22-05-2026, 02:59 PM
(Última modificación: 22-05-2026, 03:08 PM por Roger Rabbit.)
Reino de Briss | Frente al Palacio | Día 13 de Invierno Año 17
Fui directo a donde el viejo Adam y le compré madera. Bueno compré es una forma elegante de decirlo, porque terminé convenciéndolo con una mezcla de discurso revolucionario, promesas imposibles y una apuesta sobre cuánto tardaría en armar aquello. Media hora después ya estaba levantando un podio improvisado justo frente a la entrada del palacio real. No necesitaba un Den Den Mushi. No necesitaba músicos, ni guardias, ni permiso, con mi propia voz bastaba. Subí de un salto a la estructura, con mis largas orejas erguidas moviéndose con cada murmullo de la plaza mientras observaba a toda la gente que iba y venía con normalidad, como si aquel enorme palacio detrás de mí no les estuviera respirando encima todos los días.
— ¡EH, USTEDES! ¡Sí, ustedes también, los que están fingiendo que no quieren escuchar! — alcé la voz señalando a varias personas al azar sin el más mínimo respeto por el espacio personal. — Tengo una pregunta sencilla. Una sola. ¿Cuánto tiempo creen que debería gobernar un rey antes de empezar a pudrirse en el poder? Porque yo llevo mirando este reino cinco minutos y ya huele raro. —Algunas personas se detuvieron, otras rieron incluso un par aceleraron el paso, pero eso no me desanimó, eso solo me hizo sonreír más. — ¡Miren esas ventanas! ¡Mírenlas bien! — señalé directamente al palacio. — Ahí dentro jamás han sentido hambre. ¡Jamás! Mientras aquí abajo hay gente contando monedas para comer un pedazo de pan duro, allá arriba tiran comida como si el pueblo existiera únicamente para llenarles la mesa. — Abrí ambos brazos exageradamente, como si estuviera dando el discurso de mi vida frente a miles de personas, aunque apenas unas cuantas comenzaran a acercarse.
— ¡Y no me malinterpreten! Yo no odio a los reyes por ser reyes. ¡Odio la costumbre absurda de creer que una corona vuelve importante a alguien automáticamente! Porque el reino no son esas paredes, EL REINO SON USTEDES. Los que trabajan. Los que cargan cajas. Los que barren calles. Los que hoy probablemente desayunaron menos de lo que ese palacio desperdicia en una noche. — Me incliné hacia adelante desde el podio improvisado, señalando ahora directamente a un hombre entre la multitud. — ¡Tú! ¿Cuántas veces has dormido con hambre? ¡No mientas, que yo tampoco puedo hacerlo! — dije casi inmediatamente después, antes de soltar una carcajada. — Porque ahí arriba jamás han pasado por eso. ¡JAMÁS! Y todavía esperan que ustedes les den las gracias por existir. — Mis orejas se movieron nuevamente mientras observaba las reacciones de todos con una emoción casi infantil.
— ¡Este país está podrido! ¡El rey está podrido! ¡Y cuando la cabeza se pudre, el cuerpo entero empieza a caerse a pedazos! — levanté la voz con tanta fuerza que incluso algunos comerciantes giraron el rostro desde puestos más alejados. — Y mientras ellos siguen allá arriba jugando a gobernar, es el pueblo quien termina pagando cada grieta de este reino. — Salté del podio de golpe, aterrizando entre la gente sin ningún tipo de delicadeza mientras señalaba al primero que encontré cerca. — ¡EH, TÚ! Sí, tú mismo, no mires hacia atrás que no hay otro conejo gigante aquí. Dime algo ¿cuánto cuesta una canasta de pan actualmente? — pregunté sin darle tiempo a escapar. — Y con tu sueldo ¿cuántas veces puedes darte el lujo de comer carne sin sentir que estás tomando una mala decisión económica? — Ni siquiera esperé demasiado la respuesta antes de continuar hablando.
— ¡Porque ahí está el problema! ¡El pueblo ya se acostumbró a sobrevivir en lugar de vivir! Y eso es exactamente lo que quieren esos idiotas del palacio. Gente cansada trabaja más, protesta menos y piensa peor. — Giré sobre mí mismo extendiendo ambos brazos hacia las calles. — ¡Miren alrededor! ¡Mírenlo bien! Las paredes grises, las casas oscuras, las calles hechas pedazos y no, no hablo del alquitrán ni de la piedra. Hablo del ambiente. ¡Del ánimo! Este reino tiene color de agotamiento. Tiene color de corrupción. — Señalé nuevamente hacia el enorme palacio detrás de mí. — Porque mientras un hombre se sienta durante años sobre un trono creyéndose eterno, el resto del país envejece intentando sostenerlo. ¡Eso no es liderazgo! ¡Eso es parasitismo elegante! — Alcé un dedo entonces, como un político a mitad de un debate.
