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		<title><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - Poblado Nibani]]></title>
		<link>https://nakamanomi.com/</link>
		<description><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - https://nakamanomi.com]]></description>
		<pubDate>Sun, 27 Sep 2026 08:43:12 +0000</pubDate>
		<generator>MyBB</generator>
		<item>
			<title><![CDATA[Primera sangre / Pasado]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3016</link>
			<pubDate>Sat, 17 Jan 2026 06:12:48 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=684">Kali Singh</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3016</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">22:50 | Poblado Nibani | Reino de Torino</span></span></div>
<br />
<br />
<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">El estruendo de la cafetería taladraba mi sien y solo eso me impidió sacar el cuchillo en el acto. No podía dejar de observar a mi alrededor: aldeanos alegres, trabajadores cenando tras sus vidas cotidianas, niños corriendo, parejas felices… me repugnaba, me revolvía el estómago. Vivían, sin saberlo, una ignorancia que era dulce e insultante a partes iguales. Tuve que bajar la mirada al café de mi taza. Solo. Sin azucar. Tan amargo como mi humor. Mientras cogía la taza y acercaba su borde de porcelana a mis finos labios con la mano derecha, acomodaba la peluca azul, echando el flequillo hacia el lado. Mi mente estaba lejos de allí, pero mi objetivo no. Observaba a todo el mundo, tratando de pasar lo más desapercibida posible. Pero él estaba allí. Sentado al lado de la barra, metro ochenta, cerca de sesenta kilos… y un puto asesino de niños. Visualizaba su cuello y fantaseaba con mi cuchillo en él. No era una fantasía difusa, era un plan de destrucción. Podía sentir la textura de su piel en mis dedos, justo, justo… el punto exacto donde la arteria late con más fuerza y podría seccionarla para cortar su vida.</span><br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">— <span style="color: green;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¿Retiro la taza, señorita?</span></span> —</span></div>
<br />
<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">El camarero era agradable. Pero rompió toda mi concentración.</span><br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">— <span style="color: #A80000;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Sí, muchas gracias. Estaba delicioso.</span></span> —</span></div>
<br />
<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">Mentira. Estaba absolutamente quemado y sabía a truenos, pero mentir era casi respirar. Miré el reloj, faltaban unos minutos para que comenzaran a cerrar. Ya había seguido al objetivo y sabía que saldría a última hora, borracho y que se dirigiría al callejón trasero. Nadie quería acercarse a él pues todo el mundo intuía lo que era, pero, hoy, curiosamente encontraría a alguien en su camino a casa. Y jamás llegaría a casa.</span><br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">— <span style="color: #690000;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Hora de trabajar.</span></span> —</span></div>
<br />
<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">Y me levanté del asiento, sin hacer ruido, dirigiéndome al baño. Primero tenía que adoptar la personalidad de la diosa de la destrucción, y después, buscaría a mi objetivo. Hoy correría sangre.</span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">22:50 | Poblado Nibani | Reino de Torino</span></span></div>
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<br />
<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">El estruendo de la cafetería taladraba mi sien y solo eso me impidió sacar el cuchillo en el acto. No podía dejar de observar a mi alrededor: aldeanos alegres, trabajadores cenando tras sus vidas cotidianas, niños corriendo, parejas felices… me repugnaba, me revolvía el estómago. Vivían, sin saberlo, una ignorancia que era dulce e insultante a partes iguales. Tuve que bajar la mirada al café de mi taza. Solo. Sin azucar. Tan amargo como mi humor. Mientras cogía la taza y acercaba su borde de porcelana a mis finos labios con la mano derecha, acomodaba la peluca azul, echando el flequillo hacia el lado. Mi mente estaba lejos de allí, pero mi objetivo no. Observaba a todo el mundo, tratando de pasar lo más desapercibida posible. Pero él estaba allí. Sentado al lado de la barra, metro ochenta, cerca de sesenta kilos… y un puto asesino de niños. Visualizaba su cuello y fantaseaba con mi cuchillo en él. No era una fantasía difusa, era un plan de destrucción. Podía sentir la textura de su piel en mis dedos, justo, justo… el punto exacto donde la arteria late con más fuerza y podría seccionarla para cortar su vida.</span><br />
