[Auto T3] - One more night in Jaya
#1
La noche había caído sobre Mock Town hacía ya un rato cuando la inmensa figura de Ubbe empujó la puerta de una taberna cualquiera cerca del puerto. El interior apestaba a lo de siempre: sudor, alcohol, y carne asada, todo ello aderezado con el ruido insoportable de algunas risas, cubiertos chocando contra los platos y algún desgraciado masacrando un viejo instrumento en la esquina. Perfecto.
Avanzó abriéndose paso entre la multitud, que no tardaba en apartarse al verle el tamaño, hasta dar con un rincón libre cerca de una pared. El banco crujió en señal de protesta cuando dejó caer su enorme peso sobre él.
- Toda la carne que tengáis. Y una Cola Zero bien grande, Baby.
La camarera lo escrutó de arriba abajo durante unos segundos.
- ¿Toda?
- ¡Yes! Toda!
La mujer supo que no valía la pena discutir. Mientras esperaba, Ubbe apoyó el brazo en la mesa y ojeó el local con parsimonia. Esa noche no estaba para líos, tesoros, ni grandes aventuras; solo quería un buen festín y un poco de paz.
Las primeras bandejas no tardaron en llegar, y Ubbe no dudó en empezar a comer. Cuando empezó a comer no pudo evitar escuchar algunas conversaciones cercanas, lo típico: piratas inflando sus aventuras, marineros inventándose peleas de taberna y borrachos discutiendo por gilipolleces.
Hasta que una voz en particular le hizo afinar el oído.
- Te digo que no volvería a poner un pie en Little Garden ni aunque me pagaran.
Ubbe alzó la vista levemente.
- Ni yo -soltó otro tipo entre carcajadas- Malditos dinosaurios.
El buccaneer se quedó congelado. Little Garden... Hacía tanto que no oía ese nombre que, por un instante, ignoró la montaña de comida que tenía delante. Los recuerdos le asaltaron de golpe: la jungla, el calor insoportable, los rugidos constantes de fondo y esa paranoia constante de que algo gigantesco iba a saltar de los arbustos para comérselo.

Qué ironía. Aquel infierno había sido su hogar durante semanas, y no por haberse perdido navegando, que también, sino porque resultó ser el campo de entrenamiento perfecto. En aquel entonces esos dinosaurios le parecían los reyes indiscutibles de la isla, criaturas monstruosas imposibles de ignorar. Las vueltas que daba la vida: ahora el propio Ubbe era una de esas monstruosidades prehistóricas.

Sonrió, arrancó un buen cacho de carne y se lo zampó. No sabría decir cuánto tiempo había pasado exactamente, y tampoco es que le importase. Para fechas y nombres era un desastre, pero había ciertas cosas que se le quedaban grabadas a fuego en la mente. Y entre todas ellas, destacaba una por encima de todo, claro:
Sigurd, su hermano de otra madre.
La imagen de Sigurd, le vino a la cabeza casi al instante el como desembarcó en Little Garden y como se conocieron. Era imposible olvidar a un tipo de ese calibre, alguien que desde el minuto uno parecía capaz de abrirse paso por el mundo a pura fuerza de voluntad. Quién iba a decirle entonces que cruzarse con él marcaría una de las etapas más locas y vitales de su viaje.
Qué cabrona es la memoria. A veces olvidaba el nombre de alguien con quien había cruzado dos palabras hacía apenas unos dias, pero bastaba mencionar una isla para que la película entera se le proyectase en la mente. ¡Anda que no había llovido desde que conoció a Sigurd!
Ubbe soltó una risita mientras recibía con los brazos abiertos otra bandeja de carne. Little Garden fue de todo menos un remanso de paz. Aparte de los dinos y los entrenamientos, había acabado liado a hostias con unos Marines que, vete tú a saber por qué, creyeron que capturarle era una idea brillante. Ni se acordaba de por qué empezó la bronca, solo que terminó como siempre: a base de golpes, muchísimo ruido y gente volando por los aires o partida en dos.
Y luego, la misión de los huevos de dinosaurio.
Aún le parecía una de las peticiónes más absurdas que le habían hecho en la vida. En una isla infestada de monstruos, a alguien le pareció razonable mandar a dos buccaneers a robar huevos. Y lo peor es que claro, habían aceptado.
- GAHAHAHA...

