teniéndola al borde de un ataque ansioso.

—Y con esto. Estoy completamente a tu merced. Me llamo Yuuki, por cierto. ¿Y ahora qué?

Se meció un poco sobre su propio cuerpo, llevando las caderas de un lado a otro de forma sutil y dejando que las curvas de su cuerpo hicieran un poco su trabajo de hacer que el tipo bajara la guardia. Si era de aquellos que simplemente respondía ante unas cuantas palabras bonitas y algo de cuerpo, pues iba a tenerlo muy sencillo. Pero claro, todo era una apuesta. Podía que esa jugada le saliera, incluso, peor que si no hubiera intentado hacer nada.
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#6
¿Me estaba coqueteando? Sí, me estaba coqueteando.
 
Ah, y yo también le podía coquetear, claro.
 
Tomé el tridente de sus manos con una calma casi despreocupada. El metal se sintió frío entre mis dedos mientras lo hacía girar con ligereza, una, dos veces, como si el gesto fuera más un juego que una maniobra para desarmarla. Después lo apoyé contra la pared detrás de mí, dejándolo fuera de su alcance inmediato. No fue un movimiento brusco ni desafiante, más bien una silenciosa declaración: no buscaba pelea… al menos no esa clase de pelea.
 
Al escuchar su dulce tono de voz, mi atención cayó inevitablemente en su mano derecha. La tomé con una delicadeza que contrastaba con la seguridad de mis movimientos anteriores. Sus dedos eran cálidos contra los míos.
 
Incliné apenas la cabeza y llevé su mano hacia mis labios, depositando un beso lento sobre el dorso de esta, casi ceremonial. Mis ojos no se apartaron de los suyos ni un segundo mientras lo hacía, como si el gesto fuera tanto una cortesía como una provocación cuidadosamente medida.
 
 —Tezca. Tezca Norova, querida. El placer es todo mio. —
 
Mi voz cayó tan dulce como la miel, dejé su mano descender con la misma lentitud con la que la había tomado, permitiendo que mis dedos se deslizaran apenas antes de soltarla. Una sonrisa tenue apareció en mis labios, ladeada, cómplice. Incliné ligeramente la cabeza hacia un lado, estudiándola con una curiosidad descaradamente evidente. La forma en la que movía sus caderas no pasó desapercibida, la miré con descaro antes de subir a su rostro todavía con la sonrisa en el rostro. —Ah, que sigue, esa es una buena pregunta, no podemos quedarnos eternamente en esta habitación ¿me entiendes? — Llevé mi mano a mi mentón, simulando pensar y entonces una “idea” surgió, señalándole con el índice mientras acomodaba mis lentes con la izquierda. — Podrías contratar mis servicios, aunque al ser algo… tan urgente y peligroso el precio será alto, linda. —
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#7
Era claro que era un patán. Y uno peligroso. Pero también estaba guapísimo y se comportaba a la altura de su posición; y tampoco había caído del todo en la trampa de las caderas. Ahora estaba pidiendo un intercambio y ella no tenía nada pra negociar más que ella misma... y era obvio que él lo sabía. Abusivo. Patán. Tramposo. Sucio. Y todo lo malo que podía pensar de él. Pero así también con su último comentario, se le antojaba. ¿Tezca era su nombre? Iba a ser interesante conocerlo.

—Ciertamente... —Se sentó finalmente en la cama y cruzó las piernas. Luego se inclinó un poco hacia adelante y puso ambas manos a los lados, apoyándose sobre las palmas y mantuvo sus alas bien plegadas detrás mientras levantaba su cara hacia Tezca y le sonreía de manera juguetona.

Sus ojos lo repasaron nuevamente de arriba a abajo con intensidad. Era muy buena observando y se fijaba en los detalles que podia encontrar en aquél hombre. Desde su cabello casi perfecto a la piel tan limpia y hermosa. También examinaba su ropa y la forma en que la llevaba. Y por último, aquellos ojos azules que la hacían querer zambullirse en el mar que podia ser su mirada. Aclaró luego su garganta y siguió.

—Pero berries no es algo que cargue conmigo ahora mismo. Si es dinero lo que quieres, puedes ayudarme a volver a la taberna para reclamar el dinero que gané en las apuestas... pero no puedo garantizar que me lo entreguen. Al final me descubrieron haciendo trampa... o eso dicen ellos. —Se llevó el dedo índice de la mano derecha a su labio inferior y luego hizo una cara de inocente que se notaba demasiado pura para ser cierta—. ¿O hay algo más con lo que te pueda pagar por tus... ejem... servicios?

