Parte 1: La chica prodigio.
Por primera vez en mucho tiempo, me desperté temprano por mi cuenta, sin pretensiones de ningún tipo, había algo que quería ver por mí mismo. Era el sexto día de estancia, si no me fallaba la memoria, nuestro tiempo en Skypea se acababa y aún había dos cosas que quería ver y hacer sin importar lo pesado que fuese madrugar para mí. Una vez me levanté de forma enérgica, me puse mi ropa de marine, desde las botas hasta mi elegante gorra, la cual me paré a mirar un momento antes de ajustarla en mi cabeza. —Debería buscarme algo más robusto… —Pensé mientras lo hacía.
Salí de mi habitación directo a la cocina, donde tenía unas fiambreras preparadas para comer a lo largo del día, no esperaba volver temprano y no me apetecía pasar hambre. Abrí la puerta de la casita que me habían preparado las buenas gentes de Skypiea y salí al exterior. —¡Buenos días, mundo! —le dije a nadie, observando el paisaje que se abría frente a mí. Las calles estaban vacías, y el sol aún estaba lejos de asomarse por el horizonte, dejando un frescor húmedo y una iluminación penumbrosa. ¿Los objetivos de hoy? Tenía dos, el primero era ver el amanecer desde el cielo. Quería encontrar un buen lugar para contemplar su salida, estaba convencido de que ver eso a diez mil metros de altura, sobre las nubes, sería una imagen que valdría la pena.
Mi segundo y más importante objetivo era algo sobre lo que me estuvo explicando Enji el día anterior. —Haki… O algo así, me comentó que un tipo muy serio le enseñó algo de eso. Debería buscarle, no puedo dejar que mi capitán me lo enseñe todo… —Con ello en mente, partí en busca de mi destino. Salí del pueblo a paso ligero, encontrándome al borde del mismo a un anciano lugareño de alas blancas. —Buen día.— Le saludé mientras le ayudaba a levantar alguna de las cajas que estaba montando en un carro. —Muchas gracias, joven extranjero, ¿puedo preguntar qué haces despierto tan temprano? —Me preguntó el buen señor en tono amable. —Durante los juegos el emperador mencionó algo llamado Haki, y mi amigo me comentó que estuvo entrenando en Shandora, así que hacia allí voy. —El señor mantuvo silencio por unos breves segundos, no sabía qué pasaba por su mente, pero parecía enfocado en ayudarme.
—Shandora… Está hacia allí. —Me comentó mientras señalaba con su dedo maltratado por el trabajo de una vida. Era una ayuda muy oportuna, mi plan era vagar sin rumbo hasta acabar por azar en el lugar adecuado, después de todo, no conocía la zona. —¡Muchas gracias, señor! —le dije al terminar de subir la última caja sobre su carro. Cuando emprendí el camino de ida, el viejo me mencionó un detalle de suma importancia: —¡Cuando llegues pregunta por Jalindra! —me dijo con una voz que sin dudas no era la apropiada si quería evitar despertar a los vecinos.
Tras mi grito desde la lejanía, un vecino abrió la ventana de su casa y se dirigió a nosotros con la amabilidad y respeto que merecía la emotiva despedida: —¡Os queréis callar, panda de *****, malditos hijos de *****, pero a quién se le ocurre ******! —Por fortuna, yo ya estaba bastante lejos y perdido en mi mundo. Por parte del viejo, mientras ignoraba los gritos de su vecino y me observaba, susurró: —Jalindra tiene pinta de encajar mucho mejor con este muchacho… Espero que perdone las travesuras de un pobre anciano, jojojo… —Estos viejos… Hay que quererlos.
El camino hacia un lugar desconocido fue ciertamente largo, la claridad del sol empezaba a asomar por el horizonte mientras que caminaba. Yo quería aprovechar para ver bien la salida del sol, por lo que opté por hacer una pausa para desayunar. Tomando ventaja de que me había adentrado en una especie de bosque, trepé lo que pude de un gran árbol que crecía vigoroso sobre la tierra, logrando un lugar más que idóneo para contemplar el amanecer. Saqué mi fiambrera y empecé a comer mi buen desayuno de espinacas, esperando la salida del astro. Aún era un aficionado en lo que a la cocina se refería, pero la verdad es que me quedaban increíbles con un poco de ajo…
Mientras degustaba mi desayuno, el sol comenzó a asomarse en el horizonte, adornando el paraje de nubes y árboles con todos que oscilaban entre el dorado y un naranja cálido. Era, sin lugar a dudas, una de las escenas más bonitas que había visto en mi vida. —Qué bonito… —dijo la muchacha de la rama de arriba. —Así es… ¿Eh? —dije viéndome sobresaltado al observar que no estaba solo viendo el paisaje. Miré sobresaltado hacia arriba y, al ver que, efectivamente, había alguien allí, me caí de espaldas de la impresión, con la mala fortuna de que no había pared detrás de mí que me frenase de ser precipitado hacia el suelo.
El impacto contra la tierra fue estruendoso, pero nada serio para mi firme coraza, había aguantado cosas mucho peores que esa. —¿Auch? —dije con la cabeza incrustada en la tierra. —¡Jajajaja! Eso ha sido muy bueno —dijo la muchacha desde las alturas del árbol justo antes de caer con la elegancia de una pluma al suelo. —No me esperaba compañía —dije tras levantarme del suelo, mientras me sacudía el polvo de encima. —Siempre es bonito ver la salida del sol por aquí. ¿Puedo? —me dijo mientras cogía mi fiambrera y empezaba a comer mis espinacas. —Esto está bueno. ¿Lo hiciste tú? —me preguntó. Yo asentí, aún un poco dudoso, mientras me rascaba la cabeza. La situación se me hacía un poco extraña, pero si me paraba a pensarlo, no tenía por qué ser tan raro, cualquiera podría dar una vuelta por la zona y pararse a mirar las vistas.