— Y escuchen bien algo más, los gobiernos corruptos siempre intentan convencer al pueblo de que el problema es demasiado grande para cambiarlo. ¿Saben por qué? Porque el día que la gente descubre que sí puede cambiar las cosas, se les acaba el reinado. —
— ¡POR ESO SE LOS DIGO HOY! ¡SE LOS DIGO AHORA MISMO PARA QUE DESPUÉS NADIE PUEDA DECIR QUE NO LO ESCUCHÓ! — golpeé el podio improvisado con fuerza, haciendo crujir la madera bajo mi peso mientras las orejas se mantenían completamente erguidas. — ¡LA REVOLUCIÓN ES EL CAMINO MÁS CLARO HACIA LA VERDADERA LIBERTAD! ¡NO EL MIEDO! ¡NO LA COSTUMBRE! ¡NO LOS REYES SENTADOS DURANTE DÉCADAS CREYÉNDOSE DIOSES! — Algunas personas comenzaron a murmurar entre ellas, otras simplemente observaban y yo sonreía como si aquello fuera exactamente lo que quería, Entonces mis oídos se movieron apenas escuchando pasos pesados, coordinados, llegaron los guardias imperiales, ni siquiera necesité girarme completamente para saber que venían saliendo del palacio. Mis orejas ya habían hecho el trabajo antes que mis ojos y sinceramente eso solo me emocionó más. — ¡OH, MIREN ESO! ¡AHORA SÍ ESCUCHAN! — exclamé soltando una carcajada escandalosa mientras señalaba hacia la entrada del palacio. — ¡Parece que hablar del hambre del pueblo sí logra sacar gente importante de sus oficinas! — Los guardias comenzaron a abrirse paso entre la multitud y yo retrocedí un par de pasos sobre el podio, jamás he sido bueno ocultándome, pero si era excelente desapareciendo en medio del caos que cree yo mismo. — ¡NO VAN A DETENER LA REVOLUCIÓN! ¡NI HOY, NI MAÑANA, NI NUNCA! — rugí con toda la fuerza de mis pulmones antes de saltar desde el podio hacia uno de los techos cercanos, la madera crujió detrás de mí, la multitud empezó a alterarse, los guardias gritaban órdenes y yo ya me estaba moviendo entre callejones con una sonrisa enorme en el rostro, provocar un discurso revolucionario frente al palacio real y luego escapar perseguido no era una tragedia. Era prácticamente un buen día.
Fui directo a donde el viejo Adam y le compré madera. Bueno compré es una forma elegante de decirlo, porque terminé convenciéndolo con una mezcla de discurso revolucionario, promesas imposibles y una apuesta sobre cuánto tardaría en armar aquello. Media hora después ya estaba levantando un podio improvisado justo frente a la entrada del palacio real. No necesitaba un Den Den Mushi. No necesitaba músicos, ni guardias, ni permiso, con mi propia voz bastaba. Subí de un salto a la estructura, con mis largas orejas erguidas moviéndose con cada murmullo de la plaza mientras observaba a toda la gente que iba y venía con normalidad, como si aquel enorme palacio detrás de mí no les estuviera respirando encima todos los días.
— ¡EH, USTEDES! ¡Sí, ustedes también, los que están fingiendo que no quieren escuchar! — alcé la voz señalando a varias personas al azar sin el más mínimo respeto por el espacio personal. — Tengo una pregunta sencilla. Una sola. ¿Cuánto tiempo creen que debería gobernar un rey antes de empezar a pudrirse en el poder? Porque yo llevo mirando este reino cinco minutos y ya huele raro. —Algunas personas se detuvieron, otras rieron incluso un par aceleraron el paso, pero eso no me desanimó, eso solo me hizo sonreír más. — ¡Miren esas ventanas! ¡Mírenlas bien! — señalé directamente al palacio. — Ahí dentro jamás han sentido hambre. ¡Jamás! Mientras aquí abajo hay gente contando monedas para comer un pedazo de pan duro, allá arriba tiran comida como si el pueblo existiera únicamente para llenarles la mesa. — Abrí ambos brazos exageradamente, como si estuviera dando el discurso de mi vida frente a miles de personas, aunque apenas unas cuantas comenzaran a acercarse.
— ¡Y no me malinterpreten! Yo no odio a los reyes por ser reyes. ¡Odio la costumbre absurda de creer que una corona vuelve importante a alguien automáticamente! Porque el reino no son esas paredes, EL REINO SON USTEDES. Los que trabajan. Los que cargan cajas. Los que barren calles. Los que hoy probablemente desayunaron menos de lo que ese palacio desperdicia en una noche. — Me incliné hacia adelante desde el podio improvisado, señalando ahora directamente a un hombre entre la multitud. — ¡Tú! ¿Cuántas veces has dormido con hambre? ¡No mientas, que yo tampoco puedo hacerlo! — dije casi inmediatamente después, antes de soltar una carcajada. — Porque ahí arriba jamás han pasado por eso. ¡JAMÁS! Y todavía esperan que ustedes les den las gracias por existir. — Mis orejas se movieron nuevamente mientras observaba las reacciones de todos con una emoción casi infantil.
