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		<title><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - Loguetown ]]></title>
		<link>https://nakamanomi.com/</link>
		<description><![CDATA[Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece - https://nakamanomi.com]]></description>
		<pubDate>Sat, 26 Sep 2026 15:22:59 +0000</pubDate>
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			<title><![CDATA[[Fic] Crónicas del pasado]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2299</link>
			<pubDate>Sun, 19 Oct 2025 10:54:29 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=594">Sanemi Toge</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=2299</guid>
			<description><![CDATA[¿Qué es ser fuerte? Cuando alguien crece con cierto tipo de influencia “militar” o adoctrinada bajo ciertos cánones, estos conceptos suelen volverse difusos. Sanemi, un niño que creció en una familia de modestos comerciantes, comenzó a plantearse un concepto de fuerza bajo el día a día que comenzó a tener con su abuelo. <br />
<br />
Cuando cumplió los cinco años de edad, estuvo lejos de poder disfrutar una niñes con juegos y otras cosas, que, si bien las tenía, no eran frecuentes. El primer lunes después de su último cumpleaños, fue despertado por Kite, su abuelo paterno, un ex marine retirado, que la verdad nunca llegó muy alto en la escala de poder o reconocimientos, mantenía todo ese concepto de justicia bastante arraigado en su interior. Como parte de su crecimiento, Sanemi aprendería a considerar todo eso como una gran mentira. <br />
<br />
Convirtieron el patio trasero de la casa su dojo de entrenamiento. Sanemi estaba a tres o cuatro metros de distancia de Kite, ambos con ropa holgada listos para poder iniciar. El abuelo no es de muchas palabras, simplemente indicaba lo necesario. Lo único que el niño escuchó antes de poder entender nada fue: “No voy a ser suave”. Lo próximo que pudo ver tras ello fue como sus ojos estaban mirando al cielo, en un gran despliegue de agilidad su abuelo lo tumbó al suelo con una sencilla llave que, sin poder siquiera entenderla, fue un golpe en su pierna y pecho el que lo dejó sin aire. <br />
<br />
Sonrisa. Sanemi dibujó una sonrisa, su abuelo se sorprendió un poco. Sin pensarlo dos veces se sentó sobre el suelo mirando el mismo, pero no pudo evitar sentir adrenalina, su corazón latía a mil por hora. No sentía miedo o rechazo sino la emoción que invadía cada celula de su cuerpo. En ese preciso momento no le importaba si salía a jugar con otros niños o no, su concepto de entretenimiento estaba por cambiar radicalmente. Se levantó de golpe y se sacudió su ropa que se llenó de polvo. Levantó la cabeza hasta cruzar mirada con su abuelo, quien al mirarlo no pudo evitar sentir sorpresa, sus ojos manifestaban un brillo frío, pero transmitía una fuerte sensación de fortaleza y concentración. <br />
<br />
-<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #00369b;" class="mycode_color">Oe… Continuemos</span></span> -Y así iniciaba el camino de entrenamiento. Tras ese escueto diálogo se abalanzó contra su nuevo rival de práctica, torpe, lento, pero con fuerza y mentalidad ganadora. Los minutos comenzarían a pasar. El conteo de las caídas y la cantidad de energía gastada ese día sería difícil de tener. Aquel primer entrenamiento estuvo lejos de ser suave ya que duró aproximadamente tres horas, un promedio que Kite no estimaba, pero la resistencia y la explosión que tuvo Sanemi también lo motivó. Para él, podría significar el inicio de un gran marine, algo bastante alejado de la realidad actual.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[¿Qué es ser fuerte? Cuando alguien crece con cierto tipo de influencia “militar” o adoctrinada bajo ciertos cánones, estos conceptos suelen volverse difusos. Sanemi, un niño que creció en una familia de modestos comerciantes, comenzó a plantearse un concepto de fuerza bajo el día a día que comenzó a tener con su abuelo. <br />
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Cuando cumplió los cinco años de edad, estuvo lejos de poder disfrutar una niñes con juegos y otras cosas, que, si bien las tenía, no eran frecuentes. El primer lunes después de su último cumpleaños, fue despertado por Kite, su abuelo paterno, un ex marine retirado, que la verdad nunca llegó muy alto en la escala de poder o reconocimientos, mantenía todo ese concepto de justicia bastante arraigado en su interior. Como parte de su crecimiento, Sanemi aprendería a considerar todo eso como una gran mentira. <br />
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Convirtieron el patio trasero de la casa su dojo de entrenamiento. Sanemi estaba a tres o cuatro metros de distancia de Kite, ambos con ropa holgada listos para poder iniciar. El abuelo no es de muchas palabras, simplemente indicaba lo necesario. Lo único que el niño escuchó antes de poder entender nada fue: “No voy a ser suave”. Lo próximo que pudo ver tras ello fue como sus ojos estaban mirando al cielo, en un gran despliegue de agilidad su abuelo lo tumbó al suelo con una sencilla llave que, sin poder siquiera entenderla, fue un golpe en su pierna y pecho el que lo dejó sin aire. <br />
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Sonrisa. Sanemi dibujó una sonrisa, su abuelo se sorprendió un poco. Sin pensarlo dos veces se sentó sobre el suelo mirando el mismo, pero no pudo evitar sentir adrenalina, su corazón latía a mil por hora. No sentía miedo o rechazo sino la emoción que invadía cada celula de su cuerpo. En ese preciso momento no le importaba si salía a jugar con otros niños o no, su concepto de entretenimiento estaba por cambiar radicalmente. Se levantó de golpe y se sacudió su ropa que se llenó de polvo. Levantó la cabeza hasta cruzar mirada con su abuelo, quien al mirarlo no pudo evitar sentir sorpresa, sus ojos manifestaban un brillo frío, pero transmitía una fuerte sensación de fortaleza y concentración. <br />
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-<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #00369b;" class="mycode_color">Oe… Continuemos</span></span> -Y así iniciaba el camino de entrenamiento. Tras ese escueto diálogo se abalanzó contra su nuevo rival de práctica, torpe, lento, pero con fuerza y mentalidad ganadora. Los minutos comenzarían a pasar. El conteo de las caídas y la cantidad de energía gastada ese día sería difícil de tener. Aquel primer entrenamiento estuvo lejos de ser suave ya que duró aproximadamente tres horas, un promedio que Kite no estimaba, pero la resistencia y la explosión que tuvo Sanemi también lo motivó. Para él, podría significar el inicio de un gran marine, algo bastante alejado de la realidad actual.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[{Fic - Entrenamiento} El agua interior]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=317</link>
			<pubDate>Wed, 20 Sep 2023 08:07:21 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=39">Derya Tyhr</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=317</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Transcurrieron los días, luego las semanas. Cuando se despidió de su maestro Kang casi se prometieron volver a verse. El gyojin tortuga mencionó la existencia de otra técnica que podría enseñarle en un futuro, dato que no dejaba de rondar por la cabeza de la mujer todas las noches. Pero necesitaba un tiempo prudencial para descansar antes de encabezarse hacia otra aventura de ese tipo. No sabía de qué podría tratarse la nueva técnica, y había acabado tan reventada físicamente del entrenamiento anterior que se temía la posibilidad de que el nuevo entrenamiento fuese de alguna manera aún más difícil y sacrificado. Tenía que cuidar bien su cuerpo, se había pasado dos días prácticamente sin comer ni dormir, solo pensando en entrenar y entrenar, y eso tampoco era muy sano, sobre todo para su cabeza con migrañas y sus doloridos brazos. Su mente a veces recordaba el momento en el que se reencontró de nuevo con Khruner, Don Bambú, Kovashi y Enma. Los pobres la vieron llegar con los dos brazos morados, sobre todo el derecho, los nudillos ensangrentados y pelados y ambos puños inflamados. Todos se preocuparon muchísimo, lo primero que pensaron es que a la gyojin le habían dado una paliza o algo parecido, aunque chocaba mucho con la sonrisa enorme con la que la fémina llegó. Derya no tardó ni un segundo en explicarles lo que había ocurrido en realidad. Les contó todo, que llevaba ya tiempo deseando ir a la isla Polestar por el rumor que había escuchado de que allí había un maestro de karate gyojin, que se pegó toda una mañana buscando a alguien que supiera de su existencia, que finalmente encontró a un chico y que le invitó a formar parte de la revolución... Les contó que vivía en una isla con forma de luna, que estuvo dos días pegándole puñetazos a tablas de maderas y tejas de cerámica hasta que por fin lo consiguió. Les contó cómo era su maestro Kang, tan amable, empático y bonachón. En definitiva, que se puso al día con ellos rápidamente. Gracias a Khruner -que ahora parecía menos obsesionado con la idea de que ella era un pez- y a sus dotes médicas consiguió recuperar el buen estado de sus extremidades bastante más rápido de lo que normalmente lo haría. Eso sí, tuvo que pasarse tres días con vendas que le llegaban hasta el codo. Lo bueno es que esos días sus compañeros la ayudaron bastante, se mostraron muy serviciales con ella. Al fin y al cabo, se quedó prácticamente manca. La verdad es que era muy bonito recibir esa atención por parte de personas que al fin y al cabo conocía desde hace bastante poco, solo llevaban un par de semanas juntos después de todo. Sobre todo por parte de Kovashi. Le daba vergüenza admitirlo, pero recibir esa atención por su parte aquellos días la hizo ruborizarse cada dos por tres, como una adolescente enamorada. Era tan dulce cuando quería, cuando se dejaba llevar.<br />
<br />
El caso es que habían pasado ya un par de semanas desde que volvió del entrenamiento de la técnica de las cien tejas. Tiempo suficiente para recuperarse de la paliza que le había supuesto aprenderla. En su cabeza no se pensaba que iba a resultar tan complicado, pues ella llevaba dando puñetazos toda la vida, desde que era una pequeña escualo. Pero aprendió que no debía de subestimar el karate, cosa de la que Kang ya le advertió. Aquel era un arte centenario, complejo y delicado, no podía confiarse pensando que iba a ser un camino sencillo lleno de rosas solo por ser ella otra gyojin. Total, que había decidido que ya era hora de aprender la siguiente técnica, antes de que a su grupo se le ocurriese que era buena idea volver a zarpar, esta vez hacia la Red Line. Aunque la verdad era que se estaban tomando su tiempo. A Derya le sorprendió un poco, pero no puso ninguna objeción, al final era mejor para ella, pues podía disponer de más tiempo para completar su entrenamiento karate. ¿Quizás era por ella el motivo por el que aún no habían zarpado, ya que ellos eran conscientes de que había otra técnica que podía aprender en aquella isla? No, seguramente no fuera ese el caso, al final cada uno se preocupaba de sus propios intereses, pero era un bonito pensamiento. A lo mejor algo sí que tuvo que ver, quién sabe, la verdad es que estaban estrechando muchos lazos. Aquella mañana se despidió de sus cuatro compañeros. Esta vez les avisó de que igual tardaba unos cuantos días en volver a verlos, pues no tenía ningún conocimiento sobre qué técnica querría enseñarle su maestro esa vez ni cuanto tiempo le llevaría aprenderla, así que era mejor avisar de antemano y dando margen suficiente para que no extrasañen demasiado su presencia. Por suerte, ahora también contaban con los Den Den Mushis. Cada uno tenía el suyo propio, así que, si por lo que sea, Derya necesitaba decirles algo mientras estaba fuera, rápidamente con aquellos bonitos caracoles podría hacerlo sin problema. O al revés. Esta vez estaba mejor preparada. Se separó de ellos con el amanecer. Bueno, ella ya sabía que no todos iban a estar despiertos a esa hora, así que se despidió del grupo en general la noche anterior, celebrándolo con unas copas y un buen festín, y aquella mañana solo de Don Bambú, que era el único que había madrugado tanto como ella. Sabía a dónde tenía que ir, así que por suerte no iba a tener que volver a pasar por la experiencia de buscar durante horas en una enorme plaza, preguntando a multitud de gente que ni le miraba a la cara cuando le hablaba, y con un hambre y cansancio enormes. Aunque no le importaría volver a encontrarse con aquel niño, Conroy. Pero no, esta vez se dirigió directamente hacia la costa norte de isla Polestar.<br />
<br />
La brisa brava de la costa revolvía su pelo por detrás, despeinándola completamente al echar sus mechones sobre su cara. Tampoco es que le importara mucho, pero por una cuestión de comodidad decidió hacerse un par de coletillas. Iba vestida de forma bastante normal, pues se había preparado para sudar la gota gorda, basándose en cómo había sido su experiencia anterior. Se había colocado un par de shorts elásticos, eran leggins pero más cortos, y una camiseta que le quedaba un poco holgada, bastante cómoda y con un motivo de rayas naranjas y azules. Descalza, como siempre, y esta vez armada con una mochilita llena de cosas útiles que iba a necesitar seguramente aquellos días. No sabía cuantos días iba a necesitar para conseguir dominar la nueva técnica, pero ella ya se había preparado y mentalizado para el hecho de que quizás le iba a llevar hasta una semana, o puede que incluso más, pues esta vez no quería reventarse tanto físicamente como en la anterior ocasión. En la mochila había preparado; un par de mudas de ropa; su den den mushi que le parecía, completa y maravillosamente lindísimo, con ese color rosado, los dientecillos afilados, las rayas rojas por todo el cuerpo y los ojos verdes; y el libro que Don Bambú le había prestado semanas atrás, titulado "As cancións do mudo", lo había empezado hacía ya unos días y esperaba poder continuarlo un poco durante los ratos libres que podía tener.  Se temía que igual fueran pocos, pero seguro que algún rato podía rascar, aunque fuera antes de irse a dormir. Le costaba ser constante con la lectura, pero no podía permitirse abandonar aquel libro después de que su amigo panda se lo prestara tan despreocupadamente.<br />
<br />
Tras caminar durante unos veinte minutos, llegó por fin a la costa norte de la isla y ya con la mirada pudo observar la isla de la luna. Menos mal que la vez anterior se le ocurrió sumergirse en el agua para inspeccionarlas, porque desde allí arriba, con aquella frondosidad que tenía, no podía distinguirse para nada que tenía esa forma. Lo malo era que la única forma de acceder a ella era mediante el agua, tirándote al mar y luego nadando hasta la cala. Es decir, eso de por sí no era malo, pero Derya llevaba una mochila con muchos útiles que no quería que se le mojaran, sobre todo el preciado libro de Don Bambú. Menos mal que había sido previsora. Sacó de uno de los bolsillos una bolsa grande de plástico que se cerraba herméticamente por un cierre especial y metió ahí el libro, la ropa y por suerte cabió también el den den mushi, que seguramente no le pasaría nada si se mojaba, pero por si acaso. La mochila en sí no le importaba si se empapaba o no, lo importante era lo que había dentro. Así que una vez ya con sus objetos bien asegurados, cogió carrerilla de unos cuantos metros y corriendo se lanzó al mar en picado, como la otra vez había hecho. El chapuzón le sentó de fábula para despejar su mente al completo. Tenía que aprovechar los momentos de baño, siendo consciente de que estos le permitian olvidarse de sus migrañas por un tiempo. El agua era tremendamente importante para ella, ya no solo por ser una gyojin, sino por la calma y paz mental que le proporcionaba, siempre se sentía a gusto si estaba en el mar, daba igual cual era. Dio una pequeña vuelta a la isla mientras buceaba, era muy relajante nadar en aquellas aguas tan azules, quizá se debía a lo transparentes que eran. Podría quedarse allí horas dando vueltas y paseándose entre las islas, pero no quería tardar mucho. No sabía si la bolsa de plástico donde había guardado todo estaría haciendo bien su trabajo o no, y le daba un poco de ansiedad pensar que quizás en ese mismo momento se le estaba empapando todo lo que llevaba. Así que rápidamente se dirigió a la superficie y hacia la cala, comenzando a escalar por aquellas formaciones rocosas con cuidado.<br />
<br />
Atravesó aquel pequeño y frondoso bosque de nuevo hasta que volvió a llegar al santuario. Era extraño, tenía la sensación como de que había pasado mucho tiempo, también tenía la impresión como de que aquello no era real, sino un espacio onírico aislado del resto del mundo. Parecía como que el tiempo allí transcurría de forma diferente, los ritmos eran más pausados pero más intensos también. Era como volver a un lugar especial, que te había cambiado por dentro para siempre. Pero también había una sensación muy nueva, pues no sabía lo que le iba a esperar en aquella ocasión. De nuevo, no le encontró en el patio ni en los alrededores, así que acudió a llamar a la puerta. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿¡Maestro!? ¡Soy yo, Derya! ¡He vuelto, como me dijo!</span> — Esta vez no estaba nerviosa, de hecho, decidió abrir ella la puerta para adentrarse a la casa. Conociendo el poco oído que tenía su maestro, seguro que no la había oído llegar. La verdad es que ahora que lo pensaba, hasta ahora no había visto mucho la casa desde dentro, la mayoría del tiempo se lo transcurrió fuera, en el patio. Incluso durmió y comió fuera. Era pequeñita pero bastante apañada. Contaba con un salón en el centro armado con una mesa baja de té y unos cojines que hacían de asiento a los cuatro lados. A mano derecha estaba la cocina, encajonada entre las paredes de la habitación. No tenía mucho, casi todo eran cajoneras, aunque sí que tenía un montón de cuchillos. Y mirando hacia delante, había un corto pasillo con puertas a ambos lados, parecía que había dos habitaciones, una debería ser la de él, su maestro, pero la otra no sabía que podría llegar a ser. Igual era una habitación de invitados, o puede que un estudio. A saber. <br />
<br />
Encontró a su maestro Kang en la cocina, preparándose un té, le encantaban los tes. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Oh, joven, no te esperaba tan pronto. ¿Quieres un té?</span> — La mujer sonrió y se acercó a él para ayudarle. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Por supuesto. Estaba ansiosa por continuar mi entrenamiento, maestro.</span> — Se ocupó de echar el agua caliente y las hojas aromáticas envueltas en papel fino a las tazas, acompañadas con un poco de azúcar, mientras su maestro se retiraba a sentarse a la mesa del salón. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Las prisas no son buenas, joven.</span> — Esperaba paciente su tacita de té, que Derya no tardó en servirle, a la vez que se traía la suya y se sentaba frente a él. — <span style="color: FF857A;" class="mycode_color">Lo sé, maestro, pero no sé cuánto tiempo voy a poder quedarme en la isla. Tengo que aprender la técnica nueva antes de irme, o quizás no pueda aprenderla nunca.</span> — El gyojin tortuga no dijo nada. Le dio un sorbo a su taza de té. Estaba ardiendo, Derya no sabía como era capaz de bebérselo a esa temperatura, con el agua recién salida del fuego. Ella tenía que esperarse unos minutos si no quería achicharrarse la lengua. Se tomaron sus tes tranquilamente, con un poco de charla cotidiana, nada demasiado relevante. Estaba bien ese pequeño momento de calma, pero la verdad es que por dentro, Derya estaba deseando empezar ya. Sabía que no tenía que preguntarle sobre el proceso en ese momento, pues no le iba a decir nada, tenía que esperar hasta que fuese la ocasión. Al cabo de un rato, por órden del maestro Kang, salieron ambos al patio. <br />
<br />