Pude observar mejor a la muchacha mientras se comía mi desayuno, era una chica de alas blancas, como muchos de los ciudadanos de las nubes, tenía la piel moderadamente bronceada y cabellos rubios, similares a los de Akira. En su prenda de vestir destacaba la cinta que usaba para cubrir su torso y su falda roja que le cubría hasta el muslo. Al igual que yo hice con ella, la chica me examinó de arriba abajo.—¿No eres de por aquí, cierto? —Hecho que era evidente después de mirarme por más de dos segundos. —No, vengo de… De abajo, estaba buscando al maestro Jalindra. —La muchacha asintió con formalidad. —Maestra, soy una chica. —me contestó sin darle muchas vueltas. —Eso, disculpa, maestra… —Tras disculparme, me quedé unos segundos en silencio hasta que de repente me atraganté con mi propia saliva. —*Cough* *Cough*... Perdón… ¿Tú eres Jalindra? —Estaba bastante sorprendido, era cierto que ya había visto en numerosas ocasiones a gente joven demostrar habilidades sin precedentes, ¿pero ser un maestro? El mundo de verdad estaba lleno de prodigios… —Pedona, mi compañero no me dio muchos detalles, jejeje
Tras eso volvimos a subir a la rama del árbol, por tener mejores vistas mientras hablábamos más que nada. —Imagino para lo que me estás buscando, tras el festival, muchos extranjeros han pasado por aquí en busca de dominar el Mantra. —Cuando dijo eso, la miré algo confuso, —¿Mantra? —le pregunté, no recordaba haber escuchado nunca esa palabra, y tampoco recordaba que Enji me la hubiese mencionado en algún momento. —En el mar azul le dicen Haki, si no me equivoco —me respondió mientras se sacaba una manzana de algún lugar. —¡Eso, Haki! Por lo que me han dicho, le enseñaste lo de “ver sin ver” a mi amigo Enji. —Jalindra arqueó una ceja cuando le dije eso. —¿Enji? No me suena. —Sus palabras me chocaron un poco, quizás era olvidadiza, pero mi capitán no era precisamente una persona fácilmente olvidable. —Ya sabes, peliblanco, extrovertido, se le escapa alguna gota de veneno de vez en cuando… Un poco pervertido… —Con esos detalles debería ser más que suficiente para que su imagen volviera a su cabeza. —No, no lo conozco… Hay más maestros del Mantra por Skypiea que podrían haberle enseñado. —Era verdaderamente extraño, si el viejo me dio la dirección correcta, debería haber llegado cerca de Shandora en esos momentos…
—Como sea, ¿estás interesado en aprender? —me preguntó la muchacha. Yo me limité a asentir con la mirada, con determinación, había empezado ya el camino que me ayudaría a proteger a mis compañeros y a los inocentes, quedarme a medias no era una opción. —¿Por qué quieres aprenderlo? —me volvió a preguntar, esta vez mostrando una expresión algo más severa que no dejaba de ser amable. —¡Quiero ser un héroe, alguien que proteja a los débiles! Para ello debo ser lo más fuerte posible, no puedo desperdiciar cualquier oportunidad de aprender. —La muchacha se acarició las mejillas y el mentón ante mi respuesta antes de darme una respuesta. —¡Muy bien, vamos a darle caña, héroe!—
Parte 2: ¿Qué es el espíritu?
Tras aquello, ambos bajamos del árbol para ir rumbo al lugar en el que ella me entrenaría. El sol ya había salido completamente, quedándose a ras del horizonte para cuando emprendimos la marcha. El clima fresco de la mañana era perfecto para entrenar, con algo de suerte, no tardaría demasiado en dominar lo que ella quería enseñarme. Había sido capaz de dominar las técnicas del kárate en muy poco tiempo, no podría ser muy distinto…
Tras varios minutos de andar, acabamos llegando al borde de un acantilado de una altitud tremendamente elevada. —Este sitio estará bien… —dijo al llegar. —Vale, primero debes saber qué es el Mantra. El Mantra es la energía que reside en tu interior, la manifestación de tu propia voluntad. Es una fuerza que todas las criaturas de este mundo poseen. —Me explicó detalladamente. —Ya veo… No entiendo nada. —dije sin un atisbo de vergüenza. Me quedé pensando por unos segundos y una idea vino a mi cabeza, lo que decía parecía algo similar a lo que aprendí durante el kárate. Cuando aprendí de manos de Batch Kalao, aprendí a sentir el agua de mi cuerpo y usarla en los ataques, no podía ser tan distinto… —Ahora que lo dices… Creo que he pasado por sensaciones similares, sí. —Sus ojos se iluminaron con confianza. —¡Perfecto, puede que estés listo y ni siquiera te dieses cuenta! —Entonces señaló a lo alto del acantilado que teníamos a nuestro lado. —Una vez llegues a lo alto, tienes que recordar esa sensación de energía, llevarla a tus brazos y agarrarte de una nube, así podrás usarla para descender con suavidad. —Miré a lo alto del precipicio, lo observé durante unos breves dos segundos y le devolví la mirada. Estaba como una puta cabra, pero si así era como se aprendía este poder… Habría que hacerlo. —¡Muy bien! —respondí con una amplia sonrisa mientras chocaba mi pinza con mi mano abierta.
Con todo dicho, comencé la escalada tal y como me había mandado. No fue sencillo, de primeras ya pude notar que mi pinza sería un lastre a la hora de escalar, demasiado grande, demasiado pesada como para poder agarrarme de las delicadas irregularidades de las piedras mientras escalaba. Lo que tampoco ayudó fue mi peso, era un cangrejo tosco, la agilidad nunca había sido mi punto fuerte, pero antes de empezar no esperaba que me fuese a resultar tan ridículamente difícil moverme. Aun con todas las dificultades, tras unos minutos de sufrimiento, conseguí llegar a la cima, escalando prácticamente con una mano.
Una vez en la cima, me senté por un momento en el suelo y miré al cielo. Una brisa fresca de la mañana acarició mi caparazón mientras descansaba. El descanso fue breve, tan breve que ya había terminado, lo que no me esperaba al levantarme fue que, al mirar hacia abajo, me encontrase tremenda distancia. Tragué saliva mientras veía a Jalindra tapándose la frente para que el sol no la molestase al mirar. —Muy bien, Juan… ¡Un marine no puede ser un cobarde! Recuerda tu entrenamiento… —En ese momento cerré los ojos y recordé todo lo que había aprendido durante mis entrenamientos del kárate. Podía sentir cómo el agua fluía por mi cuerpo, sentía cómo cada músculo recibía fuerza con el movimiento de esta. Miré a la nube que tenía delante y entonces… Salté.
