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		<title><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - Castillo Real]]></title>
		<link>https://nakamanomi.com/</link>
		<description><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - https://nakamanomi.com]]></description>
		<pubDate>Sun, 27 Sep 2026 17:20:18 +0000</pubDate>
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			<title><![CDATA[[Auto T7 - P.A.] Sección infantil]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4427</link>
			<pubDate>Sat, 26 Sep 2026 04:55:56 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=48">Max D. Bambú</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4427</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">Día 84 de verano<br />
16:00<br />
Biblioteca de Mogaro</div>
<br />
Una vez Don Bambú completó sus estudios sobre el mundo, las frutas del diablo y los poderes espirituales del haki sólo le quedó un gran proyecto de investigación por completar antes de dar por completamente rematados sus estudios teóricos. En efecto, llegar a entender los legendarios textos escritos en Poneglyph era una ardua tarea que podría llevarle años y años y no había ni un sólo libro en su biblioteca que hablase de ellos. El propio Bambú se había encargado de revisarlos todos, de catalogarlos minuciosamente y de ordenarlos por materias. Había creado un libro de registro para llevar cuenta de todos los fondos de la biblioteca y tenía varios cajones de tarjetas en las que se custodiaban tarjetas que identificaban los volúmenes de distintas formas. Un cajón ayudaba a localizar los libros por su título, si tenían. Otro por el autor o autora, si éste era conocido, y un tercero los agrupaba por materias. Es decir, por la temática que abarcaba la obra. Conociendo ya todo lo que poseía la biblioteca de Mogaro y habiendo descubierto los secretos que ésta albergaba, no había ningún motivo para no promocionarla y dejar que los propios habitantes de la isla acudiesen a consultar las obras y aprender sobre el mundo que les rodeaba. Hacer de Mogaro un pequeño país de eruditos se había convertido en una de las fantasías de Bambú, que buscaba, entre otras cosas, favorecer la creación de un mundo donde la gente no estuviera limitada por una densa niebla de ignorancia fácilmente disipable con el abanico de la lectura. La mayoría de adultos, sin embargo, no tenían el menor interés por la lectura. La mayor parte de los autóctonos eran trabajadores del campo, leñadores y pescadores. Los que venían de fuera, por ejemplo los contratados por el Ejército Revolucionario para trabajar en el astillero y servir de fuerza militar, tampoco tenían un gran trasfondo erudito como podrían tenerlo los ciudadanos medios de Oykot u Ohara. Y lo cierto es que aunque hubiera una minoría que de verdad se interesase por los conocimientos ocultos en aquellos manuscritos tan antiguos, muchos no tenían el nivel necesario para llegar a comprenderlos del todo, lo que habitualmente era una fuente de angustia que favorecía el abandono de la lectura y el retorno a otros ocios menos exigentes.<br />
<br />
Como bibliotecario mayor, un puesto que Don Bambú tomó con gusto y para el que no encontró oposición alguna, era parte de su trabajo el ayudar a la civilización de Mogaro a prosperar culturalmente. El panda intentó promocionar la biblioteca de diversas formas. Organizó clubs de lectura de las obras que él mismo consideró clásicas, pero nadie acudía. Hizo exposiciones de libre acceso por las cuales se mostró un parco interés. Contrató pequeñas orquestas para atraer a los ciudadanos a la biblioteca con alegres canciones, pero después de los conciertos la gente abandonó el edificio sin interesarse lo más mínimo por ninguno de sus volúmenes. Le propuso al consejo la idea de construir un pequeño edificio en el centro de Ciudad Kamome para hacer más accesible el inmueble de la biblioteca, pero ante la evidente falta de interés del populacho, parte del cual formaba parte del consejo, la idea fue descartada con la intención de invertir los fondos públicos en "algo más interesante para el pueblo". Aunque no estuviera de acuerdo, Bambú tuvo que ceder ante la voluntad de la mayoría.<br />
<br />
Una tarde no tan calurosa de Verano, cuando los últimos retazos de la estación luchaban contra la inminente llegada del otoño, Bambú se encontraba dando un paseo por su biblioteca abandonada con un cierto aire de tristeza. Tenía la mirada algo perdida. Deambulaba sin rumbo por entre los pasillos llenos de libros ahora etiquetados con un código que inventó él mismo para su fácil localización. Recordaba con un cariño que nunca creyó posible a los viejos usuarios de su biblioteca en Conomi. ¿Qué tal estarían? ¿Seguiría aquella pequeña biblioteca en pie después de que Bambú la abandonase? Quizás algún día volvería a su isla natal a comprobarlo. Quizás podría llevarle flores a su madre. Una llamada a la puerta abierta le sacó de su ensimismamiento. Se giró ligeramente ilusionado por si fuera alguna persona interesada en la colección de la biblioteca, pero no era ningún adulto ávido de lectura, sino el recluta Gregorovich. —<span style="color: #E82A1F;" class="mycode_color">BUENAS TARDES MARISCAL MAX D. BAMBÚ HE TERMINADO LOS DEBERES COMO ME ORDENÓ Y SOLICITO PERMISO PARA IR A JU- A ENTRENAR CON MIS CAMARADAS ESCOLARES EN EL CAMPO DE BALOMPIÉ.</span> —Bambú se echó a reír con las ocurrencias de aquel zagal. En verdad le recordaba un poco a él mismo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Permiso concedido, recluta, páselo bi- digo, esfuércese mucho.</span> —Una sonrisa de ilusión se dibujó en el rostro del recluta Gregorovich, que salió disparado hacia el campo de juego tan rápido como había llegado. Sus pasos, sonoros como truenos al principio, se perdieron en la distancia de los pasillos como un eco retumbante cada vez más apagado. Bambú se quedó quieto, mirando a la puerta pensativo, pensando en qué clase de juegos le gustarían a Gregory. ¿Qué aficiones tendría aquel mozo a parte de jugar con sus amigos por las tardes o dar paseos por la montaña con su hermana? Y entonces tuvo una idea.<br />
<br />
Le sorprendió que no se le hubiera ocurrido antes, para qué mentir. Si la tasa de lectura en los adultos estaba por los suelos, lo habitual no es sólo intentar corregirla atrayéndolos a la biblioteca, sino también resolverla desde la infancia. En la escuela, después de todo, aprenden cómo funciona el mundo, a sumar, a restar y, con suerte, a leer. ¿Y si Bambú creara una biblioteca especialmente dedicada a los niños? Rápidamente se acercó a una de las mesas de estancia y se sentó a escribir en un papel todos los libros infantiles que se le ocurrían. Los cuentos de los Primos Timm, El Campesinito, Antoñito Audífonos, Los Balompiecísimos y El Cuento Terminable (lectura fácil para niños entre 3 y 5 años y adultos cansados). —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Cielos, hay muchísimos y nunca lo había pensado, vaya bibliotecario estoy hecho.</span> —La lista continuó aumentando sin mesura ni control, pero eso era exactamente lo que buscaba Bambú. Encontró en sus memorias infantiles libros tan divertidos como los Labraperros, el Zorro con Sandalias, Coletas de Cobre y El Gatito Riquiño. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Tengo que hacer un pedido... Pero no con fondos públicos, esto lo pagaré yo.</span> —Decidió con determinación. Era una idea nueva, que ebullía en su cabeza con fuerza, pero no la plantearía al Consejo. No si no cuajaba inicialmente por lo menos. Aquella tarde Bambú salió corriendo del castillo camino al puerto. Tardó un buen rato en encontrar algún barco mercante que trazara rutas comerciales más allá de Risky Red, donde la lectura no era un hobby tan habitual como los duelos de revólver al atardecer. Necesitaba a alguien que circulase por varios rincones del Nuevo Mundo y que incluso se aventurase a los Blues y trazase toda clase de rutas comerciales por el mundo, pero que no se dedicase al mercado negro. Tardó un tiempo en encontrarse con un navío de estas características y, de hecho, pero lo encontró. Y esto no fue sólamente un producto de la increíble suerte de Bambú, sino que su suerte actuó en combinación con el hecho de que en Mogaro se encontraba el astillero más grande e importante del Nuevo Mundo. Barcos de toda clase llegaban a sus tierras, la mayor parte revolucionarios, pero muchos mercantes también. Allí era donde mejor se trabajaban los barcos que no amparaban las podridas alas del Gobierno Mundial.<br />
<br />
Como decía, Bambú encontró en el puerto de Mogaro un navío comercial que tenía la mercancía exacta que buscaba: libros. Era poco habitual, por eso tuvo suerte, pero mayor suerte tuvo cuando el viejo que lo gobernaba le permitió el paso a las bodegas interiores del barco, que servían de almacén para la mercancía más difícil de mover. El barco tenía de todo, claro, un comerciante no sobrevive únicamente vendiendo libros. Vendía toda clase de medicinas, ropa de lejanas tierras, ungüentos de belleza, conservantes alimentarios naturales como la sal, un poquito de contrabando de armas que Bambú tuvo a bien pasar por alto y otras tantas cosas, entre ellas libros. Los libros que tenía en exposición fuera del barco eran los típicos manuales de agricultura que podría adquirir el nuevo campesinado, libros de recetas para los panaderos y panaderas de la isla y otras tantas obras de más utilidad que erudición. Sin embargo, en el interior del barco Bambú se encontró con obras menos frecuentes: libros de cuentos. No había nada de gran erudición, mucho menos sobre el tema de los poneglyph. Ese tipo de obras no se compraban en cualquier barco comercial. Pero los libros infantiles sí, porque niños hay en todas partes y a veces leen. Claramente este tipo de mercancía se vendía más en islas con tradición erudita. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Aquí hay de todo, caray.</span> —Bambú se pasó una buena parte de la tarde ojeando libros, anotando sus referencias y apartando los más interesantes para comprarlos. Tanto tiempo estuvo, que la luz del atardecer se fue difuminando cada vez más en el horizonte hasta que fueron necesarias varias lámparas distribuidas por la bodega de la corbeta mercante para ayudar al mink a seguir ojeando libros. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Uh, este no lo conozco, vamos a ver... Teo va al Zoo.</span> —Bambú ojeó el libro, era de dibujos. La historia trataba de un niño rubio con una sonrisa permanente en su rostro que visitaba un zoo con toda clase de animales tristemente aprisionados en jaulas minúsculas. Casi parecía una historia de contrabando animal que un cuento infantil. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Oh, cielos.</span> —Había otro de la misma serie. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Teo aprende las bondades del machete...</span> —En este, el protagonista rubio de antes aparecía despedazando con un machete enorme a sus enemigos, que parecían ser marines y revolucionarios. La sonrisa permanecía inalterable en su rostro. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Esto... esto no es literatura infantil... ¿¡Cómo que Teo comete crímenes de guerra en el East Blue!? ¿Pero qué niños leen esto?</span> —Y había otro que incluía un Atlas del Grand Line, pero Bambú no se atrevió siquiera a abrirlo. Los depositó con cuidado en el montón de libros que no le interesaban para los niños y continuó ojeando otras obras más aceptables.<br />
<br />
Para cuando el dueño del barco carraspeó, con una cierta molestia, para interrumpir la infatigable búsqueda del saber literario infantil de Bambú, porque de verdad que quería irse a dormir, el panda ya tenía un montón enorme de libros en la pila de los que se quería llevar. Había encontrado clásicos de los que ni siquiera se acordaba, como Miguel el Ratón, Fortadelo y Milemón (que eran más juveniles que infantiles, todo sea dicho), El Ganso Godofredo y las simpáticas aventuras de Al-Tuntún, un periodista originario de Arabasta que busca desentrañar la verdad en una serie de casos increíblemente misteriosos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¡Ahí va, qué horas son! Nika mío cuánto lo siento.</span> —Alborozado, Bambú se apresuró a cargar con los libros a fuera del barco en varios viajes, ya que eran demasiados para uno solo. Fácilmente habría de llevarse unas 150 obras, algunas de ellas repetidas, eso sí, porque podría darse el caso de que varios niños acudiesen a leer los mismos libros. El coste de los libros fue un poco escandaloso, pero Bambú lo pagó sin miramientos con la firme convicción de que lo que hacía era, al fin y al cabo, lo correcto. El señor, que la verdad se portó muy bien a lo largo de todo el proceso, le regaló al panda una carretilla bastante grande para poder llevarse todos los libros al mismo tiempo, aunque la verdad es que eran tantos que iban apilados un poco por encima de sus posibilidades en aquella carretilla. En el camino de regreso, como ya era bastante tarde y la gente estaba durmiendo, nadie interrumpió al panda. Los únicos sonidos en la calle eran el roce de las ruedas de la carretilla por el pavimento de piedra de las calles de Ciudad Kamome y el distante sonido de las olas del Grand Line chocando contra los rompeolas del puerto. Al cabo de unos veinte minutos, el panda llegó a las dependencias del castillo y tuvo que hacer malabares para maniobrar con la carretilla por sus pasillos y muchos más malabares para subir los libros por las escaleras, esta vez sin carretilla alguna. Una hora después de llegar al castillo, las mesas de la biblioteca rebosaban con nuevos libros para los futuros ávidos lectores de la República Popular Bananera de Mogarolandia (nombre no oficial). Bambú, en la oscuridad de la habituación pobremente iluminada con un par de lámparas de lámparas de aceite, sonreía satisfecho con su trabajo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Veamos...</span> —Estaba demasiado oscuro para empezar a revisar todos los libros que había comprado, pero se aventuró a coger uno al azar. Resultó ser Los Tres Caseros, una historia de tres malvados individuos con múltiples casas que se dedicaban a especular con el mercado de la vivienda para lucrarse sin mesura ni control. En el cuento, un apuesto y valiente mink lobo se dedicaba a perseguirlos hasta sus viviendas personales y les obligaba a regular el precio de los alquileres. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Tengo mucho trabajo por delante. Hay que ordenar los libros por rangos de edad adecuados. Esta historia a los niños de 5 a 8 años no les va a gustar, pero los de 10 ya podrían entenderla bien...</span> —¿Podría dormir Bambú con la emoción de su pequeño proyecto personal? La respuesta era no, probablemente. Pero necesitaba más luz para trabajar, así que apagó las lámparas de aceite (no fuera a ser) y bajó rápidamente a los cuarteles del Ejército regular de Mogaro para pedir lámparas de las gordas y un poco de mano de obra para trasladarlas. Su condición de mariscal le facilitó este último trabajo enormemente y no le costó obtener ayuda de hasta cinco reclutas que se encontraban en medio de su descanso. Entre todos trasladaron un total de doce lámparas de aceite con un sistema de seguridad alrededor de la zona central donde ardía la llama. El sistema consistía en una cámara de agua gelificada que impedía que el aceite se esparciera por el suelo mucha distancia si la lámpara terminaba rompiéndose. Al cabo de media hora, toda la estancia de la biblioteca estaba iluminada como si fuera de día y Bambú pudo ponerse a trabajar inmediatamente. Dejó que los reclutas se marcharan, ya que pronto deberían volver a sus trabajos habituales, y se puso manos a la obra.<br />