— ¡Este país está podrido! ¡El rey está podrido! ¡Y cuando la cabeza se pudre, el cuerpo entero empieza a caerse a pedazos! — levanté la voz con tanta fuerza que incluso algunos comerciantes giraron el rostro desde puestos más alejados. — Y mientras ellos siguen allá arriba jugando a gobernar, es el pueblo quien termina pagando cada grieta de este reino. — Salté del podio de golpe, aterrizando entre la gente sin ningún tipo de delicadeza mientras señalaba al primero que encontré cerca. — ¡EH, TÚ! Sí, tú mismo, no mires hacia atrás que no hay otro conejo gigante aquí. Dime algo ¿cuánto cuesta una canasta de pan actualmente? — pregunté sin darle tiempo a escapar. — Y con tu sueldo ¿cuántas veces puedes darte el lujo de comer carne sin sentir que estás tomando una mala decisión económica? — Ni siquiera esperé demasiado la respuesta antes de continuar hablando.
— ¡Porque ahí está el problema! ¡El pueblo ya se acostumbró a sobrevivir en lugar de vivir! Y eso es exactamente lo que quieren esos idiotas del palacio. Gente cansada trabaja más, protesta menos y piensa peor. — Giré sobre mí mismo extendiendo ambos brazos hacia las calles. — ¡Miren alrededor! ¡Mírenlo bien! Las paredes grises, las casas oscuras, las calles hechas pedazos y no, no hablo del alquitrán ni de la piedra. Hablo del ambiente. ¡Del ánimo! Este reino tiene color de agotamiento. Tiene color de corrupción. — Señalé nuevamente hacia el enorme palacio detrás de mí. — Porque mientras un hombre se sienta durante años sobre un trono creyéndose eterno, el resto del país envejece intentando sostenerlo. ¡Eso no es liderazgo! ¡Eso es parasitismo elegante! — Alcé un dedo entonces, como un político a mitad de un debate.
— Y escuchen bien algo más, los gobiernos corruptos siempre intentan convencer al pueblo de que el problema es demasiado grande para cambiarlo. ¿Saben por qué? Porque el día que la gente descubre que sí puede cambiar las cosas, se les acaba el reinado. —
— ¡POR ESO SE LOS DIGO HOY! ¡SE LOS DIGO AHORA MISMO PARA QUE DESPUÉS NADIE PUEDA DECIR QUE NO LO ESCUCHÓ! — golpeé el podio improvisado con fuerza, haciendo crujir la madera bajo mi peso mientras las orejas se mantenían completamente erguidas. — ¡LA REVOLUCIÓN ES EL CAMINO MÁS CLARO HACIA LA VERDADERA LIBERTAD! ¡NO EL MIEDO! ¡NO LA COSTUMBRE! ¡NO LOS REYES SENTADOS DURANTE DÉCADAS CREYÉNDOSE DIOSES! — Algunas personas comenzaron a murmurar entre ellas, otras simplemente observaban y yo sonreía como si aquello fuera exactamente lo que quería, Entonces mis oídos se movieron apenas escuchando pasos pesados, coordinados, llegaron los guardias imperiales, ni siquiera necesité girarme completamente para saber que venían saliendo del palacio. Mis orejas ya habían hecho el trabajo antes que mis ojos y sinceramente eso solo me emocionó más. — ¡OH, MIREN ESO! ¡AHORA SÍ ESCUCHAN! — exclamé soltando una carcajada escandalosa mientras señalaba hacia la entrada del palacio. — ¡Parece que hablar del hambre del pueblo sí logra sacar gente importante de sus oficinas! — Los guardias comenzaron a abrirse paso entre la multitud y yo retrocedí un par de pasos sobre el podio, jamás he sido bueno ocultándome, pero si era excelente desapareciendo en medio del caos que cree yo mismo. — ¡NO VAN A DETENER LA REVOLUCIÓN! ¡NI HOY, NI MAÑANA, NI NUNCA! — rugí con toda la fuerza de mis pulmones antes de saltar desde el podio hacia uno de los techos cercanos, la madera crujió detrás de mí, la multitud empezó a alterarse, los guardias gritaban órdenes y yo ya me estaba moviendo entre callejones con una sonrisa enorme en el rostro, provocar un discurso revolucionario frente al palacio real y luego escapar perseguido no era una tragedia. Era prácticamente un buen día.