Cuando tuve la nube a mi alcance, extendí mis brazos y… ¡La agarré! O eso era lo que intenté hacer, pero mi cuerpo pasó a través de esta. No era algo tangible, no era lo que esperaba, lo único que conseguí fue darme un baño de vapor a medida que caía a través de la misma.
Con todo perdido, sin nada que pudiera hacer, me dejé caer… Pude ver mi vida entera pasar por delante de mis ojos, un pequeño niño cangrejo que leía cómics, un cangrejo joven que empezó su lucha contra la delincuencia a su manera, un cangrejo que, por azares del destino, se convirtió en padre adoptivo de una niña muy especial… Pasó por delante de mis ojos mi carrera como Marine, aquella llegada a Baterilla con Akira esperando en el puerto con su peculiar energía, la desgarradora noticia del fallecimiento de Develio, aquella misión fallida para atrapar al maldito Diosdado, la inauguración de la división noventa y tres con la llegada de Sigrid, Enji y más tarde de Masami… Eran muchas cosas por las que había pasado para llegar hasta donde estaba ahora mismo, atravesé una montaña en barco, viví durante meses en una isla llena de animales enormes, subí a los cielos mediante una explosión de agua. Todo para morir después de tirarme por un barranco… —¡Si es que soy gilipollas! —fueron mis últimos pensamientos antes de caer contra el férreo asfalto.
El momento por fin llegó, mi cuerpo chocó contra el suelo y… ¿Se estiró? El suelo se hundió tremendamente bajo mi peso, volviendo a lanzarme por los aires al momento. Tras unos cuantos rebotes, me quedé mecido en la sustancia esponjosa. —No resultó —dijo Jalindra justo antes de darle un mordisco a la manzana. —*Munch* *munch* *glup* No te preocupes, la gente no suele lograrlo a la primera. —Apenas pude prestarle atención a lo que dijo, mi cuerpo estaba paralizado, mi corazón iba a mil por segundo y, de golpe, pude sentir cómo gotas de sudor empezaban a bajar por mi ahora pálida coraza. —Pensé que moriría… —Con una sonrisa, Jalindra me respondió: —Si te mueres, no tiene sentido el entrenamiento. —Eso tenía sentido, pero habría estado bien saberlo con anterioridad, después de todo, me faltó poco para morir antes de tocar el suelo por un infarto…
—Veamos… ¿Qué ha fallado, qué fue lo que hiciste al saltar? —me preguntó mientras se sentaba con las piernas cruzadas en el suelo. —He intentado aplicar la lógica del kárate gyojin… Traté de usar el agua de mi cuerpo para ganar fuerza al agarrar las nubes. —Jalindra asintió con un rostro algo más serio que antes. —Ahí está el problema, lo estás enfocando desde el punto de vista erróneo. El Mantra no está relacionado con la fuerza de tus músculos ni con el agua de tu cuerpo, tienes que ir un nivel más profundo, es tu propio espíritu. —Sus palabras no tenían demasiado sentido para mí, pero trataría de seguir lo que me estaba diciendo con todo mi esfuerzo. —¿Cómo puedo hacer para sentir mi espíritu? —le pregunté. En el entrenamiento con Enji hice algo similar, pero aún era un novato y esto se sentía diferente.
Jalindra se terminó la manzana y prosiguió con su explicación. —El espíritu es una manifestación de tu voluntad, así que lo primero es meditar, tienes que aprender a mirar dentro de ti mismo. —En vez de dejarla ahí, esta vez prosiguió con una explicación más detallada. —Siendo más concretos, vamos a trabajar para que aprendas el Busoshoku, es un poder que te será de mucha utilidad en tu viaje. ¿Alguna vez has enfrentado a un enemigo que no puedas tocar? —Cuando me dijo eso me quedé pensando por un momento. —No… Pero ahora que lo dices… Durante las semifinales del torneo del emperador, un tipo fue capaz de evitar los ataques de su contrincante al transformar su cuerpo en barro o algo del estilo. —Al escuchar eso, Jalindra chocó su puño a modo de martillo contra la palma de su mano. —¡Bingo! Es un buen ejemplo. Ese tipo estaba usando el poder de su Akuma No Mi para ser invulnerable. Con el Mantra serías capaz de tocar a esas personas e infligirles daño con tus golpes, incluso agarrarlas. Algunos llaman a este poder Busoshoku, el poder del armamento. —Con su explicación se me vino a la mente el combate que tuvo Shin contra el pollo. Yo pensaba que Shin sería intocable por su cuerpo de luz, pero el hombre pájaro fue capaz de tocarlo sin problemas, ¿Estaría acaso usando esa habilidad? Quizás simplemente lo vi mal, después de todo, estaba borracho.
Parte 3: El despertar de la fuerza
Con todo dicho, llegó el momento de empezar con el entrenamiento, lo primero que tendría que hacer era meditar. No era la primera vez que lo hacía, después de todo, el maestro Batch Kalao me puso a hacerlo bajo una cascada. Al mismo pie del acantilado del que me precipité, me crucé de piernas y adopté una postura apropiada para la tarea. Por lo que aprendí la última vez, tenía que aprovechar el silencio de mi interior para sentir cómo fluía el agua de mi cuerpo. —No puede ser tan difícil, es lo mismo pero con otra cosa… —Pensé algo ingenuo.
