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		<title><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - Campo de cañas de azúcar]]></title>
		<link>https://nakamanomi.com/</link>
		<description><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - https://nakamanomi.com]]></description>
		<pubDate>Sat, 26 Sep 2026 09:46:01 +0000</pubDate>
		<generator>MyBB</generator>
		<item>
			<title><![CDATA[lose face; priv — pasado.]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3443</link>
			<pubDate>Wed, 25 Mar 2026 09:55:28 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=634">Yuqi</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3443</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">04 de Primavera - Año 16</div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align">03:25 AM</div>
<br />
Siendo sinceros, ¿Qué tan complicado podía llegar a ser el esparcir unas cuantas cenizas en una cosecha de cañas de azúcar? ¿Cuántas iban a ser las posibilidades de que saliera mal? No muchas, ¿cierto? Sobre todo, si pensaba en que solo se trataba de un pequeño encargo para estirar las piernas y, a la vez, traer a su estómago algo que comer.<br />
<br />
¿Por qué pensar en dificultades? ¿Por qué centrarse en la oscuridad del camino que la visión le nubla, o el clima, que obliga a su cuerpo a cubrirse con una ligera capa de sudor? Ni siquiera debe de darle importancia al hecho de que la plantación a donde se dirige es propiedad privada. Detalles bobos e inútiles. <br />
<br />
O no tanto.<br />
<br />
¡Pero!<br />
<br />
¿De qué serviría llenarse la cabeza de todas esas cosas? Prefiere la tranquilidad antes que la previsión que innecesaria se le dibuja, y es esa misma tranquilidad la que domina los ligeros y pequeños saltos que da la joven. Debería ser más cuidadosa si la urna que lleva en las manos desea proteger de romperse, pero no se detendrá por ello, ni siquiera cuando las plantas han dejado de rozar sus pies y ya alcanzan sus rodillas. <br />
<br />
Complicado de avanzar, también de ver. ¿Y qué podemos decir de oír? Al menos la brisa está calma, por no decir casi que ausente. No es una queja, por supuesto. Al tanto de lo que la rodea prefiere estar y así evitarse sorpresas que provoquen la caída de las cenizas que ella protege (solo por el momento). Miedo a los fantasmas no es que posea, solo que no es su deseo el encontrarse un vivo a las dos de la mañana... Al menos, a un guardia. <br />
<br />
Consciente está de que cerca se encuentra al lugar que le han indicado, pues las plantas de poco ya alcanzan su altura y, de pronto, la cubren. Caminar se vuelve pesado, y cada pisada nada inadvertida pasa. La hierba cruje bajo sus pies. Elegir si ir a la derecha o izquierda complicado se vuelve cuando la negrura ha pintado lo que verde era. <br />
<br />
¿Cuál es el camino correcto? ¿El que la lleva a una pequeña luz? No solo alumbra lo que rodea, sino también el rostro de la fémina. Inusual es ese brillo a esas horas, y de un lado a otro se mueve, solitaria. ¿Será que alguien más está perdido junto a ella? ¿O está siendo parte de esas historias de fantasmas que siempre cuenta?<br />
<br />
—<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #A4A25B;" class="mycode_color">¿Hola? ¿Alguien por ahí? Solo vengo a realizar una pequeña tarea…</span></span><br />
<br />
La primera respuesta es el silencio.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">04 de Primavera - Año 16</div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align">03:25 AM</div>
<br />
Siendo sinceros, ¿Qué tan complicado podía llegar a ser el esparcir unas cuantas cenizas en una cosecha de cañas de azúcar? ¿Cuántas iban a ser las posibilidades de que saliera mal? No muchas, ¿cierto? Sobre todo, si pensaba en que solo se trataba de un pequeño encargo para estirar las piernas y, a la vez, traer a su estómago algo que comer.<br />
<br />
¿Por qué pensar en dificultades? ¿Por qué centrarse en la oscuridad del camino que la visión le nubla, o el clima, que obliga a su cuerpo a cubrirse con una ligera capa de sudor? Ni siquiera debe de darle importancia al hecho de que la plantación a donde se dirige es propiedad privada. Detalles bobos e inútiles. <br />
<br />
O no tanto.<br />
<br />
¡Pero!<br />
<br />
¿De qué serviría llenarse la cabeza de todas esas cosas? Prefiere la tranquilidad antes que la previsión que innecesaria se le dibuja, y es esa misma tranquilidad la que domina los ligeros y pequeños saltos que da la joven. Debería ser más cuidadosa si la urna que lleva en las manos desea proteger de romperse, pero no se detendrá por ello, ni siquiera cuando las plantas han dejado de rozar sus pies y ya alcanzan sus rodillas. <br />
<br />
Complicado de avanzar, también de ver. ¿Y qué podemos decir de oír? Al menos la brisa está calma, por no decir casi que ausente. No es una queja, por supuesto. Al tanto de lo que la rodea prefiere estar y así evitarse sorpresas que provoquen la caída de las cenizas que ella protege (solo por el momento). Miedo a los fantasmas no es que posea, solo que no es su deseo el encontrarse un vivo a las dos de la mañana... Al menos, a un guardia. <br />
<br />
Consciente está de que cerca se encuentra al lugar que le han indicado, pues las plantas de poco ya alcanzan su altura y, de pronto, la cubren. Caminar se vuelve pesado, y cada pisada nada inadvertida pasa. La hierba cruje bajo sus pies. Elegir si ir a la derecha o izquierda complicado se vuelve cuando la negrura ha pintado lo que verde era. <br />
<br />
¿Cuál es el camino correcto? ¿El que la lleva a una pequeña luz? No solo alumbra lo que rodea, sino también el rostro de la fémina. Inusual es ese brillo a esas horas, y de un lado a otro se mueve, solitaria. ¿Será que alguien más está perdido junto a ella? ¿O está siendo parte de esas historias de fantasmas que siempre cuenta?<br />
<br />
—<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #A4A25B;" class="mycode_color">¿Hola? ¿Alguien por ahí? Solo vengo a realizar una pequeña tarea…</span></span><br />
<br />
La primera respuesta es el silencio.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Pasado] Too Sweet]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3162</link>
			<pubDate>Sun, 08 Feb 2026 13:06:04 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=670">Alek</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3162</guid>
			<description><![CDATA[El tiempo pasaba y se escapaba de la percepción del lunarian como agua entre los dedos, tan irreversible, tan libre y, sin embargo, aquello no ameritaba lo necesario como para llegar a enfrentar los sentimientos del moreno. Allí en aquella isla donde la danza, la fiesta y la sobriedad convivía en casi perfecta armonía. Donde la libertad de los más pobres, al ser recluidos a las afueras, se anteponía ante la rectitud de la realeza plena en riqueza, movido más hacia el centro de la isla donde los enseres no escaseaban ni faltaba de nada. <br />
<br />
Por una parte el albino sentía más paz en aquellas zonas menos agraciadas, donde se necesitaba menos para estar en paz, sin embargo, le ponía ligeramente nervioso la hospitalidad de los lugareños, aunque agradecido prefería delirar en sus andanzas por la parte más ricas. Allí donde las miradas se clavaban sobre su espalda como dardos envenenados, alguien de fuera, extranjero. ¿Qué querría? Es lo que probablemente ocupaba las inusitadas mentes de sus espectadores. Al menos nadie lo molestaba, lo trataban con indiferencia, como alguien más. Ser invisible permitía a uno actuar para sobrevivir.<br />
<br />
Aquel día había sido largo, se había agenciado un par de panes y algo de lechuga fresca con los que alimentar aquel gran cuerpo de poco más de tres metros y deseaba ocupar su mente en algo más que en sus propios recuerdos. Así fue como sus pasos terminaron encaminándose hacia las afueras, allí donde nadie ni nada más que animales salvajes y maleza lo esperaban. Quizás podría hacerse con alguna pieza de caza, algo de carne que llevarse a la boca. <br />
<br />
El sol hizo su intento de empezar a caer después de la mitad de la tarde, pero Alek mantenía su mirada por encima del horizonte, asegurándose que su vigía y consciencia ralentizaría el tiempo, al menos hasta que se comenzase a encontrar con cañas de azúcar que empezaban a emerger, aunque parecían cortadas, cubriendo hasta su tobillo. Para cuando se quiso dar cuenta se encontraba en un claro con el barullo del gentío como música ambiente. El sol había llegado a su punto perfecto, allí donde teñía de naranja el cielo. Sus alas vibraron, queriéndose quitar el agarrotamiento por no haberlas usado en todo el día y, de un momento a otro, la llama de su espalda adquirió un brillo especial, tenue pero más vivo. Llevó su mano desnuda hasta la empuñadura de su katana y comenzaría a danzar con ella, con calma, con lentitud. No era fino en su técnica, no lo quería ser, aquello era una simple herramienta en sus manos. Sus alas se extendieron y se agitaron violentamente una única vez para apoyar el salto del lunarian, que lo levantaría varios metros para volver a caer al suelo. - <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">Estoy demasiado oxidado...</span></span> - Diría casi en un susurro tan plano como la línea del horizonte. Paró sus movimientos casi de repente, sostuvo el arma entre sus manos, sintiendo el peso de su arma, la cadencia del peso deslizándose en su propio eje.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[El tiempo pasaba y se escapaba de la percepción del lunarian como agua entre los dedos, tan irreversible, tan libre y, sin embargo, aquello no ameritaba lo necesario como para llegar a enfrentar los sentimientos del moreno. Allí en aquella isla donde la danza, la fiesta y la sobriedad convivía en casi perfecta armonía. Donde la libertad de los más pobres, al ser recluidos a las afueras, se anteponía ante la rectitud de la realeza plena en riqueza, movido más hacia el centro de la isla donde los enseres no escaseaban ni faltaba de nada. <br />
<br />
Por una parte el albino sentía más paz en aquellas zonas menos agraciadas, donde se necesitaba menos para estar en paz, sin embargo, le ponía ligeramente nervioso la hospitalidad de los lugareños, aunque agradecido prefería delirar en sus andanzas por la parte más ricas. Allí donde las miradas se clavaban sobre su espalda como dardos envenenados, alguien de fuera, extranjero. ¿Qué querría? Es lo que probablemente ocupaba las inusitadas mentes de sus espectadores. Al menos nadie lo molestaba, lo trataban con indiferencia, como alguien más. Ser invisible permitía a uno actuar para sobrevivir.<br />
<br />
Aquel día había sido largo, se había agenciado un par de panes y algo de lechuga fresca con los que alimentar aquel gran cuerpo de poco más de tres metros y deseaba ocupar su mente en algo más que en sus propios recuerdos. Así fue como sus pasos terminaron encaminándose hacia las afueras, allí donde nadie ni nada más que animales salvajes y maleza lo esperaban. Quizás podría hacerse con alguna pieza de caza, algo de carne que llevarse a la boca. <br />
<br />
El sol hizo su intento de empezar a caer después de la mitad de la tarde, pero Alek mantenía su mirada por encima del horizonte, asegurándose que su vigía y consciencia ralentizaría el tiempo, al menos hasta que se comenzase a encontrar con cañas de azúcar que empezaban a emerger, aunque parecían cortadas, cubriendo hasta su tobillo. Para cuando se quiso dar cuenta se encontraba en un claro con el barullo del gentío como música ambiente. El sol había llegado a su punto perfecto, allí donde teñía de naranja el cielo. Sus alas vibraron, queriéndose quitar el agarrotamiento por no haberlas usado en todo el día y, de un momento a otro, la llama de su espalda adquirió un brillo especial, tenue pero más vivo. Llevó su mano desnuda hasta la empuñadura de su katana y comenzaría a danzar con ella, con calma, con lentitud. No era fino en su técnica, no lo quería ser, aquello era una simple herramienta en sus manos. Sus alas se extendieron y se agitaron violentamente una única vez para apoyar el salto del lunarian, que lo levantaría varios metros para volver a caer al suelo. - <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">Estoy demasiado oxidado...</span></span> - Diría casi en un susurro tan plano como la línea del horizonte. Paró sus movimientos casi de repente, sostuvo el arma entre sus manos, sintiendo el peso de su arma, la cadencia del peso deslizándose en su propio eje.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Pasado] El Chill y el Antichill [Ryota]]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3021</link>
			<pubDate>Sat, 17 Jan 2026 13:13:53 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=557">Kiyoshi Maeda</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=3021</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">28 de Otoño – Año 16<br />
Soleado – 12 del mediodía.</span></div>
<br />
<br />
Le duele absolutamente todo. De hecho, recién se ha parado luego de dos infernales días que los ha dedicado únicamente a descansar. Aún no logra recordar qué fue lo que pasó y cómo es que tanto Owen como él quedaron tan lastimados. Desconoce totalmente que se pelearon en medio de tanta gente, pues el maldito pelirrojo no se ha dignado a decirle la verdad. Ya lo agarrará solo en un momento y lo obligará a abrir la boca. Pero, por ahora, nuestro antipático protagonista únicamente quiere estar tranquilo. En el barco tiende a haber mucho ruido, ya sea la música de Maki, los gritos de Jensen y Owen…<br />
<br />
Mejor salir a pasear un rato. Un médico como Kiyoshi recomienda bastante salir a caminar, es sano para el cuerpo. Así que ya saben, niños, no se queden siempre sentados y salgan a pasear. De ese modo Kiyoshi no les dirá tontos.<br />
<br />
A sus oídos, porque en el puerto de la isla hay varias embarcaciones de diferentes facciones (como si un evento de gran magnitud estuviese a punto de suceder), llegó la información de que en cierta zona de la ciudad hay un campo de cañas de azúcar bastante recomendable de visitar. <br />
<br />
Kiyoshi no es un experto en plantaciones ni nada por el estilo. Su profesión le ha obligado a verse familiarizado con distintos recursos que provienen de la tierra, por lo que no es un área que se escapa del todo de su comprensión. Además, quizás pueda conseguir algo que le permita crear medicamentos para tratar las heridas que tengan los tontos de sus compañeros. No confía en la inteligencia de la mayoría de ellos, por lo que prefiere estar preparado.<br />
<br />
Un dato menor en lo que cruza la ciudad es que muchas personas se voltean a mirarlo como si se tratase de alguien especial. Esto le pone incómodo al ser un hombre que detesta llamar la atención, por lo que solo baja un poco la cabeza y finge no darse cuenta; acelera el paso. Asume que se trata debido a su apariencia. No porque sea guapo o feo, sino por el vendaje que tiene en la cabeza o el parche en la mejilla. <br />
<br />
Aquello está muy alejado de la realidad. Muchos de los aquí presentes estuvieron en ese bar donde se armó la trifulca y muchos pensaron que Kiyoshi perdería la vida. Recordemos que llegó la marina para poner orden, pues muchos muebles se estaban rompiendo por culpa de la pelea entre dos compañeros. Menos mal Owen fue rápido y huyó con él en brazos antes de que llegue la fuerza justiciera.<br />
<br />
Finalmente logra alejarse del montonero de gente y llega a un campo más abierto. Se asegura de comprar un sombrero de paja que lo proteja del sol y se acerca a la plantación. Ahí lo recibe un viejo de unos 60 años, bajito, encorvado, con un gorrito igual al de Kiyoshi. Su rostro expresa desanimo, tristeza, algo le pasa. Realmente eso a Kiyoshi eso no le importa, pero resulta ser el mismo anciano el que reduce la distancia para obligarlo a hablar con él.<br />
<br />
— <span style="color: #008E02;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ay, joven, supiera usted lo mal que lo estamos pasando estos días.</span></span><br />
— <span style="color: #419DC1;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">¿Y a mí que me importa?</span><br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¿Acaso son tan tontos como para no poder llevar bien la plantación? Parece que hacen un buen trabajo.</span></span><br />
—<span style="color: #008E02;" class="mycode_color"> <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Hemos estado cortos de mano de obra… No hay quien coseche o riegue. Nuestros trabajadores están cansados y yo no tengo tanta energía…</span></span><br />
—<span style="color: #419DC1;" class="mycode_color"> <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Yo tampoco podría, demasiado esfuerzo.</span> </span>— Intenta cortar la charla lo más pronto posible.<br />
—<span style="color: #008E02;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> Si alguien pudiera salvarnos…</span></span><br />
<br />
Parece que está todo actuado y este tonto solo esperaba visitantes para engañarlos y obligarlos a trabajar, y gratis posiblemente. Kiyoshi intenta huir, pero el otro insiste.<br />
<br />
— <span style="color: #419DC1;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Debí quedarme en el barco… No, en mi casa. ¿Quién me mandó a viajar? Soy un tonto.</span></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">28 de Otoño – Año 16<br />
Soleado – 12 del mediodía.</span></div>
<br />
<br />
Le duele absolutamente todo. De hecho, recién se ha parado luego de dos infernales días que los ha dedicado únicamente a descansar. Aún no logra recordar qué fue lo que pasó y cómo es que tanto Owen como él quedaron tan lastimados. Desconoce totalmente que se pelearon en medio de tanta gente, pues el maldito pelirrojo no se ha dignado a decirle la verdad. Ya lo agarrará solo en un momento y lo obligará a abrir la boca. Pero, por ahora, nuestro antipático protagonista únicamente quiere estar tranquilo. En el barco tiende a haber mucho ruido, ya sea la música de Maki, los gritos de Jensen y Owen…<br />
<br />
Mejor salir a pasear un rato. Un médico como Kiyoshi recomienda bastante salir a caminar, es sano para el cuerpo. Así que ya saben, niños, no se queden siempre sentados y salgan a pasear. De ese modo Kiyoshi no les dirá tontos.<br />
<br />
A sus oídos, porque en el puerto de la isla hay varias embarcaciones de diferentes facciones (como si un evento de gran magnitud estuviese a punto de suceder), llegó la información de que en cierta zona de la ciudad hay un campo de cañas de azúcar bastante recomendable de visitar. <br />
<br />
Kiyoshi no es un experto en plantaciones ni nada por el estilo. Su profesión le ha obligado a verse familiarizado con distintos recursos que provienen de la tierra, por lo que no es un área que se escapa del todo de su comprensión. Además, quizás pueda conseguir algo que le permita crear medicamentos para tratar las heridas que tengan los tontos de sus compañeros. No confía en la inteligencia de la mayoría de ellos, por lo que prefiere estar preparado.<br />
<br />
Un dato menor en lo que cruza la ciudad es que muchas personas se voltean a mirarlo como si se tratase de alguien especial. Esto le pone incómodo al ser un hombre que detesta llamar la atención, por lo que solo baja un poco la cabeza y finge no darse cuenta; acelera el paso. Asume que se trata debido a su apariencia. No porque sea guapo o feo, sino por el vendaje que tiene en la cabeza o el parche en la mejilla. <br />
<br />
Aquello está muy alejado de la realidad. Muchos de los aquí presentes estuvieron en ese bar donde se armó la trifulca y muchos pensaron que Kiyoshi perdería la vida. Recordemos que llegó la marina para poner orden, pues muchos muebles se estaban rompiendo por culpa de la pelea entre dos compañeros. Menos mal Owen fue rápido y huyó con él en brazos antes de que llegue la fuerza justiciera.<br />
<br />
Finalmente logra alejarse del montonero de gente y llega a un campo más abierto. Se asegura de comprar un sombrero de paja que lo proteja del sol y se acerca a la plantación. Ahí lo recibe un viejo de unos 60 años, bajito, encorvado, con un gorrito igual al de Kiyoshi. Su rostro expresa desanimo, tristeza, algo le pasa. Realmente eso a Kiyoshi eso no le importa, pero resulta ser el mismo anciano el que reduce la distancia para obligarlo a hablar con él.<br />
<br />
— <span style="color: #008E02;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ay, joven, supiera usted lo mal que lo estamos pasando estos días.</span></span><br />
— <span style="color: #419DC1;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">¿Y a mí que me importa?</span><br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¿Acaso son tan tontos como para no poder llevar bien la plantación? Parece que hacen un buen trabajo.</span></span><br />
—<span style="color: #008E02;" class="mycode_color"> <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Hemos estado cortos de mano de obra… No hay quien coseche o riegue. Nuestros trabajadores están cansados y yo no tengo tanta energía…</span></span><br />
—<span style="color: #419DC1;" class="mycode_color"> <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Yo tampoco podría, demasiado esfuerzo.</span> </span>— Intenta cortar la charla lo más pronto posible.<br />
—<span style="color: #008E02;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> Si alguien pudiera salvarnos…</span></span><br />
<br />
Parece que está todo actuado y este tonto solo esperaba visitantes para engañarlos y obligarlos a trabajar, y gratis posiblemente. Kiyoshi intenta huir, pero el otro insiste.<br />
<br />
— <span style="color: #419DC1;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Debí quedarme en el barco… No, en mi casa. ¿Quién me mandó a viajar? Soy un tonto.</span></span>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Social][Pasado] Vestido de nadie se es amigo de todos]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2828</link>
			<pubDate>Fri, 26 Dec 2025 06:56:55 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=447">Akira Raito</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2828</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Día 4 de Primavera, Año 16</span></div>
 <br />
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">El gran aclamado y respetado marine en prácticas, el flipado de Akira Raito, llevaba ya un par de estaciones en el Reino de Samba, pero una noticia bastante dulce le había llegado a los oídos por parte de varios de sus compañeros y muchos otros civiles de la ciudad. Tal vez era un rumor, tal vez no, pero la única manera que tenía que averiguarlo era comprobarlo por sí mismo. <br />
 <br />
Ese rumor era: “La Gran Caña Madre”, o como Akira prefería llamarla, la “mamá cañera”. Se trataba de una caña de azúcar de un tronco que tenía más del doble del grosor de cualquier otra caña, y que, a pesar de mantener la misma altura que el resto, que medían unos tres metros de alto, en su interior contenía el azúcar más dulce que jamás ha probado el reino. Una caña que solo crecía durante la primera semana de primavera y que, según los isleños, a quien al encontraba le traía buenas relaciones, tanto familiares como de amistad, dado su nivel de dulzura. Aunque, por su parte, Akira lo que quería era hincarle el diente.<br />
 <br />
El clima tropical de la isla hacía que a pesar de que fuera primavera, el color llegara a ser sofocante a mitad del día. El zumbido de las cigarras era lo único que competía con la respiración del rubio y el crujido de las hojas que iba apartando a su paso por los cañizales. Hoy era su día libre, así que el joven soldado vestía con una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos de color café y cubría su pelo con un pañuelo también de color blanco. Tal vez, visto de lejos, gracias a ese pañuelo que llevaba en la cabeza se podía confundir con un paisano que trabajaba las cañas, pero las chanclas y la mochila, del mismo color que sus pantalones, dejaban claro que simplemente era alguien que pasaba por allí.<br />
 <br />
En la mochila llevaba un plano de la isla para saber orientarse con propiedad, un chusco pan, un blíster con lomo, un cuchillo y una botella de agua. Sin duda, era alguien que perfectamente podría estar haciendo una ruta por la zona para descubrir lugares nuevos, salvo que ese cuchillo, no solo iba a servirle para cortar el pan y armarse un bocadillo, sino también para cortar a la mamá cañera y pegarle un bocado para comprobar lo dulce del azúcar. <br />
 <br />
Otro de los mitos sobre esta caña de azúcar era que también conseguía curar el mal humor al instante, así que tal vez podría echársela en la comida a alguno de sus superiores que tantas broncas le echaban por desaparecer sin avisar o por gastarles bromas a sus compañeros de escuadrón.<br />
 <br />