<br />
En primer lugar anotó en el libro de registro todos los libros que había comprado. El orden de anotación era irrelevante, porque todos habían llegado al mismo tiempo, así que los fue anotando según los encontraba. Intentaba, eso sí, mantener las series juntas para que no se desperdigasen innecesariamente en el propio libro. Después de anotarlos y escribir en cada uno de ellos su correspondiente número de registro, el siguiente paso era sellarlos. El sello consistía en una pequeña estampa de una cara de oso panda con tinta neutra y una inscripción que rezaba "Biblioteca de Mogaro". Así los libros quedaban permanentemente ligados a las biblioteca y no había problemas de extravío. El siguiente paso fue algo más complicado y, sin duda, el más laborioso de todos ellos. Bambú se dedicó durante gran parte de la noche a clasificar los libros por edades. Ciento cincuenta libros, recordemos, que debían de ser revisados y evaluados para darles una clasificación adecuada. Así, ningún niño de 4 años intentaría leerse los retalos de Al-Tuntún, que a veces incluían algún crimen más serio que un inocente hurto, y los niños de 11 años no se aburrirían con las desventuras de los Labraperros, que ya les pillaban un poco mayores. Con todo, no era un trabajo desagradable. La lectura y en muchas ocasiones relectura de aquellos libros le traía recuerdos de su infancia. Una infancia que no fue perfecta, como la mayoría de ellas, pero que no fue catastrófica tampoco. Aprendió a leer cuando era chiquito. Con apenas cuatro años ya sabía leer palabras largas porque las leía con su madre todas las noches. Con seis ya se había leído algo de Al-Tuntún, aunque le gustaba más Ignacio el Inmoral, un maltratado vasallo que soñaba con ser Tenryuubito en lugar del Tenryuubito. Y a los 8 años ya se estaba terminando las novelas juveniles clásicas como Brunhilda, una niña muy lectora que se comió una fruta del diablo que le otorgó poderes telequinéticos o Antonio en la República de los Cosas Sorprendentes. Los primeros albores de la mañana siguiente todavía no habían llegado cuando todos los libros infantiles y juveniles se encontraban ordenados en cinco secciones diferentes distribuidas en cinco de las mesas de la modesta biblioteca de Mogaro.<br />
<br />
En una de las mesas estaban los cuentos con muy pocas palabras o incluso sin palabra alguna. La carga del contenido estaba en las imágenes y en su mayoría estaban hechos de un cartón relativamente denso capaz de soportar las mordeduras sin dientes de los más pequeños. Bambú tendría que comprar juguetes para ellos. En la siguiente mesa estaban los libros más fáciles de entender y con el lenguaje más simple para que los padres les leyesen a los niños, o para que ambos aprendiesen a leer juntos. La siguiente mesa ya contenía algunos cuentos repetitivos, pero con suficiente carga de contenido como para entretener a los chavalines de 5 a 8 años. El penúltimo conjunto de obras eran cuentos ya más densos, generalmente series protagonizadas por personajes tan reconocibles como Antónimo Smithson, un reputado mink roedor lingüista que viaja por el mundo documentando las variedades dialectales de cada isla. Finalmente, en la última de las mesas, se encontraban apilados los libros de literatura juvenil. Pequeñas novelas que terminarían de avivar la llama lectora de las juventudes prepúberes de Mogaro. Esta sección era la que más libertades podía tomarse, ya que podía haber tanto libros sencillos como libros bastante complejos y que podrían ameritar una segunda o tercera lectura en el futuro. Obras tan llevaderas como ¡Reclutas! ¿Reclutas? de Terence Pritchett o El Tontatta, de Jay Ray Ray Talking. Lecturas que, en cierto modo, construyeron al Bambú del pasado en el Bambú del ahora.<br />
<br />
Los primeros rayos del sol ya empezaban a pintar el cielo en el horizonte. Bambú se había arruinado los horarios, pero tenía que irse a dormir o difícilmente llegaría a hacer algo de provecho con todo aquel material. Se levantó de la silla en la que llevaba horas trabajando sin descanso y apagó todas las lámparas o las que quedaban encendidas al menos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Mañana... bueno hoy, pero más tarde, vaciaré la habitación de al lado y encargaré unas estanterías... Bueno qué coño, las hago yo que soy carpintero HONHONHON.</span> —Ya no sabía ni de qué se reía, quizás se había vuelto definitivamente loco. O quizás era insufriblemente feliz. Lo importante era que Bambú se fue a dormir muy contento aquella mañana, sabiendo que estaba haciendo lo posible por asegurar un futuro más brillante para las jóvenes promesas de Mogaro entre las que se encontraba la brillante estrella que era Gregory Gregorovich.<br />
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Los chistes de Teo son de Korg, ojo, pura referencia de este <a href="https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4267&amp;pid=49361#pid49361" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">tema</a>. Leer bajo su propia responsabilidad.
				</div>
			</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">Día 84 de verano<br />
16:00<br />
Biblioteca de Mogaro</div>
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Una vez Don Bambú completó sus estudios sobre el mundo, las frutas del diablo y los poderes espirituales del haki sólo le quedó un gran proyecto de investigación por completar antes de dar por completamente rematados sus estudios teóricos. En efecto, llegar a entender los legendarios textos escritos en Poneglyph era una ardua tarea que podría llevarle años y años y no había ni un sólo libro en su biblioteca que hablase de ellos. El propio Bambú se había encargado de revisarlos todos, de catalogarlos minuciosamente y de ordenarlos por materias. Había creado un libro de registro para llevar cuenta de todos los fondos de la biblioteca y tenía varios cajones de tarjetas en las que se custodiaban tarjetas que identificaban los volúmenes de distintas formas. Un cajón ayudaba a localizar los libros por su título, si tenían. Otro por el autor o autora, si éste era conocido, y un tercero los agrupaba por materias. Es decir, por la temática que abarcaba la obra. Conociendo ya todo lo que poseía la biblioteca de Mogaro y habiendo descubierto los secretos que ésta albergaba, no había ningún motivo para no promocionarla y dejar que los propios habitantes de la isla acudiesen a consultar las obras y aprender sobre el mundo que les rodeaba. Hacer de Mogaro un pequeño país de eruditos se había convertido en una de las fantasías de Bambú, que buscaba, entre otras cosas, favorecer la creación de un mundo donde la gente no estuviera limitada por una densa niebla de ignorancia fácilmente disipable con el abanico de la lectura. La mayoría de adultos, sin embargo, no tenían el menor interés por la lectura. La mayor parte de los autóctonos eran trabajadores del campo, leñadores y pescadores. Los que venían de fuera, por ejemplo los contratados por el Ejército Revolucionario para trabajar en el astillero y servir de fuerza militar, tampoco tenían un gran trasfondo erudito como podrían tenerlo los ciudadanos medios de Oykot u Ohara. Y lo cierto es que aunque hubiera una minoría que de verdad se interesase por los conocimientos ocultos en aquellos manuscritos tan antiguos, muchos no tenían el nivel necesario para llegar a comprenderlos del todo, lo que habitualmente era una fuente de angustia que favorecía el abandono de la lectura y el retorno a otros ocios menos exigentes.<br />
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Como bibliotecario mayor, un puesto que Don Bambú tomó con gusto y para el que no encontró oposición alguna, era parte de su trabajo el ayudar a la civilización de Mogaro a prosperar culturalmente. El panda intentó promocionar la biblioteca de diversas formas. Organizó clubs de lectura de las obras que él mismo consideró clásicas, pero nadie acudía. Hizo exposiciones de libre acceso por las cuales se mostró un parco interés. Contrató pequeñas orquestas para atraer a los ciudadanos a la biblioteca con alegres canciones, pero después de los conciertos la gente abandonó el edificio sin interesarse lo más mínimo por ninguno de sus volúmenes. Le propuso al consejo la idea de construir un pequeño edificio en el centro de Ciudad Kamome para hacer más accesible el inmueble de la biblioteca, pero ante la evidente falta de interés del populacho, parte del cual formaba parte del consejo, la idea fue descartada con la intención de invertir los fondos públicos en "algo más interesante para el pueblo". Aunque no estuviera de acuerdo, Bambú tuvo que ceder ante la voluntad de la mayoría.<br />
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Una tarde no tan calurosa de Verano, cuando los últimos retazos de la estación luchaban contra la inminente llegada del otoño, Bambú se encontraba dando un paseo por su biblioteca abandonada con un cierto aire de tristeza. Tenía la mirada algo perdida. Deambulaba sin rumbo por entre los pasillos llenos de libros ahora etiquetados con un código que inventó él mismo para su fácil localización. Recordaba con un cariño que nunca creyó posible a los viejos usuarios de su biblioteca en Conomi. ¿Qué tal estarían? ¿Seguiría aquella pequeña biblioteca en pie después de que Bambú la abandonase? Quizás algún día volvería a su isla natal a comprobarlo. Quizás podría llevarle flores a su madre. Una llamada a la puerta abierta le sacó de su ensimismamiento. Se giró ligeramente ilusionado por si fuera alguna persona interesada en la colección de la biblioteca, pero no era ningún adulto ávido de lectura, sino el recluta Gregorovich. —<span style="color: #E82A1F;" class="mycode_color">BUENAS TARDES MARISCAL MAX D. BAMBÚ HE TERMINADO LOS DEBERES COMO ME ORDENÓ Y SOLICITO PERMISO PARA IR A JU- A ENTRENAR CON MIS CAMARADAS ESCOLARES EN EL CAMPO DE BALOMPIÉ.</span> —Bambú se echó a reír con las ocurrencias de aquel zagal. En verdad le recordaba un poco a él mismo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Permiso concedido, recluta, páselo bi- digo, esfuércese mucho.</span> —Una sonrisa de ilusión se dibujó en el rostro del recluta Gregorovich, que salió disparado hacia el campo de juego tan rápido como había llegado. Sus pasos, sonoros como truenos al principio, se perdieron en la distancia de los pasillos como un eco retumbante cada vez más apagado. Bambú se quedó quieto, mirando a la puerta pensativo, pensando en qué clase de juegos le gustarían a Gregory. ¿Qué aficiones tendría aquel mozo a parte de jugar con sus amigos por las tardes o dar paseos por la montaña con su hermana? Y entonces tuvo una idea.<br />