El inicio fue lo esperado, nada destacable, mente en blanco y eso. Pero al cabo de un rato, podía sentir mis pulsaciones, podía escuchar cómo mi sangre iba de una parte a otra de mi cuerpo, lo mismo que cuando entrené kárate gyojin en el pasado. La sensación que buscaba no aparecía, no era capaz de hacer aparecer ninguna sensación en específico. Dominado por la frustración, un semblante molesto se reflejó en mi rostro, como si estuviese intentando hacer fuerza. —Alto ahí. —dijo mi nueva maestra. —La meditación precisa de serenidad. Estás demasiado tenso. —Me dijo con bastante acierto. Quizás era una mala costumbre arrastrada de mis entrenos anteriores, era difícil para un cangrejo tan robusto y energético como yo pensar en algo que no estuviese relacionado con mis capacidades físicas.
Jalindra se quedó pensando por un rato a una solución para mi problema, al contrario que otros maestros, era bastante implicada en el proceso, me acompañaba de forma constante y estaba encima mía para supervisar que hiciese bien las cosas. —Quizás tu exceso de energía es un problema… —dijo con los ojos cerrados. —¡Tengo una idea! Tendrás que agotarte antes de seguir con el entrenamiento. —Con un rostro tranquilo y contento miró a lo alto del acantilado. —Te espero arriba. —Me dijo antes de subir con una soltura que era difícil de creer. Ella no escalaba, básicamente flotaba sobre los surcos del desfiladero, un espectáculo casi irreal.
—¡Pues al lío! —exclamé con decisión. La subida a la cima fue dura, tanto como la primera vez que lo hice, solo que ahora estaba más cansado, podía sentir cómo los músculos de mi brazo y mi espalda se engarrotaban. Fue después de mucho esfuerzo y dedicación que logré subir a la cima, otra vez. —Uff…Uff… Listo… —Murmuré al llegar mientras miraba al suelo. —¡En guardia! —fue lo único que pude escuchar antes de levantar la mirada. Al hacerlo, me encontré con mi maestra, adoptando una postura marcial de combate y esbozando una sonrisa confiada en su rostro. —¡Espe-! —fue lo único que pude decir antes de que ella cargase contra mí, impactando su palma contra mi torso con solidez.
El golpe no me dolió, lo cual me pareció extraño en el momento. Unos instantes después lo entendí todo, viendo cómo Jalindra se alejaba de mi posición. Ciertamente, ella no se alejaba de mí, era yo el que se alejaba, y por supuesto que, a mi espalda, no se encontraba otra cosa que el vacío, la nada, el límite del desfiladero, el abismo. Y por él, caí.
Mi grito desesperado retumbó por todo el cielo, provocando la huida de los extraños pájaros que solo miraban en una dirección. El aterrizaje fue exactamente igual al primero, me hundí en una cama de nubes blandas y reboté unas cuantas veces antes de quedarme tumbado en las mismas, arropado por una comodidad que se sentía reconfortante después de sentir mi corazón en la garganta durante la caída. Jalindra se asomó por el acantilado, usando su mano a modo de gorra para poder mirarme cómodamente desde las alturas. —¡Vamos, vamos! Esfuérzate, ¡tú puedes! —me gritó desde su posición de superioridad. —Uff… Uf… Voy… —Dije cansado mientras me levantaba de nuevo. Por supuesto que ella no pudo escuchar mi respuesta, pero ver cómo me levantaba era confirmación más que suficiente para entender que no iba a rendirme, al menos no tan fácilmente.
El proceso de subir y ser expulsado se repitió varias veces, no sabría decir cuántas para ser exactos, pero fueron demasiadas. Ya de últimas había perdido la sensación de vértigo al caer desde las alturas. Como pago por ello, mi cuerpo estaba destrozado, tenía la voz desgarrada de tanto gritar al caer, mis piernas temblaban incluso estando en reposo, el sudor ya apenas salía de mi deshidratado cuerpo, a mis ojos les costaba distinguir con claridad lo que tenía delante y mi respiración era más ahogada que agitada. Para resumir, estaba hecho una mierda, lo cual por algún motivo parecía ser el objetivo. En mi último intento de subir el acantilado, cuando ya estaba cerca de la cima, mi cuerpo se rindió. Intentaba alzar mi mano izquierda mientras mis piernas se aferraban como podían a las paredes del mismo, pero era simplemente incapaz de mover mi mano a más altura que mi cabeza. Como si de la aparición de un ángel se tratara (en parte lo era, al menos lo parecía) Jalindra se asomó por el borde y me extendió su mano, siendo capaz de ayudarme sin problemas a terminar de subir.
De nuevo en la cima, fui incapaz de mantenerme de pie, por lo que me tiré al suelo, mirando al cielo y con los ojos cerrados mientras hacía un esfuerzo por estabilizar mi respiración. —No… haahh… No… haaahh… Puedo más… —dije entre sufrimiento. Cuando empecé a practicar el kárate, caminar de normal por este lugar ya me cansaba exageradamente rápido, y era verdad que había mejorado, pero esto era una locura, se sentía casi como una tortura. —Sí… Creo que es suficiente de acantilados de momento. —Me respondió Jalindra con una expresión que oscilaba entre la culpa y la pena. —¡Ahora volveremos a intentar la meditación! Con lo cansado que estás, será más sencillo relajar tu cuerpo. Recuerda, es tu voluntad la que debes sacar a flote, no tu fuerza. —Su forma de enseñar era realmente impresionante, incluso con métodos tan poco convencionales era capaz de hacer entender estas cosas complicadas a alguien como yo.
Sin esperar ni un segundo, de forma torpe y, para qué mentir, un poco patética, volvía a adoptar mi postura de meditación. Era cierto que esta vez había algo distinto, aunque mi mente gritaba “Fuerza” de forma inconsciente, mi cuerpo no era capaz de responder a ese llamado. Fue en ese páramo desierto de mi interior donde pude encontrar algo nuevo, una sensación que nunca antes había sentido. Un cosquilleo extraño empezó a fluir por todo mi cuerpo, fue como si las compuertas de una presa de agua fuesen abiertas de golpe. Era algo abstracto, difícil de definir… Ahora que caía, era una sensación similar a la que tuve el día anterior. ¿Era esto lo que Jalindra quería sacar de mí? Jalindra, que me observó con detenimiento mientras meditaba, sonrió. No sabía con exactitud qué era lo que estaba pasando en mi interior, pero ella sí, y era capaz de verlo a través de mí, del mismo modo que hacía Enji.