Akira avanzaba con paso decidido entre las cañas, había caminos ya hechos, pero sí quería encontrar lo que andaba buscando debía de meterse entre los cañizales apartando los troncos. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente con el brazo. No estaba echando de menos el uniforme de la Marina para nada, si estaba pasando ese calor, no quería ni imaginarse con él puesto. Miró de nuevo el mapa y volvió a levantar la vista, según sus cálculos, el corazón de la plantación debía estar a unos pocos metros.<br />
 <br />
—<span style="color: royalblue;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Venga, que ya casi estamos, solo un poco más… ¡Qué calor!</span></span> —suspiró mirando al cielo y pegándole un trago al agua que llevaba en la botella.<br />
 <br />
Dio un paso más, apartado una pared de tallos verdes del doble de su altura, esperando encontrar un claro entre tanto tronco con la gran caña esperándole en el centro del paisaje despejado. ¿No sería muy simple encontrarla así? Estaría llamando a cualquiera para que fuera a por ella. Poco le importaba ahora mismo, era alguien tan confiado que ni se podía imaginar si iba a ser víctima de alguna trampa de animales o cualquier cosa por el estilo. Pronto su frente se despejó de tanta caña de azúcar y en efecto, ahí estaba la gran caña madre, esperando a que Akira se acercara para cortar un trozo y llevárselo a la ciudad, si de verdad era tan dulce, su próximo movimiento sería hacer de ella una buena cachaça.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Día 4 de Primavera, Año 16</span></div>
 <br />
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">El gran aclamado y respetado marine en prácticas, el flipado de Akira Raito, llevaba ya un par de estaciones en el Reino de Samba, pero una noticia bastante dulce le había llegado a los oídos por parte de varios de sus compañeros y muchos otros civiles de la ciudad. Tal vez era un rumor, tal vez no, pero la única manera que tenía que averiguarlo era comprobarlo por sí mismo. <br />
 <br />
Ese rumor era: “La Gran Caña Madre”, o como Akira prefería llamarla, la “mamá cañera”. Se trataba de una caña de azúcar de un tronco que tenía más del doble del grosor de cualquier otra caña, y que, a pesar de mantener la misma altura que el resto, que medían unos tres metros de alto, en su interior contenía el azúcar más dulce que jamás ha probado el reino. Una caña que solo crecía durante la primera semana de primavera y que, según los isleños, a quien al encontraba le traía buenas relaciones, tanto familiares como de amistad, dado su nivel de dulzura. Aunque, por su parte, Akira lo que quería era hincarle el diente.<br />
 <br />
El clima tropical de la isla hacía que a pesar de que fuera primavera, el color llegara a ser sofocante a mitad del día. El zumbido de las cigarras era lo único que competía con la respiración del rubio y el crujido de las hojas que iba apartando a su paso por los cañizales. Hoy era su día libre, así que el joven soldado vestía con una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos de color café y cubría su pelo con un pañuelo también de color blanco. Tal vez, visto de lejos, gracias a ese pañuelo que llevaba en la cabeza se podía confundir con un paisano que trabajaba las cañas, pero las chanclas y la mochila, del mismo color que sus pantalones, dejaban claro que simplemente era alguien que pasaba por allí.<br />
 <br />
En la mochila llevaba un plano de la isla para saber orientarse con propiedad, un chusco pan, un blíster con lomo, un cuchillo y una botella de agua. Sin duda, era alguien que perfectamente podría estar haciendo una ruta por la zona para descubrir lugares nuevos, salvo que ese cuchillo, no solo iba a servirle para cortar el pan y armarse un bocadillo, sino también para cortar a la mamá cañera y pegarle un bocado para comprobar lo dulce del azúcar. <br />
 <br />
Otro de los mitos sobre esta caña de azúcar era que también conseguía curar el mal humor al instante, así que tal vez podría echársela en la comida a alguno de sus superiores que tantas broncas le echaban por desaparecer sin avisar o por gastarles bromas a sus compañeros de escuadrón.<br />
 <br />
Akira avanzaba con paso decidido entre las cañas, había caminos ya hechos, pero sí quería encontrar lo que andaba buscando debía de meterse entre los cañizales apartando los troncos. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente con el brazo. No estaba echando de menos el uniforme de la Marina para nada, si estaba pasando ese calor, no quería ni imaginarse con él puesto. Miró de nuevo el mapa y volvió a levantar la vista, según sus cálculos, el corazón de la plantación debía estar a unos pocos metros.<br />
 <br />
—<span style="color: royalblue;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Venga, que ya casi estamos, solo un poco más… ¡Qué calor!</span></span> —suspiró mirando al cielo y pegándole un trago al agua que llevaba en la botella.<br />
 <br />
Dio un paso más, apartado una pared de tallos verdes del doble de su altura, esperando encontrar un claro entre tanto tronco con la gran caña esperándole en el centro del paisaje despejado. ¿No sería muy simple encontrarla así? Estaría llamando a cualquiera para que fuera a por ella. Poco le importaba ahora mismo, era alguien tan confiado que ni se podía imaginar si iba a ser víctima de alguna trampa de animales o cualquier cosa por el estilo. Pronto su frente se despejó de tanta caña de azúcar y en efecto, ahí estaba la gran caña madre, esperando a que Akira se acercara para cortar un trozo y llevárselo a la ciudad, si de verdad era tan dulce, su próximo movimiento sería hacer de ella una buena cachaça.</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[FIC | Presente Relativo] El punto de Desliz]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2771</link>
			<pubDate>Fri, 19 Dec 2025 02:02:03 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=638">Asherah Bel-Nadin</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2771</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">》Otoño del año 16</span></div>
<br />
<br />
Entendí bastante tarde que quedarse cerca del río no era un gesto político ni una pose romántica. Era, simplemente, una forma de no mentirme. Yo podía pagar piedra, azulejos fríos, camas anchas y balcones con plantas bien regadas. Podía hacerlo sin esfuerzo, sin negociar, sin pensar. Justamente por eso no lo hacía. No porque la comodidad fuera pecado, sino porque no quería que el dinero decidiera por mí cada paso. Es todo un tema darse cuenta de que la brújula moral no siempre apunta al norte correcto, sino al que incomoda.<br />
<br />
Samba me había recibido sin preguntas. Yo llevaba semanas —quizás más— instalada en una casa humilde, de madera firme y espíritu cansado, cerca de donde la gente habla fuerte, ríe sin permiso y baila cuando la bronca se vuelve insoportable. Vine a mirar. A escuchar. A comerciar, también, porque no sé vivir sin intercambiar algo: palabras, gestos, joyas, silencios.<br />
<br />
Ser comerciante no es vender cosas. Es entender deseos antes de que el otro los sepa nombrar.<br />
<br />
Mi familia me enseñó eso desde chica. A reconocer la pureza en una piedra y la trampa en una sonrisa. A saber cuándo una oferta es un insulto envuelto en terciopelo. A moverme en salas donde el aire pesa más que el oro. Todo eso lo traje conmigo, claro. No se deja atrás tan fácil. Pero también traje otra cosa: una curiosidad que no pide permiso y una empatía que, a veces, se me va de las manos.<br />
<br />
El Centro de Danza se volvió mi punto fijo. No porque yo bailara bien —no lo hago, sólo me gusta verme bien— sino porque ahí el cuerpo se vuelve honesto. La danza no era espectáculo; era catarsis. Cuando el día se volvía pesado, la gente golpeaba el suelo con los pies como si pudiera sacudir la desgracia hasta que cayera al piso. Ahí soy un cuerpo más que transpira, que observa, que a veces alcanza agua, a veces se queda sentada escuchando historias que no me pertenecen pero me atraviesan igual.<br />
<br />
Me gusta cómo me miran sin miedo. No como si fuera invisible, tampoco como si fuera una amenaza. Es una mirada distinta, una que dice “esta no viene a quitarnos nada”. Y no vengo. Vine a sumar, aunque sea poco.<br />
<br />
Ese día empezó como cualquier otro: calor pegajoso, risas apagadas, el sonido constante del río marcando el pulso. Yo había salido temprano a revisar unos intercambios menores —telas, cuentas de vidrio, herramientas simples— porque el comercio chico también sostiene mundos. Al volver, noté el movimiento raro pasando por los cañaverales: voces tensas, pasos apurados, una inquietud que se pegaba a la piel.<br />
<br />
Algo no cerraba. Nunca cierra del todo cuando está por pasar algo importante.<br />
<br />
Me acerqué sin apuro. El apuro suele empeorar las cosas. Había trabajadores del campo del otro lado del cauce, atrapados por una crecida traicionera. No era la primera vez que pasaba, pero esta venía más brava. El barro se había vuelto una boca abierta, y el río, que suele ser paciente, ese día tenía humor de animal.<br />
<br />
No era una escena dramática; era peor: era cotidiana. Y lo cotidiano, cuando se descompone, cuesta más verlo.<br />
<br />
Me di cuenta antes de que alguien gritara.<br />
<br />
No fue un estruendo. Fue un sonido seco, breve, como cuando algo se rinde sin pedir permiso. Madera cediendo. Un chasquido torcido. La plataforma improvisada —dos tablones gruesos apoyados sobre pilotes medio enterrados— no se rompió del todo, pero se venció lo justo para volverse traicionera. El peso mal repartido hizo el resto.<br />
<br />
Un hombre quedó inclinado hacia adelante, aferrado a un poste lateral. El pibe, que venía atrás, pisó donde ya no había apoyo. La tabla se hundió un poco más y el barro, paciente como siempre, se abrió para recibirlo. La pierna derecha se le fue hasta media pantorrilla. No cayó. Quedó atrapado. Eso es peor.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">— ¡No te muevas! —</span> le gritó alguien, demasiado tarde.<br />
<br />
El río no te arrastra de golpe; te roba estabilidad de a poco. El agua empuja desde abajo, el barro tira desde adentro. En la superficie parece firme, casi confiable, pero apenas cedés un centímetro se vuelve otra cosa: blando, paciente, diseñado para abrazar lo que entra. No te traga por violencia, sino por insistencia. Entre los dos, te convencen de que pelear es inútil.<br />
<br />
El pibe tironeó instintivamente. El zapato hizo ese ruido húmedo, succionado, que te eriza la nuca. Se trabó más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— ¡Pará! —</span> dije yo, avanzando <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No hagas fuerza así.</span><br />
<br />
Algunos me miraron recién ahí, como si me materializara en ese instante. No corrí. Correr en suelo blando es pedirle al cuerpo que se equivoque. Avancé despacio, midiendo cada paso, buscando las zonas donde el barro todavía tenía memoria de firmeza.<br />
<br />
Las alas, plegadas, me rozaban la espalda. Las sentía pesadas, presentes. A veces olvido que no todo el mundo tiene una segunda opción para el equilibrio. Me detuve a un metro del borde traicionero, clavé bien los pies, bajé el centro de gravedad.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Escuchen —</span> dije, sin levantar la voz <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Si entran todos juntos, el piso se va a abrir más. Necesito espacio.</span><br />
<br />
No fue una orden. Fue una lectura. Y la entendieron.<br />
<br />
El hombre mayor estaba inclinado en un ángulo incómodo, el cuerpo rígido de tanto sostenerse. Si soltaba una mano, se iba. El pibe respiraba corto, los ojos enormes, clavados en el agua marrón que ya le besaba el tobillo.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Eh —</span> le dije al chico <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Mirame un segundo.</span><br />
<br />
Me buscó con la mirada. Bien.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No intentés sacar el pie todavía —</span> seguí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— El barro no funciona así. Cuanto más tirás, más te abraza. Es todo un tema, pero vamos por partes.</span><br />
<br />
Extendí un ala.<br />
<br />
No para volar. No hacía falta. La abrí lo suficiente para que tocara tierra firme detrás mío, creando una superficie amplia, pesada, estable. La pluma contra el suelo hizo un sonido sordo. Usé el ala como ancla y como barrera, un respaldo contra el cual podía inclinarme sin perder equilibrio.<br />
<br />
Me agaché despacio. Sentí los músculos tensarse, el peso repartirse entre piernas y ala. No estaba haciendo fuerza bruta; estaba negociando con la física apañada por mi tamaño.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Vos —</span> le dije al hombre <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— no te muevas todavía. Aflojá los hombros. Si te tensás más, te cansarás antes.</span><br />
<br />
El hombre me miró con desconfianza, pero obedeció. El cansancio ya le estaba ganando igual.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahora vos —</span> volví al pibe <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Quiero que hagas algo raro: relajá la pierna atrapada.</span><br />
<br />
<span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— No puedo —</span> dijo, casi llorando <span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— Se me va…</span><br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No se te va —</span> respondí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— El río empuja, pero yo estoy acá. Confiá un segundo.</span><br />
<br />
Me incliné un poco más y apoyé la mano en la tabla hundida, no para tirar, sino para estabilizarla. La madera crujió, pero aguantó.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Escuchame bien —</span> seguí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Vas a mover el pie apenas, en círculos chicos. No hacia arriba. Alrededor. Como si dibujaras una moneda en el barro.</span><br />
<br />
Lo hizo. Mal, al principio. El barro chupo más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Despacio —</span> dije <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No le ganes. Convencelo.</span><br />
<br />
Respiré hondo, exageradamente, para que me copiara. Lo hizo. El movimiento se volvió más lento, más consciente. El barro empezó a aflojar. Se siente distinto cuando deja de ser enemigo y pasa a ser obstáculo.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Bien —</span> suspiré apenas más relajada, sin quitarme la cautela de encima <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahora, cuando te diga, vas a apoyar el peso en la otra pierna.</span><br />
<br />
Del lado firme, dos personas ya habían conseguido una soga. Se la pasaron al hombre mayor primero.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Agarrá —</span> le indiqué a este <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Pero no tires. Dejá que te saquen.</span><br />
<br />
El hombre asintió y lentamente se enredó la cuerda desde el antebrazo. Cuando se tensó, lo guié con palabras: un paso corto, un cambio de peso, otro. El ala seguía firme detrás mío, sosteniéndome mientras yo me inclinaba más de lo que sería prudente sin ese apoyo.<br />
<br />
El hombre salió. Jadeando, embarrado, pero vivo. Alguien lo sostuvo del otro lado. El tablón continuaba crujiendo pero sin vistas a romperse.<br />
<br />
Volví al pibe.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Bueno —</span> dije mientras unas gotas gordas de sudor bajaban por mi frente <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahora sí. Cuando cuente tres, pasás el peso a la pierna libre y sacás la otra. No saltes. Caminá.</span><br />
<br />
<span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— ¿Y si me caigo?</span><br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No te caés —</span> respondí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Yo no te suelto.</span><br />
<br />
No era una promesa heroica. Era literal. Tenía el ala plantada, el cuerpo bien puesto. Podía sostenerlo.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Uno —</span> conté.<br />
<br />
El pibe respiró.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Dos.</span><br />
<br />
El barro cedió un poco más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Tres.</span><br />
<br />
El movimiento fue torpe, pero correcto. El pie salió con un sonido asqueroso. El equilibrio tambaleó. Me incliné más, el ala raspó la tierra, los músculos protestaron.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahí —</span> dije en un alarido <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Seguime.</span><br />
<br />
Dos pasos cortos. Nada elegante. Nada épico. Solo humano. Cuando el pibe pisó tierra firme, alguien lo agarró de la remera y lo terminó de sacar.<br />
<br />
Hubo un silencio raro, de esos que duran menos de un segundo pero pesan. Después, un aplauso aislado. Alguien se santiguó. Otro se rió por nervios.<br />
<br />
Yo solté el aire que no sabía que estaba aguantando.<br />
<br />
Me incorporé despacio, menos mal había entrenado lo  suficiente con zumba para que mis piernas aguantaran el cierre lento. El ala volvió a plegarse con un roce suave salpicando barro. Me acomodé la tiara casi sin pensar; el gesto me ordena. Las pulseras sonaron bajito cuando bajé los brazos.<br />
<br />
El pibe me miraba como si hubiera visto algo extraordinario. No lo había sido. Yo tenía barro hasta las rodillas, el corazón todavía acelerado y ese cansancio sordo en los músculos que aparece cuando el cuerpo entiende, recién después, que estuvo al límite.<br />
<br />
<span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— Gracias —</span> dijo, con la voz rota pero firme ahora, como si decirlo lo anclara de nuevo al mundo.<br />
<br />
Asentí apenas, siempre con una sonrisa neutra: sin ser socarrona, pero lo suficientemente simple para agradar.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— De nada — </span>respondí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— El río siempre avisa antes de morder. Hay que escucharlo... es todo un tema.</span><br />
<br />
No dije nada más. No hacía falta. Lo vi alejarse con el hombre mayor, rodeados de manos que ahora sí sabían dónde ponerse. Alguien alcanzó una manta. Otro acomodó la soga para que quedara fija. El trabajo volvió a organizarse solo, como si el susto hubiera servido para ajustar engranajes invisibles.<br />
<br />
Me quedé un rato más, apoyada en el peso del cuerpo y claramente alejada de la orilla, dejando que la respiración encontrara su ritmo normal. El barro empezaba a secarse en la piel, tirante. Las alas, plegadas, dolían apenas: una molestia honesta, de las que recuerdan que una estuvo presente de verdad. Me acomodé la tiara con un gesto distraído una vez más, tanto por costumbre como por vanidad. El sonido de las pulseras me devolvió a mí.<br />
<br />
Cuando estuve segura de que nadie necesitaba nada —ni indicaciones, ni brazos, ni calma prestada— me alejé del río. No miré atrás. No porque no importara, sino porque ya estaba resuelto.<br />
<br />
Seguí con mi día.<br />
<br />
Fue más tarde, ya entrada la noche, cuando apareció la recompensa. No envuelta en solemnidad ni cargada de símbolos. Apareció como aparecen las cosas verdaderas: de manera práctica.<br />
<br />
Una mujer me alcanzó cerca del Centro de Danza. No la conocía bien; la había visto otras veces, siempre con las manos ocupadas y el ceño fruncido de quien piensa más de lo que habla; la vi durante lo de los cañaverales. Traía un cuenco de madera, tapado con una hoja grande.<br />
<br />
<span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Toma —</span> me dijo, tosca pero sin conferirle seriedad al asunto <span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Para ti.</span><br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— ¿Y esto? Si es por lo del río... No hacía falta —</span> respondí, sincera.<br />
<br />
<span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Ya sé —</span> dijo ella negando con la cabeza <span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Por eso.</span><br />
<br />
Lo destapó apenas. Era una ensalada. Frutas tropicales, hojas verdes, semillas, todo mezclado con ese criterio despreocupado que tienen las cocinas donde se cocina para alimentar, no para impresionar. Entre los colores, algo llamó mi atención: una fruta entera, redonda, de piel espiralada, colocada ahí como si fuera una más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— ¿Y eso? —</span> pregunté, señalándola.<br />
<br />
<span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— De la selva —</span> respondió <span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Crece poco. Dura nada si la cortas. Mejor comerla así.</span><br />
<br />
No olía a nada. O yo no lo percibía. Me encogí de hombros. Hambre tenía. Agradecí y tan pronto como la doña apareció, así es que se fue. Me senté en el escalón de madera del Centro, sola, y comí.<br />
<br />
Primero lo demás. Las hojas, el dulzor familiar de algunas frutas, la frescura necesaria después del calor. Dejé la rara para el final. La tomé con la mano, la pesé un poco. Era firme. Bonita, de una forma extraña que... me recordaba a un melocotón bien gordo y suculento.<br />
<br />
Le di un mordisco y se me frunció la cara.<br />
<br />
El sabor fue una traición inmediata: Amargo, áspero, como si alguien hubiera concentrado todo lo desagradable del mundo en una pulpa compacta. Hice una mueca sin poder evitarlo, me reí sola con esa risa mía que suena a resoplido elegante.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Hhh-heh-hhh... Qué hija de puta… —</span> murmuré, pero seguí.<br />
<br />
No iba a escupirla. Me enseñaron a no desperdiciar lo que se ofrece de buena fe. La comí entera, tragando con dificultad, tomando agua después. Cuando terminé, me sentí rara, pero no distinta. Pensé que era por el asco.<br />
<br />
No pasó nada en ese momento.<br />
<br />
Volví al alojamiento y el resto de la noche permaneció tranquila. Me fui a dormir con el cuerpo cansado y la cabeza llena de imágenes del día. Soñé con superficies lisas, con pendientes interminables, con manos que no logran aferrarse. No les di importancia.<br />
<br />
El cambio llegó al día siguiente.<br />
<br />
Estaba de nuevo en el Centro de Danza, temprano, ayudando a limpiar. Agua en el piso, trapos gastados, ese olor a madera húmeda que se te mete en la ropa. Me agaché, apoyé la mano… y el suelo me negó.<br />
<br />
No caí. Me deslicé rebotando graciosamente con lo más abultado de mis senos al piso.<br />
<br />
Fue sutil, pero inconfundible. Como si mi cuerpo hubiera perdido fricción. Me incorporé de golpe, el corazón acelerado. Apoyé la palma de la otra mano por inercia contra el piso en la parte seca, con cuidado.<br />
<br />
Resbalé también, esta vez casi dándome la jeta al suelo.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">— ¿Estás bien? —</span> preguntó alguien.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Sí —</span> dije, demasiado rápido <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Manotazo rápido de ahogado en tierra.</span><br />
<br />
Pero no era distracción. Me moví un poco más. El agua no se me pegaba a la piel. El trapo se me escapaba de las manos como si yo fuera la parte lisa de la ecuación.<br />
<br />
Me enderecé despacio haciendo balanceo con el trasero. Sentí una mezcla rara de fascinación y rechazo. Esto sí era nuevo. Esto no era cansancio ni sugestión.<br />
<br />
Pasaron las horas. El efecto seguía ahí, constante. No violento. No agresivo. Simplemente… presente en mis manos. Mi cuerpo rechazaba el agarre, el roce firme, la presión prolongada. Todo tendía a deslizarse.<br />
<br />
Recién entonces entendí.<br />
<br />
La fruta. El sabor imposible. El sueño extraño.<br />
<br />
¿Acaso la doña me había dado una de esas famosas frutas del diablo?<br />
<br />
No dije nada. No hacía falta nombrarlo en voz alta todavía. Algunas cosas necesitan asentarse antes de ser pensadas.<br />
<br />
Al atardecer me acerqué al río, con cuidado. Metí apenas la punta de la mano en el agua. El frío me atravesó. El peso me tiró hacia abajo más de lo esperado. Retrocedí enseguida con el pulso acelerado...<br />
<br />
Ahí lo comprendí del todo, o más o menos.<br />
<br />
No era invencible. No era fuerte. No era un arma.<br />
<br />
Era una superficie.<br />
<br />
Una defensa silenciosa para alguien que nunca quiso pelear.<br />
<br />
Me senté en la orilla, lejos del borde traicionero, y dejé que el día terminara. Sonreí, sin saber bien por qué.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Y bueno —</span> me dije, al mismo tono de siempre <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Es todo un tema… pero hay que remarla.</span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">》Otoño del año 16</span></div>
<br />
<br />