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Le sorprendió que no se le hubiera ocurrido antes, para qué mentir. Si la tasa de lectura en los adultos estaba por los suelos, lo habitual no es sólo intentar corregirla atrayéndolos a la biblioteca, sino también resolverla desde la infancia. En la escuela, después de todo, aprenden cómo funciona el mundo, a sumar, a restar y, con suerte, a leer. ¿Y si Bambú creara una biblioteca especialmente dedicada a los niños? Rápidamente se acercó a una de las mesas de estancia y se sentó a escribir en un papel todos los libros infantiles que se le ocurrían. Los cuentos de los Primos Timm, El Campesinito, Antoñito Audífonos, Los Balompiecísimos y El Cuento Terminable (lectura fácil para niños entre 3 y 5 años y adultos cansados). —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Cielos, hay muchísimos y nunca lo había pensado, vaya bibliotecario estoy hecho.</span> —La lista continuó aumentando sin mesura ni control, pero eso era exactamente lo que buscaba Bambú. Encontró en sus memorias infantiles libros tan divertidos como los Labraperros, el Zorro con Sandalias, Coletas de Cobre y El Gatito Riquiño. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Tengo que hacer un pedido... Pero no con fondos públicos, esto lo pagaré yo.</span> —Decidió con determinación. Era una idea nueva, que ebullía en su cabeza con fuerza, pero no la plantearía al Consejo. No si no cuajaba inicialmente por lo menos. Aquella tarde Bambú salió corriendo del castillo camino al puerto. Tardó un buen rato en encontrar algún barco mercante que trazara rutas comerciales más allá de Risky Red, donde la lectura no era un hobby tan habitual como los duelos de revólver al atardecer. Necesitaba a alguien que circulase por varios rincones del Nuevo Mundo y que incluso se aventurase a los Blues y trazase toda clase de rutas comerciales por el mundo, pero que no se dedicase al mercado negro. Tardó un tiempo en encontrarse con un navío de estas características y, de hecho, pero lo encontró. Y esto no fue sólamente un producto de la increíble suerte de Bambú, sino que su suerte actuó en combinación con el hecho de que en Mogaro se encontraba el astillero más grande e importante del Nuevo Mundo. Barcos de toda clase llegaban a sus tierras, la mayor parte revolucionarios, pero muchos mercantes también. Allí era donde mejor se trabajaban los barcos que no amparaban las podridas alas del Gobierno Mundial.<br />
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Como decía, Bambú encontró en el puerto de Mogaro un navío comercial que tenía la mercancía exacta que buscaba: libros. Era poco habitual, por eso tuvo suerte, pero mayor suerte tuvo cuando el viejo que lo gobernaba le permitió el paso a las bodegas interiores del barco, que servían de almacén para la mercancía más difícil de mover. El barco tenía de todo, claro, un comerciante no sobrevive únicamente vendiendo libros. Vendía toda clase de medicinas, ropa de lejanas tierras, ungüentos de belleza, conservantes alimentarios naturales como la sal, un poquito de contrabando de armas que Bambú tuvo a bien pasar por alto y otras tantas cosas, entre ellas libros. Los libros que tenía en exposición fuera del barco eran los típicos manuales de agricultura que podría adquirir el nuevo campesinado, libros de recetas para los panaderos y panaderas de la isla y otras tantas obras de más utilidad que erudición. Sin embargo, en el interior del barco Bambú se encontró con obras menos frecuentes: libros de cuentos. No había nada de gran erudición, mucho menos sobre el tema de los poneglyph. Ese tipo de obras no se compraban en cualquier barco comercial. Pero los libros infantiles sí, porque niños hay en todas partes y a veces leen. Claramente este tipo de mercancía se vendía más en islas con tradición erudita. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Aquí hay de todo, caray.</span> —Bambú se pasó una buena parte de la tarde ojeando libros, anotando sus referencias y apartando los más interesantes para comprarlos. Tanto tiempo estuvo, que la luz del atardecer se fue difuminando cada vez más en el horizonte hasta que fueron necesarias varias lámparas distribuidas por la bodega de la corbeta mercante para ayudar al mink a seguir ojeando libros. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Uh, este no lo conozco, vamos a ver... Teo va al Zoo.</span> —Bambú ojeó el libro, era de dibujos. La historia trataba de un niño rubio con una sonrisa permanente en su rostro que visitaba un zoo con toda clase de animales tristemente aprisionados en jaulas minúsculas. Casi parecía una historia de contrabando animal que un cuento infantil. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Oh, cielos.</span> —Había otro de la misma serie. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Teo aprende las bondades del machete...</span> —En este, el protagonista rubio de antes aparecía despedazando con un machete enorme a sus enemigos, que parecían ser marines y revolucionarios. La sonrisa permanecía inalterable en su rostro. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Esto... esto no es literatura infantil... ¿¡Cómo que Teo comete crímenes de guerra en el East Blue!? ¿Pero qué niños leen esto?</span> —Y había otro que incluía un Atlas del Grand Line, pero Bambú no se atrevió siquiera a abrirlo. Los depositó con cuidado en el montón de libros que no le interesaban para los niños y continuó ojeando otras obras más aceptables.<br />
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Para cuando el dueño del barco carraspeó, con una cierta molestia, para interrumpir la infatigable búsqueda del saber literario infantil de Bambú, porque de verdad que quería irse a dormir, el panda ya tenía un montón enorme de libros en la pila de los que se quería llevar. Había encontrado clásicos de los que ni siquiera se acordaba, como Miguel el Ratón, Fortadelo y Milemón (que eran más juveniles que infantiles, todo sea dicho), El Ganso Godofredo y las simpáticas aventuras de Al-Tuntún, un periodista originario de Arabasta que busca desentrañar la verdad en una serie de casos increíblemente misteriosos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¡Ahí va, qué horas son! Nika mío cuánto lo siento.</span> —Alborozado, Bambú se apresuró a cargar con los libros a fuera del barco en varios viajes, ya que eran demasiados para uno solo. Fácilmente habría de llevarse unas 150 obras, algunas de ellas repetidas, eso sí, porque podría darse el caso de que varios niños acudiesen a leer los mismos libros. El coste de los libros fue un poco escandaloso, pero Bambú lo pagó sin miramientos con la firme convicción de que lo que hacía era, al fin y al cabo, lo correcto. El señor, que la verdad se portó muy bien a lo largo de todo el proceso, le regaló al panda una carretilla bastante grande para poder llevarse todos los libros al mismo tiempo, aunque la verdad es que eran tantos que iban apilados un poco por encima de sus posibilidades en aquella carretilla. En el camino de regreso, como ya era bastante tarde y la gente estaba durmiendo, nadie interrumpió al panda. Los únicos sonidos en la calle eran el roce de las ruedas de la carretilla por el pavimento de piedra de las calles de Ciudad Kamome y el distante sonido de las olas del Grand Line chocando contra los rompeolas del puerto. Al cabo de unos veinte minutos, el panda llegó a las dependencias del castillo y tuvo que hacer malabares para maniobrar con la carretilla por sus pasillos y muchos más malabares para subir los libros por las escaleras, esta vez sin carretilla alguna. Una hora después de llegar al castillo, las mesas de la biblioteca rebosaban con nuevos libros para los futuros ávidos lectores de la República Popular Bananera de Mogarolandia (nombre no oficial). Bambú, en la oscuridad de la habituación pobremente iluminada con un par de lámparas de lámparas de aceite, sonreía satisfecho con su trabajo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Veamos...</span> —Estaba demasiado oscuro para empezar a revisar todos los libros que había comprado, pero se aventuró a coger uno al azar. Resultó ser Los Tres Caseros, una historia de tres malvados individuos con múltiples casas que se dedicaban a especular con el mercado de la vivienda para lucrarse sin mesura ni control. En el cuento, un apuesto y valiente mink lobo se dedicaba a perseguirlos hasta sus viviendas personales y les obligaba a regular el precio de los alquileres. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Tengo mucho trabajo por delante. Hay que ordenar los libros por rangos de edad adecuados. Esta historia a los niños de 5 a 8 años no les va a gustar, pero los de 10 ya podrían entenderla bien...</span> —¿Podría dormir Bambú con la emoción de su pequeño proyecto personal? La respuesta era no, probablemente. Pero necesitaba más luz para trabajar, así que apagó las lámparas de aceite (no fuera a ser) y bajó rápidamente a los cuarteles del Ejército regular de Mogaro para pedir lámparas de las gordas y un poco de mano de obra para trasladarlas. Su condición de mariscal le facilitó este último trabajo enormemente y no le costó obtener ayuda de hasta cinco reclutas que se encontraban en medio de su descanso. Entre todos trasladaron un total de doce lámparas de aceite con un sistema de seguridad alrededor de la zona central donde ardía la llama. El sistema consistía en una cámara de agua gelificada que impedía que el aceite se esparciera por el suelo mucha distancia si la lámpara terminaba rompiéndose. Al cabo de media hora, toda la estancia de la biblioteca estaba iluminada como si fuera de día y Bambú pudo ponerse a trabajar inmediatamente. Dejó que los reclutas se marcharan, ya que pronto deberían volver a sus trabajos habituales, y se puso manos a la obra.<br />
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En primer lugar anotó en el libro de registro todos los libros que había comprado. El orden de anotación era irrelevante, porque todos habían llegado al mismo tiempo, así que los fue anotando según los encontraba. Intentaba, eso sí, mantener las series juntas para que no se desperdigasen innecesariamente en el propio libro. Después de anotarlos y escribir en cada uno de ellos su correspondiente número de registro, el siguiente paso era sellarlos. El sello consistía en una pequeña estampa de una cara de oso panda con tinta neutra y una inscripción que rezaba "Biblioteca de Mogaro". Así los libros quedaban permanentemente ligados a las biblioteca y no había problemas de extravío. El siguiente paso fue algo más complicado y, sin duda, el más laborioso de todos ellos. Bambú se dedicó durante gran parte de la noche a clasificar los libros por edades. Ciento cincuenta libros, recordemos, que debían de ser revisados y evaluados para darles una clasificación adecuada. Así, ningún niño de 4 años intentaría leerse los retalos de Al-Tuntún, que a veces incluían algún crimen más serio que un inocente hurto, y los niños de 11 años no se aburrirían con las desventuras de los Labraperros, que ya les pillaban un poco mayores. Con todo, no era un trabajo desagradable. La lectura y en muchas ocasiones relectura de aquellos libros le traía recuerdos de su infancia. Una infancia que no fue perfecta, como la mayoría de ellas, pero que no fue catastrófica tampoco. Aprendió a leer cuando era chiquito. Con apenas cuatro años ya sabía leer palabras largas porque las leía con su madre todas las noches. Con seis ya se había leído algo de Al-Tuntún, aunque le gustaba más Ignacio el Inmoral, un maltratado vasallo que soñaba con ser Tenryuubito en lugar del Tenryuubito. Y a los 8 años ya se estaba terminando las novelas juveniles clásicas como Brunhilda, una niña muy lectora que se comió una fruta del diablo que le otorgó poderes telequinéticos o Antonio en la República de los Cosas Sorprendentes. Los primeros albores de la mañana siguiente todavía no habían llegado cuando todos los libros infantiles y juveniles se encontraban ordenados en cinco secciones diferentes distribuidas en cinco de las mesas de la modesta biblioteca de Mogaro.<br />
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En una de las mesas estaban los cuentos con muy pocas palabras o incluso sin palabra alguna. La carga del contenido estaba en las imágenes y en su mayoría estaban hechos de un cartón relativamente denso capaz de soportar las mordeduras sin dientes de los más pequeños. Bambú tendría que comprar juguetes para ellos. En la siguiente mesa estaban los libros más fáciles de entender y con el lenguaje más simple para que los padres les leyesen a los niños, o para que ambos aprendiesen a leer juntos. La siguiente mesa ya contenía algunos cuentos repetitivos, pero con suficiente carga de contenido como para entretener a los chavalines de 5 a 8 años. El penúltimo conjunto de obras eran cuentos ya más densos, generalmente series protagonizadas por personajes tan reconocibles como Antónimo Smithson, un reputado mink roedor lingüista que viaja por el mundo documentando las variedades dialectales de cada isla. Finalmente, en la última de las mesas, se encontraban apilados los libros de literatura juvenil. Pequeñas novelas que terminarían de avivar la llama lectora de las juventudes prepúberes de Mogaro. Esta sección era la que más libertades podía tomarse, ya que podía haber tanto libros sencillos como libros bastante complejos y que podrían ameritar una segunda o tercera lectura en el futuro. Obras tan llevaderas como ¡Reclutas! ¿Reclutas? de Terence Pritchett o El Tontatta, de Jay Ray Ray Talking. Lecturas que, en cierto modo, construyeron al Bambú del pasado en el Bambú del ahora.<br />
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Los primeros rayos del sol ya empezaban a pintar el cielo en el horizonte. Bambú se había arruinado los horarios, pero tenía que irse a dormir o difícilmente llegaría a hacer algo de provecho con todo aquel material. Se levantó de la silla en la que llevaba horas trabajando sin descanso y apagó todas las lámparas o las que quedaban encendidas al menos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Mañana... bueno hoy, pero más tarde, vaciaré la habitación de al lado y encargaré unas estanterías... Bueno qué coño, las hago yo que soy carpintero HONHONHON.</span> —Ya no sabía ni de qué se reía, quizás se había vuelto definitivamente loco. O quizás era insufriblemente feliz. Lo importante era que Bambú se fue a dormir muy contento aquella mañana, sabiendo que estaba haciendo lo posible por asegurar un futuro más brillante para las jóvenes promesas de Mogaro entre las que se encontraba la brillante estrella que era Gregory Gregorovich.<br />
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Los chistes de Teo son de Korg, ojo, pura referencia de este <a href="https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4267&amp;pid=49361#pid49361" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">tema</a>. Leer bajo su propia responsabilidad.