Parte 4: Golpe de remo
Tras un buen rato de meditar, Jalindra puso fin a la parte de la meditación. —¡Creo que ya hemos terminado con esto! Aunque te recomendaría meditar con frecuencia para terminar de acostumbrarte a esa sensación. —Sus palabras me alegraron enormemente, cansarme tanto y pasar por esos sustos al parecer me acabaría sirviendo para algo. Uno siempre tiene el miedo de que su esfuerzo no sea recompensado, así es la vida a veces, pero el placer de sentir cómo avanzas en un camino es algo indescriptible. Aún no tenía claro cómo usar esa sensación que acababa de descubrir hace unos momentos, pero eso no quitaba que quisiera saltar de alegría. Y eso es algo que habría hecho, de no ser porque mis doloridos músculos prácticamente me impedían moverme, estaba hecho polvo.
Una parte importante del entrenamiento era el reposo, y eso era algo que Jalindra, como buena maestra que era, sabía muy bien. —Vamos a tomar un poco de aire, intenta mantener activa tu respiración y no dejes de concentrarte en tu energía. —me dijo mientras se sacaba otra manzana de alguna parte. Si bien esto era un descanso, ella trataba de que siguiese siendo productivo, su idea era no desperdiciar ni un segundo del tiempo que le dedicásemos al entrenamiento. Le pegó un mordisco a su manzana y, una vez tragó, me preguntó: —Y dime… Espera, ¿cuál era tu nombre? —me preguntó. —¿No me presenté? Qué falta de educación… Soy Juan. —le respondí con algo de vergüenza, pero sin titubeos. —Muy bien, Juan. Cuéntame algo más de ti, ¿por qué te decidiste a ser un marine? Mencionaste antes a un tal Enji, ¿tienes compañeros aquí? —Sus preguntas no parecían tener nada que ver con el entrenamiento, pero siempre era agradable tener una charla más relajada. Además, este era el tipo de cosas que no solía hablar con mis camaradas, me daba un poco de vergüenza, ¿para qué mentir? —Me decidí a entrar a la Marina cuando unos piratas mataron a mis padres. Desde pequeño había oído historias de lo aterradores que eran y de cómo arrasaban por cualquier lugar por donde pasaran. Pero la realidad fue mucho más impactante para mí, hasta verlo con mis ojos, los veía como personajes de libros, ver sus actos en la realidad es mucho peor… No quiero que más niños tengan que pasar por eso. —El rostro de Jalindra se mantuvo impasible mientras me observaba. —Cuando hablas de eso, tu aura se vuelve inquieta y un poco siniestra. ¿Estás seguro de que es el sentido de la justicia el que te guía?
Tras sus palabras, me quedé un rato en silencio, no porque estuviese ignorando lo que me decía, sino porque estaba pensando en ello. —¿No es el camino de la justicia el que estoy siguiendo? Pero, si es así… ¿Por qué me afecta tanto esto que me ha dicho mi maestra? —Quizás ella tenía razón, quizás el camino que empecé no era lo que pensaba, ¿qué era lo que me guiaba, venganza? No estaba del todo seguro, pero mi única opción era confiar en que mis instintos y, sobre todo, mis amigos me ayudarían a mantener mi camino por el lado correcto. —Quizás tienes un punto, el destino de mi camino me lo dirá —le respondí tras unos largos segundos de análisis. —No juzgaré tu camino, cada persona tiene un mundo entero en su interior. Asegúrate de ser siempre fiel a quien eres.
Sus palabras sabían tocar en el punto que me ponía sensible, por lo que decidí tocar un tema algo más alegre. —Con respecto a mis compañeros, subí con ellos para los juegos del emperador o como se diga. Akira es un hom… Una mujer bastante movida, fue mi primera compañera real en la Marina y siempre le da ese toque dinámico a todo. Enji es mi capitán, es un chico divertido con un toque algo mezquino, pero daría mi vida por él sin dudar ni un segundo. Masami es siempre el alma de la fiesta, es capaz de alegrarle el día a cualquiera. También han venido otros compañeros de otras divisiones, somos todos muy distintos, la verdad, pero estoy seguro de que son buena gente… —El rostro de Jalindra, que se volvió serio mientras hablaba de los piratas, recobró ese toque luminoso y alegre mientras hablaba de mis amigos. —Tengo que ser fuerte, no quiero fallarles. —Concluí antes de levantarme.
Jalindra, que estaba sentada junto a mí, se levantó de un elegante salto, se alejó corriendo por unos momentos y apareció con un tremendo, robusto y amenazante palo. —Eeee… —dije, un poco sorprendido. Ella se limitó a sonreír de forma amplia y despreocupada. —Lo sabía, me va a machacar para romper mi coraza y luego me comerá… —Pensé aterrado, no cabía duda. Me estaba cansando para quitar los nudos de mis músculos… —¿Para qué es el palo? —le cuestioné con la voz temblorosa y con inocencia. —Para pegarte. —respondió, confirmando mis sospechas. —El Busoshoku es la combinación de tu espíritu y tu propia resistencia. Ahora que has sacado a la luz lo primero, necesitas poder relacionarlos. —Su explicación era lógica, pero ¿por qué todos los entrenamientos tenían que llevar incorporada una faceta de tortura física y/o psicológica? —Entonces… ¿Esta habilidad me hará más duro? —le pregunté con un brillo de confianza en mis ojos. Ella negó con la cabeza. —Sirve para lo que sirve, no trates de correr antes de aprender a andar. —Tras su planteamiento, suspiré con un pelín de decepción antes de ponerme en posición defensiva, si íbamos a jugar a esto… ¡Yo era el mejor, y se lo iba a demostrar!
Fue entonces cuando los golpes comenzaron a caer, uno tras otro, sin parar. Podía sentir cómo la madera chocaba con mi coraza, que cedía en cada uno de sus golpes. Era fuerte, sin dudas lo era a pesar de su corta edad y su escaso tamaño. Aun así, resistí, no por nada era mi especialidad. Había dedicado gran parte de mi carrera en ello, pero, si me paraba a pensarlo, ¿en qué momento decidí que esta sería mi manera de luchar contra el mal? Cuando era pequeño, me imaginaba pegándole golpes a los delincuentes, pero en algún momento mi filosofía cambió. Ya no era aquel mocoso que soñaba con darle pinchazos a los criminales, era el marine que debía proteger a los débiles, y soportaría lo que fuese necesario para lograrlo.