¿Había llegado el momento? Derya no cabía en sí de la expectación y las ganas que sentía. Se había preparado tanto mentalmente que estaba lista para darle de puñetazos a todo lo que se le pusiera por delante. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Qué golpearé esta vez, maestro?</span> — Preguntó emocionada, mientras caminaba y brincaba por los alrededores dándole puñetazos al aire y esquivando golpes imaginarios, como si estuviera en un combate de boxeo contra alguien invisible. Kang sonreía ante la energía de la juventud, o quizás era por su sincera ingenuidad. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¿Golpear? Oh no, no vas a golpear nada.</span> — Derya paró en seco y giró su tren superior para mirarle, pues estaba de espaldas suyas, ¿cómo que no? ¿Entonces? Se quedó un poco perpleja, sin comprender muy bien a qué se refería su maestro. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ven, acércate.</span> — Le hizo caso sin rechistar, llena de curiosidad. El gyojin tortuga le hizo un gesto para que se sentara en el suelo, ella obedeció enseguida, observándole con atención. Cuando estaba pendiente de algo parecía que las orejillas de Derya se extendían para abrirse un poco más, como pasaba con los perritos. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Cierra los ojos, medita mientras escuchas mis palabras.</span> — La última vez también lo hicieron así, quizás era una costumbre suya, o incluso una especie de ritual, el poner un poco de contexto a lo que iba a aprender seguido de una corta sesión de meditación. Derya hizo caso sin abrir la boca. Centrándose solo en el sonido de su voz, intentando evadirse de todo lo demás que la rodeaba. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">El karate gyojin se divide en dos vertientes, distintas pero complementarias. Si solo se aprende una de las ramas, tu forma de luchar siempre estará descompensada, desequilibrada. Muchos gyojins nuevos ignoran esta senda, pues puede dar la impresión de ser menos poderosa. Sin embargo, esta corriente nos conecta directamente con el agua, nuestro elemento más fundamental. El agua nos ofrece fuerza, nos da velocidad, nos proporciona un hogar. Nuestra raza no sería nada sin ella. Y por eso vamos a aprender a controlarla.</span> — Las orejas de Derya tintinearon de emoción al escuchar eso. ¿De verdad iba a poder aprender a manejar el agua? Sabía que muchos gyojins lo hacían, pero ver que ese poder estaba al alcance de su mano la sorprendió. En su mente, solo los gyojins más avanzados aprendían este tipo de técnicas. Quizás es que su maestro ya la veía lo suficientemente preparada. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Vas a necesitar mucha paciencia. Este entrenamiento no requiere fuerza, sino precisión, destreza, constancia, control. Pero una vez que lo domines se abrirá ante ti una poderosa corriente que te conectará directamente con tus ancestros.</span> — Derya respiraba hondo, intentando calmar las ganas que sentía. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora, meditemos juntos.</span> — El gyojin se sentó con ella y ambos estuvieron en silencio, meditando juntos durante una media hora. <br />
<br />
— <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Abre los ojos.</span> — Fue la señal que su maestro le dio para saber que la meditación había llegado a su fin. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora, obsérvame.</span> — El tortuga se puso de pie, giró su cuerpo hacia el costado derecho y extendió ese mismo brazo hacia la arboleda que rodeaba y protegía el santuario. Extendiendo los dedos de su mano y concentrándose momentáneamente, consiguió crear en el aire una pequeña y única gota de agua, completamente redonda que parecía flotar libre de toda gravedad, sometida únicamente a la voluntad de su maestro. Entonces la gota salió disparada, rápida como una bala, hacia uno de los árboles. Los ojos de Derya siguieron el trayecto del proyectil azul para finalmente ver cómo había dejado un buen agujero en el tronco de aquel árbol que le atravesaba de principio a fin. Todo había sido tan rápido que Derya tardó un poco en reaccionar. Pero enseguida sonrió. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Es increíble, maestro!</span> — La joven se puso de pie, deseando empezar. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Si consigues crear una gota, más adelante podrás controlar mares enteros.</span> — Los ojos de Derya brillaban, resplandecían con el reflejo del sol. Ya se imaginaba a sí misma moviendo olas enteras de mar para aplastar a sus enemigos, o partiendo mares en dos. Era un poder tan increíble, no podía compararse a ninguna otra cosa. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Estoy lista, maestro.</span> — Y agachó su cabeza en señal de respeto. Kang asintió. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, joven. Sígueme.</span> — Ambos llegaron a la zona trasera del patio, donde encontraron un pequeño estanque. No había peces debido a su tamaño, pero sí que había alguna ranita con sus nenúfares, que salió corriendo al notar la presencia del par de gyojins que se acercaban. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Esta técnica consiste en manipular la humedad que hay en el aire para poder concentrarlo en un mismo punto, creando así una única gota de agua que puedes proyectar hacia donde quieras.</span> — Derya asintió, atenta. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Pero antes de que puedas hacer eso, vas a aprender a manipular el agua que ya está formada. Usa este estanque para ello. Concentrate en cada una de las gotas que lo componen y únelas en tu mano. Entiende su composición, comprende su elemento, cómo funciona, cuánto pesa, la densidad que tiene... Hazte con ella y contrólala.</span> — Aquellas palabras denotaban tanto poder, tanta fuerza. Derya entendió que aunque aquella técnica no fuera física, le iba a costar mucho más dominarla que la anterior. Frunció el ceño, llena de determinación, y asintió de nuevo. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Lo conseguiré, maestro.</span> — Así se despidió de él, pues el gyojin tortuga decidió dejarle intimidad para que pudiera concentrarse, retirándose de nuevo a su casa.<br />
<br />
Ahora sí, estaba a solas, sentada frente aquel pequeño estanque, con todo el tiempo del mundo para conseguir formar una gota de agua en sus manos manipulando la que había ya delante suya. Respiró hondo y extendió su mano derecha hacia delante, dejándola encima de la superficie del agua. Su palma se mantenía unos quince centímetros por encima, dejando un pequeño espacio entremedias donde intentaría crear la gota. Cerró los ojos. No sabía muy bien cómo tenía que proceder, cómo era el proceso en sí. Estaba claro que conseguiría hacerlo gracias a concentrarse mucho, pero... ¿en qué tenía que concentrarse? Su maestro Kang le había dicho que se centrase en la composición del agua, que imaginase cada átomo, cada pequeña gota que en su conjunto formaba el estanque. Al final era parecido a la meditación que había prácticado con él en diferentes ocasiones. Se concentró en evadirse del resto del mundo, olvidándose de todo lo que la rodeaba. Gracias a que hacía poco había meditado con el gyojin un rato, le fue más fácil volver a entrar en aquel estado de aislamiento. Sin embargo, tampoco tenía que evadirse del todo, pues tenía que adentrar su mente dentro del agua. Iba a ser un ejercicio difícil, tenía que encontrar una fórmula que le viniese bien para sentirse otra molécula más dentro del estanque.<br />
<br />
Su mente, que estaba completamente en negro al tener los ojos cerrados, visualizó entonces que toda su visión se volvía de color azul. Imaginó que su cuerpo estaba suspendido en medio del mar, como tantas veces había hecho ya, era un sentimiento familiar así que no le costó mucho volver a sentirse dentro del agua. En su cabeza, empezó a nadar, pero ya no era ella, sino que se imaginaba a sí misma como un ente que flotaba y se dejaba llevar por las ondas del agua. Era mucho más pequeña, y cada vez se fue haciendo más y más pequeña, hasta volverse del tamaño de un granito de arena. Desde esa perspectiva podía ver la separación que existía entre cada gota. El agua no era una masa uniforme, era la unión de muchas, muchísimas pequeñas esferas. Derya podía pasearse entre ellas, podía mirar a través de ellas y si las tocaba se volvían pesadas de repente. Nunca estaban quietas, cualquier ligero movimiento del exterior hacía que se movieran hacia un lado o hacia el otro. Una hoja de uno de los árboles cercanos aterrizó sobre el estanque, y Derya sintió, en su enano cuerpo de ente flotante, cómo la onda se proyectaba a través de todas esas esferas azules medio transparentes. Cómo se acoplaban a la forma de la hoja, que era gigantesca desde su perspectiva, y cómo ésta era el epicentro de una serie de olas que se provocaron por la fuerza del choque. Una pequeña brisa pasó y también pudo sentir como cada molécula del agua era arrastrada por la fuerza de la naturaleza. Cuando quiso darse cuenta, ella misma había dejado de ser un ente intruso en aquella armonía de esferas para transformarse también en una de ellas. Era una más, moviéndose a la voluntad de los elementos que interactuaban con ella y el resto de esferas. <br />
<br />
Por un segundo sintió que lo iba a conseguir. Se había adentrado tanto en aquella ilusión, que cuando salió de su imaginación se dio cuenta de que empezaba a notar un cosquilleo en la palma de la mano. Abrió los ojos, emocionada al pensar que igual estaba formando ya la gota de agua sin darse cuenta. Pero no. No había nada. La mujer suspiró, no iba a ser tan sencillo, no iba a poder conseguir hacer eso en un día. Llevó el brazo a su posición normal, pegado al cuerpo, para descansarlo un poco y miró al cielo. Ya era de noche. Se había pasado horas dentro de aquella meditación y no se había ni enterado, normal que el brazo le doliese después de estar tanto tiempo en suspensión. Pero dentro de ella notó que se había quedado cerca de conseguirlo, que estaba a las puertas de poder pasar la primera prueba. Se levantó, le dolía incluso los glúteos de estar tanto tiempo sentada sin moverse, y se dirigió al interior de la casa del maestro. Le encontró degustando un cuenco de fideos con verduras, sentado en su pequeña mesa de té. Había otro cuenco igual frente a él junto con un vaso de agua. "No merezco la suerte que tengo", pensó Derya al ver la escena. Se sentó con él a cenar mientras pensaba en toda la gente buena que la rodeaba y que convivía con ella día a día. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¿Cómo te ha ido?</span> — Preguntó la tortuga. Ella sonreía mientras intentaba no acabarse el cuenco de fideos demasiado rápido. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Creo que estoy cerca, maestro.</span> — No quería sonar demasiado confiada, pero si volvía a introducirse en aquella ilusión más veces, notaba que no tardaría en conseguirlo. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Me he visto a mí misma como otra molécula más del agua. Era parte de ellas, sentía cada leve de brisa, cada onda provocada en la superficie, sentía la densidad y la suspensión. Era tan real.</span> — Se explayó, intentando explicar los avances que había conseguido. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Es que es real, joven. Solo hay que prestar atención.</span> — Sonrió. Ella asintió. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Sigue así, vas bien.</span> — Aquellas palabras calentaron su corazón. Al principio se sintió perdida, y ver que había encontrado la senda que debía seguir la reconfortó. Terminaron de cenar, limpiaron los cuencos y el maestro Kang le enseñó lo que había en la otra habitación. Efectivamente, era un cuarto para acoger invitados, había un futón en el suelo y una pequeña luz al lado. Se despidieron y Derya se metió entre las sábanas para dormir. Hasta que cerró de nuevo los ojos no se percató de que no le había dolido la cabeza en todo el día. Quizás fuera la meditación la que la había calmado, pero era reconfortante poder pasar veinticuatro horas sin dolores y sin tener que recurrir siempre a bañarse en el mar.<br />
<br />
La mañana siguiente desayunó una nectarina que provenía de uno de los árboles cercanos y se apresuró a volver al estanque. Estaba ansiosa de ganas de continuar por donde lo había dejado. Ese estado nervioso y emocionado hizo que le costase un poco más volver a la meditación, pero no pasaba nada, no tenía prisa ninguna. Al rato, consiguió retomar la ilusión por el mismo sitio donde la había dejado el día anterior. Decidió que el próximo paso sería ver cuánto tiempo podría aguantar manteniendo esa imagen, esa sensación. Al cabo de un par de horas, una de las ranitas que huyeron cuando ella llegó, se fue acercando poco a poco de nuevo al agua. Al notar que la presencia intrusa no se movía ni reaccionaba a lo que ocurría a su alrededor, los pequeños animalitos que convivían por ahí se confiaron y empezaron a pasearse por el estanque, perdiendo el miedo que le tenían a Derya en un principio. La rana dio un salto y se metió en el agua. Su cuerpo esférico notó el impacto del cuerpo del anfibio contra ella. Cada movimiento de sus patas hacía que ella y todas sus hermanas esferas se movieran también, empujadas, siguiendo la voluntad de la rana. Pero aquello no rompió su concentración. Ahora ella no era una gyojin llamada Derya, era parte de ese estanque. En la palma de su mano derecha se fue formando, sin ella darse cuenta, una gota de agua que flotaba en el espacio que había entre su piel y la superficie. Inicialmente era muy pequeña, casi imperceptible, pero cuanto más aguantaba su meditación, más grande y gordita se iba haciendo. Su mente trasladaba el agua ya creada del estanque hacia su mano. En su cuerpo notó que algo estaba cambiando, notó una energía en su palma que no pudo ignorar, así que abrió los ojos y lo vio. Lo había conseguido.<br />
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Los cuatro días siguientes los pasó ahora en el patio principal, sin la presencia del estanque para ayudarla. Ahora no podía usar el agua que éste le proporcionaba, sino que tenía que meter su conciencia dentro de las moléculas de agua que había en el aire y que humedecían el ambiente. Sí, era un ejercicio mucho más difícil, pues ya no contaba con el apoyo que le daba estar rodeada de gotas tangibles de agua. Ahora las gotas flotaban por todos lados, dispersas y caóticas. Tenía que buscar la forma de convertirse en una de ellas, pero sin pegarse a ellas. Y ahora los elementos exteriores interferían en su hábitat mucho más que cuando era parte del estanque. Siendo una más con el aire, cualquier mínima brisa que levantaba el batir de alas de una mariposa interferían con su cuerpo esférico, cualquier suspiro, susurro, hacían que su ente se trasladase a saber dónde. No había límites de a dónde podía llegar a parar. Aquello la desconcentró alguna que otra vez, rompiendo la meditación y teniendo que volver a retomarla donde la había dejado. Fueron cuatro días un poco frustrantes, era bastante más difícil reunir el agua suficiente para formar una gota cuando éstas estaban tan dispersas entre sí. Su maestro le dio algunos consejos, aunque siempre eran algo crípticos. Al final lo que estaba recorriendo era un viaje interior, y poca ayuda se podía prestar para algo así. Pero el quinto día lo consiguió. Estaba de pie, con los ojos cerrados y el brazo derecho en alto, apuntando hacia el árbol que anteriormente su maestro había atravesado cuando en su palma empezó a formarse, muy poco a poco, una enanísima gota de agua. Lo estaba notando, estaba siendo consciente de que lo estaba logrando, así que se procuró de no perder aquella concentración y seguir reuniendo gotas para poco a poco ir haciéndola más y más grande. Con miedo, abrió uno de los ojos lentamente y miró al frente. Ahí estaba, una gota de tamaño perfecto. Ahora todo lo que le quedaba por hacer era... — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Uchimizu!</span> — La gota que tanto le había costado formar salió disparada hacia delante a una velocidad tremenda, dejando otro agujero en el tronco del árbol. Derya no se había dado cuenta de que el gyojin tortuga llevaba un rato observándola con una sonrisa. Cuando ésta lo consiguió, empezó a gritar y a dar saltitos de la emoción, entonces fue cuando vio que Kang estaba allí con ella. Rápidamente fue a por él a darle un gran abrazo. <br />
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Aprovechó que aún era de mañana para hacer la última comida con él antes de irse. Entre los dos prepararon una buena ensalada, llena de fruta y verdura y mientras se bebían otro té charlaban de la vida y de cosas sin importancia. Era justo lo que necesitaba, después de tantos días de intensa meditación y concentración mental, ahora solo le apetecía hablar del tiempo, de música, reírse un poco, y no pensar en nada. Después de la comida, ambos salieron de la casa. Era hora de despedirse. A Derya le pesaba en el corazón, porque sabía que pronto se irían de aquella isla rumbo al Grand Line, por lo que seguramente no volvería a verle... En muchísimo tiempo. No quería ni pensar en ello porque entonces se emocionaría y empezaría a lloriquear como una niña. Aquellos días le había cogido mucho cariño a aquella tortuga hermitaña, y sentía que era mutuo. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Sigue entrenando, joven. Veo en ti el poder que los primeros de nuestra raza, auténticos luchadores y sabios guerreros. No pierdas la senda y llegarás muy lejos.</span> — De nuevo se abrazaron. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">No le olvidaré, maestro.</span> — Ella ya estaba empezando a emocionarse. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">No te despidas, confío en que volveremos a vernos.</span> — Ambos sonrieron, y antes de que ella se pusiera a llorar, se dio media vuelta y puso rumbo al mar, de vuelta por donde había venido. Le daba pena, pero no podía mirar atrás, no podía anclarse en ese sentimiento. Lo que se avecinaba en su futuro era muy grande y tenía que estar preprada. Empezaba una nueva etapa de su vida.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Transcurrieron los días, luego las semanas. Cuando se despidió de su maestro Kang casi se prometieron volver a verse. El gyojin tortuga mencionó la existencia de otra técnica que podría enseñarle en un futuro, dato que no dejaba de rondar por la cabeza de la mujer todas las noches. Pero necesitaba un tiempo prudencial para descansar antes de encabezarse hacia otra aventura de ese tipo. No sabía de qué podría tratarse la nueva técnica, y había acabado tan reventada físicamente del entrenamiento anterior que se temía la posibilidad de que el nuevo entrenamiento fuese de alguna manera aún más difícil y sacrificado. Tenía que cuidar bien su cuerpo, se había pasado dos días prácticamente sin comer ni dormir, solo pensando en entrenar y entrenar, y eso tampoco era muy sano, sobre todo para su cabeza con migrañas y sus doloridos brazos. Su mente a veces recordaba el momento en el que se reencontró de nuevo con Khruner, Don Bambú, Kovashi y Enma. Los pobres la vieron llegar con los dos brazos morados, sobre todo el derecho, los nudillos ensangrentados y pelados y ambos puños inflamados. Todos se preocuparon muchísimo, lo primero que pensaron es que a la gyojin le habían dado una paliza o algo parecido, aunque chocaba mucho con la sonrisa enorme con la que la fémina llegó. Derya no tardó ni un segundo en explicarles lo que había ocurrido en realidad. Les contó todo, que llevaba ya tiempo deseando ir a la isla Polestar por el rumor que había escuchado de que allí había un maestro de karate gyojin, que se pegó toda una mañana buscando a alguien que supiera de su existencia, que finalmente encontró a un chico y que le invitó a formar parte de la revolución... Les contó que vivía en una isla con forma de luna, que estuvo dos días pegándole puñetazos a tablas de maderas y tejas de cerámica hasta que por fin lo consiguió. Les contó cómo era su maestro Kang, tan amable, empático y bonachón. En definitiva, que se puso al día con ellos rápidamente. Gracias a Khruner -que ahora parecía menos obsesionado con la idea de que ella era un pez- y a sus dotes médicas consiguió recuperar el buen estado de sus extremidades bastante más rápido de lo que normalmente lo haría. Eso sí, tuvo que pasarse tres días con vendas que le llegaban hasta el codo. Lo bueno es que esos días sus compañeros la ayudaron bastante, se mostraron muy serviciales con ella. Al fin y al cabo, se quedó prácticamente manca. La verdad es que era muy bonito recibir esa atención por parte de personas que al fin y al cabo conocía desde hace bastante poco, solo llevaban un par de semanas juntos después de todo. Sobre todo por parte de Kovashi. Le daba vergüenza admitirlo, pero recibir esa atención por su parte aquellos días la hizo ruborizarse cada dos por tres, como una adolescente enamorada. Era tan dulce cuando quería, cuando se dejaba llevar.<br />