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		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Auto T7 - P.A.] El mundo que avanza]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4297</link>
			<pubDate>Fri, 11 Sep 2026 09:22:45 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=48">Max D. Bambú</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4297</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">Día 54 de Verano, Año 18<br />
10:00</div>
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Mogaro había amanecido tranquila aquel día. Meses después de las aventuras y desventuras de Kisuke y Bambú en el castillo del malvado conde Adam, las cosas habían vuelto finalmente a la normalidad. El camarada Gregory y su hermana Charlotte residían tranquilos en la casa en la que ya vivían en aquel entonces. Por supuesto, ya no vivían en pobreza, pues una vez la Revolución se enteró de las circunstancias en las que vivían hicieron todo lo posible por ponerles remedio de forma inmediata. Al chico lo apuntaron a una escuela para que pudiera formarse en los conocimientos básicos del mundo y le permitieron pasar las tardes ayudando en tareas menores en  el cuartel siempre que le hiciera ilusión y a Charlotte le dieron un trabajo más adecuado que la laboriosa extracción del hierro y con un salario suficiente como para poder mantenerse ella y su hermano holgadamente. Las pobres prisioneras del conde Adam fueron sometidas a tratamiento psicológico para tratar de paliar los terrores y ansiedades que seguramente aquejarían a sus corazones, todo ello por el bien de su futuro, y se les construyó a todas ellas una vivienda acorde con sus necesidades. Cuando estuvieran listas para volver al ruedo de la vida moderna en Ciudad Kamome se les daría un trabajo y todas las garantías necesarias para que pudieran desarrollar sus vidas sin obstáculos. De los culpables de aquella tragedia no quedaba ninguno con vida. DonDinDin y Adolf se habían suicidado de la misma forma. Jean Paul había perecido en un acto de traición que hirió el corazón de Bambú, que fue el encargado de ejecutarlo inmediatamente por cometer semejante afrenta. El malvado Wiplash murió a manos de Bambú en algo que sólo con gran generosidad podría denominarse enfrentamiento y, finalmente, el conde pereció a manos del valeroso, apuesto, espectacular y tetorro comandante Kageyama. Todavía restaba decidir qué iban a hacer exactamente con aquel castillo secreto en medio de las montañas, pero ya se le ocurriría algo a aquel pandástico dúo revolucionario. Hubo una última cosa en toda aquella historia que perduró en la memoria del mink revolucionario: el extraño poder, tan parecido al haki armadura en el estado más avanzado que conocía Bambú, del que había hecho gala el conde Adam.<br />
<br />
A lo largo de los últimos meses, Bambú se había dedicado a estudiar aquel fenómeno. Estaba seguro, completamente seguro, de que aquel desagradable león que apestaba a sangre había empleado un tipo de haki del que el panda no tenía constancia. Cuando llegó a un nivel suficiente como para poder manifestar el busoshoku con su característico color negro por todo su cuerpo, supuso que había desarrollado esta habilidad hasta su máximo esplendor. Nunca se habría imaginado que existía un nivel por encima de todo eso. Un haki tan poderoso que no se limitaba a hacer más duros los impactos físicos, sino que era capaz de adentrarse en el cuerpo del rival y destruirlo desde dentro. Jamás olvidaría aquella sensación como de un remolino en la parte superior de su abdomen. Un remolino que se expandía y amenazaba con hacerle explotar y pudo paliar casi de milagro gracias a su poderosa defensa con el haki de armamento que sabía utilizar. Con todo esto en mente, Max. D. Bambú hizo lo que mejor sabía hacer: se fue a la biblioteca del castillo de Mogaro a estudiar.<br />
<br />
A estas alturas, la estancia estaba completamente adecentada. Bambú había aplicado sus años de trabajo como bibliotecario cuando era más joven y había ordenado los libros según su propia clasificación personal. Se había leido un gran número de las obras disponibles en aquella modesta estancia. Muchas de ellas tenían una temática más bien ociosa. Novelas de caballerías, cuentos, relatos, alguna colección epistolar del antiguo rey con otros gobernantes, aunque sin excesivo interés a simple vista. Estaba claro que el rey no era ningún intelectual, porque la mayoría de los libros no tenían marcas de uso, sino de dejadez en su custodia. La habitación no estaba correctamente acondicionada hasta que Bambú le puso las manos encima. Los libros no debían de limpiarse casi nunca y sólo algunas obras, las más simples e infantiles, tenían algún tipo de uso. El panda supuso que estas eran las obras que le leían al rey de pequeño o quizás las únicas que se aventuraba a leer en sus ratos libres. Este tipo de obras las relegó Bambú a una pequeña sección de la biblioteca que denominó la sección infantil, aunque lo cierto es que todavía no había venido ni un solo niño a leer allí.<br />
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Como decíamos, muchas de estas obras tenían una temática ociosa, <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">pero no todas</span>. Los ensayos y los documentos de estudio estaban en franca minoría frente a las novelas y los cuentos de fantasía, pero estaban. Bambú se había leído la mayoría y había encontrado información muy interesante acerca del mundo. Podía recitar casi de memoria las características de cada una de las islas del mapa y lo sabía todo de las civilizaciones legendarias del mundo, como Shandora. Había aprendido todo lo que creía que había que aprender del haki. Podía explicar de forma que se entendiera con claridad para qué servía exactamente el Busoshoku, el Kenbunshoku y el Haoshoku. Pocas personas podían explicar correctamente las cualidades de este último y Bambú era una de ellas. Había leído la mayoría de estos ensayos, pero, de nuevo, <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">no todos</span>. Y fue por este motivo que el día 54 de Verano uno de los nuevos reclutas del Ejército Revolucionario encontró a Bambú en la biblioteca, enfrascado en una de las lecturas más importantes de su vida. Se trataba de una vieja obra escrita en kanji, claramente exportada de alguna isla con esta escritura. Quizás fuera una creación de los eruditos de Wano, de los cuales se decía que escribían bellos poemas en formato de haiku. Mientras Bambú anotaba en una hoja llena de garabatos que tenía al lado del libro una posible traducción para uno de los últimos kanjis problemáticos del libro, unos golpes sonaron con fuerza en la puerta de la estancia. El mink chasqueó la lengua, molesto por la interrupción repentina, pero no lo pagó con el pobre recluta que sólo hacía su trabajo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Adelante.</span> —Se levantó de su silla para girarse hacia la puerta y recibir aquella visita. Se trataba de uno de los reclutas más recientes del Ejército, el Agente Interino Gregory, que una vez más demostraba sus excelentes capacidades con la entrega puntual del no tan revolucionario periódico mundial. —<span style="color: #E82A1F;" class="mycode_color">MARISCAL MAX D. BAMBÚ LE TRAIGO EL PERIÓDICO QUE LLEGÓ HACE DOS MINUTOS AL CUARTEL HE VENIDO CORRIENDO TAN RÁPIDO COMO HE PODIDO Y ME HE CAÍDO TRES VECES PERO AQUÍ ESTOY.</span> —Gregory hablaba de forma atropellada y a grito pelado, claramente como debían de hablar los reclutas revolucionarios cuando se dirigían a sus superiores. Shiro y Kelvin tenían tanto que aprender de él… —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Ah, camarada Gregorovich, qué haría sin usted. Mire además, ¡el periódico es de hace veinticinco días! Ya llega lo bastante tarde sin necesidad de que a Intha lo ayude alguno de los camaradas más lentos.</span> —Decía Bambú sonriente. No le prestó mucha atención a la portada del periódico, ya que tenía su vista centrada en el muchacho que hacía tan solo unos meses se presentó en su despacho lleno de carbón y pidiendo auxilio por su hermana. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Bueno, creo que tan valerosa acción debe tener recompensa.</span> —Sacó de su bolsillo su cartera y de la misma un billete de mil berrys, suficiente para una decena de helados. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¿Por qué no se toma un helado, camarada? Hoy hace mucho calor.</span> —Le tendió el dinero a Gregory, que lo aceptó con humildad y un brillo de alegría en su mirada. —<span style="color: #E82A1F;" class="mycode_color">MUCHAS GRACIAS SEÑOR MARISCAL MAX D. BAMBÚ LE VOY A COMPRAR UN HELADO A MI HERMANA TAMBIÉN LOS DOS DE SANDÍA PORQUE EL ROJO ES EL COLOR DE LA REVOLUCIÓN.</span> —Y tan rápido como había llegado, Gregory se marchó a toda velocidad corriendo por los pasillos del castillo y canturreando las canciones revolucionarias que le enseñaban los otros reclutas. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Este chaval me va a quitar el puesto como siga tan diligente, honhonhon.</span> —El periódico iba a ser otra de las lecturas más importantes de su vida que Bambú leería aquella mañana, pero su mente estaba ocupada en el libro que le esperaba sobre su mesa. Cerró la puerta de la biblioteca, dejó el periódico en otra de las mesas para no distraerse, y regresó a su traducción de aquel manuscrito probablemente procedente de Wano. No le tomó más que veinte minutos el traducir el resto de kanjis problemáticos, aunque más que traducirlos, lo que había hecho es aventurar unos posibles significados que pondría a prueba con su primera traducción del documento completo. Fue en aquella obra desconocida donde pudo leer por primera vez sobre las legendarias facultades que otorgaban los hakis en su máximo nivel. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Increíble… llevo equivocado todo este tiempo.</span> —Susurraba para sí mismo el panda mientras leía. Sus traducciones resultaron ser correctas en el 95% de los casos, y en el 5% restante logró inferir el significado de lo que le faltaba por el contexto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Kisuke tiene que enterarse de esto.</span> —Se dijo a sí mismo, también en un susurro, mientras anotaba furiosamente en una hoja de papel nueva sus hallazgos con respecto a los hakis avanzados. Al parecer, el Busoshoku en su nivel máximo era capaz de destruir por dentro todo aquello en lo que se adentraba. Alcanzar un nivel de emisión tal debía de ser toda una proeza y nada sencillo. El Kenbunshoku, por su parte, parecía permitir al usuario anticiparse a las acciones de una persona proporcionándole una visión clara del futuro, superando con creces las facultades de su versión inferior que únicamente te alertaba de las intenciones del enemigo. Y por último se hablaba del Haoshoku, cuya emisión avanzada permitía destruir por completo el espíritu de los enemigos, expandir el rango de los ataques y tenía la característica de emitir rayos negros al utilizarse. Cuando terminó de anotar todo aquello, Bambú se echó hacia atrás, apoyándose por completo en el respaldo de su silla y emitió un sonoro suspiro de alivio, como si acabase de liberar una carga que llevaba demasiado tiempo sobre sus hombros. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Mis estudios… están completos.</span> —Anunció a la nada, pero no era cierto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">No… aún falta una última cosa.</span> —Se levantó de la silla, recogió el libro y se encaminó hacia el estante al que pertenecía. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Falta un último conocimiento que se me escapa, algo que todavía no he logrado descifrar…</span> —Devolvió el libro a su sitio y ojeó los lomos de los libros circundantes. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Todavía no he logrado encontrar nada sobre los Poneglyph… Dicen que aprender a leerlos está penado con la muerte.</span> —Sonrió ante la idea de que el Gobierno estuviera todavía más empecinado en ir a por él. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">No hay nada más revolucionario que saber lo que no quieren que sepas. ¿De qué hablarán esas legendarias escrituras?</span> —Era una pregunta que sólo podían responder aquellos que hubiesen leído por lo menos uno de los Poneglyph, pero eran tan raros, tan escasos en el mundo que Bambú nunca había visto ninguno. Con una sacudida de cabeza que le ayudó a despejar esta idea de sus pensamientos, se encaminó de nuevo a su sitio. Aquella era una tarea para el futuro, no para el presente. El presente involucraba la lectura del periódico, que ya llegaba tarde de por sí.<br />
<br />