Los dedos de la mano izquierda tamborileaban sobre la cama en un ritmo suave. Tap, tap, tap. Y ella ahora parecía estar como toda una damisela vulnerable e inocente frente a aquél patán. Aunque se había portado de cierta manera caballeroso y eso era mucho más de lo que otros hombres solían hacer con ella. También era por eso que continuaba con el juego del coqueteo.

Frotaba sus muslos el uno contra el otro mientras seguía sentada y a veces sacudía un poco el pecho, justificándolo con el mover de sus alas, a las que luego prestaba atención con sus manos, acomodando pluma por pluma y en completo silencio, simplemente dejando que el rubio la viera y decidiera lo que quisiera... al final no es que tuviera otra opción tampoco.

Fuera se seguían escuchando a los tipos buscándola. Eran bastante tercos. Y aunque las probabilidades de que la encontraran justo en la habitación aquella eran nulas, sí que era arriesgado salir.
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#8
Mis ojos se deslizaron momentáneamente hacia la ventana al seguir escuchando el murmullo de las personas afuera de aquella supuestamente segura habitación. ¿Qué tan mala podía ser la situación para que la muchedumbre aún no se hubiera largado? Bueno… eso significaba algo. Esta chica tendría que quedarse un poco más.
 
No tardé en bajar de nuevo la mirada hacia ella. Sentada sobre la cama, avancé un par de pasos en su dirección, dejando que una sonrisa lenta y cargada de coquetería se dibujara en mis labios, como si la situación entera fuera más un juego que un problema. Esperé hasta quedar justo frente a su rostro, lo suficientemente cerca como para notar cada pequeño gesto. Con calma, apoyé una de mis manos en el borde de la cama, moviéndome con una lentitud deliberada, casi cuidadosa… lo suficiente para no alertarla. —¿No crees que si nos acostamos solo aumentarías tu deuda? ¿me entiendes? — Sonreí burlonamente sin alejarme, llevando una de mis manos a su cabello para jugar con uno de los mechones. —Eres hermosa, no puedo dudarlo, pero no comercio con sexo, princesa. Si quieres hacerlo: pídelo. — Le guiñé, sentándome a su lado para finalmente dejarme caer sobre la cama soltando un suspiro.
 
¿Tal vez debería estar un poco menos cómodo? Aquel angelito no me inspiraba peligro alguno, pero el problema no era él… sino la turba furiosa afuera. No podíamos quedarnos ahí para siempre, así que lo mejor sería empezar a pensar en un plan. Además no me quería arriesgar más, no cuando aún en esta posición mi miraba bajaba a admirar su cuerpo de forma discreta. —A ver… ¿Eres de aquí? Porque una cosa es la gente que te busca y otra que sepa donde vives o que sea la gente con la que convives ¿me entiendes? — Expliqué, quitándome los lentes y dejarlos sobre la pequeña mesa de noche.
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#9
¿No cedía ni siquiera ante la descarada forma en que se ofrecía? Pues iba a estar jodido entonces, porque no iba a soltarle dinero a aquél sujeto. Había entrado a esa habitación a robar, no a perder dinero por nada del mundo. Pero bueno, por lo menos no estaba interesado en hacerle nada por ingresar allí... a lo mejor ni sabía que la intención de ella era robarlo. Y también pasaba que era absurdamente fuerte. Si buscaba hacerle cualquier cosa, iba a terminar muy mal. Yuuki lo podía intuir no más de ver a ese hombre actuar de esa forma tan despreocupada. Y ahora lo tenía acostado en la cama junto a ella, que estaba sentada, y preguntándole como si fuera una conversación de lo más casual. Parte de ella no lo soportaba. ¿Quién se creía que era?

—No, vengo de otro lugar, ciertamente.

Respondió ahora con el orgullo herido. Todavía no podía procesar que la había rechazado. Incluso estaba cruzada de brazos y piernas ahora. Y hasta la voz parecía tener algo de filo. Pero no mucho, pues seguía sonando amable y educada.

—Estoy de paso por Samba. Y tienes razón, esa gente me hará mucho daño si me encuentra. Pero aquí no hay nada que temer, ¿Verdad?

Se giró para mirar al hombre. Tezca se veía tan apetecible y tan fuerte desde donde estaba ella. Y esos cabellos dorados no dejaban de llamarle la atención. Quizás podría estar aún más excitada si pudiera verlo llorar, pero eso sería ya pedir demasiado. Lo que tenía al frente no dejaba de ser llamativo para ella. Y luego de acomodarse un poco el cabello detrás de la oreja en un movimiento inconscientemente coqueto, ella volvió a sonreír de forma confiada. Y es que se negaba rotundamente a que él la rechazara.

