[PR-Entrenamiento] P de Pelea
#1
Día 65 de Otoño, Año 17

El otoño llegaba a su fin, y ya perdí la cuenta del tiempo que llevábamos en esta isla salvaje. Había olvidado lo que se sentía al estar en contacto con la civilización, especialmente teniendo en cuenta que nuestro grupo no destacaba por su aspecto “civilizado” Pero el día de hoy al menos podría entretenerme con el entrenamiento que había acordado con Enji.

—Aaarrghh— Exclamé perezoso mientras me levantaba en el camarote del barco. —Tenía que ser por la mañana…— Me guardé los guantes que tenía guardados en una bolsa en mi cinturón, junto con mi Den Den Mushi y algunas cosas que podrían serme de utilidad para el combate.  Con todo listo, salí del barco con pasos perezosos mientras observaba la costa en la que nos encontrábamos. El viento que soplaba con fuerza, desplazaba de vez en cuando la arena, creando nubes de polvo que se disipaban rápidamente. El olor a sal resultaba agradable y, a pesar del viento que soplaba a cada rato, el cielo estaba completamente despejado, lo que permitía disfrutar del brillo del mar en la distancia.

Mientras observaba el paisaje mi capitán apareció a mi lado —Ha pasado tiempo desde nuestro último combate jejeje— Dije mientras chocaba mi puño contra mi pinza y dibujaba una sonrisa desafiante en mi rostro. Seguido de eso, salté sobre la barandilla del barco, para después dar un segundo salto, cayendo esta vez en la arena de la costa.

—Pelear en el barco podría ser un problema, así que tocará hacerlo aquí— La arena no era tan incómoda como para limitar nuestros movimientos, por lo que era un lugar propicio para entrenar —No es el campo de entrenamiento del cuartel de Baterilla… Pero tampoco está mal— Le comenté a mi compañero mientras me metía algo que guardaba en el bolsillo izquierdo en la boca.

Estando ya situado y listo para el combate, subido en la roca más alta, me transformé en mi forma completa de tortuga, disminuyendo considerablemente mi tamaño y alenté a Enji a comenzar el encuentro —¡Cuando quieras!— Una vez dicho eso y con mi vista fija en él, introduje mi cabeza completamente en mi caparazón, al mismo tiempo que reculaba ligeramente mis patitas de tortuga sobre el mismo.

Sabía lo fuerte que era el oponente que tenía delante, seguramente era quien mejor lo sabía. Enji no era un rival contra el que pudiese mantenerme relajado si no quería hacer el ridículo. Me determiné a lograr ponerle de rodillas en este combate.

Contenido Oculto


Contenido Oculto


Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 4016 + 0 = 4016
Energia: 3305 - 8 = 3297
Espiritu: 955 + 0 = 955
#2
Un mes entero transcurrió desde su llegada al territorio salvaje que era Kyodaina, en la Grand Line. Una isla selvática plagada de animales enormes, insectos venenosos, plantas carnívoras y todo tipo de peligros propios de una isla de pesadilla, diseñada por la ley del más fuerte. Conseguir comida y agua significaba aventurarse en las fauces del lobo, sortear las garras del oso y sobrevivir a la mordida del tigre, rogando en el camino no haber recibido una picadura mortal del más pequeño y letal enemigo: el mosquito. Y todo eso, solo para rellenar los barriles y tener algo de carne para asar en la fogata.

La vida en Kyodaina era difícil, rústica, primitiva, y exigía amoldarse rápido o perecer en el camino. La división 80 tomó sus recaudos para poder salir adelante en un contexto tan complicado. Juan, el carismático gyojin del grupo, se volvió el encargado de la cocina, responsable de evitar enfermedades que pudieran entrar en sus cuerpos a través de la comida. Sigrid, la vikinga buccaneer, amplío los conocimientos médicos del resto, enseñándoles cómo actuar en casos de picaduras, heridas punzantes e infecciones. Masato y él mismo habían aprendido mucho. Por último, Akira, que se sentía en su salsa, era de los mejores cazando.

