FIC-ENTRENAMIENTO
#1
ACTO 1 EL ENCARGO


Krave se despertó durante la primera hora de la mañana con un hambre verdaderamente atroz y con muchas ganas acumuladas de ir ese mismo día al pueblo cercano. Había quedado previamente con el frutero local pues le iba a llegar justo hoy una nueva y esperada remesa de limones frescos de temporada. A Krave le apasionaba enormemente el limón y mucho más si tenía ese punto ácido tan característico y marcado de los limones propios de la temporada. Sentía que aquel sabor cítrico penetrante despertaba de inmediato cada rincón de sus sentidos, dándole una energía renovada que ninguna otra comida terrestre o marina podía igualar jamás.
No tardó demasiado tiempo en prepararse adecuadamente para la jornada. Ajustó con cuidado las correas de cuero curtido de su pesado e inseparable escudo Rompeolas sobre su inmensa espalda, guardó algo de dinero que tenía celosamente acumulado en una bolsa de lona resistente y organizó su equipo habitual de viaje. Tras comprobar que todo estaba en su sitio, se dirigió directamente hacia la superficie, emergiendo paulatinamente de las sombras submarinas para entrar de lleno al mundo humano y encaminarse sin más demora hacia el pueblo. No tardaría demasiado en llegar pues en cosas de un par de kilómetros de caminata constante a buen ritmo llegaría hasta el mismísimo pueblo.
La gente de la villa ya no se sorprendía demasiado al ver cada cierto tiempo a un gigante semiacuático emerger como un auténtico titán de entre las aguas profundas, haciendo vibrar la arena fina de la playa con la fuerza firme y retumbante de sus pasos. Su escudo parecía una pieza atrapada entre dos mundos completamente distintos, empapado aún por la sal del mar pero brillante como el mismo sol que reflejaba en su superficie; hacía de improvisado rompeolas mientras Krave se adaptaba paulatinamente al nuevo ambiente terrestre expulsando los últimos restos de agua salada de sus branquias y tomando con calma las primeras bocanadas de aire fresco. Sus imponentes cinco metros de altura imponían un miedo natural a cualquiera, sin embargo los niños del lugar, ya bastante acostumbrados a su presencia, se apelotonaban a su alrededor deseosos de convencerlo de que jugase con ellos a lanzarlos por los aires directo al mar como si de un auténtico parque de juegos se tratase. Pero esta vez Krave les tuvo que decir amablemente que no, agitando con cautela su enorme mano para no asustarlos, ya que se le había hecho un poco tarde y el frutero ya le esperaba pacientemente en la plaza.
El día era francamente agradable, hacía muy buena temperatura y el ambiente no resultaba ser excesivamente cálido. Ni una sola nube se veía en la inmensidad del cielo y corría una muy ligera brisa marina de cuando en cuando, lo que hacía que el calor suave se dejara de sentir a ratos cuando el viento soplaba entre la arboleda y le daba a uno directamente en la piel. Algunos pájaros silvestres se arremolinaban en las copas y ramas de los árboles que había a los lados del camino y canturreaban alegremente entre ellos, mientras que otros más ociosos lo hacían directamente mientras volaban y surcaban los espacios abiertos en el aire. 

La estación del año permitía aún contemplar las flores más bonitas y los árboles lucían aún tupidos de flores multicolor, aunque las plantas de hojas caduca pronto perderían sus hojas y estas se marchitarían en el suelo húmedo, dando alimento nutriente al resto de la flora para crecer con fuerza en la nueva estación que se avecinaba. Por todo ello Krave agradecía enormemente que aún quedara alguna semana entera de buen tiempo en la región, aunque ocasionalmente el frío de estación empeorase y empezase a asomar, trayendo las borrascas eventualmente lluvias copiosas y vientos bastante gélidos, sobre todo durante la noche. Acostumbrado como estaba a vivir bajo el agua, la lluvia no representaba ningún problema real, no tanto así el viento frío que sí podía hacer mella en cualquiera que estuviera expuesto. Krave normalmente no tenía mucho problema con el frío ambiental puesto que el mar siempre actuaba como un gran termorregulador natural del clima y la temperatura bajo la superficie sufría muchísimos menos cambios bruscos que en la superficie, aunque eventualmente en el pasado había salido al exterior en pleno invierno duro y se notaba una barbaridad la diferencia. De camino, Krave había recogido pacientemente algunos moluscos y cangrejos frescos que pensaba intercambiar en la ciudad por los ansiados limones, y también pensaba comprar algunas cosas más que le hiciesen falta con el dinero que llevaba bien guardado.

Al llegar finalmente a la plaza principal vio el letrero de madera gastada con las letras amarillas que decía “Fruit” acompañado de una carita feliz dibujada a mano. El negocio era en realidad un local bastante humilde hecho con una vieja barca reutilizada como techo y unas sólidas paredes de piedra. La barraca estaba igualmente bien cuidada y mantenida, con género claramente fresco y un olor cítrico penetrante que automáticamente lo volvió completamente loco de ganas. Debido a su enorme tamaño solo podía esperar ilusionado a que el frutero Max saliese fuera a saludarlo cordialmente y cerrar el trato como era costumbre. Ya una vez en el pasado había intentado entrar torpemente y debido al enorme destrozo provocado casi fue vetado de por vida del establecimiento y separado de tan ansiada fruta. Como todos bien saben por la zona, Max es de lejos el mejor proveedor de cítricos de todo el South Blue y su enemistad solo suele traer escorbuto. La única razón real por la que aceptó readmitirlo de nuevo fue precisamente por los frescos cangrejos y crustáceos que ahora le pedía periódicamente como pago, naciendo así una bonita symbiosis de intercambio que con el tiempo generó una buena amistad.