<br />
El caso es que habían pasado ya un par de semanas desde que volvió del entrenamiento de la técnica de las cien tejas. Tiempo suficiente para recuperarse de la paliza que le había supuesto aprenderla. En su cabeza no se pensaba que iba a resultar tan complicado, pues ella llevaba dando puñetazos toda la vida, desde que era una pequeña escualo. Pero aprendió que no debía de subestimar el karate, cosa de la que Kang ya le advertió. Aquel era un arte centenario, complejo y delicado, no podía confiarse pensando que iba a ser un camino sencillo lleno de rosas solo por ser ella otra gyojin. Total, que había decidido que ya era hora de aprender la siguiente técnica, antes de que a su grupo se le ocurriese que era buena idea volver a zarpar, esta vez hacia la Red Line. Aunque la verdad era que se estaban tomando su tiempo. A Derya le sorprendió un poco, pero no puso ninguna objeción, al final era mejor para ella, pues podía disponer de más tiempo para completar su entrenamiento karate. ¿Quizás era por ella el motivo por el que aún no habían zarpado, ya que ellos eran conscientes de que había otra técnica que podía aprender en aquella isla? No, seguramente no fuera ese el caso, al final cada uno se preocupaba de sus propios intereses, pero era un bonito pensamiento. A lo mejor algo sí que tuvo que ver, quién sabe, la verdad es que estaban estrechando muchos lazos. Aquella mañana se despidió de sus cuatro compañeros. Esta vez les avisó de que igual tardaba unos cuantos días en volver a verlos, pues no tenía ningún conocimiento sobre qué técnica querría enseñarle su maestro esa vez ni cuanto tiempo le llevaría aprenderla, así que era mejor avisar de antemano y dando margen suficiente para que no extrasañen demasiado su presencia. Por suerte, ahora también contaban con los Den Den Mushis. Cada uno tenía el suyo propio, así que, si por lo que sea, Derya necesitaba decirles algo mientras estaba fuera, rápidamente con aquellos bonitos caracoles podría hacerlo sin problema. O al revés. Esta vez estaba mejor preparada. Se separó de ellos con el amanecer. Bueno, ella ya sabía que no todos iban a estar despiertos a esa hora, así que se despidió del grupo en general la noche anterior, celebrándolo con unas copas y un buen festín, y aquella mañana solo de Don Bambú, que era el único que había madrugado tanto como ella. Sabía a dónde tenía que ir, así que por suerte no iba a tener que volver a pasar por la experiencia de buscar durante horas en una enorme plaza, preguntando a multitud de gente que ni le miraba a la cara cuando le hablaba, y con un hambre y cansancio enormes. Aunque no le importaría volver a encontrarse con aquel niño, Conroy. Pero no, esta vez se dirigió directamente hacia la costa norte de isla Polestar.<br />
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La brisa brava de la costa revolvía su pelo por detrás, despeinándola completamente al echar sus mechones sobre su cara. Tampoco es que le importara mucho, pero por una cuestión de comodidad decidió hacerse un par de coletillas. Iba vestida de forma bastante normal, pues se había preparado para sudar la gota gorda, basándose en cómo había sido su experiencia anterior. Se había colocado un par de shorts elásticos, eran leggins pero más cortos, y una camiseta que le quedaba un poco holgada, bastante cómoda y con un motivo de rayas naranjas y azules. Descalza, como siempre, y esta vez armada con una mochilita llena de cosas útiles que iba a necesitar seguramente aquellos días. No sabía cuantos días iba a necesitar para conseguir dominar la nueva técnica, pero ella ya se había preparado y mentalizado para el hecho de que quizás le iba a llevar hasta una semana, o puede que incluso más, pues esta vez no quería reventarse tanto físicamente como en la anterior ocasión. En la mochila había preparado; un par de mudas de ropa; su den den mushi que le parecía, completa y maravillosamente lindísimo, con ese color rosado, los dientecillos afilados, las rayas rojas por todo el cuerpo y los ojos verdes; y el libro que Don Bambú le había prestado semanas atrás, titulado "As cancións do mudo", lo había empezado hacía ya unos días y esperaba poder continuarlo un poco durante los ratos libres que podía tener.  Se temía que igual fueran pocos, pero seguro que algún rato podía rascar, aunque fuera antes de irse a dormir. Le costaba ser constante con la lectura, pero no podía permitirse abandonar aquel libro después de que su amigo panda se lo prestara tan despreocupadamente.<br />
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Tras caminar durante unos veinte minutos, llegó por fin a la costa norte de la isla y ya con la mirada pudo observar la isla de la luna. Menos mal que la vez anterior se le ocurrió sumergirse en el agua para inspeccionarlas, porque desde allí arriba, con aquella frondosidad que tenía, no podía distinguirse para nada que tenía esa forma. Lo malo era que la única forma de acceder a ella era mediante el agua, tirándote al mar y luego nadando hasta la cala. Es decir, eso de por sí no era malo, pero Derya llevaba una mochila con muchos útiles que no quería que se le mojaran, sobre todo el preciado libro de Don Bambú. Menos mal que había sido previsora. Sacó de uno de los bolsillos una bolsa grande de plástico que se cerraba herméticamente por un cierre especial y metió ahí el libro, la ropa y por suerte cabió también el den den mushi, que seguramente no le pasaría nada si se mojaba, pero por si acaso. La mochila en sí no le importaba si se empapaba o no, lo importante era lo que había dentro. Así que una vez ya con sus objetos bien asegurados, cogió carrerilla de unos cuantos metros y corriendo se lanzó al mar en picado, como la otra vez había hecho. El chapuzón le sentó de fábula para despejar su mente al completo. Tenía que aprovechar los momentos de baño, siendo consciente de que estos le permitian olvidarse de sus migrañas por un tiempo. El agua era tremendamente importante para ella, ya no solo por ser una gyojin, sino por la calma y paz mental que le proporcionaba, siempre se sentía a gusto si estaba en el mar, daba igual cual era. Dio una pequeña vuelta a la isla mientras buceaba, era muy relajante nadar en aquellas aguas tan azules, quizá se debía a lo transparentes que eran. Podría quedarse allí horas dando vueltas y paseándose entre las islas, pero no quería tardar mucho. No sabía si la bolsa de plástico donde había guardado todo estaría haciendo bien su trabajo o no, y le daba un poco de ansiedad pensar que quizás en ese mismo momento se le estaba empapando todo lo que llevaba. Así que rápidamente se dirigió a la superficie y hacia la cala, comenzando a escalar por aquellas formaciones rocosas con cuidado.<br />
<br />
Atravesó aquel pequeño y frondoso bosque de nuevo hasta que volvió a llegar al santuario. Era extraño, tenía la sensación como de que había pasado mucho tiempo, también tenía la impresión como de que aquello no era real, sino un espacio onírico aislado del resto del mundo. Parecía como que el tiempo allí transcurría de forma diferente, los ritmos eran más pausados pero más intensos también. Era como volver a un lugar especial, que te había cambiado por dentro para siempre. Pero también había una sensación muy nueva, pues no sabía lo que le iba a esperar en aquella ocasión. De nuevo, no le encontró en el patio ni en los alrededores, así que acudió a llamar a la puerta. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿¡Maestro!? ¡Soy yo, Derya! ¡He vuelto, como me dijo!</span> — Esta vez no estaba nerviosa, de hecho, decidió abrir ella la puerta para adentrarse a la casa. Conociendo el poco oído que tenía su maestro, seguro que no la había oído llegar. La verdad es que ahora que lo pensaba, hasta ahora no había visto mucho la casa desde dentro, la mayoría del tiempo se lo transcurrió fuera, en el patio. Incluso durmió y comió fuera. Era pequeñita pero bastante apañada. Contaba con un salón en el centro armado con una mesa baja de té y unos cojines que hacían de asiento a los cuatro lados. A mano derecha estaba la cocina, encajonada entre las paredes de la habitación. No tenía mucho, casi todo eran cajoneras, aunque sí que tenía un montón de cuchillos. Y mirando hacia delante, había un corto pasillo con puertas a ambos lados, parecía que había dos habitaciones, una debería ser la de él, su maestro, pero la otra no sabía que podría llegar a ser. Igual era una habitación de invitados, o puede que un estudio. A saber. <br />
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Encontró a su maestro Kang en la cocina, preparándose un té, le encantaban los tes. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Oh, joven, no te esperaba tan pronto. ¿Quieres un té?</span> — La mujer sonrió y se acercó a él para ayudarle. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Por supuesto. Estaba ansiosa por continuar mi entrenamiento, maestro.</span> — Se ocupó de echar el agua caliente y las hojas aromáticas envueltas en papel fino a las tazas, acompañadas con un poco de azúcar, mientras su maestro se retiraba a sentarse a la mesa del salón. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Las prisas no son buenas, joven.</span> — Esperaba paciente su tacita de té, que Derya no tardó en servirle, a la vez que se traía la suya y se sentaba frente a él. — <span style="color: FF857A;" class="mycode_color">Lo sé, maestro, pero no sé cuánto tiempo voy a poder quedarme en la isla. Tengo que aprender la técnica nueva antes de irme, o quizás no pueda aprenderla nunca.</span> — El gyojin tortuga no dijo nada. Le dio un sorbo a su taza de té. Estaba ardiendo, Derya no sabía como era capaz de bebérselo a esa temperatura, con el agua recién salida del fuego. Ella tenía que esperarse unos minutos si no quería achicharrarse la lengua. Se tomaron sus tes tranquilamente, con un poco de charla cotidiana, nada demasiado relevante. Estaba bien ese pequeño momento de calma, pero la verdad es que por dentro, Derya estaba deseando empezar ya. Sabía que no tenía que preguntarle sobre el proceso en ese momento, pues no le iba a decir nada, tenía que esperar hasta que fuese la ocasión. Al cabo de un rato, por órden del maestro Kang, salieron ambos al patio. <br />
<br />
¿Había llegado el momento? Derya no cabía en sí de la expectación y las ganas que sentía. Se había preparado tanto mentalmente que estaba lista para darle de puñetazos a todo lo que se le pusiera por delante. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Qué golpearé esta vez, maestro?</span> — Preguntó emocionada, mientras caminaba y brincaba por los alrededores dándole puñetazos al aire y esquivando golpes imaginarios, como si estuviera en un combate de boxeo contra alguien invisible. Kang sonreía ante la energía de la juventud, o quizás era por su sincera ingenuidad. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¿Golpear? Oh no, no vas a golpear nada.</span> — Derya paró en seco y giró su tren superior para mirarle, pues estaba de espaldas suyas, ¿cómo que no? ¿Entonces? Se quedó un poco perpleja, sin comprender muy bien a qué se refería su maestro. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ven, acércate.</span> — Le hizo caso sin rechistar, llena de curiosidad. El gyojin tortuga le hizo un gesto para que se sentara en el suelo, ella obedeció enseguida, observándole con atención. Cuando estaba pendiente de algo parecía que las orejillas de Derya se extendían para abrirse un poco más, como pasaba con los perritos. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Cierra los ojos, medita mientras escuchas mis palabras.</span> — La última vez también lo hicieron así, quizás era una costumbre suya, o incluso una especie de ritual, el poner un poco de contexto a lo que iba a aprender seguido de una corta sesión de meditación. Derya hizo caso sin abrir la boca. Centrándose solo en el sonido de su voz, intentando evadirse de todo lo demás que la rodeaba. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">El karate gyojin se divide en dos vertientes, distintas pero complementarias. Si solo se aprende una de las ramas, tu forma de luchar siempre estará descompensada, desequilibrada. Muchos gyojins nuevos ignoran esta senda, pues puede dar la impresión de ser menos poderosa. Sin embargo, esta corriente nos conecta directamente con el agua, nuestro elemento más fundamental. El agua nos ofrece fuerza, nos da velocidad, nos proporciona un hogar. Nuestra raza no sería nada sin ella. Y por eso vamos a aprender a controlarla.</span> — Las orejas de Derya tintinearon de emoción al escuchar eso. ¿De verdad iba a poder aprender a manejar el agua? Sabía que muchos gyojins lo hacían, pero ver que ese poder estaba al alcance de su mano la sorprendió. En su mente, solo los gyojins más avanzados aprendían este tipo de técnicas. Quizás es que su maestro ya la veía lo suficientemente preparada. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Vas a necesitar mucha paciencia. Este entrenamiento no requiere fuerza, sino precisión, destreza, constancia, control. Pero una vez que lo domines se abrirá ante ti una poderosa corriente que te conectará directamente con tus ancestros.</span> — Derya respiraba hondo, intentando calmar las ganas que sentía. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora, meditemos juntos.</span> — El gyojin se sentó con ella y ambos estuvieron en silencio, meditando juntos durante una media hora. <br />
<br />
— <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Abre los ojos.</span> — Fue la señal que su maestro le dio para saber que la meditación había llegado a su fin. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora, obsérvame.</span> — El tortuga se puso de pie, giró su cuerpo hacia el costado derecho y extendió ese mismo brazo hacia la arboleda que rodeaba y protegía el santuario. Extendiendo los dedos de su mano y concentrándose momentáneamente, consiguió crear en el aire una pequeña y única gota de agua, completamente redonda que parecía flotar libre de toda gravedad, sometida únicamente a la voluntad de su maestro. Entonces la gota salió disparada, rápida como una bala, hacia uno de los árboles. Los ojos de Derya siguieron el trayecto del proyectil azul para finalmente ver cómo había dejado un buen agujero en el tronco de aquel árbol que le atravesaba de principio a fin. Todo había sido tan rápido que Derya tardó un poco en reaccionar. Pero enseguida sonrió. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Es increíble, maestro!</span> — La joven se puso de pie, deseando empezar. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Si consigues crear una gota, más adelante podrás controlar mares enteros.</span> — Los ojos de Derya brillaban, resplandecían con el reflejo del sol. Ya se imaginaba a sí misma moviendo olas enteras de mar para aplastar a sus enemigos, o partiendo mares en dos. Era un poder tan increíble, no podía compararse a ninguna otra cosa. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Estoy lista, maestro.</span> — Y agachó su cabeza en señal de respeto. Kang asintió. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, joven. Sígueme.</span> — Ambos llegaron a la zona trasera del patio, donde encontraron un pequeño estanque. No había peces debido a su tamaño, pero sí que había alguna ranita con sus nenúfares, que salió corriendo al notar la presencia del par de gyojins que se acercaban. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Esta técnica consiste en manipular la humedad que hay en el aire para poder concentrarlo en un mismo punto, creando así una única gota de agua que puedes proyectar hacia donde quieras.</span> — Derya asintió, atenta. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Pero antes de que puedas hacer eso, vas a aprender a manipular el agua que ya está formada. Usa este estanque para ello. Concentrate en cada una de las gotas que lo componen y únelas en tu mano. Entiende su composición, comprende su elemento, cómo funciona, cuánto pesa, la densidad que tiene... Hazte con ella y contrólala.</span> — Aquellas palabras denotaban tanto poder, tanta fuerza. Derya entendió que aunque aquella técnica no fuera física, le iba a costar mucho más dominarla que la anterior. Frunció el ceño, llena de determinación, y asintió de nuevo. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Lo conseguiré, maestro.</span> — Así se despidió de él, pues el gyojin tortuga decidió dejarle intimidad para que pudiera concentrarse, retirándose de nuevo a su casa.<br />
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Ahora sí, estaba a solas, sentada frente aquel pequeño estanque, con todo el tiempo del mundo para conseguir formar una gota de agua en sus manos manipulando la que había ya delante suya. Respiró hondo y extendió su mano derecha hacia delante, dejándola encima de la superficie del agua. Su palma se mantenía unos quince centímetros por encima, dejando un pequeño espacio entremedias donde intentaría crear la gota. Cerró los ojos. No sabía muy bien cómo tenía que proceder, cómo era el proceso en sí. Estaba claro que conseguiría hacerlo gracias a concentrarse mucho, pero... ¿en qué tenía que concentrarse? Su maestro Kang le había dicho que se centrase en la composición del agua, que imaginase cada átomo, cada pequeña gota que en su conjunto formaba el estanque. Al final era parecido a la meditación que había prácticado con él en diferentes ocasiones. Se concentró en evadirse del resto del mundo, olvidándose de todo lo que la rodeaba. Gracias a que hacía poco había meditado con el gyojin un rato, le fue más fácil volver a entrar en aquel estado de aislamiento. Sin embargo, tampoco tenía que evadirse del todo, pues tenía que adentrar su mente dentro del agua. Iba a ser un ejercicio difícil, tenía que encontrar una fórmula que le viniese bien para sentirse otra molécula más dentro del estanque.<br />
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Su mente, que estaba completamente en negro al tener los ojos cerrados, visualizó entonces que toda su visión se volvía de color azul. Imaginó que su cuerpo estaba suspendido en medio del mar, como tantas veces había hecho ya, era un sentimiento familiar así que no le costó mucho volver a sentirse dentro del agua. En su cabeza, empezó a nadar, pero ya no era ella, sino que se imaginaba a sí misma como un ente que flotaba y se dejaba llevar por las ondas del agua. Era mucho más pequeña, y cada vez se fue haciendo más y más pequeña, hasta volverse del tamaño de un granito de arena. Desde esa perspectiva podía ver la separación que existía entre cada gota. El agua no era una masa uniforme, era la unión de muchas, muchísimas pequeñas esferas. Derya podía pasearse entre ellas, podía mirar a través de ellas y si las tocaba se volvían pesadas de repente. Nunca estaban quietas, cualquier ligero movimiento del exterior hacía que se movieran hacia un lado o hacia el otro. Una hoja de uno de los árboles cercanos aterrizó sobre el estanque, y Derya sintió, en su enano cuerpo de ente flotante, cómo la onda se proyectaba a través de todas esas esferas azules medio transparentes. Cómo se acoplaban a la forma de la hoja, que era gigantesca desde su perspectiva, y cómo ésta era el epicentro de una serie de olas que se provocaron por la fuerza del choque. Una pequeña brisa pasó y también pudo sentir como cada molécula del agua era arrastrada por la fuerza de la naturaleza. Cuando quiso darse cuenta, ella misma había dejado de ser un ente intruso en aquella armonía de esferas para transformarse también en una de ellas. Era una más, moviéndose a la voluntad de los elementos que interactuaban con ella y el resto de esferas. <br />
<br />