A su modo, desordenado y caótico, encontraron la manera de funcionar. Después, encontraron la manera de subsistir, y pronto se vieron viviendo tranquilos. Lo que no impedía sus constantes quejas sobre querer avanzar a la próxima isla, una isla que, según Akira, era mucho más civilizada que ese trozo de selva perdido en el mar.

Lamentablemente, primero tenían que solventar el problema por el que los enviaron allí. Todos los días salían a explorar una zona distinta, pero la selva era enorme y podrían tardar otro mes entero en encontrar lo que sea que estuviera haciendo saltar las alarmas de actividad sospechosa en la zona. Paciencia, eso necesitaban.

Y eso, precisamente, no le sobraba al capitán de la 80.

—Pasaron meses, Juancho.

Chocaron puños. O, bueno, puño y pinza, antes de que Juan saltase fuera del barco. Enji lo siguió, aterrizando en la playa donde habían atracado. Entrenar era importante, fundamental. Necesitaban pulir sus habilidades y, al mismo tiempo, conocer a fondo los límites de cada uno. Conocer las falencias y los puntos fuertes, para así saber cómo apoyarse entre ellos cuando la situación lo amerite. Hacía mucho que no se tomaban el tiempo de intercambiar golpes para saber quién golpeaba más fuerte, y si eso era suficiente.

Ahora tendrían una oportunidad de hacerlo.

Enji se paró sobre otra de las grandes rocas que ocupaban la playa, diez metros por delante de Juan en dirección sur. En sus brazos traía los Jarngreipr, reparados por el mismo Juan después del accidente del New Era Joy Park, vestía pantalones azules reglamentarios y no tenía remera, ni chaqueta, que le cubriesen los hombros o el torso. Tampoco botas. Así estaba cómodo.

—Eh, eso no se vale —dijo, tras atestiguar la transformación en tortuga de su compañero—. Me sabe mal golpear a una tortuga… tortuga. Cuando eres tortuga-cangrejo, es más fácil, porque eres feo que da miedo, pero así… hasta te ves tierno, Juanchito.

El capitán de la marina sonrió, más su sonrisa no reflejaba ternura. Su gesto estaba pintado de ese particular entusiasmo, que rayaba en la locura, tan característico de Enji. Después, extendió los brazos al frente y de sus manos empezó a brotar un líquido morado, espeso y viscoso, que, como si se tratara de un apéndice de su propio cuerpo, se extendió en el aire y cortó rápidamente la distancia que lo separaba de Juan Sebastian, sumergiéndose en el orificio donde la tortuga guardó su cabeza. Litros y litros del veneno entraron en la coraza y empezaron a extenderse, aunque su tarea principal fue la de rellenar ese espacio donde se ocultaban los ojos, nariz y boca del sargento.

—¡Sal de allí, pequeño Juancho! —exclamó, las manos al frente manipulando la masa venenosa mientras su cuerpo exudaba esa naturaleza vil y peligrosa de su akuma no mi—. ¡O respira profundo por un rato!
Contenido Oculto


Off
#3
El primer punto de mi estrategia parecía haber sido un éxito. Mis ojitos adorables que brillaban frente al mar, acompañados de mis pequeñas y rechonchas patitas, me hacían ser tan adorable que impidiese a mi oponente atacar —No puedes dejar que tus sentimientos nublen tu- — Pero antes de terminar mi recochineo, Enji, impasible como de costumbre, segregó un veneno con el que llenó el interior de mi caparazón sin piedad ninguna, a una velocidad tan vertiginosa que me hizo imposible reaccionar.

 ¿Es que acaso no tenía corazón? ¿Mi capitán realmente era un monstruo desalmado? Quizás era algo que debería haber esperado de alguien como él. Después de todo, era el tipo de persona que sabe aprovechar bien las aperturas de sus oponentes para atacar con fiereza.

Al momento de sentir entrar el veneno en mi interior, comencé a sentir un dolor agudo que ya me era familiar, acompañado por la angustia que me provocaba el no poder respirar. Con afán de poder volver a respirar y después de saltar 4m hacia el sur, expulsé mi cabeza con fuerza hacia el frente, en la dirección donde se encontraba mi compañero de prácticas, aprovechando para lanzar, con la proyección del mismo movimiento, una bala que previamente me había guardado en la boca, proyectando la misma directa al rostro de Enji con todas mis fuerzas. La bala, salpicada del veneno que me rodeaba, voló certera hacia el objetivo al que se dirigía.