-Hey Max aham estoy aquí- dijo Krave.
-Krave amigo a ti te estaba esperando solo tú nos puedes ayudar, antes de darte el pedido necesito un favor. Te daré incluso para que pruebes un nuevo producto llegado del North Blue son limas azules. ¡Azules! ¿te lo puedes creer?- dijo Max con ilusión.
-Amigo por ti incluso sin ellas colaboraría aham, pero si te sobran bienvenidos son. Jamás he probado un cítrico azul y aún menos que venga del North Blue- respondió Krave.
-La misión es algo complicada- advirtió Max.
-Cuenta con mi escudo aham- afirmó Krave.

Ciertamente más que complicada la situación era francamente extraña, en los últimos meses habían desaparecido misteriosamente mascotas de todo tipo por el pueblo de la Isla Kusutku. Desde animales plumíferos a mamíferos de todos los tamaños, e incluso diversos anfibios. Entre ellos desafortunadamente estaba Limón, el fiel compañero animal de Max. Un gato de color crema suave que hacía siempre las veces de perro guardián del local y de curioso catador de género. Conocido ampliamente por sus interminables siestas al sol y por ayudar a elegir a las viejas del pueblo las mejores frutas de temporada con un solo gesto sutil de su pata. Su fuerte y característico olor a limón lo hacía inconfundible en kilómetros a la redonda, pues adoraba restregarse con el lomo en los sacos de limones recién recolectados, de ahí su simpático nombre. Ese pequeño gato despertaba un profundo y sincero cariño en todo el pueblo entero, casi sale un año elegido como alcalde oficial en las fiestas, pero al tratarse de un gato finalmente lo descartaron (aunque en recuento de votos no iba nada mal encaminado).

Lo verdaderamente extraño de todo el asunto es que poco a poco las mascotas de la zona habían empezado a desaparecer justo después de la llegada de un nuevo y misterioso habitante. A nadie del pueblo le gustaba ese sujeto, olía bastante mal y vivía retirado en un pequeño barco que, según aseguraba firmemente la gente de la zona, por las noches desaparecía sin dejar rastro por el mar. Pero cuando le preguntaban directamente al respecto él lo negaba rotundamente todo.