Se rio meneando la cabeza. Por no hablar de la aparición de aquellos dos enanos. Los tontattas le habían hecho sudar sangre persiguiéndolos por todos lados. Visto ahora, resultaba hasta cómico imaginar a alguien de su tamaño corriendo detrás de ellos, pero en su momento le había costado bastante mas de lo que debería el acabar con ellos. 
Pero como todo, Little Garden se quedó atrás. Así es la vida en el mar: llegas a un sitio pensando que te plantarás allí, haces amigos, te partes la cara con alguien y, antes de darte cuenta, ya estás otra vez en la cubierta mirando cómo cambia el horizonte.
Entonces llegó Drum.
Pasar de la sauna de Little Garden a la isla del invierno fue como recibir un ladrillazo en la cara. Un frío que te calaba hasta los huesos y ese puñetero viento cortante... inolvidable.
El golpe seco de una nueva bandeja sobre la mesa lo devolvió al presente por un segundo. La camarera ya ni se molestaba en mirarlo con sorpresa al ver cómo engullía; simplemente dejaba la comida y seguía a lo suyo.
Volviendo a la nieve... cualquier persona en su sano juicio habría dado media vuelta nada más pisar Drum. Afortunadamente, Ubbe nunca había pecado de cuerdo. Mientras masticaba, volvió a sonreír; allí aprendió que las situaciones más surrealistas siempre acaban siendo las mejores historias.

Drum estaba lleno de ellas. Recordaba perfectamente aquel almacén: el caos, los gritos, los golpes y cómo, de repente, él y Sigurd se habían visto peleando prácticamente contra un ejército. ¡Cuatrocientos putos tipos! Y lo mejor de todo es que ni siquiera había sido idea suya. Un pez gordo de la isla les había vendido la moto prometiéndoles fama y portadas en los periódicos si resolvían su "problemilla". Habían aceptado encantados, eligiendo allí mismo el nombre de RAGNAROK. La idea de que el mundo conociese ese nombre les ponía muy cachondos, aunque luego el tipo resultó ser un bocazas y todo quedó en nada.
Pero la batalla... eso sí fue divertido.
Sobre todo cuando Sigurd decidió resolver el asunto a su manera.
- Vaya son of a bitch... -murmuró entre risas mientras negaba con la cabeza- Eso fue la polla, Baby.
Aún podía oir el ruido del techo cediendo y las paredes derrumbándose. Aquel gigante cabrón había acabado con el ejercito, y casi con Ubbe destruyendo por completo el edificio. 
¿Y el casino? Ubbe soltó otra carcajada antes de darle un buen trago a la Cola Zero.-  GAHAHAHAHAHA - No tenía ni repajolera idea de cómo habían acabado allí metidos. Como le pasaba con casi todo en su vida, las cosas simplemente ocurrían: un momento estaba dando un paseo y al siguiente tenía montada una persecución o una batalla campal.
Del casino recordaba el fuego. Y a una mujer grande y exuberante con la que no le habría importado terminar la noche, aunque ya ni le ponía cara. Recordaba las llamas devorando el edificio y el pánico de la gente corriendo de un lado a otro. En cuestión de minutos se había ido todo al carajo. Aunque siendo francos, a su dueño forrado seguro que le importó bien poco; le bastaría con abrir la billetera y contratar a un par de carpinteros para dejarlo como nuevo. Ventajas de ser rico: te puedes permitir cagarla a lo grande.
Negó con la cabeza, dándose cuenta de que cuanto más pensaba en Drum, más le parecía un encadenamiento de desastres. Lo raro es que no lo recordaba con cabreo, sino con una extraña nostalgia. Porque, a pesar del caos, había sido muy divertido.

Después de Drum, llegó Arabasta. Un mundo completamente distinto que terminaría cambiando su rumbo para siempre. Le costaba elegir una sola anécdota de allí porque pasaron demasiadas cosas de golpe: locuras, peligros y momentos que le marcaron para siempre.
Allí fue donde le picó de verdad el gusanillo por los cyborgs. Había visto cacharros y armas raras antes, pero lo de gente incrustándose tecnología en el propio cuerpo y volviéndose aún más fuertes... eso era a otro nivel. Se pasó días rayado pensando en el tipo con un brazo metálico que vió en aquella plaza, fantaseando con la idea de combinar fuerza bruta y tecnología. "La carne se pudre, el acero prevalece" La frase de Kal le llenó la mente, como de costumbre.
No es que fuera a hacerlo mañana, que bastante tenía con sobrevivir a su propio día a día, pero la idea seguía ahí. Quizás algún día, con más pasta o encontrando a la persona adecuada, se animaría.
Sin embargo, el plato fuerte de Arabasta fue Burrich. Ubbe no se acordaba de su nombre, pero sí de la tunda.
La sonrisa relajada se le borró un poco al llevarse otro trozo de carne a la boca. Se había metido en cientos de peleas, pero aquella fue la primera vez que pensó de verdad: "I'm cooked, baby". No era una exageración, era la puta realidad. Recordó el cansancio extremo, los golpes brutales y la frustración de golpear a un muro que se negaba a caer. Y aun así, siguió adelante. Porque no sabía hacer otra cosa.

