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Parte III: Un sabor nuevo en una vida repetida // Pasado - Versión para impresión

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Parte III: Un sabor nuevo en una vida repetida // Pasado - Rackham Uker - 11-03-2026

Venimos de este tema

Los pasos sobre la tierra, tan silenciosos como uno supone.

Sus ojos buscaban el siguiente punto de apoyo, el siguiente metro que recorrer, esa esquina donde toca doblar.

Su respiración no era calmada, pero si constante. Un pequeño movimiento de su pecho que indicaba que su respiración estaba tan automatizada como cada zancada que daba. Sus ojos se mantenían en ese camino, fijos, sin parpadear, sin querer cerrarlos.

Un suspiro, la vista fija adelante, la sensación de sus ropas moviéndose contra su piel opacada por el pensamiento de simplemente seguir y seguir. El frío del ambiente ya no le afectaba, su cuerpo desprendía calor suficiente para no notar las bajas temperaturas pese a no ir abrigado.

De nuevo ese árbol, el de la forma extraña. Su vista se posó por unos instantes sobre esa planta antes de volver a enfocarse en el camino que recorría. ¿Cuántas veces lo había visto? ¿27? Alrededor de la número 22 había perdido la cuenta, dejó de buscar completar un número especifico de vueltas solo para centrarse en correr.

¿Vueltas? Si, por que en estos momentos solo podía pensar en correr, correr alrededor de toda esa finca tan rápido como pudiera. Mantener su concentración en el camino, que su cerebro solo sea ocupado por el pensamiento de “Seguir, seguir y seguir”. No era entrenamiento, había dejado de serlo luego de la primera hora. Su cuerpo simplemente obedecía a las ordenes de un cerebro que se consumía a si mismo sin saberlo.

- Más… más… -
Esas palabras salieron como un susurro, justo cuando necesitaba dejar salir aire, como si cada acción estuviera movida por instinto. ¿Qué tan rápido iba? Podía ver las cosas deformarse si intentaba verlas por el rabillo del ojo, pero aún así decidió acelerar aún más.

No era suficiente, nunca era suficiente.

Sus pasos ya empezaban a quedar marcados en el terreno, formando un camino que solo él sabía lo que significaba. Dejó atrás los grande arboles para pasar a las plantaciones, podía agradecer que la finca tuviera un gran camino que la recorre desde afuera, perfecta para admirar cada paisaje.

O para olvidar aquello que le aqueja.

Un recuerdo, de ese papel que todavía se encontraba en su bolsillo. Apretó los dientes y sus cejas bajaron en el centro de su rostro. - Aún no… -. Volvió a acelerar. Dejó atrás la técnica perfecta que ocupaba hasta ahora, comenzó a sentir como sus piernas abandonaban el suelo y podía quedarse suspendido en el aire un segundo antes de aterrizar con el siguiente paso.

- Aún no… -

Más velocidad. Forzó a sus piernas a cooperar, a seguir por mucho dolor que sintieran, a no caer rendidas, al menos por un par de horas más. Mordió su labio ante el dolor, presionó la carne entre sus dientes con fuerza, caa vez más al mismo tiempo que su velocidad incrementaba. Quería gritar y no debía hacerlo, debía mantenerse callado ante los demás, no era más que un tipo ejercitando, no era más que…

Vayas donde vayas, estaremos ahí para apoyarte y defenderte

No pudo evitar caer.

Una piedra en medio del camino se interpuso en el camino de uno de sus pies, la concentración era tal que no notó como su cuerpo caía hasta que tuvo el suelo de tierra a centímetros de sus ojos. Su cuerpo rodó violentamente, incapaz de detener el movimiento que se había generado, culpa de esa velocidad que él mismo buscaba.

Incluso cuando su cuerpo dejó de deslizarse por el suelo no pudo quitarse de la cabeza que no podía detenerse ahí. Sus manos se apoyaron en el suelo y lo elevaron de nuevo, en un movimiento lo suficientemente fluido para ser el que también lo impulsó hacia adelante de nuevo. No podía quedarse quieto, no podía perder toda la velocidad que…

Cayó de nuevo. Sus piernas le fallaron esta vez, apenas pudo dar un paso antes de que perdiera toda la fuerza en su tren inferior y este lo dejara caer de cara a la tierra de nuevo. Tardó unos segundos de más en levantar su rostro, en volver a respirar y calmarse, usó sus manos de nuevo, esta vez para levantar su torso y permitirse mirar hacia atrás. Todo el camino que había recorrido bastantes veces esa noche, la piedra que lo hizo caer, los puntos donde su cuerpo había impactado contra el suelo blando y dejado marca.