-Como entenderás no podemos acusarlo directamente sin pruebas claras y aunque la marina lo está vigilando, como al final son solo mascotas y está isla no les importa no nos hacen mucho caso realmente.Parecen solo desaparecer los animales de gente no tan importante de cara a la ley o las autoridades. Ya no sé qué hacer más, si le pasase algo malo a Limón tendría que cerrar el negocio para siempre, solo oler la mercancía cítrica me hace hincharme a llorar desconsoladamente- se lamentó Max.
-Vamos no me jodas es por aquí, tiene que ser ese señor sin duda- exclamó Krave.
-Te lo suplico ayúdanos- rogó Max.
ACTO 2 LA MICHION
Krave sin dudarlo ni un solo instante aceptó la misión propuesta y se dirigió inmediatamente al puerto a enfrentar directamente a ese recién llegado tan sospechoso. Al llegar al muelle vio un barco desvencijado que por su nefasto aspecto ni siquiera debería estar flotando en el agua, y al gritar hacia cubierta salió un señor algo mayor con aspecto notablemente desaliñado pero que sorpresivamente, en contra de lo que contaban los vecinos, no tenía mal olor corporal en absoluto, solo olía un poco a pez fresco. ¿¡Espera, pez!? El señor, al saludarle educadamente y ver que Krave es en realidad un gyojin, desveló de inmediato su verdadero ser; era en efecto un igual y olía intensamente a pez simplemente porque comía anchoas sin parar a todas horas.
-Oh ¡no me esperaba encontrar a otro no humano por aquí! ¿acaso vienes por lo del asunto de mascotas?- preguntó el viejo gyojin.
-Corren fuertes rumores por el pueblo de que tienes algo que ver en ello- contestó Krave.
-Yo no confío mucho en los humanos de la superficie pero por ser mi igual te contaré toda la verdad de lo que ocurre- explicó el desconocido.
Resultó finalmente que el viejo señor era en realidad un gyojin al que le robaron su querida mascota hacía ya bastantes años, una hermosa gaviota que amaba tanto como él a las anchoas, y la encontró tristemente disecada en la casa de un cruel cazador furtivo. Tras eso investigó a fondo por su cuenta y descubrió una compleja trama de viles cazadores que se dedicaban a cazar exclusivamente mascotas domésticas, y el organizador principal era un hombre despiadado que tenía un barco grande y rápido donde montaba sus sádicas cacerías privadas. Cada cierto tiempo elegía una nueva población costera a la que robar sus preciadas mascotas y, tal como sucedía exactamente en este pueblo de Kusutku, robaba una a una por las noches para no levantar sospechas entre los vecinos. Este veterano gyojin llamado Patapez le seguía la pista de cerca desde hacía ya mucho tiempo y por eso cada noche desaparecía sigilosamente su barco del puerto en un intento desesperado de impedirlo, pese a que se lo negaba a los habitantes por su profunda desconfianza hacia los humanos. No confiaba en la gente de la zona, habiéndose ganado sin quererlo el foco de todas las miradas y las sospechas de todo el mundo.
Patapez solo quería en realidad salvar a las indefensas mascotas y parar de una vez por todas esa práctica tan salvaje y vil, pero siempre le daban el esquinazo los piratas en algún punto oscuro del mar debido a lo veloz que era su embarcación, tocándole volver derrotado al muelle del puerto a esperar una nueva oportunidad. Krave le dijo con firmeza que esa misma noche sería la última, que vengarían por fin a la gaviota caída y salvarían a todos los animales secuestrados.
Esa misma noche ambos fueron juntos a la cala escondida donde intuía Patapez que volverían los malvados piratas. Desde la densa oscuridad de las rocas les vieron llegar cargando con una bola de metal y dentro se llevaban a un pequeño hámster, mientras entre risas maliciosas decían hacerse llamar con orgullo "la tripulación del Cazador". Les siguieron muy de cerca en la oscuridad de la noche, pero tal como decía Patapez anteriormente, en un punto determinado del mar parecían empezar a desaparecer mágicamente ante sus ojos. Se trataba en realidad de una ingeniosa ilusión óptica que Krave ya conocía bien de haberla visto en algunos barcos piratas antiguos: quemaban plantas raras que generaban una niebla espesa plagada de gases tóxicos que narcotizaban de inmediato a cualquiera que los respirase. Krave echó rápidamente el ancla de su embarcación y se lanzó sin dudarlo a perseguirlos buceando por debajo de las olas oscuras; en efecto, estaba ya muy cerca del barco grande y rápido.
Al asomar su cara húmeda de entre las oscuras aguas del mar vio un navío verdaderamente grande y estilizado, diseñado con líneas aerodinámicas para cortar las olas a toda velocidad. En el extremo más cercano de la arboladura, subidos a una plataforma colocada estratégicamente en lo alto del mástil principal, una banda de adiestrados monos nariguados avivaban las ascuas incandescentes de un montón de hojas que, por su aspecto extraño y su fuerte olor penetrante, eran indudablemente la fuente principal de la niebla y humo narcotizante que protegía al veloz barco de los intrusos. Krave bordeó con sigilo todo el casco hasta encontrar finalmente una cuerda suelta a la que poder encaramarse con soltura y aprovechar la total oscuridad para abordar el barco sin ser visto.
Para su sorpresa, al subir a la superficie de la cubierta un pequeño grupo de agresivos monos aulladores lo observaban fijamente y, en cuanto puso un solo pie sobre la madera, hicieron total honor a su nombre emitiendo potentes chillidos de alerta.
-Dime tu nombre pez con patas antes de matarte sin piedad como el feo pececito de colores que eres- le gritó el capitán enemigo.
Le dijo con chulería un señor de pelo largo rubio despampanante y ropa estrafalaria de safari, cubierta de tantos estampados animal prints tan mal combinados entre sí que el adjetivo hortera se le quedaba extremadamente corto. Era exageradamente de muy mal gusto su forma de vestir, tanto como su mezquina afición por la cacería de indefensas mascotas. Estaba fuertemente rodeado de su tripulación personal, un montón de hombres fornidos y amenazantes, cada uno de ellos equipado con una pesada escopeta de caza y un pobre mono encadenado al cuello. Los desdichados animales parecían estar completamente fuera de sí, quizás demasiado alterados por las sustancias.
-No solo has secuestrado cobardemente a las mascotas de la gente sino que también has drogado sin escrúpulos a las tuyas propias- recriminó Krave.
-Esto no son mascotas de compañía, son simples herramientas de caza, ¡atacadle de una vez! no necesito saber el nombre de este engendro- ordenó el capitán pirata.

Krave entró de lleno en una furia ciega, arremetiendo contra los piratas armados con la fuerza descomunal de sus puños y utilizando su pesado escudo Rompeolas como un ariete imparable. Avanzó con paso firme bloqueando las ráfagas de perdigones que rebotaban inútilmente contra la superficie metálica de su defensa. Con un movimiento rápido de su brazo izquierdo, golpeó el costado de dos piratas con el canto del escudo, lanzándolos violentamente contra las bordas de madera. Acto seguido, Krave descargó un puñetazo directo de su puño derecho, masivo como una mole de piedra, impactando de pleno en el pecho del tirador principal y enviándolo de cabeza contra los barriles de cubierta. Los guardias intentaron rodearlo con machetes y bayonetas, pero Krave hacía girar su escudo en barridos semicirculares, desarmando a los hombres y noqueándolos con contundentes golpes de puño sin darles un solo segundo de tregua. Con golpes secos y precisos de su enorme fuerza física, derribó a los guardias uno tras otro mientras esquivaba los disparos. Tratándose de los monos, Krave no se atrevía a golpearles con fuerza bruta; contuvo sus ataques y protegió a los simios con su propio escudo. Al mismo tiempo, Patapez, encaramado con maestría en lo alto de la arboleda, utilizaba su larga cerbatana de madera tallada para disparar dardos somníferos con absoluta precisión, silenciando a los atacantes y haciendo que los monos cayeran dormidos plácidamente en la cubierta. Patapez ajustó su postura en la altura, miró hacia abajo donde Krave contenía al capitán y le gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Haz que recuerden para siempre tu nombre y acábalos de una vez!- exclamó Patapez.
-¡¡¡KRAVE!!!- bramó el gyojin.
Con un potente rugido, Krave embistió con su escudo contra el líder de los cazadores, mandándolo a volar con un golpe seco que lo dejó inconsciente en el suelo. Mientras sus contrincantes yacían derrotados, los monos despertaron gradualmente, recuperados de su locura inducida, y procedieron a liberarse alegremente unos a otros de sus cadenas. Los simios ataron a los villanos y guiaron con cuidado de la mano a los dos gyojin hasta el camarote principal del capitán, donde estaban a salvo todas las mascotas robadas.
Con la ayuda de los monos liberados, Krave y Patapez abrieron pacientemente una a una todas las jaulas del barco pirata. La alegría contenida de los animales inundó el camarote: perros de todas las razas, pequeños conejos, aves multicolores y diversos reptiles se acurrucaron agradecidos alrededor del imponente cuerpo de Krave. El pequeño gato Limón se restregó efusivamente contra los tobillos de Krave y Patapez, impregnando de nuevo el ambiente con su inconfundible y fresco perfume cítrico.
Ambos gyojin, tomando el control del barco grande y rápido de los cazadores y llevando a remolque la embarcación de Patapez, tomaron el rumbo de regreso directo hacia la Isla Kusutku.
Durante la tranquila travesía de regreso para devolver a los animales a su hogar, Patapez se acercó a Krave mientras este vigilaba la cubierta. El veterano exmarine lo miró con curiosidad y respeto.