Por un segundo sintió que lo iba a conseguir. Se había adentrado tanto en aquella ilusión, que cuando salió de su imaginación se dio cuenta de que empezaba a notar un cosquilleo en la palma de la mano. Abrió los ojos, emocionada al pensar que igual estaba formando ya la gota de agua sin darse cuenta. Pero no. No había nada. La mujer suspiró, no iba a ser tan sencillo, no iba a poder conseguir hacer eso en un día. Llevó el brazo a su posición normal, pegado al cuerpo, para descansarlo un poco y miró al cielo. Ya era de noche. Se había pasado horas dentro de aquella meditación y no se había ni enterado, normal que el brazo le doliese después de estar tanto tiempo en suspensión. Pero dentro de ella notó que se había quedado cerca de conseguirlo, que estaba a las puertas de poder pasar la primera prueba. Se levantó, le dolía incluso los glúteos de estar tanto tiempo sentada sin moverse, y se dirigió al interior de la casa del maestro. Le encontró degustando un cuenco de fideos con verduras, sentado en su pequeña mesa de té. Había otro cuenco igual frente a él junto con un vaso de agua. "No merezco la suerte que tengo", pensó Derya al ver la escena. Se sentó con él a cenar mientras pensaba en toda la gente buena que la rodeaba y que convivía con ella día a día. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¿Cómo te ha ido?</span> — Preguntó la tortuga. Ella sonreía mientras intentaba no acabarse el cuenco de fideos demasiado rápido. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Creo que estoy cerca, maestro.</span> — No quería sonar demasiado confiada, pero si volvía a introducirse en aquella ilusión más veces, notaba que no tardaría en conseguirlo. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Me he visto a mí misma como otra molécula más del agua. Era parte de ellas, sentía cada leve de brisa, cada onda provocada en la superficie, sentía la densidad y la suspensión. Era tan real.</span> — Se explayó, intentando explicar los avances que había conseguido. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Es que es real, joven. Solo hay que prestar atención.</span> — Sonrió. Ella asintió. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Sigue así, vas bien.</span> — Aquellas palabras calentaron su corazón. Al principio se sintió perdida, y ver que había encontrado la senda que debía seguir la reconfortó. Terminaron de cenar, limpiaron los cuencos y el maestro Kang le enseñó lo que había en la otra habitación. Efectivamente, era un cuarto para acoger invitados, había un futón en el suelo y una pequeña luz al lado. Se despidieron y Derya se metió entre las sábanas para dormir. Hasta que cerró de nuevo los ojos no se percató de que no le había dolido la cabeza en todo el día. Quizás fuera la meditación la que la había calmado, pero era reconfortante poder pasar veinticuatro horas sin dolores y sin tener que recurrir siempre a bañarse en el mar.<br />
<br />
La mañana siguiente desayunó una nectarina que provenía de uno de los árboles cercanos y se apresuró a volver al estanque. Estaba ansiosa de ganas de continuar por donde lo había dejado. Ese estado nervioso y emocionado hizo que le costase un poco más volver a la meditación, pero no pasaba nada, no tenía prisa ninguna. Al rato, consiguió retomar la ilusión por el mismo sitio donde la había dejado el día anterior. Decidió que el próximo paso sería ver cuánto tiempo podría aguantar manteniendo esa imagen, esa sensación. Al cabo de un par de horas, una de las ranitas que huyeron cuando ella llegó, se fue acercando poco a poco de nuevo al agua. Al notar que la presencia intrusa no se movía ni reaccionaba a lo que ocurría a su alrededor, los pequeños animalitos que convivían por ahí se confiaron y empezaron a pasearse por el estanque, perdiendo el miedo que le tenían a Derya en un principio. La rana dio un salto y se metió en el agua. Su cuerpo esférico notó el impacto del cuerpo del anfibio contra ella. Cada movimiento de sus patas hacía que ella y todas sus hermanas esferas se movieran también, empujadas, siguiendo la voluntad de la rana. Pero aquello no rompió su concentración. Ahora ella no era una gyojin llamada Derya, era parte de ese estanque. En la palma de su mano derecha se fue formando, sin ella darse cuenta, una gota de agua que flotaba en el espacio que había entre su piel y la superficie. Inicialmente era muy pequeña, casi imperceptible, pero cuanto más aguantaba su meditación, más grande y gordita se iba haciendo. Su mente trasladaba el agua ya creada del estanque hacia su mano. En su cuerpo notó que algo estaba cambiando, notó una energía en su palma que no pudo ignorar, así que abrió los ojos y lo vio. Lo había conseguido.<br />
<br />
Los cuatro días siguientes los pasó ahora en el patio principal, sin la presencia del estanque para ayudarla. Ahora no podía usar el agua que éste le proporcionaba, sino que tenía que meter su conciencia dentro de las moléculas de agua que había en el aire y que humedecían el ambiente. Sí, era un ejercicio mucho más difícil, pues ya no contaba con el apoyo que le daba estar rodeada de gotas tangibles de agua. Ahora las gotas flotaban por todos lados, dispersas y caóticas. Tenía que buscar la forma de convertirse en una de ellas, pero sin pegarse a ellas. Y ahora los elementos exteriores interferían en su hábitat mucho más que cuando era parte del estanque. Siendo una más con el aire, cualquier mínima brisa que levantaba el batir de alas de una mariposa interferían con su cuerpo esférico, cualquier suspiro, susurro, hacían que su ente se trasladase a saber dónde. No había límites de a dónde podía llegar a parar. Aquello la desconcentró alguna que otra vez, rompiendo la meditación y teniendo que volver a retomarla donde la había dejado. Fueron cuatro días un poco frustrantes, era bastante más difícil reunir el agua suficiente para formar una gota cuando éstas estaban tan dispersas entre sí. Su maestro le dio algunos consejos, aunque siempre eran algo crípticos. Al final lo que estaba recorriendo era un viaje interior, y poca ayuda se podía prestar para algo así. Pero el quinto día lo consiguió. Estaba de pie, con los ojos cerrados y el brazo derecho en alto, apuntando hacia el árbol que anteriormente su maestro había atravesado cuando en su palma empezó a formarse, muy poco a poco, una enanísima gota de agua. Lo estaba notando, estaba siendo consciente de que lo estaba logrando, así que se procuró de no perder aquella concentración y seguir reuniendo gotas para poco a poco ir haciéndola más y más grande. Con miedo, abrió uno de los ojos lentamente y miró al frente. Ahí estaba, una gota de tamaño perfecto. Ahora todo lo que le quedaba por hacer era... — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Uchimizu!</span> — La gota que tanto le había costado formar salió disparada hacia delante a una velocidad tremenda, dejando otro agujero en el tronco del árbol. Derya no se había dado cuenta de que el gyojin tortuga llevaba un rato observándola con una sonrisa. Cuando ésta lo consiguió, empezó a gritar y a dar saltitos de la emoción, entonces fue cuando vio que Kang estaba allí con ella. Rápidamente fue a por él a darle un gran abrazo. <br />
<br />
Aprovechó que aún era de mañana para hacer la última comida con él antes de irse. Entre los dos prepararon una buena ensalada, llena de fruta y verdura y mientras se bebían otro té charlaban de la vida y de cosas sin importancia. Era justo lo que necesitaba, después de tantos días de intensa meditación y concentración mental, ahora solo le apetecía hablar del tiempo, de música, reírse un poco, y no pensar en nada. Después de la comida, ambos salieron de la casa. Era hora de despedirse. A Derya le pesaba en el corazón, porque sabía que pronto se irían de aquella isla rumbo al Grand Line, por lo que seguramente no volvería a verle... En muchísimo tiempo. No quería ni pensar en ello porque entonces se emocionaría y empezaría a lloriquear como una niña. Aquellos días le había cogido mucho cariño a aquella tortuga hermitaña, y sentía que era mutuo. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Sigue entrenando, joven. Veo en ti el poder que los primeros de nuestra raza, auténticos luchadores y sabios guerreros. No pierdas la senda y llegarás muy lejos.</span> — De nuevo se abrazaron. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">No le olvidaré, maestro.</span> — Ella ya estaba empezando a emocionarse. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">No te despidas, confío en que volveremos a vernos.</span> — Ambos sonrieron, y antes de que ella se pusiera a llorar, se dio media vuelta y puso rumbo al mar, de vuelta por donde había venido. Le daba pena, pero no podía mirar atrás, no podía anclarse en ese sentimiento. Lo que se avecinaba en su futuro era muy grande y tenía que estar preprada. Empezaba una nueva etapa de su vida.</div>]]></content:encoded>
		</item>
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			<title><![CDATA[{Fic - Entrenamiento} El poder Gyojin]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=312</link>
			<pubDate>Tue, 19 Sep 2023 07:51:51 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=39">Derya Tyhr</a>]]></dc:creator>
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			<description><![CDATA[<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Derya inspiró hondo, dejando que el aire salado del mar entrase por sus pulmones. Era una mañana un tanto fría, pues aún era bastante temprano, sin embargo no dejaba de ser un tiempo agradable. Aún no había amanecido del todo, aunque se podía ver cómo las nubes empezaban a teñirse de un tono anaranjado y rojizo, indicativo de que el sol no tardaría en asomarse por el horizonte aguado. La joven observaba aquella vista con una sonrisa en el rostro. Los amaneceres siempre eran todo un espectáculo digno de admiración. Caminaba descalza, como de costumbre, por el suelo empedrado de Logue Town y podía notar en su suave piel el rocío fresco de la madrugada que poco a poco iría desapareciendo. Su mente se regocijaba en el silencio que reinaban las calles, un silencio que pronto se esfumaría, pero que en ese preciso momento era solamente suyo. Por fin disfrutaba de un rato para estar a solas. Llevaba ya varios días consecutivos en los que no se separaba de aquellos tres revolucionarios excepto para dormir e ir al baño. Era de esperar, pues al fin y al cabo habían formado un grupo y a partir de aquel momento irían juntos casi siempre. Y Derya estaba encantada, de verdad que sí, porque ya en el poco tiempo que llevaban juntos había podido comprobar que cada uno de ellos era una buena persona. Se lo había pasado en grande aquellos días, como hacía mucho que no se lo pasaba; peleando contra piratas, celebrando fiestas, peleando contra marines, peleando incluso entre ellos... Pero una cosa no quitaba la otra. Y es que Derya llevaba años viajando sola, y al final te acostumbras a la calmada y controlada soledad, y cuando tu mente empieza a notar la escasez, te pide por favor un tiempo muerto. Aunque con el manojo de nervios que era ella, aquel rato que necesitaba a solas se solucionaba siempre con bastante rapidez, y en seguida volvía a tener las pilas recargadas para la acción.<br />
<br />
El caso es que ya había avisado a su grupo revolucionario de que ese día lo más seguro es que no iba a dejarse ver. No porque no quisiera o algo por el estilo, sino porque tenía una misión, encomendada por ella misma, en la cabeza y que no podía ignorar. Tenía que hacerlo ya, antes de que dieran el siguiente paso hacia el Grand Line, o sería demasiado tarde y probablemente se arrepentiría toda su vida. Así que con aquel objetivo entre ceja y ceja y el pecho lleno de determinación, caminó con buen paso por varias callejuelas. Le sorprendía lo grande que podía ser esa ciudad, llevaba ya tiempo con ganas de explorarla más en profundidad, pues alguna que otra vez se había pasado por allí, como lugar intermedio entre una isla y otra, pero nunca había estado el tiempo suficiente como para darse por satisfecha. Estaba contenta y expectante por lo que podía pasar, sin embargo caminaba un poco a ciegas. Sabía lo que buscaba: a un hombre gyojin, como ella, pero no sabía por dónde podría llegar a encontrárselo. Su plan era visitar la gran plaza central, y desde ahí podía empezar a improvisar dependiendo de lo que ocurría. Al fin y al cabo, aquella plaza era la parte más concurrida de la isla, donde más personas se encontraban a la vez. Si no lograba dar con aquel gyojin personalmente, al menos podría intentar preguntarle a alguien que sí supiera de su ubicación o al menos le conociera. La única información que había logrado reunir a base de rumores era que se llamaba Kang. No era mucho, pero era algo con lo que podía jugar. Por suerte, Derya no fue la primera en llegar a la gran plaza central. Al tratarse de un lugar muy turístico y visitado, mucha gente montaba puestos, abría bares, restaurantes, y en general negocio para verse benificiado por la afluencia de personas. Los más avispados empezaban a hacer acto de presencia desde bien temprano, como ella. Así que viendo el panorama, no se demoró más y comenzó su investigación.<br />
<br />
Fue pasando de puesto en puesto, de persona a persona. Derya no llevaba reloj, pero por la posición del sol y el paulatino crecimiento de presencia de la gente, pudo intuirse que habían pasado algunas horas y que ya era bien entrada la mañana. Y de momento no había conseguido nada más que negaciones. Hizo una pausa para descansar, tanto el aspecto físico como el anímico y se sentó en una terracita de bar a pedirse un fresco zumo de naranja. ¿Cómo podía ser que fuera tan complicado? En su cabeza se imaginó que apenas tardaría unos minutos en hallar a alguien que supiera de la existencia de aquel gyojin llamado Kang. Supuso que al tratarse de un maestro que solo se encontraba en aquella isla, mucha gente vendría preguntando por él y mucha más gente sabría de su existencia, que sería una eminencia. Incluso visualizó en su mente que tendría oleadas de fans, o algo así. Para nada se había imaginado que después de varias horas, a nadie le sonase siquiera su nombre.  Varios habían visto a gyojins por allí, pero ninguno como el que ella buscaba. Aquello la había desanimado un poco. ¿Y si después de todo, no le encontraba? ¿Y si todo había sido para nada? Igual estaba siendo un poco tremendista al darse por vencida tan rápido, con tan solo unas horas de búsqueda, pero también le hacía mella el hecho de que tenía hambre y estaba deshidratada. Cuando al cabo de unos minutos llegó su zumo anaranjado, poco a poco empezó a ver las cosas de otra forma. Así de fácil era hacer que Derya levantase el ánimo. Y no es que se trate de una persona simple, sino que le encanta la fruta.<br />
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Con las energías repuestas después de aquel chute de vitaminas, dejó el dinero que debía junto con una pequeña propinilla y se levantó de su asiento, preparada para volver a la carga. "Segundo asalto", pensó la gyojin para sus adentros, con el ánimo reforzado. No iba a rendirse tan fácilmente. Mientras continuaba con su búsqueda y sus incesantes preguntas a transeúntes, pensaba en por qué no podría haber aprendido aquella técnica antes, cuando aún vivía en la isla Gyojin. Eso le habría solucionado tantos problemas... Aunque lo que estaba haciendo ahora tenía cierto encanto también, una chispa de aventura. Quizás fue porque se fue de casa muy joven, o porque priorizó otras cosas antes que aprender a luchar... Quién sabe, al final pueden haber tantos condicionantes en la vida como gotas había en el mar. Estaba en modo automático prácticamente, preguntando a todo el que se dignase a parar sus actividades un poco para hablar con ella. Cuando vio a un niño pequeño, de no más de diez años, robando en el mercado. El dependiente se dio cuenta y tomó una actitud más bien agresiva hacia el chico, agarrándole del brazo y soltando amenazas e insultos por la boca de tal forma que parecía una fuente de improperios. Derya estuvo a punto de interponerse en medio, de pagarle al comerciante lo que sea que costase aquello que había intentado robar y solucionar el asunto pacíficamente. Entonces aquel niño gritó. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">¡Hyakumaigawara seiken!</span> — Con el brazo que le quedaba libre, propinó un poderoso golpe sobre el mostrador. Los objetos volaron, alguna persona gritó del asombro, y el dependiente, del susto, soltó de inmediato el brazo del chaval. El chico aprovechó la confusión para salir corriendo, exitoso después del robo. Derya le siguió con la mirada. ¡Esa técnica... era karate gyojin! ¡Seguro que Kang era quién se la había enseñado! Tenía que conseguir hablar con él y preguntarle por el maestro, ¡por fin una pista!<br />
<br />
Salió del trance en el que el asombro la había dejado y se apresuró para salir corriendo detrás del niño. Por suerte, sus ojos no habían perdido el rastro de aquella cabellera pelirroja que revoloteaba. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Espera! ¡Espera un momento!</span> — El niño obviamente no se paró para hablar con ella, seguramente se pensaría que la gyojin se trataba de alguna figura de autoridad y que quería reprenderle por el robo y el caos público. Nada más alejado de la realidad, pero a Derya le iba a costar explicarse si aquel chaval no se dignaba a pararse un momento para hablar con ella y dejar que se explicara. El chico tomó una esquina, buscando perderse entre las callejuelas y escapar de su insistente perseguidora. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Que no voy a hacerte nada, solo quiero hablar!</span> — Pero el chico no hacía ningún tipo de caso a lo que Derya le decía, era como si fuera sordo, pues ni si quiera giraba su cabeza para hacer como que la escuchaba, tampoco para comprobar si seguía siendo perseguido o no. Le ignoraba tremendamente, centrado solo en su carrera. La mujer giró en la misma esquina que él, derrapando sobre las piedras del suelo. Por suerte contaba con una ventaja física indudable, era más alta, tenía las piernas más largas, y también era más fuerte. El conjunto de esas cosas la hacía bastante más rápida que su contrincante en aquella encarnizada persecución callejera. El chico, por su parte, contaba con la ventaja de ser pequeño y escurridizo, lo que hizo que en alguna ocasión Derya tuviese que buscar una vía alternativa a la que él había tomado. Pero finalmente lo consiguió. El niño se había metido sin darse cuenta en un callejón sin salida, además de que estaba quedándose sin aliento. Se paró en seco al darse cuenta de aquel fallo de cálculo que había cometido. Parecía conocerse bien las calles, pero en ese momento su memoria le había traicionado, agobiado también por la presión que ejercía su gran oponente. Giró su pequeño cuerpo, dándose la vuelta, para observar a aquella gyojin que le devolvía la mirada con una sonrisa victoriosa. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Escúchame, joder, que no te voy a hacer nada.</span> — Parecía ser la primera vez que el niño le escuchaba de verdad. Tampoco tenía otra opción. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">Habla rápido.</span> — Aquel chaval tenía cojones, eso tenía que admitirlo. La miraba con unos ojos fieros, como una presa acorralada. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Dónde has aprendido esa técnica?</span> — El chaval se quedó callado, como si estuviera dudando en si desvelarle esa información o no. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Te la enseñó un gyojin, ¿verdad? Llamado Kang. ¿Dónde puedo encontrarle?</span> — El niño chasqueó la lengua. Le había pillado, la gyojin sabía demasiadas cosas, no podía mentirle. Además al tratarse de una gyojin decidió darle un voto de confianza. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">Vale, te lo diré, pero no le digas que te lo he dicho yo. Le gusta tener privacidad.</span> — La joven sonrió. ¡Lo había conseguido! — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Tranquilo, no te mencionaré.</span> — No parecía muy convencido, pero estaba contra la espada y la pared. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">Vive en un santuario, en una pequeña isla que queda al norte. Es tan pequeña que solo cabe su casa en ella, con un patio y un bosque que la rodea y oculta desde fuera. La reconocerás porque tiene forma de luna menguante.</span> — Abrió los brazos, dando a entender que no tenía nada más que contarle. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">¿Contenta?</span> — La sonrisa de Derya se amplió hasta su máximo, dejando a la vista unos enormes colmillos de tiburón. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Muchísimo! ¡Gracias, chaval! Por casualidad no estarás interesado en la revolución, ¿verdad? Eres muy fuerte y escurridizo, habilidades que valoramos mucho.</span> — La expresión de él delató su asombro ante tal propuesta. El chico nunca se lo había planteado. Realmente nunca se había planteado muy bien qué hacer con su vida. Era un ladronzuelo, huérfano y sin muchas esperanzas de futuro, aún siendo todavía tan joven, era como si el mundo hubiera decidido su destino antes que él. Pero aquella propuesta encendió una llama en sus ojos, por un segundo, Derya pudo verla. Se quedó tan cortado ante aquella idea que no supo qué responder, seguramente se emocionó al ver como alguien podía confiar en él para algo más que para ser un joven delincuente. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Cuando crezcas un poco más, búscame, soy Derya Tyhr, soldada revolucionaria. ¡Confío en ti, chaval!</span> — Comenzó a alejarse de aquel callejón, aunque girando el tren superior de su cuerpo para seguir haciendo contacto visual con él mientras podía. Levantó el brazo en señal de despedida. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡No pierdas tu potencial robando tonterías! ¡Nos veremos!</span> — Terminó de decir, y salió corriendo en dirección a la costa norte de la isla Polestar, siguiendo las indicaciones que le habían dado. El chaval se quedó un rato aturdido por lo que acababa de pasar. Y mientras la joven se alejaba, pudo escuchar un lejano sollozo lleno de emoción.<br />