Entendí bastante tarde que quedarse cerca del río no era un gesto político ni una pose romántica. Era, simplemente, una forma de no mentirme. Yo podía pagar piedra, azulejos fríos, camas anchas y balcones con plantas bien regadas. Podía hacerlo sin esfuerzo, sin negociar, sin pensar. Justamente por eso no lo hacía. No porque la comodidad fuera pecado, sino porque no quería que el dinero decidiera por mí cada paso. Es todo un tema darse cuenta de que la brújula moral no siempre apunta al norte correcto, sino al que incomoda.<br />
<br />
Samba me había recibido sin preguntas. Yo llevaba semanas —quizás más— instalada en una casa humilde, de madera firme y espíritu cansado, cerca de donde la gente habla fuerte, ríe sin permiso y baila cuando la bronca se vuelve insoportable. Vine a mirar. A escuchar. A comerciar, también, porque no sé vivir sin intercambiar algo: palabras, gestos, joyas, silencios.<br />
<br />
Ser comerciante no es vender cosas. Es entender deseos antes de que el otro los sepa nombrar.<br />
<br />
Mi familia me enseñó eso desde chica. A reconocer la pureza en una piedra y la trampa en una sonrisa. A saber cuándo una oferta es un insulto envuelto en terciopelo. A moverme en salas donde el aire pesa más que el oro. Todo eso lo traje conmigo, claro. No se deja atrás tan fácil. Pero también traje otra cosa: una curiosidad que no pide permiso y una empatía que, a veces, se me va de las manos.<br />
<br />
El Centro de Danza se volvió mi punto fijo. No porque yo bailara bien —no lo hago, sólo me gusta verme bien— sino porque ahí el cuerpo se vuelve honesto. La danza no era espectáculo; era catarsis. Cuando el día se volvía pesado, la gente golpeaba el suelo con los pies como si pudiera sacudir la desgracia hasta que cayera al piso. Ahí soy un cuerpo más que transpira, que observa, que a veces alcanza agua, a veces se queda sentada escuchando historias que no me pertenecen pero me atraviesan igual.<br />
<br />
Me gusta cómo me miran sin miedo. No como si fuera invisible, tampoco como si fuera una amenaza. Es una mirada distinta, una que dice “esta no viene a quitarnos nada”. Y no vengo. Vine a sumar, aunque sea poco.<br />
<br />
Ese día empezó como cualquier otro: calor pegajoso, risas apagadas, el sonido constante del río marcando el pulso. Yo había salido temprano a revisar unos intercambios menores —telas, cuentas de vidrio, herramientas simples— porque el comercio chico también sostiene mundos. Al volver, noté el movimiento raro pasando por los cañaverales: voces tensas, pasos apurados, una inquietud que se pegaba a la piel.<br />
<br />
Algo no cerraba. Nunca cierra del todo cuando está por pasar algo importante.<br />
<br />
Me acerqué sin apuro. El apuro suele empeorar las cosas. Había trabajadores del campo del otro lado del cauce, atrapados por una crecida traicionera. No era la primera vez que pasaba, pero esta venía más brava. El barro se había vuelto una boca abierta, y el río, que suele ser paciente, ese día tenía humor de animal.<br />
<br />
No era una escena dramática; era peor: era cotidiana. Y lo cotidiano, cuando se descompone, cuesta más verlo.<br />
<br />
Me di cuenta antes de que alguien gritara.<br />
<br />
No fue un estruendo. Fue un sonido seco, breve, como cuando algo se rinde sin pedir permiso. Madera cediendo. Un chasquido torcido. La plataforma improvisada —dos tablones gruesos apoyados sobre pilotes medio enterrados— no se rompió del todo, pero se venció lo justo para volverse traicionera. El peso mal repartido hizo el resto.<br />
<br />
Un hombre quedó inclinado hacia adelante, aferrado a un poste lateral. El pibe, que venía atrás, pisó donde ya no había apoyo. La tabla se hundió un poco más y el barro, paciente como siempre, se abrió para recibirlo. La pierna derecha se le fue hasta media pantorrilla. No cayó. Quedó atrapado. Eso es peor.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">— ¡No te muevas! —</span> le gritó alguien, demasiado tarde.<br />
<br />
El río no te arrastra de golpe; te roba estabilidad de a poco. El agua empuja desde abajo, el barro tira desde adentro. En la superficie parece firme, casi confiable, pero apenas cedés un centímetro se vuelve otra cosa: blando, paciente, diseñado para abrazar lo que entra. No te traga por violencia, sino por insistencia. Entre los dos, te convencen de que pelear es inútil.<br />
<br />
El pibe tironeó instintivamente. El zapato hizo ese ruido húmedo, succionado, que te eriza la nuca. Se trabó más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— ¡Pará! —</span> dije yo, avanzando <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No hagas fuerza así.</span><br />
<br />
Algunos me miraron recién ahí, como si me materializara en ese instante. No corrí. Correr en suelo blando es pedirle al cuerpo que se equivoque. Avancé despacio, midiendo cada paso, buscando las zonas donde el barro todavía tenía memoria de firmeza.<br />
<br />
Las alas, plegadas, me rozaban la espalda. Las sentía pesadas, presentes. A veces olvido que no todo el mundo tiene una segunda opción para el equilibrio. Me detuve a un metro del borde traicionero, clavé bien los pies, bajé el centro de gravedad.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Escuchen —</span> dije, sin levantar la voz <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Si entran todos juntos, el piso se va a abrir más. Necesito espacio.</span><br />
<br />
No fue una orden. Fue una lectura. Y la entendieron.<br />
<br />
El hombre mayor estaba inclinado en un ángulo incómodo, el cuerpo rígido de tanto sostenerse. Si soltaba una mano, se iba. El pibe respiraba corto, los ojos enormes, clavados en el agua marrón que ya le besaba el tobillo.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Eh —</span> le dije al chico <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Mirame un segundo.</span><br />
<br />
Me buscó con la mirada. Bien.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No intentés sacar el pie todavía —</span> seguí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— El barro no funciona así. Cuanto más tirás, más te abraza. Es todo un tema, pero vamos por partes.</span><br />
<br />
Extendí un ala.<br />
<br />
No para volar. No hacía falta. La abrí lo suficiente para que tocara tierra firme detrás mío, creando una superficie amplia, pesada, estable. La pluma contra el suelo hizo un sonido sordo. Usé el ala como ancla y como barrera, un respaldo contra el cual podía inclinarme sin perder equilibrio.<br />
<br />
Me agaché despacio. Sentí los músculos tensarse, el peso repartirse entre piernas y ala. No estaba haciendo fuerza bruta; estaba negociando con la física apañada por mi tamaño.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Vos —</span> le dije al hombre <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— no te muevas todavía. Aflojá los hombros. Si te tensás más, te cansarás antes.</span><br />
<br />
El hombre me miró con desconfianza, pero obedeció. El cansancio ya le estaba ganando igual.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahora vos —</span> volví al pibe <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Quiero que hagas algo raro: relajá la pierna atrapada.</span><br />
<br />
<span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— No puedo —</span> dijo, casi llorando <span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— Se me va…</span><br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No se te va —</span> respondí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— El río empuja, pero yo estoy acá. Confiá un segundo.</span><br />
<br />
Me incliné un poco más y apoyé la mano en la tabla hundida, no para tirar, sino para estabilizarla. La madera crujió, pero aguantó.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Escuchame bien —</span> seguí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Vas a mover el pie apenas, en círculos chicos. No hacia arriba. Alrededor. Como si dibujaras una moneda en el barro.</span><br />
<br />
Lo hizo. Mal, al principio. El barro chupo más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Despacio —</span> dije <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No le ganes. Convencelo.</span><br />
<br />
Respiré hondo, exageradamente, para que me copiara. Lo hizo. El movimiento se volvió más lento, más consciente. El barro empezó a aflojar. Se siente distinto cuando deja de ser enemigo y pasa a ser obstáculo.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Bien —</span> suspiré apenas más relajada, sin quitarme la cautela de encima <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahora, cuando te diga, vas a apoyar el peso en la otra pierna.</span><br />
<br />
Del lado firme, dos personas ya habían conseguido una soga. Se la pasaron al hombre mayor primero.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Agarrá —</span> le indiqué a este <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Pero no tires. Dejá que te saquen.</span><br />
<br />
El hombre asintió y lentamente se enredó la cuerda desde el antebrazo. Cuando se tensó, lo guié con palabras: un paso corto, un cambio de peso, otro. El ala seguía firme detrás mío, sosteniéndome mientras yo me inclinaba más de lo que sería prudente sin ese apoyo.<br />
<br />
El hombre salió. Jadeando, embarrado, pero vivo. Alguien lo sostuvo del otro lado. El tablón continuaba crujiendo pero sin vistas a romperse.<br />
<br />
Volví al pibe.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Bueno —</span> dije mientras unas gotas gordas de sudor bajaban por mi frente <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahora sí. Cuando cuente tres, pasás el peso a la pierna libre y sacás la otra. No saltes. Caminá.</span><br />
<br />
<span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— ¿Y si me caigo?</span><br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— No te caés —</span> respondí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Yo no te suelto.</span><br />
<br />
No era una promesa heroica. Era literal. Tenía el ala plantada, el cuerpo bien puesto. Podía sostenerlo.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Uno —</span> conté.<br />
<br />
El pibe respiró.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Dos.</span><br />
<br />
El barro cedió un poco más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Tres.</span><br />
<br />
El movimiento fue torpe, pero correcto. El pie salió con un sonido asqueroso. El equilibrio tambaleó. Me incliné más, el ala raspó la tierra, los músculos protestaron.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Ahí —</span> dije en un alarido <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Seguime.</span><br />
<br />
Dos pasos cortos. Nada elegante. Nada épico. Solo humano. Cuando el pibe pisó tierra firme, alguien lo agarró de la remera y lo terminó de sacar.<br />
<br />
Hubo un silencio raro, de esos que duran menos de un segundo pero pesan. Después, un aplauso aislado. Alguien se santiguó. Otro se rió por nervios.<br />
<br />
Yo solté el aire que no sabía que estaba aguantando.<br />
<br />
Me incorporé despacio, menos mal había entrenado lo  suficiente con zumba para que mis piernas aguantaran el cierre lento. El ala volvió a plegarse con un roce suave salpicando barro. Me acomodé la tiara casi sin pensar; el gesto me ordena. Las pulseras sonaron bajito cuando bajé los brazos.<br />
<br />
El pibe me miraba como si hubiera visto algo extraordinario. No lo había sido. Yo tenía barro hasta las rodillas, el corazón todavía acelerado y ese cansancio sordo en los músculos que aparece cuando el cuerpo entiende, recién después, que estuvo al límite.<br />
<br />
<span style="color: darkgreen;" class="mycode_color">— Gracias —</span> dijo, con la voz rota pero firme ahora, como si decirlo lo anclara de nuevo al mundo.<br />
<br />
Asentí apenas, siempre con una sonrisa neutra: sin ser socarrona, pero lo suficientemente simple para agradar.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— De nada — </span>respondí <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— El río siempre avisa antes de morder. Hay que escucharlo... es todo un tema.</span><br />
<br />
No dije nada más. No hacía falta. Lo vi alejarse con el hombre mayor, rodeados de manos que ahora sí sabían dónde ponerse. Alguien alcanzó una manta. Otro acomodó la soga para que quedara fija. El trabajo volvió a organizarse solo, como si el susto hubiera servido para ajustar engranajes invisibles.<br />
<br />
Me quedé un rato más, apoyada en el peso del cuerpo y claramente alejada de la orilla, dejando que la respiración encontrara su ritmo normal. El barro empezaba a secarse en la piel, tirante. Las alas, plegadas, dolían apenas: una molestia honesta, de las que recuerdan que una estuvo presente de verdad. Me acomodé la tiara con un gesto distraído una vez más, tanto por costumbre como por vanidad. El sonido de las pulseras me devolvió a mí.<br />
<br />
Cuando estuve segura de que nadie necesitaba nada —ni indicaciones, ni brazos, ni calma prestada— me alejé del río. No miré atrás. No porque no importara, sino porque ya estaba resuelto.<br />
<br />
Seguí con mi día.<br />
<br />
Fue más tarde, ya entrada la noche, cuando apareció la recompensa. No envuelta en solemnidad ni cargada de símbolos. Apareció como aparecen las cosas verdaderas: de manera práctica.<br />
<br />
Una mujer me alcanzó cerca del Centro de Danza. No la conocía bien; la había visto otras veces, siempre con las manos ocupadas y el ceño fruncido de quien piensa más de lo que habla; la vi durante lo de los cañaverales. Traía un cuenco de madera, tapado con una hoja grande.<br />
<br />
<span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Toma —</span> me dijo, tosca pero sin conferirle seriedad al asunto <span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Para ti.</span><br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— ¿Y esto? Si es por lo del río... No hacía falta —</span> respondí, sincera.<br />
<br />
<span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Ya sé —</span> dijo ella negando con la cabeza <span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Por eso.</span><br />
<br />
Lo destapó apenas. Era una ensalada. Frutas tropicales, hojas verdes, semillas, todo mezclado con ese criterio despreocupado que tienen las cocinas donde se cocina para alimentar, no para impresionar. Entre los colores, algo llamó mi atención: una fruta entera, redonda, de piel espiralada, colocada ahí como si fuera una más.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— ¿Y eso? —</span> pregunté, señalándola.<br />
<br />
<span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— De la selva —</span> respondió <span style="color: firebrick;" class="mycode_color">— Crece poco. Dura nada si la cortas. Mejor comerla así.</span><br />
<br />
No olía a nada. O yo no lo percibía. Me encogí de hombros. Hambre tenía. Agradecí y tan pronto como la doña apareció, así es que se fue. Me senté en el escalón de madera del Centro, sola, y comí.<br />
<br />
Primero lo demás. Las hojas, el dulzor familiar de algunas frutas, la frescura necesaria después del calor. Dejé la rara para el final. La tomé con la mano, la pesé un poco. Era firme. Bonita, de una forma extraña que... me recordaba a un melocotón bien gordo y suculento.<br />
<br />
Le di un mordisco y se me frunció la cara.<br />
<br />
El sabor fue una traición inmediata: Amargo, áspero, como si alguien hubiera concentrado todo lo desagradable del mundo en una pulpa compacta. Hice una mueca sin poder evitarlo, me reí sola con esa risa mía que suena a resoplido elegante.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Hhh-heh-hhh... Qué hija de puta… —</span> murmuré, pero seguí.<br />
<br />
No iba a escupirla. Me enseñaron a no desperdiciar lo que se ofrece de buena fe. La comí entera, tragando con dificultad, tomando agua después. Cuando terminé, me sentí rara, pero no distinta. Pensé que era por el asco.<br />
<br />
No pasó nada en ese momento.<br />
<br />
Volví al alojamiento y el resto de la noche permaneció tranquila. Me fui a dormir con el cuerpo cansado y la cabeza llena de imágenes del día. Soñé con superficies lisas, con pendientes interminables, con manos que no logran aferrarse. No les di importancia.<br />
<br />
El cambio llegó al día siguiente.<br />
<br />
Estaba de nuevo en el Centro de Danza, temprano, ayudando a limpiar. Agua en el piso, trapos gastados, ese olor a madera húmeda que se te mete en la ropa. Me agaché, apoyé la mano… y el suelo me negó.<br />
<br />
No caí. Me deslicé rebotando graciosamente con lo más abultado de mis senos al piso.<br />
<br />
Fue sutil, pero inconfundible. Como si mi cuerpo hubiera perdido fricción. Me incorporé de golpe, el corazón acelerado. Apoyé la palma de la otra mano por inercia contra el piso en la parte seca, con cuidado.<br />
<br />
Resbalé también, esta vez casi dándome la jeta al suelo.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">— ¿Estás bien? —</span> preguntó alguien.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Sí —</span> dije, demasiado rápido <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Manotazo rápido de ahogado en tierra.</span><br />
<br />
Pero no era distracción. Me moví un poco más. El agua no se me pegaba a la piel. El trapo se me escapaba de las manos como si yo fuera la parte lisa de la ecuación.<br />
<br />
Me enderecé despacio haciendo balanceo con el trasero. Sentí una mezcla rara de fascinación y rechazo. Esto sí era nuevo. Esto no era cansancio ni sugestión.<br />
<br />
Pasaron las horas. El efecto seguía ahí, constante. No violento. No agresivo. Simplemente… presente en mis manos. Mi cuerpo rechazaba el agarre, el roce firme, la presión prolongada. Todo tendía a deslizarse.<br />
<br />
Recién entonces entendí.<br />
<br />
La fruta. El sabor imposible. El sueño extraño.<br />
<br />
¿Acaso la doña me había dado una de esas famosas frutas del diablo?<br />
<br />
No dije nada. No hacía falta nombrarlo en voz alta todavía. Algunas cosas necesitan asentarse antes de ser pensadas.<br />
<br />
Al atardecer me acerqué al río, con cuidado. Metí apenas la punta de la mano en el agua. El frío me atravesó. El peso me tiró hacia abajo más de lo esperado. Retrocedí enseguida con el pulso acelerado...<br />
<br />
Ahí lo comprendí del todo, o más o menos.<br />
<br />
No era invencible. No era fuerte. No era un arma.<br />
<br />
Era una superficie.<br />
<br />
Una defensa silenciosa para alguien que nunca quiso pelear.<br />
<br />
Me senté en la orilla, lejos del borde traicionero, y dejé que el día terminara. Sonreí, sin saber bien por qué.<br />
<br />
<span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Y bueno —</span> me dije, al mismo tono de siempre <span style="color: #03A9F4;" class="mycode_color">— Es todo un tema… pero hay que remarla.</span>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[RE: [FIC][Pasado] El robo del azúcar]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2761</link>
			<pubDate>Wed, 17 Dec 2025 04:50:57 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=586">Juan Sebastian</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2761</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">Un día cualquiera de la temporada de recolección en El Reino de Samba situado en el South Blue</div>
<hr class="mycode_hr" />
Con 14 años, Juan Sebastián ya era todo un Gyojin, notablemente más fuerte que un hombre promedio, y era perfectamente capaz de acompañar a sus padres en sus viajes. Esto le llevó a pasar más tiempo en el puerto, donde conoció a Zheng, un marinero veterano con el que tenía muy buena relación. Zheng era un hombre desaliñado, en una primera mirada podía verse los años acumulados trabajando en el mar, las arrugas sobre su rostro estaban agrietadas por la sal y bronceadas por el sol de una vida de trabajo. <br />
<br />
Al regresar de uno de sus viajes, Zheng se cruzó con el joven muchacho y le dijo: <span style="color: #c19e00;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Juan ¿Te acuerdas del cómic del que me hablaste? Casualmente me he encontrado esto para ti-</span></span> mientras sacaba un cómic de su vieja y maltratada bolsa. <span style="color: #e86e04;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Uoooo, ¿En serio viejo? Te guardo este favor.-</span></span> Los dos siguieron hablando de sus rutinas hasta que 2 vecinos del pueblo se acercaron a ellos, estaban preocupados por los robos recientes que han estado ocurriendo en la isla, temían que la situación fuese a peor y acabase afectando al comercio. Sabiendo que no era un tema para niños, el viejo marinero le sacudió la cabeza al chico y le mandó de regreso a su casa. <br />
<br />
Juan Sebastián a su edad ya era bastante consciente de las preocupaciones de sus mayores y empatizaba con ellos. A pesar de todo, esa preocupación estaba opacada por las ganas de leer el tomo que le dio su amigo. Aunque olía a pescado y a materiales de pesca, el cómic estaba en muy buen estado en comparación con el primero que encontró bajo el mar, para él era un tesoro aún mayor porque venía de alguien especial. <br />
<br />
Al llegar a casa y tras saludar rápidamente a sus padres, se dispuso a leer "M, el brazo de hierro de la Justicia nº1" con una emoción que le hacía abstraerse de todo lo que tenía a su alrededor en su modesta habitación.<br />
<hr class="mycode_hr" />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">M, el brazo de hierro de la justicia: El nacimiento de un héroe <br />
</span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Con 17 años, el joven Montoya lleva una vida austera, trabaja como herrero en un pueblo abarrotado lleno de delincuencia, cubierto con hollín, y de pelea en pelea por los barrios bajos, no ve una salida de esa vida de violencia. Su mejor amigo, Arturo, falleció en un altercado que tuvieron contra la mafia de la ciudad, impotente y consumido por un deseo imposible de venganza, pasa sus días frustrado en la herrería. </span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Su vida dio un giro radical el día que se enteró de que esta mafia había estado secuestrando a chicas jóvenes para venderlas en el mercado negro. Esto cambió el deseo de venganza de Montoya en un ardiente deseo de JUSTICIA. El joven herrero con puños cargados con determinación asaltó por la noche la base de los mafiosos y aplastó los planes de aquellos criminales con la misma firmeza con la que golpea el acero con el martillo. Tras 3 días de lucha sin cuartel y a costa de su brazo derecho, acabó con Rugen, el líder de la mafia. </span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Este fue el comienzo del camino de un hombre cuyas hazañas se convertirían en leyenda.</span><br />
</div>
<hr class="mycode_hr" />
 <br />
Juan Sebastián lo tuvo claro, era él, ese era el tipo de hombre que quería ser, no era solo valentía lo que debía guiar sus pasos, era la justicia. Con este sentimiento marcado a fuego en su corazón, decidió ir en la noche en busca de los ladrones.<br />
La noche era tibia y cerrada, de no ser por las luces del pueblo, no se podría ver a pocos metros de distancia, era el ambiente ideal para un delito. Lo inevitable ocurrió y, por fortuna, no pasó desapercibido a los ojos del joven, Una panda de delincuentes estaba saqueando uno de los almacenes de azúcar, sin vacilar, y con la determinación de una flecha, Juan se plantó de cara a ellos y exclamó<span style="color: #e86e04;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> -¡¡Deteneos ahora mismo, sucios delincuentes!!-</span></span>. Los criminales no mediaron palabra y sin dudar se abalanzaron sobre él. Juan luchó contra ellos con la fuerza propia de un gyojin, pero eran 10 adultos fornidos, demasiado para un niño. Tras un duro forcejeo le propinaron una paliza y lo dejaron inconsciente. Los ladrones volvieron rápidamente a su faena, pero, debido al bullicio, empezaron a acudir vecinos que estaban en distintas zonas haciendo guardia, acompañados de los guardias del pueblo. Entre todos redujeron a los forajidos y trataron rápidamente al pobre Juan, que se levantó días después. <br />
<br />
Sus padres le riñeron por su imprudencia, por preocupación más que nada, aunque no podían ocultar el orgullo por las acciones de su hijo. Juan estuvo un tiempo pensativo, no bastaba solo con valentía o con un gran sentido de la justicia para ser como M, debía hacerse fuerte. Esos ideales se aferrarían para siempre a él, no como las pompas que soplaba de su caracola, que explotaban rápidamente en el aire.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">Un día cualquiera de la temporada de recolección en El Reino de Samba situado en el South Blue</div>
<hr class="mycode_hr" />
Con 14 años, Juan Sebastián ya era todo un Gyojin, notablemente más fuerte que un hombre promedio, y era perfectamente capaz de acompañar a sus padres en sus viajes. Esto le llevó a pasar más tiempo en el puerto, donde conoció a Zheng, un marinero veterano con el que tenía muy buena relación. Zheng era un hombre desaliñado, en una primera mirada podía verse los años acumulados trabajando en el mar, las arrugas sobre su rostro estaban agrietadas por la sal y bronceadas por el sol de una vida de trabajo. <br />