Tras este movimiento, me dejé caer hacia adelante, cayendo de la roca sobre la que estaba situado para volver a colocarme en la arena. Aprovechando el mismo movimiento de la caída, y con todo mi cuerpo dentro de mi caparazón, comencé a rodar hacia su posición a toda velocidad (Que no es mucha, para qué mentir), levantando una enorme nube de arena a mi paso y chocando torpemente con los obstáculos que había en mi camino, haciendo saltar trozos de rocas, caracolas y demás restos que había por la arena.

Al recorrer los diez metros que nos separaban, finalicé mi movimiento, trepando la roca sobre la que estaba situado Enji, con el propio rodar de mi cuerpo, e impactando con mi caparazón contra su torso. Al terminar mi ataque, salí de mi caparazón, con la cabeza y las patas ligeramente recogidas, pero visiblemente mareado, ¿Mis ojos me estaban engañando? Por algún motivo, parecía que tenía dos personas frente a mí.

Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 4016 - 34 = 3982
Energia: 3297 - 550 = 2747
Espiritu: 955 + 0 = 955
#4
Juan Sebastian, el cangrejo; Juan Sebastian, la tortuga cangrejo; y, por último, Juan Sebastian, la tortuga. Todos ellos tenían una cosa en común: su coraza. En su forma normal, su transformación parcial o la transformación completa de su Fruta del Diablo, el sargento y segundo al mando de la división era conocido y condecorado por su infranqueable defensa. Era un bastión, un muro que se alzaba alto para proteger a quien buscara refugio en su espalda. La justicia que resguarda, justicia inamovible, cuya expresión amable y cordial, hasta risueña por momentos, inspiraba confianza.

Del lado opuesto del espectro estaba Enji, un marine tosco, gruñón y salvaje. Enji miraba con ojos afilados, intensos, ojos en los que no podías confiar; hablaba fuerte y su tono era agresivo, violento, difícil de pasar e imposible de ignorar; peleaba de frente, y sin cuartel. La suya era una justicia extraña, feroz. Una justicia violenta. Refugiarse en su espalda no era una elección, era una obligación. De lo contrario, estabas en su zona de ataque, y nada te garantizaba salir airoso de las ofensivas del capitán.

—¡Shihahaha! ¡No hable con la boca llena, soldado! ¡Pueden entrarle bichos y no queremos que se enferme! —exclamó, punzante. El veneno estaba haciendo su trabajo, enfermando a Juan y deteriorando, poco a poco, su estado. Por supuesto, esa no era su bala ganadora. Podía tardar siglos en incapacitar a alguien tan grande y saludable como Juan Sebastian con ese veneno tan suave. No. Tenía algo distinto preparado para afrontar ese desafío.

El desafío de atravesar la coraza más resistente de todo el South Blue. Pronto de todo el Paraíso.

Juan avanzó. Supo al instante lo que eso significaba.

«Aquí viene»

Porque el tanque también tenía un maldito cañón integrado.

Levantó los brazos y apretó el abdomen, encorvándose ligeramente hacia adelante para cubrir cuanto pudiera con sus antebrazos. Esperaba una carga, un ataque giratorio usando el caparazón. Un ataque que ya conocía. En su lugar, lo que recibió fue un balazo en la mano derecha, sobre la tercer falange de los dedos medio y anular. Un impacto certero y poderoso que lo obligó a romper la guardia y agitar las manos para solventar el intenso dolor de recibir un disparo en esa zona. Su compañero tenía trucos nuevos.

Y él también.

El veneno que exudaba su cuerpo empezó a expandirse en respuesta, creciendo como una masa rebullente. Aquella era la sorpresa que tenía preparada para desafiar al escudo de la 80.

Su lanza.

Apretó los puños y extendió los brazos a los costados.

—¡Galopa!

