25-06-2026, 05:48 PM
Día 20 de Invierno, Año 17
Parte 1: Las necesidades de la tripulación
Con la mente puesta en partir pronto de la isla, tenía que centrarme en mi labor como manitas de la división. Ya hice los guantes para Akira y para Masami del mismo modo que logré reparar los Járngreipr de Enji. Mentiría si dijese que no me sentía realizado al ver sus caras cuando les enseñaba su equipamiento en perfecto estado.
Pero no era suficiente, mientras más nos adentráramos en el Grand Line, mayores serían los peligros a los que enfrentaríamos. Las palabras del maestro Batch Kalao resonaban en mi cabeza “—Tienes que limpiar este estanque—”. Agité con susto la cabeza al recordarlo, eso no era, maldito estanque… —Aún te falta mucho por aprender— fueron sus palabras, tan despiadadas como certeras. Tenía mucho que aprender, pero no solo se refería al kárate, mucho que aprender en mi propio camino, y eso incluía mis labores artesanales para mis compañeros.
Tenía que hacer algo más, algo que lograse potenciar las características de mis compañeros. —Hmmmm…— pensé desde el interior del camarote. —Akira, Enji y Masami… ¿Qué tienen en común?— me pregunté mientras miraba el techo, intentando esbozar una imagen en mi mente —Son majos… No, eso no me sirve para esto. Son…—. Cerré con fuerza mis ojos y fruncí el ceño, pensar requería a veces un esfuerzo titánico. —¡Rápidos! Son rápidos— grité mientras daba un salto de la cama, clavando mis pies en la rechinante madera del camarote. Ahora lo sabía, tenía que hacer algo que pudiera hacerles aún más rápidos. —¿Y eso cómo se hace?— pensé mientras me rascaba la cabeza.
Mientras seguía dándole vueltas al asunto, salí del camarote, pudiendo tomar el aire en la cubierta del barco. —Frío…— musité con voz temblorosa, sin dudas, este clima no estaba hecho para mí. No podía expresar con palabras las ganas que tenía de que se terminase este horrible mes —¿Cuándo llegará la primavera?—. Volviendo al asunto que me afligía, busqué unas botas que tenía guardadas en el barco y me puse a observarlas con detenimiento. —Hmmm… Velocidad, velocidad… ¿Unos muelles? No tengo… — Le di la vuelta y toqué la suela con mi pinza. —Dura… Demasiado. Si le hago una suela más acolchada, podría ayudarles a correr—.
Parte 2: Planificación
Ahora tenía que pensar en los materiales que usaría para el calzado, no era una tarea trivial. Una suela demasiado dura no amortiguaría las pisadas, pero tenía que ser suficientemente resistente como para aguantar bien el paso del tiempo, después de todo, las plantas de los pies se ven sometidas a constante presión y desgaste.
Teniendo en cuenta todas las posibilidades, me puse a pensar —¿Madera? No… Demasiado dura. ¡Cuero!— Tenía todo el sentido del mundo, a Akira le hice unos guantes con la piel de un cocodrilo que él mismo cazó. Esa piel parecía ser bastante resistente, pero igual seguiría siendo algo dura para las suelas… Sea como fuere, lo tenía todo planeado, me volvería a adentrar en la selva y cazaría algún bicho grande al que poder sacarle provecho.
Parte 3: En busca de un rastro
Con la mente fija en mi objetivo, salté del barco, aterrizando con un fuerte estruendo en una roca del espigón más cercano, nada más apropiado para un cangrejo como yo. Las rocas se movieron ligeramente bajo el peso de mi aterrizaje, pero mantuvieron su posición de forma admirable. —Nada mal, nada mal— me dije a mí mismo. Mientras más pasaba el tiempo, más consciente era de mis propias fortalezas.
Quitando a Enji, nadie había conseguido hacer mella en mi coraza, lo que inundaba mi ser de una gran confianza en mis capacidades. Las rocas que siempre había admirado, ahora no las veía como una muralla imposible de superar, las observaba como a un igual.
Bajé de las rocas a la arena que se hundía bajo mis pies, sentir con mis pies descalzos la caricia cálida de esta era un sentimiento tan nostálgico como agradable. Si fuese por mí, me quedaría todo el día bajo el sol, enterrado en arena para mantenerme calentito, pero el deber de un marine siempre sigue ahí.