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<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">— <span style="color: green;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¿Retiro la taza, señorita?</span></span> —</span></div>
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<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">El camarero era agradable. Pero rompió toda mi concentración.</span><br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">— <span style="color: #A80000;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Sí, muchas gracias. Estaba delicioso.</span></span> —</span></div>
<br />
<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">Mentira. Estaba absolutamente quemado y sabía a truenos, pero mentir era casi respirar. Miré el reloj, faltaban unos minutos para que comenzaran a cerrar. Ya había seguido al objetivo y sabía que saldría a última hora, borracho y que se dirigiría al callejón trasero. Nadie quería acercarse a él pues todo el mundo intuía lo que era, pero, hoy, curiosamente encontraría a alguien en su camino a casa. Y jamás llegaría a casa.</span><br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">— <span style="color: #690000;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Hora de trabajar.</span></span> —</span></div>
<br />
<span style="font-family: Comic Sans MS;" class="mycode_font">Y me levanté del asiento, sin hacer ruido, dirigiéndome al baño. Primero tenía que adoptar la personalidad de la diosa de la destrucción, y después, buscaría a mi objetivo. Hoy correría sangre.</span>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[El día acordado | Pasado | Satsuki]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3000</link>
			<pubDate>Thu, 15 Jan 2026 22:52:37 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=585">Dharma</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3000</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Pueblo de Nibani</span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Día 30 de Primavera </span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Año 14 </span><br />
<hr class="mycode_hr" />
Hace un tiempo atrás, Dharma había dirigido sus pasos a un poblado especial, un lugar donde la tranquilidad y la sorpresa podían congeniar, donde lo pacífico y lo salvaje solían ser casi del día a día. El poblado de Nibani en el Reino de Torino, era famoso por tener bastos conocimientos sobre medicina, cosa que le llamaba la atención al buen espadachín, en una de sus expediciones en solitario y tras haberse alejado de una tripulación con la cual había pasado unos meses, decidió emprender el viaje a este lugar. Sin mucha esperanza, mas que la curiosidad de entender y comprender más sobre el mundo de la medicina y sus diferentes versiones.  Así pues este hombre de gran altura y porte amenazante es que andaba entre los caminos empedrados de este lugar que en apariencia, parecía un lugar abandonado por el tiempo, pero el espadachín sabia que podía encontrar conocimientos realmente útiles en este lugar.<br />
<br />
<span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">| Hmm lo mas fastidioso de venir a una Isla nueva es encontrar un buen lugar para comer. | </span>Sentenciaba vociferando con su habitual tono de voz, mientras se encontraba detenido en las afueras del poblado, recargado en una especie de barda que ocultaba un poco más de la mitad de su cuerpo, pues debido a su altura dicha barda no era suficiente para que lo cubriera. Con una mochila a la espalda de color negro, su par de espadas apenas notorias pegadas en una sujeción de cuero que se mantenían visibles pero a la vez un tanto ocultas debido a esto mismo, era normal que una persona anduviera armado en este mundo.  <span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">| Donde estará esa enana, según sé iba a estar aquí justo este día y creo que llegue temprano jahjah...|</span> Dharma esperaba encontrarse con una vieja amiga, no por que ella fuese vieja, sino por que realmente la conocía de unos años atrás, aunque aquella amistad era más bien el resultado de un conjunto de eventos en los que no tuvo de otra que ayudar a esta señorita, si lo puede decir de alguna forma. No habían perdido el contacto por medio de los Den Den Mushi que el espadachín había obsequiado a su pequeña e infantil "amiga" si bien para el era una conocida y no habían compartido demasiado tiempo juntos, las cosas que habían sobrellevado y las que él tuvo que ayudarle a llevar ese tiempo, fueron bastante serias a la medida de la situación.<br />
<br />