La parte de reventarme a palazos se comenzó a alargar más de lo que podía resistir con confianza, quería usar mi fruta para ganar resistencia, pero estaba demasiado cansado para ello. Además, no era un entrenamiento para fanfarronear de mis habilidades, era un entrenamiento para mejorar, y ser más resistente de base ayudaría también a mejorar mis capacidades de mi increíble forma de tortuga. Lo inevitable terminó por suceder, tras una oleada interminable de golpes, caí al suelo, ya no solo derrumbado por el cansancio, sino incapaz de moverme a causa del daño realizado sobre mi cuerpo. —Eeee… Quizás me he pasado. —dijo mi maestra justo después de tirar el palo al suelo. —Estoy lechuga… —Respondí mientras miraba al cielo con un solo ojo, porque el otro estaba demasiado hinchado como para ver nada. —Deja que te eche un vistazo, jejeje. —Las habilidades para curar de Jalindra fueron mejores de lo que esperaba para alguien de su edad, la chica daba toda la sensación de ser un prodigio en cualquier cosa que se propusiera. Esos pensamientos eran cosas que no llegué a verbalizar, decirle algo así podría sentirse como una falta de respeto, un menosprecio hacia un posible esfuerzo tremendo detrás de sus entrenamientos.
—¿Te aseguraste de intentar llevar tu energía a cada parte donde te he golpeado, verdad? —me preguntó cuando terminó de vendarme. —Bueno… Lo he intentado, pero es difícil saber si lo estaba haciendo bien porque no se siente distinto a cuando me dan una golpiza normal. Además… Tus golpes eran muy rápidos y difíciles de ver… —Ante mis palabras, la chica se rió a carcajada limpia. —JAJAJA, tengo que decir que tu capacidad de recibir golpes es asombrosa, pocos alumnos aguantan tanto. —Eso no hacía que doliese menos, pero siempre sentía bien que un maestro alabase tus cualidades…
Parte 5: Salto de fe
Con esta parte del entrenamiento completada y tras una agradable hora de descanso, ya solo me quedaba poder usar correctamente la habilidad para tocar lo intangible. —Puedo sentir que estás preparado. —Me dijo Jalindra, con una expresión juguetona. ¿Para qué debía estar preparado? Solo ella y los cielos lo sabían, pero después de apenas una mañana con ella, ya tenía suficiente confianza en ella como para seguir su entrenamiento fuese lo que fuese. No es que mi confianza fuese difícil de ganarse, claro, después de todo me tiré de un acantilado una y otra vez confiando en sus métodos…
Con la siguiente fase en mente, Jalindra saltó una vez más del acantilado, cayendo como una pluma al suelo nuboso que apenas se inmutaba bajo su peso. Por mi lado, confiando ya plenamente en las cualidades elásticas de esas nubes, salté alto para dejarme caer con aún más fuerza, como quien se tira a una piscina para salpicar mucho.
Caer en esa especie de cama que te abrazaba era una sensación verdaderamente especial, era algo que extrañaría desde lo más profundo de mi corazón cuando me fuese de este lugar. —Volver… —Pensé mientras me levantaba del colchón para seguir los pasos de mi maestra. La estancia en Skypeia se había hecho corta, pero estaba llegando a su fin según las palabras del emperador. Aunque no hubiese tiempo límite, no podríamos quedarnos demasiado tiempo en estos lares, después de todo, era un marine, la estancia aquí se sentía casi como unas vacaciones (que dediqué casi por completo al entrenamiento), y la realidad era que el crimen no descansaba. Esto era algo que tenía especialmente presente después de leer en el periódico cómo los piratas Alas Negras mataron al Sichibukai. ¿Qué desastre les esperaría a los residentes? ¿Será que a estas alturas ya los habrán matado a todos? Puede que fuese el caso, también puede que los tengan esclavizados, forzados a realizar trabajos forzados para esa tal Triana y sus secuaces…
Tras una larga caminata, pasando por el lado de un poblado de ángeles, acabamos llegando a otro desfiladero, prácticamente del mismo tamaño que el anterior. Pero había algo distinto… Pude percatarme justo al ponerme al pie del mismo. —El suelo… —dije mientras miraba el sitio sobre el que mis pies estaban parados. —Sí… Aquí el suelo no es blando. —Me respondió sin vacilar ni medio segundo. Ante esta realidad, poco pude hacer más que tragar saliva. —¿Estaré bien? —susurré, con mi rasposa voz temblorosa. —Yo creo en ti. —Me volvió a responder. Tras tomar una buena bocanada de aire, me puse pinzas a la obra y empecé mi ascenso por el roqueo. Era cansado, agotador podría decir, pero había descansado bastante, no era algo que fuese a suponerme un problema más allá de forzarme la respiración.
Finalmente alcancé la cima, el aire era menos fresco que el de la mañana, pero en contraste con el calor que proporcionaba el cercano sol, ahora se sentía mucho más agradable, casi como un vaso de agua en el desierto. Con un poco de susto, asomé mi cabeza por el acantilado, pudiendo ver a Jalindra abajo, tapando su frente para no ser cegada por el brillo del sol mientras me veía. —¿Estoy teniendo un déjà vu? —dije para mí mismo. —Bueno, como sea… —Recordando lo aprendido durante la meditación, y tratando de combinar la fuerza de mi espíritu con la propia dureza de mi cuerpo, llevé toda esa energía a mi mano izquierda y a mi pinza. Con todos los preparativos listos, corría hacia el borde del acantilado y salté.