Mientras la arena de la costa daba paso a la tierra paso a paso, no podía evitar recordar la incomodidad que suponía entrar en la jungla, con una humedad que, si bien es mi entorno predilecto, estaba enturbiada por un frío que hacía que las gotas que caían de las hojas de los árboles se clavasen en mi caparazón como si de puntiagudas esquirlas se tratasen. Tras dar un profundo suspiro, aparté las ramas de los árboles que hacían de barrera entre la playa y la selva y me adentré en la penumbra.
Tras andar durante largos minutos por la fría jungla, empecé a sentirme frustrado. —¡¿Cómo es posible que no encuentre ningún bicho justamente en esta isla?!— dije levantando mi puño al cielo. Si bien se escuchaban graznidos ensordecedores, no era lo que estaba buscando, la piel de un pollo grande puede ser muchas cosas, pero resistente, lo que es resistente, no era.
Cuando estaba por rendirme, un fétido olor me golpeó como un batazo en la espalda, era verdaderamente horroroso. Si bien mi primer instinto fue dar dos pasos atrás, buscando librarme del hedor, me armé de valor y me acerqué a la fuente del mismo. Allí se erguía un monte de excrementos increíble, una estatua colosal, un monumento a las heces, un monolito adorado por cientos de moscas del tamaño de mi puño… —Menudo montón de mierda…— vociferé en admiración ante tal despropósito de la naturaleza.
El animal que dejó semejante zurullo debía ser gigantesco. Tras acercarme al mismo con algo de miedo, lo toqué con mi pinza —Está fresco… ¡No puede andar muy lejos!— Limpié la punta de mi pinza con la maleza y busqué rastros por el suelo, pudiendo observar cómo las marcas de unas pezuñas creaban un camino en la tierra.
Parte 4: ¡Menudo bicho!
Seguí el rastro de las huellas durante algo de tiempo. No fue difícil, ya que el animal que dejaba las huellas también se había encargado de tumbar todos los árboles que encontraba a su paso. —¿Qué clase de cosa habrá hecho algo así?— me pregunté mientras miraba perplejo el escenario.
Avanzado agarrado y oculto en la maleza, puede encontrar un claro, y allí estaba, escarbando a los pies de un imponente árbol. Se trataba ni más ni menos que de un Jabalí gigante, una mole de más de siete metros de altura y que pesaría más o menos como un elefante. La verdad era que nunca había visto un elefante, pero estaba seguro de que tenía que pesar bastante.
El mastodóntico animal estaba buscando algo bajo tierra, seguramente buscaba raíces o algo de maleza subterránea para alimentarse. Estaba distraído, era mi oportunidad, una oportunidad de las que pocas veces se presenta en la vida. Con la confianza de poder acabar rápido con el asunto, cargué con todo contra él, impactando mi Crab Smash en su costado. —¡Un golpe sólido!— pensé, convencido de que haría flaquear al gigantesco animal. Pero el gorrino ni pestañeó ante mi golpe…
Con una velocidad que era difícil de creer para su cuerpo, se dio las vuelta y emitió un grotesco sonido gutural —Calma… Calma…— dije, antes de ser brutalmente embestido. Si tuviera que describir a lo que me estaba enfrentando, llegaría a la conclusión de que era una montaña que se movía como una ola, algo aterrador.
El golpe dirigido a mi cabeza logró derramar mi sangre, que manchaba poco a poco el color de mi uniforme y me tumbó al suelo. —Auch… ¡Tú lo has querido, cerdo peludo!—. Si quería guerra, la iba a tener, esta era mi jungla y pretendía demostrárselo. Sin esperar un segundo, mi cuerpo comenzó a cambiar, mi áspera coraza comenzó a mutar hacia unas rugosas escamas, mi tamaño aumentó de forma súbita, provocando que mis piernas, ahora dotadas de unas gruesas garras, se clavasen en la tierra profundamente. Pero evidentemente esas cosas pasaban desapercibidas al lado de la gigantesca masa rocosa que emergió de mi espalda. Para este punto, mi caparazón de tortuga se había convertido en mi orgullo, un símbolo de lo que yo mismo representaba, de mi deber…
Con un gesto de mi dedo provoqué al grotesco animal, si quería cargar contra mí, que lo hiciese las veces que fueran necesarias, yo aceptaría su furia con las pinzas abiertas. Y por supuesto que la bestia decidió embestirme con todo. Durante la carrera, sus patas levantaban tierra tras de sí con cada movimiento, logrando una velocidad ridícula, pero esta vez estaba más que preparado. Crucé los brazos sobre mi torso, adoptando una posición defensiva, tensando al mismo tiempo cada fibra de mi coraza para lograr resistir su carga. El choque resonó por gran parte de la isla con un sonido casi metálico, ahuyentando a los pájaros de la zona, que entonaban una melodía de crujidos de árboles y graznidos al comenzar el vuelo.