Pero habían quedado de verse un tiempo después, había pasado un par de años desde la ultima vez que se vieron y a aunque no se veían a menudo por que pues Dharma era un pirata y antes de eso estuvo oculto en las montañas siendo o intentando ser un tipo de monje, buscando su camino ninja y todas esas cosas que pasan por la mente de los grandes guerreros, al final el destino los volvía a reunir, pues el había quedado de visitar esta peculiar isla en este preciso día y mes. Una de las pocas veces que podía cumplir con una fecha exacta, no muy dado a ser puntual, pero a veces se sorprendía hasta el mismo. Al final había desarrollado un tipo de cariño por esta mujer, si bien era más como una prima o una hermana o una amiga, aun no entendía bien que podía significar conocerla y tampoco era algo que realmente le importara, pues este mundo tan caótico podía arrebatar lo que quisiera en un instante, por eso sus apegos estaban demasiado trabajados a no sentir realmente emociones por alguien que no fuera lo suficientemente fuerte para subsistir por si solo, como en el futuro, sabia que algún día tendría una tripulación que si bien tuvieran que compartir la seguridad de si mismos, cada uno debia ser lo suficientemente fuerte para sobrevivir por si solo, pero estos pensamientos aun eran de un Dharma joven, que no toleraba los errores pues ya había visto bastante muerte a causa de ello.<br />
<br />
Así pues se mantenía atento a sus alrededores esperando vislumbrar aquellos cabellos dorados, que siempre andaban alborotados, como si se tratara de un loro parlanchín, por su parte el oriundo de Wano portaba sus ropas habituales en este tipo de visitas, para evitarse sorpresas y tener la comodidad necesaria, una camiseta negra ceñida al cuerpo y sus pantalones anchos y cómodos de color gris con un calzado de color negro, su cabellera siempre llevando el mismo estilo simple y ligeramente desordenado que sin duda alguna lo hacían parecer alguien relajado y tranquilo, al menos de primera apariencia, aunque claro faltaba notar su altura y su cuerpo tan trabajo y formado que era una oda hacia la estética física del ser humano, pero esos detalles pasaban a segundo termino, para alguien acostumbrado a estar con la muerte y verse a si mismo manchado de sangre una y otra vez.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Pueblo de Nibani</span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Día 30 de Primavera </span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Año 14 </span><br />
<hr class="mycode_hr" />
Hace un tiempo atrás, Dharma había dirigido sus pasos a un poblado especial, un lugar donde la tranquilidad y la sorpresa podían congeniar, donde lo pacífico y lo salvaje solían ser casi del día a día. El poblado de Nibani en el Reino de Torino, era famoso por tener bastos conocimientos sobre medicina, cosa que le llamaba la atención al buen espadachín, en una de sus expediciones en solitario y tras haberse alejado de una tripulación con la cual había pasado unos meses, decidió emprender el viaje a este lugar. Sin mucha esperanza, mas que la curiosidad de entender y comprender más sobre el mundo de la medicina y sus diferentes versiones.  Así pues este hombre de gran altura y porte amenazante es que andaba entre los caminos empedrados de este lugar que en apariencia, parecía un lugar abandonado por el tiempo, pero el espadachín sabia que podía encontrar conocimientos realmente útiles en este lugar.<br />
<br />
<span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">| Hmm lo mas fastidioso de venir a una Isla nueva es encontrar un buen lugar para comer. | </span>Sentenciaba vociferando con su habitual tono de voz, mientras se encontraba detenido en las afueras del poblado, recargado en una especie de barda que ocultaba un poco más de la mitad de su cuerpo, pues debido a su altura dicha barda no era suficiente para que lo cubriera. Con una mochila a la espalda de color negro, su par de espadas apenas notorias pegadas en una sujeción de cuero que se mantenían visibles pero a la vez un tanto ocultas debido a esto mismo, era normal que una persona anduviera armado en este mundo.  <span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">| Donde estará esa enana, según sé iba a estar aquí justo este día y creo que llegue temprano jahjah...|</span> Dharma esperaba encontrarse con una vieja amiga, no por que ella fuese vieja, sino por que realmente la conocía de unos años atrás, aunque aquella amistad era más bien el resultado de un conjunto de eventos en los que no tuvo de otra que ayudar a esta señorita, si lo puede decir de alguna forma. No habían perdido el contacto por medio de los Den Den Mushi que el espadachín había obsequiado a su pequeña e infantil "amiga" si bien para el era una conocida y no habían compartido demasiado tiempo juntos, las cosas que habían sobrellevado y las que él tuvo que ayudarle a llevar ese tiempo, fueron bastante serias a la medida de la situación.<br />
<br />