<br />
Al regresar de uno de sus viajes, Zheng se cruzó con el joven muchacho y le dijo: <span style="color: #c19e00;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Juan ¿Te acuerdas del cómic del que me hablaste? Casualmente me he encontrado esto para ti-</span></span> mientras sacaba un cómic de su vieja y maltratada bolsa. <span style="color: #e86e04;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Uoooo, ¿En serio viejo? Te guardo este favor.-</span></span> Los dos siguieron hablando de sus rutinas hasta que 2 vecinos del pueblo se acercaron a ellos, estaban preocupados por los robos recientes que han estado ocurriendo en la isla, temían que la situación fuese a peor y acabase afectando al comercio. Sabiendo que no era un tema para niños, el viejo marinero le sacudió la cabeza al chico y le mandó de regreso a su casa. <br />
<br />
Juan Sebastián a su edad ya era bastante consciente de las preocupaciones de sus mayores y empatizaba con ellos. A pesar de todo, esa preocupación estaba opacada por las ganas de leer el tomo que le dio su amigo. Aunque olía a pescado y a materiales de pesca, el cómic estaba en muy buen estado en comparación con el primero que encontró bajo el mar, para él era un tesoro aún mayor porque venía de alguien especial. <br />
<br />
Al llegar a casa y tras saludar rápidamente a sus padres, se dispuso a leer "M, el brazo de hierro de la Justicia nº1" con una emoción que le hacía abstraerse de todo lo que tenía a su alrededor en su modesta habitación.<br />
<hr class="mycode_hr" />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">M, el brazo de hierro de la justicia: El nacimiento de un héroe <br />
</span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Con 17 años, el joven Montoya lleva una vida austera, trabaja como herrero en un pueblo abarrotado lleno de delincuencia, cubierto con hollín, y de pelea en pelea por los barrios bajos, no ve una salida de esa vida de violencia. Su mejor amigo, Arturo, falleció en un altercado que tuvieron contra la mafia de la ciudad, impotente y consumido por un deseo imposible de venganza, pasa sus días frustrado en la herrería. </span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Su vida dio un giro radical el día que se enteró de que esta mafia había estado secuestrando a chicas jóvenes para venderlas en el mercado negro. Esto cambió el deseo de venganza de Montoya en un ardiente deseo de JUSTICIA. El joven herrero con puños cargados con determinación asaltó por la noche la base de los mafiosos y aplastó los planes de aquellos criminales con la misma firmeza con la que golpea el acero con el martillo. Tras 3 días de lucha sin cuartel y a costa de su brazo derecho, acabó con Rugen, el líder de la mafia. </span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Este fue el comienzo del camino de un hombre cuyas hazañas se convertirían en leyenda.</span><br />
</div>
<hr class="mycode_hr" />
 <br />
Juan Sebastián lo tuvo claro, era él, ese era el tipo de hombre que quería ser, no era solo valentía lo que debía guiar sus pasos, era la justicia. Con este sentimiento marcado a fuego en su corazón, decidió ir en la noche en busca de los ladrones.<br />
La noche era tibia y cerrada, de no ser por las luces del pueblo, no se podría ver a pocos metros de distancia, era el ambiente ideal para un delito. Lo inevitable ocurrió y, por fortuna, no pasó desapercibido a los ojos del joven, Una panda de delincuentes estaba saqueando uno de los almacenes de azúcar, sin vacilar, y con la determinación de una flecha, Juan se plantó de cara a ellos y exclamó<span style="color: #e86e04;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> -¡¡Deteneos ahora mismo, sucios delincuentes!!-</span></span>. Los criminales no mediaron palabra y sin dudar se abalanzaron sobre él. Juan luchó contra ellos con la fuerza propia de un gyojin, pero eran 10 adultos fornidos, demasiado para un niño. Tras un duro forcejeo le propinaron una paliza y lo dejaron inconsciente. Los ladrones volvieron rápidamente a su faena, pero, debido al bullicio, empezaron a acudir vecinos que estaban en distintas zonas haciendo guardia, acompañados de los guardias del pueblo. Entre todos redujeron a los forajidos y trataron rápidamente al pobre Juan, que se levantó días después. <br />
<br />
Sus padres le riñeron por su imprudencia, por preocupación más que nada, aunque no podían ocultar el orgullo por las acciones de su hijo. Juan estuvo un tiempo pensativo, no bastaba solo con valentía o con un gran sentido de la justicia para ser como M, debía hacerse fuerte. Esos ideales se aferrarían para siempre a él, no como las pompas que soplaba de su caracola, que explotaban rápidamente en el aire.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[FIC PASADO] Forjando en la Caña]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2748</link>
			<pubDate>Mon, 15 Dec 2025 06:43:46 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=588">Tensui Marlin</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2748</guid>
			<description><![CDATA[South Blue | Reino de Samba | Campos de Caña de azucar<br />
Día 16 de otoño, año 16 <br />
<br />
MacLarey no dijo nada durante largos segundos. Sus ojos recorrían cada detalle de mi figura, no con miedo ni desprecio, sino con esa frialdad práctica de quien ha pasado la vida midiendo materiales antes de golpearlos. Finalmente dejó el martillo sobre el yunque y se limpió las manos en un trapo ennegrecido, avanzando hasta quedar frente a mí. Era bajo para mi estándar, pero ancho, sólido, un hombre anclado a la tierra. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Si trabajaste en una forja —</span>dijo por fin<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">— sabrás que el hierro no perdona errores. Aquí no necesito historias bonitas ni músculos grandes, necesito manos que sepan obedecer al metal. —</span>Asentí sin discutir, porque tenía razón, el hierro no escucha excusas, nunca lo ha hecho. Extendí mis manos escamosas frente a él, mostrando cicatrices viejas, quemaduras mal cerradas, marcas de una vida entera trabajando entre fuego y acero. No tuve que decir nada más, el silencio habló por mí, y MacLarey lo entendió.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Bien —</span>gruñó, girándose de nuevo hacia su yunque <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Empiezas hoy. Si sobrevives a la jornada, hablamos mañana. —</span>Eso fue todo, no hubo bienvenida ni advertencias adicionales, la mujer me dedicó una sonrisa satisfecha, como si hubiera ganado una apuesta invisible, y me dejó allí, solo frente al fuego. El calor me recordó al hogar que ya no existía, a las risas apagadas, a las manos pequeñas que solían observarme trabajar desde un rincón seguro. Apreté los dientes y me concentré, no vine aquí a recordar, vine a seguir adelante.<br />
<br />
Las horas pasaron pesadas pero extrañamente familiares. El sonido del martillo contra el metal marcaba el ritmo de mi respiración, y cada golpe era una descarga que sacaba un poco del veneno acumulado en mi pecho. Trabajé sin hablar, siguiendo las indicaciones cortas de MacLarey, aprendiendo los caprichos de su forja, adaptándome a herramientas humanas que parecían demasiado frágiles para mis manos. Aun así, no rompí nada, no me apresuré. El metal se dobló cuando debía, resistió cuando era necesario. Al caer la tarde, mis brazos ardían y mis escamas estaban cubiertas de hollín, pero había algo distinto en mí, estaba cansado de verdad, no vacío.<br />
<br />
Cuando salí al exterior, el cielo ya comenzaba a teñirse de naranja. Los campos de caña se mecían lentamente, y el pueblo parecía más tranquilo, más pequeño. Algunos niños me miraron desde lejos, curiosos, sin acercarse demasiado. No los culpo. Yo tampoco sabía cómo acercarme a ellos sin sentir que el peso de mis errores me aplastara. Caminé sin rumbo fijo, siguiendo un sendero que bordeaba los campos, hasta que el olor del azúcar fresco mezclado con tierra húmeda me recordó que no había comido en todo el día. Fue entonces cuando escuché pasos detrás de mí.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #ff857a;" class="mycode_color">—¡Eh, grandote! —</span></span>era la misma mujer de antes, cargando una bolsa de tela <span style="color: #ff857a;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Pensé que te habrías ido ya. —</span></span>Negué con la cabeza. <span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—MacLarey no me echó. —</span></span>Ella sonrió como si fuera la noticia más obvia del mundo, me tendió la bolsa y dentro había pan, fruta y algo de carne seca, pero dudé un segundo antes de tomarla. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #ff857a;" class="mycode_color">—No es caridad —</span></span>dijo rápidamente<span style="color: #ff857a;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Es bienvenida. — </span></span>y no me quedó de otra que aceptar, no dije gracias, porque no me salía, pero creo que lo entendió igual.<br />
<br />
Nos sentamos en un tronco caído al borde del campo. Ella hablaba sin parar, contándome cosas pequeñas del pueblo, de quién era quién, de los rumores que corrían como ratones entre las casas. Yo escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando, yo no necesitaba decir mucho, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía completamente fuera de lugar y finalmente cuando el sol terminó de caer, me levanté. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Debo volver a la costa —</span></span>dije <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—No puedo dormir entre paredes. —</span></span>Ella no preguntó por qué, simplemente asintió y para mi eso era un gesto admirable. <br />
<br />
Regresé al mar con el cuerpo agotado y la mente un poco más ligera. Krakatua emergió cuando me acerqué al agua, rozando mi pierna con cuidado. Me senté en la roca de siempre y comí despacio, mirando el reflejo de la luna romperse sobre las olas. Pensé en Sara. Siempre pienso en ella. Pensé en el casino, en la mansión Voldimore, en la promesa que me hice a mí mismo de no detenerme hasta encontrarla. Pero esa noche, por primera vez, esos pensamientos no me ahogaron. Se quedaron ahí, esperando. Mañana volvería a la forja. Mañana seguiría reuniendo fuerzas, información, paciencia. No estaba listo para enfrentar ese infierno todavía, pero tampoco estaba huyendo. Estaba preparándome.<br />
<br />
Y mientras el mar susurraba historias antiguas que ya no me pertenecen, entendí algo simple y terrible: seguir viviendo no es olvidar, es cargar con todo y aun así dar un paso más. Aunque duela. Aunque el mundo siga siendo cruel. Aunque la injusticia nade libre como un depredador. Yo seguiría avanzando. Por ella. Por mí. Por pura terquedad, si hacía falta.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[South Blue | Reino de Samba | Campos de Caña de azucar<br />
Día 16 de otoño, año 16 <br />
<br />
MacLarey no dijo nada durante largos segundos. Sus ojos recorrían cada detalle de mi figura, no con miedo ni desprecio, sino con esa frialdad práctica de quien ha pasado la vida midiendo materiales antes de golpearlos. Finalmente dejó el martillo sobre el yunque y se limpió las manos en un trapo ennegrecido, avanzando hasta quedar frente a mí. Era bajo para mi estándar, pero ancho, sólido, un hombre anclado a la tierra. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Si trabajaste en una forja —</span>dijo por fin<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">— sabrás que el hierro no perdona errores. Aquí no necesito historias bonitas ni músculos grandes, necesito manos que sepan obedecer al metal. —</span>Asentí sin discutir, porque tenía razón, el hierro no escucha excusas, nunca lo ha hecho. Extendí mis manos escamosas frente a él, mostrando cicatrices viejas, quemaduras mal cerradas, marcas de una vida entera trabajando entre fuego y acero. No tuve que decir nada más, el silencio habló por mí, y MacLarey lo entendió.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Bien —</span>gruñó, girándose de nuevo hacia su yunque <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Empiezas hoy. Si sobrevives a la jornada, hablamos mañana. —</span>Eso fue todo, no hubo bienvenida ni advertencias adicionales, la mujer me dedicó una sonrisa satisfecha, como si hubiera ganado una apuesta invisible, y me dejó allí, solo frente al fuego. El calor me recordó al hogar que ya no existía, a las risas apagadas, a las manos pequeñas que solían observarme trabajar desde un rincón seguro. Apreté los dientes y me concentré, no vine aquí a recordar, vine a seguir adelante.<br />
<br />
Las horas pasaron pesadas pero extrañamente familiares. El sonido del martillo contra el metal marcaba el ritmo de mi respiración, y cada golpe era una descarga que sacaba un poco del veneno acumulado en mi pecho. Trabajé sin hablar, siguiendo las indicaciones cortas de MacLarey, aprendiendo los caprichos de su forja, adaptándome a herramientas humanas que parecían demasiado frágiles para mis manos. Aun así, no rompí nada, no me apresuré. El metal se dobló cuando debía, resistió cuando era necesario. Al caer la tarde, mis brazos ardían y mis escamas estaban cubiertas de hollín, pero había algo distinto en mí, estaba cansado de verdad, no vacío.<br />
<br />
Cuando salí al exterior, el cielo ya comenzaba a teñirse de naranja. Los campos de caña se mecían lentamente, y el pueblo parecía más tranquilo, más pequeño. Algunos niños me miraron desde lejos, curiosos, sin acercarse demasiado. No los culpo. Yo tampoco sabía cómo acercarme a ellos sin sentir que el peso de mis errores me aplastara. Caminé sin rumbo fijo, siguiendo un sendero que bordeaba los campos, hasta que el olor del azúcar fresco mezclado con tierra húmeda me recordó que no había comido en todo el día. Fue entonces cuando escuché pasos detrás de mí.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #ff857a;" class="mycode_color">—¡Eh, grandote! —</span></span>era la misma mujer de antes, cargando una bolsa de tela <span style="color: #ff857a;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Pensé que te habrías ido ya. —</span></span>Negué con la cabeza. <span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—MacLarey no me echó. —</span></span>Ella sonrió como si fuera la noticia más obvia del mundo, me tendió la bolsa y dentro había pan, fruta y algo de carne seca, pero dudé un segundo antes de tomarla. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #ff857a;" class="mycode_color">—No es caridad —</span></span>dijo rápidamente<span style="color: #ff857a;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Es bienvenida. — </span></span>y no me quedó de otra que aceptar, no dije gracias, porque no me salía, pero creo que lo entendió igual.<br />
<br />
Nos sentamos en un tronco caído al borde del campo. Ella hablaba sin parar, contándome cosas pequeñas del pueblo, de quién era quién, de los rumores que corrían como ratones entre las casas. Yo escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando, yo no necesitaba decir mucho, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía completamente fuera de lugar y finalmente cuando el sol terminó de caer, me levanté. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Debo volver a la costa —</span></span>dije <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—No puedo dormir entre paredes. —</span></span>Ella no preguntó por qué, simplemente asintió y para mi eso era un gesto admirable. <br />
<br />
Regresé al mar con el cuerpo agotado y la mente un poco más ligera. Krakatua emergió cuando me acerqué al agua, rozando mi pierna con cuidado. Me senté en la roca de siempre y comí despacio, mirando el reflejo de la luna romperse sobre las olas. Pensé en Sara. Siempre pienso en ella. Pensé en el casino, en la mansión Voldimore, en la promesa que me hice a mí mismo de no detenerme hasta encontrarla. Pero esa noche, por primera vez, esos pensamientos no me ahogaron. Se quedaron ahí, esperando. Mañana volvería a la forja. Mañana seguiría reuniendo fuerzas, información, paciencia. No estaba listo para enfrentar ese infierno todavía, pero tampoco estaba huyendo. Estaba preparándome.<br />
<br />
Y mientras el mar susurraba historias antiguas que ya no me pertenecen, entendí algo simple y terrible: seguir viviendo no es olvidar, es cargar con todo y aun así dar un paso más. Aunque duela. Aunque el mundo siga siendo cruel. Aunque la injusticia nade libre como un depredador. Yo seguiría avanzando. Por ella. Por mí. Por pura terquedad, si hacía falta.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[FIC|Presente Absoluto] Entre minerales y Forja. [Recolección y Forja]]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2657</link>
			<pubDate>Tue, 02 Dec 2025 17:52:06 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=588">Tensui Marlin</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2657</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Dia 34 de Invierno, año 16</span></span></div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">South Blue| Isla Samba</span></span></div>
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">El viejo MacLarey me había mostrado el lugar exacto donde podía encontrar buen mineral para trabajar. No lo dijo con grandes palabras ni con aire de maestro; sólo señaló el camino y siguió con lo suyo. Aun así, le debía más de lo que él imaginaba. Gracias a ese gesto, esta mañana pude levantarme con un propósito claro, tomar la pala y el pico, y venir hasta aquí sin que mi mente se hundiera en recuerdos que no sirven de nada. Necesitaba ese mineral para la última petición que me hicieron en la forja, pero la verdad es que buscaba algo más que cumplir un encargo. Extraer la piedra, separar el metal, sentir el peso del trabajo, todo eso me mantenía lejos del ruido en mi cabeza. El esfuerzo, el calor, el sonido del metal cediendo, era mejor que cualquier pensamiento. Era lo único que podía darme una forma de paz, aunque fuera prestada.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Mientras hundía el pico en la roca, respiré hondo, trabajar con las manos siempre había sido mi refugio, un lugar donde la mente deja de pelear consigo misma y aunque nada de lo que haga podrá borrar lo que llevo marcado en la espalda y en el alma, aquí, entre tierra, sudor y el ritmo paciente del metal cediendo, al menos puedo avanzar un día más sin quebrarme. Por eso, apenas llegué, me quité la camiseta y dejé que el viento tocara mis cicatrices como si fueran parte natural del paisaje. Me dediqué a buscar la mejor veta de hierro, esa que no sólo sirve, sino que responde cuando la miras. Y ahí estaba, una línea oscura y brillante atravesando la roca, resplandeciendo incluso desde la distancia. Era como si me llamara, como si me dijera que ella era la indicada para convertirse en acero, el acero que daría forma a la última arma que me habían pedido.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Me acerqué despacio, apoyé la mano sobre la piedra y asentí. No sé si fue instinto, costumbre o resignación, pero sentí que esa veta y yo compartíamos algo, ambos hemos soportado demasiada presión y aun así seguimos aquí, listos para ser forjados una vez más, golpe tras golpe fui abriendo la roca, dejando que el sonido metálico del pico llenara el silencio del lugar. Cada impacto retumbaba en mis brazos, pero también me ordenaba por dentro. Había pasado demasiado tiempo dejando que la memoria me arrastre, y necesitaba esto, necesitaba recordar que mis manos aún podían crear algo útil, algo que no fuera solo destrucción. El hierro comenzó a aflorar en fragmentos irregulares, pesados, fríos, los levanté uno a uno con cuidado, como si estuviera recogiendo piezas de un pasado que todavía duele pero que ya no me define por completo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cuando reuní suficiente mineral, me senté sobre una roca grande, respirando profundo. Observé el horizonte un momento, dejando que la calma del lugar me alcanzara, pensé en MacLarey, en la gente del pueblo que, por primera vez en semanas, no me miraba como un monstruo y pensé en Krakatua, que seguramente estaría esperándome sin comprender del todo mis silencios. ¨Un día más¨, murmuré para mí mismo mientras me ponía de pie cargando el hierro. Un día más donde la vida no logra aplastarme del todo. Un día más donde puedo seguir forjando algo que, quizás, me mantenga en pie.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Seguí avanzando por el borde de la colina, ahora con el hierro asegurado en un saco improvisado, hasta llegar a una zona donde la tierra tenía un olor distinto, más denso, más amargo. Recordé las indicaciones del viejo MacLarey  <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #008e02;" class="mycode_color">—Si quieres buen acero, muchacho, necesitas carbón mineral, no esas ramitas que te encuentras tiradas.—</span></span> Tenía razón, así que me arrodillé y comencé a remover la tierra con la pala, buscando ese tono oscuro y opaco característico, después de unos minutos, mis dedos rozaron algo duro, una veta de carbón mineral se dejaba ver como una sombra clavada en la roca. <span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Aquí estás—</span></span> murmuré mientras comenzaba a extraerla con paciencia.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">El carbón salió en trozos irregulares, algunos del tamaño de un puño, otros más pequeños. Lo recogí con cuidado, sintiendo cómo las manos se me teñían de negro en cuestión de segundos. Curiosamente, esa suciedad me tranquilizaba. En el mar, la sangre se disolvía, mientras que aquí, el carbón se aferraba a la piel, como recordándome que todavía estaba vivo, todavía podía trabajar, construir, crear. Cuando reuní suficiente, me levanté con un gruñido bajo, tenía lo que necesitaba, ahora solo faltaba lo más importante, darle un propósito a todo el trabajo que habia hecho hoy. El camino de regreso a la forja del viejo fue silencioso, pesado. El humo de las chimeneas se alzaba como una señal cálida, casi familiar y al llegar, acomodé el carbón en uno de los hornos secundarios y lo prendí con calma, dejando que las brasas lo devoraran lentamente. El proceso de convertir carbón mineral en coque no era rápido, pero sí necesario, ese material, duro y puro, sería el corazón del fuego que luego daría forma al acero. Me quedé de pie, observando cómo el negro brillante se transformaba, chisporroteando, perdiendo impurezas, una pequeña transformación como la que buscaba para mí mismo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cuando el coque estuvo listo, lo trasladé al gran horno de la forja. Coloqué los trozos de mineral de hierro sobre una de las mesas y respiré profundo antes de comenzar a calentar el metal. El fuego rugió con fuerza cuando añadí el coque, elevando la temperatura a un punto que podía moldear incluso las cosas más toscas. Ese calor y ese brillo siempre me habían hablado más claro que cualquier voz humana. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Vamos— </span></span>murmuré para mí mismo mientras preparaba las herramientas, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—convirtámonos en algo mejor.—</span></span> Como si el metal en la forja pudiera escucharme hablar y así, con el fuego iluminando mis cicatrices y la memoria apretándose contra mi pecho, di inicio al proceso que transformaría hierro y carbón en acero, y a mí, en alguien capaz de seguir adelante un día más, alguien que ahora podia comenzar a forjar cosas para los humanos, herramientas, armas, utensilios de uso cotidiano, cualquier cosa que me ayudara a sentirme en movimiento y olvidarlo todo. </span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Con las cien unidades de acero al fin refinadas, comencé el proceso con la calma ritual que exige la forja. Primero calenté el metal hasta que adquirió ese rojo intenso que casi parece respirar, y lo llevé al yunque. Cada golpe de martillo moldeaba la base de lo que serían los puños, placas gruesas, resistentes, hechas para soportar tanto peso como intención. El sonido metálico llenaba la forja como un latido constante, uno que me mantenía centrado. Luego trabajé los aros donde encajarían los dedos, curvándolos con paciencia y soldándolos a la base. Cada unión la reforcé dos veces, no permitiría que algo nacido de mis manos fallara cuando más se necesitara, tras eso, di forma a los primeros eslabones de las cadenas y templé todas las piezas en agua helada para endurecerlas. Al final, monté el par completo y los dejé reposar sobre la mesa, aún humeantes. Eran sólidos, gemelos, pesados y al verlos, supe exactamente cómo debía llamarlos. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Peacemakers.—</span></span></span></span><br />
<br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><div class='custom-spoiler'>
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					</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Todo lo concerniente a la creación del arma se encuentra en mi hoja de personaje. 
