[P.Relativo][Haki] No hay dolor en este dojo
#1
Tiempo muerto entre las dos mitades del partido. Había que buscar con quién entrenar, conseguir provisiones y, a ser posible, reunir toda la información que se pudiera acaparar antes de partir, pues mi instinto me decía que existía algo en la isla que nos empujaba lejos de su tierra hacia el Nuevo Mundo. Quizá fue la extraña subasta de la fruta de Shoto o, quizás, el encuentro y percepción del aura con aquella extraña y poderosa mujer en dicho evento. Quizás solo era la paranoia de Sohem que a fuerza de estar con él había hecho mella en mi, adueñándose de mi como el óxido de una hoja sin cuidar. Fuera como fuese, quería estar el menor tiempo posible en la isla. Sabaody era, sin duda, un crisol de situaciones intersantes que bajo otras circunstancias menos beligerantes habría querido descubrir de buena gana, mas ahora mismo nos apremiaba conseguir lo necesario hasta que el nuevo barco estuviera listo y pudiéramos zarpar de allí cuanto antes. Yo me encargaría de los suministros vitales como víveres y bebidas mientras de paso buscaba alguna manera de mejorar mis habilidades. Tras dejar a mis compañeros en el astillero número uno, cada uno partimos con una misión que nos había encomendado el jefe para satisfacer las necesidades del Gremio. La mañana estaba ajetreada. Incluso cerca de la costa, las gentes, que inundaban las calles del manglar realizando sus cotidianas tareas, y no tan cotidianas, se aglomeraban en torno a tiendas, puestos de baratijas, mercados de comida callejera… Una civilización tan heterogénea como mi propia compañía. — Supongo que la parte buena de esto es que pasaré absolutamente desapercibido. — murmuraba mientras me movía por las calles, buscando información. Paseando entre el gentío, casi necesitando de mis codos para avanzar en algunas situaciones debido a la gran cantidad de seres en ellas, logré dar con un enorme tablón de madera. El mural de al menos unos dos metros o dos metros y medio de alto y al menos cuatro de largo albergaba una serie de anuncios. Pareciera ser que nadie se interesaba en la zona por ellos pues, justo en un arco de un metro por delante del tablón, nadie pasaba ni paraba, dejando así una especie de zona segura y tranquila que bien me permitía observar todo sin problema. — ¿Qué tenemos aquí? — me preguntaba mientras miraba de lado a lado los carteles y escudriñaba lentamente cada texto y cifra. — ”Se busca exterminador: Buen pago, presentar currículum”. — leí en el primero, quizá más llamativo — No, no cazo ese tipo de insectos. A ver… “Profesor particular: Aprenda a aumentar la eficiencia de sus trabajadores.” Repugnante. — continué mientras seguía revisando. — Aquí, esto merece la pena. — dije mientras llegaba a la sección de los Wanted de criminales. Varios se amontonaban en la misma zona y, por no perder mucho más tiempo, los arranqué todos de cuajo y los metí en el bolsillo interno de mi chaqueta, junto a mi libro, para disponerme a continuar mi camino cuando un último cartel llamó mi atención. — Torneo de kendo. — leí con pausa y un ritmo lento, como asimilando lo que estaba leyendo. — ¿Por qué no? — pensé, comenzando a andar en dirección al lugar, que no era lejos de mi posición. Pasados unos minutos, que bien largos se hicieron caminando entre las gentes del archipiélago Sabaody, llegué al lugar en cuestión.

Un corrillo de gente, compuesto en su mayoría por civiles ansiosos de presenciar un espectáculo, se amontonaba en torno a una arena improvisada que hacía las veces de terreno de combate. La tensión flotaba en el aire y se podía cortar con un cuchillo de extender mantequilla. El incesante sonido del acero chocando, con un compás rítmico que marcaba la escena como si de un metrónomo se tratase. Las voces, chiflidos, vítores y comentarios no hacían más que añadir una capa de expectación al ambiente que ya de por si invitaba al jolgorio. Tras acercarme lo máximo posible a la línea que cercaba la arena de combate, encontré pequeños huecos entre las personas y, con algo de esfuerzo y clavar codos en los presentes, logré colarme en una posición donde podía observar mejor.


