Un problema de inventario [Aventura P.R.][Enji & Juan] T3
#1
Isla Kyodaina, Corriente Akai
En algún lugar de la Selva Oki.
Día 40 de Invierno, 22:30

La noche en la selva no es ni por asomo como una noche en un lugar civilizado o en medio del mar. Los sonidos no parecen sino incrementarse, convirtiendo los alrededores del claro dónde Enji y Juan habían juzgado que era oportuno detenerse a pasar la noche. Una alegre fogata de tamaño mediano iluminaba los rostros de ambos marines, así como toda la superficie de los cincuenta metros cuadrados del claro. Sin embargo, tras las primeras lineas de árboles, la noche cubierta por espesas nubes que anunciaban tormenta no permitía ver mucho más.

Mientras la cena acababa de prepararse en el calor de las llamas que hacían caer gotas de grasa derretida hacia las brasas, ambos marines sufrieron un ligero sobresalto cuando sus Den Den Mushi comenzaron a gritar, reproduciendo el mensaje que alguien debía de estar mandando en una frecuencia abierta, una medida que en una isla como Kyodaina, totalmente deshabitada salvo por los vigilantes del Banco Goldreich, era como poco descuidada, o, como descernirían de las palabras que escuchaban, totalmente desesperada.

¡¡¡Aqui el soldado Rashford llamando a cualquiera que nos esté escuchando!!! Hemos sufrido una emboscada, todo mi grupo ha caído. Dios, creo que me estoy desangrando...

La voz, entrecortada y rota por el dolor, pareció enmudecer brevemente, antes de retomar la palabra, con una fuerza que parecía irse desvaneciendo poco a poco.

Somos parte del equipo de reconocimiento 622 de la Marina. Estábamos de misión en las cuevas del norte, cerca del río... Si alguien escucha esto... ayúdenos por favor, y si no llegan a tiempo, se lo ruego, díganle a mi pequeña... que la quiero...

Los Den Den Mushi enmudecen del todo con un seco gatcha que parece resonar en un claro en el que súbitamente, a la percepción de ambos marines, parece haberse hecho el silencio, solamente roto por el crepitar de la hoguera y las raciones que formarían parte de una cena, la cual de pronto ha dejado de importar.
La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
#2
El cuerpo de un cigarrillo cayó inerte fuera de la caja, sobre su mano. Enji lo sostuvo entre índice y corazón; lo observó, lo olfateó y después, con el aroma del tabaco hormigueando en su paladar, le dió vida. El filtro se encharcó de saliva y ponzoña. ¿La punta? De fuego y brasa. Una profunda pitada infló sus pulmones de neblina, escondió sus incógnitas, acalló sus preguntas, y lo dejó flotar en la siempre apacible ignorancia, anestesiado del mundo y sus ansiedades.

—Juancho, dime por favor que eso que estás cocinando tiene algo de carne.

Reposaba a lomos de un viejo tronco, recostado y semi desnudo. Sus piernas yacían cruzadas sobre la corteza y la chaqueta que denotaba su rango, pulcra y debidamente doblada, se había convertido en una perfecta almohada. Miraba al cielo, despejado, y el cielo lo miraba a él, en calzones. Escuchaba los lejanos sonidos de la selva y su canto salvaje se superponía a la melodía de lo culinario, pues, a escasos metros, Juan Sebastián, compañero y amigo, se dejaba la vida por complacer los exigentes estómagos de la División 80.

Quien tomase la decisión de que el único vegetariano del grupo fuera el responsable de la comida debería de presentarse ante el tribunal de guerra por crímenes de lesa humanidad.

—Siguen insistiendo con la lechuga y un día de estos te despiertas sin pinza —dijo.

Últimamente, advirtió, se pasaba mucho tiempo meditando. Además de los habituales entrenamientos, las rondas de reconocimiento y los turnos de caza y recolección, dedicaba su par de horas diarias a sentarse en la playa, encender un cigarrillo y… pensar. Pensaba sobre las últimas noticias, lo que significaba ser un tenryubito y la responsabilidad de estar a cargo de la división; pensaba en el futuro, en el pasado y lo que desconocía; pensaba en su objetivo, su camino; y, sobre todo, pensaba en lo que estaba por venir. Pensaba en Neur, la próxima isla en la Corriente Akai, y en el cuartel que allí había. Necesitaba respuestas y ese era el único lugar donde creía poder encontrar algunas.