-Has luchado con una fuerza impresionante, muchacho -comenzó diciendo Patapez mientras afilaba con calma la punta de uno de sus dardos-. Tienes una masa descomunal y un valor indudable, pero en el mar la fuerza bruta por sí sola no basta contra los grandes contrincantes. Tu forma de combatir es directa, pero te falta fluidez, canalizar el impacto.
Krave lo miró con atención, interesado en sus palabras.
-A qué te refieres, Patapez -preguntó Krave.
-A que golpear por golpear desgasta -respondió el anciano gyojin con una sonrisa nostálgica-. Si de verdad quieres convertirte en un guerrero temible y navegar por todos los mares sin miedo, necesitas dominar el arte del combate interior. Y conozco exactamente a la persona indicada para enseñarte. Se llama Batch Kalão. Es un viejo amigo mío, un maestro absoluto del Karate Gyojin que vive apartado en su propio templete. Si le demuestras tu valía, él puede enseñarte a convertir todo tu cuerpo en un arma perfecta.

Krave asimiló cada palabra con convicción, sabiendo que ese encuentro marcaría un antes y un después en su camino.
Al despuntar los primeros rayos dorados del amanecer, la silueta del muelle del pueblo de la Isla Kusutku apareció por fin en el horizonte. La gente de la villa, que se había reunido temprano con el rostro demacrado por la preocupación, rompió en un clamor unánime al ver aproximarse la nave con sus mascotas a salvo.
Max el frutero cayó literalmente de rodillas en la madera del muelle cuando vio a Limón saltar ágilmente desde la borda directamente a sus brazos. El abrazo entre el frutero y su fiel gato catador estuvo acompañado de lágrimas verdaderas y de aplausos de toda la comunidad. Los vecinos rodearon a Krave y a Patapez con profunda admiración; las miradas de sospecha y rechazo que antes pesaban sobre el viejo Patapez se transformaron al instante en disculpas avergonzadas y sinceros agradecimientos. Los niños del pueblo, jubilosos por el regreso de sus pequeñas mascotas, trajeron cestas llenas de pan, pescado fresco y fruta en señal de gratitud.
-Jamás podré pagarte esto, Krave... a ti ni a ti, Patapez -dijo Max entre sollozos, secándose las lágrimas con el delantal-. Cumpliré mi palabra de inmediato.
El frutero corrió a la trasteína y regresó cargando con dos grandes sacos de cuero: uno repleto de los mejores limones frescos de temporada y otro con un puñado de esas extrañas y relucientes limas azules traídas del North Blue. Krave contempló la fruta con los ojos brillando de ilusión, guardando valiosamente el cargamento junto a su equipo.
Pocos minutos después, habiendo cumplido con honores su misión y con el pueblo entero despidiéndolos desde la costa con pañuelos y vítores, Patapez y Krave subieron a bordo del tradicional barco a vela del veterano exmarine. El viejo gyojin soltó los amarras de la costa, izó la vela mayor con agilidad y soltura profesional, permitiendo que la brisa marina hinchara la lona blanca para impulsar la embarcación con ritmo constante hacia la Isla Karate en busca del maestro Batch Kalão.