Una violenta explosión de veneno ocurrió, con él como epicentro. La viscosa sustancia morada creció y inundó los alrededores, expandiéndose a una velocidad vertiginosa. Piedras, árboles y arbustos fueron arrastrados por la erupción, destruyendo sin miramientos, sin discriminar a quién o qué alcanzaban. Una oleada de la violenta justicia que pregonaba Vangelis.

—Fauces…

En mitad del cataclismo, Enji emergió. No había perdido de vista a Juan. En mitad de la salvaje oleada, avanzó, usándola de camuflaje y distracción. Saltó en diagonal a la izquierda, colocándose a la derecha de Juan Sebastian y desde allí se largó en carrera hacia él, las manos exudando una sustancia azul que destilaba vapor. Las piedras y los árboles se derretían a su alrededor.

Enji saltó hacia la tortuga, sendas puntas envolviendo y alargándose desde el final de sus puños. Puntas líquidas de color rojo que, combinadas con el veneno azul de sus palmas, tomaban un tono violeta.

—¡Aguijón!

Puntas que impactó contra el férreo caparazón de la tortuga en una doble descarga descendente, cómo dos martillos tratando de asegurarle un lugar en el suelo o debajo de él. Un golpe que siguió de forma inmediata a la ola.

Off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3072 - 386 = 2686
Energia: 2824 - 995 = 1829
Espiritu: 1012 + 0 = 1012
#5
Enji, de forma muy afortunada, fue capaz de anticipar el golpe que iba dirigido con certeza a su rostro, logrando neutralizando parte del daño con su mano derecha —Tch…— Chasqueé con resignación, viendo que a mi ataque le faltaba velocidad para sorprender a alguien tan curtido en combates como mi compañero —Era demasiado bonito— Pensé con resignación mientras sacudía los restos de veneno, que se aferraban como agujas a mi cabeza.

No fue un despiste, mientras me quitaba el veneno de encima tenía al capitán de la división 80 perfectamente vigilado, o eso era lo que pensaba en mi infinita ingenuidad. De un momento a otro, la figura supurante de veneno de Enji, desapareció de mi vista y, antes de que me diese tiempo a reaccionar, me vi envuelto en una ola de veneno lo suficientemente poderosa como para romper mi férrea defensa.

Casi de forma simultánea al veneno que se agarraba a mi carne, inundando todo mi cuerpo con su viscosidad, un ataque más impactó desde lo alto de mi caparazón, haciendo que mis rodillas hicieran el amago de ceder frente a la presión angustiante del impacto —¡Argghh!— Exclamé de dolor mientras sentía como mi vista se nublaba, perdiendo la defensa con la que me defendía de los ataques. ¿Qué era lo que había pasado? ¿Cuándo? ¿Cómo? Mi cabeza estaba inundada de preguntas sin respuesta, acumulándose una encima de otra antes de poder llegar a alguna conclusión.

En la espiral de dolor, veneno y confusión en la que me encontraba sumergido, realicé un movimiento instintivo que no requería de un pensamiento previo. Volver al hogar, un sentimiento que está grabado en el interior de cualquier animal, un sinónimo de seguridad, confort, en ningún sitio como en casa… De ese modo, introduje lo poco que le faltaba a cada una de mis extremidades dentro de mi caparazón, enfocándome completamente en mi defensa, en un intento de conseguir un respiro de esta avalancha de ataques. —Uargghhh, que azco Enji…*Cough* *Cough* Me ha entrado veneno en la bocaaaaa—

Desde mi posición no podía ver a mi compañero, pero el sonido de su caída, que hacía eco en mi cabeza, me daba una idea de que estaría en algún lugar a mi derecha. Mi ataque a distancia no fue suficiente para hacer mella en él, y en mi adorable forma de tortuga era demasiado lento como para hacer algo más allá de resistir sus acometidas. El plan de resistir sus ataques como si de una roca se tratara no parecía tener mucho futuro viendo como había roto a través de mi coraza.