Mi cuerpo cedió ligeramente, forzándome a clavar mi rodilla derecha en la tierra al tiempo que mis pies se hundían notablemente en la tierra, pero afortunadamente logré mantener los daños al mínimo. —Por un pelo…— pensé mientras las gotas de sudor se empezaban a formar en mi cuerpo. En muy pocas ocasiones había presenciado ataques con semejante fuerza impresa en ellos, era, cuanto menos, sorprendente.
El combate fue largo y agotador, con el paso de las horas ambos nos encontrábamos visiblemente agotados. —Uf… Uf… Maldito bicho…— dije dejando largas pausas entre palabras. Estaba agotado, pero para mi fortuna, él lo estaba más, y no parecía estar dispuesto a huir, algo que respetaba profundamente. Su última carga no fue rápida, tampoco fuerte, simplemente me tocó con su hocico y se desplomó mientras me mantenía la mirada. Al ver eso, me limité a dejarme caer de culo, estaba exhausto, pero lo había logrado.
Parte 5: Juan el carnicero
Una vez recobré el aliento, me levanté para comprobar el estado del enorme jabalí. Al tocarlo pude darme cuenta de forma inmediata, estaba muerto, su cuerpo se había puesto frío y no había rastro de respiración. Le di unas palmadas en la panza, reconociendo que había dado un buen combate, el más duro que ningún animal de la isla me había dado hasta ahora. —Bueno… Al lío— dije al sacar una cuchilla de mi bolsillo.
El proceso fue el que sabría esperar, clavé mi herramienta con precisión quirúrgica en su piel, siguiendo el acto con un deslizamiento de la misma que cortó la piel de punta a punta del animal. Como si de una lona se tratase, intenté separar la gruesa piel del cuerpo del animal. Un proceso lento y pesado, pero que debía hacerse de la forma correcta para aprovechar correctamente el material, desperdiciarlo sería una falta de respeto ante tal noble criatura.
Una vez extraje toda la piel del resto del cadáver, la agrupé en tres rollos y los até con tiras de las hojas secas de los árboles del bosque, logrando agruparlos en una especie de mochila improvisada. Cargué mi botín en mi espalda y miré por última vez el cuerpo de mi formidable rival. Me apenaba no poder aprovechar su carne, pero ya iba todo lo cargado que podía y, además, la carne de jabalí era bastante dura, por lo que pude ver en mi pelea con él, no me extrañaría tener que escuchar las quejas de mis queridos compañeros si les hacía comerse una cosa así.
Cuando empecé el camino de vuelta, me encontré algo impresionante, otro jabalí de casi el doble de tamaño se erguía frente a mí. Ambos miramos al cadáver y luego nos miramos mutuamente, tras repetir este ritual proceso dos veces más, comencé a correr como si mi vida dependiese de ello, y no era de extrañar, porque mi vida literalmente dependía de ello… Corrí sin mirar atrás hasta llegar a la playa, donde me vi sin escapatoria. Temeroso por mi vida, miré hacia atrás, esperando encontrarme de frente con aquella cosa gigantesca, pero no había nada. —¿Lo he perdido?— me pregunté incrédulo. —¡Je! No por nada era la tortuga más rápida del sur— me comenté a mí mismo con un alarde de orgullo.
Había sido un día agotador, pero al menos valió la pena. Cargado con mi botín, subí de un salto al barco, donde se encontraban mis compañeros. —¡Chicos! Vamos a necesitar más cuero! ¡Y este cangrejo no va a ser el que lo coja! Jajajaja —.
Off

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