Pero habían quedado de verse un tiempo después, había pasado un par de años desde la ultima vez que se vieron y a aunque no se veían a menudo por que pues Dharma era un pirata y antes de eso estuvo oculto en las montañas siendo o intentando ser un tipo de monje, buscando su camino ninja y todas esas cosas que pasan por la mente de los grandes guerreros, al final el destino los volvía a reunir, pues el había quedado de visitar esta peculiar isla en este preciso día y mes. Una de las pocas veces que podía cumplir con una fecha exacta, no muy dado a ser puntual, pero a veces se sorprendía hasta el mismo. Al final había desarrollado un tipo de cariño por esta mujer, si bien era más como una prima o una hermana o una amiga, aun no entendía bien que podía significar conocerla y tampoco era algo que realmente le importara, pues este mundo tan caótico podía arrebatar lo que quisiera en un instante, por eso sus apegos estaban demasiado trabajados a no sentir realmente emociones por alguien que no fuera lo suficientemente fuerte para subsistir por si solo, como en el futuro, sabia que algún día tendría una tripulación que si bien tuvieran que compartir la seguridad de si mismos, cada uno debia ser lo suficientemente fuerte para sobrevivir por si solo, pero estos pensamientos aun eran de un Dharma joven, que no toleraba los errores pues ya había visto bastante muerte a causa de ello.<br />
<br />
Así pues se mantenía atento a sus alrededores esperando vislumbrar aquellos cabellos dorados, que siempre andaban alborotados, como si se tratara de un loro parlanchín, por su parte el oriundo de Wano portaba sus ropas habituales en este tipo de visitas, para evitarse sorpresas y tener la comodidad necesaria, una camiseta negra ceñida al cuerpo y sus pantalones anchos y cómodos de color gris con un calzado de color negro, su cabellera siempre llevando el mismo estilo simple y ligeramente desordenado que sin duda alguna lo hacían parecer alguien relajado y tranquilo, al menos de primera apariencia, aunque claro faltaba notar su altura y su cuerpo tan trabajo y formado que era una oda hacia la estética física del ser humano, pero esos detalles pasaban a segundo termino, para alguien acostumbrado a estar con la muerte y verse a si mismo manchado de sangre una y otra vez.</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Crónicas de una isla extraña [Pasado]]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=1880</link>
			<pubDate>Fri, 01 Aug 2025 21:02:34 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=506">Zhang Guolao</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=1880</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"><span style="font-size: 1pt;" class="mycode_size">Crónicas de una isla extraña</span></span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align">
<br />
<br />
<div style="text-align: left;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">[b]<span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"><span style="font-size: x-large;" class="mycode_size">Capitulo 1: El Pulso del retorno:<br />
</span></span></span></span>[/b]</div>
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang Zhang Guolao se encontraba en la cima de una colina suave del Reino de Torino, donde la vegetación lo rodeaba con un murmullo apenas perceptible. Sus dedos zurdos rozaban los eslabones de la Cadena del Retorno Celeste, enrollada con cuidado sobre su pecho. El sol otoñal comenzaba a declinar y el cielo, limpio, dejaba entrever la curva de las primeras estrellas. En la base del árbol central de la isla <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">—cuyas ramas sostenían los nidos de los coloridos y estridentes parajos—</span> se veía el poblado de Nibani, cuyos techos rústicos y callejones de piedra parecían primitivos, pero guardaban secretos de sabiduría ancestral.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Llevaba ya un par de semanas en la isla, explorando cada rincón para recolectar plantas medicinales. Su mono compañero, Silencio, saltaba de rama en rama entre arbustos densos, su cola trazando círculos mientras husmeaba hojas y raíces. Zhang Zhang se detuvo un instante: inhaló profundamente el aroma dulce y amargo de la savia mezclada con té y espuma de tierra húmeda. A lo lejos, las aves Masukeredomo se disputaban ramas y huecos para sus nidos, revestidos con restos de semillas y hojas curativas.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">En ese momento, su mente se rememoró a sí misma viajando al pasado: una imagen torpe de un joven aprendiz en Zou construyendo aquella cadena que ahora lo acompañaba, guiado por la voz de su maestro espiritual. Mientras, en el presente, su zurda sostendría firme la cadena que allí vibraba con calma eléctrica.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Nadie en Zou recuerda con precisión cuándo comenzó aquello que luego llamaron<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"> “la fractura del templo”.</span> Pero todos recuerdan cómo terminó: con cenizas entre las piedras, y el cielo partido en dos. Zhang Zhang aún era tan joven que algunos dudaban si realmente medía su edad en años o en silencios. Su andar era lento, aquejado de esa torpeza innata que hace que tropiece con su propia sombra… y su mirada tenía la pausa suave de quien escucha más de lo que pregunta, un efecto secundario de su exceso de curiosidad y paciencia.