Una vez allí, pude posar mis ojos en los participantes. Había un enorme grupo de hombres derrotados en el suelo, víctimas de los arduos combates que parecían darse en aquel lugar. Todos los luchadores parecían espadachines o, al menos, usaban armas de distintos tipos. Varios parecían gravemente heridos y aquello me hizo pensar en sí aquel lugar era legal. — ¿Pero qué es esta locura de lugar? No me extrañaría que hubiera algún cadáver ahí... — Pensaba mientras observaba el dantesco espectáculo. Fue entonces cuando un viejo señor con una libreta se dirigió a mí, sin darme tiempo de revisar siquiera qué estaba ocurriendo. — ¿Nombre y procedencia? — dijo escueto el viejo hombre — ¿Disculpe? — contesté, sin saber a lo que se refería, acercando mi oído a su boca por si había algo que no estaba entendiendo en su rara y gangosa dicción — Tu nombre y de donde vienes. Para participar, o ¿qué pasa? — contestó casi con tono desagradable — ¡AH! — exclamé — No… solo estoy mirando. No tengo intención en participar, señor. Pero gracias. — dije y me crucé de brazos para mirar el combate actual. — Hmm. — gruñó el anciano para después volver a alternar la vista entre su vieja libreta y el corrillo. Miré de reojo y parecía ser el corredor de apuestas del lugar. Así que esto debía ser relativamente habitual si el anciano tenía un registro tan extenso de peleas. En la arena, dos hombres peleaban seriamente. Uno de ellos usaba una katana y un wakizashi mientras que el otro usaba un enorme nodachi intentando cortar a su rival en dos. — Oiga... — dije acercando la cabeza a un hombre a mi diestra pero sin dejar de mirar el combate — ¿Cuáles son las reglas? — pregunté, intentando integrarme en el lugar — No permiten ir a matar. Aunque hijo, Dios sabe que se quedan cerca. A alguno se la ha ido la mano en alguna ocasión HIA HIA HIA. — explicaba el asistente del evento mientras reía y silbaba sonoramente. Lo miré asombrado.


Analizando la escena, muchos hombres y mujeres vitoreaban y gritaban animando, mas uno de ellos permanecía impasible observando todo con ojo crítico y sin apenas inmutarse. Cuando uno de los contendientes, el de katana y un wakizashi, cayó derrotado por el enorme hombre del nodachi, el hombre mostró su desaprobación con una mueca seria y se marchó. Por alguna razón, quizá por su marcialidad, su aplomo y su estampa, me sentí atraído hacia él, como si todo esto me estuviera conduciendo a conocerlo. Tras ponerme a caminar a su altura, casi como si fueramos viejos amigos, interactué con él — Debió pivotar para desviar el arma. — dije, intentando conectar con el anciano que caminaba con las manos metidas en los bolsillos. — Debió no salir de su casa esta mañana. Advertido estaba de su derrota. Y una vez en faena, estaba claro, auqneu su rival fuera tan predecible. — espetó el viejo con voz ronca y firme. — No me pareció predecible. Sí superable. — contesté en un halago hacia mí mismo, como si hubiera podido derrotarlo sin problema. El anciano se paró y se giro hacia mí, mirándome de arriba a abajo. Se trataba de un hombre alto y esbelto para su edad. Ataviado con unas zapatillas de estilo simple, un pantalón enterizo verde llamativo y un suéter marrón de manga larga, me miraba, arrugando su vieja cara y moviendo el bigote que adornaba esta de lado a lado. Arqueó una ceja y finalmente espetó — Demuéstralo. — giró y entró ha un edificio, mostrando que no se había parado por mí, si no porque había llegado a su destino.
