22 de invierno, Año 12, Isla de Baterilla.
Corría hacia afuera de mi casa, tesoro, con el pecho ardiéndome de rabia y frustración mientras el frío del invierno golpeaba mis alas apenas cruzaba la puerta. A mis quince años ya estaba cansado de las mismas discusiones, de las mismas miradas, de sentir que cada minuto dentro de esa casa era una batalla que nunca terminaba; honestamente, prefería congelarme afuera antes que seguir escuchándolos. Otra vez habían comenzado con lo mismo, que de dónde había sacado ropa de mujer, que por qué insistía en usar maquillaje, que debía comportarme como un hombre. Como si repetir esas palabras fuera suficiente para arrancarme lo que era. Caminé rápido por la calle, respirando el aire helado mientras intentaba sacar toda esa presión de mi cabeza.
Esa casa me estaba desquiciando y lo peor era que no entendían nada. No estaba haciendo daño a nadie, no estaba lastimando a nadie por querer vestirme como me gustaba o sentirme cómodo conmigo mismo, pero para ellos parecía un crimen. ¿Tan difícil era dejarme existir?, murmuré con impotencia, abrazándome un poco por el frío. Todavía era solo un adolescente, ni marine, ni soldado, ni alguien fuerte; solo un chico intentando entenderse a sí mismo en un mundo que parecía empeñado en decirle que estaba mal.
Eran alrededor de las siete y media de la noche, tesoro, y aun así no miré hacia atrás. Seguí alejándome mientras escuchaba la voz de mi padre detrás de mí, reprendiéndome desde la entrada de nuestro hogar, no, mejor dicho, de su casa, como tantas veces me lo había dejado claro. El frío hacía que mis alas se tensaran un poco, pero en ese momento dolían mucho más sus palabras que el invierno, me sentía solo, completamente solo y no podía evitar preguntármelo una y otra vez, ¿Por qué yo? ¿Por qué tenía que ser tan difícil simplemente existir? Siempre veía cómo las familias de otros apoyaban a sus hijos, cómo los defendían o al menos intentaban comprenderlos, yo ni siquiera esperaba comprensión absoluta, solo quería dejar de sentirme como un error cada vez que cruzaba esa puerta.
Y aun así había personas que sí me aceptaban. Kagura, que prácticamente estaba sola en el mundo, sin padres y con un hermano ausente y Jesse, que había perdido a su madre demasiado pronto. Ellos entendían el dolor de alguna forma distinta, más profunda, y aun así jamás me hicieron sentir raro por ser quien era. Con ellos podía reír, hablar, respirar tranquilo, por eso quería verlos, necesitaba verlos, pero era tarde, la noche ya cubría casi todo y yo ni siquiera podía ubicarme bien en esas condiciones, caminaba sin rumbo fijo, abrazándome un poco mientras el viento frío me golpeaba el rostro. — Qué desastre —murmuré bajito, dejando escapar el aire tembloroso y aun así seguí avanzando, porque volver a esa casa se sentía peor que perderme en la oscuridad.
En mi caminata terminé llegando al puerto, tesoro, donde el frío golpeaba con tanta fuerza que parecía capaz de congelarme hasta los pensamientos. El viento marino atravesaba la ropa sin ninguna piedad mientras observaba el océano frente a mí, oscuro e inmenso, preguntándome si algún día habría un lugar en el mundo donde realmente pudiera pertenecer, en ese momento me sentía tan pequeño que incluso el mar parecía ignorarme y entonces sentí un perfume floral intenso, dulce y elegante. El aroma cortó el aire helado del puerto antes incluso de que pudiera reaccionar, entrando directo en mi nariz y obligándome a levantar la mirada y ahí apareció él como una supermodelo caminando sobre una pasarela invisible.