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Vivía en los templos colgantes sobre el lomo del elefante ancestral, en hábitos que crujían al caminar, con la barba tan desordenada que a veces se le enredaba un insecto y él lo saludaba creyendo que era un compañero. Aprendía de los monjes que servían a Nika, el dios de la alegría, de la libertad… y del silencio. En su mundo, cada canto tenía pausas, cada grito era precedido por un respiro, y Zhang Zhang pasaba horas contemplando el vaivén de las hojas como si hablase en voz baja con el viento. Entre hierbas, cánticos improvisados y ejercicios de Retorno Lento, su filosofía se fue formando: no hay avance verdadero sin retroceso consciente… aunque te tropieces al iniciar.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Una tarde, mientras practicaba doblar hojas para hacer flores de té, el templo se estremeció. Todo el recinto vibró como si una cuerda invisible lo jalara desde el cielo. En medio del canto de los monjes<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> —el Cántico de las Corrientes—</span> un relámpago atravesó el techo del templo mayor. El tambor ceremonial tembló, crujió, y vibró tan fuerte que pareció querer gritar. Infraestructuras antiguas cedieron. Una grieta se abrió en la base del tambor. El fuego emergió sin anunciarse: silencioso, voraz.<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang Zhang, que meditaba cerca de una lámpara sobrevoladora, sintió el temblor primero en su muñeca zurda, luego en su estómago y finalmente en todo su ser. No pensó. Se levantó, dejó caer su taza de té que rodó y se rompió en muchos pedazos, y corrió al interior del templo mientras los demás corrían en desorden hacia afuera. Tropezó un par de veces con pilares que le lanzaron sus propios rezos al suelo, pero no se detuvo.</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Adentro, descubrió al maestro Zorongo, el más anciano entre los monjes, inmóvil bajo una estatua caída del dios de las mil sonrisas. Zorongo no lloraba. No pedía ayuda. Solo esperaba. Cuando Zhang lo levantó torpemente (le llevó más de un minuto y varias respiraciones lanzadas al aire), el anciano susurró con voz rasgada: “No debes salvar el templo… sino el equilibrio.”<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang lo miró con sus ojos redondos y tardó en entender. Le pidieron que canalizara con él un Electro inestable que se concentraba bajo el altar. Cada chispa era dolor. Las lágrimas brotaban de su único ojo visible como llamas diminutas cayendo al suelo. Lo que ocurrió no hay modo de describirlo, pero sí de sentirlo: una ruptura en la percepción, un silencio absoluto, un rojo débil danzando sobre el tambor. Cuando volvió en sí, el templo había dejado de arder con furia. Se consumía lentamente, como un suspiro que no sabe si continuar. El tambor estaba intacto. Muchos monjes vivos. Pero Zorongo ya no respiraba. Algo de él, sin embargo, se quedó con Zhang. Algo que le modificó el oído.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Durante las siguientes noches <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">—que Zhang pasó con la espalda temblorosa y las rodillas adoloridas—,</span> la reconstrucción fue su única tarea. Incluso cuando olvidaba dónde dejaba su martillo o tropezaba con clavos viejos que se enterraban en sus sandalias, supo que debía hacer algo que previniera otro cataclismo. Guiado por la voz sin cuerpo de Zorongo —<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">más precisa, más tranquila que cualquier murmullo del viento—</span> empezó a tallar símbolos arcanos en fragmentos de madera antigua sobrante del altar. Más de una vez lo sorprendió el amanecer encima del banco de carpintería con una cabeza recién tallada de símbolo oxidado, sin comprender cómo había pasado el tiempo.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Comprendió que lo que debía construir no era un escudo, ni un arma, sino algo capaz de devolver un instante alterado: una segunda oportunidad al momento justo antes de que todo se rompiera. No buscaba perfección. Quería un espacio minúsculo donde el error pudiera corregirse.<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Recolectó trozos de campanas destruidas, clavos arrancados del altar, fragmentos del bastón de Zorongo. Todo lo fundió en un crisol improvisado: una hoguera lenta encendida con sangre de león marino (una sustancia pegajosa y olorosa), resina de álamo lunar y hojas de raíz machacadas. Iba perdiendo herramientas por los tropezones. Luego, con manos temblorosas, enterró el metal aún caliente durante tres noches consecutivas bajo el Árbol del Trueno: un tronco legendario que sobrevivió cien relámpagos y florecía solo una vez cada cinco años.