Desde el exterior, se podía apreciar como el tamaño de mi caparazón aumentó de forma considerable, como si de una pelota siendo inflada se tratase. Y desde el interior, podía sentir como mis torpes patitas de de tortuga volvían a transformarse en mi pinza y mi mano escamosa, así como mis cuatro extremidades inferiores volvían a emerger. Mientras trataba de refrescar mi cabeza, me aseguré de estar perfectamente equipado para la siguiente fase del combate.
Contenido Oculto


Contenido Oculto


Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3982 - 1977 = 2005
Energia: 2747 - 8 = 2739
Espiritu: 955 + 0 = 955
#6
La tempestad cayó sobre lomos del valiente cangrejo y su caparazón, como siempre, aguantó el tipo. El envite de las peores catástrofes que un hombre de veneno podía invocar era todavía insuficiente para quebrar al bastión de la octogésima división. El terreno, sin embargo, era otra historia, y estaba sufriendo los estragos de la akuma no mi del capitán.

La selvática playa estaba siendo arrasada. Las rocas, árboles y arbustos que salpicaban el terreno, dotándolo de color y heterogeneidad, cayeron presas del espeso y ácido líquido que erupcionó desde su cuerpo. Las ramas se marchitaron y cayeron, desmoronadas; piedras que nacieron junto a la isla se resquebrajaron y convirtieron en escombros; las flores e insectos perecieron tras un único bramido al unísono, dejando detrás solo un esqueleto marchito. Cuarenta metros a la redonda, el escenario se convirtió en un paraje desolado, marchito, muerto. Toda vida se había apagado. Todas excepto dos: Juan Sebastian y Enji, parados en el epicentro de la destrucción.

Incluso los pantalones del recientemente ascendido capitán sufrieron las consecuencias de su poder: habían sido desintegrados.

—¿Ah? ¡No te quejes, Juancho! ¡Estamos peleando! ¡El enemigo no tendrá problema con llenarte el culo de veneno si tiene la posibilidad! —Levantó las manos sobre el caparazón del gyojin mientras este crecía repentinamente—. Agradece que yo no apunto a la espalda.

El veneno volvió a supurar de sus dedos y caer sobre el caparazón, filtrándose por la rendija donde se escondía la cabeza del sargento. Diez litros volvieron a vertirse sobre la carne de su compañero. La peligrosa toxina se inoculó por segunda vez en el cuerpo de Juan Sebastian.

—¡Sal de ahí, dulce princesa! —exclamó y levantó el puño derecho, dando un paso atrás. Apretó los dientes, tensó la mandíbula y con un firme paso al frente, descargó un toxico puñetazo contra la coraza del gyojin. La arena vibraba con cada impacto del irrefrenable contra el inamovible—. ¡Vamos, grandote! ¡No vas a ganarme si no sales de ahí! —exclamó, y volvió a levantar el mismo puño. Una segunda descarga cayó, pesada, contra Juan, esta vez al grito de—: ¡Colmillo! —Las incrustaciones de los Jarngreipr rechinaban contra la gruesa defensa de su compañero. Saltaban trazos de veneno en todas direcciones—. ¡Juaaaaaaaan! ¡Lagarto el que se quede en su caparazón!

Off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2686 + 0 = 2686
Energia: 1829 - 396 = 1433
Espiritu: 1012 + 0 = 1012
#7
Mientras me escondía en mi fortaleza, una vez más el veneno entró por los agujeros de la misma, afortunadamente esta vez me pilló con la boca cerrada. Pero eso no hacía que el punzante dolor de aquella violácea sustancia, que se agarraba celosamente a mi carne, fuese menor. Mi cabeza seguía dando vueltas, tenía la intención de no salir de mi refugio hasta que mis ideas se acomodasen, pero no iba a ser tan sencillo.

Enji me apuraba a salir del caparazón al tiempo que descargaba varios golpes que sentía retumbar sobre mi armadura natural. Mi capitán era sin dudas implacable en su ofensiva, pero en esta ocasión, era capaz de absorber los impactos cómodamente. Si algo estaba resultando molesto, era el retumbar de sus golpes y sus palabras en mis oídos, era como estar metido en una caja de sonido caótica en la que no podía respirar.