				</div>
			</div></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Dia 34 de Invierno, año 16</span></span></div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">South Blue| Isla Samba</span></span></div>
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">El viejo MacLarey me había mostrado el lugar exacto donde podía encontrar buen mineral para trabajar. No lo dijo con grandes palabras ni con aire de maestro; sólo señaló el camino y siguió con lo suyo. Aun así, le debía más de lo que él imaginaba. Gracias a ese gesto, esta mañana pude levantarme con un propósito claro, tomar la pala y el pico, y venir hasta aquí sin que mi mente se hundiera en recuerdos que no sirven de nada. Necesitaba ese mineral para la última petición que me hicieron en la forja, pero la verdad es que buscaba algo más que cumplir un encargo. Extraer la piedra, separar el metal, sentir el peso del trabajo, todo eso me mantenía lejos del ruido en mi cabeza. El esfuerzo, el calor, el sonido del metal cediendo, era mejor que cualquier pensamiento. Era lo único que podía darme una forma de paz, aunque fuera prestada.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Mientras hundía el pico en la roca, respiré hondo, trabajar con las manos siempre había sido mi refugio, un lugar donde la mente deja de pelear consigo misma y aunque nada de lo que haga podrá borrar lo que llevo marcado en la espalda y en el alma, aquí, entre tierra, sudor y el ritmo paciente del metal cediendo, al menos puedo avanzar un día más sin quebrarme. Por eso, apenas llegué, me quité la camiseta y dejé que el viento tocara mis cicatrices como si fueran parte natural del paisaje. Me dediqué a buscar la mejor veta de hierro, esa que no sólo sirve, sino que responde cuando la miras. Y ahí estaba, una línea oscura y brillante atravesando la roca, resplandeciendo incluso desde la distancia. Era como si me llamara, como si me dijera que ella era la indicada para convertirse en acero, el acero que daría forma a la última arma que me habían pedido.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Me acerqué despacio, apoyé la mano sobre la piedra y asentí. No sé si fue instinto, costumbre o resignación, pero sentí que esa veta y yo compartíamos algo, ambos hemos soportado demasiada presión y aun así seguimos aquí, listos para ser forjados una vez más, golpe tras golpe fui abriendo la roca, dejando que el sonido metálico del pico llenara el silencio del lugar. Cada impacto retumbaba en mis brazos, pero también me ordenaba por dentro. Había pasado demasiado tiempo dejando que la memoria me arrastre, y necesitaba esto, necesitaba recordar que mis manos aún podían crear algo útil, algo que no fuera solo destrucción. El hierro comenzó a aflorar en fragmentos irregulares, pesados, fríos, los levanté uno a uno con cuidado, como si estuviera recogiendo piezas de un pasado que todavía duele pero que ya no me define por completo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cuando reuní suficiente mineral, me senté sobre una roca grande, respirando profundo. Observé el horizonte un momento, dejando que la calma del lugar me alcanzara, pensé en MacLarey, en la gente del pueblo que, por primera vez en semanas, no me miraba como un monstruo y pensé en Krakatua, que seguramente estaría esperándome sin comprender del todo mis silencios. ¨Un día más¨, murmuré para mí mismo mientras me ponía de pie cargando el hierro. Un día más donde la vida no logra aplastarme del todo. Un día más donde puedo seguir forjando algo que, quizás, me mantenga en pie.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Seguí avanzando por el borde de la colina, ahora con el hierro asegurado en un saco improvisado, hasta llegar a una zona donde la tierra tenía un olor distinto, más denso, más amargo. Recordé las indicaciones del viejo MacLarey  <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #008e02;" class="mycode_color">—Si quieres buen acero, muchacho, necesitas carbón mineral, no esas ramitas que te encuentras tiradas.—</span></span> Tenía razón, así que me arrodillé y comencé a remover la tierra con la pala, buscando ese tono oscuro y opaco característico, después de unos minutos, mis dedos rozaron algo duro, una veta de carbón mineral se dejaba ver como una sombra clavada en la roca. <span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Aquí estás—</span></span> murmuré mientras comenzaba a extraerla con paciencia.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">El carbón salió en trozos irregulares, algunos del tamaño de un puño, otros más pequeños. Lo recogí con cuidado, sintiendo cómo las manos se me teñían de negro en cuestión de segundos. Curiosamente, esa suciedad me tranquilizaba. En el mar, la sangre se disolvía, mientras que aquí, el carbón se aferraba a la piel, como recordándome que todavía estaba vivo, todavía podía trabajar, construir, crear. Cuando reuní suficiente, me levanté con un gruñido bajo, tenía lo que necesitaba, ahora solo faltaba lo más importante, darle un propósito a todo el trabajo que habia hecho hoy. El camino de regreso a la forja del viejo fue silencioso, pesado. El humo de las chimeneas se alzaba como una señal cálida, casi familiar y al llegar, acomodé el carbón en uno de los hornos secundarios y lo prendí con calma, dejando que las brasas lo devoraran lentamente. El proceso de convertir carbón mineral en coque no era rápido, pero sí necesario, ese material, duro y puro, sería el corazón del fuego que luego daría forma al acero. Me quedé de pie, observando cómo el negro brillante se transformaba, chisporroteando, perdiendo impurezas, una pequeña transformación como la que buscaba para mí mismo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cuando el coque estuvo listo, lo trasladé al gran horno de la forja. Coloqué los trozos de mineral de hierro sobre una de las mesas y respiré profundo antes de comenzar a calentar el metal. El fuego rugió con fuerza cuando añadí el coque, elevando la temperatura a un punto que podía moldear incluso las cosas más toscas. Ese calor y ese brillo siempre me habían hablado más claro que cualquier voz humana. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Vamos— </span></span>murmuré para mí mismo mientras preparaba las herramientas, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—convirtámonos en algo mejor.—</span></span> Como si el metal en la forja pudiera escucharme hablar y así, con el fuego iluminando mis cicatrices y la memoria apretándose contra mi pecho, di inicio al proceso que transformaría hierro y carbón en acero, y a mí, en alguien capaz de seguir adelante un día más, alguien que ahora podia comenzar a forjar cosas para los humanos, herramientas, armas, utensilios de uso cotidiano, cualquier cosa que me ayudara a sentirme en movimiento y olvidarlo todo. </span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Con las cien unidades de acero al fin refinadas, comencé el proceso con la calma ritual que exige la forja. Primero calenté el metal hasta que adquirió ese rojo intenso que casi parece respirar, y lo llevé al yunque. Cada golpe de martillo moldeaba la base de lo que serían los puños, placas gruesas, resistentes, hechas para soportar tanto peso como intención. El sonido metálico llenaba la forja como un latido constante, uno que me mantenía centrado. Luego trabajé los aros donde encajarían los dedos, curvándolos con paciencia y soldándolos a la base. Cada unión la reforcé dos veces, no permitiría que algo nacido de mis manos fallara cuando más se necesitara, tras eso, di forma a los primeros eslabones de las cadenas y templé todas las piezas en agua helada para endurecerlas. Al final, monté el par completo y los dejé reposar sobre la mesa, aún humeantes. Eran sólidos, gemelos, pesados y al verlos, supe exactamente cómo debía llamarlos. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—<span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Peacemakers.—</span></span></span></span><br />
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			</div></span>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2647</link>
			<pubDate>Tue, 02 Dec 2025 06:31:26 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=488">Varoganchin</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2647</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="color: #666666;" class="mycode_color">Día 34 de invierno</span><br />
<span style="color: #666666;" class="mycode_color">Campos de caña de azúcar, Reino de Samba</span><br />
<span style="color: #666666;" class="mycode_color">Mercado de la aldea Vida Velha</span><br />
<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">El sol de la mañana caía sobre los campos de caña de Samba, como un tambor improvisado, con su calidez constante haciendo vibrar cada rincón. Era un sol que no perdonaba nada, ni la pobreza, pero que en esta época del año se agradecía sobre la piel y sobre los tejados remendados de las casas. Llevaba su luz llena de optimismo a cada rincón de los campos de caña de azúcar, invitando a sus gentes a moverse, a bailar y a reír, aunque a ojos de un extraño no hubiese muchos motivos racionales para ello. Ese era el encanto de Samba. Aunque el dinero no fuese más que una ilusión para muchos de sus habitantes, aunque el pan fuese un esfuerzo de cada día y la ropa tuviera tantos remiendos que no sabrías si decir que era la prenda original, nadie parecía dispuesto a renunciar a la alegría que mantenía el espíritu de la isla en pie. O mejor dicho, danzando.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Y como de costumbre, aquella mañana, la alegría tomaba forma de música.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Golpes de tambor improvisados sobre unos cubos vacíos marcaban el ritmo. Unas cucharas intentaban sacar una melodía de una serie de tuberías viejas. Las voces de un par de mujeres empujaban los pies de aquellos que se resistían a bailar al son de la melodía. Los pasos de unos niños que practican su samba se mezclan con las risas y el griterío de unos vendedores, creando un bullicio cálido y humano, que te envuelve en un abrazo mientras te pone a bailar.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El viento traía consigo el dulce aroma del jugo de caña recién exprimido, que aguardaba para ser convertido en el auténtico oro de aquella región. Al fondo, se podía intuir el edificio de la escuela de danza, si es que un techado de madera con cortinas podía llamarse así, del cuál salía una profesora, delgada como las cañas de azúcar, que llamaba a sus alumnos para que volvieran a las clases. Más cerca, una anciana vendía pan sobre su puesto improvisado; dos piedras y una tabla.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><div class='custom-spoiler'>
				<div class='custom-spoiler-title' onclick='CustomSpoiler.toggle(this);'>
					<div class='custom-spoiler-title-text'>
						<span>Mercado de las cañas</span>
					</div>
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				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					<span style="color: #ffffff;" class="mycode_color"><span style="font-size: 1pt;" class="mycode_size"><span style="font-family: 'Proxima Nova Regular', 'Helvetica Neue', Helvetica, Arial, sans-serif;" class="mycode_font"><img src="https://i.imgur.com/71fYSnV.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: 71fYSnV.png]" class="mycode_img" /></span></span></span>
				</div>
			</div></span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br />
El mercado de los campos era un lugar en el que la pobreza se lucía sin disimulo, pero donde existía una sensación de comunidad que era casi palpable. Entre las cañas de azúcar, se había formado una calle, franqueada por unos tenderetes pequeños, fabricados con retazos de lona o con tablones y clavos que amenazaban con salir corriendo, pero todos con algo distinto que ofrecer; frutas recogidas en la selva, algunas hierbas, telas o camisas, dulces de azúcar y ocasionalmente, algún otro objeto traído por comerciantes de más allá del mar.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Un grupo de mujeres conversaba mientras pelaba las cañas. Un anciano tocaba una flauta que él mismo se había tallado. Un joven trapecista, sucio de pies a cabeza, hacía unas piruetas con el afán de ganarse unas monedas. Todo transcurría con el ritmo despreocupado y alegre que hacía de Samba una isla peculiar.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">En ese ambiente, nuestra revolucionaria, Trixxie Pappitson llegó al mercado. Ya fuera paseando, buscando algo de comer, comprando algún producto exótico o simplemente disfrutando del bullicio, era fácil sentirse parte del lugar. Los vendedores, extrañados de ver caras nuevas por esa parte de la isla, sonreían y llamaban a nuestra aventurera con la idea de haber encontrado una fuente de ingresos. Incluso algunos niños corrían cerca en busca de algún obsequio o un dulce que les alegrase la mañana, o para invitarla a jugar con ellos.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #e8c500;" class="mycode_color">—Señora, no tendrá una goma de mascar, ¿verdad?</span><br />
<span style="color: #e8c500;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color">—Henrique, no molestes a la señora. ¿No ves que ella lo que quiere es jugar conmigo al escondite?</span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Era un día normal. O al menos lo parecía. A unos 25 metros, no en el centro del mercado, sino al fondo, donde la sombra del último puesto caía sobre el camino, ocurría una escena que contrastaba con la alegría general. La música seguía sonando, el olor a pan seguía flotando, la gente seguía bailando y vendiendo, pero algo allí no encajaba.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Aunque esa parte del mercado quedaba parcialmente oculta por las telas medio rasgadas que hacían las veces de toldos de un par de puestos, la figura se distinguía con facilidad. Un hombre, con su pelaje rojizo cubierto por un uniforme azul y blanco, con la gorra ladeada y el pecho inflado y cara de superioridad, estaba plantado frente a un anciano vendedor. A primera vista, parecía un marine joven; no tenía ni el porte ni los distintivos de un oficial, ni mucho menos la disciplina del servicio, pero llevaba el uniforme con orgullo, un orgullo excesivo, que le hacía parecer más un pavo que un zorro. La arrogancia de aquel que sabe que puede abusar de su posición sin temor a las consecuencias.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano, un hombre de piel curtida por el trabajo al aire libre, con un cuerpo pequeño y unas manos temblorosas que simulaban hacer un redoble de tambor, estaba sentado frente a un carro lleno de pequeños objetos: cucharas de madera talladas a mano, pulseras de cuerda, figuras y silbatos hechos de caña. Artesanías simples, pero hechas con la paciencia y el esmero de quién pone su vida misma en el trabajo. El anciano tenía el gesto arrugado, no un ceño fruncido por el enfado, más bien el gesto de alguien atemorizado.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—Ya te lo he dicho, viejo </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—dijo con una voz chillona llena de arrogancia—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> El impuesto de la caña se paga a primeros de mes. ¿No sabes que día es hoy?</span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">
El anciano murmuró algo que apenas se oyó desde el resto del mercado. El marine respondió con un bufido exagerado, con los gestos del secundario de una obra de teatro de poco presupuesto, levantando los brazos como si el mundo entero lo irritara. <br />
<br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—¡Que no me vengas con excusas! </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—gritó de nuevo mientras pateaba el puesto—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> ¿Crees que puedes vender estas... porquerías sin pagar nada? La marina te protege. El sargento Aldair te protege. ¡Yo te protejo! </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—concluyó con un énfasis desmedido cuando se refirió a sí mismo.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Hubo quien escuchó, quien miró de reojo, quien frunció el ceño... pero nadie dijo nada. Todos simularon seguir con su día cómo si no pasase nada, como si el miedo a ser el siguiente objetivo fuese mayor que su espíritu de lucha. Cada mes ocurría lo mismo. Y siempre la gente miraba para otro lado, porque sabía que aquel marine no actuaba solo. Detrás de él había alguien más, alguien con más rango dentro de la marina.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano se giró para decir algo en voz baja. Tal vez fuera algo como «no tengo dinero», o tal vez «por favor». Quizá fuese algo parecido a «te lo pagaré la próxima semana». No importaba la frase exacta, porque la reacción del marine hubiese sido la misma; inmediata, excesiva y cruel.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El joven uniformado agarró al anciano por el cuello de su polvorienta camisa y trató de levantarlo unos centímetros. No era un gesto impresionante, ni mucho menos, pues la complexión del anciano no distaba mucho de la de las cañas. Pero sí que fue un gesto humillante al empujarlo hacia atrás, dejando al anciano caído junto a su puesto. La gente alrededor contuvo la respiración. Algunos incluso apartaron la mirada. Otros fingieron no ver nada.</span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—¿Me estás desafiando, viejo? </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—preguntó el marine entre gritos mientras apretaba los dientes—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> Porque si quieres que llame al sargento puedo hacerlo ya mismo. ¿Eso quieres?</span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano sacudió su cabeza en negativa. Entonces el marine pateó con fuerza su puesto, volcando los pocos objetos que aún aguantaban sobre él. Las artesanías se esparcieron por el suelo como las semillas que se lanzan a un sembrado. Una niña soltó un grito ahogado. Un hombre, cerca de Trixxie, murmuró: "Otra vez no..."</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">A ojos de la revolucionaria, la escena era totalmente visible. No era necesario acercarse para saber que algo estaba mal, pero tampoco era obligatorio intervenir; al fin y al cabo, había gente que llevaba presenciando aquello durante meses y no habían hecho nada. Trixxie podría mirar, ignorarlo y seguir su camino o afrontar aquella situación. </span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Lo interesante era que, pese a lo tenso de la situación, la melodía que arrastraba el aire seguía sonando. Un contraste propio de este mundo, en el que la injusticia a menudo suele ser tapada con música o espectáculo, que nos hagan creer que aquello es alegría. Una escena que espera algún héroe que luche contra ella, o algún otro partícipe que se una a sacar provecho.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El marine sacudió sus manos para librarse del polvo y la mugre que le pudiera haber dejado el contacto con la camisa de aquel hombre. Luego miró alrededor, en busca de aprobación o al menos sumisión. La gente bajó la mirada. No querían problemas.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—Vamos, abuelo </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—dijo el marine mientras aplastaba una figurita con su bota—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> ¿Cuánto vas a pagar?</span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano intentó levantarse. Falló y lo volvió a intentar, con sus manos temblorosas. Y en aquel preciso instante, sus ojos se cruzaron con los de Trixxie. El mercado seguía bailando, el mundo aún giraba. Pero allí al fondo, una escena esperaba la decisión de una sola persona: Trixxie Pappitson.<br />
<br />
<hr>
<br />
<div class='custom-spoiler'>
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						<span>Info</span>
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						<span>Resumen</span>
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				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					Trixxie camina por un mercado en los campos de caña de azúcar disfrutando de su ambiente animado. Luego ve como un marine comienza a increpar a un anciano y a hacer un uso indebido de los poderes que le da ser marine.