Notó como sus palmas le ardían, levantó una para notar los raspones que se generó al impactar así, con la sangre levemente asomándose por sus poros abiertos. Sintió dolor en sus rodillas, en el costado derecho de su cuerpo, en su brazo izquierdo que había quedado debajo de todo su peso en un momento mientras rodaba. La garganta le ardía, había estado respirando una y otra vez sin detenerse, sus piernas apenas le respondieron en cuanto quiso levantarse.

- Mierda -

Tuvo que prometerse a sí mismo que no volvería a correr para obtener un poco de ayuda de su cuerpo.

Pensó que todo ese dolor lo haría olvidar esa carta, las letras escritas con calma sobre ella, el dolor que le causó la noticia.

Pero ahí estaba de nuevo, ni la adrenalina de la caída era suficiente para que esos recuerdos abandonaran su mente.

Respiró, miró al camino y simplemente se acercó a un árbol cercano, como mejor le fue posible. Se recostó contra el tronco y se dejó caer, desde esa posición podía ver el lugar donde todo el resto de la gente estaba descansando. Todas las luces de las ventanas apagadas, excepto por una. ¿Lo habrán visto? No, seguramente no, pues él no era nadie en ese lugar, y mucho menos significaba su dolor.

Agachó la cabeza y cerró los ojos, comenzando a soltar lágrimas poco a poco de estos, hasta que casi se convierten en un mar en su rostro. Su cuerpo le dolía, su cabeza le dolía, su corazón dolía, se sentía solo, tan solo como en esa isla, en ese bote frio y sin agua. Había convivido con la soledad desde hace años y aún así…

Nada podría devolverle lo perdido.


RE: Parte III: Un sabor nuevo en una vida repetida // Pasado - Asherah Bel-Nadin - 22-03-2026

La noche no había terminado de retirarse, pero tampoco seguía intacta. Afuera, el mundo permanecía suspendido en ese intervalo incierto donde la oscuridad aún respira y el día todavía no se atreve a existir. No había amanecido. Y, sin embargo, algo ya se había puesto en marcha.

Yo no había dormido.

No fue por inquietud superficial ni por simple insomnio. Fue otra cosa, más precisa. Como si al quitarme el vestido, al soltar el cabello, al desarmar cada gesto aprendido de la velada, no hubiese logrado desarmarme a mí misma con la misma eficacia. La fiesta había terminado, sí, pero no dentro de mí. Las palabras seguían resonando, las miradas persistían, y, por debajo de todo eso, había quedado una certeza incómoda: la de haber visto con demasiada claridad el mecanismo del mundo al que pertenezco… y haber elegido, aunque fuera por un instante, no encajar en él.

No era angustia lo que me mantenía despierta.

Era lucidez.

Encendí la luz como quien establece un límite. Tomé un libro no para leerlo, sino para ocupar ese exceso de conciencia con algo que no exigiera respuesta. Las páginas avanzaban bajo mis dedos con una disciplina que mi mente no compartía; las palabras se disolvían antes de asentarse, incapaces de competir con el eco de lo vivido horas antes.

El silencio de la casa, profundo y ajeno, terminó por volverse demasiado nítido.

Y en esa nitidez apareció la grieta.

Al principio fue apenas un roce irregular contra la quietud, un sonido que no encajaba del todo con el descanso absoluto de la finca. Luego, más claro, los pasos: rápidos, constantes, marcando la tierra con una insistencia que no tenía nada de casual. Entre ellos, una respiración exigida, sostenida más allá de lo natural, como si cada inhalación fuese arrancada y no recibida.

Levanté la vista.

Escuché otra vez.

Cerré el libro sin marcar la página —no lo necesitaría— y me acerqué a la ventana, apartando apenas la cortina. El vidrio estaba frío bajo mis dedos. Afuera, la penumbra dibujaba formas incompletas, y en ese paisaje aún indefinido lo vi.
Una figura recorriendo el camino.