Esa batalla le quitó mucho, pero a cambio le entregó lo que cambiaría su futuro de raíz: su Akuma no Mi. Ironías de la vida: si en Little Garden le hubieran dicho que acabaría siendo él el dinosaurio, se habría reído en sus caras. Y ahí estaba, sentado en Mock Town, zampando carne y siendo literalmente una bestia jurásica en su interior. 
Por suerte, no todo fue tan denso. Soltó un bufido divertido y le dio un trago enorme a la Cola Zero.
Las putas piñas.
De todo lo que sobrevivió en Arabasta, una parte de su cerebro seguía atascada en las malditas piñas. Aún recordaba la discusión con Sigurd, el gigante poniéndose terco como una mula y llegando a las manos por el dichoso tema. Parecía imposible convencerle, pero al final pasó lo evidente: al cabrón le encantaron.
- GAHAHAHA...
Su risa resonó por encima de las otras mesas. Esa sí que fue la verdadera victoria. Ni sobrevivir a Burrich ni conseguir poderes. Convencer a Sigurd de que las piñas eran la hostia.
Cuando volvió al presente, se dio cuenta de la salvajada de comida que se había zampado. Su mesa era un cementerio de huesos mondados y platos limpios que un rato antes rebosaban carne. Lejos de sentir pesadez, sonrió satisfecho. Su cerebro ya estaba calculando las proteínas ingeridas y las horas de gym necesarias para asimilarlas. Porque comer como una bestia no sirve de nada si no entrenas como una.
- Mañana toca gimnasio a muerte, Baby... -asintió con firmeza, haciéndose un pacto a sí mismo.
De pronto, la puerta se abrió de un portazo. Entró un grupo de piratas montando un follón innecesario, apartando sillas a patadas y creyéndose los dueños del local. No parecían gran cosa, pero eran lo bastante molestos como para que la mitad de la clientela rodara los ojos al verlos.
- ¡Eh Zorra! ¡Comida para diez!
La tabernera levantó la vista y soltó un suspiro agotado.
- Llegáis tarde. Ya no queda nada. - ¿Cómo que no queda nada? - Que no queda nada.
Se pusieron violentos en un santiamén. Uno pegó un puñetazo en la barra y otro empezó a señalarla con el dedo.
- No nos tomes por idiotas, ¡estúpida tabernera!
- Largaos de aquí, buscad otra taberna.
- No vamos a movernos de aquí hasta que nos sirvas algo - Os he dicho que no queda nada. - Y nosotros te estamos diciendo que eso nos importa una mierda.
Ubbe los observó con pesadez mientras apuraba los hielos de su bebida. La chica le había tratado de lujo, la cena estaba increíble y estos pringados le estaban cortando el rollo.
- No os está mintiendo, Baby - Todas las cabezas se giraron hacia él mientras señalaba, con toda la calma del mundo, su propia torre de platos vacíos.
- ¿Todo eso?
- Yeah, baby!
- Pues entonces el problema eres tú
Ubbe dejó escapar un suspiro cansado.
- No, el problema sois vosotros...
Se le tiraron encima, pero apenas duraron. En cuestión de segundos estaban volando por los aires: uno partió una mesa por la mitad, otro decoró la pared de pladur y el tercero, que intentó hacerse el chulo con un cuchillo, cobró tan rápido que salió despedido por la puerta antes de sacarlo.
Con el local sembrado de quejidos de dolor, Ubbe se levantó tranquilamente y se sacudió las manos.
- ¡Buen cardio para digerir la cena, baby!
La tabernera le miró y soltó una carcajada, negando con la cabeza. Ubbe dejó un buen fajo de berries en la barra, cubriendo de sobra la cuenta y los desperfectos.
- Por la comida y las molestias, girl. Estaba buenísima. -Dijo yendo hacia la puerta- y tú también Baby!
Sin darle más vueltas al asunto, salió del local con las manos en los bolsillos y una sonrisa de oreja a oreja, pensando en el palizón que se iba a dar en el gimnasio al día siguiente. Porque, joder, ¡las leyendas no se hacen solas!
[Imagen: ksMOGZu.png]
#2
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Aventura T3: Denegada

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