Caí con los brazos extendidos, mis cálculos habían sido precisos, iba a caer justo encima de la nube a la que había apuntado y, cuando llegué al punto de colisión, tratando de mantener mi concentración al límite, la agarré con ambas extremidades. Pude sentir a la perfección cómo agarraba esa masa difícil de delimitar, era un objeto sólido, algo que podía agarrar, romper, e incluso comer si me lo propusiera. O eso era lo que pensaba, porque al segundo de quedarme colgado, el trozo de nube que tenía agarrado, se me deslizó, dejando que mi cuerpo cayera en caída libre directo al abismo.
Mientras gritaba desesperado, intentaba afrontar que, esta vez sí, iba a morir. Pero el azar me entregó otra oportunidad de oro, había otra nube debajo de mí, a mitad de altura de la que se me escapó previamente. En el intento anterior me centré tanto en mi espíritu que descuidé otro factor clave, el mantra servía para hacer tangible lo intangible, pero no iba a sustituir la fuerza que yo mismo necesitaba para agarrar o golpear algo. Con eso en mente, y tratando de mantener la calma, me pude agarrar de la segunda nube, esta vez con fuerza, permitiendo descender de forma rápida, mas no vertiginosa, cayendo bruscamente de culo, pero sin matarme ni sufrir graves daños por el impacto. —¡Muy bien! ¿Aunque estás algo gordito, no? —me dijo sin piedad mi maestra. —¡No estoy gordo, es mi constitución! —le respondí mientras intentaba calmar mi respiración y mis pulsaciones por el susto de estar al borde de la muerte. —Este tipo de experiencias siempre causan un efecto de choque grande… Pero son muy efectivas. —Entendía su lógica, aunque, de no ser porque no tenía tiempo para ello, habría preferido una metodología más… Estandar.
Parte 6: ¿Sale furbo?
Con este gran hito conseguido, había completado mi entrenamiento, o eso era lo que yo pensaba, al menos. —¿Con esto podría decir que lo he logrado, no? —le pregunté desde el suelo a mi maestra. Ella simplemente negó con la cabeza. —Has logrado un éxito para la base, pero aún estás verde. Recuerda esto, Juan, una persona nunca deja de aprender. Si te limitas con la idea de “Ya sé hacer esto”, limitarás tu potencial y te estancarás eventualmente. —Sus palabras estaban cargadas de una sabiduría y una experiencia que eran casi impensables para una muchacha de su edad.
—Entiendo… ¿Entonces qué toca ahora, Jalindra-sensei? —le pregunté mientras erguía mi espalda para sentarme en el suelo sobre el que yacía tumbado. —Jeje… —rió, justo antes de agarrar un montón de nubes que pasaba por allí del tamaño de su cuerpo. Tras sostenerlo con las manos, empezó a apretarlo, creando una bola de nubes del tamaño de una pelota de fútbol. —¡Piensa rápido! —me dijo al lanzarme la bola que había formado. Su material parecía ser mucho más compacto que el de una nube, pero, cuando la intenté agarrar, se deshizo en mi mano. —¿Ah? —dije sorprendido. —Pues no era sólida… —Jalindra asintió con sus brazos cruzados. —Te parecía sólida porque usé mi mantra para agarrarla. Tu siguiente ejercicio consistirá en jugar con la pelota. Parece más sencillo, pero es mucho más complicado que tu tarea anterior. Aquí no tienes tiempo para mentalizarte, tienes que tener suficiente control sobre tu espíritu como para hacerlo fluir de una parte de tu cuerpo a otra. Tampoco te recomiendo intentar abarcar todo tu cuerpo con tu mantra, te agotarás muy rápidamente si lo haces.
Su explicación fue bastante detallada, lo que decía tenía bastante sentido para mí ahora que entendía mejor cómo funcionaba todo este asunto del mantra. Pero esa parte de gastar energía me pareció especialmente relevante. Al parecer, la energía que se usaba para usar esta habilidad y mi cansancio físico no estaban directamente relacionados, lo cual era muy interesante. —¡Muy bien, vamos al lío! —exclamé con entusiasmo.
Para preparar las cosas para el entrenamiento, Jalindra volvió a agarrar una pella de nubes para convertirla en una bola gracias a su mantra. Yo, por mi lado, cogí un par de troncos que se encontraban tirados por el bosque y los clavé en el suelo, pegados al acantilado, para usarlos de portería. —Tienes buena mano para esas cosas. —Me dijo mi maestra mientras se concentraba en hacer la bola lo más redonda posible, era bastante perfeccionista. —Soy el manitas de mi división después de todo, cuando tengo tiempo, me paso el día haciendo este tipo de cosas para mí y mis compañeros. —Al decir eso recordé con algo de orgullo el buen resultado que dieron las botas y los guantes a mis compañeros, y a los piratas que las usaron en los juegos del emperador. ¿Podría decir que tenía talento para este tipo de cosas? Quizás sí me aseguraría de seguir trabajando duro para poder seguir ayudándoles.
—¡Todo listo! —dijo Jalindra mientras daba toques de rodillas con uno de los balones que había hecho. De forma prudente, y para no matar el ritmo del entreno, se aseguró de preparar varios con antelación. En ese momento, pudiendo fijarme mejor en las bolas nubosas que había preparado, era verdad que cuando ella no las tocaba, parecía que cualquier brisa podría llevárselas y deformarlas como si de nubes normales se tratara, por fortuna, al estar colocados al pie del acantilado, el clima no sería un problema para nosotros.
Finalmente, me puse en posición, ajustando primero mi gorra como si me llamase Benji Price, con las rodillas flexionadas y estirando todo lo posible mis brazos para abarcar la mayor parte del rectángulo que actuaba como portería. Sin mediar palabra, mi maestra´, que se encontraba a unos quince metros, lanzó una de las pelotas al aire y de una poderosa patada la lanzó hacia mi posición. Durante el trayecto, la bola se deformó, transformándose en un hilo grueso de nube que se dirigía hacia mí con toda velocidad. Gracias a mi eficiente posición, fui capaz de mover mi mano izquierda un poco hacia arriba para cortar su trayectoria, pero mi espíritu no me siguió el ritmo, provocando que el vapor de agua que conformaba la nube se me escapase entre los dedos e impactase contra la pared. —¡Goooll! —gritó la muchacha mientras daba vueltas en círculos trotando y haciendo un extraño símbolo con los pulgares y los meñiques, siendo los únicos dedos de ambas manos extendidos.