—¿Ah?

Su caracol, su Den Den Mushi, apareció reptando sobre la arena. Lo estaba pasando mal para poder acercarse. Enji se apiadó, se incorporó y lo recogió del suelo.

—¿Qué haces aquí, enano?

Y entonces, como si lo hubiera presentido, un mensaje llegó. Un mensaje perturbador. Un pedido de ayuda.

La nueva realidad los golpeó y agitó los cimientos de todo lo que tenían por cierto hasta ese momento. Kyodaina no era suya exclusivamente. Había alguien más, todo un grupo, y, aparentemente, habían sido emboscados. ¿Emboscados por quién? ¿Y por qué? Enji miró a Juan, después se levantó, recogió la chaqueta y se la colocó sobre los hombros. Del bolsillo interior sacó un Den Den Mushi blanco.

—Imagino que todos escucharon eso —dijo, dirigiéndose al Den Den Mushi que había en el barco, dónde Sigrid, Akira y Masato debían estar. Quedaron de avisarles cuando la comida estuviese lista. Al parecer, la cena tendría que aplazarse—. Juan y yo nos dirigiremos al norte en busca de esa cueva, pero no me fío una mierda. Quiero que recojan el ancla, desplieguen velas y se alejen de la playa. El Ford’s Transit estará a salvo en alta mar.

Colgando dentro del chaquetón estaban sus guantes. Los Jarngreipr, reparados y listos para repartir justicia. Justicia violenta. Enji se los colocó mientras le hablaba al caracol en su hombro.

—Juancho y yo haremos un reconocimiento. Los mantendré al tanto por Den Den Mushi. Si para la mañana no saben nada más de nosotros, probablemente no aguanté el hambre, herví a Juan para hacerme una sopa y después morí de indigestión —dijo, socarrón, mientras se robaba una cucharada sopera de lo que Juan había estado preparando—. Nos vemos.

El Den Den Mushi dejó de transmitir.

—Bueno… —Suspiró, mirando a Juan—. ¿Y si nos llevamos una vianda? ¡Shihahaha! ¡Vamos! Que se nos muere Rashford.

Y señaló al norte tras echar un vistazo a su brújula.

off
#3
El clima de invierno azotaba la isla con dureza, la baja temperatura acompañada de la humedad tropical de la misma hacía que cada brizna de aire se clavase en la piel como si de afilados cuchillos se tratase. Por si fuera poco, las nubes tapaban las hermosas estrellas del firmamento, anunciando un clima complicado. —Vamos a tener que volver pronto al barco creo yo…— pensé mientras me trataba de calentar frente al fuego de la hoguera.

Aún estaba aprendiendo lo básico de mis labores como cocinero, tener satisfecha a una división tan variopinta como la nuestra no era tarea fácil en absoluto. —Las lechugas están buenas…— dije mientras meneaba el espeso caldo que hervía al fuego de la hoguera. Mientras escuchaba la crítica gastronómica de mi desnudo capitán, pensaba en los días de hace años, cuando era un cangrejito inocente al cuidado de sus padres. —Pero hoy estoy haciendo parte de un cocodrilo que cazó Akira. No es del todo mi gusto, pero mi madre me enseñó a no desperdiciar la comida. — Cuando aparté la mirada del estofado y miré a Enji, que se encontraba a mi lado, me percaté de algo. —¡¿Pero cuándo te has quitado la ropa?!—

Vi cómo Enji se acercó a su Den Den Mushi, que reptaba perezoso por la arena con un aire simpático. —Nunca dejarán de parecerme graciosos estos bichejos jajaja.— Pero lo divertido solo duró hasta que una voz empezó a salir del caracol. Al parecer, una división de la Marina había sufrido una feroz emboscada. Era nuestro deber como división marine de mayor rango ir al rescate de nuestros camaradas, y si no era posible salvarlos… Al menos nos aseguraríamos de que esos rufianes acabasen entre rejas o bajo tierra. ¿Quién sabe lo que podrían llegar a hacerle a civiles si son capaces de eliminar a un escuadrón de marines?

