Seraphine Soyer
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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11-05-2026, 11:15 PM
(Última modificación: 11-05-2026, 11:16 PM por Seraphine Soyer.)
Fecha: Día 2 Verano del año 16
Llevó las manos al borde de su vestido y dejó las sandalias en la arena, concentrándose más en sentir aquel elemento entre los dedos de su pie que en vez de preocuparse en inspeccionar su alrededor, algo que, siendo revolucionaria, Seraphine debería haber aprendido hace mucho tiempo que no era la mejor idea; sin embargo, reconocía que tampoco era buena idea pasarse la mayoría de su vida paranoica de la última sombra que se cruzaba en su camino, en especial tras tanto tiempo encerrada, prefiriendo disfrutar de lo que su nuevo día a día tenía para ofrecerle, aunque en esta ocasión, prefería que le sirviese como una rápida distracción tras soñar con Moja.
Y gruñó, caminando en dirección al mar, el agua llegando hasta sus tobillos, y soltó su vestido tras asegurarse de que no se mojaría, llevando una mano a su sien, masajeándola, no esperando aquello, pero tampoco podía quitarse aquella expresión, voz, todo de él, desde la última vez que se vieron, en especial los últimos minutos, podía haberlo dicho desde el primer minuto, la verdad, pero tuvo que esperar hasta tener la confirmación de que la pantera era marine, para decir aquellas palabras, cuando más dolían, por reflejo y pura frustración, dio una patada al aire.
Calculó mal y le dio a una roca que se encontraba debajo del agua, de haber podido, Seraphine habría pegado un enorme grito, saliendo del mar al ver el líquido tornarse rojo, y colocó una rodilla en el suelo para ver las heridas más de cerca, por suerte, solo parecía haberse raspado los dedos del pie, pero más allá de eso, estaba en perfectas condiciones; no parecían estar rotos y podía caminar, aunque ardieran un montón.
—¡Ma..m…!
De pronto, enderezó su postura, mirando a su alrededor. ¿Aquello era la voz de un niño? Y parecía en pánico, confusa; buscó primero en tierra firme, pensando que quizás hubiese un niño corriendo sobre la arena, perdido.
—¡Mamá!— Ahora lo escuchaba mejor y percibió con horror que estaba en el mar, sujetándose de lo que parecía ser un flotador con forma de un pato, a la deriva, no tardando demasiado en correr devuelta al agua, sin importarle que le ardiese, nadando en su dirección. —Tu no eres mi madre— El niño arrugó su nariz, observando a Seraphine, que solo le sonrió, agarrando el flotador para llevarlo de vuelta a una zona segura.
![[Imagen: RlTqH6C.jpeg]](https://i.imgur.com/RlTqH6C.jpeg)
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20-05-2026, 01:55 PM
(Última modificación: 01-06-2026, 06:42 PM por Moja.)
La madera del muelle de Isla Karate crujía bajo el peso de sus botas militares. Moja caminaba con el ritmo monótono de un metrónomo, manteniendo la espalda recta y la gorra de la Marina perfectamente calzada. Sus ojos de pantera, amarillos e intensos, escudriñaban los puestos de pescado, los dojos donde los jóvenes entrenaban a gritos y las calles empedradas que subían hacia el interior de la isla.
Para cualquiera, era el retrato vivo de la eficiencia y el orden. Pero bajo el uniforme, el aire del South Blue le rascaba la garganta de una forma distinta.
Había pasado unas semanas desde que el suelo se abrió bajo sus pies. Desde que descubrió que Seraphine no era solo una mujer de risa ligera y manos cálidas con la que había compartido noches que jamás planeó tener, sino un eslabón de la Armada Revolucionaria. El enemigo directo. El caos que él había jurado erradicar para que el mundo no volviera a romperse como se rompió su infancia.
Un mercader tropezó al cargar un saco de grano, esparciendo el contenido por el suelo. Moja se detuvo. El hombre, asustado al ver el emblema de la gaviota en el brazo del mink, comenzó a disculparse atropelladamente. Moja no dijo nada. Se agachó, agarró el saco de arpillera con una sola mano y, con la precisión de quien repite un ejercicio de la academia, ayudó a recoger el desastre. El mercader le dio las gracias, balbuceando. Moja solo asintió una vez, un gesto seco, y continuó su marcha.
Su silencio, habitualmente interpretado como la severidad de un soldado ejemplar, era ahora una coraza. Desde aquel día, su voz se había vuelto un recurso aún más escaso. Sentía que si hablaba, si permitía que una sola palabra de más escapara de su boca, la contradicción interna lo partiría en dos. ¿Cómo podía el fuego de la justicia convivir con el recuerdo de alguien que desafiaba ese mismo orden?
Llegó al límite del paseo marítimo, donde el pueblo se abría hacia una playa solitaria. El viento sopló con fuerza, trayendo el olor a sal y algo más... el eco difuso de un chapoteo lejano. Sus orejas puntiagudas se movieron, captando el sonido antes de que sus ojos se fijaran en la línea del horizonte.
Nada. Solo el mar picado.
