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[Pasado] Hacia la libertad - Versión para impresión

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[Pasado] Hacia la libertad - Varoganchin - 06-10-2025

Día 70 de Primavera, Año 16.
Reino de Samba, Puerto de la capital.

Ya se puede sentir. Cada vez está más cerca. Lo que más detesto, si dejamos a un lado la gente que no sabe apreciar lo que tiene. La peor época del año, sin duda. Una en la que el calor me asfixia, hasta tal punto que noto como mi tupido pelaje comienza a clarear, como un bosque bajo el influjo de los leñadores. Pero el calor no es lo peor, no. Los días son más largos, o lo que es lo mismo, las noches más cortas. Noches en las que recorro las calles de la zona alta en busca de mi siguiente golpe. Noches llenas de oscuridad, de sombras en las que me siento como en casa, si es que alguna vez la tuve.


Llevo unos días sin muchos encargos en el taller. La ciudad ha estado algo movida en las últimas semanas y la gente está un poco intranquila. Nadie se fía de llevar sus reliquias familiares a restaurar, no porque desconfíen del anticuario, no, mi tienda cuenta con una buena reputación. Pero nadie en su sano juicio quiere pasear sus objetos más valiosos cuando hay ladrones al acecho. Y las últimas llegadas a la isla no han favorecido esta situación. Cada vez se oye más acerca de diferentes crímenes: animales que aparecen muertos, robos en grandes mansiones, e incluso alguna que otra muerte. No entiendo qué se estará cociendo en la ciudad, pero parece que algo bueno está por venir.


Paseo por el paseo marítimo junto al puerto. El mar está tranquilo y la brisa no solo refresca el ambiente, sino que también mece a los barcos que permanecen amarrados, creando así una hermosa estampa en la que las embarcaciones danzan al compas de sus campanas, al igual que lo hace la gente de esta isla. Mi mirada se posa en cada uno de los transeúntes, en busca de algún incauto que lleve demasiado llenos los bolsillos y demasiado expuesta la cartera. Pero no parece que hoy vaya a ser mi día de suerte. Solo me cruzo con marineros cansados que acaban de llegar de faenar toda la noche. Gente demasiado cansada ni tan si quiera como para cargar una bolsa llena de monedas.


Avanzo por el embarcadero. Las maderas crujen bajo mi s pies, como si buscasen alertar de mi presencia a cualquiera que pudiera estar en cualquiera de las direcciones, como si de una extraña suerte de alarma se tratase. Llego hasta el final, donde solo se encuentra un cubo metálico que hace tiempo que perdió la batalla contra el óxido, una cuerda enrollada restos de alguna red que ha alcanzado la jubilación. Y frente a mi, el mar. Extenso, amplio. Con promesas de una vida mejor, para aquellos que puedan surcarlo. Con siglos de historia por descubrir y toda una vida para forjar la mía. Pero eso no es para mi, no mientras siga bajo las órdenes de la familia Reena.


Me siento sobre el borde del embarcadero, mis piernas colgando como lo hace mi destino. Bajo la mirada hasta el cubo para descubrir lo que contiene; conchas marinas.


—Parece que no soy el único que está en un lugar que no le corresponde, ¿verdad?

Meto la mano en el cubo y cojo algunas de las conchas. Comienzo a lanzarlas una a una al mar, con fuerza, como si intentase devolverles el tiempo que han perdido en este cubo, como si quisiera que recorriesen ellas el mundo que yo no voy a poder recorrer. Y pongo toda mi rabia en ello. Lanzo una y otra vez, pensando si alguien hará por mi esto mismo algún día.



RE: [Pasado] Hacia la libertad - Melina - 06-10-2025

Sol radiante, brillante y resplandeciente, se alzaba por todo lo alto demostrando que solo él era el astro rey, el gobernante de los cielos en el diurno, las olas golpeaban constantemente contra la arena, dejando aquella sinfonía característica sobre la arena, la espuma revoloteaba antes de desaparecer y volver hacer aquel constante vaivén majestuoso. Mel Mel, podría pasar horas describiendo lo hermoso que miraba el mar desde afuera, observando como las olas protagonizaban una danza única, siguiendo un compás que solo oídos expertos podrían apreciar.

Mel como siempre se la pasaba revoloteando por el mar, cerca de las embarcaciones, de hecho había adoptado una pequeña rutina, colocar en un balde bastante oxidado la verdad, varias conchas las cuales después se la mostraba a Worick, para que este pudiera hacer su magia, al menos así lo decía ella, en varias ocasiones llevaba almejas que contenían perlas y resultaba ser una grandiosa "pesca" Claro que muchas otras veces simplemente quería mostrarle conchas marinas hermosas.


Había pasado ya una hora desde que subió a la superficie, estaba un poco indecisa en el lecho marino, observando un par de conchas, ladeo su rostro levemente enarcando la ceja, su expresión era clara "duda" ¿Cuál sería mejor? Normalmente mientras mas radiante mejor, pero a veces preferían unas mas sencillas de un color blanco pálido; así pues tras tomar su decisión tomo ambas. Al cabo de 20 minutos ya contaba con una buena cantidad por lo que nado hacia arriba saludando algunos peces que pasaban junto a ella.


Algo curioso cuando mucho, al estar cerca de la superficie se percata de algo inusual, algo caía deslizándose hacia el fondo marino ¿Eso era? Melina avanzo moviendo su cola apareciendo levemente a un costado notando como una persona tiraba las conchas, inflo sus mejillas con cierto enojo ¡Se había esforzado mucho! ¡Y las estaba tirando así sin mas!