Enji me miró y yo asentí, nos pondríamos manos a la obra de inmediato. —Mírate, hablas como todo un capitán y todo— le comenté a Enji en cuanto terminó de organizar a nuestros queridos compañeros, si nos alejábamos de ellos, podrían ser emboscados también en medio de la oscuridad de la noche. Sin dudas, mi exhibicionista amigo había pulido con el paso del tiempo sus habilidades como líder de la división ochenta de la Marina.

Me levanté en cuanto mi querido amigo terminó de suspirar y estiré de forma muy breve aprovechando el mismo movimiento. —Aprieta los dientes, Rashford, que vamos a por ti.— Apagué la hoguera con tierra justo antes de irnos. —Parece que nuestros enemigos se dedican a los ataques sorpresa, mejor ocultar nuestro rastro lo mejor que podamos. —Finalmente, me equipé mis nuevos guantes, me guardé mis balas en el bolsillo y me aseguré de que mi Den Den Mushi siguiera en mi bolsillo, estaba listo para partir.
  —¡AL NORTE PUES!—

Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
#4
Las brasas de la hoguera que habían preparado Enji y Juan aún seguían siseando cuando partieron hacia las coordenadas que habían podido deducir de la llamada de socorro del soldado Rashford. Ambos marines convenientemente equipados caminaron durante aproximadamente una hora, abriendose paso a tientas a través de la jungla.

Cuando por fin alcanzaron su meta, la imagen que se presentó ante sus ojos cuando dejaron atrás la última línea de árboles les dejó sobrecogidos. Una gran pared de roca, de al menos setenta metros de alto se alzaba a veinte metros de su posición. Los detalles eran imposibles de distiguir claramente para los dos marines debido a la oscuridad que los envolvía, pero apenas entraron al claro, una arcada sacudió sus estómagos. Todo el lugar apestaba a muerte y un olor a sangre tan denso que casí parecía tangible flotaba en el ambiente.

A apenas un metro encontraon el primer cadáver. El soldado estaba completamente pálido, y grandes dentelladas se podían observar en su cuello, piernas y torso. SIn embargo, las marcas de dientes no habían desgarrados la carne, sino que la habían perforado como si de grandes agujas se tratase. Cerca de él, otros cinco cuerpos estaban en las mismas condiciones, aunque al menso dos de ellos mostraban agujeros de bala en sus uniformes.

Mientras el dúo de marines se hallaba aún digiriendo aquella visión, de la nada un enorme tronar de alas los envolvió, a la vez que una algarabía de chillidos parecía querer hacer estallar sus oídos. Desde la pared de roca una lluvia de sombras cayó sobre Enji y Juan, los cuales debido a su falta de capacidad visual en una noche oscura y sin estrellas fueron incapaces de reaccionar a tiempo para evitar que varios dientes se clavasen en sus cuerpos.

Al ya estar literalmente sobre ellos, pudieron ver que sus enemigos eran alados, numerosos y voraces. Murciélagos, al menos un centenar, de un tamaño que variaba entre los cincuenta centímetros de envergadura hasta más de metro y medio, los cuales al detectar el olor de más sangre entrando en su coto de caza de habían abalanzado sobre los marines respondiendo a su instinto depredador ancestral. A pesar de que ya habían dado buena cuenta de la sangre de los cuerpos que ahora yacían en el claro, aquellas bestias tenían muchas crías que alimentar, y no iban a dejar pasar la opotunidad de conseguir sangre fresca cuando se aventuraba tan descuidadamente en su territorio.

La Caja de Pandora
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#5
La espesura de la selva los recibió con los brazos abiertos; trazos de lianas, hojas y ramas pintaban el aire de un espeso rocío, el suelo crujía y chillaba bajo sus pies, que exprimían agua del terreno fangoso, y su aliento, como humo de un motor congestionado, brotaba blanco, evidencia del contraste del calor humano ( y gyojin ) con la atmósfera invernal. Estaba helando. La humedad complotaba en favor del viento sur, lo ayudaba a calar y penetrar el abrigo, penetrar la carne, socavar el hueso. Las copas de los árboles vibraban a merced de la brisa, y Enji, bajo la única protección de su chaquetón, atravesaba la maleza a machetazos.