Un hombre imponente, de hombros anchos y una musculatura que ni siquiera el frío brutal de esa noche parecía afectar. Pero eso no fue lo que me dejó inmóvil, no fue su forma de vestir. Un tutú rosa, una capa enorme que se abría detrás de él como alas de mariposa moviéndose con el viento. Sus ojos estaban perfectamente delineados y brillaban bajo la luz del farol más cercano con una seguridad que yo jamás había visto en alguien y entonces me miró directamente, pero no como un bicho raro, ni con lástima, mucho menos con esa condescendencia horrible a la que ya estaba acostumbrado. Me miró como alguien que reconoce a un igual y sentí el corazón detenerse un segundo. —Hmm!! Tesoro —murmuró mientras levantaba mi mentón con una mano firme pero sorprendentemente delicada, el simple contacto me dejó inmóvil. —Te vas a congelar en este sitio, mi niño, ¿qué te pasa? — Su voz era profunda, segura, casi teatral, pero no sonaba falsa.
Me observó de arriba abajo como si intentara descifrarme por completo, fijándose en mi ropa, en mis alas tensas por el frío, en mis ojos seguramente todavía rojos por la discusión de hacía un rato y normalmente habría apartado la mirada de inmediato, acostumbrado a sentirme juzgado, pero con él era distinto, porque no sentía rechazo, lo que sentía era curiosidad y eso era muchísimo más peligroso para alguien como yo. Tragué saliva mientras el viento volvía a soplar entre nosotros, haciendo que mi cuerpo temblara apenas. —Yo, yo solo necesitaba salir de casa un rato —murmuré bajito, aunque la palabra salió más rota de lo que me habría gustado, por un segundo pensé en mentir, decir que estaba bien, pero no pude. —Mis padres creen que vestir así está mal, creen que yo estoy mal —admití finalmente, apretando un poco los labios y aun así él no cambió la expresión ni una sola vez.
—Oh, cariño —respondió como si acabara de ver lo más tierno del mundo y entonces soltó aquella frase. —De nada sirve tener alas si el corazón está encadenado al suelo por el miedo al qué dirán. — Tesoro, esas palabras me golpearon directo en el pecho como una Buster Call. Sentí algo romperse dentro de mí, algo que llevaba años acumulando miedo, inseguridad y vergüenza, nadie me había hablado así antes, nadie había dicho algo que pareciera entender exactamente cómo me sentía. Mis alas se tensaron apenas detrás de mí mientras lo miraba en silencio. —Mi nombre es Chouchou ¿y el tuyo, tesoro? — por un instante dudé. No porque no supiera quién era sino porque estaba acostumbrado a esconderlo, a suavizarlo, a responder rápido para evitar burlas o preguntas, pero él seguía mirándome con esa tranquilidad imposible, como si no hubiera nada malo en mí y eso me dio valor.
—Masato, Masato Ami —respondí primero, bajando un poco la mirada antes de volver a alzarla lentamente — aunque me gusta más Masami. — El viento frío volvió a pasar entre nosotros, moviendo un poco mi cabello y la capa extravagante de Chouchou, pero por primera vez en toda la noche ya no sentía tanto frío.
—Masami, tesoro ¿sabes qué es el Okama Way? — Me lo preguntó mirándome fijamente, pero ni siquiera esperó a que respondiera, era como si supiera perfectamente que yo aún estaba intentando entenderme a mí mismo. —¡Oh, tesoro! El Okama Way es precisamente entender que no tienes que elegir. Yo soy un hombre, soy una mujer, soy un guerrero y soy un cisne. La verdadera fuerza no está en cumplir las expectativas de unos padres que no ven más allá de sus narices, sino en florecer delante de quien sea, sin pedir perdón por tus colores. — Cada palabra cayó sobre mí con una fuerza imposible de describir, sentí cómo el frío desaparecía poco a poco, como si el invierno entero hubiese retrocedido solo para dejarme escuchar aquello. Mi pecho se apretó, pero esta vez no por tristeza, era otra cosa, algo cálido, algo que jamás había sentido antes, era aceptación.