No era el hecho de correr lo que llamaba la atención, sino la manera. No había cadencia, ni regulación, ni ese margen invisible que separa el esfuerzo del desgaste. Había insistencia. Repetición. Una continuidad que no admitía pausa, como si detenerse fuese más peligroso que agotarse.

Entrecerré los ojos.

Lo reconocí sin necesidad de confirmarlo.

No por el rostro, sino por esa intuición inmediata que no necesita pruebas. Y cuanto más lo observaba, más claro se volvía: no estaba entrenando. Estaba empujándose hacia un límite que no parecía importarle. No buscaba avanzar, sino sobrepasarse; no perseguía un objetivo, sino una forma de acallar algo que no cedía.

Me quedé allí, sostenida en el marco de la ventana, permitiéndome comprender antes de actuar. Porque intervenir demasiado pronto también es una forma de no ver.

Entonces ocurrió.

Un desajuste mínimo, casi imperceptible, que quebró la continuidad del movimiento. Su cuerpo perdió el eje y cayó con violencia contra la tierra. Lo vi rodar, desarmarse en el impacto, recomponerse con una rapidez casi automática… y volver a impulsarse hacia adelante.

Ese intento fue lo que detuvo mi impulso.

No su caída, sino su negativa a aceptarla.

Pero el cuerpo no negocia dos veces con el mismo error.

La siguiente caída no tuvo esa inercia de corrección. Fue más torpe, más densa, como si el peso ya no pudiera disimularse detrás del impulso. Esta vez no hubo recuperación inmediata, ni gesto que la negara. Solo el final del movimiento.
Solté la cortina sin darme cuenta.

No sentí urgencia. Lo que se asentó en mí fue una comprensión distinta: la de estar presenciando algo que no debía interrumpirse con prisa. Observé el después. El esfuerzo lento por incorporarse. El trayecto irregular hasta el árbol más cercano. La forma en que se dejó caer contra el tronco, no como quien descansa, sino como quien ya no sostiene.

Y entonces lo vi con claridad.

No era el cansancio.

Era lo que el cansancio había dejado expuesto.

Apagué la luz y salí.

La casa seguía dormida, ajena, contenida en su propia quietud. Atravesé los pasillos sin hacer ruido, guiada por una decisión que no necesitaba apurarse para ser firme. No iba a detener una caída. Iba a decidir cómo estar frente a ella.
El aire frío del exterior me recibió con una limpieza casi agradecida. Avancé siguiendo las huellas que había observado desde la ventana: marcas repetidas, profundas en algunos puntos, desordenadas en otros, como un trazo que había perdido su intención inicial.

Hasta que dejó de ser un rastro.

Y se volvió presencia.

Lo encontré junto al árbol, recostado contra el tronco. La quietud en su cuerpo no era reposo, era agotamiento asumido. Había algo en su postura que reducía su escala frente al entorno, como si todo lo que lo había sostenido hasta entonces se hubiese retirado sin hacer ruido.

Me detuve a unos pasos.

No por vacilación.
Por elección.

La respiración irregular, los raspones en las manos, la tensión aún visible en el cuerpo… y las lágrimas. No en caudal desbordado ni exhibidas a conciencia. Persistentes. Siguiendo su propio ritmo, ajenas a cualquier intento de control.

Quise acercarme.
Pero no avancé.

Porque acompañar no es ocupar el espacio del otro, sino aprender a habitar el borde sin forzarlo a abrirse. Había algo en esa escena que pedía presencia, no intervención; cercanía, no invasión.

Así que me quedé ahí.

Sosteniendo la distancia justa.
Disponible, pero no impuesta.

El aire frío pasó entre nosotros, llevando consigo el resto de la noche.

Y entendí, con una claridad que no necesitaba palabras, que a veces el gesto más difícil —y el más honesto— no es hablar, ni consolar, ni resolver… sino permanecer.

Como él había hecho antes por mi.

Cuando finalmente pronuncié su nombre, lo hice sin romper ese equilibrio.