Sin más dilación, recogió el periódico doblado que tenía encima de la otra mesa, se sentó donde estaba trabajando sobre los hakis y lo desplegó en el escritorio. La portada no tenía ninguna foto, era sólo texto, pero qué texto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">...acontecimiento histórico sin precentes… Impel Down… el Ejército Revolucionario… ¡EL PUÑO! ¿Cómo que Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura SEGUNDO?</span> —Si la boca de Bambú no estuviera sujeta por su mandíbula, probablemente se habría caído y desenrollado por el suelo como una alfombra. De repente empezó a hacer memoria sobre Yojimbo Tercero, que se reveló en los Juegos de Zarutsuki anteriores que era el legítimo heredero al trono de Skypiea y que Zarutsuki no era sino el regente de la tierra legendaria. Aquello debía significar, sin lugar a dudas, que el padre de Yojimbo era el verdadero Rey de Skypiea. Y sin embargo, al mismo tiempo, era también El Puño de la Revolución, uno de los altos cargos más importantes de toda la facción. El Puño había asaltado Impel Down con Aspros, la legendaria, bellísima y espléndida reina de Momoiro. También habían estado presentes los legendarios piratas Strahd Nanashi y Urotora, así como Karamel Knight. Todos ellos eran figuras extremadamente conocidas en el mundo y ahora que estaban libres… El Gobierno tendría mucho trabajo por delante. En cuanto a los daños de aquella heroica incursión, al parecer más de dos millares de marines y agentes del gobierno fallecidos y varios miembros del Zodiacool afectados. De entre ellos, destacaba el famoso Vicealmirante Joe Joestar, que ha quedado impedido y retirado del servicio, y el almirante Tucrow, que había fallecido. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Un almirante muerto… y Joe…</span> —Decir que conocía a Joe sería estirar el chicle demasiado. Había coincidido con él en dos momentos cruciales de su trayectoria: los Cabos Gemelos y los Juegos de Zarutsuki. Siempre albergó la esperanza de poder enfrentarse a él en un uno contra uno, pero el destino quiso que Joe tuviera otros enemigos. Enemigos, al parecer, más fuertes que él. El resto de la noticia se dedicaba a remarcar la última gran hazaña del almirante Tucrow, que en sus últimos momentos se dedicó a salvarle la vida a todos los marines y agentes que quedaban todavía en la prisión y logró desviar el ataque que podría haberla destruido. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¿Qué ataque fue ese? ¿Hizo El Puño esto?</span> —Se preguntó Bambú incrédulo. Que existiera gente que pudiera realizar semejantes proezas… Realmente le ponía en su lugar. William S. Whitend anunciaba un mes de luto en el periódico que, a juzgar por la fecha del que tenía entre sus manos, estaba próximo a terminar. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Pronto tendrán a otro almirante, pero espero que esto haya servido para desmoralizarles…</span> —Se alegraba profundamente de la muerte de Tucrow, para qué negarlo, porque aunque tuviera fama de galán y de ser una figura muy correcta en las filas de los marines, seguía siendo una de las mayores representaciones de una de las instituciones que Bambú más odiaba.<br />
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La siguiente página tenía dos noticias. Una de ellas un consejo de guerra. Se trataría de una asamblea en la que participarían todos los vicealmirantes para designar un nuevo almirante para la marina. ¿Quién sería el elegido para tamaña responsabilidad? La segunda noticia traía algo tan importante que Bambú se quedó aturdido varios segundos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Viktor Evans…</span> —No se enfrentó a él directamente porque estaba muy ocupado recibiendo una paliza de Sohem, pero Viktor Evans fue uno de los dos cazadores que se llevó a Zorak para entregarlo a la marina. Al parecer, con la pérdida de dos Shichibukai, se ven en la necesidad de hacer una reunión para suplir estas dos plazas. Zarutsuki ofrecía Skypiea como punto de reunión, pero… —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Si eres siervo de El Puño, ¿por qué haces esto?</span> —No entendía del todo las motivaciones de Zarutsuki, aunque pudiera ser que sencillamente se le estuviera escapando algún detalle. Quizás Zarutsuki era un agente doble, pero no podía estar seguro. Además, Bambú no era nada imparcial. Odiaba abiertamente a los Shichibukai por lo que representaban.<br />
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Pasó de página sin dedicarle más pensamientos de los necesarios a esto. En la tercera página había tres noticias diferentes. El anuncio del remate de los Juegos de Zarutsuki con el despunte de dos marines, Hasegawa Shin y Juan Sebastián, de los cuáles no sabía nada. La segunda noticia hablaba de la declaración de Skypiea como una tierra de paz y armonía donde existe una convivencia pacífica entre razas. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¿Han arreglado ya el despropósito de la esclavitud?</span> —Comentó con un resoplido de molestia. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">En serio, ¿por qué El Puño permitía todo esto?</span> —La tercera noticia le sacó de estos pensamientos con el anuncio de la conformación de dos nuevas divisiones marines. Es importante conocer a tus enemigos tanto como a tus amigos, así que prestó atención a cada uno de los nombres que se mencionaban en la noticia. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">La División 60 asciende a la 50 y pasa a estar al mando de Bertram Gaudrid… División 50, Bertram.</span> —Lo anotó mentalmente, aunque el nombre no le decía absolutamente nada. Quizás en el futuro podría decir que ha escuchado hablar de él. Las divisiones 75 y 80 pasan a formar una sola, que asciende a ser la División 30 con figuras importantes. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Hasegawa Shin… ese es el que destacó en las pruebas.</span> —Lo corroboró volviendo atrás una página en el periódico. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Yo no destaqué en nada, así que debe de valer algo este muchacho.</span> —A estas alturas estaba hablando directamente consigo mismo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Stroud Nanashi… Stroud Nanashi…</span> —¿De qué le sonaba? Volvió atrás una página en el periódico y luego otra, lo que le llevó a la portada textual del mismo, la cual releyó. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Strahd Nanashi… ¿no hay un marine que se apellida así también? <span style="text-decoration: line-through;" class="mycode_s">La Revolución que me parió</span>.</span> —Sintió el impulso de decir algo, pero no lo dijo porque no era su muletilla, significara lo que significase esto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Deben de ser parientes.</span> —Concluyó, aunque siempre podía ser una mera coincidencia, claro. Regresó a la lectura sobre la División 30 y se encontró con que el último miembro mencionado era un jodido Tenryuubito. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Lo que me faltaba, nobles mundiales policías. AMAB, cojones, AMAB.</span> —Le dio una bofetada al periódico justo donde estaba el careto de Saint Enji Van Helsing y pasó de página molesto. Le recibió la cara de Garnet ocupando TODA la página del periódico en un anuncio de línea caliente.<br />
<br />
—<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Ga…</span> —Se quedó sin palabras ante lo que estaba viendo. La Nueva Sexsación. Garnet ofrecía toda clase de servicios que no necesariamente tenían que ser de índole sexual, <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">pero no nos engañemos</span>, la mayor parte de ellos sí lo eran. Y es que Garnet prometía lujuria, depravación, sexo sin límite mientras los berrys tampoco tuvieran límite. Él podría ser lo que uno quisiera que fuera, él era… él era… —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Un guarro de narices, ¿pero cómo se puede ser tan degenerado? HONHONHONHON</span> —Bambú empezó a reírse a mandíbula batiente, olvidándose repentinamente de las tres páginas llenas de noticias sobre la marina que se había comido. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Voy a llamarle, ¿me sobra el dinero para esto? Me pregunto qué cara pondrá si le llamo yo y le pido un servicio, HONHONHONHON. Bueno, calla que igual le renta. Yo no quiero un servicio… ¿no?</span> —Cabía la duda, porque uno leía la noticia y sólo podía pensar una cosa: “Qué buen servicio”.<br />
<br />
Se obligó a pasar de página antes de descubrir algo sobre sí mismo que no tenía ganas de descubrir a los 37 años. Otras tres noticias en la página cuatro, rompiendo de alguna forma el ritmo incremental que llevaba el periódico. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Sigurd, Ubbe, Dharma y Odiseo.</span> —Dijo en voz alta. Eran piratas, la verdad es que no le importaban demasiado y seguramente se acabaría olvidando de ellos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Tienen un pato, oye, ni tan mal.</span> —Bueno, igual se había precipitado pensando que no eran tan relevantes. Después de todo tenían un pato. La segunda noticia trataba de la División 81, que estaba ubicada en el South Blue y cuyo único miembro era la Sargento Kagura. La tercera trataba de algo más interesante, ¡de la División 9! Era la afamada división a la que antiguamente pertenecía el héroe Joe Joestar. Actualmente estaba comandanda de forma provisional por Karlglass, a la cual recordaba bien de los Juegos de Zarutsuki. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Ojalá no fuera marine, era majísima.</span> —Se encontró diciendo el panda. Por algún motivo, la mujer de ascendencia oni le parecía encantadora. Al parecer habían estado operando en Risky Red, lo cual era preocupante, porque Risky Red y Mogaro tenían un acuerdo comercial y si de repente pasaba a ser territorio marine iban a tener problemas de abastecimiento. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">A ver si vamos a tener que pasarnos por allí…</span> —Era, desde luego, una posibilidad, pero había tanto que hacer…<br />
<br />
La última página tenía otras cuatro noticias. La primera de ellas algo de granjear presencia. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Estos chavales…</span> —Dijo el viejo carcamal que estaba leyendo las noticias en su biblioteca vacía. No tenía el menor interés en nada que tuviera que ver con estos jóvenes de la asociación “Sesenta y Siete” ni en su concepto de lo que es la auracultura. La segunda noticia trataba de congelar un coco y hacer un desastre en la cocina para luchar contra el calor. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Bah, el calor no es para tanto, pero igual Shiro quiere congelar algún coco.</span> —Y sin más, llegó a una noticia catastrófica sobre la caída del cobre. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Oh, mierda, ¿no estábamos comerciando con cobre con Risky Red? Vamos a perder fondos.</span> —El que sabía más del tema era Kisuke, por supuesto. Bambú odiaba todo lo que tenía que ver con el dinero. Cuando Kelvin le explicó el tema de los intereses del Banco Goldreich el único que perdió el interés fue él. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Mira.</span> —Le dijo en su momento. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Te lo pagamos y dejamos el tema, que me estás dando dolor de cabeza.</span> —Con gusto pagaría 10 millones si hiciera falta para que no le diesen la tabarra con temas de dinero.<br />
<br />
La última de las noticias despertó los intereses eruditos de Bambú. Al parecer, en la Real Academia han estado discutiendo seriamente sobre el uso de las rimas que no riman para soltar tremendos barrotes presidiarios en detrimento de la calidad lingüística de dichos barrotes. El consejo, tras varias reuniones y la incapacidad de uno de ellos al inhalar lo que no debía de ser inhalado, han decretado que la gente tiene que aprender a rimar y dejarse de tonterías. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Pues hombre, sí. Aquí la rima siempre con pericia, como los grandiosos poetas de antaño. Buscando la palabra más propicia y así evitando hacer cualquier apaño.</span> —Como siempre, el periódico traía al final de todo un nuevo repertorio de carteles de Se Busca con las caras de los nuevos peligros sobre los que el gobierno tenía puesta su mirada. Los repasó uno a uno por curiosidad, parándose sólo en los que encontró más interesantes, como el de Maki D. Zen’in, que tenía la misma D. que Bambú; en el de Eros Focalor, que salía muy gracioso con sus facciones de topo; Ubbe, que parecía ser un todo un galán seductor y su compañero Sigurd, que parecía un psicópata desquiciado, pero tenían un pato, no lo olvidemos. Aspros, que valía ya 800 millones pero su belleza valía mucho más; Karamel Knight, Urotora y Strahd Nanashi; Yojimbo Tercero, que ahora volvía a volar libre por el mundo para alegría de todos los Alas Negras y, en consecuencia, de Bambú; y finalmente El Puño, al cual por fin le ponía cara. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Segundo, El Puño…</span> —Sonrió al ver la propia sonrisa de su superior en aquel cartel, olvidándose por un momento de Skypiea y de Zarutsuki. Volvió a mirar el cartel de Yojimbo Tercero, que salía tan serio. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Yojimbo, tu padre mola un montón.</span> —<br />
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					3856 palabras, espero que le guste a quien la lea.<br />
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Pandasaludos, camaradas.