Todo este conjunto de circunstancias no hacían más que agudizar la sensación de náuseas que me provocó con sus impactos anteriores, pero unas palabras suyas encendieron un fuego dentro de mí “¡Lagarto el que se quede en su caparazón!”. Mi siguiente secuencia de movimientos se produjo a toda velocidad, propulsada por mi orgullo herido. Saqué velozmente, pero con timidez, mis extremidades, abrazando mis matas abdominales a mi cuerpo y aprovechando el impulso de mis piernas traseras al salir levemente del caparazón para dirigirme a por Enji, cuya posición sabía gracias a sus comentarios para sacarme del caparazón.

Un mero instante después de lanzarme a por él, le ataqué con mi pinza, agarrando su cuello con el mismo movimiento. Con mi compañero agarrado del cuello, intenté mirar su cara con claridad, pero su rostro se difuminaba a ratos al mismo tiempo que mi postura se tambaleaba. —Aquel golpe anterior… Fue duro…— Le dije con la voz un poco ida, al mismo tiempo que metía mi mano izquierda con algo de torpeza en mi bolsillo.

Sin dudas, el daño que había recibido anteriormente ameritaba una represalia por mi parte, por lo que le escupí sin compasión en la frente. —¿Quién es el lagarto ahora eee?— Mis ataques sin dudas no eran tan poderosos como los suyos, pero si conseguía encadenar pequeños golpes con férreas defensas, podría dar un combate digno a un luchador tan hábil como lo era mi capitán.

Mientras trataba de ganar tiempo, di un vistazo rápido al campo de batalla, lo que antes era una preciosa playa rodeada por árboles se había convertido en un terreno yermo, carente de cualquier tipo de vida… —Menos mal… Que no hemos peleado en el barco jeje...— Comenté con un deje de alivio, solo pensar en la bronca de Akira, Sigrid y Masami me helaba la sangre. Entonces miré fijamente a Enji, y con un tono confiado que no llegaba a ser vacilante, le pregunté —¿Te rindes?— Al tiempo que arqueaba una ceja.

Contenido Oculto

Contenido Oculto

Contenido Oculto

Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2005 - 38 = 1967
Energia: 2739 - 193 = 2546
Espiritu: 955 + 0 = 955
#8
La guerra… la guerra nunca cambia. La guerra es cruel y embustera; no conoce de honor, treguas ni piedad, sólo de ganadores y perdedores. La guerra se vive todos los días. La ves en las calles, oculta tras oscuros callejones o campante en las plazas, perturbando a las masas, y asesinando la inocencia de aquellos demasiado verdes como para reconocer lo violento del mundo. Enji conocía esa violencia. La peor decadencia lo forjó y el más honesto cariño lo templó, endureciendo la hoja curva en la que se había convertido. Una hoja ponzoñosa, destinada a destruir, pero cuya punta esperaba todavía el día de ser apuntada contra el enemigo final. La razón de ser de su filo. Un rostro que todavía desconocía.

Hasta entonces, el rostro de Juan Sebastian sería un buen objeto de práctica. Un enemigo digno que lo obligaba a mantenerse tenso y alerta, consciente del peligro que representaban sus puños y su pinza.

Media sonrisa curvó sus labios. La provocación había surtido el efecto esperado: Juan emergió, convertido en su forma híbrida, del enorme caparazón de su espalda. Sacarlo de esa coraza era fundamental, la base de cualquier estrategia que se quisiera considerar digna de afrontar tamaña defensa. Obligarlo a abandonar el refugio perfecto era el primer paso.

El segundo, el tercero y el cuarto eran golpear, y golpear fuerte.

Juan se levantó. Una mole de más de media tonelada, por mucha fuerza que tuviera en las piernas, era lenta al erguirse. Más lenta de lo normal.

Ese factor lo decidió todo.

—¡Espina!

Enji invocó su veneno, que, ni lento ni perezoso, envolvió su puño izquierdo y se amalgamó en la forma de una esfera con pinchos. En un espacio reducido realizó una finta, moviéndose a la derecha para luego atacar por la izquierda dando un giro de trompo e impactando con el dorso de sus guantes sobre el abdomen del gyojin. La pinza lo alcanzó y, al mismo tiempo, su golpe conectó. Una explosión ocurrió en consecuencia. La fuerza de su impacto produjo una intensa ráfaga de aire y el veneno de su técnica se disparó en todas direcciones, como metralla. Sendos trazos morados se extendieron sobre el caparazón del bastión de la ochenta.