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
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						<span>Ficha Npc</span>
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						<span>Recluta Raposo</span>
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					<span style="color: #ffffff;" class="mycode_color"><span style="font-size: 1pt;" class="mycode_size"><span style="font-family: 'Proxima Nova Regular', 'Helvetica Neue', Helvetica, Arial, sans-serif;" class="mycode_font"><img src="https://i.imgur.com/dXxq3p3.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: dXxq3p3.png]" class="mycode_img" /></span></span></span>
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
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						<span>Stats</span>
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				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					<span style="color: #0f0f0f;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="text-decoration: underline;" class="mycode_u"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Estadísticas de Recluta Raposo:</span></span></span></span></span></div>
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="color: #0f0f0f;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">10 FUE; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">10 RES; 3</span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> DES; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">25 PRE; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">8 AGI; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">8 REF; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">3 INT; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">3 VOL; 1</span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">0 CH; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">0 CA</span></span></span></span></span><br />
<br />
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="color: #0f0f0f;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font">Vitalidad: <span style="color: #00a00c;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">134 / 134102</span></span><br />
Energía: <span style="color: #cabc00;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">156 / 156</span></span><br />
Espirítu: <span style="color: #338bce;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">39 / 39</span></span><br />
Nivel: 2</span></span>
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
				<div class='custom-spoiler-title' onclick='CustomSpoiler.toggle(this);'>
					<div class='custom-spoiler-title-text'>
						<span>Karmas</span>
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				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
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						<span>Positivos</span>
					</div>
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				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Borracho acostumbrado<br>Dedos de oro<br>Exceso de confianza<br>+8</span>
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
				<div class='custom-spoiler-title' onclick='CustomSpoiler.toggle(this);'>
					<div class='custom-spoiler-title-text'>
						<span>Negativos</span>
					</div>
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				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Cobarde</span><br><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Gruñón<br> -8</span>
				</div>
			</div>
				</div>
			</div>
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
				<div class='custom-spoiler-title' onclick='CustomSpoiler.toggle(this);'>
					<div class='custom-spoiler-title-text'>
						<span>Anotaciones</span>
					</div>
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				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					Este es un primer post introductorio, por ello, siéntete libre de recorrer la distancia que quieras para situarte donde necesites en este primer post. Más adelante, en caso de comenzar con el bélico, si que tendrás que tener en cuenta los metros que puede recorrer tu personaje
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
				<div class='custom-spoiler-title' onclick='CustomSpoiler.toggle(this);'>
					<div class='custom-spoiler-title-text'>
						<span>Off</span>
					</div>
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				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					Bienvenida a tu primera aventura. Espero que la disfrutes y sobre todo que aprendas sobre el sistema bélico del foro. Si tienes alguna duda con algo, no dudes en comentármelo por discord y te ayudaré encantado. Suerte!
				</div>
			</div>
				</div>
			</div></span></div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="color: #666666;" class="mycode_color">Día 34 de invierno</span><br />
<span style="color: #666666;" class="mycode_color">Campos de caña de azúcar, Reino de Samba</span><br />
<span style="color: #666666;" class="mycode_color">Mercado de la aldea Vida Velha</span><br />
<br />
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</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">El sol de la mañana caía sobre los campos de caña de Samba, como un tambor improvisado, con su calidez constante haciendo vibrar cada rincón. Era un sol que no perdonaba nada, ni la pobreza, pero que en esta época del año se agradecía sobre la piel y sobre los tejados remendados de las casas. Llevaba su luz llena de optimismo a cada rincón de los campos de caña de azúcar, invitando a sus gentes a moverse, a bailar y a reír, aunque a ojos de un extraño no hubiese muchos motivos racionales para ello. Ese era el encanto de Samba. Aunque el dinero no fuese más que una ilusión para muchos de sus habitantes, aunque el pan fuese un esfuerzo de cada día y la ropa tuviera tantos remiendos que no sabrías si decir que era la prenda original, nadie parecía dispuesto a renunciar a la alegría que mantenía el espíritu de la isla en pie. O mejor dicho, danzando.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Y como de costumbre, aquella mañana, la alegría tomaba forma de música.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Golpes de tambor improvisados sobre unos cubos vacíos marcaban el ritmo. Unas cucharas intentaban sacar una melodía de una serie de tuberías viejas. Las voces de un par de mujeres empujaban los pies de aquellos que se resistían a bailar al son de la melodía. Los pasos de unos niños que practican su samba se mezclan con las risas y el griterío de unos vendedores, creando un bullicio cálido y humano, que te envuelve en un abrazo mientras te pone a bailar.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El viento traía consigo el dulce aroma del jugo de caña recién exprimido, que aguardaba para ser convertido en el auténtico oro de aquella región. Al fondo, se podía intuir el edificio de la escuela de danza, si es que un techado de madera con cortinas podía llamarse así, del cuál salía una profesora, delgada como las cañas de azúcar, que llamaba a sus alumnos para que volvieran a las clases. Más cerca, una anciana vendía pan sobre su puesto improvisado; dos piedras y una tabla.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><div class='custom-spoiler'>
				<div class='custom-spoiler-title' onclick='CustomSpoiler.toggle(this);'>
					<div class='custom-spoiler-title-text'>
						<span>Mercado de las cañas</span>
					</div>
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					</button>
				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					<span style="color: #ffffff;" class="mycode_color"><span style="font-size: 1pt;" class="mycode_size"><span style="font-family: 'Proxima Nova Regular', 'Helvetica Neue', Helvetica, Arial, sans-serif;" class="mycode_font"><img src="https://i.imgur.com/71fYSnV.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: 71fYSnV.png]" class="mycode_img" /></span></span></span>
				</div>
			</div></span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br />
El mercado de los campos era un lugar en el que la pobreza se lucía sin disimulo, pero donde existía una sensación de comunidad que era casi palpable. Entre las cañas de azúcar, se había formado una calle, franqueada por unos tenderetes pequeños, fabricados con retazos de lona o con tablones y clavos que amenazaban con salir corriendo, pero todos con algo distinto que ofrecer; frutas recogidas en la selva, algunas hierbas, telas o camisas, dulces de azúcar y ocasionalmente, algún otro objeto traído por comerciantes de más allá del mar.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Un grupo de mujeres conversaba mientras pelaba las cañas. Un anciano tocaba una flauta que él mismo se había tallado. Un joven trapecista, sucio de pies a cabeza, hacía unas piruetas con el afán de ganarse unas monedas. Todo transcurría con el ritmo despreocupado y alegre que hacía de Samba una isla peculiar.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">En ese ambiente, nuestra revolucionaria, Trixxie Pappitson llegó al mercado. Ya fuera paseando, buscando algo de comer, comprando algún producto exótico o simplemente disfrutando del bullicio, era fácil sentirse parte del lugar. Los vendedores, extrañados de ver caras nuevas por esa parte de la isla, sonreían y llamaban a nuestra aventurera con la idea de haber encontrado una fuente de ingresos. Incluso algunos niños corrían cerca en busca de algún obsequio o un dulce que les alegrase la mañana, o para invitarla a jugar con ellos.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #e8c500;" class="mycode_color">—Señora, no tendrá una goma de mascar, ¿verdad?</span><br />
<span style="color: #e8c500;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color">—Henrique, no molestes a la señora. ¿No ves que ella lo que quiere es jugar conmigo al escondite?</span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Era un día normal. O al menos lo parecía. A unos 25 metros, no en el centro del mercado, sino al fondo, donde la sombra del último puesto caía sobre el camino, ocurría una escena que contrastaba con la alegría general. La música seguía sonando, el olor a pan seguía flotando, la gente seguía bailando y vendiendo, pero algo allí no encajaba.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Aunque esa parte del mercado quedaba parcialmente oculta por las telas medio rasgadas que hacían las veces de toldos de un par de puestos, la figura se distinguía con facilidad. Un hombre, con su pelaje rojizo cubierto por un uniforme azul y blanco, con la gorra ladeada y el pecho inflado y cara de superioridad, estaba plantado frente a un anciano vendedor. A primera vista, parecía un marine joven; no tenía ni el porte ni los distintivos de un oficial, ni mucho menos la disciplina del servicio, pero llevaba el uniforme con orgullo, un orgullo excesivo, que le hacía parecer más un pavo que un zorro. La arrogancia de aquel que sabe que puede abusar de su posición sin temor a las consecuencias.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano, un hombre de piel curtida por el trabajo al aire libre, con un cuerpo pequeño y unas manos temblorosas que simulaban hacer un redoble de tambor, estaba sentado frente a un carro lleno de pequeños objetos: cucharas de madera talladas a mano, pulseras de cuerda, figuras y silbatos hechos de caña. Artesanías simples, pero hechas con la paciencia y el esmero de quién pone su vida misma en el trabajo. El anciano tenía el gesto arrugado, no un ceño fruncido por el enfado, más bien el gesto de alguien atemorizado.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—Ya te lo he dicho, viejo </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—dijo con una voz chillona llena de arrogancia—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> El impuesto de la caña se paga a primeros de mes. ¿No sabes que día es hoy?</span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">
El anciano murmuró algo que apenas se oyó desde el resto del mercado. El marine respondió con un bufido exagerado, con los gestos del secundario de una obra de teatro de poco presupuesto, levantando los brazos como si el mundo entero lo irritara. <br />
<br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—¡Que no me vengas con excusas! </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—gritó de nuevo mientras pateaba el puesto—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> ¿Crees que puedes vender estas... porquerías sin pagar nada? La marina te protege. El sargento Aldair te protege. ¡Yo te protejo! </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—concluyó con un énfasis desmedido cuando se refirió a sí mismo.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Hubo quien escuchó, quien miró de reojo, quien frunció el ceño... pero nadie dijo nada. Todos simularon seguir con su día cómo si no pasase nada, como si el miedo a ser el siguiente objetivo fuese mayor que su espíritu de lucha. Cada mes ocurría lo mismo. Y siempre la gente miraba para otro lado, porque sabía que aquel marine no actuaba solo. Detrás de él había alguien más, alguien con más rango dentro de la marina.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano se giró para decir algo en voz baja. Tal vez fuera algo como «no tengo dinero», o tal vez «por favor». Quizá fuese algo parecido a «te lo pagaré la próxima semana». No importaba la frase exacta, porque la reacción del marine hubiese sido la misma; inmediata, excesiva y cruel.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El joven uniformado agarró al anciano por el cuello de su polvorienta camisa y trató de levantarlo unos centímetros. No era un gesto impresionante, ni mucho menos, pues la complexión del anciano no distaba mucho de la de las cañas. Pero sí que fue un gesto humillante al empujarlo hacia atrás, dejando al anciano caído junto a su puesto. La gente alrededor contuvo la respiración. Algunos incluso apartaron la mirada. Otros fingieron no ver nada.</span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—¿Me estás desafiando, viejo? </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—preguntó el marine entre gritos mientras apretaba los dientes—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> Porque si quieres que llame al sargento puedo hacerlo ya mismo. ¿Eso quieres?</span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano sacudió su cabeza en negativa. Entonces el marine pateó con fuerza su puesto, volcando los pocos objetos que aún aguantaban sobre él. Las artesanías se esparcieron por el suelo como las semillas que se lanzan a un sembrado. Una niña soltó un grito ahogado. Un hombre, cerca de Trixxie, murmuró: "Otra vez no..."</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">A ojos de la revolucionaria, la escena era totalmente visible. No era necesario acercarse para saber que algo estaba mal, pero tampoco era obligatorio intervenir; al fin y al cabo, había gente que llevaba presenciando aquello durante meses y no habían hecho nada. Trixxie podría mirar, ignorarlo y seguir su camino o afrontar aquella situación. </span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Lo interesante era que, pese a lo tenso de la situación, la melodía que arrastraba el aire seguía sonando. Un contraste propio de este mundo, en el que la injusticia a menudo suele ser tapada con música o espectáculo, que nos hagan creer que aquello es alegría. Una escena que espera algún héroe que luche contra ella, o algún otro partícipe que se una a sacar provecho.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El marine sacudió sus manos para librarse del polvo y la mugre que le pudiera haber dejado el contacto con la camisa de aquel hombre. Luego miró alrededor, en busca de aprobación o al menos sumisión. La gente bajó la mirada. No querían problemas.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color">—Vamos, abuelo </span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">—dijo el marine mientras aplastaba una figurita con su bota—.</span><span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"> ¿Cuánto vas a pagar?</span><br />
<span style="color: #e82a1f;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">El anciano intentó levantarse. Falló y lo volvió a intentar, con sus manos temblorosas. Y en aquel preciso instante, sus ojos se cruzaron con los de Trixxie. El mercado seguía bailando, el mundo aún giraba. Pero allí al fondo, una escena esperaba la decisión de una sola persona: Trixxie Pappitson.<br />
<br />
<hr>
<br />
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					Trixxie camina por un mercado en los campos de caña de azúcar disfrutando de su ambiente animado. Luego ve como un marine comienza a increpar a un anciano y a hacer un uso indebido de los poderes que le da ser marine.
				</div>
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					<span style="color: #ffffff;" class="mycode_color"><span style="font-size: 1pt;" class="mycode_size"><span style="font-family: 'Proxima Nova Regular', 'Helvetica Neue', Helvetica, Arial, sans-serif;" class="mycode_font"><img src="https://i.imgur.com/dXxq3p3.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: dXxq3p3.png]" class="mycode_img" /></span></span></span>
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					<span style="color: #0f0f0f;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="text-decoration: underline;" class="mycode_u"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Estadísticas de Recluta Raposo:</span></span></span></span></span></div>
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="color: #0f0f0f;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">10 FUE; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">10 RES; 3</span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> DES; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">25 PRE; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">8 AGI; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">8 REF; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">3 INT; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">3 VOL; 1</span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">0 CH; </span></span><span style="color: #ff8700;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">0 CA</span></span></span></span></span><br />
<br />
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="color: #0f0f0f;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font">Vitalidad: <span style="color: #00a00c;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">134 / 134102</span></span><br />
Energía: <span style="color: #cabc00;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">156 / 156</span></span><br />
Espirítu: <span style="color: #338bce;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">39 / 39</span></span><br />
Nivel: 2</span></span>
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
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					<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Borracho acostumbrado<br>Dedos de oro<br>Exceso de confianza<br>+8</span>
				</div>
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					<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Cobarde</span><br><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Gruñón<br> -8</span>
				</div>
			</div>
				</div>
			</div>
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
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				</div>
				<div class='custom-spoiler-content' style='display: none;'>
					Este es un primer post introductorio, por ello, siéntete libre de recorrer la distancia que quieras para situarte donde necesites en este primer post. Más adelante, en caso de comenzar con el bélico, si que tendrás que tener en cuenta los metros que puede recorrer tu personaje
				</div>
			</div><div class='custom-spoiler'>
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					Bienvenida a tu primera aventura. Espero que la disfrutes y sobre todo que aprendas sobre el sistema bélico del foro. Si tienes alguna duda con algo, no dudes en comentármelo por discord y te ayudaré encantado. Suerte!
				</div>
			</div>
				</div>
			</div></span></div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[A conocer el cañaveral [Autonarrada T1]]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2634</link>
			<pubDate>Sun, 30 Nov 2025 15:20:28 -0700</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=588">Tensui Marlin</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2634</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">South Blue | Reino de Samba </span></span></div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Campos de cañas de azucar | Dia 16 de otoño | Año 16</span></span></div>
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Habían pasado ya cuatro días desde que puse pie en Isla Samba. Cuatro días sin dirigirle la palabra a nadie, como si la lengua se me hubiera oxidado con la sal del camino. Me quedé en las costas, vigilando a Krakatua desde la distancia, asegurándome de que estuviera bien sin mi presencia en el agua. Es extraño, pasar media vida surcando el mar y ahora no poder tocarlo sin que me devuelva un recuerdo que no quiero enfrentar, cruel ironía que tiene que enfrentar un Gyojin.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Pero quedarme aquí, pegado a estas rocas y a este horizonte inmóvil, sólo estaba pudriéndome por dentro. La comida no entra, el sueño no llega y la cabeza no deja de morderme por dentro con lo mismo de siempre. El pasado tiene tentáculos más largos que cualquier monstruo marino, y si me quedo quieto me arrastra, respiré hondo, pero no sirvió de mucho. Detrás de mí estaba el pueblo, la ciudad, los pasos de gente que tiene un rumbo aunque no lo sepan. Quizá allí podría fingir que yo también tengo uno, necesito moverme, hacer algo, lo que sea, antes de que mi propia mente termine por hundirme más que el mar que ya no puedo tocar, era hora de caminar hacia esa ciudad, era hora de obligarme a vivir un poco, aunque fuera por pura terquedad.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Me despedí de Krakatua con el gesto de siempre: dos dedos al agua, un leve giro de la muñeca. Ella respondió con un sonido suave, casi triste, y se sumergió apenas lo suficiente para ocultar sus ojos. Entendía que tenía que irme, aunque ninguno de los dos quisiera la distancia. Tomé aire y emprendí el camino hacia el pueblo. Imposible pasar desapercibido, un gyojin de casi tres metros, cargando un estoque atado al cinto, una sartén vieja y negra que para mí vale más que cualquier tesoro, y la ropa justa para no parecer un vagabundo. Sí, claro, suerte tendría si la gente no corría a llamar a la guardia, o al marine más cercano, o al matón del pueblo que crea estar capacitado para ¨lidiar¨ conmigo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Pero tenía que intentarlo, porque seguir huyendo de las personas sólo me estaba empujando hacia un sitio del que no se vuelve, si me quedaba en la costa, si seguía inmóvil, sólo alimentaría ese vacío que se me abre en el pecho cuando pienso demasiado y no, mi hija jamás habría querido encontrarme convertido en un fantasma respirando por costumbre, ella no merecía que yo me rindiera, ni ahora, ni nunca. </span><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Así que di el primer paso hacia el pueblo, alto, visible, ajeno y decidido, aunque me miraran como a un monstruo, aunque la desconfianza me siguiera como sombra, prefería eso antes que seguir deshaciéndome, día tras día, sin hacer nada por evitarlo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Para mi sorpresa, la vista que me recibió al cruzar los primeros caminos del pueblo no fue de miedo ni de hostilidad, sino de vida. Campos enteros de caña de azúcar se extendían hasta donde alcanzaba la vista, altos, verdes, moviéndose como un mar distinto cuando el viento los empujaba. Hombres y mujeres trabajaban allí con una dedicación tranquila, casi armoniosa. Gente sencilla, gente que sabía ganarse el pan sin perder el alma. Algunos, claro, al verme se apartaron instintivamente y no los culpo. Mi piel gris, mis escamas, mi tamaño, no son precisamente la imagen que esperan encontrar en un día común de trabajo, pero otros no hicieron eso. Otros me regalaron una sonrisa honesta, limpia, sin doble intención, sonrisas de esas que que no veía dirigidas hacia mí desde hacía demasiado tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Y, por un segundo apenas algo dentro de mi pecho se aflojó, u</span><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">n instante tan pequeño que casi podría negarlo, pero lo sentí, eso era paz. Una paz tímida, frágil, pero real, la clase de calma que uno olvida cuando ha vivido rodeado de tormentas, no sabía cuánto duraría, pero la acepté, porque un corazón como el mío necesita agarrarse a esas pequeñas luces antes de volver a caminar hacia la oscuridad que le espera.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—No es usted de por aquí, ¿cierto? —</span></span>preguntó una mujer joven, de cabello rizado y sonrisa amplia, acercándose sin una pizca de miedo en los ojos. Ese simple gesto, ese atrevimiento tan natural, me devolvió un fragmento de confianza que creí haber perdido semanas atrás.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Hola. —</span></span>respondí, tocando apenas mi frente en un gesto torpe, casi olvidado. Era la primera vez que cruzaba palabra con alguien en días, y mi voz sonó más grave de lo esperado. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—No, de hecho voy de paso. —</span></span>aclaré, aunque la verdad era que ¨paso¨ era una palabra demasiado pequeña para alguien como yo que no tiene rumbo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Tomé aire, bajé la mirada un momento y me incliné en una reverencia corta, respetuosa, impropia quizás de un hombre de mi tamaño. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Estoy buscando trabajo, lo que sea. Mientras esté en esta isla, necesito ganarme el pan que coma. — </span></span>dije con honestidad brutal, como siempre, dejando que mi voz cargara el peso de esa necesidad simple, que rara vez admito en voz alta. No sabía qué respuesta esperar, pero al menos había dado el primer paso. Aquí, frente a una desconocida que no huyó, era más de lo que había logrado en mucho tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">En un gesto que no veía desde hacía años, puro, inocente, completamente desarmante, la joven soltó una carcajada tan libre que por un instante me dejó paralizado. Su risa era tan limpia que casi dolía. Y, por supuesto, mi expresión debió ser un auténtico desastre, no sabía si retroceder, gruñir o simplemente quedarme ahí como un idiota mirando cómo se reía.<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color"> —Puahahaha, ¿por qué estás tan serio? —</span></span>dijo entre risas, limpiándose una lágrima que le había escapado.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Alivianate, chico. Mira a tu alrededor, aquí hay trabajo para todos los que quieran trabajar. ¿Qué sabes hacer? —</span></span> Su voz no tenía bordes ásperos ni doble intención, era suave, casi dulce y aunque al principio pensé que se burlaba de mí, lo cierto es que sus palabras calmaban el aire que nos rodeaba. Había algo genuino en ella, algo que, por primera vez en mucho tiempo, me hizo bajar los hombros sin sentirme en peligro.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><br></span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">No pude hacer más que rascarme la nuca y soltar una risa torpe, incómoda, casi absurda para alguien de mi tamaño. No estaba acostumbrado a que la gente fuera amable sin exigir nada a cambio. Siempre pensé que los de la superficie eran criaturas impredecibles, muchas veces crueles, casi siempre peligrosas, pero esta muchacha no encajaba con nada de lo que yo conocía.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—De donde vengo era artesano —</span></span>respondí al fin, enderezando un poco la espalda <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Trabajaba en la forja. —</span></span> Extendí mi mano hacia ella, con ese gesto que me enseñaron que debía hacer ¨para ser cortés¨, aunque nunca terminé de entender por qué los humanos necesitan tocarse tanto. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Soy Marlin —</span></span>añadí con voz firme, pero sin dureza <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Tensui Marlin.—</span></span> Una presentación sencilla, directa… lo justo para no espantar a la única persona que me había hablado con algo parecido a humanidad en mucho tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—¿Ah, sí? Mira qué bien —</span></span>dijo la muchacha, dando un pequeño salto en su sitio, casi rebotando de emoción. Me costaba entender esa efusividad tan ligera, parecía realmente complacida, como si hubiera encontrado una pieza perdida que llevaba tiempo buscando pero mientras hablaba, noté las miradas alrededor, susurros bajos, ojos que se apartaban cuando los devolvía. Ninguno cargaba con odio ni temor profundo, más bien eran dudas, la misma incertidumbre que yo tendría si un gyojin de casi tres metros apareciera de pronto en mi pueblo, no podía culparlos por eso.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Ven conmigo —</span></span>dijo ella, girándose con un movimiento tan repentino y despreocupado que por un instante me recordó a los juguetes de cuerda de mi hija <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Primero te llevo con el viejo MacLarey, y luego te presento a la gente con la que trabajo yo. —</span></span> La seguí sin decir palabra. No era momento para orgullo ni para poner distancia. Era yo quien necesitaba ayuda, y negarme sería una necedad digna de un necio y ya he sido suficiente necio en esta vida. Así que caminé detrás de ella, dejando que esa extraña chispa de energía humana iluminara, aunque fuera un poco, la sombra donde llevo viviendo demasiado tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Seguí a la mujer por el estrecho sendero que cruzaba entre chozas y puestos improvisados, tratando de ignorar las miradas que sentía caer sobre mi espalda. No eran hostiles, pero sí pesadas, como si cada uno de ellos estuviera evaluando mi mera presencia, midiendo mis pasos, preguntándose si realmente valía la pena ofrecerme un lugar entre los suyos. La mujer avanzaba con pasos ligeros, casi saltados, como si cada movimiento la impulsara hacia adelante con una energía que no comprendía, pero que de alguna manera me tranquilizaba. Sentía que, al menos por ahora, alguien estaba dispuesto a guiarme sin pedir nada a cambio.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cuando nos detuvimos frente a una estructura hecha de metal retorcido y piedra ennegrecida por el hollín, un golpe seco resonó desde el interior. La mujer hizo un gesto para que la siguiera y cruzamos la entrada. El calor nos envolvió de inmediato, y el olor a hierro caliente me golpeó la nariz. Dentro, un hombre enorme, de barba blanca y brazos como troncos, levantó la vista apenas un segundo antes de soltar un bufido. No parecía sorprendido ni emocionado por mi llegada, más bien, como si ya supiera que alguien nuevo estaba por aparecer tarde o temprano.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Viejo MacLarey —</span></span>dijo la mujer con una sonrisa casi orgullosa <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">— te traigo a alguien que podría servirte. —</span></span> El herrero me miró, esta vez más atento, como analizándome desde los pies hasta la cabeza. Su mirada era dura, pero no hostil, yo veia una evaluación, quizas un juicio silencioso y por primera vez en mucho tiempo, me descubrí esperando su veredicto.</span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">South Blue | Reino de Samba </span></span></div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Campos de cañas de azucar | Dia 16 de otoño | Año 16</span></span></div>
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Habían pasado ya cuatro días desde que puse pie en Isla Samba. Cuatro días sin dirigirle la palabra a nadie, como si la lengua se me hubiera oxidado con la sal del camino. Me quedé en las costas, vigilando a Krakatua desde la distancia, asegurándome de que estuviera bien sin mi presencia en el agua. Es extraño, pasar media vida surcando el mar y ahora no poder tocarlo sin que me devuelva un recuerdo que no quiero enfrentar, cruel ironía que tiene que enfrentar un Gyojin.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Pero quedarme aquí, pegado a estas rocas y a este horizonte inmóvil, sólo estaba pudriéndome por dentro. La comida no entra, el sueño no llega y la cabeza no deja de morderme por dentro con lo mismo de siempre. El pasado tiene tentáculos más largos que cualquier monstruo marino, y si me quedo quieto me arrastra, respiré hondo, pero no sirvió de mucho. Detrás de mí estaba el pueblo, la ciudad, los pasos de gente que tiene un rumbo aunque no lo sepan. Quizá allí podría fingir que yo también tengo uno, necesito moverme, hacer algo, lo que sea, antes de que mi propia mente termine por hundirme más que el mar que ya no puedo tocar, era hora de caminar hacia esa ciudad, era hora de obligarme a vivir un poco, aunque fuera por pura terquedad.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Me despedí de Krakatua con el gesto de siempre: dos dedos al agua, un leve giro de la muñeca. Ella respondió con un sonido suave, casi triste, y se sumergió apenas lo suficiente para ocultar sus ojos. Entendía que tenía que irme, aunque ninguno de los dos quisiera la distancia. Tomé aire y emprendí el camino hacia el pueblo. Imposible pasar desapercibido, un gyojin de casi tres metros, cargando un estoque atado al cinto, una sartén vieja y negra que para mí vale más que cualquier tesoro, y la ropa justa para no parecer un vagabundo. Sí, claro, suerte tendría si la gente no corría a llamar a la guardia, o al marine más cercano, o al matón del pueblo que crea estar capacitado para ¨lidiar¨ conmigo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Pero tenía que intentarlo, porque seguir huyendo de las personas sólo me estaba empujando hacia un sitio del que no se vuelve, si me quedaba en la costa, si seguía inmóvil, sólo alimentaría ese vacío que se me abre en el pecho cuando pienso demasiado y no, mi hija jamás habría querido encontrarme convertido en un fantasma respirando por costumbre, ella no merecía que yo me rindiera, ni ahora, ni nunca. </span><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Así que di el primer paso hacia el pueblo, alto, visible, ajeno y decidido, aunque me miraran como a un monstruo, aunque la desconfianza me siguiera como sombra, prefería eso antes que seguir deshaciéndome, día tras día, sin hacer nada por evitarlo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Para mi sorpresa, la vista que me recibió al cruzar los primeros caminos del pueblo no fue de miedo ni de hostilidad, sino de vida. Campos enteros de caña de azúcar se extendían hasta donde alcanzaba la vista, altos, verdes, moviéndose como un mar distinto cuando el viento los empujaba. Hombres y mujeres trabajaban allí con una dedicación tranquila, casi armoniosa. Gente sencilla, gente que sabía ganarse el pan sin perder el alma. Algunos, claro, al verme se apartaron instintivamente y no los culpo. Mi piel gris, mis escamas, mi tamaño, no son precisamente la imagen que esperan encontrar en un día común de trabajo, pero otros no hicieron eso. Otros me regalaron una sonrisa honesta, limpia, sin doble intención, sonrisas de esas que que no veía dirigidas hacia mí desde hacía demasiado tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Y, por un segundo apenas algo dentro de mi pecho se aflojó, u</span><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">n instante tan pequeño que casi podría negarlo, pero lo sentí, eso era paz. Una paz tímida, frágil, pero real, la clase de calma que uno olvida cuando ha vivido rodeado de tormentas, no sabía cuánto duraría, pero la acepté, porque un corazón como el mío necesita agarrarse a esas pequeñas luces antes de volver a caminar hacia la oscuridad que le espera.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—No es usted de por aquí, ¿cierto? —</span></span>preguntó una mujer joven, de cabello rizado y sonrisa amplia, acercándose sin una pizca de miedo en los ojos. Ese simple gesto, ese atrevimiento tan natural, me devolvió un fragmento de confianza que creí haber perdido semanas atrás.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Hola. —</span></span>respondí, tocando apenas mi frente en un gesto torpe, casi olvidado. Era la primera vez que cruzaba palabra con alguien en días, y mi voz sonó más grave de lo esperado. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—No, de hecho voy de paso. —</span></span>aclaré, aunque la verdad era que ¨paso¨ era una palabra demasiado pequeña para alguien como yo que no tiene rumbo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Tomé aire, bajé la mirada un momento y me incliné en una reverencia corta, respetuosa, impropia quizás de un hombre de mi tamaño. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Estoy buscando trabajo, lo que sea. Mientras esté en esta isla, necesito ganarme el pan que coma. — </span></span>dije con honestidad brutal, como siempre, dejando que mi voz cargara el peso de esa necesidad simple, que rara vez admito en voz alta. No sabía qué respuesta esperar, pero al menos había dado el primer paso. Aquí, frente a una desconocida que no huyó, era más de lo que había logrado en mucho tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">En un gesto que no veía desde hacía años, puro, inocente, completamente desarmante, la joven soltó una carcajada tan libre que por un instante me dejó paralizado. Su risa era tan limpia que casi dolía. Y, por supuesto, mi expresión debió ser un auténtico desastre, no sabía si retroceder, gruñir o simplemente quedarme ahí como un idiota mirando cómo se reía.<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color"> —Puahahaha, ¿por qué estás tan serio? —</span></span>dijo entre risas, limpiándose una lágrima que le había escapado.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Alivianate, chico. Mira a tu alrededor, aquí hay trabajo para todos los que quieran trabajar. ¿Qué sabes hacer? —</span></span> Su voz no tenía bordes ásperos ni doble intención, era suave, casi dulce y aunque al principio pensé que se burlaba de mí, lo cierto es que sus palabras calmaban el aire que nos rodeaba. Había algo genuino en ella, algo que, por primera vez en mucho tiempo, me hizo bajar los hombros sin sentirme en peligro.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><br></span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">No pude hacer más que rascarme la nuca y soltar una risa torpe, incómoda, casi absurda para alguien de mi tamaño. No estaba acostumbrado a que la gente fuera amable sin exigir nada a cambio. Siempre pensé que los de la superficie eran criaturas impredecibles, muchas veces crueles, casi siempre peligrosas, pero esta muchacha no encajaba con nada de lo que yo conocía.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—De donde vengo era artesano —</span></span>respondí al fin, enderezando un poco la espalda <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Trabajaba en la forja. —</span></span> Extendí mi mano hacia ella, con ese gesto que me enseñaron que debía hacer ¨para ser cortés¨, aunque nunca terminé de entender por qué los humanos necesitan tocarse tanto. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Soy Marlin —</span></span>añadí con voz firme, pero sin dureza <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Tensui Marlin.—</span></span> Una presentación sencilla, directa… lo justo para no espantar a la única persona que me había hablado con algo parecido a humanidad en mucho tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—¿Ah, sí? Mira qué bien —</span></span>dijo la muchacha, dando un pequeño salto en su sitio, casi rebotando de emoción. Me costaba entender esa efusividad tan ligera, parecía realmente complacida, como si hubiera encontrado una pieza perdida que llevaba tiempo buscando pero mientras hablaba, noté las miradas alrededor, susurros bajos, ojos que se apartaban cuando los devolvía. Ninguno cargaba con odio ni temor profundo, más bien eran dudas, la misma incertidumbre que yo tendría si un gyojin de casi tres metros apareciera de pronto en mi pueblo, no podía culparlos por eso.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Ven conmigo —</span></span>dijo ella, girándose con un movimiento tan repentino y despreocupado que por un instante me recordó a los juguetes de cuerda de mi hija <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Primero te llevo con el viejo MacLarey, y luego te presento a la gente con la que trabajo yo. —</span></span> La seguí sin decir palabra. No era momento para orgullo ni para poner distancia. Era yo quien necesitaba ayuda, y negarme sería una necedad digna de un necio y ya he sido suficiente necio en esta vida. Así que caminé detrás de ella, dejando que esa extraña chispa de energía humana iluminara, aunque fuera un poco, la sombra donde llevo viviendo demasiado tiempo.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Seguí a la mujer por el estrecho sendero que cruzaba entre chozas y puestos improvisados, tratando de ignorar las miradas que sentía caer sobre mi espalda. No eran hostiles, pero sí pesadas, como si cada uno de ellos estuviera evaluando mi mera presencia, midiendo mis pasos, preguntándose si realmente valía la pena ofrecerme un lugar entre los suyos. La mujer avanzaba con pasos ligeros, casi saltados, como si cada movimiento la impulsara hacia adelante con una energía que no comprendía, pero que de alguna manera me tranquilizaba. Sentía que, al menos por ahora, alguien estaba dispuesto a guiarme sin pedir nada a cambio.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cuando nos detuvimos frente a una estructura hecha de metal retorcido y piedra ennegrecida por el hollín, un golpe seco resonó desde el interior. La mujer hizo un gesto para que la siguiera y cruzamos la entrada. El calor nos envolvió de inmediato, y el olor a hierro caliente me golpeó la nariz. Dentro, un hombre enorme, de barba blanca y brazos como troncos, levantó la vista apenas un segundo antes de soltar un bufido. No parecía sorprendido ni emocionado por mi llegada, más bien, como si ya supiera que alguien nuevo estaba por aparecer tarde o temprano.</span><br />
<br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">—Viejo MacLarey —</span></span>dijo la mujer con una sonrisa casi orgullosa <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9a00b2;" class="mycode_color">— te traigo a alguien que podría servirte. —</span></span> El herrero me miró, esta vez más atento, como analizándome desde los pies hasta la cabeza. Su mirada era dura, pero no hostil, yo veia una evaluación, quizas un juicio silencioso y por primera vez en mucho tiempo, me descubrí esperando su veredicto.</span>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Campos de Caña [Pasado/Privado]]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2445</link>
			<pubDate>Thu, 30 Oct 2025 09:33:40 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=588">Tensui Marlin</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2445</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">South Blue/Reino de Samba</span></span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Campos de cañas de azucar</span></span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Día 50 de Otoño del año 16</span></span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">.<br />
.<br />
.</span></span></span></div>
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">En los pocos días que llevo en Samba, he encontrado algo que se parece a la paz. No es mucha, pero alcanza para respirar sin rabia. El mes pasado me había dejado vacío, y aunque no he hablado con nadie ni tengo intención de hacerlo, el silencio de esta isla me ha servido. He seguido practicando con esta maldita Akuma no Mi. No es difícil, al menos no para alguien que nació nadando. El cuerpo recuerda lo que el alma no olvida, pero sigue siendo un golpe extraño poder deslizarme sobre la tierra, y no en el agua. Es como mirar el mar desde afuera, sabiendo que ya no te pertenece. </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Hoy he vuelto al campo de cañas de azúcar. No sabría decir si es por el tipo de tierra o por el aire que se respira aquí, pero este lugar parece entender mejor mi forma de moverme. Practicar con la Sui Sui no Mi entre estos surcos húmedos me resulta casi natural. Puedo hundirme en la tierra, nadar bajo ella y emerger con la fuerza de un marlín atravesando las olas, por un instante casi puedo engañarme, casi puedo creer que sigo en el mar.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cada salto me recuerda quién fui antes de la marca en mi espalda. El viento golpea mi rostro igual que lo hacía la corriente, y por un momento todo tiene sentido otra vez. Pero basta con mirar mis manos cubiertas de polvo para recordar que esto no es agua, que lo que atravieso no es mi hogar. La tierra me recibe, sí, pero no me abraza; me tolera como algo ajeno, como un pez que aprendió a respirar donde no debía.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Krakatua me observa desde el canal, inquieta. Sé que no entiende por qué nado fuera del mar, por qué me hundo en un suelo que no canta ni respira como las olas. Le sonrío, aunque no me vea desde tan lejos. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Aún no es lo mismo, pequeña —</span></span></span>murmuro, con la voz baja, casi una disculpa <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Pero algún día volveré a moverme con libertad, aunque sea en otro océano. </span></span></span>— Salí de la tierra en un último salto, rompiendo el suelo con un golpe seco. La arcilla se desmoronó a mi alrededor mientras el polvo flotaba unos segundos en el aire, dorado por la luz del atardecer. Me limpié las manos con calma y avancé unos pasos hasta el borde del campo. Las cañas se mecían al ritmo del viento, sus hojas chocando unas contra otras como si cuchichearan entre sí. Me senté sobre una piedra grande, lo suficientemente firme como para sostener el peso de mis pensamientos.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">El olor dulce de las cañas me resultaba extraño, pero no desagradable. Había algo vivo en ese aroma, algo que me recordaba al mar cuando estaba en calma, antes de las tormentas. Me quedé mirando el horizonte, escuchando el crujir de los tallos y el zumbido de los insectos que parecían no tener prisa por nada. Era curioso cómo un lugar tan quieto podía hacerme sentir en movimiento.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Apoyé los codos sobre las rodillas y dejé que el silencio me envolviera. La práctica había sido buena, pero no perfecta, todavía sentía un leve tirón en el pecho cada vez que me hundía demasiado rápido. Tal vez era el cuerpo resistiéndose, o el alma recordando su origen. De cualquier forma, sonreí. Estaba aprendiendo a nadar en tierra, a no necesitar el agua aunque, en el fondo, sabía que ninguna superficie me haría sentir tan libre como el mar.</span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">South Blue/Reino de Samba</span></span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Campos de cañas de azucar</span></span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Día 50 de Otoño del año 16</span></span></span></div>
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">.<br />
.<br />
.</span></span></span></div>
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">En los pocos días que llevo en Samba, he encontrado algo que se parece a la paz. No es mucha, pero alcanza para respirar sin rabia. El mes pasado me había dejado vacío, y aunque no he hablado con nadie ni tengo intención de hacerlo, el silencio de esta isla me ha servido. He seguido practicando con esta maldita Akuma no Mi. No es difícil, al menos no para alguien que nació nadando. El cuerpo recuerda lo que el alma no olvida, pero sigue siendo un golpe extraño poder deslizarme sobre la tierra, y no en el agua. Es como mirar el mar desde afuera, sabiendo que ya no te pertenece. </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Hoy he vuelto al campo de cañas de azúcar. No sabría decir si es por el tipo de tierra o por el aire que se respira aquí, pero este lugar parece entender mejor mi forma de moverme. Practicar con la Sui Sui no Mi entre estos surcos húmedos me resulta casi natural. Puedo hundirme en la tierra, nadar bajo ella y emerger con la fuerza de un marlín atravesando las olas, por un instante casi puedo engañarme, casi puedo creer que sigo en el mar.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Cada salto me recuerda quién fui antes de la marca en mi espalda. El viento golpea mi rostro igual que lo hacía la corriente, y por un momento todo tiene sentido otra vez. Pero basta con mirar mis manos cubiertas de polvo para recordar que esto no es agua, que lo que atravieso no es mi hogar. La tierra me recibe, sí, pero no me abraza; me tolera como algo ajeno, como un pez que aprendió a respirar donde no debía.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Krakatua me observa desde el canal, inquieta. Sé que no entiende por qué nado fuera del mar, por qué me hundo en un suelo que no canta ni respira como las olas. Le sonrío, aunque no me vea desde tan lejos. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Aún no es lo mismo, pequeña —</span></span></span>murmuro, con la voz baja, casi una disculpa <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—Pero algún día volveré a moverme con libertad, aunque sea en otro océano. </span></span></span>— Salí de la tierra en un último salto, rompiendo el suelo con un golpe seco. La arcilla se desmoronó a mi alrededor mientras el polvo flotaba unos segundos en el aire, dorado por la luz del atardecer. Me limpié las manos con calma y avancé unos pasos hasta el borde del campo. Las cañas se mecían al ritmo del viento, sus hojas chocando unas contra otras como si cuchichearan entre sí. Me senté sobre una piedra grande, lo suficientemente firme como para sostener el peso de mis pensamientos.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">El olor dulce de las cañas me resultaba extraño, pero no desagradable. Había algo vivo en ese aroma, algo que me recordaba al mar cuando estaba en calma, antes de las tormentas. Me quedé mirando el horizonte, escuchando el crujir de los tallos y el zumbido de los insectos que parecían no tener prisa por nada. Era curioso cómo un lugar tan quieto podía hacerme sentir en movimiento.</span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font"> </span><br />
<span style="font-family: Courier New;" class="mycode_font">Apoyé los codos sobre las rodillas y dejé que el silencio me envolviera. La práctica había sido buena, pero no perfecta, todavía sentía un leve tirón en el pecho cada vez que me hundía demasiado rápido. Tal vez era el cuerpo resistiéndose, o el alma recordando su origen. De cualquier forma, sonreí. Estaba aprendiendo a nadar en tierra, a no necesitar el agua aunque, en el fondo, sabía que ninguna superficie me haría sentir tan libre como el mar.</span>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Pasado] ¿Lo rotamos?  |  Social]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2265</link>
			<pubDate>Sun, 12 Oct 2025 18:09:11 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=589">Ryota Miyamoto</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2265</guid>
			<description><![CDATA[Primavera - Dia 26 - Año 16<br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><a href="https://www.youtube.com/watch?v=sRcO6y_tqhk" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Ost</a></div>
<br />