				</div>
			</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align">Día 54 de Verano, Año 18<br />
10:00</div>
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Mogaro había amanecido tranquila aquel día. Meses después de las aventuras y desventuras de Kisuke y Bambú en el castillo del malvado conde Adam, las cosas habían vuelto finalmente a la normalidad. El camarada Gregory y su hermana Charlotte residían tranquilos en la casa en la que ya vivían en aquel entonces. Por supuesto, ya no vivían en pobreza, pues una vez la Revolución se enteró de las circunstancias en las que vivían hicieron todo lo posible por ponerles remedio de forma inmediata. Al chico lo apuntaron a una escuela para que pudiera formarse en los conocimientos básicos del mundo y le permitieron pasar las tardes ayudando en tareas menores en  el cuartel siempre que le hiciera ilusión y a Charlotte le dieron un trabajo más adecuado que la laboriosa extracción del hierro y con un salario suficiente como para poder mantenerse ella y su hermano holgadamente. Las pobres prisioneras del conde Adam fueron sometidas a tratamiento psicológico para tratar de paliar los terrores y ansiedades que seguramente aquejarían a sus corazones, todo ello por el bien de su futuro, y se les construyó a todas ellas una vivienda acorde con sus necesidades. Cuando estuvieran listas para volver al ruedo de la vida moderna en Ciudad Kamome se les daría un trabajo y todas las garantías necesarias para que pudieran desarrollar sus vidas sin obstáculos. De los culpables de aquella tragedia no quedaba ninguno con vida. DonDinDin y Adolf se habían suicidado de la misma forma. Jean Paul había perecido en un acto de traición que hirió el corazón de Bambú, que fue el encargado de ejecutarlo inmediatamente por cometer semejante afrenta. El malvado Wiplash murió a manos de Bambú en algo que sólo con gran generosidad podría denominarse enfrentamiento y, finalmente, el conde pereció a manos del valeroso, apuesto, espectacular y tetorro comandante Kageyama. Todavía restaba decidir qué iban a hacer exactamente con aquel castillo secreto en medio de las montañas, pero ya se le ocurriría algo a aquel pandástico dúo revolucionario. Hubo una última cosa en toda aquella historia que perduró en la memoria del mink revolucionario: el extraño poder, tan parecido al haki armadura en el estado más avanzado que conocía Bambú, del que había hecho gala el conde Adam.<br />
<br />
A lo largo de los últimos meses, Bambú se había dedicado a estudiar aquel fenómeno. Estaba seguro, completamente seguro, de que aquel desagradable león que apestaba a sangre había empleado un tipo de haki del que el panda no tenía constancia. Cuando llegó a un nivel suficiente como para poder manifestar el busoshoku con su característico color negro por todo su cuerpo, supuso que había desarrollado esta habilidad hasta su máximo esplendor. Nunca se habría imaginado que existía un nivel por encima de todo eso. Un haki tan poderoso que no se limitaba a hacer más duros los impactos físicos, sino que era capaz de adentrarse en el cuerpo del rival y destruirlo desde dentro. Jamás olvidaría aquella sensación como de un remolino en la parte superior de su abdomen. Un remolino que se expandía y amenazaba con hacerle explotar y pudo paliar casi de milagro gracias a su poderosa defensa con el haki de armamento que sabía utilizar. Con todo esto en mente, Max. D. Bambú hizo lo que mejor sabía hacer: se fue a la biblioteca del castillo de Mogaro a estudiar.<br />
<br />
A estas alturas, la estancia estaba completamente adecentada. Bambú había aplicado sus años de trabajo como bibliotecario cuando era más joven y había ordenado los libros según su propia clasificación personal. Se había leido un gran número de las obras disponibles en aquella modesta estancia. Muchas de ellas tenían una temática más bien ociosa. Novelas de caballerías, cuentos, relatos, alguna colección epistolar del antiguo rey con otros gobernantes, aunque sin excesivo interés a simple vista. Estaba claro que el rey no era ningún intelectual, porque la mayoría de los libros no tenían marcas de uso, sino de dejadez en su custodia. La habitación no estaba correctamente acondicionada hasta que Bambú le puso las manos encima. Los libros no debían de limpiarse casi nunca y sólo algunas obras, las más simples e infantiles, tenían algún tipo de uso. El panda supuso que estas eran las obras que le leían al rey de pequeño o quizás las únicas que se aventuraba a leer en sus ratos libres. Este tipo de obras las relegó Bambú a una pequeña sección de la biblioteca que denominó la sección infantil, aunque lo cierto es que todavía no había venido ni un solo niño a leer allí.<br />
<br />
Como decíamos, muchas de estas obras tenían una temática ociosa, <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">pero no todas</span>. Los ensayos y los documentos de estudio estaban en franca minoría frente a las novelas y los cuentos de fantasía, pero estaban. Bambú se había leído la mayoría y había encontrado información muy interesante acerca del mundo. Podía recitar casi de memoria las características de cada una de las islas del mapa y lo sabía todo de las civilizaciones legendarias del mundo, como Shandora. Había aprendido todo lo que creía que había que aprender del haki. Podía explicar de forma que se entendiera con claridad para qué servía exactamente el Busoshoku, el Kenbunshoku y el Haoshoku. Pocas personas podían explicar correctamente las cualidades de este último y Bambú era una de ellas. Había leído la mayoría de estos ensayos, pero, de nuevo, <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">no todos</span>. Y fue por este motivo que el día 54 de Verano uno de los nuevos reclutas del Ejército Revolucionario encontró a Bambú en la biblioteca, enfrascado en una de las lecturas más importantes de su vida. Se trataba de una vieja obra escrita en kanji, claramente exportada de alguna isla con esta escritura. Quizás fuera una creación de los eruditos de Wano, de los cuales se decía que escribían bellos poemas en formato de haiku. Mientras Bambú anotaba en una hoja llena de garabatos que tenía al lado del libro una posible traducción para uno de los últimos kanjis problemáticos del libro, unos golpes sonaron con fuerza en la puerta de la estancia. El mink chasqueó la lengua, molesto por la interrupción repentina, pero no lo pagó con el pobre recluta que sólo hacía su trabajo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Adelante.</span> —Se levantó de su silla para girarse hacia la puerta y recibir aquella visita. Se trataba de uno de los reclutas más recientes del Ejército, el Agente Interino Gregory, que una vez más demostraba sus excelentes capacidades con la entrega puntual del no tan revolucionario periódico mundial. —<span style="color: #E82A1F;" class="mycode_color">MARISCAL MAX D. BAMBÚ LE TRAIGO EL PERIÓDICO QUE LLEGÓ HACE DOS MINUTOS AL CUARTEL HE VENIDO CORRIENDO TAN RÁPIDO COMO HE PODIDO Y ME HE CAÍDO TRES VECES PERO AQUÍ ESTOY.</span> —Gregory hablaba de forma atropellada y a grito pelado, claramente como debían de hablar los reclutas revolucionarios cuando se dirigían a sus superiores. Shiro y Kelvin tenían tanto que aprender de él… —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Ah, camarada Gregorovich, qué haría sin usted. Mire además, ¡el periódico es de hace veinticinco días! Ya llega lo bastante tarde sin necesidad de que a Intha lo ayude alguno de los camaradas más lentos.</span> —Decía Bambú sonriente. No le prestó mucha atención a la portada del periódico, ya que tenía su vista centrada en el muchacho que hacía tan solo unos meses se presentó en su despacho lleno de carbón y pidiendo auxilio por su hermana. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Bueno, creo que tan valerosa acción debe tener recompensa.</span> —Sacó de su bolsillo su cartera y de la misma un billete de mil berrys, suficiente para una decena de helados. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¿Por qué no se toma un helado, camarada? Hoy hace mucho calor.</span> —Le tendió el dinero a Gregory, que lo aceptó con humildad y un brillo de alegría en su mirada. —<span style="color: #E82A1F;" class="mycode_color">MUCHAS GRACIAS SEÑOR MARISCAL MAX D. BAMBÚ LE VOY A COMPRAR UN HELADO A MI HERMANA TAMBIÉN LOS DOS DE SANDÍA PORQUE EL ROJO ES EL COLOR DE LA REVOLUCIÓN.</span> —Y tan rápido como había llegado, Gregory se marchó a toda velocidad corriendo por los pasillos del castillo y canturreando las canciones revolucionarias que le enseñaban los otros reclutas. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Este chaval me va a quitar el puesto como siga tan diligente, honhonhon.</span> —El periódico iba a ser otra de las lecturas más importantes de su vida que Bambú leería aquella mañana, pero su mente estaba ocupada en el libro que le esperaba sobre su mesa. Cerró la puerta de la biblioteca, dejó el periódico en otra de las mesas para no distraerse, y regresó a su traducción de aquel manuscrito probablemente procedente de Wano. No le tomó más que veinte minutos el traducir el resto de kanjis problemáticos, aunque más que traducirlos, lo que había hecho es aventurar unos posibles significados que pondría a prueba con su primera traducción del documento completo. Fue en aquella obra desconocida donde pudo leer por primera vez sobre las legendarias facultades que otorgaban los hakis en su máximo nivel. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Increíble… llevo equivocado todo este tiempo.</span> —Susurraba para sí mismo el panda mientras leía. Sus traducciones resultaron ser correctas en el 95% de los casos, y en el 5% restante logró inferir el significado de lo que le faltaba por el contexto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Kisuke tiene que enterarse de esto.</span> —Se dijo a sí mismo, también en un susurro, mientras anotaba furiosamente en una hoja de papel nueva sus hallazgos con respecto a los hakis avanzados. Al parecer, el Busoshoku en su nivel máximo era capaz de destruir por dentro todo aquello en lo que se adentraba. Alcanzar un nivel de emisión tal debía de ser toda una proeza y nada sencillo. El Kenbunshoku, por su parte, parecía permitir al usuario anticiparse a las acciones de una persona proporcionándole una visión clara del futuro, superando con creces las facultades de su versión inferior que únicamente te alertaba de las intenciones del enemigo. Y por último se hablaba del Haoshoku, cuya emisión avanzada permitía destruir por completo el espíritu de los enemigos, expandir el rango de los ataques y tenía la característica de emitir rayos negros al utilizarse. Cuando terminó de anotar todo aquello, Bambú se echó hacia atrás, apoyándose por completo en el respaldo de su silla y emitió un sonoro suspiro de alivio, como si acabase de liberar una carga que llevaba demasiado tiempo sobre sus hombros. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Mis estudios… están completos.</span> —Anunció a la nada, pero no era cierto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">No… aún falta una última cosa.</span> —Se levantó de la silla, recogió el libro y se encaminó hacia el estante al que pertenecía. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Falta un último conocimiento que se me escapa, algo que todavía no he logrado descifrar…</span> —Devolvió el libro a su sitio y ojeó los lomos de los libros circundantes. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Todavía no he logrado encontrar nada sobre los Poneglyph… Dicen que aprender a leerlos está penado con la muerte.</span> —Sonrió ante la idea de que el Gobierno estuviera todavía más empecinado en ir a por él. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">No hay nada más revolucionario que saber lo que no quieren que sepas. ¿De qué hablarán esas legendarias escrituras?</span> —Era una pregunta que sólo podían responder aquellos que hubiesen leído por lo menos uno de los Poneglyph, pero eran tan raros, tan escasos en el mundo que Bambú nunca había visto ninguno. Con una sacudida de cabeza que le ayudó a despejar esta idea de sus pensamientos, se encaminó de nuevo a su sitio. Aquella era una tarea para el futuro, no para el presente. El presente involucraba la lectura del periódico, que ya llegaba tarde de por sí.<br />
<br />