ACTO 3 EL ENCUENTRO 

Batch Kalão era un Gyojin verdaderamente imponente, de una estatura sensiblemente menor que la de Krave, pero cuya arrolladora personalidad e aura invadía por completo todo el lugar en cuanto uno estaba en su presencia física. Al fin, después de un par de largos días de viaje navegando a vela junto a Patapez, Krave había conseguido llegar exhausto hasta aquel respetado Maestro del noble y antiguo arte del Karate Gyojin. Krave supo enseguida desde el primer segundo que se trataba sin duda del maestro porque vestía un impoluto Kimono Tradicional de artes marciales y algo muy profundo en su mirada seria le imponía un respeto monumental. Tras verse frente a frente, Krave sintió la necesidad imperiosa de inclinarse profundamente mostrando una clara señal de respeto reverencial hacia el Maestro. Esperó unos tensos momentos en silencio antes de comenzar a hablar formalmente. El maestro guardó un silencio sepulcral.
-Maestro Batch Kalão- dijo Krave solemnemente.
-Necesito pediros ayuda desesperadamente- continuó este con voz firme pero temblorosa.
Krave notaba claramente cómo una pesada gota de sudor frío se le escurría por la frente, fruto directo de los puros nervios ante la gran posibilidad de una negativa del maestro a enseñarle su arte.
-Necesito con urgencia que me ayudéis con mi Kárate Gyojin. No sé nada en absoluto sobre las bases y mi alma pura de Guerrero necesita saber y comprender en profundidad este arte ancestral- suplicó Krave.
Krave hincó con fuerza sus rodillas en el suelo del lugar, inclinando sumiso su cabeza hacia abajo y guardando un respetuoso silencio, esperando con ansias alguna respuesta verbal del Maestro... pero el Maestro simplemente guardó silencio absoluto.
-Mmmm- sonó únicamente desde el fondo de la garganta del anciano maestro Gyojin.
En aquel apartado templete tradicional donde Krave había llegado para conocer en persona a Batch Kalão había realmente muy poca actividad humana. Se trataba en esencia de un cuidado jardín tradicional de estilo oriental. Un verdadero remanso de paz lleno de plantas frondosas, fuentes de caña y bonitos estanques llenos de agua que rodeaban una cuidada serie de construcciones de madera noble. El maestro no le dijo absolutamente nada a Krave sobre que esperase allí fuera, simplemente cerró con firmeza la puerta corredera de la construcción principal y dejó a Krave parado con la palabra entera en la boca. Krave permaneció firme de rodillas en la misma posición durante toda la tarde soleada hasta que finalmente llegó la noche oscura. Habían pasado ya varias horas interminables clavado en aquel sitio.
Krave ya sabía de memoria cuánto tardaban exactamente las fuentes artesanales de bambú en llenarse de agua y volcarse con un chasquido. Había contado pacientemente varias especies distintas de pájaros, ranas cantarinas, peces de estanque y algún que otro insecto curioso que volaba por la zona.
La noche cayó por completo y el pobre Krave estaba ya bastante cansado por la postura, pero las horas continuaban pasando implacables y aquel misterioso señor no daba la menor señal de respuesta desde el interior. Krave no se iba a rendir tan fácilmente después de haber viajado tanto, así que intentó aguantar despierto toda la larga noche sin mover un solo músculo. Pasadas ya muchas horas de la fría madrugada, Krave se encontraba sumido en un leve estado de sueño ligero donde desconectó parcialmente su cerebro, como cuando alguien duerme profundamente pero a la mismísima vez es consciente de todo lo que pasa a su alrededor.
Varias veces consecutivas durante la noche había tenido sueños francamente extraños y vívidos. En uno de ellos, un diablo enorme e infernal de varios kilómetros de altura le lanzaba gigantescas bolas de fuego ardiente a Krave sin descanso alguno hasta que una de ellas lo golpeaba de lleno. En otro distinto, soñaba con que tenía una amplia casa repleta de gatos domésticos incluido el gato Limón, quien al final del sueño resultaba ser sorprendentemente el mismísimo rey de todos los gatos y al final abandonaban fríamente a Krave dejándolo solo. En otro más de estos extraños sueños, Krave era perseguido sin tregua por un numeroso montón de pájaros enfurecidos que portaban antorchas encendidas en sus picos.
En todos y cada uno de ellos Krave pasaba una angustia terrible, como si de una situación límite y peligrosa se tratase en todo momento. Y no era para menos en absoluto, porque cada sueño nuevo se volvía sensiblemente más tenso y agobiante que el anterior. Un tiempo después, Krave se despertó de golpe ante un leve sonido, aunque procuró no moverse rápido pues el maestro había corrido ligeramente una puerta de madera hacia un lado para así poder comprobar con cautela si aún estaba Krave allí fuera.
Este no le dejó ni siquiera la oportunidad de quejarse o explicarse; antes siquiera de que su cuerpo completo se viera por la apertura, Krave ya le estaba diciendo con energía que le mandaba personalmente su amigo Patapez y que estaba completamente dispuesto a hacer cualquier cosa necesaria con tal de que él le enseñara a usar su propio cuerpo como un arma letal de combate. Que no tenía absolutamente ningún miedo al esfuerzo y que si era totalmente necesario pasaría allí tirado días o semanas enteras hasta que finalmente lo hiciese. Krave tenía muchas virtudes notables, una de ellas era su inquebrantable Tesón, y siempre se tomaba cualquier entrenamiento seriamente a rajatabla; le había costado muchísimo esfuerzo personal llegar a donde estaba hoy en día, con lo que cualquier mínimo punto de mejora marcial le valdría enormemente para ser mucho mejor de lo que era ahora, ya que tenía grandes cosas que hacer en el futuro. Quería salir pronto a la mar abierta siendo un verdadero pirata y navegar con libertad por todos los mares del mundo para ver el planeta entero, visitar absolutamente todas las islas lejanas que pudiera a bordo de un gran barco y sentir de verdad que el mundo se le hacía pequeño ante sus ojos. Ese era un gran y noble sueño que guardaba celosamente Krave, quien no se iba a amilanar ni asustar en absoluto por una simple primera negativa de aquel veterano maestro del Karate Gyojin.
-Aquí tienes todo, Batch Kalão- dijo Krave levantando un poco la voz.
-Tengo bastante dinero en efectivo si es lo que quieres o lo que necesitas para tu dojo, pero también tengo infinita paciencia, un profundo respeto y muchas ganas reales de aprender- añadió Krave.
Krave puso con cuidado un pesado saco repleto de monedas doradas justo delante de él, frente al maestro, y nuevamente bajó con humildad la cabeza para poner la frente casi tocando el suelo de madera.
Aquella vez algo distinto ocurrió en la escena, pues Krave oyó claramente la puerta de madera abrirse del todo en el tramo que le quedaba, y justo después escuchó los pasos lentos y característicos de unas getas de madera que cada vez se intensificaban más y más con cada pisada sobre el suelo. Uno y otro, uno y otro paso rítmico, hasta que finalmente se detuvieron a muy poca distancia de su posición. Krave, esperando con tensión que sucediera algo, estaba bastante nervioso y, pasado un largo y eterno minuto en absoluto silencio, le dio por incorporarse ligeramente y levantar la vista para mirar fijamente al maestro. Craso y terrible error de su parte, pues de pronto escuchó cómo el anciano maestro gritaba con una potencia atronadora:

-¡¡HYAKUMAIGAWARA SEIKEN!!- gritó con furia mientras lanzaba un estallido directo de su golpe hacia el ancho pecho del Wotan.
El puño cerrado extrañamente no llegó a tocar de forma directa la piel del pecho de Krave y aún así, tan solo un milisegundo después de la ejecución, una fuerza de impacto absolutamente enorme e invisible arrancó literalmente a Krave del suelo y lo lanzó brutalmente varios metros hacia atrás por los aires. El impacto masivo de la onda de choque le dejó sumamente malherido en el suelo y le costaba horrores volver a respirar con normalidad. Después de asestar semejante demostración de poder, Batch Kalão no dijo absolutamente ninguna palabra al respecto, simplemente se arregló con parsimonia las mangas de su Kimono tradicional y volvió a meterse pausadamente en el interior de su casa dojo cerrando la puerta tras de sí.
Krave estaba terriblemente dolorido por el impacto interno y con muchísimo esfuerzo físico se levantó despacio para ir nuevamente hacia el mismo lugar exacto donde estaba antes de recibir aquel devastador puñetazo invisible, volviendo a arrodillarse pacientemente a esperar al maestro. El dolor concentrado en el torso era francamente intenso. Aquel anciano Gyojin no parecía extremadamente fuerte a simple vista, pero el golpe lanzado no solo le había levantado de golpe del suelo, sino que también le había mandado volando por el aire a varios metros de distancia hacia atrás. Al recordar con detalle el impacto se notó también el codo derecho muy dolorido debido a la violenta caída contra las piedras del suelo. Se lo había raspado fuertemente contra la superficie rugosa. Krave rememoraba aquel impresionante momento una y otra vez en su cabeza mientras miraba fijamente la bolsa llena de monedas que había colocado allí antes. El maestro Batch Kalão ni siquiera la había tocado o mirado, lo que le hacía suponer claramente que su enseñanza no era en absoluto un problema de dinero o de riquezas materiales. Krave le seguía dando intensamente a la almendra intentando descifrar qué era exactamente lo que el sabio maestro le había querido enseñar con aquel golpe seco.
Las horas volvieron a pasar lentas y el maestro no había dado más señales de vida en el exterior; la luz del sol se fue yendo progresivamente y unas tenues luces de vela aparecieron brillando a través de las finas ventanas de papel de arroz de la edificación. Una pequeña nube con un olor apetitoso a humo empezó a asomar a través de una abertura en el tejado de la casa, dejando bastante claro que dentro se estaba empezando a preparar algo de comida caliente. Mínimo un té reconfortante o un café cargado, o quizás algo más elaborado de cena. Krave sentía un hambre feroz en sus tripas, pero su tremendo orgullo y su determinación le estaban haciendo pasar con entereza un mal trago, por lo que el gigantesco Wotan permaneció firme allí arrodillado durante horas y horas.
Krave eventualmente se había vuelto a quedar dormido por el cansancio acumulado; esta vez había tenido una pesadilla angustiosa con los feroces monos aulladores del barco pirata, quienes habían rodeado por completo a Krave en un círculo y solo lo perseguían para reírse crueldamente de él y ridiculizarlo sin parar. No sabía muy bien cómo de ese sueño absurdo había pasado de repente a un sueño verdaderamente horrible e inquietante en el que una sombra o entidad oscura lo perseguía sin descanso, pero de la cual solo podía llegar a ver sus amenazantes ojos de color oscuro brillando en la nada. Cuando abrió de golpe los ojos por el susto, el maestro se encontraba ya parado muy cerca suyo en el exterior y, cuando Krave reparó bien en la figura del maestro Batch Kalão, vio que este estaba completamente pertrechado y listo con una gran mochila equipada con algunas cosas esenciales de viaje. Krave pegó un salto de improviso por la sorpresa y señaló apresuradamente lo temprano que era aún en el reloj. El señor Kalão le habló por primera vez con algo más articulado que un simple sonido gutural de garganta. Se paró en seco, lo miró fijamente y dijo con tono sereno:
-Venga vamos, sígueme de una vez- ordenó secamente el maestro.
A Krave no le faltó ni un segundo de tiempo para levantarse como un resorte cargado y seguir raudo los pasos del maestro. Visiblemente emocionado por el claro avance, Krave se tuvo que tranquilizar interiormente un poco para no parecer ante él un estúpido e imbecil novato.