Mis ojos comenzaron a humedecerse mientras lo observaba en silencio, incapaz de apartar la mirada de alguien que hablaba con tanta seguridad sobre algo que yo llevaba años escondiendo por miedo y lo peor es que por primera vez esas palabras tenían sentido para mí, no tenía que elegir, no tenía que disculparme, no tenía que convertirme en alguien distinto para merecer existir. —Pero yo…—murmuré apenas, llevándome una mano al pecho mientras una pequeña sonrisa temblorosa aparecía en mi rostro y en ese instante entendí que aquella noche no había llegado al puerto por casualidad, había encontrado algo mucho más importante que un refugio del frío, había encontrado el inicio de mi camino.
—Tu sangre es especial, tesoro. Tienes alas que pueden llevarte lejos, pero primero debes dejar de ver tu maquillaje como una falta de respeto y empezar a verlo como tu bandera de guerra. Ser tú mismo es el acto de rebeldía más grande en este mar. ¡Ese es el Okama Way! — Esas palabras se quedaron grabadas dentro de mí con una fuerza absurda, sentía el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía pensar con claridad. Toda la inseguridad, toda la vergüenza que había cargado durante años parecía tambalearse frente a alguien que hablaba de mí como si nunca hubiese habido nada malo en quien soy.
Y entonces ocurrió algo tan simple, pero que jamás olvidaría, se acercó apenas y dejó un beso suave sobre mi mejilla izquierda, un gesto pequeño, cálido y real, entonces antes de que pudiera reaccionar o decir algo más, comenzó a alejarse exactamente igual que como había aparecido aquella noche, moviéndose entre las luces del puerto con esa elegancia exagerada que hacía parecer que el mundo entero era su escenario personal, me quedé inmóvil observándolo.
El viento seguía siendo frío, el mar seguía rugiendo frente a mí, pero yo ya no era el mismo chico que había llegado ahí hace unos minutos, llevé lentamente una mano hasta mi mejilla, justo donde había sentido aquel beso, mientras una sonrisa pequeña y temblorosa aparecía en mi rostro. —Okama Way —murmuré bajito y por primera vez en mi vida esas palabras sonaron como libertad.
Corría hacia afuera de mi casa, tesoro, con el pecho ardiéndome de rabia y frustración mientras el frío del invierno golpeaba mis alas apenas cruzaba la puerta. A mis quince años ya estaba cansado de las mismas discusiones, de las mismas miradas, de sentir que cada minuto dentro de esa casa era una batalla que nunca terminaba; honestamente, prefería congelarme afuera antes que seguir escuchándolos. Otra vez habían comenzado con lo mismo, que de dónde había sacado ropa de mujer, que por qué insistía en usar maquillaje, que debía comportarme como un hombre. Como si repetir esas palabras fuera suficiente para arrancarme lo que era. Caminé rápido por la calle, respirando el aire helado mientras intentaba sacar toda esa presión de mi cabeza.
Esa casa me estaba desquiciando y lo peor era que no entendían nada. No estaba haciendo daño a nadie, no estaba lastimando a nadie por querer vestirme como me gustaba o sentirme cómodo conmigo mismo, pero para ellos parecía un crimen. ¿Tan difícil era dejarme existir?, murmuré con impotencia, abrazándome un poco por el frío. Todavía era solo un adolescente, ni marine, ni soldado, ni alguien fuerte; solo un chico intentando entenderse a sí mismo en un mundo que parecía empeñado en decirle que estaba mal.
Eran alrededor de las siete y media de la noche, tesoro, y aun así no miré hacia atrás. Seguí alejándome mientras escuchaba la voz de mi padre detrás de mí, reprendiéndome desde la entrada de nuestro hogar, no, mejor dicho, de su casa, como tantas veces me lo había dejado claro. El frío hacía que mis alas se tensaran un poco, pero en ese momento dolían mucho más sus palabras que el invierno, me sentía solo, completamente solo y no podía evitar preguntármelo una y otra vez, ¿Por qué yo? ¿Por qué tenía que ser tan difícil simplemente existir? Siempre veía cómo las familias de otros apoyaban a sus hijos, cómo los defendían o al menos intentaban comprenderlos, yo ni siquiera esperaba comprensión absoluta, solo quería dejar de sentirme como un error cada vez que cruzaba esa puerta.