O eso hubiera hecho de no haberse olvidado la cuchilla.

—¡Eh, Juan! ¿Tú no tienes garras o algo parecido cuando te travestis de tortuga? —Las hojas, bañadas de agua, se le pegaban a las manos cuando arrancaba follaje del camino. Los guantes protegían sus palmas, muñecas y antebrazos, pero la punta de los dedos no, y ya no las sentía.

Ese, por supuesto, era el último de sus problemas en ese momento.

El cielo cubierto, nublado, tapaba incluso la escasa luz de la luna. La selva estaba sumida en una penumbra absoluta, tan profunda e insondable que los pasos se volvían inciertos y el camino, traicionero. Una pincelada de mala suerte era todo lo que hacía falta para dilapidar su pequeña incursión. En un momento así, lo mejor era sacar y encender una buena antorcha.

Y eso hubiera hecho, de no haberse olvidado de sacar uno de los troncos de la fogata antes de apagarla y dejarla atrás. Sighs, tenía cosas que mejorar.

—Ya deberíamos estar cerca.

Se rascó el cuello y sintió la fina y brillante capa de humedad que se había instalado sobre él, como una segunda piel, acumularse debajo de las uñas. Que irritante; escapar del clima tropical de Baterilla para instalarse en una selva con forma de isla. Agradecía que, al menos, estaban en invierno. Y no planeaba quedarse para ver llegar la primavera.

Atravesaron el último arbusto y el aroma a muerte les dio la bienvenida.

—Hijo de… —Cortó sus propias palabras tapándose la boca y la nariz con el cuello de la chaqueta. El hedor era terrible, un olor ácido y penetrante que te hacía lagrimear. Bastaron menos de un par de pasos para que se volviera insoportable y las figuras del suelo tomaran forma humana: cadáveres—. El diablo… espero que ninguno de estos sea Rashford.

Se acercó a uno para corroborar sus heridas cuando, de la nada, de la mismísima oscuridad, una miríada de criaturas se abalanzó sobre ellos. Los sintió chillar, reconociendo el sonido y la forma de su oscura silueta cuando estaban demasiado cerca, y era demasiado tarde para hacer nada más que cruzar los brazos y cubrirse la cara.

Muchos pasaron a su lado, rasantes. Las garras acariciaron su piel abriendo cortes pequeños y heridas superficiales. Otros, más ansiosos, trataron de instalarse en su pecho y espalda, aferrarse a la carne y perforarle con sendos colmillos, sedientos de lo que corría por sus venas.

Lamentablemente para ellos, no sabían que la sangre no era lo único que corría dentro de Enji.

—¡YA SUÉLTENME! —gritó, y el veneno erupcionó de su cuerpo.

Los murciélagos que se aferraban a él, como abejas furiosas, no pudieron hacer nada para alejarse antes de que el ácido y tóxico líquido las empapara. Chillaron, convulsionaron en el aire y cayeron, lloviendo sobre el claro de cadáveres. Enji siguió secretando veneno. Lo movió por el aire, usando ambas manos para guiarlo, y los chupasangre murieron por docenas al entrar en contacto con una intrincada red de viscosos tentáculos que nacían de la espalda del marine y se abalanzaban sobre ellos.

—¡Me vendría bastante bien tener tu caparazón en un momento como este, Juancho! Parece que no se terminan más —comentó, viendo la manera en que se arremolinaban las criaturas. Parecían formar una sola masa en el aire, instintivamente coordinados y ágiles como sólo podía serlo un animal del cielo. Enji apretó los dientes—. Revisa si entre las cosas de esta gente hay un mechero, o una antorcha, lo que sea. ¡Y ustedes, muéranse de una vez! ¡Me los voy a comer en una sopa!

Aunque eso, sinceramente, era muy mala idea.

¿De dónde habían salido? Pronto dejarían de existir, y Enji tendría la libertad de inspeccionar la enorme pared de piedra que pareció desmenuzarse en un millar de criaturas hacía tan sólo un segundo. El veneno bullía dentro suyo, quería seguir explotando, pero lo contuvo. Siempre tenía que contenerlo.