Sin más dilación, recogió el periódico doblado que tenía encima de la otra mesa, se sentó donde estaba trabajando sobre los hakis y lo desplegó en el escritorio. La portada no tenía ninguna foto, era sólo texto, pero qué texto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">...acontecimiento histórico sin precentes… Impel Down… el Ejército Revolucionario… ¡EL PUÑO! ¿Cómo que Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura SEGUNDO?</span> —Si la boca de Bambú no estuviera sujeta por su mandíbula, probablemente se habría caído y desenrollado por el suelo como una alfombra. De repente empezó a hacer memoria sobre Yojimbo Tercero, que se reveló en los Juegos de Zarutsuki anteriores que era el legítimo heredero al trono de Skypiea y que Zarutsuki no era sino el regente de la tierra legendaria. Aquello debía significar, sin lugar a dudas, que el padre de Yojimbo era el verdadero Rey de Skypiea. Y sin embargo, al mismo tiempo, era también El Puño de la Revolución, uno de los altos cargos más importantes de toda la facción. El Puño había asaltado Impel Down con Aspros, la legendaria, bellísima y espléndida reina de Momoiro. También habían estado presentes los legendarios piratas Strahd Nanashi y Urotora, así como Karamel Knight. Todos ellos eran figuras extremadamente conocidas en el mundo y ahora que estaban libres… El Gobierno tendría mucho trabajo por delante. En cuanto a los daños de aquella heroica incursión, al parecer más de dos millares de marines y agentes del gobierno fallecidos y varios miembros del Zodiacool afectados. De entre ellos, destacaba el famoso Vicealmirante Joe Joestar, que ha quedado impedido y retirado del servicio, y el almirante Tucrow, que había fallecido. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Un almirante muerto… y Joe…</span> —Decir que conocía a Joe sería estirar el chicle demasiado. Había coincidido con él en dos momentos cruciales de su trayectoria: los Cabos Gemelos y los Juegos de Zarutsuki. Siempre albergó la esperanza de poder enfrentarse a él en un uno contra uno, pero el destino quiso que Joe tuviera otros enemigos. Enemigos, al parecer, más fuertes que él. El resto de la noticia se dedicaba a remarcar la última gran hazaña del almirante Tucrow, que en sus últimos momentos se dedicó a salvarle la vida a todos los marines y agentes que quedaban todavía en la prisión y logró desviar el ataque que podría haberla destruido. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¿Qué ataque fue ese? ¿Hizo El Puño esto?</span> —Se preguntó Bambú incrédulo. Que existiera gente que pudiera realizar semejantes proezas… Realmente le ponía en su lugar. William S. Whitend anunciaba un mes de luto en el periódico que, a juzgar por la fecha del que tenía entre sus manos, estaba próximo a terminar. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Pronto tendrán a otro almirante, pero espero que esto haya servido para desmoralizarles…</span> —Se alegraba profundamente de la muerte de Tucrow, para qué negarlo, porque aunque tuviera fama de galán y de ser una figura muy correcta en las filas de los marines, seguía siendo una de las mayores representaciones de una de las instituciones que Bambú más odiaba.<br />
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La siguiente página tenía dos noticias. Una de ellas un consejo de guerra. Se trataría de una asamblea en la que participarían todos los vicealmirantes para designar un nuevo almirante para la marina. ¿Quién sería el elegido para tamaña responsabilidad? La segunda noticia traía algo tan importante que Bambú se quedó aturdido varios segundos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Viktor Evans…</span> —No se enfrentó a él directamente porque estaba muy ocupado recibiendo una paliza de Sohem, pero Viktor Evans fue uno de los dos cazadores que se llevó a Zorak para entregarlo a la marina. Al parecer, con la pérdida de dos Shichibukai, se ven en la necesidad de hacer una reunión para suplir estas dos plazas. Zarutsuki ofrecía Skypiea como punto de reunión, pero… —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Si eres siervo de El Puño, ¿por qué haces esto?</span> —No entendía del todo las motivaciones de Zarutsuki, aunque pudiera ser que sencillamente se le estuviera escapando algún detalle. Quizás Zarutsuki era un agente doble, pero no podía estar seguro. Además, Bambú no era nada imparcial. Odiaba abiertamente a los Shichibukai por lo que representaban.<br />
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Pasó de página sin dedicarle más pensamientos de los necesarios a esto. En la tercera página había tres noticias diferentes. El anuncio del remate de los Juegos de Zarutsuki con el despunte de dos marines, Hasegawa Shin y Juan Sebastián, de los cuáles no sabía nada. La segunda noticia hablaba de la declaración de Skypiea como una tierra de paz y armonía donde existe una convivencia pacífica entre razas. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">¿Han arreglado ya el despropósito de la esclavitud?</span> —Comentó con un resoplido de molestia. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">En serio, ¿por qué El Puño permitía todo esto?</span> —La tercera noticia le sacó de estos pensamientos con el anuncio de la conformación de dos nuevas divisiones marines. Es importante conocer a tus enemigos tanto como a tus amigos, así que prestó atención a cada uno de los nombres que se mencionaban en la noticia. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">La División 60 asciende a la 50 y pasa a estar al mando de Bertram Gaudrid… División 50, Bertram.</span> —Lo anotó mentalmente, aunque el nombre no le decía absolutamente nada. Quizás en el futuro podría decir que ha escuchado hablar de él. Las divisiones 75 y 80 pasan a formar una sola, que asciende a ser la División 30 con figuras importantes. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Hasegawa Shin… ese es el que destacó en las pruebas.</span> —Lo corroboró volviendo atrás una página en el periódico. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Yo no destaqué en nada, así que debe de valer algo este muchacho.</span> —A estas alturas estaba hablando directamente consigo mismo. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Stroud Nanashi… Stroud Nanashi…</span> —¿De qué le sonaba? Volvió atrás una página en el periódico y luego otra, lo que le llevó a la portada textual del mismo, la cual releyó. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Strahd Nanashi… ¿no hay un marine que se apellida así también? <span style="text-decoration: line-through;" class="mycode_s">La Revolución que me parió</span>.</span> —Sintió el impulso de decir algo, pero no lo dijo porque no era su muletilla, significara lo que significase esto. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Deben de ser parientes.</span> —Concluyó, aunque siempre podía ser una mera coincidencia, claro. Regresó a la lectura sobre la División 30 y se encontró con que el último miembro mencionado era un jodido Tenryuubito. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Lo que me faltaba, nobles mundiales policías. AMAB, cojones, AMAB.</span> —Le dio una bofetada al periódico justo donde estaba el careto de Saint Enji Van Helsing y pasó de página molesto. Le recibió la cara de Garnet ocupando TODA la página del periódico en un anuncio de línea caliente.<br />
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—<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Ga…</span> —Se quedó sin palabras ante lo que estaba viendo. La Nueva Sexsación. Garnet ofrecía toda clase de servicios que no necesariamente tenían que ser de índole sexual, <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">pero no nos engañemos</span>, la mayor parte de ellos sí lo eran. Y es que Garnet prometía lujuria, depravación, sexo sin límite mientras los berrys tampoco tuvieran límite. Él podría ser lo que uno quisiera que fuera, él era… él era… —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Un guarro de narices, ¿pero cómo se puede ser tan degenerado? HONHONHONHON</span> —Bambú empezó a reírse a mandíbula batiente, olvidándose repentinamente de las tres páginas llenas de noticias sobre la marina que se había comido. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Voy a llamarle, ¿me sobra el dinero para esto? Me pregunto qué cara pondrá si le llamo yo y le pido un servicio, HONHONHONHON. Bueno, calla que igual le renta. Yo no quiero un servicio… ¿no?</span> —Cabía la duda, porque uno leía la noticia y sólo podía pensar una cosa: “Qué buen servicio”.<br />
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Se obligó a pasar de página antes de descubrir algo sobre sí mismo que no tenía ganas de descubrir a los 37 años. Otras tres noticias en la página cuatro, rompiendo de alguna forma el ritmo incremental que llevaba el periódico. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Sigurd, Ubbe, Dharma y Odiseo.</span> —Dijo en voz alta. Eran piratas, la verdad es que no le importaban demasiado y seguramente se acabaría olvidando de ellos. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Tienen un pato, oye, ni tan mal.</span> —Bueno, igual se había precipitado pensando que no eran tan relevantes. Después de todo tenían un pato. La segunda noticia trataba de la División 81, que estaba ubicada en el South Blue y cuyo único miembro era la Sargento Kagura. La tercera trataba de algo más interesante, ¡de la División 9! Era la afamada división a la que antiguamente pertenecía el héroe Joe Joestar. Actualmente estaba comandanda de forma provisional por Karlglass, a la cual recordaba bien de los Juegos de Zarutsuki. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Ojalá no fuera marine, era majísima.</span> —Se encontró diciendo el panda. Por algún motivo, la mujer de ascendencia oni le parecía encantadora. Al parecer habían estado operando en Risky Red, lo cual era preocupante, porque Risky Red y Mogaro tenían un acuerdo comercial y si de repente pasaba a ser territorio marine iban a tener problemas de abastecimiento. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">A ver si vamos a tener que pasarnos por allí…</span> —Era, desde luego, una posibilidad, pero había tanto que hacer…<br />
<br />
La última página tenía otras cuatro noticias. La primera de ellas algo de granjear presencia. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Estos chavales…</span> —Dijo el viejo carcamal que estaba leyendo las noticias en su biblioteca vacía. No tenía el menor interés en nada que tuviera que ver con estos jóvenes de la asociación “Sesenta y Siete” ni en su concepto de lo que es la auracultura. La segunda noticia trataba de congelar un coco y hacer un desastre en la cocina para luchar contra el calor. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Bah, el calor no es para tanto, pero igual Shiro quiere congelar algún coco.</span> —Y sin más, llegó a una noticia catastrófica sobre la caída del cobre. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Oh, mierda, ¿no estábamos comerciando con cobre con Risky Red? Vamos a perder fondos.</span> —El que sabía más del tema era Kisuke, por supuesto. Bambú odiaba todo lo que tenía que ver con el dinero. Cuando Kelvin le explicó el tema de los intereses del Banco Goldreich el único que perdió el interés fue él. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Mira.</span> —Le dijo en su momento. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Te lo pagamos y dejamos el tema, que me estás dando dolor de cabeza.</span> —Con gusto pagaría 10 millones si hiciera falta para que no le diesen la tabarra con temas de dinero.<br />
<br />
La última de las noticias despertó los intereses eruditos de Bambú. Al parecer, en la Real Academia han estado discutiendo seriamente sobre el uso de las rimas que no riman para soltar tremendos barrotes presidiarios en detrimento de la calidad lingüística de dichos barrotes. El consejo, tras varias reuniones y la incapacidad de uno de ellos al inhalar lo que no debía de ser inhalado, han decretado que la gente tiene que aprender a rimar y dejarse de tonterías. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Pues hombre, sí. Aquí la rima siempre con pericia, como los grandiosos poetas de antaño. Buscando la palabra más propicia y así evitando hacer cualquier apaño.</span> —Como siempre, el periódico traía al final de todo un nuevo repertorio de carteles de Se Busca con las caras de los nuevos peligros sobre los que el gobierno tenía puesta su mirada. Los repasó uno a uno por curiosidad, parándose sólo en los que encontró más interesantes, como el de Maki D. Zen’in, que tenía la misma D. que Bambú; en el de Eros Focalor, que salía muy gracioso con sus facciones de topo; Ubbe, que parecía ser un todo un galán seductor y su compañero Sigurd, que parecía un psicópata desquiciado, pero tenían un pato, no lo olvidemos. Aspros, que valía ya 800 millones pero su belleza valía mucho más; Karamel Knight, Urotora y Strahd Nanashi; Yojimbo Tercero, que ahora volvía a volar libre por el mundo para alegría de todos los Alas Negras y, en consecuencia, de Bambú; y finalmente El Puño, al cual por fin le ponía cara. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Segundo, El Puño…</span> —Sonrió al ver la propia sonrisa de su superior en aquel cartel, olvidándose por un momento de Skypiea y de Zarutsuki. Volvió a mirar el cartel de Yojimbo Tercero, que salía tan serio. —<span style="color: #17B529;" class="mycode_color">Yojimbo, tu padre mola un montón.</span> —<br />
<br />
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					3856 palabras, espero que le guste a quien la lea.<br />
<br />
Pandasaludos, camaradas.