Y aun así había personas que sí me aceptaban. Kagura, que prácticamente estaba sola en el mundo, sin padres y con un hermano ausente y Jesse, que había perdido a su madre demasiado pronto. Ellos entendían el dolor de alguna forma distinta, más profunda, y aun así jamás me hicieron sentir raro por ser quien era. Con ellos podía reír, hablar, respirar tranquilo, por eso quería verlos, necesitaba verlos, pero era tarde, la noche ya cubría casi todo y yo ni siquiera podía ubicarme bien en esas condiciones, caminaba sin rumbo fijo, abrazándome un poco mientras el viento frío me golpeaba el rostro. — Qué desastre —murmuré bajito, dejando escapar el aire tembloroso y aun así seguí avanzando, porque volver a esa casa se sentía peor que perderme en la oscuridad.
En mi caminata terminé llegando al puerto, tesoro, donde el frío golpeaba con tanta fuerza que parecía capaz de congelarme hasta los pensamientos. El viento marino atravesaba la ropa sin ninguna piedad mientras observaba el océano frente a mí, oscuro e inmenso, preguntándome si algún día habría un lugar en el mundo donde realmente pudiera pertenecer, en ese momento me sentía tan pequeño que incluso el mar parecía ignorarme y entonces sentí un perfume floral intenso, dulce y elegante. El aroma cortó el aire helado del puerto antes incluso de que pudiera reaccionar, entrando directo en mi nariz y obligándome a levantar la mirada y ahí apareció él como una supermodelo caminando sobre una pasarela invisible.
Un hombre imponente, de hombros anchos y una musculatura que ni siquiera el frío brutal de esa noche parecía afectar. Pero eso no fue lo que me dejó inmóvil, no fue su forma de vestir. Un tutú rosa, una capa enorme que se abría detrás de él como alas de mariposa moviéndose con el viento. Sus ojos estaban perfectamente delineados y brillaban bajo la luz del farol más cercano con una seguridad que yo jamás había visto en alguien y entonces me miró directamente, pero no como un bicho raro, ni con lástima, mucho menos con esa condescendencia horrible a la que ya estaba acostumbrado. Me miró como alguien que reconoce a un igual y sentí el corazón detenerse un segundo. —Hmm!! Tesoro —murmuró mientras levantaba mi mentón con una mano firme pero sorprendentemente delicada, el simple contacto me dejó inmóvil. —Te vas a congelar en este sitio, mi niño, ¿qué te pasa? — Su voz era profunda, segura, casi teatral, pero no sonaba falsa.
Me observó de arriba abajo como si intentara descifrarme por completo, fijándose en mi ropa, en mis alas tensas por el frío, en mis ojos seguramente todavía rojos por la discusión de hacía un rato y normalmente habría apartado la mirada de inmediato, acostumbrado a sentirme juzgado, pero con él era distinto, porque no sentía rechazo, lo que sentía era curiosidad y eso era muchísimo más peligroso para alguien como yo. Tragué saliva mientras el viento volvía a soplar entre nosotros, haciendo que mi cuerpo temblara apenas. —Yo, yo solo necesitaba salir de casa un rato —murmuré bajito, aunque la palabra salió más rota de lo que me habría gustado, por un segundo pensé en mentir, decir que estaba bien, pero no pude. —Mis padres creen que vestir así está mal, creen que yo estoy mal —admití finalmente, apretando un poco los labios y aun así él no cambió la expresión ni una sola vez.