Contenido Oculto

off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3072 - 650 = 2422
Energia: 2824 - 484 = 2340
Espiritu: 1012 + 0 = 1012
#6
No importaba el tiempo que llevábamos en la selva, la humedad del entorno siempre resultaba en un ambiente que me era familiar, después de todo, había pasado gran parte de mi vida explorando el fondo del mar. Si algo me molestaba era el constante zarandeo de las ásperas hojas del follaje de la selva —Tengo garras en forma tortuga, sí… Pero son bastante gruesas, no me valen para cortar hojas como estas. Pero me las podría comer…—

A medida que avanzábamos, mi confianza iba aumentando más y más, le daríamos para el pelo a esos sinvergüenzas que se habían atrevido a dañar a nuestros camaradas. No podía evitar darle vueltas al asunto. ¿Serían piratas? ¿Cazadores furtivos? No habíamos visto grandes indicios de presencia humana en las últimas semanas, así que o eran expertos en el camuflaje o quizás llegaron hace poco.

Una vez por fin logramos salir de la espesura, mis pies se clavaron en el sitio al mismo tiempo que me tapaba la boca por puro instinto. Un olor nauseabundo que atravesaba mi nariz de forma irremediable, erizando cada fibra de mi coraza. —Pero qué mierda…— exclamé al ver el desolador escenario frente a nosotros, un escuadrón de soldados que yacían muertos frente a nosotros. Por un momento quise vomitar, por fortuna, mi entrenamiento como marine logró que pudiera mantener mínimamente la compostura.

Estaba por fin dispuesto a examinar los cadáveres, pero entonces me vi rodeado por multitud de animales enormes —¡ARGHH! ¡Pero me cago en!— grité al aire mientras clavaban sus afilados colmillos sin problemas en mi dura coraza. Entre el ruido de las bestias que me rodeaban, pude diferenciar la voz de mi capitán, por lo que no tardé en pasar también a la acción.

Mi cuerpo aumentó súbitamente de tamaño, adoptando las cualidades de una tortuga en el proceso, un rocoso caparazón emergió en mi espalda y mis patas se hundieron en el suelo debido al aumento de mi peso. Ahora sí estaba listo para luchar, me quité a los numerosos depredadores de encima con un giro sobre mí mismo. —¡A la orden!— grité mientras repartía golpes a diestro y siniestro con mi pinza y usaba los cuerpos de los murciélagos caídos para lanzarlos a los que se elevaban en el cielo.

Tras una larga pelea de la que no logramos salir indemnes, fuimos capaces de acabar con la colonia. —Uff… Uff… Malditos bichos… Nunca había visto murciélagos blancos… ¿Se podrán comer?— le pregunté a Enji con un tono visiblemente agotado. Podríamos haberlo puesto a prueba, pero lo primero era lo primero. Me dispuse a revisar a los soldados caídos, si bien algunos de ellos parecían haber sido asesinados por los mismos bichos que nos atacaron a nosotros, algunos de los marines parecían haber caído a manos de una persona. —Esto parecen heridas de bala, Enji… Tenemos que seguir alerta.— También hice caso a la sugerencia de mi amigo, y busqué aunque sea un mechero entre las pertenencias de los cadáveres.

Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 4016 - 634 = 3382
Energia: 3305 - 508 = 2797
Espiritu: 955 + 0 = 955
#7
A pesar de la ventaja inicial que la oscuridad de la noche y el cielo cubierto de nubes había prorcionado a la bandada de murciélagos, aquellas bestias aladas no resultaron lo suficientemente poderosas como para amilanar al dúo de marines. Enji y Sebastián recibieron varios mordiscos y arañazos, pero no tardaron en lanzar un contraataque total, activando los poderes de sus Akuma no Mi. Enji hizo brotar el veneno de su cuerpo como si fuese un torrente de color púrupura, haciendo caer a los murciélagos que aún trataban de hincar los colmillos en su piel. Por su parte, Juan se transformó a su forma híbrida, haciendo una masacre entre los animales empleando su poderosa pinza, protgido por su caparazón de tortuga.