<br />
La sonrisa no se desprendió de los labios de Derya durante un buen rato. Sabía que había dejado mella, sabía lo que se sentía cuando alguien te lo hacía, ella misma lo había experimentado en sus propias carnes. Se emocionó pensando en que igual aquel pequeño gesto podría cambiarle la vida, con suerte, a mejor. ¿Y si de verdad crecía y se unía a la armada revolucionaria? Continuó corriendo, callejeando por la ciudad de Logue Town en dirección al norte. Gracias a su buen sentido de la orientación, aquello no le resultaría difícil. Ahora que había conseguido resolver el problema de hallar al gyojin Kang, le quedaba la incógnita de cómo sería aquella persona. ¿Estaría abierto a enseñarle la técnica, o tendría que luchar -metafóricamente- por convencerle? Desde luego a Derya ganas no le faltaban, haría lo que fuera por conseguirlo, ahora que había conseguido llegar tan lejos, pero su mente no dejaba de divagar imaginando diferentes escenarios posibles. Confiaba en que al ser una gyojin, aquel hombre estaría más dispuesto a enseñar sus secretos, al final el karate gyojin tenía ese nombre por un motivo, era su raza la que lo había inventado. Aunque luego se dio cuenta de que aquel niño era humano y conocía la técnica también, además de ser bastante joven. Aquello le generó muchas dudas. En su cabeza, imaginó que aquel hombre debería ser bueno y amable, lo suficiente como para ayudar a aquel chaval, como para confiar en él y enseñarle ese antiguo arte. Su curiosidad y ganas no dejaban de crecer dentro de su pecho mientras corría con ansias por la ciudad. Sentía como si el corazón se le fuera a salir del pecho, impulsado por la enorme adrenalina que el momento le provocaba.<br />
<br />
Después de una gran carrera consiguió llegar por fin a la costa norte de la isla. Menos mal que Derya andaba bien en cuanto a cardio se refería, pues le llevó algo más de tiempo de lo que había planeado. Al final era la isla más grande del East Blue por un motivo que pudo comprobar en su propia piel. Desde aquella cala podía ver varias islitas, formaciones de tierra que habían quedado desprendidas de la isla principal y que en principio nadie visitaría, pues eran demasiado irrelevantes y pequeñas. Pero una de ellas era su destino, su meta marcada. El niño le había dicho que la isla que tenía que buscar tenía forma de luna menguante, era una pista valiosa, aunque desde ahí no podía distinguir del todo bien de cuál podía tratarse. Seguramente desde el agua sería capaz de verlo mejor, o al menos eso fue lo que pensó. Cogió carrerilla, caminando unos metros hacia atrás, para acto seguido salir corriendo con potencia hacia el agua, dando un salto en el último momento, apurando la tierra que podía pisar. Se quedó suspendida en el aire por unos segundos, el viento revolviendo alocadamente sus rubios cabellos, juntó los brazos hacia abajo, preparándose para caer sobre la superficie marina en picado. Su cuerpo se hundió rápidamente en el agua, como una bala que se disparaba. Era tan refrescante, en seguida notó como su mente se despejaba. Y era curioso como la temperatura del agua nunca le molestaba, daba igual si estaba muy fría o caliente, para ella siempre era reconfortante y agradable.<br />
<br />
Cualquiera podría pensar que desde arriba sería más fácil ver la forma de la isla, pero no cuentan con el hecho de que Derya debajo del agua se movía tremendamente rápido, comparable solo a un tigre en plena carrera o a un halcón al vuelo. Fue recorriendo las islas una a una. No quería tener que dar otra vuelta a todas porque había mirado mal o no se había fijado bien, así que antes de pasar a la siguiente se aseguró de que la había rodeado y analizado bien por todos lados. Las primeras fueron fáciles de descartar, tenían más bien una forma redonda o alargada, como elipses. Ninguna parecía una luna. Ya no le quedaban demasiadas por revisar, ¿se le había pasado? Dudó por un momento, pero no. La siguiente que rodeó pudo distinguirla a la perfección. Supo reconocerlo al momento, tenía la forma prácticamente perfecta de una luna menguante, por un momento imaginó que alguien debería de haberla incluso retocado, ¿no? Quitando algunas rocas para pulirlo un poco más, aunque ya de por sí tuviera aquella forma al natural. Derya se tomó unos minutos para mentalizarse antes de salir del agua de entre las rocas. No sabía con qué se iba a encontrar, qué tipo de persona sería Kang, qué tipo de entrenamiento requerrería aquella técnica... Tenía que ser consciente de que igual aquel hombre no querría enseñarle su técnica, de que fuera un cabrón y un hijoputa. Tenía que estar preparada para el peor escenario posible, así estaría preparada para todo lo que viniera.<br />
<br />
Salió a la superficie, nadó hasta las rocas de la cala y comenzó a escalarlas con cuidado. Su piel resbalaba un poco cuando estaba mojada, no quería tropezarse. Una vez que consiguió llegar hasta arriba, le esperaba una pequeña espesura de árboles y arbustos. Era lo suficientemente densa para que desde fuera no se pudiera ver que el interior escondía un pequeño edificio. Aunque no era lo demasiado espesa como para que se tratase de un gran bosque. El tamaño de la isla tampoco permitía mucho más. Incluso podía verse cómo las gruesas raíces de los árboles sobresalían de la tierra por debajo, pues la superficie estaba saturada de todas las que había, era como si compitieran por el espacio. A pesar de eso, Derya sabía que no había pérdida, solo tenía que caminar hacia el centro. De hecho, ya comenzaba a ver lo que parecía un claro en medio de aquel paraíso verdoso. La joven salió de entre los árboles, llegando a lo que el niño le había llamado patio. Se trataba de un círculo de suelo empedrado para formar como una pequeña placita. Había muñecos de entrenamiento, tejas de madera, tejas de arcilla, y en general estaba un poco destrozada y desordenada, como si arrastrara muchos años de uso. Daba la impresión de que muchos jóvenes se habían entrenado en ese patio. A lo mejor era verdad, ¿quién lo sabía? No había señales de que el maestro Kang estuviera por allí, así que con paso despacio pero lleno de seguridad, se dirigió hacia la puerta del edificio. Era como un templo al estilo antiguo, pero bastante más pequeño que los que acostumbraba a ver. Podía ser perfectamente una casita. Estaba nerviosa como si fuera una niña pequeña, al final se estaba presentando en la casa de un desconocido sin ser invitada, pero se obligó a sí misma a disimular ese sentimiento, no podía dar aquella impresión. No de primeras. <br />
<br />
Llamó a la puerta, un par de golpecitos con los nudillos que resonaron en la estancia desde dentro, con eco. Silencio. No hubo ningún tipo de respuesta. ¿Y si no estaba en casa? Esperó un poco... empezó a incomodarse, ¿debería volver a llamar o seguir esperando? Tras mostrarse indecisa por unos segundos, llamó de nuevo, repitiendo el mismo sonido. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Hola? ¿Maestro Kang? ¿Está en casa?</span> — Se atrevió a preguntar. Había una ventana al lado, se sintió tentada a echar un ojo hacia el interior, pero no quería dar una mala impresión. Igual simplemente era mayor y no escuchaba bien. La verdad es que sabía muy poco de él, por ejemplo de su aspecto físico. Habían pasado ya unos cinco minutos desde que llamó la primera vez, así que las opciones se le iban agotando. Seguramente se trataba de eso, de que no la había escuchado, o que no estaba en casa, sino ya habría respondido. Así que llamó una tercera vez. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡¿Holaaaaa!?</span> — Esta vez aporreando la puerta con el puño. Si se trataba de una persona mayor necesitaría insistir un poco más para hacerse escuchar. Enseguida la puerta se abrió de par en par, dejando el puño de Derya en el aire a medio camino de dar otro golpe. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¡No quiero comprar nada, gracias!</span> — Y cerró de golpe otra vez. Había sido muy rápido, pero por suerte, Derya tambien era muy rápida. Metió su pie izquierdo en medio del camino de la puerta, para impedir que esta se cerrase de nuevo. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Señor, se equivoca! No vengo a venderle nada, verá...</span> — Intentaba explicarse, pero la negativa del gyojin la paralizaba un poco. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¡Váyase de mi casa!</span> — Insistía el maestro. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡No, señor, no me iré! Llevo mucho tiempo buscándole, mi nombre es Derya, ¡quiero que me enseñe karate gyojin, señor!</span> — Derya abrió la puerta, empujandola con la mano, para que pudieran verse cara a cara. El rostro de la joven expresaba determinación, actitud, ganas, con el ceño fruncido y una pose firme. El maestro la estaba examinando de arriba abajo. Igual que ella a él. Se trataba de una persona grande, de casi tres metros, y era prácticamente igual que una tortuga marina, solo que podía caminar de pie con las dos patas traseras y vestía con un kimono. Su mirada era profunda como el mismísimo abismo marino y sintió que cuando hacían contacto visual, tenía el poder de observar su alma desnuda. El gyojin se demoró un tiempo en dar una respuesta, empezaba a producirse un silencio un poco incómodo en el que Derya no sabía si interrumpir o mantener, como si fuera una estatua. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Vale, vamos afuera.</span> — Pues sí que era calmado, el tío.<br />
<br />
Ambos salieron al patio. El gyojin tortuga se sentó en el suelo de piedra con mucha calma. Era un hombre de movimientos lentos y pausados, por cada paso que daba Derya había dado ya diez más. Pero no importaba, las prisas no eran buenas cuando se intentaba aprender. La mujer se quedó de pie frente a él. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Cómo empezamos, maestro?</span> — Kang hizo un gesto con la mano, indicándole a la ansiosa gyojin que se sentara, a lo que ella hizo caso enseguida. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Cierra los ojos, joven. Medita mientras escuchas mis palabras.</span> — Derya tenía muchas ganas de empezar con la acción, pero no iba a desafiar sus decisiones. Así que obedeció, cerrando los ojos e intentando evadirse de su plano físico. Había tanta paz en aquella isla, no se había dado cuenta hasta ahora. Era un silencio únicamente interrumpido por el sonido de las hojas de los árboles que se mecían por el viento. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">El viejo arte del karate gyojin se remonta a cientos y cientos de años atrás... Los gyojins aún no teníamos una sociedad formada, no teníamos una isla establecida, no teníamos una política... pero teníamos el karate, incrustado en nuestro ADN. Tienes que darle la importancia que se merece, no es un juego, no debe ser tomado a la ligera, y no debes enseñárselo a nadie sin la autoridad de tu maestro, que ahora soy yo. Es un tesoro que tenemos como raza y como tal, debemos cuidar de él, pulirlo con cariño, abrazarlo, respetarlo.</span> — Derya acababa de empezar un importante camino personal en ese mismo momento. El cúlmen de los luchadores de su raza. Tenía que aprenderlo con orgullo. Ambos se mantuvieron en silencio unos minutos, meditando. Derya podía sentir la enorme energía que desprendía aquel hombre tortuga, seguro que era tremendamente fuerte, incluso cuando estaba calmado. Transcurrió una media hora. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Vamos, abre los ojos y levántate.</span> — La joven hizo caso, rompiendo el estado meditativo en el que había quedado inmersa. Notaba que su espíritu se había renovado. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Estoy lista, maestro.</span> — Sus ojos rebosaban con la llama de la determinación. El gyojin asintió. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, voy a enseñarte la primera prueba que debes superar para aprender el Hyakumaigawara seiken. Ven conmigo.</span> — Ambos llegaron hasta un soporte de madera que sujetaba una plancha de madera en el aire. Era un tablón ancho y largo. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Dale un puñetazo. Pero tienes qu...</span> — El golpe que Derya le propinó a aquella tabla de madera le calló. La rompió por la mitad con un simple puñetazo, estirando todo su brazo hacia atrás para coger el impulso suficiente. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Así, maestro?</span> — Y le sonrió con una amplia sonrisa. Kang se mostró calmado cuando agarró un tablón nuevo de madera y lo colocó donde antes estaba el anterior. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, joven. Pero no me has escuchado.</span> — Aquello la avergonzó un poco, era verdad que le había interrumpido sin querer. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Tienes que darle el puñetazo sin tomar impulso con el brazo. La única distancia que se te está permitida es la longitud de tus dedos.</span> — Y le hizo una demostración. Con el mínimo impulso de su puño, le dio con tanta fuerza a aquella tabla que la partió en dos con mucha facilidad. "Está chupado", pensó la tiburona para sus adentros.<br />
<br />
Pero no, no era tan fácil. Pasaban los minutos, Kang se había ido a tomarse una infusión caliente en su casa y ella seguía intentando romper aquel maldito tablón de madera. Empezó con muchas ganas y motivación, pero con cada puñetazo fallido que daba, su ánimo se reducía un poquito más. El brazo derecho empezaba a cansársele, notaba como los músculos del antebrazo le tiraban, pero lo peor era el puño. Tenía la mano prácticamente dormida de tantos golpes que se había llevado con aquella madera. Había dejado de sentirla, como si estuviera anestesiada. La piel de los nudillos estaba empezando a pelarse, desprendiéndose de su carne, pronto comenzaría a sangrar. Las ganas y felicidad que sintió al principio empezaban a transformarse en ira, rabia. Aquello la ayudaba, pues daba puñetazos más fuertes, cada vez más potentes. Dejaba escapar un grito cada vez que propinaba uno de aquellos puñetazos, para no perder los ánimos. Miró hacia el cielo un momento, el sol estaba ya descendiendo lo que indicaba que sería entrada la tarde. No había comido nada desde aquel zumo de naranja en la plaza, pero no le importaba. Estaba tan centrada que ni si quiera tenía hambre.<br />
<br />
Continuó dando puñetazos sin parar hasta que oscureció. Por suerte, la visión nocturna de Derya no le impedía continuar con su entrenamiento. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Toma, te he traído un poco de arroz. Descansa un rato, es vital para la lucha.</span> — Kang le había traído un pequeño cuenco con arroz blanco y brotes de soja. Derya no quería, sentía que pronto podría conseguirlo y quería aprovechar al máximo el tiempo. Pero es verdad que se moría de hambre, y que se le había quedado dormido el brazo entero hasta el hombro. Cogió el cuenco que tan amablemente le había preparado su maestro y se sentó en el suelo para comérselo, también le había traído palillos. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Gracias, maestro.</span> — Agachó la cabeza en señal de respeto. El gyojin tortuga, después de despedirse de ella, se retiró a su habitación. Le había indicado que ella podría disponer de un petate para echarse a dormir donde quisiera. Se veía que no era la primera vez que acogía a alguien en su casa. Derya sonreía mientras pensaba en ello, saboreando aquel arroz con soja como si fuera el mejor manjar que había probado nunca. La comida sabía siempre tan bien después de entrenar. Intentó no comer con demasiada prisa. Tenía que apreciar bien ese momento. Se recostó un poco mientras masticaba con calma, mirando las estrellas. El cielo estaba plagado de lucecitas blancas. Había hablado con su grupo que aquello le costaría solo un día... bueno, tendrían que esperarla un poco más de lo previsto. Con suerte no habrían destruído otra base marine en su ausencia o algo así, parecía que les estaba pillando el gusto. Aquella noche no tenía pensado dormir, esperaba poder quedarse en vela practicando, pero la migraña estaba empezando a atravesarle el cerebro. Si no descansaba un poco en el mar no podría seguir, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento, entre el dolor que sentía en la mano y el dolor de la cabeza. Así que esa noche durmió con los peces, como ya estaba acostumbrada.<br />
<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, Derya calculó que serían las cinco de la mañana pues el sol aún ni había salido, la gyojin se encontraba entrenando otra vez. Sería imposible describir el estado físico que tenía ese puño, con los nudillos llenos de sangre y un color violeta y rojizo. Incluso estaba un poco inflamado. Pero Derya ya había asimilado el dolor. Lo había abrazado y aceptado, como si fuera una extensión de su cuerpo. Se mentalizó para engañarse a sí misma y aceptar ese dolor como placer. Empezaba a gustarle sentir esa sangre saliendo de su mano. ¿Acabaría aquello desembocando en un gusto por el sadomasoquismo? Quién sabe, nunca digas que no. Fue en una de estas que el tablón se rompió en mil pedazos. Derya estaba tan en modo automático que por un momento ni se dio cuenta de que lo acababa de conseguir. Su cuerpo se quedó paralizado, incrédulo completamente. Lo primero que hizo fue gritar. Un grito de pura celebración, no se lo podía ni creer. El maestro Kang al escuchar su alboroto salió al patio con ella. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, joven. Lo has conseguido muy rápido.</span> — ¿Aquello había sido rápido? ¿Cuánto tiempo le habría costado al niño conseguirlo? Acababa de pensar en ello, ¿el niño había hecho ese entrenamiento también? Vaya paliza. Derya fue corriendo a abrazarle, pero se detuvo a medio camino. Igual era sobrepasar un poco los límites. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Qué es lo siguiente, maestro?</span> — Aquella victoria la había llenado de adrenalina, ahora mismo podría romper un tren con sus propias manos si se lo proponía solo por la fuerza de su motivación. El gyojin tortuga se giró para agarrar del suelo una teja, típica de cualquier tejado normal, y la colocó en otro soporte especial para adoptar la forma de la pieza de cerámica. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora vas a intentar romper esto. Con la otra mano. Si lo consigues, habrás aprendido la técnica del verdadero golpe de las cien tejas.</span> — El desafío era ciertamente difícil. La joven frunció el ceño y apretó los dientes. Lo iba a conseguir. Lo sabía. No había llegado tan lejos para quedarse ahí. <br />
<br />