Enji apretó los dientes. El agarre era firme, absolutamente asfixiante. Sintió que en cualquier momento esa pinza podría cerrarse un poco más y fracturarle la columna. Pero la fuerza de su golpe logró hacer flaquear a Juan, perturbar un poco más su eje, forzando la separación de sus “dedos” el tiempo suficiente para que Enji escapase. Se agachó, liberado, al mismo tiempo que su brazo derecho impactaba en el estómago del crustáceo otro puñetazo. Después retrocedió dando un largo salto hacia atrás.

—¡Mierda! Fue un buen intento, Juancho… —reconoció, arrastrando los pies sobre la arena para detenerse. Empezaba a notar las huellas del cansancio, el sudor corriendo por su frente, la respiración agitada. Volvió a asumir una guardia alta, los puños al frente chorreando veneno hasta los codos y su sonrisa desafiante, siempre presente, aguardando el momento de volver a lanzarse a la carrera—. ¡Mucho mejor que la última vez! Hijo de tu crustácea madre, casi me partes el cuello hace un momento.

Off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2686 - 200 = 2486
Energia: 1433 - 660 = 773
Espiritu: 1012 + 0 = 1012
#9
Mi agarre conectó con éxito en mi compañero, pero él no era el tipo de persona que caería sin patalear antes. Al mismo tiempo que agarré su cuello, conectó un furioso golpe dirigido a mi abdomen, encontrándose con mis patitas abdominales en el camino, para luego chocar contra mi férrea defensa. El veneno rebotó contra mi cuerpo justo antes de que mi certero escupitajo impactara con fuerza contra su frente. Con Enji atrapado por la fuerza de mi pinza, esta era la primera vez que lograba sentirme victorioso en un gran duelo uno contra uno.

Podía sentir la fuerza de mi compañero en el intento de zafarse de mi agarre, pero era insuficiente. La fuerza de mi pinza era algo que siempre me había llenado de orgullo, casi tanto como el que le tenía a mi impecable coraza, mi capitán no sería capaz de zafarse de mi agarre. Tras dar un vistazo al campo de batalla, mi visión volvió a la normalidad, pudiendo mirar claramente en ese momento el rostro de mi formidable oponente.

Sentencié el resultado de la contienda. Podría estrangularle hasta que se desplomase inconsciente, pero no era ningún sádico, además, aún tenía ganas de seguir con la fiesta. —¡Es mi victoria, capitán!— Dije mientras lo sostenía por encima de mi cabeza, con mi brazo completamente extendido —Pero…— Musité al tiempo que sacaba mi mano izquierda del bolsillo con el puño cerrado y bajaba ligeramente su cuerpo —Sería una pena parar, creo que ambos aún tenemos fuelle para más— Y al terminar mi frase, solté mi más poderoso puñetazo sobre su barriga con todas mis fuerzas, al mismo tiempo que aflojaba mi agarre, haciendo que Enji volase tres metros hacia el sur, cayendo sobre la arena embarrada por el veneno.

Ya no era una pelea para determinar quién sería el ganador, quería seguir peleando contra mi querido amigo hasta que ya no pudiésemos más, quería terminar de darlo todo. Pensé en lo peligrosa que había sido mi situación mientras observaba su cuerpo supurante de veneno. Pocas palabras eran necesarias llegados a este momento del combate, el viento sopló una vez más con fuerza, moviendo su blanca cabellera con violencia. Sin dudas, la imagen que tenía frente a mí era épica, especialmente debido a la ausencia de pantalones de Enji, que mostraba su hombría con el orgullo propio de los hombres más valientes.