El lugar en cuestión era un dojo, presumiblemente de su propiedad y, a decir verdad, no había visto ninguno con esa espiritualidad en ningún lado. Pasé directo detrás de él hasta la zona central donde se descalzó -y yo detrás de él- y entramos a la zona de entrenamiento. El hombre se irguió, como quien adopta una posición de poder y se giró hacia mí, con el semblante serio. — Bakuro Tetsujin, muchacho. Maestro y aprendiz de por vida, si es que me lo permiten. Y puedo enseñarte cosas si es que tu cabeza está lo suficientemente abierta y tu corazón lo suficientemente disciplinado. — exclamó con voz marcial mirándome fijamente. — Me consta que la segunda es muy probable. — dijo mirando de nuevo de arriba a abajo analizándome. — Demasiado ornamentado, muy extravagante para mi gusto… pero las marcas en las manos y el desgaste en tus armas no engaña. Me juego la mano buena a que has pasado más horas entrenando con esa espada que durmiendo, probablemente. Así que ahora hay que comprobar hasta qué punto tus habilidades corresponden a mis enseñanzas. — explicó el anciano maestro mirándome de nuevo a los ojos. — Coge un bokken y defiéndete. — espetó y cogió uno él mismo. Lo seguí y en cuanto mis manos tomaron contacto con la madera del arma, el viejo maestro se lanzó hacia mí con una precisión y letalidad sin igual. El ataque era evidente, un gesto poderoso y sencillo pero predecible y fácilmente superable.  Su arma viajaba en vertical en dirección hacia mi cabeza y aunque su velocidad era formidable, la mía tampoco se quedaba atrás. Con un gesto de mi brazo diestro dibujando un arco con el arma de madera desvié con éxito el ataque del anciano que siguió lanzando ataques con tremendo poder y velocidad que solo con toda mi concentración podía desviar de manera satisfactoria. Cada golpe resonaba en mis huesos y me hacía dudar de si las armas de prácticas aguantarían tal cantidad de poder en sus golpes. Finalmente, una última estocada remató el combo del viejo maestro, pero en esta ocasión no hice ademán de moverme. Él se frenó a escasos centímetros de mi cuello y me miró seriamente. — ¿Por qué no te has defendido? — cuestionó, manteniendo firmemente la posición, como si de mi respuesta dependiese no solo sus enseñanzas si no recibir el golpe o no. — Usted no iba a golpearme. — espeté seriamente y con confianza mientras el maestro arqueaba su poblada ceja de nuevo — Al contrario que todos los demás ataques, en este último no tenía intenciones de hacerme daño. No había sakki. — expliqué esperando que mi respuesta fuera satisfactoria y que de alguna manera el anciano maestro mostró cierta conformidad con mi respuesta y bajó el arma. — Siéntate. — ordenó — ¡Seiza! — gritó para obligarme a sentarme en la posición tradicional sobre mis talones al igual que él lo hacía. Hacía mucho que no lo hacía y mis tobillos se resentían del peso de mi cuerpo contra el tatami. — Seamos directos: conoces el haki. Entiendo que sabes usar al menos su esbozo más básico y sencillo al identificar mis intenciones, pero existe un mundo más allá de eso que sirve para mil y una cosas más. — explicó el viejo mientras se sentaba enfrente a una distancia de solo unos metros. — Kenbunshoku no haki. Color de la observación. — espetó, posicionando sus puños por delante a la altura de la cadera y dando un latigazo firme con los brazos. — Eres rápido y sabes defenderte. Pero con esa habilidad, podrás ser intocable, muchacho. — afirmó con tono serio para justo después llevarse la mano al bigote y atusarlo para colocarlo. — Creo que tienes cierta facilidad para el aprendizaje, o eso o has sido un enfermo del entrenamiento, en cualquiera de los dos casos la idea es clara: te irás dominando el color de la observación. En tiempo récord. — finalizó, poniendose en pie. — ¡KIRITSU! — y me alcé con él. Comenzaba el entrenamiento.