Volteándose y poniéndose ahora encima de él, extendió las alas para cubrirlo por completo. Se recostó sobre el cuerpo ajeno y sus manos recorrieron a Tezca desde el abdomen hasta el pecho. Las puntas de los dedos de su mano derecha dieron unos cuantos golpes suaves sobre el pecho del contrario y ella mantuvo su rostro justo debajo de la altura del de Tezca, obligándolo a mirarla hacia abajo si quería verla a los ojos.

—Si nos acostamos. Los dos lo vamos a disfrutar. Además no es como que seas la gran cosa, ¿O si? ¿Cómo te atreves a juzgarme y rechazarme sin haberme probado si quiera, hm? Eres un patán. Un grosero. Un completo imbécil. Y yo una tonta por pensar que podríamos pasarlo bien juntos. Pero aquí estamos... y te daré gusto si tanto quieres oírlo. ¿Piensas rechazarme otra vez?

Habló con un tono que variaba entre lo molesto, lo orgulloso y lo herido. Pero era claro que lo segundo y lo tercero era lo que más se podía notar en la voz de la pelirrosa. Tenía el rostro sonrojado y la mirada rebotaba de un lado a otro, como si hubiera estado arrepintiéndose de lo que decía. Sin embargo ya lo había hecho y ahora solo ocultaba su rostro en el pecho de Tezca. ¿Porqué se sentía protegida en él? Era extraño, pero al tener esa sensación, simplemente abrazó al hombre pasando sus brazos por debajo de él y enterró aún más su rostro en él.

—Te puedo asegurar que puedo hacerte sentir bien. Y que no habrá nadie más en todos los mares que lo logre. —La voz sonó más bien a reproche, aunque Yuuki no hablaba por hablar en ese momento. Sentía un deseo de poder realmente conectar con esa persona. Aunque fuera un momento fugaz y no lo volviera a ver nunca.
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#10
Al notar a la mujer inclinada sobre mi cuerpo abrí los ojos como platos, sorprendido por su cercanía repentina. Durante un instante mi expresión me delató por completo, pero pronto intenté recomponerme, disimulando poco a poco aquella sorpresa inicial.
 
¿Qué estaba pensando realmente, oculta bajo la intimidad que formaban sus alas al cerrarse a nuestro alrededor? ¿De verdad creía que todo sería tan sencillo?
 
Sus manos sobre mí no hicieron más que tensar el aire entre ambos. Tragué saliva casi por instinto, sintiendo como me concentraba en cada pequeño gesto suyo. Mis ojos no se apartaron de ella ni un segundo, siguiéndola con una mezcla de curiosidad y nueva excitacion, como si intentara descifrar cada intención suya antes de que tomara forma, por más obvia qye fuera, pero cuando estaba tan cerca del pecho, oh, tan cerca del colgante sobre mi pecho. —Sin tocar el espejo. — Advertí terminantemente, pero sin regresarle el tacto. — Soy un patán, un grosero y un completo imbécil ¿Pero es que acaso, aunque entraste aquí y me amenazaste con mi propia lanza te he lanzado a la furiosa manta de gente? No tienes ningún derecho de estar aquí y te he recibido, incluso ofreciéndote mis servicios. — Fruncí el ceño, incapaz de ocultar la molestia que me cruzó el rostro. Durante un segundo medí la situación, leyendo el breve titubeo en su postura, ese instante casi imperceptible de vulnerabilidad que había dejado escapar.
 
Y lo aproveché.
 
Con un movimiento rápido, apoyé las manos y la empujé hacia un costado. Su hermoso cuerpo chocó contra el colchón con un leve hundimiento de la cama y la observé con seriedad. —No consumas mi paciencia, he sido más amable contigo que la mayoría así que no te aproveches de esa situación que sé ser un hijo de puta en regla. — La situación era menos ideal de lo que esperaba, pero ya fue por la molestia de sus palabras o aquel tacto que seguía ardiendo sobre mi piel: Mi corazón se aceleraba y mis pensamientos iban tan rápidos que apenas podía alcanzarlos. Sin darme cuenta, mi mano ya estaba sobre su corset para desatarlo, retirarlo con delicadeza antes de subir a sus ojos. —pero no pensaste en ello… Solo pensaste en que te había rechazado ¿Y esa molestia te sirvió de algo? No es por tu berrinche que anhelo quitarte esto ¿me entiendes? — No, eran las ganas de someterla, de probarle que en efecto era la gran cosa. 


Lo que más odiaba era una mujer insatisfecha y berrinchuda.
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