Tardó otro día más de sufrimiento y dolor para conseguir romper la teja con el otro brazo. El maestro Kang le acompañaba de forma ocasional, vigilando y dándole directrices para controlar y colocar mejor el brazo. Golpeaba con el puño izquierdo en esa ocasión, que no era su brazo dominante, así que aquella ayuda le vino de perlas. Derya sintió como el lazo con su maestro se estrechaba. La verdad es que la actitud de la joven era ejemplar, nunca puso pegar a nada de lo que Kang le decía, no ponía una mala cara, tampoco una mala palabra. Estaba tan agradecida por poder aprender lo que estaba aprendiendo. Tenía una personalidad ideal para aguantar todo el peso que le pusieran encima. Finalmente lo consiguió. Rompió la teja de cerámica y esta vez sí que abrazó a su maestro con toda la fuerza que aún le quedaba. Su maestro soltó una pequeña risita de asombro por la efusiva reacción de la muchacha. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Queda la guinda final, joven.</span> — Derya se apartó un poco de él, atenta a lo que le tuviera que decir. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Dame un puñetazo. Con todas tus fuerzas, mientras gritas el nombre de tu nuevo movimiento.</span> — Aquello la sorprendió un poco, le sabía mal tener que emplear la técnica contra su maestro. Pero el gyojin tortuga hablaba con tanta confianza, que estaba segura de que podría aguantar su golpe. De hecho, seguro que no era la primera vez que hacía eso con un discípulo. Así que no puso objeciones. Dio un paso hacia atrás, cogió impulso con el brazo y... — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Hyakumaigawara seiken!</span> — Su puño impactó contra el estómago de su maestro. El gyojin tortuga tuvo que poner una pierna hacia atrás para no perder el equilibrio, pero no se movió mucho más. Sin embargo, todo lo que había detrás y cerca de él salió volando con sorprendente impulso y fuerza, como si un huracán los hubiera arrastrado. La joven se quedó un poco expectante, no sabía si lo había hecho bien, porque la reacción física del maestro Kang fue poca. Pero entonces sonrió, y echó una carcajada que le hizo inclinar su cuerpo hacia atrás. Derya dejó salir una risita también. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Bien hecho, joven. Tienes mucho potencial.</span> — La tiburona casi sintió que se le iba a escapar una lagrimilla. Pero la contuvo, no podía permitirse parecer débil. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora vete a descansar. Vuelve a verme cuando quieras, creo que aún tengo algo que puedo enseñarte...</span> — Derya recogió sus cosas. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Sería un honor, maestro! Ha sido todo un placer, te lo agradezco de corazón.</span> — Sentía que el corazón se le saldría del pecho.<br />
<br />
Se despidieron con efusividad, con la promesa de volver a verse. Cuando Derya estuvo a punto de saltar al mar para volver, el maestro Kang le hizo una última pregunta. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Oye, Derya... ¿Quién te dijo dónde encontrarme?</span> — Uy, le había pillado. Derya había prometido no desvelar a su nuevo amigo, así que se quedó callada un momento, sin saber qué decir. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Fue Conroy, ¿verdad? Un niño de pelo rojo que no para quieto.</span> — La respuesta de Derya fue sonreír y encogerse de hombros. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">No puedes decírmelo, ¿no? Vale, vale. Venga anda, vete ya.</span> — Y se echó a reír, igual que ella. Volvieron a despedirse con un gesto de la mano y Derya saltó al mar mientras la risa de su maestro aún resonaba en su mente.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">Derya inspiró hondo, dejando que el aire salado del mar entrase por sus pulmones. Era una mañana un tanto fría, pues aún era bastante temprano, sin embargo no dejaba de ser un tiempo agradable. Aún no había amanecido del todo, aunque se podía ver cómo las nubes empezaban a teñirse de un tono anaranjado y rojizo, indicativo de que el sol no tardaría en asomarse por el horizonte aguado. La joven observaba aquella vista con una sonrisa en el rostro. Los amaneceres siempre eran todo un espectáculo digno de admiración. Caminaba descalza, como de costumbre, por el suelo empedrado de Logue Town y podía notar en su suave piel el rocío fresco de la madrugada que poco a poco iría desapareciendo. Su mente se regocijaba en el silencio que reinaban las calles, un silencio que pronto se esfumaría, pero que en ese preciso momento era solamente suyo. Por fin disfrutaba de un rato para estar a solas. Llevaba ya varios días consecutivos en los que no se separaba de aquellos tres revolucionarios excepto para dormir e ir al baño. Era de esperar, pues al fin y al cabo habían formado un grupo y a partir de aquel momento irían juntos casi siempre. Y Derya estaba encantada, de verdad que sí, porque ya en el poco tiempo que llevaban juntos había podido comprobar que cada uno de ellos era una buena persona. Se lo había pasado en grande aquellos días, como hacía mucho que no se lo pasaba; peleando contra piratas, celebrando fiestas, peleando contra marines, peleando incluso entre ellos... Pero una cosa no quitaba la otra. Y es que Derya llevaba años viajando sola, y al final te acostumbras a la calmada y controlada soledad, y cuando tu mente empieza a notar la escasez, te pide por favor un tiempo muerto. Aunque con el manojo de nervios que era ella, aquel rato que necesitaba a solas se solucionaba siempre con bastante rapidez, y en seguida volvía a tener las pilas recargadas para la acción.<br />
<br />
El caso es que ya había avisado a su grupo revolucionario de que ese día lo más seguro es que no iba a dejarse ver. No porque no quisiera o algo por el estilo, sino porque tenía una misión, encomendada por ella misma, en la cabeza y que no podía ignorar. Tenía que hacerlo ya, antes de que dieran el siguiente paso hacia el Grand Line, o sería demasiado tarde y probablemente se arrepentiría toda su vida. Así que con aquel objetivo entre ceja y ceja y el pecho lleno de determinación, caminó con buen paso por varias callejuelas. Le sorprendía lo grande que podía ser esa ciudad, llevaba ya tiempo con ganas de explorarla más en profundidad, pues alguna que otra vez se había pasado por allí, como lugar intermedio entre una isla y otra, pero nunca había estado el tiempo suficiente como para darse por satisfecha. Estaba contenta y expectante por lo que podía pasar, sin embargo caminaba un poco a ciegas. Sabía lo que buscaba: a un hombre gyojin, como ella, pero no sabía por dónde podría llegar a encontrárselo. Su plan era visitar la gran plaza central, y desde ahí podía empezar a improvisar dependiendo de lo que ocurría. Al fin y al cabo, aquella plaza era la parte más concurrida de la isla, donde más personas se encontraban a la vez. Si no lograba dar con aquel gyojin personalmente, al menos podría intentar preguntarle a alguien que sí supiera de su ubicación o al menos le conociera. La única información que había logrado reunir a base de rumores era que se llamaba Kang. No era mucho, pero era algo con lo que podía jugar. Por suerte, Derya no fue la primera en llegar a la gran plaza central. Al tratarse de un lugar muy turístico y visitado, mucha gente montaba puestos, abría bares, restaurantes, y en general negocio para verse benificiado por la afluencia de personas. Los más avispados empezaban a hacer acto de presencia desde bien temprano, como ella. Así que viendo el panorama, no se demoró más y comenzó su investigación.<br />
<br />
Fue pasando de puesto en puesto, de persona a persona. Derya no llevaba reloj, pero por la posición del sol y el paulatino crecimiento de presencia de la gente, pudo intuirse que habían pasado algunas horas y que ya era bien entrada la mañana. Y de momento no había conseguido nada más que negaciones. Hizo una pausa para descansar, tanto el aspecto físico como el anímico y se sentó en una terracita de bar a pedirse un fresco zumo de naranja. ¿Cómo podía ser que fuera tan complicado? En su cabeza se imaginó que apenas tardaría unos minutos en hallar a alguien que supiera de la existencia de aquel gyojin llamado Kang. Supuso que al tratarse de un maestro que solo se encontraba en aquella isla, mucha gente vendría preguntando por él y mucha más gente sabría de su existencia, que sería una eminencia. Incluso visualizó en su mente que tendría oleadas de fans, o algo así. Para nada se había imaginado que después de varias horas, a nadie le sonase siquiera su nombre.  Varios habían visto a gyojins por allí, pero ninguno como el que ella buscaba. Aquello la había desanimado un poco. ¿Y si después de todo, no le encontraba? ¿Y si todo había sido para nada? Igual estaba siendo un poco tremendista al darse por vencida tan rápido, con tan solo unas horas de búsqueda, pero también le hacía mella el hecho de que tenía hambre y estaba deshidratada. Cuando al cabo de unos minutos llegó su zumo anaranjado, poco a poco empezó a ver las cosas de otra forma. Así de fácil era hacer que Derya levantase el ánimo. Y no es que se trate de una persona simple, sino que le encanta la fruta.<br />
<br />
Con las energías repuestas después de aquel chute de vitaminas, dejó el dinero que debía junto con una pequeña propinilla y se levantó de su asiento, preparada para volver a la carga. "Segundo asalto", pensó la gyojin para sus adentros, con el ánimo reforzado. No iba a rendirse tan fácilmente. Mientras continuaba con su búsqueda y sus incesantes preguntas a transeúntes, pensaba en por qué no podría haber aprendido aquella técnica antes, cuando aún vivía en la isla Gyojin. Eso le habría solucionado tantos problemas... Aunque lo que estaba haciendo ahora tenía cierto encanto también, una chispa de aventura. Quizás fue porque se fue de casa muy joven, o porque priorizó otras cosas antes que aprender a luchar... Quién sabe, al final pueden haber tantos condicionantes en la vida como gotas había en el mar. Estaba en modo automático prácticamente, preguntando a todo el que se dignase a parar sus actividades un poco para hablar con ella. Cuando vio a un niño pequeño, de no más de diez años, robando en el mercado. El dependiente se dio cuenta y tomó una actitud más bien agresiva hacia el chico, agarrándole del brazo y soltando amenazas e insultos por la boca de tal forma que parecía una fuente de improperios. Derya estuvo a punto de interponerse en medio, de pagarle al comerciante lo que sea que costase aquello que había intentado robar y solucionar el asunto pacíficamente. Entonces aquel niño gritó. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">¡Hyakumaigawara seiken!</span> — Con el brazo que le quedaba libre, propinó un poderoso golpe sobre el mostrador. Los objetos volaron, alguna persona gritó del asombro, y el dependiente, del susto, soltó de inmediato el brazo del chaval. El chico aprovechó la confusión para salir corriendo, exitoso después del robo. Derya le siguió con la mirada. ¡Esa técnica... era karate gyojin! ¡Seguro que Kang era quién se la había enseñado! Tenía que conseguir hablar con él y preguntarle por el maestro, ¡por fin una pista!<br />
<br />
Salió del trance en el que el asombro la había dejado y se apresuró para salir corriendo detrás del niño. Por suerte, sus ojos no habían perdido el rastro de aquella cabellera pelirroja que revoloteaba. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Espera! ¡Espera un momento!</span> — El niño obviamente no se paró para hablar con ella, seguramente se pensaría que la gyojin se trataba de alguna figura de autoridad y que quería reprenderle por el robo y el caos público. Nada más alejado de la realidad, pero a Derya le iba a costar explicarse si aquel chaval no se dignaba a pararse un momento para hablar con ella y dejar que se explicara. El chico tomó una esquina, buscando perderse entre las callejuelas y escapar de su insistente perseguidora. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Que no voy a hacerte nada, solo quiero hablar!</span> — Pero el chico no hacía ningún tipo de caso a lo que Derya le decía, era como si fuera sordo, pues ni si quiera giraba su cabeza para hacer como que la escuchaba, tampoco para comprobar si seguía siendo perseguido o no. Le ignoraba tremendamente, centrado solo en su carrera. La mujer giró en la misma esquina que él, derrapando sobre las piedras del suelo. Por suerte contaba con una ventaja física indudable, era más alta, tenía las piernas más largas, y también era más fuerte. El conjunto de esas cosas la hacía bastante más rápida que su contrincante en aquella encarnizada persecución callejera. El chico, por su parte, contaba con la ventaja de ser pequeño y escurridizo, lo que hizo que en alguna ocasión Derya tuviese que buscar una vía alternativa a la que él había tomado. Pero finalmente lo consiguió. El niño se había metido sin darse cuenta en un callejón sin salida, además de que estaba quedándose sin aliento. Se paró en seco al darse cuenta de aquel fallo de cálculo que había cometido. Parecía conocerse bien las calles, pero en ese momento su memoria le había traicionado, agobiado también por la presión que ejercía su gran oponente. Giró su pequeño cuerpo, dándose la vuelta, para observar a aquella gyojin que le devolvía la mirada con una sonrisa victoriosa. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Escúchame, joder, que no te voy a hacer nada.</span> — Parecía ser la primera vez que el niño le escuchaba de verdad. Tampoco tenía otra opción. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">Habla rápido.</span> — Aquel chaval tenía cojones, eso tenía que admitirlo. La miraba con unos ojos fieros, como una presa acorralada. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Dónde has aprendido esa técnica?</span> — El chaval se quedó callado, como si estuviera dudando en si desvelarle esa información o no. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Te la enseñó un gyojin, ¿verdad? Llamado Kang. ¿Dónde puedo encontrarle?</span> — El niño chasqueó la lengua. Le había pillado, la gyojin sabía demasiadas cosas, no podía mentirle. Además al tratarse de una gyojin decidió darle un voto de confianza. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">Vale, te lo diré, pero no le digas que te lo he dicho yo. Le gusta tener privacidad.</span> — La joven sonrió. ¡Lo había conseguido! — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Tranquilo, no te mencionaré.</span> — No parecía muy convencido, pero estaba contra la espada y la pared. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">Vive en un santuario, en una pequeña isla que queda al norte. Es tan pequeña que solo cabe su casa en ella, con un patio y un bosque que la rodea y oculta desde fuera. La reconocerás porque tiene forma de luna menguante.</span> — Abrió los brazos, dando a entender que no tenía nada más que contarle. — <span style="color: #C10300;" class="mycode_color">¿Contenta?</span> — La sonrisa de Derya se amplió hasta su máximo, dejando a la vista unos enormes colmillos de tiburón. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Muchísimo! ¡Gracias, chaval! Por casualidad no estarás interesado en la revolución, ¿verdad? Eres muy fuerte y escurridizo, habilidades que valoramos mucho.</span> — La expresión de él delató su asombro ante tal propuesta. El chico nunca se lo había planteado. Realmente nunca se había planteado muy bien qué hacer con su vida. Era un ladronzuelo, huérfano y sin muchas esperanzas de futuro, aún siendo todavía tan joven, era como si el mundo hubiera decidido su destino antes que él. Pero aquella propuesta encendió una llama en sus ojos, por un segundo, Derya pudo verla. Se quedó tan cortado ante aquella idea que no supo qué responder, seguramente se emocionó al ver como alguien podía confiar en él para algo más que para ser un joven delincuente. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Cuando crezcas un poco más, búscame, soy Derya Tyhr, soldada revolucionaria. ¡Confío en ti, chaval!</span> — Comenzó a alejarse de aquel callejón, aunque girando el tren superior de su cuerpo para seguir haciendo contacto visual con él mientras podía. Levantó el brazo en señal de despedida. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡No pierdas tu potencial robando tonterías! ¡Nos veremos!</span> — Terminó de decir, y salió corriendo en dirección a la costa norte de la isla Polestar, siguiendo las indicaciones que le habían dado. El chaval se quedó un rato aturdido por lo que acababa de pasar. Y mientras la joven se alejaba, pudo escuchar un lejano sollozo lleno de emoción.<br />
<br />
La sonrisa no se desprendió de los labios de Derya durante un buen rato. Sabía que había dejado mella, sabía lo que se sentía cuando alguien te lo hacía, ella misma lo había experimentado en sus propias carnes. Se emocionó pensando en que igual aquel pequeño gesto podría cambiarle la vida, con suerte, a mejor. ¿Y si de verdad crecía y se unía a la armada revolucionaria? Continuó corriendo, callejeando por la ciudad de Logue Town en dirección al norte. Gracias a su buen sentido de la orientación, aquello no le resultaría difícil. Ahora que había conseguido resolver el problema de hallar al gyojin Kang, le quedaba la incógnita de cómo sería aquella persona. ¿Estaría abierto a enseñarle la técnica, o tendría que luchar -metafóricamente- por convencerle? Desde luego a Derya ganas no le faltaban, haría lo que fuera por conseguirlo, ahora que había conseguido llegar tan lejos, pero su mente no dejaba de divagar imaginando diferentes escenarios posibles. Confiaba en que al ser una gyojin, aquel hombre estaría más dispuesto a enseñar sus secretos, al final el karate gyojin tenía ese nombre por un motivo, era su raza la que lo había inventado. Aunque luego se dio cuenta de que aquel niño era humano y conocía la técnica también, además de ser bastante joven. Aquello le generó muchas dudas. En su cabeza, imaginó que aquel hombre debería ser bueno y amable, lo suficiente como para ayudar a aquel chaval, como para confiar en él y enseñarle ese antiguo arte. Su curiosidad y ganas no dejaban de crecer dentro de su pecho mientras corría con ansias por la ciudad. Sentía como si el corazón se le fuera a salir del pecho, impulsado por la enorme adrenalina que el momento le provocaba.<br />
<br />
Después de una gran carrera consiguió llegar por fin a la costa norte de la isla. Menos mal que Derya andaba bien en cuanto a cardio se refería, pues le llevó algo más de tiempo de lo que había planeado. Al final era la isla más grande del East Blue por un motivo que pudo comprobar en su propia piel. Desde aquella cala podía ver varias islitas, formaciones de tierra que habían quedado desprendidas de la isla principal y que en principio nadie visitaría, pues eran demasiado irrelevantes y pequeñas. Pero una de ellas era su destino, su meta marcada. El niño le había dicho que la isla que tenía que buscar tenía forma de luna menguante, era una pista valiosa, aunque desde ahí no podía distinguir del todo bien de cuál podía tratarse. Seguramente desde el agua sería capaz de verlo mejor, o al menos eso fue lo que pensó. Cogió carrerilla, caminando unos metros hacia atrás, para acto seguido salir corriendo con potencia hacia el agua, dando un salto en el último momento, apurando la tierra que podía pisar. Se quedó suspendida en el aire por unos segundos, el viento revolviendo alocadamente sus rubios cabellos, juntó los brazos hacia abajo, preparándose para caer sobre la superficie marina en picado. Su cuerpo se hundió rápidamente en el agua, como una bala que se disparaba. Era tan refrescante, en seguida notó como su mente se despejaba. Y era curioso como la temperatura del agua nunca le molestaba, daba igual si estaba muy fría o caliente, para ella siempre era reconfortante y agradable.<br />
<br />
Cualquiera podría pensar que desde arriba sería más fácil ver la forma de la isla, pero no cuentan con el hecho de que Derya debajo del agua se movía tremendamente rápido, comparable solo a un tigre en plena carrera o a un halcón al vuelo. Fue recorriendo las islas una a una. No quería tener que dar otra vuelta a todas porque había mirado mal o no se había fijado bien, así que antes de pasar a la siguiente se aseguró de que la había rodeado y analizado bien por todos lados. Las primeras fueron fáciles de descartar, tenían más bien una forma redonda o alargada, como elipses. Ninguna parecía una luna. Ya no le quedaban demasiadas por revisar, ¿se le había pasado? Dudó por un momento, pero no. La siguiente que rodeó pudo distinguirla a la perfección. Supo reconocerlo al momento, tenía la forma prácticamente perfecta de una luna menguante, por un momento imaginó que alguien debería de haberla incluso retocado, ¿no? Quitando algunas rocas para pulirlo un poco más, aunque ya de por sí tuviera aquella forma al natural. Derya se tomó unos minutos para mentalizarse antes de salir del agua de entre las rocas. No sabía con qué se iba a encontrar, qué tipo de persona sería Kang, qué tipo de entrenamiento requerrería aquella técnica... Tenía que ser consciente de que igual aquel hombre no querría enseñarle su técnica, de que fuera un cabrón y un hijoputa. Tenía que estar preparada para el peor escenario posible, así estaría preparada para todo lo que viniera.<br />