El maestro se alejó lentamente, desplazándose sin apenas elevar sus plantas de los pies del suelo. Desde luego era un avezado experto en artes marciales pues ni los más experimentados combatientes ni practicantes eran capaces de andar sin elevar sus pies del tatami. Sin embargo el anciano maestro lo hacía de manera natural y simple, casi como respirar. Se acercó una a una a las cortinas de bambú del dojo, cerrando absolutamente toda entrada de luz posible, dejando apenas unas líneas delgadas y tímidas de luz capaz de entrar por los bambús seccionados, haciendo del lugar una cueva oscura de madera y tatami. El lugar era casi tétrico pero, en este estado, era un lugar de paz y meditación que invitaba al desarrollo técnico. — Primer ejercicio: — enunció el maestro acercándose poco a poco, lo cual pude deducir por su sonido incluso no siendo yo un virtuoso del oído — Por tu dominio, me presupongo que conocerás katas. ¿Me equivoco, muchacho? — cuestionó el hombre que se detuvo frente a mí a escasos metros. — Sí, sensei. — dije firme y serio, irguiéndome y llevando mis manos a la cadera con el bokken orientado hacia atrás y con el filo arriba. — Todos los básicos e intermedios, aunque de los avanzados solo conozco los patrones iniciales. — respondí presto y firme. Sin darme cuenta, el anciano maestro del dojo me había retornado a mi adolescencia donde yo mismo me impuse un régimen de entrenamiento y era mi propio maestro, intentando descifrar de aquellos que podía observar los movimientos y katas para mi propio aprendizaje. Nunca esperé tener un sensei que velara por mí, pero heme aquí con un anciano a oscuras y practicando artes que jamás pensé que pudieran ser reales. El mundo cambia.
— Bien. Nidan, ¿lo conoces? — dijo y tras ello asentí una única vez — Hai. — respondí — Bien, aprenderás Bunkai. — dijo posicionándose en espera, como yo. — Los imberbes como tu carecéis del conocimiento de la “aplicación” o bunkai del kata y para vosotros es un ejercicio cuyo único objetivo es practicar la forma y no el por qué. Hoy aprenderás el por qué. Y lo dominarás hasta ver patrones sin verlos… ¡REI! — gritó y saludó flexionando levemente su cadera mientras yo lo hacía mucho más. Tras esto y, sin apenas esperar unos segundos, comenzó a realizar sus ataques. El primer movimiento fue un men a la cabeza, en vertical que paré en horizontal, posicionando mi bokken sin cruzar las manos y dejando que impactara contra el lomo de éste. El impacto, que se sentía retenido y sin una especial fuerza hizo retumbar mis entrañas con el poder del maestro. En cuanto el choque de las armas de madera dejó de resonar, apenas unas milésimas de segundo, se movió un paso atrás llevando su arma consigo y lanzó un corte horizontal hacia mi derecha. Soltando mi arma con la zurda, llevé el bokken en vertical hacia el lateral de mi cuerpo con el brazo derecho casi extendido, posicionando la punta de mi arma hacia el suelo y bloqueando el impacto mientras llevaba la zurda hacia la cadera, simulando que sujetaba la saya de una katana. Sin darme cuenta estaba realizando el kata número dos, Nidan, y estaba reaccionando a los ataques del maestro de manera instintiva. Aunque no entendía en qué me ayudaba todo esto para el Haki de Observación pues mi Kenbunshoku no tenía juego en esta ecuación donde solo la memoria muscular entraba en acción. La secuencia se completó con un ataque más por parte del anciano maestro. Este pasó hábilmente de su posición anterior a girar su bokken por encima de su cabeza, unos ciento ochenta grados, y atacar desde abajo en diagonal, buscando mi cadera por la izquierda. Repelí este ataque con un gesto rápido contrario a su trayectoria, tambien de semi círculo, con velocidad y potencia, quedando justo mi arma en alto, preprado para dar un men a la frente que frené a escasos centímetros de su cabeza a la vez que resoplaba potentemente expulsando mi aire y energía en ausencia de un kyai audible. El viejo maestro parecía sorprendido, de alguna manera. La kata finalizó con nosotros dos desplazándonos ligeramente hacia atrás, con dos pasos suaves y muy cercanos al suelo manteniendo nuestras armas entrelazadas como si se hubieran vinculado para, finalmente, realizar el gesto de enfundado sobre nuestra mano izquierda como si de una funda se tratase y saludar con el clasico Ritsu Rei, o saludo de pie. — ¿Y bien, maestro? — pregunté al anciano hombre que parecía estar pensativo mirándome. — ¿Aprendiste de quién? — cuestionó el anciano con tono severo — De nadie, señor. Y de todos, quizá. Observé a quienes pasaban por mi hogar. Practiqué cuando no me veían y cuando dormía soñaba con ello. Finalmente se volvió algo... — intenté explicar — Automático. — me cortó el maestro, sin permitirme finalizar mi frase apropiadamente aunque, muy correctamente estaba en lo cierto, esa era la palabra que estaba buscando. Asentí sorprendido.