— Uker.


vestimenta



RE: Parte III: Un sabor nuevo en una vida repetida // Pasado - Rackham Uker - 27-03-2026

El silencio de la noche era desgarrador para él. Luego de algo así se quiere estar solo, con sus pensamientos, pero muchas veces uno olvida cuán desastroso puede ser que estos sean lo único que escuches. Los recuerdos se agrupaban, primero de a poco, escenas lentas, luego algunas frases, momentos donde la presencia de ese hombre se sentía incluso sin que él estuviera ahí. Sus consejos, sus palabras de asombro, sus frases de apoyo en cuanto algo salía mal, sus reproches en cuanto hizo algo que obviamente no era lo correcto.

Mordió su labio inferior, cerró sus párpados con fuerza, queriendo evitar que las lágrimas siguieran cayendo. Incluso intentó limpiarse la cara usando sus manos, pero en cuanto sus palmas entraron en contacto con sus mejillas sintió dolor, ardor. Su piel estaba lastimada, sus palmas habían sido víctimas de ambas caídas que tuvo antes, y ahora ardía con fuerza.

No había sangre, pero se quedó observando las heridas, pensando en cómo tratarlas. Lavarlas, asegurarse de limpiarlas bien, taparlas, tal vez con guantes, esperar. Repitió eso en su cabeza, como si ocupar su mente en esa otra cosa le sirviera para olvidar eso que hace unos instantes lo atormentaba.

Se habría quedado así, con ese plan estúpido en la cabeza, por un buen tiempo, pero de pronto escuchó una voz a su lado, lo suficientemente familiar para no alterarse y simplemente mover la cabeza para descubrir de quién se trataba. Una mujer, alta, mucho más alta ahora que él estaba sentado, su tez y su cabello podían delatarla con cualquiera, así como esas alas oscuras que todos los de su especie portaban, pero lo que lo hizo despertar fue la tiara que portaba en su cabeza. - Asherah… -.

No podía tratarse de nadie más, no en ese lugar.

Tardó unos segundos en reaccionar, pues su mente se quedó pensando sobre el porqué ella aparecía así, hasta que sus ojos se abrieron de par en par. Giró su rostro, intentando esconderlo, llevando sus manos a la cara para limpiar las últimas lágrimas que bajaban por sus mejillas, sintiendo de nuevo ese ardor en cuanto la carne viva chocó con su rostro, dejando salir un claro y fuerte “Ay”. - Dime, ¿Qué haces por aquí tan tarde? -.

Volvió a verla nuevamente, como si no se hubiera tomado ese pequeño momento para ocultar, o tratar de ocultar, su estado de ánimo y su reciente caída. - Pensé que todos estarían durmiendo ya. La fiesta fue larga y no todos tienen tanta energía para seguir -. Intentó sonreír, cerrando los ojos para que no los vea rojos y llorosos, siendo cada vez más evidente.

De su bolsillo, se asomaba esa carta que hace unas horas había leído, aquella que se sintió como una obligación a no parar. En cuanto notó esto, quiso ocultarla en un inicio, llevando su mano al bolsillo, pero el simple hecho de tocar ese papel volvió a provocar que sus ojos comenzaran a brillar. Tomó con fuerza el papel, pero a la vez con cierta delicadeza, no temiendo arrugarlo pero sin querer romperlo. Leyó un poco del contenido, su animo volvió a empeorar y agachó la mirada.

- Lo siento, no tienes que verme así, no es nada importante solo… -. Decir eso provocó un sollozo en él, uno que busco esconder volviendo a morder su labio. - Recibí una mala noticia, eso es todo -.

No había olvidado que fue ella quien le pidió ayuda en cuanto algo la sobrepasó, que llegó en busca de una mano amiga que le recordara algo mejor que lo que estaba viviendo, por supuesto que lo recordaba, solo prefería evitar ese tema. No sabía cómo pedirlo, nunca había sido bueno expresando lo que sentía desde que… Desde que pasó lo que todos saben. ¿Cómo podría hablarle a una persona que apenas conoce de algo así? Debía recuperarse y volver en sí, mañana tocaba mucho trabajo y no quería estar agotado. - Así que… ¿necesitabas algo? Yo simplemente salí a dar una vuelta antes de dormir para… ya sabes… eh… despejar la mente -.

Volvió a sonreírle, de la forma más falsa e irreal posible.