ACTO 4 EL VIAJE

Krave confió ciegamente en que aquel gesto y esas palabras significaran finalmente un claro "sí, te entrenaré Krave como es debido". Había cogido rápidamente todas las cosas y enseres que le había indicado el maestro y salió de inmediato tras él sin cuestionar nada. El veterano maestro no andaba precisamente con pies de plomo o con excesiva cautela que digamos, pero tampoco avanzaba a una velocidad exageradamente rápida, sino que sabía perfectamente cómo y por dónde moverse en cada tramo del terreno. Allí las piedras sueltas, las pendientes pronunciadas y las formas abruptas de la tierra desnuda hacían que todas las zonas no edificadas de la isla fueran extensiones bastante difíciles y abruptas para caminar. Por lo que a Krave respecta, aquel lugar montañoso era increíblemente salvaje y natural, y podía encontrar sin duda mucha belleza en la grandeza del paisaje, las vistas del horizonte, los olores a vegetación húmeda, etc., pero a decir verdad el camino trazado se volvía discontinuo, muy desnivelado y por momentos sumamente pesado para alguien de su envergadura. Su escudo Rompeolas pesaba una enormidad sobre su espalda y el resto del pertrecho de viaje tampoco pesaba precisamente poco.
Se dedicó en cuerpo y alma a seguir fielmente las pisadas marcadas del viejo Gyojin hasta que se encontró a sí mismo bastante cansado y sudoroso. A ratos se preguntaba con asombro cómo aquel señor mayor se podía permitir el enorme lujo de moverse tan sumamente rápido siendo tan viejo y, sobre todo, mantenerse tan increíblemente ágil para su avanzada edad. Bien es cierto que el anciano no llevaba un pesado Rompeolas a las espaldas como él, pero llevaba una mochila cargada también y bastantes más años de vida a sus espaldas que Krave. No sabía exactamente cuántos años le sacaba de ventaja, pero seguramente eran varias décadas más de experiencia y vida activa.
Cuando el sol del atardecer estaba ya a punto de desaparecer del todo por la línea del horizonte, Batch Kalão le señaló con la mano a Krave un tupido arbusto silvestre que generaba una gran serie de pequeñas bayas de vistosos colores rojos y negros. Krave vio con atención cómo el anciano hombre se detenía tranquilamente en el sitio y comía con gusto algunas de estas bayas silvestres directamente de la planta. En ese preciso momento Krave recordó repentinamente que estaba verdaderamente muy hambriento, y un rugido estruendoso de su famélico estómago brotó con fuerza como si de un animal salvaje emergiendo de la oscuridad más absoluta se tratase. El sabor de las bayas recolectadas era intensamente dulce y afrutado, pero no resultaba ser tan eléctrico ni potente como el sabor ácido del limón o de la lima fresca. Aún así, el agradable sabor se expandía rápidamente por toda la boca de Krave donde aquellas pequeñas y jugosas bolitas de fruta se estrujaban con ganas contra los duros dientes del gigante Wotan. Aprovechó también la parada técnica para comer con avidez algo de pescado en salazón seco que llevaba consigo en sus provisiones y sacó su cantimplora de cuero para beber un buen trago de agua fresca.
Batch Kalão pronto le obligó con un gesto tajante a reanudar la marcha sin dar demasiado tiempo para el descanso. Sin rechistar ni protestar lo más mínimo, Krave reanudó la caminata constante durante un largo y exigente trecho. Krave atravesó junto al maestro el denso bosque en el que se habían internado horas atrás hasta que llegaron nuevamente a un valle muy pronunciado, donde había muchísimos más setos bajos que árboles altos y donde, poco a poco, las plantas eran cada vez más escasas debido a la proximidad de la costa. Llegados a un punto determinado del trayecto, la fina arena de la playa se aglomeraba visiblemente a lo lejos y la brisa marina fresca hacía que el pelo de Krave se ondeara ligeramente con la fuerza del aire, mientras el viento silbaba suavemente entre los pequeños matojos y las rocas dispersas del suelo.

El inconfundible olor a sal salada y a mar abierto se intensificaba a cada paso que daban hacia adelante, y Krave no podía por menos que pensar con nostalgia en su verdadero hogar bajo las olas. Sintió una profunda e intensa felicidad recorrer su cuerpo por un breve momento y, gracias a esa hermosa sensación familiar, recordó exactamente por qué estaba allí sacrificándose tanto en ese duro viaje. Hacía realmente mucho tiempo que no sentía esa calidez interna de forma tan clara y, si bien es cierto que cada día pensaba en ello, le faltaba recuperar esa esencia pura de convicción interior que le convertía en una persona genuina y simplemente feliz.
Al llegar finalmente a la playa desierta, el estruendo de las olas rompiendo contra las rocas y la orilla llenaba todo el ambiente. El cielo nocturno estaba despejado y la luz de la luna llena iluminaba toda la extensión de agua con un brillo plateado casi místico. Batch Kalão se detuvo en seco justo donde la espuma del mar tocaba la arena húmeda, despojándose de su mochila y colocándose en el centro de la playa. Krave imitó su gesto, dejando caer con un fuerte impacto su escudo Rompeolas sobre la arena.
-Escucha con atención, Krave -dijo el maestro, volviéndose hacia él con una mirada viva y severa-. Has estado intentando golpear utilizando únicamente tus músculos y la masa de tus cinco metros de altura. Eso es un error garrafal. El cuerpo de un Gyojin no debe ser una mole rígida, sino un transmisor de la fuerza misma del océano. El agua no intenta romper la piedra por pura dureza; la rompe porque fluye, se concentra y se transmite en un instante perfecto.
Batch Kalão caminó despacio hacia el borde del agua, permitiendo que las olas cubrieran sus pies hasta los tobillos. Se colocó en una postura baja y firme, abriendo sus brazos con fluidez.
-El aire que respiras contiene humedad. El cuerpo que posees está compuesto en su gran mayoría por agua. Y el mar que tienes enfrente es un recurso infinito. Tu misión esta noche no es golpear el aire... es conectar el agua de tu interior con la humedad que te rodea- explicó Batch Kalão.