<br />
Salió a la superficie, nadó hasta las rocas de la cala y comenzó a escalarlas con cuidado. Su piel resbalaba un poco cuando estaba mojada, no quería tropezarse. Una vez que consiguió llegar hasta arriba, le esperaba una pequeña espesura de árboles y arbustos. Era lo suficientemente densa para que desde fuera no se pudiera ver que el interior escondía un pequeño edificio. Aunque no era lo demasiado espesa como para que se tratase de un gran bosque. El tamaño de la isla tampoco permitía mucho más. Incluso podía verse cómo las gruesas raíces de los árboles sobresalían de la tierra por debajo, pues la superficie estaba saturada de todas las que había, era como si compitieran por el espacio. A pesar de eso, Derya sabía que no había pérdida, solo tenía que caminar hacia el centro. De hecho, ya comenzaba a ver lo que parecía un claro en medio de aquel paraíso verdoso. La joven salió de entre los árboles, llegando a lo que el niño le había llamado patio. Se trataba de un círculo de suelo empedrado para formar como una pequeña placita. Había muñecos de entrenamiento, tejas de madera, tejas de arcilla, y en general estaba un poco destrozada y desordenada, como si arrastrara muchos años de uso. Daba la impresión de que muchos jóvenes se habían entrenado en ese patio. A lo mejor era verdad, ¿quién lo sabía? No había señales de que el maestro Kang estuviera por allí, así que con paso despacio pero lleno de seguridad, se dirigió hacia la puerta del edificio. Era como un templo al estilo antiguo, pero bastante más pequeño que los que acostumbraba a ver. Podía ser perfectamente una casita. Estaba nerviosa como si fuera una niña pequeña, al final se estaba presentando en la casa de un desconocido sin ser invitada, pero se obligó a sí misma a disimular ese sentimiento, no podía dar aquella impresión. No de primeras. <br />
<br />
Llamó a la puerta, un par de golpecitos con los nudillos que resonaron en la estancia desde dentro, con eco. Silencio. No hubo ningún tipo de respuesta. ¿Y si no estaba en casa? Esperó un poco... empezó a incomodarse, ¿debería volver a llamar o seguir esperando? Tras mostrarse indecisa por unos segundos, llamó de nuevo, repitiendo el mismo sonido. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Hola? ¿Maestro Kang? ¿Está en casa?</span> — Se atrevió a preguntar. Había una ventana al lado, se sintió tentada a echar un ojo hacia el interior, pero no quería dar una mala impresión. Igual simplemente era mayor y no escuchaba bien. La verdad es que sabía muy poco de él, por ejemplo de su aspecto físico. Habían pasado ya unos cinco minutos desde que llamó la primera vez, así que las opciones se le iban agotando. Seguramente se trataba de eso, de que no la había escuchado, o que no estaba en casa, sino ya habría respondido. Así que llamó una tercera vez. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡¿Holaaaaa!?</span> — Esta vez aporreando la puerta con el puño. Si se trataba de una persona mayor necesitaría insistir un poco más para hacerse escuchar. Enseguida la puerta se abrió de par en par, dejando el puño de Derya en el aire a medio camino de dar otro golpe. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¡No quiero comprar nada, gracias!</span> — Y cerró de golpe otra vez. Había sido muy rápido, pero por suerte, Derya tambien era muy rápida. Metió su pie izquierdo en medio del camino de la puerta, para impedir que esta se cerrase de nuevo. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Señor, se equivoca! No vengo a venderle nada, verá...</span> — Intentaba explicarse, pero la negativa del gyojin la paralizaba un poco. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">¡Váyase de mi casa!</span> — Insistía el maestro. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡No, señor, no me iré! Llevo mucho tiempo buscándole, mi nombre es Derya, ¡quiero que me enseñe karate gyojin, señor!</span> — Derya abrió la puerta, empujandola con la mano, para que pudieran verse cara a cara. El rostro de la joven expresaba determinación, actitud, ganas, con el ceño fruncido y una pose firme. El maestro la estaba examinando de arriba abajo. Igual que ella a él. Se trataba de una persona grande, de casi tres metros, y era prácticamente igual que una tortuga marina, solo que podía caminar de pie con las dos patas traseras y vestía con un kimono. Su mirada era profunda como el mismísimo abismo marino y sintió que cuando hacían contacto visual, tenía el poder de observar su alma desnuda. El gyojin se demoró un tiempo en dar una respuesta, empezaba a producirse un silencio un poco incómodo en el que Derya no sabía si interrumpir o mantener, como si fuera una estatua. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Vale, vamos afuera.</span> — Pues sí que era calmado, el tío.<br />
<br />
Ambos salieron al patio. El gyojin tortuga se sentó en el suelo de piedra con mucha calma. Era un hombre de movimientos lentos y pausados, por cada paso que daba Derya había dado ya diez más. Pero no importaba, las prisas no eran buenas cuando se intentaba aprender. La mujer se quedó de pie frente a él. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Cómo empezamos, maestro?</span> — Kang hizo un gesto con la mano, indicándole a la ansiosa gyojin que se sentara, a lo que ella hizo caso enseguida. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Cierra los ojos, joven. Medita mientras escuchas mis palabras.</span> — Derya tenía muchas ganas de empezar con la acción, pero no iba a desafiar sus decisiones. Así que obedeció, cerrando los ojos e intentando evadirse de su plano físico. Había tanta paz en aquella isla, no se había dado cuenta hasta ahora. Era un silencio únicamente interrumpido por el sonido de las hojas de los árboles que se mecían por el viento. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">El viejo arte del karate gyojin se remonta a cientos y cientos de años atrás... Los gyojins aún no teníamos una sociedad formada, no teníamos una isla establecida, no teníamos una política... pero teníamos el karate, incrustado en nuestro ADN. Tienes que darle la importancia que se merece, no es un juego, no debe ser tomado a la ligera, y no debes enseñárselo a nadie sin la autoridad de tu maestro, que ahora soy yo. Es un tesoro que tenemos como raza y como tal, debemos cuidar de él, pulirlo con cariño, abrazarlo, respetarlo.</span> — Derya acababa de empezar un importante camino personal en ese mismo momento. El cúlmen de los luchadores de su raza. Tenía que aprenderlo con orgullo. Ambos se mantuvieron en silencio unos minutos, meditando. Derya podía sentir la enorme energía que desprendía aquel hombre tortuga, seguro que era tremendamente fuerte, incluso cuando estaba calmado. Transcurrió una media hora. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Vamos, abre los ojos y levántate.</span> — La joven hizo caso, rompiendo el estado meditativo en el que había quedado inmersa. Notaba que su espíritu se había renovado. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Estoy lista, maestro.</span> — Sus ojos rebosaban con la llama de la determinación. El gyojin asintió. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, voy a enseñarte la primera prueba que debes superar para aprender el Hyakumaigawara seiken. Ven conmigo.</span> — Ambos llegaron hasta un soporte de madera que sujetaba una plancha de madera en el aire. Era un tablón ancho y largo. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Dale un puñetazo. Pero tienes qu...</span> — El golpe que Derya le propinó a aquella tabla de madera le calló. La rompió por la mitad con un simple puñetazo, estirando todo su brazo hacia atrás para coger el impulso suficiente. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Así, maestro?</span> — Y le sonrió con una amplia sonrisa. Kang se mostró calmado cuando agarró un tablón nuevo de madera y lo colocó donde antes estaba el anterior. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, joven. Pero no me has escuchado.</span> — Aquello la avergonzó un poco, era verdad que le había interrumpido sin querer. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Tienes que darle el puñetazo sin tomar impulso con el brazo. La única distancia que se te está permitida es la longitud de tus dedos.</span> — Y le hizo una demostración. Con el mínimo impulso de su puño, le dio con tanta fuerza a aquella tabla que la partió en dos con mucha facilidad. "Está chupado", pensó la tiburona para sus adentros.<br />
<br />
Pero no, no era tan fácil. Pasaban los minutos, Kang se había ido a tomarse una infusión caliente en su casa y ella seguía intentando romper aquel maldito tablón de madera. Empezó con muchas ganas y motivación, pero con cada puñetazo fallido que daba, su ánimo se reducía un poquito más. El brazo derecho empezaba a cansársele, notaba como los músculos del antebrazo le tiraban, pero lo peor era el puño. Tenía la mano prácticamente dormida de tantos golpes que se había llevado con aquella madera. Había dejado de sentirla, como si estuviera anestesiada. La piel de los nudillos estaba empezando a pelarse, desprendiéndose de su carne, pronto comenzaría a sangrar. Las ganas y felicidad que sintió al principio empezaban a transformarse en ira, rabia. Aquello la ayudaba, pues daba puñetazos más fuertes, cada vez más potentes. Dejaba escapar un grito cada vez que propinaba uno de aquellos puñetazos, para no perder los ánimos. Miró hacia el cielo un momento, el sol estaba ya descendiendo lo que indicaba que sería entrada la tarde. No había comido nada desde aquel zumo de naranja en la plaza, pero no le importaba. Estaba tan centrada que ni si quiera tenía hambre.<br />
<br />
Continuó dando puñetazos sin parar hasta que oscureció. Por suerte, la visión nocturna de Derya no le impedía continuar con su entrenamiento. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Toma, te he traído un poco de arroz. Descansa un rato, es vital para la lucha.</span> — Kang le había traído un pequeño cuenco con arroz blanco y brotes de soja. Derya no quería, sentía que pronto podría conseguirlo y quería aprovechar al máximo el tiempo. Pero es verdad que se moría de hambre, y que se le había quedado dormido el brazo entero hasta el hombro. Cogió el cuenco que tan amablemente le había preparado su maestro y se sentó en el suelo para comérselo, también le había traído palillos. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">Gracias, maestro.</span> — Agachó la cabeza en señal de respeto. El gyojin tortuga, después de despedirse de ella, se retiró a su habitación. Le había indicado que ella podría disponer de un petate para echarse a dormir donde quisiera. Se veía que no era la primera vez que acogía a alguien en su casa. Derya sonreía mientras pensaba en ello, saboreando aquel arroz con soja como si fuera el mejor manjar que había probado nunca. La comida sabía siempre tan bien después de entrenar. Intentó no comer con demasiada prisa. Tenía que apreciar bien ese momento. Se recostó un poco mientras masticaba con calma, mirando las estrellas. El cielo estaba plagado de lucecitas blancas. Había hablado con su grupo que aquello le costaría solo un día... bueno, tendrían que esperarla un poco más de lo previsto. Con suerte no habrían destruído otra base marine en su ausencia o algo así, parecía que les estaba pillando el gusto. Aquella noche no tenía pensado dormir, esperaba poder quedarse en vela practicando, pero la migraña estaba empezando a atravesarle el cerebro. Si no descansaba un poco en el mar no podría seguir, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento, entre el dolor que sentía en la mano y el dolor de la cabeza. Así que esa noche durmió con los peces, como ya estaba acostumbrada.<br />
<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, Derya calculó que serían las cinco de la mañana pues el sol aún ni había salido, la gyojin se encontraba entrenando otra vez. Sería imposible describir el estado físico que tenía ese puño, con los nudillos llenos de sangre y un color violeta y rojizo. Incluso estaba un poco inflamado. Pero Derya ya había asimilado el dolor. Lo había abrazado y aceptado, como si fuera una extensión de su cuerpo. Se mentalizó para engañarse a sí misma y aceptar ese dolor como placer. Empezaba a gustarle sentir esa sangre saliendo de su mano. ¿Acabaría aquello desembocando en un gusto por el sadomasoquismo? Quién sabe, nunca digas que no. Fue en una de estas que el tablón se rompió en mil pedazos. Derya estaba tan en modo automático que por un momento ni se dio cuenta de que lo acababa de conseguir. Su cuerpo se quedó paralizado, incrédulo completamente. Lo primero que hizo fue gritar. Un grito de pura celebración, no se lo podía ni creer. El maestro Kang al escuchar su alboroto salió al patio con ella. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Muy bien, joven. Lo has conseguido muy rápido.</span> — ¿Aquello había sido rápido? ¿Cuánto tiempo le habría costado al niño conseguirlo? Acababa de pensar en ello, ¿el niño había hecho ese entrenamiento también? Vaya paliza. Derya fue corriendo a abrazarle, pero se detuvo a medio camino. Igual era sobrepasar un poco los límites. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¿Qué es lo siguiente, maestro?</span> — Aquella victoria la había llenado de adrenalina, ahora mismo podría romper un tren con sus propias manos si se lo proponía solo por la fuerza de su motivación. El gyojin tortuga se giró para agarrar del suelo una teja, típica de cualquier tejado normal, y la colocó en otro soporte especial para adoptar la forma de la pieza de cerámica. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora vas a intentar romper esto. Con la otra mano. Si lo consigues, habrás aprendido la técnica del verdadero golpe de las cien tejas.</span> — El desafío era ciertamente difícil. La joven frunció el ceño y apretó los dientes. Lo iba a conseguir. Lo sabía. No había llegado tan lejos para quedarse ahí. <br />
<br />
Tardó otro día más de sufrimiento y dolor para conseguir romper la teja con el otro brazo. El maestro Kang le acompañaba de forma ocasional, vigilando y dándole directrices para controlar y colocar mejor el brazo. Golpeaba con el puño izquierdo en esa ocasión, que no era su brazo dominante, así que aquella ayuda le vino de perlas. Derya sintió como el lazo con su maestro se estrechaba. La verdad es que la actitud de la joven era ejemplar, nunca puso pegar a nada de lo que Kang le decía, no ponía una mala cara, tampoco una mala palabra. Estaba tan agradecida por poder aprender lo que estaba aprendiendo. Tenía una personalidad ideal para aguantar todo el peso que le pusieran encima. Finalmente lo consiguió. Rompió la teja de cerámica y esta vez sí que abrazó a su maestro con toda la fuerza que aún le quedaba. Su maestro soltó una pequeña risita de asombro por la efusiva reacción de la muchacha. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Queda la guinda final, joven.</span> — Derya se apartó un poco de él, atenta a lo que le tuviera que decir. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Dame un puñetazo. Con todas tus fuerzas, mientras gritas el nombre de tu nuevo movimiento.</span> — Aquello la sorprendió un poco, le sabía mal tener que emplear la técnica contra su maestro. Pero el gyojin tortuga hablaba con tanta confianza, que estaba segura de que podría aguantar su golpe. De hecho, seguro que no era la primera vez que hacía eso con un discípulo. Así que no puso objeciones. Dio un paso hacia atrás, cogió impulso con el brazo y... — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Hyakumaigawara seiken!</span> — Su puño impactó contra el estómago de su maestro. El gyojin tortuga tuvo que poner una pierna hacia atrás para no perder el equilibrio, pero no se movió mucho más. Sin embargo, todo lo que había detrás y cerca de él salió volando con sorprendente impulso y fuerza, como si un huracán los hubiera arrastrado. La joven se quedó un poco expectante, no sabía si lo había hecho bien, porque la reacción física del maestro Kang fue poca. Pero entonces sonrió, y echó una carcajada que le hizo inclinar su cuerpo hacia atrás. Derya dejó salir una risita también. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Bien hecho, joven. Tienes mucho potencial.</span> — La tiburona casi sintió que se le iba a escapar una lagrimilla. Pero la contuvo, no podía permitirse parecer débil. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Ahora vete a descansar. Vuelve a verme cuando quieras, creo que aún tengo algo que puedo enseñarte...</span> — Derya recogió sus cosas. — <span style="color: #FF857A;" class="mycode_color">¡Sería un honor, maestro! Ha sido todo un placer, te lo agradezco de corazón.</span> — Sentía que el corazón se le saldría del pecho.<br />
<br />
Se despidieron con efusividad, con la promesa de volver a verse. Cuando Derya estuvo a punto de saltar al mar para volver, el maestro Kang le hizo una última pregunta. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Oye, Derya... ¿Quién te dijo dónde encontrarme?</span> — Uy, le había pillado. Derya había prometido no desvelar a su nuevo amigo, así que se quedó callada un momento, sin saber qué decir. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">Fue Conroy, ¿verdad? Un niño de pelo rojo que no para quieto.</span> — La respuesta de Derya fue sonreír y encogerse de hombros. — <span style="color: #008E02;" class="mycode_color">No puedes decírmelo, ¿no? Vale, vale. Venga anda, vete ya.</span> — Y se echó a reír, igual que ella. Volvieron a despedirse con un gesto de la mano y Derya saltó al mar mientras la risa de su maestro aún resonaba en su mente.</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[La gran ciudad [Presente relativo]]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=282</link>
			<pubDate>Tue, 12 Sep 2023 10:16:39 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=48">Max D. Bambú</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=282</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Día 8 // Año 11 // Primavera // 13:30</span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">
Don Bambú estaba tirado en la cubierta del barco, cerca de la proa, con un cigarrillo encendido en la boca y gafas de sol. Estaba descansando después de que Derya le dijese que el viento estaba perfecto y que no era necesario mover más las velas para llegar al destino, que debía de estar relativamente cerca. Mientras el humo del tabaco le embriagaba y deterioraba sus pulmones, el panda recordaba los acontecimientos de Villa Foosha. Había sido un baño de sangre, pero habían logrado rescatar a numerosos civiles y dejarlos a salvo en una isla de camino. Villa Foosha tardaría mucho en recuperarse, pero también tardaría la marina, que había sufrido un duro golpe en sus filas. La guardia real no tanto, pero no todo podía salir bien para los revolucionarios. Los días pasaron con los cuatro revolucionarios en aquella embarcación. Don Bambú seguía sin tragar a Kovashi, pero se llevaba bien con Derya y con Khruner, que poco a poco parecía ir recordando que él no era su primo Richar. El viento empezó a darle en la cara. Era una brisa agradable, propia de la primavera, que no resultaba fría ni agobiante. Cuando consideró que había descansado lo suficiente, se irguió y arrojó los restos del cigarrillo al mar infinito. Se levantó para irse a su camarote a leer un rato, pero a medio camino se detuvo en seco, mirando al horizonte. Se podía ver, muy muy lejos todavía, pero se podía ver. Allí estaba. Inmensa como era, pero aparentemente minúscula, Loguetown. La ciudad más importante del East Blue y donde sin duda habría más aventuras que en muchos otros sitios. Lo que no ocurriera en Loguetown no ocurriría en otras ciudades del mar del este. Don Bambú se apoyó en el borde del barco, en la proa, que le quedaba más o menos por la cintura y se bebió aquella vista con los ojos. —<span style="color: #2ecc40;" class="mycode_color">Derya, tenemos tierra a la vista.</span> —La avisó. No estaba muy lejos del timón, donde solía estar la gyojin. Así que seguramente podría escucharle. —<span style="color: #2ecc40;" class="mycode_color">Pero aún está a tomar por culo. ¿Necesitas ayuda con algo?</span> —Y miró en dirección al timón, a ver qué le decían.</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Día 8 // Año 11 // Primavera // 13:30</span></div>