— Es curioso que un autodidacta como tu haya dominado la espada con tal destreza, que tenga tal conocimiento de la técnica y que sin embargo, no conozcas el Color de la Observación apropiadamente. — explicó atusándose de nuevo el bigote. — La repetición prepara a tu cuerpo para reaccionar, y así como preparaste tus músculos para responder con celeridad a los ataques preconfigurados de los katas, aprenderás a preparar a tu mente y tu espíritu para ver y reaccionar a cualquier cosa que te rodee. — continuó mientras elevaba su arma apuntándome con ella — Primero destruiré tu cuerpo. Lo agotaré y destrozaré hasta que ni una gota de resistencia quede en ti. Cuando solo el más puro y primario instinto te mueva, entonces… entonces trabajaremos tu mente y aprenderás a usar el Color de la Observación. — enunció el anciano preparándose para atacar.  — Y será necesario que lo domines rápido pues, cuando llegue el momento, lejos de darte tregua en el combate, emplearé todo mi poder para golpearte. Habrás de conseguirlo si quieres sobrevivir o serás otro alumno fallido que deseará haber muerto antes que entrar a mi dojo. — finalizó con gesto extremadamente serio y se lanzó al ataque. El viejo sensei lanzaba ataques indiscriminadamente hacia mi, en todas direcciones, buscando puntos vitales y mi guardia abierta. Yo bloqueaba todos estos como buenamente podía, pero mis brazos no eran los suficientemente fuertes como para amortiguar o frenar el impacto de sus ataques. El viejo hombre que parecía menudo tenía una fuerza colosal y descomunal que por alguna razón estaba poniéndome contra las cuerdas. Lo que parecía estar siendo una batalla relativamente pareja poco a poco con el pasar de los minutos se convirtió en un absoluta paliza indiscriminada donde solo yo recibía los impactos y mi cuerpo comenzaba a adormecerse. Los moratones comenzaron a aparecer, y con los repetidos golpes en las mismas áreas, se ennegrecieron cada vez más. Los impactos en zonas óseas eran de tal calibre que todo mi cuerpo comenzó a sangrar, especialmente en la frente y cejas, que el viejo maestro golpeó sin ningún tipo de piedad. El tiempo fue pasando mientras yo trataba de resistir estoico toda la embestida. ¿Cuál era el propósito del maestro? Dijo que quería agotar mi cuerpo pero, existen más maneras de agotarme que solamente hacerme daño. El dolor físico no me era ajeno, pero si el cansancio, quizás por mi condición de usuario, y poco a poco iba haciendo más y más mella en mí. Mis manos se fueron destensando y mis antebrazos comenzaron a temblar al sujetar el arma. Arma que era cada vez más difícil de asir con fuerza dada la sangre brotada de mis nudillos hacia el mango, haciendo que cada golpe fuera una oportunidad del viejo maestro para desarmarme y así yo quedaría desprovisto ante su colosal ofensiva que parecía no tener fin. No sé si pasaron minutos, horas, o días completos. El tiempo parecía haberse detenido en el macabro baile del anciano con el arma de madera que estaba, como ya anticipó, rompiendo mi cuerpo hasta el límite.
En determinado momento, el anciano golpeó con su mango hacia mis costillas, tal y como Shoto hizo en nuestro entrenamiento, pero esta vez con total efecto, causando que perdiera la capacidad de respirar por unos instantes. Con un rápido movimiento ascendente golpeó mi arma que salió despedida de mi mano diestra hacia el techo del dojo, quedando clavada como una espada bastarda en tierra mojada, muestra de su increíble fuerza y poder. El hombre finalizó el combo de ataques con un golpe poderoso hacia mi sien, descendente en diagonal, que impactó y me hizo perder la noción de mí mismo. Unos segundos disociado me hicieron retornar con la cara muy cerca del suelo, mirando al tatami ensangrentado entre mis manos apoyadas en él. Estaba postrado de rodillas con las manos apoyadas en el suelo, jadeando y escupiendo mi propia sangre después de mucho tiempo. Aquel anciano había dado una cátedra de cómo dar una verdadera paliza. — LEVÁNTATE. — gritó severo — NO HAY DOLOR AQUÍ. — y pateó mis costillas con su diestra haciéndome rodar varios metros que aproveché para intentar incorporarme con la inercia. — Ahora realizarás el kata. — dijo mirándome fijamente — Y verás a través del ataque falso o morirás en el intento. — sentenció para después dar un pisotón con su diestra, tambaleando el dojo entero y haciendo que mi arma, clavada en el techo aún, se cayera y la recogiera al vuelo para después lanzármela.
