06-10-2025, 09:58 AM
(Última modificación: 06-10-2025, 10:51 AM por Varoganchin.
Razón: Edición del título
)
Día 70 de Primavera, Año 16.
Reino de Samba, Puerto de la capital.
Reino de Samba, Puerto de la capital.
Ya se puede sentir. Cada vez está más cerca. Lo que más detesto, si dejamos a un lado la gente que no sabe apreciar lo que tiene. La peor época del año, sin duda. Una en la que el calor me asfixia, hasta tal punto que noto como mi tupido pelaje comienza a clarear, como un bosque bajo el influjo de los leñadores. Pero el calor no es lo peor, no. Los días son más largos, o lo que es lo mismo, las noches más cortas. Noches en las que recorro las calles de la zona alta en busca de mi siguiente golpe. Noches llenas de oscuridad, de sombras en las que me siento como en casa, si es que alguna vez la tuve.
Llevo unos días sin muchos encargos en el taller. La ciudad ha estado algo movida en las últimas semanas y la gente está un poco intranquila. Nadie se fía de llevar sus reliquias familiares a restaurar, no porque desconfíen del anticuario, no, mi tienda cuenta con una buena reputación. Pero nadie en su sano juicio quiere pasear sus objetos más valiosos cuando hay ladrones al acecho. Y las últimas llegadas a la isla no han favorecido esta situación. Cada vez se oye más acerca de diferentes crímenes: animales que aparecen muertos, robos en grandes mansiones, e incluso alguna que otra muerte. No entiendo qué se estará cociendo en la ciudad, pero parece que algo bueno está por venir.
Paseo por el paseo marítimo junto al puerto. El mar está tranquilo y la brisa no solo refresca el ambiente, sino que también mece a los barcos que permanecen amarrados, creando así una hermosa estampa en la que las embarcaciones danzan al compas de sus campanas, al igual que lo hace la gente de esta isla. Mi mirada se posa en cada uno de los transeúntes, en busca de algún incauto que lleve demasiado llenos los bolsillos y demasiado expuesta la cartera. Pero no parece que hoy vaya a ser mi día de suerte. Solo me cruzo con marineros cansados que acaban de llegar de faenar toda la noche. Gente demasiado cansada ni tan si quiera como para cargar una bolsa llena de monedas.
Avanzo por el embarcadero. Las maderas crujen bajo mi s pies, como si buscasen alertar de mi presencia a cualquiera que pudiera estar en cualquiera de las direcciones, como si de una extraña suerte de alarma se tratase. Llego hasta el final, donde solo se encuentra un cubo metálico que hace tiempo que perdió la batalla contra el óxido, una cuerda enrollada restos de alguna red que ha alcanzado la jubilación. Y frente a mi, el mar. Extenso, amplio. Con promesas de una vida mejor, para aquellos que puedan surcarlo. Con siglos de historia por descubrir y toda una vida para forjar la mía. Pero eso no es para mi, no mientras siga bajo las órdenes de la familia Reena.
Me siento sobre el borde del embarcadero, mis piernas colgando como lo hace mi destino. Bajo la mirada hasta el cubo para descubrir lo que contiene; conchas marinas.
—Parece que no soy el único que está en un lugar que no le corresponde, ¿verdad?
Meto la mano en el cubo y cojo algunas de las conchas. Comienzo a lanzarlas una a una al mar, con fuerza, como si intentase devolverles el tiempo que han perdido en este cubo, como si quisiera que recorriesen ellas el mundo que yo no voy a poder recorrer. Y pongo toda mi rabia en ello. Lanzo una y otra vez, pensando si alguien hará por mi esto mismo algún día.
Llevo unos días sin muchos encargos en el taller. La ciudad ha estado algo movida en las últimas semanas y la gente está un poco intranquila. Nadie se fía de llevar sus reliquias familiares a restaurar, no porque desconfíen del anticuario, no, mi tienda cuenta con una buena reputación. Pero nadie en su sano juicio quiere pasear sus objetos más valiosos cuando hay ladrones al acecho. Y las últimas llegadas a la isla no han favorecido esta situación. Cada vez se oye más acerca de diferentes crímenes: animales que aparecen muertos, robos en grandes mansiones, e incluso alguna que otra muerte. No entiendo qué se estará cociendo en la ciudad, pero parece que algo bueno está por venir.
Paseo por el paseo marítimo junto al puerto. El mar está tranquilo y la brisa no solo refresca el ambiente, sino que también mece a los barcos que permanecen amarrados, creando así una hermosa estampa en la que las embarcaciones danzan al compas de sus campanas, al igual que lo hace la gente de esta isla. Mi mirada se posa en cada uno de los transeúntes, en busca de algún incauto que lleve demasiado llenos los bolsillos y demasiado expuesta la cartera. Pero no parece que hoy vaya a ser mi día de suerte. Solo me cruzo con marineros cansados que acaban de llegar de faenar toda la noche. Gente demasiado cansada ni tan si quiera como para cargar una bolsa llena de monedas.
Avanzo por el embarcadero. Las maderas crujen bajo mi s pies, como si buscasen alertar de mi presencia a cualquiera que pudiera estar en cualquiera de las direcciones, como si de una extraña suerte de alarma se tratase. Llego hasta el final, donde solo se encuentra un cubo metálico que hace tiempo que perdió la batalla contra el óxido, una cuerda enrollada restos de alguna red que ha alcanzado la jubilación. Y frente a mi, el mar. Extenso, amplio. Con promesas de una vida mejor, para aquellos que puedan surcarlo. Con siglos de historia por descubrir y toda una vida para forjar la mía. Pero eso no es para mi, no mientras siga bajo las órdenes de la familia Reena.
Me siento sobre el borde del embarcadero, mis piernas colgando como lo hace mi destino. Bajo la mirada hasta el cubo para descubrir lo que contiene; conchas marinas.
—Parece que no soy el único que está en un lugar que no le corresponde, ¿verdad?
Meto la mano en el cubo y cojo algunas de las conchas. Comienzo a lanzarlas una a una al mar, con fuerza, como si intentase devolverles el tiempo que han perdido en este cubo, como si quisiera que recorriesen ellas el mundo que yo no voy a poder recorrer. Y pongo toda mi rabia en ello. Lanzo una y otra vez, pensando si alguien hará por mi esto mismo algún día.