Moja apretó el puño sobre el cinturón azul, sintiendo el peso de su deber, y dio la vuelta para regresar al cuartel. No había espacio para los fantasmas en la patrulla.
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Sonrió, sujetándose del flotador, ignorando el ardor en su pie y mantuvo contacto visual con el niño que todavía lloraba, estirando su mano para darle un par de palmaditas a la cabeza, con el chico todavía llorando, pero consiguió el mantenerse más o menos calmado y señaló en dirección a la arena, después a los dos y de vuelta al mismo lugar, buscando que la entendiese de esa forma, nadando alrededor del flotador y se colocó detrás, buscando empujarlo en dirección a tierra firme, ocultando sus muecas, ya que cada movimiento le producía algo de dolor; no obstante, el deseo de ayudarlo en ese momento era más fuerte para Seraphine que conseguir tratamiento.
—No eres mi madre— Volvió a repetir el niño, a lo que alzó su mano, batallando un poco para mantenerse a flote, ya que apoyar por completo su peso en esta ocasión ocasiona que ambos se hundiesen, e intentó escribir en su espalda. —Vamos a encontrarla juntos, pero primero a salir del mar— Pudo sentircómoo se tentaba y estallaba en otro llanto, no pareciendo entender lo que sucedía, y no pudo evitar resoplar, recordando el motivo por el cual no quería tener hijos, retomando su intención de acercarlo al mar, cosa que consiguió, aunque una ola los engulló, ocasionando que ambos se viesen hundidos, quedando cara a cara con la vida marina.
Y miró a su alrededor, en búsqueda del pequeño, encontrándolo a un par de metros de ella, suponiendo que fue la fuerza del impacto lo que los separó, batallando para dar con él, ya que los siguientes movimientos de mover su pierna le hicieron ver estrellas danzando delante de sus ojos, y lo agarró de la cintura, sacándolo a la superficie, dándole un par de palmadas en la espalda, con intención de que volviese a respirar.
—Todo irá bien— Se repitió en su mente, ignorando el hecho de que el chico mantuvo silencio, hasta que, al encontrarse fuera del agua, volvió a echar a llorar, con más potencia aún e intentando mantener el balance, Seraphine se cayó sentada sobre su trasero, sosteniéndolo como si su vida dependiera de ello. —Todo irá bien— Le dio un par de palmaditas en la espalda otra vez, besándole la frente, en un intento de calmarlo, sintiendo que seguro que el ruido que ocasionaban llamaría la atención de quien estuviese cerca.
![[Imagen: RlTqH6C.jpeg]](https://i.imgur.com/RlTqH6C.jpeg)
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El viento en la costa de Isla Karate siempre traía un zumbido molesto, pero el llanto de un crío era algo que Moja distinguía a kilómetros. Demasiadas horas de guardia entrenando el oído. Cortó la diagonal del paseo marítimo, bajando por la rampa de piedra que moría en la arena húmeda, con la mano puesta de forma automática sobre la empuñadura de su arma de dotación. No corría, pero sus zancadas eran largas, pesadas.
Entonces la vio. Y los pies se le clavaron en el suelo como si la marea lo hubiera congelado allí mismo.
La silueta que intentaba ponerse en pie, empapada y con el pelo pegado a la cara, no era la de una desconocida. El uniforme de la Marina de pronto le pesó el triple sobre los hombros. Era Seraphine. La misma maldita mujer que le había descolocado la cabeza en Baterilla, la revolucionaria que se suponía que debía estar en cualquier otra parte del mundo menos allí, frente a él, acunando a un niño que no paraba de berrear.
Moja se quedó rígido, con las orejas tiesas y las pupilas ensanchadas, casi rompiendo la disciplina que tanto le había costado levantar estos años. Por un segundo eterno, el soldado meticuloso desapareció; solo quedaba el mink que recordaba el olor de su piel mezclado con el tabaco y la sal de aquellas noches. Le dio un vuelco el estómago. Una mezcla pastosa de rabia, confusión y algo que se parecía peligrosamente al alivio se le agolpó en el pecho.
¿Qué cojones hacía ella en esa isla? ¿Era una operación de los rebeldes? ¿El crío era parte de alguna tapadera? Su mente, normalmente rápida para trazar estrategias de combate, se atascó por completo.
El niño soltó otro chillido sordo, tosijoso, y eso pareció devolver a Moja a la realidad. Nadie del pueblo venía hacia aquí, estaban solos en ese tramo de playa. Moja tragó saliva, sintiendo la boca seca, y obligó a sus piernas a reaccionar. Avanzó despacio, dejando que el crujido de la arena bajo sus botas delatara su presencia para no sobresaltarla... o tal vez para ver cómo reaccionaba ella al ver el uniforme blanco y la palabra "Marine" en su gorra.
Se detuvo a unos cuatro metros, la sombra de su cuerpo robusto proyectándose sobre ella. La miró fijamente, con los ojos amarillos fijos en sus manos mojadas y luego en el pie que ella parecía intentar proteger. No dijo nada. No podía. Si abría la boca, no sabía qué ley de la Marina iba a romper primero.
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