—Oh, cariño —respondió como si acabara de ver lo más tierno del mundo y entonces soltó aquella frase. —De nada sirve tener alas si el corazón está encadenado al suelo por el miedo al qué dirán. — Tesoro, esas palabras me golpearon directo en el pecho como una Buster Call. Sentí algo romperse dentro de mí, algo que llevaba años acumulando miedo, inseguridad y vergüenza, nadie me había hablado así antes, nadie había dicho algo que pareciera entender exactamente cómo me sentía. Mis alas se tensaron apenas detrás de mí mientras lo miraba en silencio. —Mi nombre es Chouchou ¿y el tuyo, tesoro? — por un instante dudé. No porque no supiera quién era sino porque estaba acostumbrado a esconderlo, a suavizarlo, a responder rápido para evitar burlas o preguntas, pero él seguía mirándome con esa tranquilidad imposible, como si no hubiera nada malo en mí y eso me dio valor.
—Masato, Masato Ami —respondí primero, bajando un poco la mirada antes de volver a alzarla lentamente — aunque me gusta más Masami. — El viento frío volvió a pasar entre nosotros, moviendo un poco mi cabello y la capa extravagante de Chouchou, pero por primera vez en toda la noche ya no sentía tanto frío.
—Masami, tesoro ¿sabes qué es el Okama Way? — Me lo preguntó mirándome fijamente, pero ni siquiera esperó a que respondiera, era como si supiera perfectamente que yo aún estaba intentando entenderme a mí mismo. —¡Oh, tesoro! El Okama Way es precisamente entender que no tienes que elegir. Yo soy un hombre, soy una mujer, soy un guerrero y soy un cisne. La verdadera fuerza no está en cumplir las expectativas de unos padres que no ven más allá de sus narices, sino en florecer delante de quien sea, sin pedir perdón por tus colores. — Cada palabra cayó sobre mí con una fuerza imposible de describir, sentí cómo el frío desaparecía poco a poco, como si el invierno entero hubiese retrocedido solo para dejarme escuchar aquello. Mi pecho se apretó, pero esta vez no por tristeza, era otra cosa, algo cálido, algo que jamás había sentido antes, era aceptación.
Mis ojos comenzaron a humedecerse mientras lo observaba en silencio, incapaz de apartar la mirada de alguien que hablaba con tanta seguridad sobre algo que yo llevaba años escondiendo por miedo y lo peor es que por primera vez esas palabras tenían sentido para mí, no tenía que elegir, no tenía que disculparme, no tenía que convertirme en alguien distinto para merecer existir. —Pero yo…—murmuré apenas, llevándome una mano al pecho mientras una pequeña sonrisa temblorosa aparecía en mi rostro y en ese instante entendí que aquella noche no había llegado al puerto por casualidad, había encontrado algo mucho más importante que un refugio del frío, había encontrado el inicio de mi camino.
—Tu sangre es especial, tesoro. Tienes alas que pueden llevarte lejos, pero primero debes dejar de ver tu maquillaje como una falta de respeto y empezar a verlo como tu bandera de guerra. Ser tú mismo es el acto de rebeldía más grande en este mar. ¡Ese es el Okama Way! — Esas palabras se quedaron grabadas dentro de mí con una fuerza absurda, sentía el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía pensar con claridad. Toda la inseguridad, toda la vergüenza que había cargado durante años parecía tambalearse frente a alguien que hablaba de mí como si nunca hubiese habido nada malo en quien soy.
Y entonces ocurrió algo tan simple, pero que jamás olvidaría, se acercó apenas y dejó un beso suave sobre mi mejilla izquierda, un gesto pequeño, cálido y real, entonces antes de que pudiera reaccionar o decir algo más, comenzó a alejarse exactamente igual que como había aparecido aquella noche, moviéndose entre las luces del puerto con esa elegancia exagerada que hacía parecer que el mundo entero era su escenario personal, me quedé inmóvil observándolo.
El viento seguía siendo frío, el mar seguía rugiendo frente a mí, pero yo ya no era el mismo chico que había llegado ahí hace unos minutos, llevé lentamente una mano hasta mi mejilla, justo donde había sentido aquel beso, mientras una sonrisa pequeña y temblorosa aparecía en mi rostro. —Okama Way —murmuré bajito y por primera vez en mi vida esas palabras sonaron como libertad.
![[Imagen: xFGuWOj.jpeg]](https://i.imgur.com/xFGuWOj.jpeg)