				</div>
			</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Pasado-FIC]El saber no ocupa lugar.]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4253</link>
			<pubDate>Sun, 06 Sep 2026 10:15:27 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=198">Kisuke Kageyama</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=4253</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Castillo Real, República de Mogaro, Nuevo Mundo.<br />
9 de la mañana, día 20 de primavera, año 18.</span></div>
<br />
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">No había mucho movimiento aquel día, puesto que era fin de semana. El antiguo castillo real de Mogaro, se había convertido en la sede del Parlamento en el que los elegidos por el pueblo discernían sobre el gobierno, la legislación y la justicia de la joven y floreciente República de Mogaro. Sin duda, aquella era la mejor obra hasta la fecha del Escuadrón de los Toros Negros, comandados por el Líder Revolucionario y Comandante de los Ejércitos del West Blue, Kisuke Kageyama. Tras una incursión relámpago en aquella isla y, tras organizar a los focos de rebelión que había en la isla, montaron en tiempo récord una ofensiva brutal que acabó con la caída del rey y de su hombre principal, el poderoso Sir Notthingham, más conocido como Jamonada. A pesar de la tiranía y opresión que el antiguo rey y sus hombres ejercían sobre el pueblo de Mogaro, la biblioteca contaba con numerosos y valiosos volúmenes de múltiples disciplinas, que, a día de hoy, estaban a disposición de todo aquel que quisiera cultivar su mente y aumentar sus conocimientos, ya fuese en ingeniería, comercio, navegación, artes marciales... las estanterías de aquella estancia estaban llenas de conocimientos que ahora estaban al alcance de todo el pueblo. Por eso mismo, el antiguo pescador, había acudido a aquel lugar en fin de semana, para no encontrar mucha gente, ávida de conocimiento y de crecer en sus asuntos con la ayuda de aquellos amigos silenciosos que son los libros.<br />
<br />
<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">"Espero que no haya mucha gente..."</span></span><br />
<br />
Como había sido uno de los artífices de la liberación de la isla, Kisuke había visto incrementada su popularidad, y, por lo tanto, cada vez que era visto en público, mucha gente se acercaba a saludarle, a agradecerle, o a pedirle consejo con diversas cuestiones. Kisuke, que no era precisamente alguien paciente ni muy sociable, tenía que, habitualmente reprimirse mucho para no ser desagradable con la gente, ya que además contaba con el hándicap de su posición dentro de la Armada Revolucionaria, por lo que tenía que desahogarse luego con los monigotes que usaba en sus entrenamientos. Cada día llevaba dos docenas de estos tocones de madera al astillero para que los reparasen. Como consecuencia de esto, su poder estaba incrementándose, aunque seguía muy atrás en lo que a su habilidad como usuario se refería, pero en esta ocasión quería hacer algo diferente, había algo que necesitaba y que era imprescindible si quería aumentar su utilidad para con la Armada Revolucionaria.<br />
<br />
<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">"Tengo que conseguir Kairoseki para el Grand Prix..."</span></span><br />
<br />
En los últimos libros sobre navegación que había leído, no solo se requería de una gran habilidad para navegar sin restricciones por todos los mares, como en el Paraíso, por ejemplo, donde solo podías ir hacia adelante en la ruta siguiendo el log pose. Para moverse libremente, además de las capacidades de élite que requería el navegante del barco, se necesitaba una nave a la altura, y, para ello, se requería revestir de kairoseki el casco del barco. Y ahí estaba el problema principal. El kairoseki, por lo que había podido saber consultando libros y con la guía de Panda, que era muy versado en diversas cuestiones, el Kairoseki era un misterioso material refinado que se utilizaba, de manera principal, para nulificar los poderes de los usuarios de akuma no mi. Por lo que él sabía, ese material imitaba la energía del mar, debilitando a los poseedores de las habilidades, pero iba más allá que el propio agua del mar, anulando la capacidad de utilizar ese poder. Como no podía ser de otra manera, aquel material tan conveniente, era algo muy raro y extremadamente difícil de encontrar, por lo que iba a necesitar tener conocimientos sobre el comercio para tratar de hacerse con ese recurso.<br />
<br />
<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">"Bueno, pues aquí estamos... a ver que encuentro..."</span></span><br />
<br />
Acababa de llegar a la entrada del castillo, donde los guardias le saludaron con respeto y le abrieron las puertas. Entró y vio a la persona encargada de la recepción acodada con gesto aburrido sobre el escritorio, mirando a la ventana y añorando estar fuera de allí en aquella límpida y, presumiblemente, calurosa mañana. Sin variar su gesto, la buena señora miró sin interés a Kisuke y le preguntó:<br />
<br />
<span style="color: #B20080;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Buenos días, Comandante, ¿qué le trae al Parlamento en esta bonita mañana?</span></span><br />
<br />
El tono era respetuoso pero monocorde, como si aquel fuese el último lugar del mundo en el que quisiera estar. Kisuke sonrió algo incómodo, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar alguna grosería a la pobre señora, pero había que mantener las formas así que haciendo su mejor esfuerzo contestó:<br />
<br />
<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Buenos días, buena señora... El Comandante necesita aprender algunas cuestiones y prefiere hacerlo en un día más tranquilo que uno en el que haya ajetreo...</span></span><br />
<br />
La recepcionista relajó el gesto, entendiendo lo que quería decir el antiguo pescador así que señaló las escaleras de la derecha y le indicó vagamente donde tenía que ir, aunque sabía de sobra que el revolucionario era conocedor de la localización de la biblioteca del castillo.<br />
<br />
<span style="color: #B20080;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Sabia decisión, como cabría esperar... Ya sabe donde se encuentra la biblioteca...</span></span><br />
<br />
Con un gesto de la cabeza Kisuke asintió y se encaminó hacia la estancia que albergaba el saber de Mogaro, subiendo por las escaleras que le había indicado la mujer y con cierto grado de emoción. Desde que era niño, le encantaba leer y aprender cosas, aunque desde que se unió a la revolución apenas había tenido tiempo para ello y siempre era para mejorar sus habilidades de navegación; en esta ocasión, buscaba otro conocimiento, había que ampliar horizontes.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Castillo Real, República de Mogaro, Nuevo Mundo.<br />
9 de la mañana, día 20 de primavera, año 18.</span></div>
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<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">No había mucho movimiento aquel día, puesto que era fin de semana. El antiguo castillo real de Mogaro, se había convertido en la sede del Parlamento en el que los elegidos por el pueblo discernían sobre el gobierno, la legislación y la justicia de la joven y floreciente República de Mogaro. Sin duda, aquella era la mejor obra hasta la fecha del Escuadrón de los Toros Negros, comandados por el Líder Revolucionario y Comandante de los Ejércitos del West Blue, Kisuke Kageyama. Tras una incursión relámpago en aquella isla y, tras organizar a los focos de rebelión que había en la isla, montaron en tiempo récord una ofensiva brutal que acabó con la caída del rey y de su hombre principal, el poderoso Sir Notthingham, más conocido como Jamonada. A pesar de la tiranía y opresión que el antiguo rey y sus hombres ejercían sobre el pueblo de Mogaro, la biblioteca contaba con numerosos y valiosos volúmenes de múltiples disciplinas, que, a día de hoy, estaban a disposición de todo aquel que quisiera cultivar su mente y aumentar sus conocimientos, ya fuese en ingeniería, comercio, navegación, artes marciales... las estanterías de aquella estancia estaban llenas de conocimientos que ahora estaban al alcance de todo el pueblo. Por eso mismo, el antiguo pescador, había acudido a aquel lugar en fin de semana, para no encontrar mucha gente, ávida de conocimiento y de crecer en sus asuntos con la ayuda de aquellos amigos silenciosos que son los libros.<br />
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<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">"Espero que no haya mucha gente..."</span></span><br />
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Como había sido uno de los artífices de la liberación de la isla, Kisuke había visto incrementada su popularidad, y, por lo tanto, cada vez que era visto en público, mucha gente se acercaba a saludarle, a agradecerle, o a pedirle consejo con diversas cuestiones. Kisuke, que no era precisamente alguien paciente ni muy sociable, tenía que, habitualmente reprimirse mucho para no ser desagradable con la gente, ya que además contaba con el hándicap de su posición dentro de la Armada Revolucionaria, por lo que tenía que desahogarse luego con los monigotes que usaba en sus entrenamientos. Cada día llevaba dos docenas de estos tocones de madera al astillero para que los reparasen. Como consecuencia de esto, su poder estaba incrementándose, aunque seguía muy atrás en lo que a su habilidad como usuario se refería, pero en esta ocasión quería hacer algo diferente, había algo que necesitaba y que era imprescindible si quería aumentar su utilidad para con la Armada Revolucionaria.<br />
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<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">"Tengo que conseguir Kairoseki para el Grand Prix..."</span></span><br />
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En los últimos libros sobre navegación que había leído, no solo se requería de una gran habilidad para navegar sin restricciones por todos los mares, como en el Paraíso, por ejemplo, donde solo podías ir hacia adelante en la ruta siguiendo el log pose. Para moverse libremente, además de las capacidades de élite que requería el navegante del barco, se necesitaba una nave a la altura, y, para ello, se requería revestir de kairoseki el casco del barco. Y ahí estaba el problema principal. El kairoseki, por lo que había podido saber consultando libros y con la guía de Panda, que era muy versado en diversas cuestiones, el Kairoseki era un misterioso material refinado que se utilizaba, de manera principal, para nulificar los poderes de los usuarios de akuma no mi. Por lo que él sabía, ese material imitaba la energía del mar, debilitando a los poseedores de las habilidades, pero iba más allá que el propio agua del mar, anulando la capacidad de utilizar ese poder. Como no podía ser de otra manera, aquel material tan conveniente, era algo muy raro y extremadamente difícil de encontrar, por lo que iba a necesitar tener conocimientos sobre el comercio para tratar de hacerse con ese recurso.<br />
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<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">"Bueno, pues aquí estamos... a ver que encuentro..."</span></span><br />
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Acababa de llegar a la entrada del castillo, donde los guardias le saludaron con respeto y le abrieron las puertas. Entró y vio a la persona encargada de la recepción acodada con gesto aburrido sobre el escritorio, mirando a la ventana y añorando estar fuera de allí en aquella límpida y, presumiblemente, calurosa mañana. Sin variar su gesto, la buena señora miró sin interés a Kisuke y le preguntó:<br />
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<span style="color: #B20080;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Buenos días, Comandante, ¿qué le trae al Parlamento en esta bonita mañana?</span></span><br />
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El tono era respetuoso pero monocorde, como si aquel fuese el último lugar del mundo en el que quisiera estar. Kisuke sonrió algo incómodo, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar alguna grosería a la pobre señora, pero había que mantener las formas así que haciendo su mejor esfuerzo contestó:<br />
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<span style="color: #C10300;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Buenos días, buena señora... El Comandante necesita aprender algunas cuestiones y prefiere hacerlo en un día más tranquilo que uno en el que haya ajetreo...</span></span><br />
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La recepcionista relajó el gesto, entendiendo lo que quería decir el antiguo pescador así que señaló las escaleras de la derecha y le indicó vagamente donde tenía que ir, aunque sabía de sobra que el revolucionario era conocedor de la localización de la biblioteca del castillo.<br />
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<span style="color: #B20080;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">-Sabia decisión, como cabría esperar... Ya sabe donde se encuentra la biblioteca...</span></span><br />
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Con un gesto de la cabeza Kisuke asintió y se encaminó hacia la estancia que albergaba el saber de Mogaro, subiendo por las escaleras que le había indicado la mujer y con cierto grado de emoción. Desde que era niño, le encantaba leer y aprender cosas, aunque desde que se unió a la revolución apenas había tenido tiempo para ello y siempre era para mejorar sus habilidades de navegación; en esta ocasión, buscaba otro conocimiento, había que ampliar horizontes.</div>]]></content:encoded>
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