Cuando finalmente el silencio volvió a apoderarse del claro, una gran cantidad de animales muertos cubría el suelo, uniéndose a los cadáveres de los marines que allí yacían. Enji y Juan se apresuraron a tratar de encender algún tipo de luz rebuscando entre los cuerpos de sus compañeros, varios de los cuales portaban mecheros que les permitieron encender una antorcha para alumbrar por fin el lugar. Sin embargo, la visión que les proporcionaba el fuego no fue demasiado agradable...

El claro medía aproximadamente unos cincuenta metros cuadrados, y los troncos aún rebanados que recorría todo el borde habían evidente el hecho de que ese lugar había sido despejado a propósito. En uno de los extremos la pared de roca de setenta metros de algo estaba horadada de pequeños agujeros, incluyendo uno bastante más grande, situado a unos diez metros de altura, por dónde sin lugar a duda había salido la bandada de murciélagos que había atacado al dúo de marines.

Mientras Juan examinaba los cadáveres del claro tratando de encontrar alguna información, uno de ellos llamó su atención. Su mano estaba tensa por el rigor mortis, y sostenía apretado entre sus dedos un pequeño camafeo con la imagen de una niña de unos tres o cuatro años de edad, que sonreía hacia la cámara en brazos de una mujer de cabello negro. Junto a la otra mano del hombre, caída a su costado, había un Den Den Mushi que se había deslizado de entre sus dedos al perder su dueño la vida.

Al registrar el cuerpo del soldado Rashford (pues a estas alturas era evidente de quien se trataba)  Juan encontró un diario de cuero, el cual tenía las tapasbarnizadas y tratadas para protegerlo de la humedad y cerrado con una tira de tela que mantenía las páginas interiores a salvo. Al ojearlo más detenidamente, poniendo ojo de no dañar el diario con la pinza, pudo leer las últimas entradas escritas por Rashford.

Día 30 de Invierno: Hemos llegado a Kyodaina. El tiempo no acompaña demasiado. Echo de menos a mi niña. Con suerte, la banda que venimos siguiendo desde el South Blue caerá aquí. Al parecer, de acuerdo con los informes que recibimos de los mandos, han recibido el encargo de recoger un cargamento de armas ilegales y trasladarlo desde esta isla a una ubicación aún desconocida.

Día 33 de Invierno: Hemos localizado la guarida de estos delicuentes. La puerta se encuentra disimualda en la pared de roca. No obstante parece que emplean algún tipo de sistema de protección en la entrada. Hay varias piedras marcadas con colores en una plataforma al lado de la pared de roca. Cuando van a entrar, siempre miran un papel antes de apretar una de las piedras. No siempre es la misma. Debemos averiguar la manera de entrar.

Día 40 de Invierno: Los mandos nos están presionando para que tratemos de asaltar la guarida. Nuestro sargento dice que no nos queda otra, aunque aún no sabemos como entrar. Además, hoy esos malditos murciélagos han atacado de nuevo. Se han llevado en volandas a uno de esos criminales, sin duda para alimentar a sus crías. Hoy pase lo que pase, acabará todo.

Finalmente, en un tono rojo que se corresponde inequívocamente con e color de la sangre reciente, el dúo de marines pudo observar un círculo rojo, dibujado con la yema de un dedo humano, sobre el que alguien había trazado una X con tinta negra.

A la luz de la antorcha, ambos marines pudieron comprobar, ya más facilmente como en la pared de roca había una zona que  mostraba un curioso mosaico de colores que relucían ante las llamas temblorosas de la antorcha.

Imagen orientativa


Asimismo, unos pequeños surcos en la roca delataban la presencia de una puerta oculta, la cual sin duda debería de poder abrirse pulsando uno de los botones de la roca, tal y como el diario de Rashford aseguraba.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
#8
Rebuscando entre las pertenencias de los cuerpos, fui capaz de encontrar un mechero. —Te lo tomo prestado amigo— dije, intentando ser lo más respetuoso posible. Entonces, le lancé el encendedor a Enji para poder seguir rebuscando pistas en los cuerpos mientras él iluminaba la zona. Uno de los cadáveres llamó mi atención sobre el resto, a primera vista, me percaté de una foto familiar que tenía en una mano. —¿Rashford?— me pregunté al observar que tenía un Den Den Mushi en la otra. No habíamos sido capaces de salvarlo, pensar en los rostros de su familia al descubrir lo sucedido hacía que la sangre me hirviese de rabia.