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Cuando desenterró el metal, lo tomó con cautela. Palpitaba. Tenía un calor tenue, constante, como si fuese un corazón propio. Lo limpió del barro con hojas suaves mientras su zurda temblaba de fatiga. Pasaron días en los que apenas dormía, porque sentía que aquello era más que metal. Era intención latente.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Forjó una cadena eslabón por eslabón, ciento ocho piezas: memoria, pausa, regreso, calma, herida, compasión… cada una tallada con cuidado y salpicada de sudor y heridas. Cada vez que remachaba un eslabón, su pulgar se adormecía o se pinzaba una uña. Pero él insistía con terquedad amable. La cadena quedó inacabada un par de veces<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"> —le faltaba un símbolo— </span>y tuvo que deshacer parte del trabajo, dejando como saldo dos manos llenas de cortes, un parche improvisado en el hombro y su expresión confusa de niño que aún no sabe cómo termina algo grande.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Cuando finalmente terminó, la cadena no se enfrió jamás. Vibraba con un pulso suave, como si contuviera la voluntad del viento. No era arma. Era recuerdo tangible. Un puente frágil hacia el instante donde todo se desploma.</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Con la cadena enrollada alrededor del pecho, sintió que el Retorno dejó de ser teoría. Ahora era entrega. La colocó torpemente por encima de su hombro izquierdo, se enredó en ella y soltó un suspiro largo, como si fuera la liberación de muchos silencios.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Poco después, una aldea remota solicitó su ayuda. Un hombre padecía convulsiones producto de una peste extraña. Cada pulsación suya irradiaba Electro inestable. Zhang caminó hasta allí con su paso pausado pero firme, tropezando con raíces y saludando mariposas distraídamente. Solo llevaba su bolsa de hierbas, una taza de té y la cadena descansando en su pecho como una promesa.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Encontró al hombre convulsionando en una choza oscura. Las paredes chispeaban y el aire olía a metal quemado. Zhang no gritó. Se acercó despacio. Rozó su torso con un extremo de la cadena. Murmuró los nombres eslabón por eslabón: “memoria… pausa… regreso… calma… herida… compasión…” Sintió el pulso del Electro reaccionar con una vibración interna contenida. El hombre inhaló, exhaló largo. Todos contuvieron el aliento. Mientras las medicinas hacian lo suyo. No hubo aplausos. Solo un silencio cargado de posibilidad.<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang ofreció un cuenco de té y se sentó en la plaza. Niños curiosos lo inspeccionaron. Adultos vinieron preguntando. Se quedó varios días enseñando. Luego partió sin ceremonias. Ajustó su kimono, se inclinó, y caminó hacia la orilla.</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">El recuerdo se desvaneció. Volvió al presente en Torino. Desenrolló la cadena entre sus dedos mientras Silencio se colgaba del árbol central, imitando su tambaleo. Tomó té y notó el pulso diminuto bajo su mano. Se incorporó. Avanzó hacia el poblado Nibani con su cuaderno, sus muestras, su torpeza amable. Lleva consigo su historia: el recuerdo y el presente se funden. Aunque la isla sea pequeña, sus desafíos y su sabiduría son grandes. Y Zhang Zhang camina, eslabón por eslabón, paso pausado, enseñando que el verdadero poder yace en atreverse a regresar.</div>
<br />
<hr class="mycode_hr" />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Palabras</span>: 1521.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"><span style="font-size: 1pt;" class="mycode_size">Crónicas de una isla extraña</span></span></span></div>
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<div style="text-align: left;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">[b]<span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"><span style="font-size: x-large;" class="mycode_size">Capitulo 1: El Pulso del retorno:<br />
</span></span></span></span>[/b]</div>
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang Zhang Guolao se encontraba en la cima de una colina suave del Reino de Torino, donde la vegetación lo rodeaba con un murmullo apenas perceptible. Sus dedos zurdos rozaban los eslabones de la Cadena del Retorno Celeste, enrollada con cuidado sobre su pecho. El sol otoñal comenzaba a declinar y el cielo, limpio, dejaba entrever la curva de las primeras estrellas. En la base del árbol central de la isla <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">—cuyas ramas sostenían los nidos de los coloridos y estridentes parajos—</span> se veía el poblado de Nibani, cuyos techos rústicos y callejones de piedra parecían primitivos, pero guardaban secretos de sabiduría ancestral.