—¡Maldita sea, es buena! —pensé. Recordando a Qiang y a Lei, me percaté de una cosa, las chicas jóvenes de Skypiea eran verdaderamente talentosas en cualquier cosa que se propusieran. —¡Aún no he perdido! —dije después de dar una palmada, chocando mi mano y mi pinza antes de volver a adoptar mi posición de guardameta. —¡Esa es la actitud! —me respondió Jalindra mientras agarraba otra de las bolas de nubes. Durante un buen rato estuvimos entrenando de esta forma, mientras lo hacíamos, podía sentir cómo, lo que antes eran dos partes de mí separadas, se movían en armonía. Mi cuerpo era una parte de mi espíritu y mi espíritu era una parte más de mi cuerpo. Lo que antes eran cañonazos de nubes que se me escapaban entre los dedos, ahora eran objetos mullidos pero sólidos, que era capaz de sostener y rechazar. —¡Estás mejorando rápido! —me alabó sin parar de disparar a puerta. —¡¿Entonces por qué voy perdiendo treinta a ocho?! —le respondí con una sonrisa en mi rostro. Este entrenamiento era realmente divertido, lo cual estaba haciendo que pudiese seguir durante más tiempo sin caer preso de la fatiga, era mucho más sencillo entrenar así.
Para cuando las bolas de nubes se agotaron, tanto Jalindra como yo teníamos claro que ta era capaz de dominar el mantra en su forma más básica con soltura. Agotado tanto física como espiritualmente, recosté contra la pared del acantilado que estaba usando como portería. —Entrenar… Es duro… —Dije entre resoplidos que dejaban ver lo cansado que estaba. —Sí lo es. Si no terminas completamente agotado, ¿podrías decir que has estado entrenando? —Tenía su punto, y verdaderamente no me molestaba acabar rendido después de un entrenamiento, era mucho mejor que tener que fregar o limpiar baños como cuando era recluta en la Marina. Porque aquello se sentía como tareas sin propósito, cuando un maestro de verdad, como los que he tenido hasta llegar aquí, me ha puesto a hacer tareas o a partirme el lomo físicamente, siempre llegaba a comprender cuál era el propósito de ese entrenamiento.
Jalindra se sentó a mi lado y cerró los ojos por un momento, estaba ligeramente cansada y se podía apreciar en las gotas de sudor que caían por su frente, aunque estaba lejos de estar al límite como era mi caso. —Recuerda nunca dejar de entrenar. —Me dijo al poco rato de sentarse. —En el mundo hay gente que domina el Haki mucho más de lo que has visto hoy, algunos serán buenos, otros malos… Tienes que estar siempre preparado, no dejes que este día sea en vano. —En sus palabras había preocupación, no sabría decir si era porque le cogía cariño a sus alumnos o simplemente era muy buena persona y se preocupaba por cualquiera que conociese. —¡Lo sé! —dije con una sonrisa al mismo tiempo que me levantaba del suelo. Ella se levantó también, estirando un poco sus brazos con movimientos laterales. —¡Y recuerda! El Mantra florece con más fuerza en la adversidad. Asegúrate de patear algún trasero de vez en cuando…
Nos resultó imposible no reír al mismo tiempo tras una breve pausa, era genial tener una maestra tan agradable. —Como poco, trataré de que no me pateen a mí el trasero, jejeje. —Si bien era cierto que me gustaría darle alguna que otra paliza a los piratas, sabía que en mis condiciones actuales podría ser difícil, pero haría siempre lo que pudiese, hasta el fin.
Parte 7: ¡Gracias por todo!
Con la llegada del atardecer, bañando de tonos anaranjados la frondosa selva en la que nos encontrábamos, llegó el momento de despedirse. —No tengo más que enseñarte que no puedas practicar por tu cuenta, Juan. ¡Nos vemos! —Dejando ver mi agradecimiento por lo que había hecho por mí, incliné mi cuerpo de forma militar antes de dedicarle una sencilla despedida. —Nunca olvidaré esto. ¡Muchas gracias por todo, sensei! —Ella se limitó a sonreír con la amable expresión que le caracterizaba antes de darme la espalda y emprender su camino de vuelta a… Su casa, supongo, igual vivía en el bosque, después de lo visto, no me extrañaría.
Después de observar con calma cómo su figura se perdía en la distancia, me hice a la idea de que era el momento de volver con mis compañeros. Ignoré la belleza de la puesta de sol, después de todo, este mismo día podía haber contemplado el amanecer, que me gustaba mucho más. Volví con paso tranquilo, no sabía exactamente a dónde debía volver, pero mi intuición me ayudaría a no perderme. Por el camino pude pensar en varias cosas, pero lo que más se quedó grabado en mí fue el sentimiento de ilusión, ilusión por el futuro, podía ver cómo frente a mí se empezaba a abrir un camino. ¿A dónde me llevaría ese camino? No lo sabía, era posible que nunca lo llegase a saber con exactitud, pero incluso si lo que se encontrase al final, fuese mi propia tumba, seguiría sin importar las consecuencias, porque un marine siempre avanza, porque un marine no debe dudar, porque un marine siempre debe ser fiel a sus ideales.
Tras unas horas de caminata, ya de noche, pude llegar al lugar donde nos estábamos hospedando. No me crucé con ninguno de mis compañeros, me habría gustado hablar con cualquiera de ellos sobre lo que había vivido el día de hoy, especialmente sobre lo que había aprendido este día. Pero, para ser sinceros, lo que más necesitaba era descansar, lo primero que hice fue meterme en la ducha, sintiendo cómo el agua caliente se deslizaba por toda mi rojiza coraza de cangrejo. Una vez terminé, me puse mi muda de la Marina número treinta y siete, mi favorita, la que usaba siempre para dormir, y me tiré rendido a la cama de nubes que se hundió bajo mi enorme peso. Con un aire nuevo de convicción y felicidad, me permití fantasear con los ojos cerrados.
—Voy a ser el mejor marine de la historia…—

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