Al registrar a Rashford, encontré un diario del que quizás podríamos obtener información, gracias a eso podríamos conseguir información fundamental para la misión. Antes de nada agarré su mano rígida con la que sostenía el camafeo, le cerré los dedos y la llevé a su pecho. —Perdónanos, compañero— Esto se había vuelto personal, los murciélagos no eran lo único a lo que nos enfrentábamos, y quien se mete con un compañero de la Marina, también lo hacía conmigo. 

Entonces, con el diario en la mano, me dirigí a Enji y leí en voz alta los apuntes que había escrito el soldado fallecido —¿Deberíamos continuar con la misión que estaban realizando ellos? No te mentiré, me toca la pinza pensar que hayan muerto en vano…— Lo que teníamos delante parecía ser una especie de puzzle o un acertijo, no eran precisamente mi fuerte, pero la cuestión era probar. 

Me acerqué junto con mi compañero a la roca que tenía los botones que estaban descritos en su diario, pero no tenía idea de lo que debería hacer. Mientras me rascaba el mentón, me giré hacia mi capitán, le miré a la cara y, tras una breve pausa, volví a mirar los botones de colores, tras unos segundos algo más largos, volví a mirar a Enji. —Eeeee… ¿Cuál pulsamos? Tú eres el capitán después de todo…—.

Dejé a Enji con su decisión, yo no le juzgaría si se equivocaba y nos llevaba a alguna especie de trampa o algo del estilo, pero él tenía una intuición bastante más afilada que la mía. Con eso en mente me acerqué a lo que evidentemente era la puerta a una base secreta o a algún tipo de escondite y pasé la palma de mi mano izquierda sobre la húmeda roca. —Hmmm…— Por intentar probar algo distinto, intenté empujar la roca con todas mis fuerzas, apoyé mi escamada cabeza y mi hombro sobre la pared y clavé las garras de mis pies profundamente en la tierra. Para tratar de añadir algo más a mi esfuerzo, dije las palabras mágicas de los cuentos que me leían mis padres de pequeño 

—¡Ábrete! ¡SÉSAMOOO!—

Cajita de Tortuga
Karmas
 
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3382 + 32 = 3414
Energia: 2797 + 38 = 2835
Espiritu: 955 + 0 = 955
#9
La pared de piedra se alzaba al frente y, en la oscuridad, su techo parecía fundirse con el cielo y las negras nubes que cubrían Kyodaina. Un mechero llegó a su mano, arrojado por Juan. Lo atrapó en el aire. El chispazo de la piedra dió vida a la yesca y, a su vez, al alquitrán, encendiendo una luz. Una primera luz, que dio a luz, a su vez, al primer vistazo real de la escena. Los detalles ganaron nitidez y el horror, presencia. Sangre y viseras regaban el claro. Sangre, viseras y terror. Los rostros a medio carcomer de marines muertos saludaban a quienes pudieron ser sus salvadores con cuencas vacías, carentes de esperanza. Llegaron demasiado tarde.

—Carajo —bufó, frustrado. Rashford estaba muerto también. Era el último de todos ellos en resistir las oleadas de murciélagos y, aún así, se quedó en las puertas de la salvación, a unos minutos de poder ver otro amanecer.

Del bolsillo interno de la chaqueta sacó un cigarrillo y lo encendió en honor a los compañeros caídos en ese bosque. Toda vida era preciosa, todo aliento valía algo y allí, muchos partieron de forma injusta, dejando incompleto un camino. Se llenó de humo el pecho como se llenarían de lágrimas los ojos de los familiares, amigos y parejas de quienes regaban el campo. Lo exhaló, más consciente que nunca de su privilegio. El privilegio de soltar el aire sabiendo que pronto llegaría más. Uno que ellos perdieron sin saber cómo ni porqué.

Descartó la ceniza, suspiró. Acababan de arruinarle el humor.