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Llevaba ya un par de semanas en la isla, explorando cada rincón para recolectar plantas medicinales. Su mono compañero, Silencio, saltaba de rama en rama entre arbustos densos, su cola trazando círculos mientras husmeaba hojas y raíces. Zhang Zhang se detuvo un instante: inhaló profundamente el aroma dulce y amargo de la savia mezclada con té y espuma de tierra húmeda. A lo lejos, las aves Masukeredomo se disputaban ramas y huecos para sus nidos, revestidos con restos de semillas y hojas curativas.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">En ese momento, su mente se rememoró a sí misma viajando al pasado: una imagen torpe de un joven aprendiz en Zou construyendo aquella cadena que ahora lo acompañaba, guiado por la voz de su maestro espiritual. Mientras, en el presente, su zurda sostendría firme la cadena que allí vibraba con calma eléctrica.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Nadie en Zou recuerda con precisión cuándo comenzó aquello que luego llamaron<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"> “la fractura del templo”.</span> Pero todos recuerdan cómo terminó: con cenizas entre las piedras, y el cielo partido en dos. Zhang Zhang aún era tan joven que algunos dudaban si realmente medía su edad en años o en silencios. Su andar era lento, aquejado de esa torpeza innata que hace que tropiece con su propia sombra… y su mirada tenía la pausa suave de quien escucha más de lo que pregunta, un efecto secundario de su exceso de curiosidad y paciencia.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Vivía en los templos colgantes sobre el lomo del elefante ancestral, en hábitos que crujían al caminar, con la barba tan desordenada que a veces se le enredaba un insecto y él lo saludaba creyendo que era un compañero. Aprendía de los monjes que servían a Nika, el dios de la alegría, de la libertad… y del silencio. En su mundo, cada canto tenía pausas, cada grito era precedido por un respiro, y Zhang Zhang pasaba horas contemplando el vaivén de las hojas como si hablase en voz baja con el viento. Entre hierbas, cánticos improvisados y ejercicios de Retorno Lento, su filosofía se fue formando: no hay avance verdadero sin retroceso consciente… aunque te tropieces al iniciar.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Una tarde, mientras practicaba doblar hojas para hacer flores de té, el templo se estremeció. Todo el recinto vibró como si una cuerda invisible lo jalara desde el cielo. En medio del canto de los monjes<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> —el Cántico de las Corrientes—</span> un relámpago atravesó el techo del templo mayor. El tambor ceremonial tembló, crujió, y vibró tan fuerte que pareció querer gritar. Infraestructuras antiguas cedieron. Una grieta se abrió en la base del tambor. El fuego emergió sin anunciarse: silencioso, voraz.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang Zhang, que meditaba cerca de una lámpara sobrevoladora, sintió el temblor primero en su muñeca zurda, luego en su estómago y finalmente en todo su ser. No pensó. Se levantó, dejó caer su taza de té que rodó y se rompió en muchos pedazos, y corrió al interior del templo mientras los demás corrían en desorden hacia afuera. Tropezó un par de veces con pilares que le lanzaron sus propios rezos al suelo, pero no se detuvo.</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Adentro, descubrió al maestro Zorongo, el más anciano entre los monjes, inmóvil bajo una estatua caída del dios de las mil sonrisas. Zorongo no lloraba. No pedía ayuda. Solo esperaba. Cuando Zhang lo levantó torpemente (le llevó más de un minuto y varias respiraciones lanzadas al aire), el anciano susurró con voz rasgada: “No debes salvar el templo… sino el equilibrio.”<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang lo miró con sus ojos redondos y tardó en entender. Le pidieron que canalizara con él un Electro inestable que se concentraba bajo el altar. Cada chispa era dolor. Las lágrimas brotaban de su único ojo visible como llamas diminutas cayendo al suelo. Lo que ocurrió no hay modo de describirlo, pero sí de sentirlo: una ruptura en la percepción, un silencio absoluto, un rojo débil danzando sobre el tambor. Cuando volvió en sí, el templo había dejado de arder con furia. Se consumía lentamente, como un suspiro que no sabe si continuar. El tambor estaba intacto. Muchos monjes vivos. Pero Zorongo ya no respiraba. Algo de él, sin embargo, se quedó con Zhang. Algo que le modificó el oído.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Durante las siguientes noches <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">—que Zhang pasó con la espalda temblorosa y las rodillas adoloridas—,</span> la reconstrucción fue su única tarea. Incluso cuando olvidaba dónde dejaba su martillo o tropezaba con clavos viejos que se enterraban en sus sandalias, supo que debía hacer algo que previniera otro cataclismo. Guiado por la voz sin cuerpo de Zorongo —<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">más precisa, más tranquila que cualquier murmullo del viento—</span> empezó a tallar símbolos arcanos en fragmentos de madera antigua sobrante del altar. Más de una vez lo sorprendió el amanecer encima del banco de carpintería con una cabeza recién tallada de símbolo oxidado, sin comprender cómo había pasado el tiempo.