La sangre de mi frente me nublaba la vista. No podía ver nada más que rojo y era imposible combatir así. Quise limpiar mis ojos de sangre pero mis manos no respondían. Ya me parecía un milagro haber recogido el arma al vuelo para ponerme en guardia, mucho menos no sacarme un ojo intentando limpiarlo con las manos en el estado en el que estaban ahora mismo. — ¡DEFIÉNDETE! — gritó para lanzarse al ataque en completo silencio, sin emitir casi ningún ruido al correr. Cerré totalmente los ojos desistiendo de intentar ver y proyecté mi Color de la Observación. — A esto hemos venido, ¿no? — me pregunté mientras el espectro de aura se acrecentaba y captaba a mi maestro viniendo hacia mí. — Nidan. — recitaba por dentro. — Primer ataque. — moví mis brazos de nuevo, posicionando mi bokken sin cruzar las manos y repelí el ataque. — Girará para el segundo. — deseché la zurda para proteger mi lado izquierdo y tras impactar en el maestro, algo cambió. Percibí algo en su energía, su aura. Podía verlo. El camino que seguía, el patrón que su aura dibujaba era diferente a lo que el kata dictaba. El viejo maestro del bigote estaba apunto de atacarme mortalmente durante un entrenamiento. Pero podía verlo. Por alguna razón que desconocía, podía verlo. Mi Color de la Observación parecía estar evolucionando y podía percibir su ataque, el primero en toda mi vida. En vez de atacar al lateral contario, el anciano iba a atacar a mi cabeza, que es como debía atacar yo al final del kata. Reaccioné usando todo lo que quedaba de mí, agachándome y lanzando un golpe con todas mis fuerzas en horizontal hacia la tripa del maestro. — ¡KYIAAAAI! — exhalé esta vez de manera audible y perceptible por cualquier habitante del archipiélago seguramente, golpeando con tal fuerza que el bokken no resistió el impacto sobre el abdomen del maestro y se partió en decenas o cientos de fragmentos de astillas de madera, pese a que su objetivo no se había inmutado.
Caí de rodillas. El viejo maestro se acercó y me agarró desde la chaqueta, haciendo un bulto con ella a la altura de mi pecho y me elevó para acto seguido alejarse unos pasos y saludar con un ritsu rei pero en esta ocasión mucho más amplio. Aquello hasta para un autodidacta como yo era una muestra clara de un cambio en el respeto que el maestro me profesaba tras mi hazaña. — Bien. Ahora, practícalo. Hazlo hasta el cansancio. Curte tu espíritu como has curtido tu cuerpo y dominarás el Color de la Observación. No será hoy, probablemente te lleve días, semanas… meses. Pero serás un maestro y el mundo se descubrirá ante tí, muchacho. — dijo con voz seria y solemne — ¡SENPAI NI… REI!. — dijo saludando una última vez antes de darse la vuelta y desaparecer de mi enturbiada vista para, no verlo más. Tras unos instantes, miré fijamente el bokken roto en mi mano y, cuando recuperé las fuerzas suficientes, me alcé y limpié mis ojos ahora sí de la sangre casi seca de mi cara. Tras encarar la salida, abandoné el dojo, lleno de sangre y golpes por doquier para probablemente no volver. Aprendí a ver sin ver y ahora… sentía que no estaba ciego.


Entrenamiento
#2
ENTRENAMIENTO: COMPLETADO
Puedes entrenar el segundo nivel de Kenbunshoku (Añadido en la pestaña: Entrenar técnicas)
 

Kenbunshoku Haki (Medio)

Kenbunshoku Haki
Especial
4 huecos
Información

Permite identificar las intenciones hostiles de cualquier ser vivo en tu radio de acción, aumentando así el área en el que puedes percibir los ataques inminentes.


Código: kenbunshoku002


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