<div style="text-align: justify;" class="mycode_align">
Don Bambú estaba tirado en la cubierta del barco, cerca de la proa, con un cigarrillo encendido en la boca y gafas de sol. Estaba descansando después de que Derya le dijese que el viento estaba perfecto y que no era necesario mover más las velas para llegar al destino, que debía de estar relativamente cerca. Mientras el humo del tabaco le embriagaba y deterioraba sus pulmones, el panda recordaba los acontecimientos de Villa Foosha. Había sido un baño de sangre, pero habían logrado rescatar a numerosos civiles y dejarlos a salvo en una isla de camino. Villa Foosha tardaría mucho en recuperarse, pero también tardaría la marina, que había sufrido un duro golpe en sus filas. La guardia real no tanto, pero no todo podía salir bien para los revolucionarios. Los días pasaron con los cuatro revolucionarios en aquella embarcación. Don Bambú seguía sin tragar a Kovashi, pero se llevaba bien con Derya y con Khruner, que poco a poco parecía ir recordando que él no era su primo Richar. El viento empezó a darle en la cara. Era una brisa agradable, propia de la primavera, que no resultaba fría ni agobiante. Cuando consideró que había descansado lo suficiente, se irguió y arrojó los restos del cigarrillo al mar infinito. Se levantó para irse a su camarote a leer un rato, pero a medio camino se detuvo en seco, mirando al horizonte. Se podía ver, muy muy lejos todavía, pero se podía ver. Allí estaba. Inmensa como era, pero aparentemente minúscula, Loguetown. La ciudad más importante del East Blue y donde sin duda habría más aventuras que en muchos otros sitios. Lo que no ocurriera en Loguetown no ocurriría en otras ciudades del mar del este. Don Bambú se apoyó en el borde del barco, en la proa, que le quedaba más o menos por la cintura y se bebió aquella vista con los ojos. —<span style="color: #2ecc40;" class="mycode_color">Derya, tenemos tierra a la vista.</span> —La avisó. No estaba muy lejos del timón, donde solía estar la gyojin. Así que seguramente podría escucharle. —<span style="color: #2ecc40;" class="mycode_color">Pero aún está a tomar por culo. ¿Necesitas ayuda con algo?</span> —Y miró en dirección al timón, a ver qué le decían.</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Presente Relativo] Bienvenidos a Loguetown, el Alfa y el Omega.]]></title>
			<link>https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=89</link>
			<pubDate>Wed, 09 Aug 2023 19:22:21 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://nakamanomi.com/member.php?action=profile&uid=29">Terence Blackmore</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=89</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #666666;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="font-family: Georgia;" class="mycode_font">17:21 Día 1 del año 11, Primavera</span></span></span></span></div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="color: #666666;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="font-family: Georgia;" class="mycode_font">Loguetown</span></span></span></span></div>
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">El buque en el que nos encontrábamos era grande, lo que provocaba que por sus enormes dimensiones apenas se notara el vaivén del oleaje agitando su casco de no ser cómo ocasionalmente las velas prendidas en los candelabros que decoraban la estancia del salón restaurante se mecían por acción física ligeramente a los laterales.<br />
</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Acompañar a estos dos muchachos, Legan y Mihasy era algo que todavía me sorprendía tras aquél inicial encuentro en el restaurante itinerante llamado Barolé, pero lo cierto es que habían generado suficiente atención como para querer conocer más de ellos mientras podía realizar aún mi agenda, aunque no terminaba de hacerme del todo a esa sensación de aparente compañerismo. Los vínculos son algo que usualmente genera vulnerabilidad, y aunque todavía no podía nombrarlos como tal, me sorprendí a mi mismo utilizando esa palabra para definirlos.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Legan era un hombre cuya perspicacia era solo equiparable a su cercanía, a veces incómoda, y a su enorme envergadura física. Era paciente y bonachón, aunque a veces excesivamente competitivo, algo que producía cierta disrupción conmigo.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Por otro lado, Mihasy era callado, frío como un témpano y de apego evitativo, lo cual era mucho más cómodo para mí, aunque sentía que desconfiaba de mi constantemente. Probablemente era algo motivado por algún tipo de hecho no evidenciable del pasado, pero todo lo que yo tenía eran simples conjeturas.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">A estas alturas no es un crimen reconocer lo mucho que me gusta tasar a los diamantes en bruto que pueden llegar a encontrarse ¿No?</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Esta duda empezaba a invadir mi mente, pero tal cual solía hacer, la aparté de mis pensamientos de manera forzosa orientándome en repasar mentalmente el mapa mental que tenía de la ciudad algo que, probablemente estuviera totalmente discordante con la realidad, pero que al menos provocaba tener una corriente de pensamientos ordenados con los cuales podría conseguir mis objetivos desde una perspectiva más práctica.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Proferí un último y carnívoro bocado al solomillo que perecía ante mi presencia, que desde fuera podía atisbarse como si comiera papel, pues pocas cosas podían palidecer el estoico gesto perenne en mi mirada, que analizaba con la curiosidad de un niño, pero el semblante de un anciano todo lo que sucedía en la cercanía.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Según terminé mi nutrición, coloqué los cubiertos de forma protocolaria, y me levanté de la mesa, ajustando una corbata blanca que resaltaba sobre la camisa rayada en patrones morados y negros que, a su vez, estaba arremangada sobre sendos antebrazos, y que a su vez combinaba con un chaleco de tono gris marengo, y combinado con unos pantalones de traje también negros y rematado por unos botines oscuros con unas pequeñas espuelas de tono metálico.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Al tiempo que esto sucedía, no pude evitar mirar a algunos de los ilustres comensales que nos acompañaban: un extraño pollo decrépito de forma antropomórfica que cacareaba mientras engullía algo similar a cereales, un aldeano ciego con un perro viejo que gruñía de forma ahogada, que bebía mientras se relajaba, y un grupo de soldados provenientes de algún reino cercano, donde algunos aún portaban sus cascos y otros los reposaban encima de la mesa o el suelo.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">- <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">“¿Es esto un restaurante o una granja?”</span> - comenté de pasada a uno de los camareros que se cruzaba en mi camino, al tiempo que le detenía poniendo el brazo izquierdo en horizontal tras verle cruzar el umbral del pórtico que yo me disponía a atravesar para abandonar el lugar.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">La atónita mirada del señor al que había detenido lo decía todo, uno de esos idealistas que cree que todos somos iguales y que existe una igualdad de oportunidades entre todos. Otro necio que no entiende que la vida no es más que una enorme y funesta pieza musical dirigida por unos pocos y que el fin último del ser humano es ser el director de esta orquesta infernal y guiarla hacia los propios objetivos.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Otra persona totalmente irrelevante ante el mundo. Tristemente y ofreciéndole una mirada vaga, casi triste incluso, cesé en el gesto de mi brazo y le dejé continuar con sus quehaceres laborales, sintiendo lástima por otro esclavo que jugaba a no serlo.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Tras dejar el lugar, paseé por un corto corredor oscurecido por la falta de ventanas en dirección a la cubierta del navío, ajustándome la ropa y dando grandes zancadas en mis pasos firmes y henchidos de decisión.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">En cierto modo, la piratería representaba muchas cosas incontrolables y a menudo carentes de sentido, pero, por otro lado, el ideal de libertad absoluta que ofrecía contrastaba firmemente con la idea de ser un esclavo voluntario. No eran un compendio de subnormales con ideas irreales decorados con piruleta como resultaba ser la Facción Revolucionaria de la que ocasionalmente se podía saber en los periódicos, aunque algunos si exploraban ese conjunto de niñerías acerca de los sueños.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Fútil, irremediablemente. En este mundo solo existen dos tipos de individuos, la masa manipulable y los gobernadores, y cualquier otro pensamiento era fruto de un autosabotaje por parte del incauto que buscara contentarse con pueriles ideales.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">El reconocible sonido de los Den Den Mushi altavoces que se situaban en algunos puntos del buque perturbó mi pensamiento y, en silencio lo agradecí por no iniciar una nueva espiral de odio gratuito.  </span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">- </span><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #888888;" class="mycode_color">“Pasajeros, en dos minutos llegaremos al puerto de Loguetown. Recuerden revisar sus pertenencias y esperamos hayan tenido un buen viaje”</span></span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">- comentó una voz computarizada a lo largo del barco.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Mientras cesaba mi paseo y llegaba finalmente a la cubierta para encontrar al discreto Mihasy y al campechano Legan, me acerqué a ellos e intervine en su conversación, interrumpiendo ligeramente e intenté adaptarme a su lenguaje más cordial, algo que hacía casi ya de manera pasiva tratando de disimular mi estoicidad.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">- <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">“Bueno… ¿Qué tipo de aventuras esperáis de esta gran ciudad?” </span>- comenté, al tiempo que, de manera pasiva, comenzaba a juguetear en mi mano derecha con un pequeño dado de color negro con los números en punto rojo que había tomado por prestado en una de nuestras aventuras pasadas por el mero hecho de serme visualmente y tangiblemente agradable.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">- <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">“Yo tengo un…asunto que tratar y me llevará a la parte oeste de la ciudad. ¿Dónde os encontraré luego?”</span> - continué, sonriente y ocioso al tiempo que lanzaba el dado al aire y lo tomaba de un rápido movimiento de nuevo en mi mano.<br />
<br />
En cierto modo era real, pues sentía cierta curiosidad e inquietud dentro de mi. ¿Qué sucederá en esta gargantuesca ciudad?.<br />
</span></span></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #666666;" class="mycode_color"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="font-family: Georgia;" class="mycode_font">17:21 Día 1 del año 11, Primavera</span></span></span></span></div>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="color: #666666;" class="mycode_color"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: 'Open Sans', Arial, Tahoma, sans-serif;" class="mycode_font"><span style="font-family: Georgia;" class="mycode_font">Loguetown</span></span></span></span></div>
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">El buque en el que nos encontrábamos era grande, lo que provocaba que por sus enormes dimensiones apenas se notara el vaivén del oleaje agitando su casco de no ser cómo ocasionalmente las velas prendidas en los candelabros que decoraban la estancia del salón restaurante se mecían por acción física ligeramente a los laterales.<br />
</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Acompañar a estos dos muchachos, Legan y Mihasy era algo que todavía me sorprendía tras aquél inicial encuentro en el restaurante itinerante llamado Barolé, pero lo cierto es que habían generado suficiente atención como para querer conocer más de ellos mientras podía realizar aún mi agenda, aunque no terminaba de hacerme del todo a esa sensación de aparente compañerismo. Los vínculos son algo que usualmente genera vulnerabilidad, y aunque todavía no podía nombrarlos como tal, me sorprendí a mi mismo utilizando esa palabra para definirlos.</span></span></span><br />
<br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Legan era un hombre cuya perspicacia era solo equiparable a su cercanía, a veces incómoda, y a su enorme envergadura física. Era paciente y bonachón, aunque a veces excesivamente competitivo, algo que producía cierta disrupción conmigo.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Por otro lado, Mihasy era callado, frío como un témpano y de apego evitativo, lo cual era mucho más cómodo para mí, aunque sentía que desconfiaba de mi constantemente. Probablemente era algo motivado por algún tipo de hecho no evidenciable del pasado, pero todo lo que yo tenía eran simples conjeturas.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">A estas alturas no es un crimen reconocer lo mucho que me gusta tasar a los diamantes en bruto que pueden llegar a encontrarse ¿No?</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Esta duda empezaba a invadir mi mente, pero tal cual solía hacer, la aparté de mis pensamientos de manera forzosa orientándome en repasar mentalmente el mapa mental que tenía de la ciudad algo que, probablemente estuviera totalmente discordante con la realidad, pero que al menos provocaba tener una corriente de pensamientos ordenados con los cuales podría conseguir mis objetivos desde una perspectiva más práctica.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Proferí un último y carnívoro bocado al solomillo que perecía ante mi presencia, que desde fuera podía atisbarse como si comiera papel, pues pocas cosas podían palidecer el estoico gesto perenne en mi mirada, que analizaba con la curiosidad de un niño, pero el semblante de un anciano todo lo que sucedía en la cercanía.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Según terminé mi nutrición, coloqué los cubiertos de forma protocolaria, y me levanté de la mesa, ajustando una corbata blanca que resaltaba sobre la camisa rayada en patrones morados y negros que, a su vez, estaba arremangada sobre sendos antebrazos, y que a su vez combinaba con un chaleco de tono gris marengo, y combinado con unos pantalones de traje también negros y rematado por unos botines oscuros con unas pequeñas espuelas de tono metálico.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Al tiempo que esto sucedía, no pude evitar mirar a algunos de los ilustres comensales que nos acompañaban: un extraño pollo decrépito de forma antropomórfica que cacareaba mientras engullía algo similar a cereales, un aldeano ciego con un perro viejo que gruñía de forma ahogada, que bebía mientras se relajaba, y un grupo de soldados provenientes de algún reino cercano, donde algunos aún portaban sus cascos y otros los reposaban encima de la mesa o el suelo.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">- <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">“¿Es esto un restaurante o una granja?”</span> - comenté de pasada a uno de los camareros que se cruzaba en mi camino, al tiempo que le detenía poniendo el brazo izquierdo en horizontal tras verle cruzar el umbral del pórtico que yo me disponía a atravesar para abandonar el lugar.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">La atónita mirada del señor al que había detenido lo decía todo, uno de esos idealistas que cree que todos somos iguales y que existe una igualdad de oportunidades entre todos. Otro necio que no entiende que la vida no es más que una enorme y funesta pieza musical dirigida por unos pocos y que el fin último del ser humano es ser el director de esta orquesta infernal y guiarla hacia los propios objetivos.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Otra persona totalmente irrelevante ante el mundo. Tristemente y ofreciéndole una mirada vaga, casi triste incluso, cesé en el gesto de mi brazo y le dejé continuar con sus quehaceres laborales, sintiendo lástima por otro esclavo que jugaba a no serlo.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Tras dejar el lugar, paseé por un corto corredor oscurecido por la falta de ventanas en dirección a la cubierta del navío, ajustándome la ropa y dando grandes zancadas en mis pasos firmes y henchidos de decisión.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">En cierto modo, la piratería representaba muchas cosas incontrolables y a menudo carentes de sentido, pero, por otro lado, el ideal de libertad absoluta que ofrecía contrastaba firmemente con la idea de ser un esclavo voluntario. No eran un compendio de subnormales con ideas irreales decorados con piruleta como resultaba ser la Facción Revolucionaria de la que ocasionalmente se podía saber en los periódicos, aunque algunos si exploraban ese conjunto de niñerías acerca de los sueños.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Fútil, irremediablemente. En este mundo solo existen dos tipos de individuos, la masa manipulable y los gobernadores, y cualquier otro pensamiento era fruto de un autosabotaje por parte del incauto que buscara contentarse con pueriles ideales.</span></span></span><br />
<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">El reconocible sonido de los Den Den Mushi altavoces que se situaban en algunos puntos del buque perturbó mi pensamiento y, en silencio lo agradecí por no iniciar una nueva espiral de odio gratuito.  </span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">- </span><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #888888;" class="mycode_color">“Pasajeros, en dos minutos llegaremos al puerto de Loguetown. Recuerden revisar sus pertenencias y esperamos hayan tenido un buen viaje”</span></span><span style="color: #444444;" class="mycode_color">- comentó una voz computarizada a lo largo del barco.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">Mientras cesaba mi paseo y llegaba finalmente a la cubierta para encontrar al discreto Mihasy y al campechano Legan, me acerqué a ellos e intervine en su conversación, interrumpiendo ligeramente e intenté adaptarme a su lenguaje más cordial, algo que hacía casi ya de manera pasiva tratando de disimular mi estoicidad.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">- <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">“Bueno… ¿Qué tipo de aventuras esperáis de esta gran ciudad?” </span>- comenté, al tiempo que, de manera pasiva, comenzaba a juguetear en mi mano derecha con un pequeño dado de color negro con los números en punto rojo que había tomado por prestado en una de nuestras aventuras pasadas por el mero hecho de serme visualmente y tangiblemente agradable.</span></span></span><br />
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<span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color"><span style="font-family: serif;" class="mycode_font">- <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">“Yo tengo un…asunto que tratar y me llevará a la parte oeste de la ciudad. ¿Dónde os encontraré luego?”</span> - continué, sonriente y ocioso al tiempo que lanzaba el dado al aire y lo tomaba de un rápido movimiento de nuevo en mi mano.<br />
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En cierto modo era real, pues sentía cierta curiosidad e inquietud dentro de mi. ¿Qué sucederá en esta gargantuesca ciudad?.<br />
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