—Eso no se pregunta, Juancho. Vamos a encontrar a los hijos de puta que provocaron esto, meterles un murciélago por el culo y hacerlos bailar la macarena descalzos sobre un balde de legos —sentenció. El filtro del cigarro apenas mantenía la forma apretado entre sus dientes—. Veamos que carajos hay aquí…

Y lo que había, después de una exhaustiva inspección a ojo, eran botones. Cinco botones labrados en piedra, cada uno de un color distinto. De izquierda a derecha veía rojo, verde, azul, naranja y amarillo.

—Hmm…

Mano en el mentón, acariciando los primeros vellos de una barba hirsuta. ¿Cuándo se había afeitado por última vez? ¿Hace tres días? Maldita genética.

—El rojo no es —dictaminó tras una primera inspección—. Significa peligro, igual que el naranja —explayó su explicación. Después señaló al amarillo—. Color del sol y la enfermedad del huevo sin yema, malo también. También tenemos el verde, color de la esperanza, pero yo no veo ninguna esperanza aqui. Lo que nos deja con un último prospecto…

Su voz se apagó a medida que su mirada se acercaba al último botón, el azul. El botón del centro.

—Color del océano, extenso y misericordioso. Color de sus ojos… —musitó, bajito, pero no lo suficiente para que Juancho no lo escuchara. Espero unos segundos por su reacción y después se echó a reír—. ¡Shihahahaha! Los ojos del diablo, claro. ¡Habrá que averiguarlo!

Se acercó a la pared y extendió el puño derecho hacia atrás, como si fuera a dar un golpe y estuviera aunando fuerzas. Juancho dijo su frase mágica y él, por supuesto, soltaria la suya propia, al mismo tiempo que estampaba el puño en el botón azul.

—¡ J U M A N J I !

El veneno que corría por su cuerpo le daba un buen palpitó con ese color. Después de todo, necesitabas azul para hacer morado.
Contenido Oculto


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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2422 + 0 = 2422
Energia: 2340 + 32 = 2372
Espiritu: 1012 + 0 = 1012
#10
La gran algarabía del combate que había ocurrido previamente en el claro fue sustituída por los gritos del  dúo de marines, los cuales como si de un hechizo todopoderoso se trataba, empleaban la potencia de sus pulmones en conseguir que la puerta se abriese. A la vez que Juan Sebastián se apoyaba con todas sus fuerzas contra la puerta en la pared de roca, Enji por su parte, haciendo una deducción basada en un criterio cromático, decide apretar el botón azul.

Con un crujido, la puerta cede hacia dentro, causando que Juan, debido a que estaba poniendo todo su empeño en desplazar la roca tanto con sus manos como con su cabeza, al encontrarse de repente sin una resistencia contra la que luchar, caiga hacia delante de una manera un tanto aparatosa, dando con sus carcasas en el suelo.

Sin embargo la cosa no acaba ahí, un destello salta al caer la puerta, producto de un cable - trampa que se encontraba tenso y a la espera de ser accionado. Cuando la puerta cae, una tromba de agua invade la antecámara de la cueva, devolviendo a Juan, por estar en el suelo y ser cubierto por completa a su forma normal, y quedando una cierta cantidad de agua en el suelo de la caverna, la cual empapaba los pies de los marines.

La puerta oculta da a un pasillo de al menos quince metros de largo que parece ascender, excavado en la roca viva. No parecía haber nadie a la vista, al menos por el momento, pero las antorchas que continuaban encendidas a ambos lados de la escalinata de piedra daban a entender que el lugar seguía estando habitado. El agua que ha empapado a los marines ha procedido de ese lugar, por lo que sigue fluyendo desde la parte superior del complejo empleado por aquellos a los que perseguía el equipo de reconocimento al que pertenencía el soldado Rashford.

A la luz de las antorchas, los marines verían a su izquierda un conglomerado de papeles de diferentes colores, cada uno marcado con un número entre el 1 y el 5, indicando al parecer qué botón deben usar los criminales para abrir la puerta, si bien eso es algo que ya no importa, pues ruidos de actividad comienzan a escucharse desde la parte superior. Parece que la entrada del dúo de marines no ha resultado demasiado discreta, y es factible que la oportunidad de venganza por la muerte de Rashford y el resto de sus compañeros esté cada vez más cerca de ellos.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]


Salto de foro:


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