Alcé mi voz con fuerza, mientras señalaba a mi pecho con mi pinza con la intención de hacer hervir el encuentro —¡Hasta que uno caiga, Enji! ¡Dámelo todo! —   No sabía si podría resistir la furia de los ataques de Enji, por lo que me volví a introducir en mi seguro caparazón, sin apartar la vista de él, pero la vida es para divertirse, qué aburrido sería un choque sabiendo cuál sería el resultado final.

Contenido Oculto


Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
#10
La lanza impactó en el escudo y se incrustó en él. Lo atravesó, rompió su defensa, pero sólo parcialmente. No logró destruirlo, y ahora, con la punta del arma atorada en el casco, el combate estaba decidido. La lanza y el escudo habían chocado con la enteridad de su espíritu. El filo se desgastó, la placa se mantuvo firme. El ganador era claro.

Enji apretó los dientes, la sonrisa torcida y maniática. El abdomen de Juan estaba cubierto, tapado por las patas extra de su morfología gyojin. Esa precaución extra, que nunca vio venir, desbarató sus planes. Con ella, Espina conectó de lleno y aún así no fue suficiente. Juan seguía de pie y su pinza lo había capturado, atenazándole el cuello de forma tal que no pasaba por su garganta ni una sola gota de aire. Dejó de sentir el suelo bajo sus pies, colgando a un metro de la arena y a completa merced de su compañero. Sujetó con ambas manos los lados de la pinza y trató de abrirla, pero era inútil. Lo sabía: había perdido en ese preciso instante.

—Ca…bron…

Apenas podía conectar seis letras, la presión en el cuello era demasiado intensa y tenía paralizadas sus cuerdas vocales. Exhudó veneno, soltando todo lo que pudo en ese momento en una especie de reacción instintiva. El líquido morado brotó de sus manos y empapó la pinza, corrió por el brazo de Juan y después chorreó por su torso acorazado. Eso era todo lo que podía hacer: dar manotazos de ahogado.

Lo que siguió fue doloroso.

—¡Guh!

Un poderoso puñetazo se hundió en su estomago. Sintió como se le revolvían los intestinos para reacomodarse bajo la acusiante presión del impacto, lo que forzó el subir de líquidos que acabó escupiendo por la boca antes de salir disparado hacia atras. Voló ocho metros antes de que sus pies tocaran el suelo nuevamente. Tracción con los dedos sobre la arena para detenerse, y lo logró. Estaba parado, increíblemente. Las piernas firmes, la mirada sería, el cabello sobre la cara. De sus manos seguía cayendo veneno, cosa que no le importó a la hora de llevarse una al cuello y empezar a rascarse. Era un tic que no podía contener. Mucho se había aguantado durante la pelea.

Después de unos segundos rascándose y observando a Juan, se detuvo y escupió al suelo.

—Sí, supongo que es tu victoria, sargento patas rojas… —Se acarició la garganta, dónde tenía todavía las marcas de la pinza—. Eres un cangrejo mucho más duro que la última vez… ¡Ja! Voy a tener que pegar mucho más fuerte si quiero romper esa coraza tuya. ¡Es emocionante!

Su corazón latía fuerte y rápido. Estaba cansado. Podía notarlo, como un ligero cosquilleo detrás de la garganta: estaba en las últimas. Pronto se quedaría sin combustible. Quizá lo mejor era reconocer la derrota y volver al barco para descansar.

Pero, ¿como rechazar esa propuesta?

—Shiha… ¡Shihahaha! ¡Tú sí que eres todo un hombre, Juancho! —exclamó, sonriente—. ¡Lo cual es muy gracioso porque eres un maldito cangrejo con complejo de tortuga también! ¡Garra!

La presión de sus pies en el suelo generó una pequeña explosión de arena cuando su cuerpo salió despedido hacia adelante, cegando la distancia que lo separaba de Juan en un destello morado. Su puño derecho cargaba con la rabia de la derrota. Impactó contra el torso de Juan, en su abdomen, y el envión lo llevó a seguir camino en línea recta otros cinco metros. Acabó parado sobre el cadáver seco de un árbol, mirando a la espalda de Juan Sebastian.

Off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2486 - 748 = 1738
Energia: 773 - 337 = 436
Espiritu: 1012 + 0 = 1012


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 3 invitado(s)