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Comprendió que lo que debía construir no era un escudo, ni un arma, sino algo capaz de devolver un instante alterado: una segunda oportunidad al momento justo antes de que todo se rompiera. No buscaba perfección. Quería un espacio minúsculo donde el error pudiera corregirse.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Recolectó trozos de campanas destruidas, clavos arrancados del altar, fragmentos del bastón de Zorongo. Todo lo fundió en un crisol improvisado: una hoguera lenta encendida con sangre de león marino (una sustancia pegajosa y olorosa), resina de álamo lunar y hojas de raíz machacadas. Iba perdiendo herramientas por los tropezones. Luego, con manos temblorosas, enterró el metal aún caliente durante tres noches consecutivas bajo el Árbol del Trueno: un tronco legendario que sobrevivió cien relámpagos y florecía solo una vez cada cinco años.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Cuando desenterró el metal, lo tomó con cautela. Palpitaba. Tenía un calor tenue, constante, como si fuese un corazón propio. Lo limpió del barro con hojas suaves mientras su zurda temblaba de fatiga. Pasaron días en los que apenas dormía, porque sentía que aquello era más que metal. Era intención latente.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Forjó una cadena eslabón por eslabón, ciento ocho piezas: memoria, pausa, regreso, calma, herida, compasión… cada una tallada con cuidado y salpicada de sudor y heridas. Cada vez que remachaba un eslabón, su pulgar se adormecía o se pinzaba una uña. Pero él insistía con terquedad amable. La cadena quedó inacabada un par de veces<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"> —le faltaba un símbolo— </span>y tuvo que deshacer parte del trabajo, dejando como saldo dos manos llenas de cortes, un parche improvisado en el hombro y su expresión confusa de niño que aún no sabe cómo termina algo grande.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Cuando finalmente terminó, la cadena no se enfrió jamás. Vibraba con un pulso suave, como si contuviera la voluntad del viento. No era arma. Era recuerdo tangible. Un puente frágil hacia el instante donde todo se desploma.</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Con la cadena enrollada alrededor del pecho, sintió que el Retorno dejó de ser teoría. Ahora era entrega. La colocó torpemente por encima de su hombro izquierdo, se enredó en ella y soltó un suspiro largo, como si fuera la liberación de muchos silencios.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Poco después, una aldea remota solicitó su ayuda. Un hombre padecía convulsiones producto de una peste extraña. Cada pulsación suya irradiaba Electro inestable. Zhang caminó hasta allí con su paso pausado pero firme, tropezando con raíces y saludando mariposas distraídamente. Solo llevaba su bolsa de hierbas, una taza de té y la cadena descansando en su pecho como una promesa.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Encontró al hombre convulsionando en una choza oscura. Las paredes chispeaban y el aire olía a metal quemado. Zhang no gritó. Se acercó despacio. Rozó su torso con un extremo de la cadena. Murmuró los nombres eslabón por eslabón: “memoria… pausa… regreso… calma… herida… compasión…” Sintió el pulso del Electro reaccionar con una vibración interna contenida. El hombre inhaló, exhaló largo. Todos contuvieron el aliento. Mientras las medicinas hacian lo suyo. No hubo aplausos. Solo un silencio cargado de posibilidad.<br />
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Zhang ofreció un cuenco de té y se sentó en la plaza. Niños curiosos lo inspeccionaron. Adultos vinieron preguntando. Se quedó varios días enseñando. Luego partió sin ceremonias. Ajustó su kimono, se inclinó, y caminó hacia la orilla.</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">El recuerdo se desvaneció. Volvió al presente en Torino. Desenrolló la cadena entre sus dedos mientras Silencio se colgaba del árbol central, imitando su tambaleo. Tomó té y notó el pulso diminuto bajo su mano. Se incorporó. Avanzó hacia el poblado Nibani con su cuaderno, sus muestras, su torpeza amable. Lleva consigo su historia: el recuerdo y el presente se funden. Aunque la isla sea pequeña, sus desafíos y su sabiduría son grandes. Y Zhang Zhang camina, eslabón por eslabón, paso pausado, enseñando que el verdadero poder yace en atreverse a regresar.</div>
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Palabras</span>: 1521.</div>]]></content:encoded>
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