La isla Samba no era solo un territorio conocido por sus danzas y múltiples celebraciones, que servían para aminorar la dura vida de sus habitantes; también era hogar de los campos de caña de azúcar, uno de los recursos más importantes de la región, que proveía alimento a los sectores más desprotegidos de la población y llenaba las arcas de los nobles propietarios de las tierras.<br />
<br />
Cientos de hectáreas se abrían paso a la vista mostrando una gran cantidad de cañas listas para ser cosechadas y eran una hermosa vista desde el río, en el cual, varios turistas paseaban en pequeños barcos que hacían recorridos mostrando uno de los lugares más apreciados de la región.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¨Y como pueden ver estos son los famosos campos de las cañas, es una parte importante de nuestra isla ya que por medio de su… </span><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">- bla bla, aburrido, bla bla, muy aburrido, bla bla.¨</span></span><br />
<br />
Aquellos últimos vocablos claramente no eran emitidos por el guía turístico del barco, sino por Ryota Miyamoto, un joven que murmuraba para sí mismo, interesado únicamente en llegar al centro de la isla y disfrutar de la verdadera experiencia de la samba.<br />
<br />
Fue entonces cuando el joven de mirada color miel levantó la mano para pedir la palabra. <br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><img src="https://i.imgur.com/HL5EtrQ.jpeg" loading="lazy"  width="150" height="150" alt="[Imagen: HL5EtrQ.jpeg]" class="mycode_img" /><br />
<br />
<span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¨ Bro, disculpa, ¿falta mucho para llegar al centro de la isla? Es que no quiero ser grosero, pero voy a quedarme dormido si sigo escuchando sobre las cañas. ¨</span></span> </div>
<br />
Preguntó sin importarle que algunos lo miraran con prejuicios al ser un joven que en sus definiciones sería irrespetuoso. <br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">"En realidad, vamos a desembarcar justo aquí para hacer un recorrido, pero luego de dos horas, pondremos rumbo al centro de la isla"</span>, contestó el guía turístico con la cordialidad dada por aquellos que solo hacían su trabajo.<br />
<br />
Ryota solo pudo suspirar, recostándose contra el asiento del barco mientras esperaba a que este encallara y todos descendieran para iniciar el recorrido.<br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><img src="https://i.pinimg.com/736x/36/88/12/3688122c40b268ea2ca6e727948f6874.jpg" loading="lazy"  width="400" height="240" alt="[Imagen: 3688122c40b268ea2ca6e727948f6874.jpg]" class="mycode_img" /></div>
<br />
Una vez en tierra, todo el grupo se dispuso a caminar por un sendero que, según palabras del guía, los llevaría a una de las granjas de caña para observar el proceso de extracción del azúcar. Todo aquello podía sonar bien para los vejestorios que se encontraban en el grupo, pero el joven de cabellos castaños se apartaría al percatarse de un aroma por mucho singular. <br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">"Eso es…"</span></span>, pensaba mientras se adentraba en la espesa jungla, perdiendo el rumbo y la noción de dónde se encontraba el resto del grupo. Su sentido del olfato había sido capturado por un aroma particular, una mezcla de dos fragancias que conocía muy bien: una le recordaba sus largas tardes pescando con sus primos en el mar, y la otra lo hacía pensar únicamente en mujeres.<br />
<br />
Al llegar al origen del aroma, pudo distinguir entre la espesura de la selva un pequeño valle de terreno plano y, justo en el centro, una mujer de músculos imponentes, cabellera roja, piel morena y un cigarrillo de cannabis entre sus dedos.<br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><img src="https://i.imgur.com/fjE7oEv.jpeg" loading="lazy"  width="150" height="145" alt="[Imagen: fjE7oEv.jpeg]" class="mycode_img" /><br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">¨Genial, premio doble¨</span></span></div>
<br />
Sin más se aproximó hasta la prominente mujer de aroma dulce. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">¨¿Quieres compartir? El porro, claro.¨</span></span><br />
<br />
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><a href="https://i.imgur.com/OdsCAWe.jpeg" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Outfit</a></div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[Primavera - Dia 26 - Año 16<br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><a href="https://www.youtube.com/watch?v=sRcO6y_tqhk" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Ost</a></div>
<br />
La isla Samba no era solo un territorio conocido por sus danzas y múltiples celebraciones, que servían para aminorar la dura vida de sus habitantes; también era hogar de los campos de caña de azúcar, uno de los recursos más importantes de la región, que proveía alimento a los sectores más desprotegidos de la población y llenaba las arcas de los nobles propietarios de las tierras.<br />
<br />
Cientos de hectáreas se abrían paso a la vista mostrando una gran cantidad de cañas listas para ser cosechadas y eran una hermosa vista desde el río, en el cual, varios turistas paseaban en pequeños barcos que hacían recorridos mostrando uno de los lugares más apreciados de la región.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¨Y como pueden ver estos son los famosos campos de las cañas, es una parte importante de nuestra isla ya que por medio de su… </span><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">- bla bla, aburrido, bla bla, muy aburrido, bla bla.¨</span></span><br />
<br />
Aquellos últimos vocablos claramente no eran emitidos por el guía turístico del barco, sino por Ryota Miyamoto, un joven que murmuraba para sí mismo, interesado únicamente en llegar al centro de la isla y disfrutar de la verdadera experiencia de la samba.<br />
<br />
Fue entonces cuando el joven de mirada color miel levantó la mano para pedir la palabra. <br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><img src="https://i.imgur.com/HL5EtrQ.jpeg" loading="lazy"  width="150" height="150" alt="[Imagen: HL5EtrQ.jpeg]" class="mycode_img" /><br />
<br />
<span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¨ Bro, disculpa, ¿falta mucho para llegar al centro de la isla? Es que no quiero ser grosero, pero voy a quedarme dormido si sigo escuchando sobre las cañas. ¨</span></span> </div>
<br />
Preguntó sin importarle que algunos lo miraran con prejuicios al ser un joven que en sus definiciones sería irrespetuoso. <br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">"En realidad, vamos a desembarcar justo aquí para hacer un recorrido, pero luego de dos horas, pondremos rumbo al centro de la isla"</span>, contestó el guía turístico con la cordialidad dada por aquellos que solo hacían su trabajo.<br />
<br />
Ryota solo pudo suspirar, recostándose contra el asiento del barco mientras esperaba a que este encallara y todos descendieran para iniciar el recorrido.<br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><img src="https://i.pinimg.com/736x/36/88/12/3688122c40b268ea2ca6e727948f6874.jpg" loading="lazy"  width="400" height="240" alt="[Imagen: 3688122c40b268ea2ca6e727948f6874.jpg]" class="mycode_img" /></div>
<br />
Una vez en tierra, todo el grupo se dispuso a caminar por un sendero que, según palabras del guía, los llevaría a una de las granjas de caña para observar el proceso de extracción del azúcar. Todo aquello podía sonar bien para los vejestorios que se encontraban en el grupo, pero el joven de cabellos castaños se apartaría al percatarse de un aroma por mucho singular. <br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">"Eso es…"</span></span>, pensaba mientras se adentraba en la espesa jungla, perdiendo el rumbo y la noción de dónde se encontraba el resto del grupo. Su sentido del olfato había sido capturado por un aroma particular, una mezcla de dos fragancias que conocía muy bien: una le recordaba sus largas tardes pescando con sus primos en el mar, y la otra lo hacía pensar únicamente en mujeres.<br />
<br />
Al llegar al origen del aroma, pudo distinguir entre la espesura de la selva un pequeño valle de terreno plano y, justo en el centro, una mujer de músculos imponentes, cabellera roja, piel morena y un cigarrillo de cannabis entre sus dedos.<br />
<br />
<div style="text-align: center;" class="mycode_align"><img src="https://i.imgur.com/fjE7oEv.jpeg" loading="lazy"  width="150" height="145" alt="[Imagen: fjE7oEv.jpeg]" class="mycode_img" /><br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">¨Genial, premio doble¨</span></span></div>
<br />
Sin más se aproximó hasta la prominente mujer de aroma dulce. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #9A00B2;" class="mycode_color">¨¿Quieres compartir? El porro, claro.¨</span></span><br />
<br />
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><a href="https://i.imgur.com/OdsCAWe.jpeg" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Outfit</a></div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Pasado] El chico pez]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2107</link>
			<pubDate>Wed, 10 Sep 2025 05:37:04 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=488">Varoganchin</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2107</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: center;" class="mycode_align">Día 33 de Invierno // Año 14<br />
Reino de Samba, Campos de cañas de azúcar<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">
El aire frío hace que enrosque mis brazos alrededor de mis costillas, por dentro de mi chaqueta, buscando el calor. Todos mis compañeros llevan guantes, pero el poco dinero que gano con mis encargos lo tengo que dedicar a comprar repuestos para la tienda de antigüedades. Si se quiere hacer una buena restauración, no queda más remedio que utilizar materiales de calidad, y estos cuestan un buen puñado de berries. Aunque pensándolo bien, también es necesario unas buenas manos, con dedos y todo. Noto como se me entumecen las yemas y agradezco tener todo el cuerpo cubierto por mi pelaje. La chaqueta de piel, de imitación, por supuesto, también ayuda, ya que al menos evita que el viento llegue hasta mi cuerpo, trayendo consigo la sensación de cuchillas heladas. Levanto las solapas de la chaqueta para que el forro de borrego (ese sí es de verdad, pero de animales criados en libertad) calienten mis mejillas y retengan algo del calor de mis exhalaciones. Samba es una isla tropical, pero aún así, el frío del invierno puede hacer mella en cualquiera. O será que ya mi cuerpo se ha acostumbrado al calor húmedo que suelo disfrutar en la ciudad. Como sea, resguardo mi cabeza del viento y continúo mi paso tras de Brakko y sus matones.<br />
<br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—¡Vamos, rata! Te estás quedando atrás —</span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">dice el hombre fornido como si estuviera escupiendo las palabras y de repente, la ira hace que el frío quede a un lado.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #d900a7;" class="mycode_color">—No entiendo qué hacemos aquí.<br />
<br />
—</span><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">El jefe nos envía a cobrar unas deudas.<br />
<br />
—</span><span style="color: #f012be;" class="mycode_color">Entonces no entiendo qué hago yo aquí.</span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color">—</span><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">Varios de mis hombres resultaron heridos y no podían acompañarme, así que le pedí refuerzos al jefe. No pensaba que me pondría a pasear a su mascota —</span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">espeta entre risas hirientes.</span><br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><br></span><br />
Mis puños se aprietan una vez más, pero libero la tensión a la vez que suelto el aire despacio. Es grande, mucho más grande que yo. Además, no está solo, otros tres hombres de igual tamaño lo acompañan. No podría hacerles frente ni aunque quisiera. Tal vez si pudiese asaltarles de noche, uno a uno y sin que me viesen... Pero no es momento de soñar. Tan solo pensar que uno de ellos pudiese escuchar lo que pasa por mi mente hace que un escalofrío recorra mi espalda, erizando todo mi pelaje. Continúo andando, detrás, en silencio, a la suficiente distancia como para que sientan que los acompaño, pero no tanta como para que llegue hasta mi el olor acre de su sudor rancio. A saber cuantas bacterias correrán por la piel de estos matones, que aparentan haber pasado días desde la última vez que se asearon. A mi tampoco me gusta el agua, pues siento que mi olor empeora cuando me he tenido que bañar a menudo, pero siempre puedes frotar tu cuerpo con algunas plantas medicinales y aromáticas que eliminen bacterias y olores. Vamos, una higiene normal, digo yo. Los he perdido de vista un instante mientras seguía en mis pensamientos, pero su rastro me lleva hasta dos casas adelante. Casas, por llamarlas de alguna manera, pues más bien son unas estructuras de barro y paja en las que los agricultores de la zona se resguardan de los animales salvajes durante la noche, sin saber que los peores animales salen a cualquier hora y saben abrir puertas. O tirarlas abajo.<br />
<br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—¡Me cago en tus muertos! No me hagas decirlo más veces. ¡Abre la puta puerta!</span><br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Brakko grita a la vez que aporrea la puerta con ambas manos. La imagen es más propia de algún gorila que de una persona y viéndole se borra cualquier duda de que humanos, minks y animales venimos del mismo sitio. Al otro lado de la puerta se oye una voz, débil y aguda, como la de un niño.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Por favor, señor. Aquí solo estoy yo. No tengo nada para ti.</span><br />
<span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Es difícil entender bien lo que dice el niño entre los sollozos y el temblor de su voz, refrenada por el miedo. No ayuda que el matón no pare de dar golpes con ambas manos, pues no solo no se detiene al oír la voz, sino que parece que lo que dice no le sienta del todo bien, ya que coge algo de impulso y da una patada que tira abajo la madera, arranca de cuajo el marco de la pobre estructura y veo como la puerta cae al suelo con un golpe seco que parece cortar el tiempo, pues tras él, se crea el silencio.<br />
<br />
Brakko entra en la chabola a toda prisa y yo corro tras él por miedo a lo que pueda hacerle a aquel niño. Y tengo razón, pues cuando entro, puedo ver como sujeta al chico por la parte de atrás del cuello de su camiseta. Lo zarandea y le grita una y otra vez, pero el chico parece congelado por el miedo, sus manos apretando ambos lados de su cara, los ojos, cerrados con la fuerza del puño de un gigante. El matón se harta de agitar al chico y lo lanza con fuerza contra una pared. El joven chico parece caer inconsciente, pues resbala hasta el suelo sin frenar la caída con las manos. Los hombres de Reena comienzan a destrozar todo; tiran una triste estantería al suelo, provocando que sus piezas se esparzan por todos lados, abren cajones y vacían su contenido sobre el piso, incluso llegan a rajar una especie de colchón del que solo sale paja y una pequeña bolsa de algodón. Brakko se guarda la bolsa y los cuatro se marchan satisfechos, con el gesto de haber hecho un buen trabajo en la cara. No entiendo que clase de ser despreciable siente placer en hacer este tipo de cosas, pero desde luego yo solo pienso que están enfermos.<br />
<br />
Corro hacia el chico, para descubrir que se trata de un gyojin, pues sus manos, que ya han perdido la tensión, al fin dejan ver las dos aletas y agallas que tiene a los costados de la cabeza. Mi mano se dirige a su cuello para ver si tiene pulso, pero no son pocos los vaivenes que me crean las dudas al ver la suciedad que lo impregna todo en aquella casa, y también sobre el chico. Aparto mis miedos a posibles consecuencias y compruebo que por suerte el chico sigue con vida. Lo cargo hasta la cama y dejo que repose mientras voy a buscar algo de comida y un poco de agua.<br />
<br />
Cuando vuelvo, el chico está despierto. O al menos, tiene los ojos abiertos, pues solo está mirando al techo sin hacer ningún gesto. Es cierto que soy bastante sigiloso y puede que no me oyese al principio, pero tampoco emite ninguna reacción cuando lo saludo. Le acerco el poco de agua limpia que ha podido conseguir para que beba y aparta la boca, como si no confiase en que lo que le estoy dando no sea alguna clase de veneno. Insisto y al fin muestra una reacción. No la deseada, no. Con el revés de su mano golpea el cuenco de agua y lo hace volar por la habitación.<br />
<br />
—</span><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">No quiero nada de vosotros, malditos —</span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">dice con una voz llena de odio</span><br />
<br />
Al verle ahí comprendo su situación, sus sentimientos, pues no hace tantos años yo estaba en su mismo lado; golpeado y humillado por esos mismos hombres. Decidí en ese momento que cuidaría de aquel chico, que conseguiría que dejasen de golpearlo, o incluso que pudiese conseguir una vida mejor, algo con lo que siempre haya soñado. Permanecí con él varios días hasta que pude ganarme su confianza. Luego lo visité durante semanas para llevar comida y otras cosas que necesitaran, y de pronto, y sin saber muy bien cómo, convencí a Aosaba para que se fuera a vivir a la ciudad y trabajase para Reena. Aún a día de hoy me arrepiento de haberlo hecho.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: center;" class="mycode_align">Día 33 de Invierno // Año 14<br />
Reino de Samba, Campos de cañas de azúcar<br />
<br />
</div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">
El aire frío hace que enrosque mis brazos alrededor de mis costillas, por dentro de mi chaqueta, buscando el calor. Todos mis compañeros llevan guantes, pero el poco dinero que gano con mis encargos lo tengo que dedicar a comprar repuestos para la tienda de antigüedades. Si se quiere hacer una buena restauración, no queda más remedio que utilizar materiales de calidad, y estos cuestan un buen puñado de berries. Aunque pensándolo bien, también es necesario unas buenas manos, con dedos y todo. Noto como se me entumecen las yemas y agradezco tener todo el cuerpo cubierto por mi pelaje. La chaqueta de piel, de imitación, por supuesto, también ayuda, ya que al menos evita que el viento llegue hasta mi cuerpo, trayendo consigo la sensación de cuchillas heladas. Levanto las solapas de la chaqueta para que el forro de borrego (ese sí es de verdad, pero de animales criados en libertad) calienten mis mejillas y retengan algo del calor de mis exhalaciones. Samba es una isla tropical, pero aún así, el frío del invierno puede hacer mella en cualquiera. O será que ya mi cuerpo se ha acostumbrado al calor húmedo que suelo disfrutar en la ciudad. Como sea, resguardo mi cabeza del viento y continúo mi paso tras de Brakko y sus matones.<br />
<br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—¡Vamos, rata! Te estás quedando atrás —</span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">dice el hombre fornido como si estuviera escupiendo las palabras y de repente, la ira hace que el frío quede a un lado.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #d900a7;" class="mycode_color">—No entiendo qué hacemos aquí.<br />
<br />
—</span><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">El jefe nos envía a cobrar unas deudas.<br />
<br />
—</span><span style="color: #f012be;" class="mycode_color">Entonces no entiendo qué hago yo aquí.</span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #f012be;" class="mycode_color">—</span><span style="color: #c14700;" class="mycode_color">Varios de mis hombres resultaron heridos y no podían acompañarme, así que le pedí refuerzos al jefe. No pensaba que me pondría a pasear a su mascota —</span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">espeta entre risas hirientes.</span><br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><br></span><br />
Mis puños se aprietan una vez más, pero libero la tensión a la vez que suelto el aire despacio. Es grande, mucho más grande que yo. Además, no está solo, otros tres hombres de igual tamaño lo acompañan. No podría hacerles frente ni aunque quisiera. Tal vez si pudiese asaltarles de noche, uno a uno y sin que me viesen... Pero no es momento de soñar. Tan solo pensar que uno de ellos pudiese escuchar lo que pasa por mi mente hace que un escalofrío recorra mi espalda, erizando todo mi pelaje. Continúo andando, detrás, en silencio, a la suficiente distancia como para que sientan que los acompaño, pero no tanta como para que llegue hasta mi el olor acre de su sudor rancio. A saber cuantas bacterias correrán por la piel de estos matones, que aparentan haber pasado días desde la última vez que se asearon. A mi tampoco me gusta el agua, pues siento que mi olor empeora cuando me he tenido que bañar a menudo, pero siempre puedes frotar tu cuerpo con algunas plantas medicinales y aromáticas que eliminen bacterias y olores. Vamos, una higiene normal, digo yo. Los he perdido de vista un instante mientras seguía en mis pensamientos, pero su rastro me lleva hasta dos casas adelante. Casas, por llamarlas de alguna manera, pues más bien son unas estructuras de barro y paja en las que los agricultores de la zona se resguardan de los animales salvajes durante la noche, sin saber que los peores animales salen a cualquier hora y saben abrir puertas. O tirarlas abajo.<br />
<br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color">—¡Me cago en tus muertos! No me hagas decirlo más veces. ¡Abre la puta puerta!</span><br />
<span style="color: #c14700;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Brakko grita a la vez que aporrea la puerta con ambas manos. La imagen es más propia de algún gorila que de una persona y viéndole se borra cualquier duda de que humanos, minks y animales venimos del mismo sitio. Al otro lado de la puerta se oye una voz, débil y aguda, como la de un niño.</span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Por favor, señor. Aquí solo estoy yo. No tengo nada para ti.</span><br />
<span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"><br></span><br />
<span style="color: #444444;" class="mycode_color">Es difícil entender bien lo que dice el niño entre los sollozos y el temblor de su voz, refrenada por el miedo. No ayuda que el matón no pare de dar golpes con ambas manos, pues no solo no se detiene al oír la voz, sino que parece que lo que dice no le sienta del todo bien, ya que coge algo de impulso y da una patada que tira abajo la madera, arranca de cuajo el marco de la pobre estructura y veo como la puerta cae al suelo con un golpe seco que parece cortar el tiempo, pues tras él, se crea el silencio.<br />
<br />
Brakko entra en la chabola a toda prisa y yo corro tras él por miedo a lo que pueda hacerle a aquel niño. Y tengo razón, pues cuando entro, puedo ver como sujeta al chico por la parte de atrás del cuello de su camiseta. Lo zarandea y le grita una y otra vez, pero el chico parece congelado por el miedo, sus manos apretando ambos lados de su cara, los ojos, cerrados con la fuerza del puño de un gigante. El matón se harta de agitar al chico y lo lanza con fuerza contra una pared. El joven chico parece caer inconsciente, pues resbala hasta el suelo sin frenar la caída con las manos. Los hombres de Reena comienzan a destrozar todo; tiran una triste estantería al suelo, provocando que sus piezas se esparzan por todos lados, abren cajones y vacían su contenido sobre el piso, incluso llegan a rajar una especie de colchón del que solo sale paja y una pequeña bolsa de algodón. Brakko se guarda la bolsa y los cuatro se marchan satisfechos, con el gesto de haber hecho un buen trabajo en la cara. No entiendo que clase de ser despreciable siente placer en hacer este tipo de cosas, pero desde luego yo solo pienso que están enfermos.<br />
<br />
Corro hacia el chico, para descubrir que se trata de un gyojin, pues sus manos, que ya han perdido la tensión, al fin dejan ver las dos aletas y agallas que tiene a los costados de la cabeza. Mi mano se dirige a su cuello para ver si tiene pulso, pero no son pocos los vaivenes que me crean las dudas al ver la suciedad que lo impregna todo en aquella casa, y también sobre el chico. Aparto mis miedos a posibles consecuencias y compruebo que por suerte el chico sigue con vida. Lo cargo hasta la cama y dejo que repose mientras voy a buscar algo de comida y un poco de agua.<br />
<br />
Cuando vuelvo, el chico está despierto. O al menos, tiene los ojos abiertos, pues solo está mirando al techo sin hacer ningún gesto. Es cierto que soy bastante sigiloso y puede que no me oyese al principio, pero tampoco emite ninguna reacción cuando lo saludo. Le acerco el poco de agua limpia que ha podido conseguir para que beba y aparta la boca, como si no confiase en que lo que le estoy dando no sea alguna clase de veneno. Insisto y al fin muestra una reacción. No la deseada, no. Con el revés de su mano golpea el cuenco de agua y lo hace volar por la habitación.<br />
<br />
—</span><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">No quiero nada de vosotros, malditos —</span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">dice con una voz llena de odio</span><br />
<br />
Al verle ahí comprendo su situación, sus sentimientos, pues no hace tantos años yo estaba en su mismo lado; golpeado y humillado por esos mismos hombres. Decidí en ese momento que cuidaría de aquel chico, que conseguiría que dejasen de golpearlo, o incluso que pudiese conseguir una vida mejor, algo con lo que siempre haya soñado. Permanecí con él varios días hasta que pude ganarme su confianza. Luego lo visité durante semanas para llevar comida y otras cosas que necesitaran, y de pronto, y sin saber muy bien cómo, convencí a Aosaba para que se fuera a vivir a la ciudad y trabajase para Reena. Aún a día de hoy me arrepiento de haberlo hecho.</div>]]></content:encoded>
		</item>
	</channel>
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