Hace 1 hora
Día 8 de Primavera, año 18.
06:30 de la mañana, Ciudad de Shandora
Kibai abrió los ojos con las primeras luces de la mañana. Aunque había sido una noche movida, aquello no iba a apartarle de su deber, especialmente en uno tan importante como aquel. No solamente cumplía con lo que tenía que hacer como marine, ayudando a una compañera, ni como persona, ayudando a una amiga que le había cuidado durante su convalecencia tras sufrir la extracción de su Akuma no Mi. Aquello iba más allá, algo que en el fondo pensaba que no debería haber recaído sobre sus hombros, pero que las circunstancias de Nyra habían propiciado.
Hoy cumplía con su deber como mink.
Levantándose de un salto de la cama, Kibai abrió las ventanas de su habitación para dejar que el aire fresco entrase y ventilase la estancia, antes de salir hacia la cocina, poner agua a hervir y acudir a lavarse. Mientras el agua fría ayudaba a acabar de despertarle del todo, el mink repasó cuidadosamente el plan que tenía en mente para hoy. Al fin y al cabo, esperaba que fuese todo bien, pero no quería que algún imprevisto diese al traste con todo lo que tenía previsto para aquella jornada.
Tras asearse, volvió a la cocina, echó dos huevos al agua (desconocía exactamente de que ave serían, aunque sospechaba que de ñordiki) y mientras se cocinaban seis minutos, el mink extendió delante de si todo lo que iba a necesitar en aquel día: sus cuchillos de desollar, su pedernal y una muestra de la mezcla artesanal que había preaprado en Littel Garden, la cual aún seguía perfectamente conservada, aunque las hojas gigantes de palmera que la rodeaban estaban ya secas y de un color verde amarronado.
Con cuidado, Kibai fue metiendo todo en su morral, y volvió brevemente a su habitación para vestirse con los pantalones rojos que aún conservaba de antes de alistarse formalmente, y se pasó por la cabeza la misma camiseta sin mangas cosida a base de loneta de vela que se había acostumbrado a usar en sus jornadas por la selva. Sin duda era mucho más funcional que llevar la camisa de su uniforme de marine, y no digamos ya su abrigo. Pasado el tiempo reglamentario, colocó los huevos bajo el grifo para que el agua fría los enfriase y cortase la cocción. Con la punta de una de sus garras, trazó un borde fino en el acuador de cada óvalo marrón, abriendo la cascara en dos para devorar de cuatro bocados los dos huevos, que se ayudó a bajar con un trago de agua de su cantimplora.
Caminando por las calles casi totalmente desiertas de Shandora, Kibai recorrió el camino que le separaba de su casa hasta la casa de Nyra. De normal igual hasta hubiese tenido algún problema en localizarla, pero con la nueva capacidad que había adquirido gracias a su entrenamiento con Enji y Juan el día anterior, podía percibir perfectamente un aura plateada y semitransparente, como una suave brisa que parecía envolver un punto del interior de una de las casas de paredes doradas.
Sonriendo, Kibai dio un salto, aterrizando con gran suavidad sobre el tejado de la vivienda, amortiguando el ruido apoyando las manos y las plantillas de los pies, alzándose agitando la cola de lado a lado, aguardando a que Nyra abriese la puerta.
El regreso de la humink a su lado materno empezaba hoy...
06:30 de la mañana, Ciudad de Shandora
Kibai abrió los ojos con las primeras luces de la mañana. Aunque había sido una noche movida, aquello no iba a apartarle de su deber, especialmente en uno tan importante como aquel. No solamente cumplía con lo que tenía que hacer como marine, ayudando a una compañera, ni como persona, ayudando a una amiga que le había cuidado durante su convalecencia tras sufrir la extracción de su Akuma no Mi. Aquello iba más allá, algo que en el fondo pensaba que no debería haber recaído sobre sus hombros, pero que las circunstancias de Nyra habían propiciado.
Hoy cumplía con su deber como mink.
Levantándose de un salto de la cama, Kibai abrió las ventanas de su habitación para dejar que el aire fresco entrase y ventilase la estancia, antes de salir hacia la cocina, poner agua a hervir y acudir a lavarse. Mientras el agua fría ayudaba a acabar de despertarle del todo, el mink repasó cuidadosamente el plan que tenía en mente para hoy. Al fin y al cabo, esperaba que fuese todo bien, pero no quería que algún imprevisto diese al traste con todo lo que tenía previsto para aquella jornada.
Tras asearse, volvió a la cocina, echó dos huevos al agua (desconocía exactamente de que ave serían, aunque sospechaba que de ñordiki) y mientras se cocinaban seis minutos, el mink extendió delante de si todo lo que iba a necesitar en aquel día: sus cuchillos de desollar, su pedernal y una muestra de la mezcla artesanal que había preaprado en Littel Garden, la cual aún seguía perfectamente conservada, aunque las hojas gigantes de palmera que la rodeaban estaban ya secas y de un color verde amarronado.
Con cuidado, Kibai fue metiendo todo en su morral, y volvió brevemente a su habitación para vestirse con los pantalones rojos que aún conservaba de antes de alistarse formalmente, y se pasó por la cabeza la misma camiseta sin mangas cosida a base de loneta de vela que se había acostumbrado a usar en sus jornadas por la selva. Sin duda era mucho más funcional que llevar la camisa de su uniforme de marine, y no digamos ya su abrigo. Pasado el tiempo reglamentario, colocó los huevos bajo el grifo para que el agua fría los enfriase y cortase la cocción. Con la punta de una de sus garras, trazó un borde fino en el acuador de cada óvalo marrón, abriendo la cascara en dos para devorar de cuatro bocados los dos huevos, que se ayudó a bajar con un trago de agua de su cantimplora.
Caminando por las calles casi totalmente desiertas de Shandora, Kibai recorrió el camino que le separaba de su casa hasta la casa de Nyra. De normal igual hasta hubiese tenido algún problema en localizarla, pero con la nueva capacidad que había adquirido gracias a su entrenamiento con Enji y Juan el día anterior, podía percibir perfectamente un aura plateada y semitransparente, como una suave brisa que parecía envolver un punto del interior de una de las casas de paredes doradas.
Sonriendo, Kibai dio un salto, aterrizando con gran suavidad sobre el tejado de la vivienda, amortiguando el ruido apoyando las manos y las plantillas de los pies, alzándose agitando la cola de lado a lado, aguardando a que Nyra abriese la puerta.
El regreso de la humink a su lado materno empezaba hoy...
La Caja de Pandora