La mujer avanza hacia el muelle dejando aquel montoncito de conchas a un lado para así hundirse nuevamente y aparecer frente al ajeno con una expresión de pocos amigos en su rostro cruzando sus brazos. Ahí yacía aquella criatura marina de tez perlada con largos cabellos blancos, además de un par de particulares orejas asomándose sobre aquella cascada blanca, sus ojos rosáceos estaban fijos en el opuesto, incapaz de si quiera replicarle lo miraba con enojo, además de un puchero claro dibujado en ella.


RE: [Pasado] Hacia la libertad - Varoganchin - 11-11-2025

El sonido del agua cambió.
No fue el vaivén usual del mar ni el crujido de las maderas del embarcadero; fue algo más abrupto, un chapoteo con intención. Bajé la mirada justo a tiempo para ver cómo el reflejo de la superficie se partía en dos y algo emergía del mar.

Por un momento creí que el calor me estaba jugando una mala pasada. Pero no —había alguien ahí. Una figura menuda, perlada por el reflejo del sol, que me observaba con una mezcla de sorpresa y enojo.

—¿Qué demonios…? —susurré entre dientes.

La silueta se definió un poco más. No era humana, o no del todo. El cabello, tan blanco que competía con la espuma; la piel, pálida como el interior de una concha; y esa expresión… una indignación tan sincera que rozaba lo cómico.

No dijo nada, pero bastó la mirada. Esa mirada de quien acaba de ver cómo alguien pisa el jardín que ha cuidado toda una vida.

Seguí la dirección de sus ojos y entonces lo entendí.

El cubo.

Las conchas.

Ah.

Me rasqué la nuca, incómodo, mientras el aire marino se me enredaba en el pelaje. No tenía excusa decente, más allá de mi impulso de lanzarlas al mar como quien devuelve algo a su origen. Pero por la forma en que me miraba, aquello debía equivaler a un sacrilegio.

—Supongo que eran tuyas —murmuré, sin estar seguro de si me escucharía.

Silencio. Solo el rumor del agua.

Me crucé de brazos y respiré hondo. No era habitual que alguien me sorprendiera en mitad de mis desvaríos poéticos, y menos una criatura salida del océano con rostro de pocos amigos.

Intenté parecer sereno, aunque la situación bordeaba lo absurdo.

Allí estaba yo, un ladrón vestido de anticuario, disculpándome mentalmente con… bueno, con quien fuera.

El viento trajo un olor salado, limpio, y me di cuenta de que la figura seguía ahí, quieta, como si esperara una explicación.

—No pretendía ofender —dije finalmente, lo bastante alto para que el mar no se tragara mis palabras—. Pensé que estaban abandonadas.

Hubo un leve cambio en su expresión, algo entre la sorpresa y la duda. No me respondió, pero tampoco se marchó. Y eso, viniendo de alguien con acceso ilimitado al océano, ya era algo.

Me senté de nuevo sobre el muelle, dejando que mis piernas colgaran sobre el vacío. No sabía si aquello era prudente, pero los modales se me imponían incluso en los momentos menos oportunos.

—No suelo tener buena relación con el mar —añadí, más para llenar el silencio que otra cosa—. Siempre acaba devolviéndome lo que intento olvidar.

Ella ladeó ligeramente la cabeza, aunque sin perder la seriedad. Me observaba con atención, como si midiera la verdad de mis palabras. No supe si por curiosidad o simple desconcierto.

La luz del sol comenzaba a inclinarse, dorando las tablas del muelle y tiñendo de cobre el reflejo de las olas. El ambiente tenía esa calma engañosa que precede al atardecer.

Yo, mientras tanto, me sentía ridículo. Un adulto, hablando con una criatura marina por un puñado de conchas. Pero había algo en todo aquello que me impedía irme. Tal vez era el modo en que ella defendía algo tan simple, tan nimio, con tanta convicción.

Un pensamiento incómodo me cruzó la mente: quizás eso era lo que yo había perdido hacía tiempo. Inspiré despacio, evitando el contacto directo con el aire húmedo. Siempre he desconfiado de los lugares donde el agua se estanca o se agita demasiado; la humedad trae enfermedades, y las enfermedades, compañía no deseada. Me limpié las manos con un pañuelo antes de tocar de nuevo el borde del muelle. Viejas manías. Al mirar al frente, la criatura seguía allí, todavía observándome. No había hostilidad en su expresión, solo una especie de escrutinio tranquilo.
—Eran hermosas, por cierto —dije al fin, sin apartar la vista del horizonte—. Las conchas. Supongo que no las merecía.
El mar respondió con un leve oleaje, casi un suspiro.
Me puse en pie, sacudiendo el polvo de mis pantalones. No había mucho más que pudiera decir sin sonar más culpable de lo que ya me sentía. Pero antes de marcharme, miré hacia el cubo vacío. Una sola concha había quedado a un lado, olvidada. La recogí con cuidado, sin llegar a tocarla con los dedos desnudos, y la dejé sobre el borde del muelle, a medio camino entre el mar y la tierra.
—Ahí tienes una de vuelta —murmuré.
No esperé respuesta. Simplemente giré sobre mis talones y empecé a andar de regreso al paseo, mientras el sonido de las olas me seguía, suave, insistente. Durante unos metros creí oír movimiento en el agua, un chapoteo breve, como si alguien hubiese recogido lo que dejé atrás. No miré. No hacía falta.

Ya había comprendido que, a veces, incluso los ladrones pueden aprender algo sobre el valor de lo que tiran al mar.