El maestro realizó un movimiento circular lento con sus manos, agrupando el vapor de agua invisible del ambiente en las palmas de sus manos. De pronto, con una rapidez sobrehumana y un grito seco, lanzó una estocada con el puño cerrado hacia la inmensidad del mar. Una onda de choque visible distorsionó el aire y empujó con fuerza una gran piedra situada a diez metros de distancia sin dañarla.
-Ese es el principio fundamental del Karate Gyojin -explicó el maestro, volviendo a su postura erguida sin mostrar el más mínimo síntoma de cansancio-. Debes golpear con un puñetazo firme que libere una fuerza interior capaz de desplazar lo que se interpone, haciendo que la energía viaje a través del aire sin perder potencia. Hazlo.

Krave, fascinado por la demostración, se colocó de inmediato en la misma postura al borde de la orilla. Respiró hondo, cerró los ojos e intentó imitar el movimiento circular. Lanzó su imponente puño hacia adelante con toda la brutalidad de sus músculos. El resultado fue simplemente un fuerte vendaval de aire que apenas agitó la superficie del agua unos metros más allá.
-¡Mal! -gruñó Batch Kalão-. Estás tensando la espalda. Estás usando tu fuerza bruta. No fuerces el aire, siente la humedad sobre tu piel. La fuerza no nace de tus bíceps, nace de tu centro.
Krave volvió a intentarlo una y otra vez. Diez, cincuenta, cien veces. Los nudillos le dolían por el esfuerzo reiterado y el sudor se mezclaba con la brisa salada de la noche. Cada intento fallido era corregido con palabras secas y precisas del maestro: "Relaja los hombros", "Visualiza la gota de agua en tu puño", "Siente el pulso de la ola antes de golpear".-

La madrugada avanzaba y la luna comenzaba a descender en el horizonte. Exhausto, con los brazos ardiendo y las piernas temblorosas, Krave se detuvo un momento a contemplar el ir y venir constante de las olas. Dejó de luchar contra el cansancio. Inspiró profundamente, sintiendo cómo el aire marino entraba en sus pulmones y cómo las branquias de su cuello se expandían de forma natural. Dejó que sus brazos cayeran sueltos, eliminando toda la tensión muscular acumulada.
Por un instante, el rugido del océano pareció sincronizarse perfectamente con el latido de su propio corazón. Krave abrió los ojos. La humedad del aire ya no le parecía un elemento externo, sino una extensión de su propio ser.
Dio un paso firme hacia adelante en la arena, flexionó las rodillas con naturalidad y realizó el movimiento circular con una fluidez que nunca antes había experimentado. Sus brazos se prepararon con precisión y, en el punto exacto de máxima concentración, lanzó un poderoso puñetazo hacia el frente sin tensionar un solo músculo de más.
Una honda de choque brotó desde el puño de Krave como una fuerza apenas visible y movió una roca ciertamente voluminosa varios metros hacia atrás.
Krave contempló atónito sus propias manos, sintiendo un hormigueo vibrante recorrer sus brazos.
Batch Kalão observó la roca desplazada a lo lejos y, por primera vez desde que se conocieron, una sutil sonrisa de aprobación cruzó el rostro arrugado del anciano maestro.
-Has dado el primer paso real, Krave -dijo el maestro caminando hacia su mochila-. Has dejado de ser simplemente un gigante fuerte para empezar a convertirte en un auténtico guerrero del mar. Mañana al amanecer comenzaremos con el entrenamiento verdadero.

Krave sonrió ampliamente, sintiendo que el dolor, la espera en el dojo, el viaje duro y cada esfuerzo del camino habían valido completamente la pena. Miró hacia la inmensidad del océano con renovada determinación, sabiendo que su sueño de navegar todos los mares del mundo como un gran guerrero estaba hoy mucho más cerca de hacerse realidad.
Mientras la luz de las primeras estrellas del alba comenzaba a teñir el cielo de un tono grisáceo y violeta, Krave se quedó contemplando en silencio la inmensidad del horizonte marino. El peso de lo aprendido aquella noche resonaba con fuerza en cada fibra de su ser wotan. No se trataba meramente de dominar una técnica de combate o de incrementar su poder físico para impresionar a otros; aprender aquel arte ancestral significaba cruzar una frontera invisible hacia su propia madurez como guerrero y como individuo. Comprendió que la verdadera fuerza no residía en la rigidez de los músculos ni en la obstinación de golpear por golpear, sino en la capacidad de adaptarse, de fluir con el entorno y de canalizar la energía vital que el propio océano y la naturaleza le regalaban en cada respiración.
Sin embargo, a medida que asimilaba este profundo conocimiento marcial, una punzada de agridulce melancolía comenzó a instalarse lentamente en su pecho. Al mirar hacia atrás, hacia las aguas familiares de su tierra y los recuerdos entrañables de la Isla Kusutku, Krave se dio cuenta de que el momento de partir definitivamente estaba mucho más cerca de lo que creía. Muy pronto dejaría atrás la seguridad de su hogar, las costas donde creció, las charlas con Max en la plaza y la paz relativa de sus aguas natales para adentrarse en la inmensidad peligrosa e inculta del gran océano abierto. Sabía con absoluta certeza que iba a echar muchísimo de menos su hogar, cada rincón conocido del arrecife, el calor de los suyos y la tranquilidad de aquellos parajes que lo vieron nacer y crecer hasta convertirse en el gigante que era hoy. Pero también entendió que el camino del autodescubrimiento exigía sacrificio y valentía; empuñar su escudo y portar las enseñanzas de Batch Kalão era el precio inevitable de hacer realidad su gran sueño de libertad. Con un suspiro profundo que exhaló en forma de ligera bruma a través de sus branquias, Krave apretó los puños con renovada convicción, listo para abrazar su destino y dejar su huella imborrable en todos los mares del mundo.

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