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Año 16 // Zona Norte del Reino de Sorbet
La vida en Sorbet era extraña.
Había crecido en esa isla, incluso luego de todo lo que le pasó a sus padres, había vivido una vida entera en ese lugar. Conoció amistades, amó y odió a su hermana, la vio partir y ahora ella era lo único que quedaba de los Garu en esas calles. Nunca habían conocido a una abuela, abuelos, tíos o tías, cosa que no vio como extraña hasta que quedó huérfana y no había nadie más que el dinero para ayudarlas a sobrevivir. Con bastante más edad, esas preguntas al menos podían dejarle claro que ese secretismo familiar tenía su razón en lo que sea que se tratara el trabajo de su padre, pero no podía hacer más que suponer y no lograr avances.
Poco importaba, habían pasado casi 10 años desde lo ocurrido, si hubiera tenido que recibir información lo habría hecho, por lo que tocaba centrarse en el ahora.
¿Cuál es el “ahora”?
Caminaba sin problemas por las calles de la zona rica del Reino de Sorbet. Su andar, su vestimenta, su actitud, como masticaba el chicle y lo volvía un globo cada poco tiempo, todo demostraba que pertenecía a ese lugar, que era una ricachona consentida como la gran mayoría de ellos, que su visión del mundo se encontraba cegada por la cantidad de monedas en sus bolsillos, y sin embargo poco podían conocerla.
Se detuvo al tiempo que su mirada se cruzó con una tienda que conocía bien. Ahí trabaja, pero por suerte hoy era su día libre, por lo que podía pasar a ver que tal estaban saliendo las cosas. Se adentró al local como si fuera de su propiedad, quitándose los lentes de sol en cuanto puso un pie adentro. El ambiente interior era tranquilo, con varias mesas ocupadas por personas despreocupadas y muchas más vacías. Tal vez se debía al horario, pues ¿qué se podía comer en un restaurante en plena tarde? Por suerte, ella sabía bien que también servían cafés y jugos, así como unos acompañamientos livianos para pasar la tarde. Era lo bueno de trabajar en ese lugar como mesera, sabía perfectamente las mejores cualidades del lugar.
Todo dicho de la propia boca de los clientes, obviamente.
Tomó asiento en una mesa para dos personas, justo al lado de una ventana que daba a la calle por la que antes estaba caminando. Un mesero se le acercó, le llamó “Jovencita” y le preguntó si quería revisar la carta, hablándole como si no la conociera. Pucca sonrió, denegó la propuesta de dar un vistazo a los platillos y simplemente pidió un café negro y azúcar. El muchacho, que estaba en sus 20 años, lo anotó y se alejó asegurándole que llegaría enseguida.
Ella lo conocía, era Capulus, un hombre que entró a trabajar un poco antes que ella y que fue quien se encargó de enseñarle como hacer cada cosa. Bueno, lo cierto es que no le había enseñado a ella en verdad, le había enseñado a una chica que todos en el restaurante conocían como Shiroi Uso, una chica risueña y algo torpe que nunca dejaba de sonreír. Que suerte que se trataba de la misma persona que ahora se encontraba esperando un café mientras hacía un globo con el chicle que estaba masticando, y también era una suerte que nadie en ese lugar conozca de verdad a esa muchacha pelirroja.
Ahora, ¿quién sería su víctima del día de hoy?
