21-07-2025, 12:08 AM
¿Quién iba a pensar que la estancia en el Reino de Ryugu se iba a prolongar indefinidamente? Para Don Bambú, a quien le gustaba el aire fresco y la tierra firme, a pesar de las bellezas submarinas que pudiera ofrecer el Grand Line, quedarse allí sepultado durante tanto tiempo no fue agradable. Las bellezas que le ofrecía el fondo submarino eran increíbles, sí, para qué negarlo. Tenía la oportunidad de sentarse en los bordes del reino y dibujar especies que nunca jamás hubiera podido ver en la superficie terrestre. Sin embargo, la novedad de las criaturas submarinas se desvaneció rápido para dejar paso a una extraña sensación de claustrofobia irresoluble. Ni Kisuke ni Don Bambú tenían permiso de sus superiores para partir al Nuevo Mundo todavía, de modo que les tocaba aguantarse y quedarse donde estaban. Para más inri, su enfrentamiento con Zorak no fue a menos, sino todo lo contrario. Su camarada revolucionario no le dirigía la palabra desde su discusión con él. Nunca se hubiera imaginado que aquella iba a ser su última charla de verdad con el camarada Ideale, que partió poco después a una misión de la que nunca jamás regresaría. Comi, por su parte, que había tenido que permanecer en el barco viejo por culpa de un repentino ataque de fiebre porcina, desapareció un día sin despedirse siquiera. Don Bambú supuso que se habría ido con Zorak, pero lo cierto es que la ausencia de los que habían llegado a ser sus dos amigos le entristeció enormemente. Tanto fue así que el mink se aisló todo lo que pudo de Kisuke, su superior, para intentar centrarse todo lo posible en su entrenamiento personal y así alejar de su mente a sus dos camaradas desaparecidos. Así fue como comenzó un periodo de encierro asceta en el que el panda se dedicó no sólo a pulir sus músculos, sino también su espíritu. Don Bambú había descubierto una cosa muy interesante a lo largo de sus viajes por el mundo: el haki, la energía espiritual propia de todos los seres vivos, es demasiado poderoso como para no explorarlo en su totalidad. Por este mismo motivo, gran parte de su entrenamiento fue puramente espiritual. Es decir, Don Bambú se pasó meditando la mayor parte del tiempo dedicándose fundamentalmente a extraer todo el potencial posible a su fuerza de voluntad.
Pero había más cosas que necesitaban arreglo.
Quizás era un vicio de la juventud, pero lo cierto es que no albergaba memoria alguna ya de un tiempo en el que no necesitase gritar en voz alta sus ataques para realizarlos correctamente. En el momento en el que intentaba realizar una técnica sin nombrarla en voz alta a los cuatro vientos se le atascaba como si se le llenase la garganta de piedras. Su cuerpo no respondía adecuadamente a los impulsos bélicos si no iban estos precedidos de alguna enunciación rimbombante y eso tenía que cambiar. No podía malgastar preciosos segundos en una pelea anunciando sus intenciones cada vez que pretendía atacar de algún modo a sus enemigos. Sabía de sobra que contra Kovashi, por ejemplo, esto no podría funcionar de ninguna manera. El samurái era demasiado inteligente como para no memorizar los nombres de las técnicas de Don Bambú y así anticiparse a ellas en una contienda. Si quería tener la menor oportunidad de derrotarle y traerlo de vuelta a la Revolución, tendría que quitarse esa dolorosa manía de encima. Así comenzó la primera etapa de su entrenamiento, la cual duraría dos meses. En estos dos meses, Don Bambú prescindió completamente de su voz para acostumbrarse a realizar movimientos complejos sin ella. Para lograrlo y no caer en la tentación de soltar un grito furtivo entre golpe y golpe, empleó el rudimentario pero efectivo método de ponerse tres o cuatro mordazas en la boca (para asegurarse) y empezar a emplear sus técnicas más exigentes una detrás de otra hasta ejecutarlas a la perfección. El entrenamiento no empezó bien, no nos vamos a mentir. El primer Maximum Luna que hizo con las mordazas puestas a penas eran unas chispas en su mano. Además, había tardado una hora y media en activar el electro, que era de sus técnicas más sencillas, sin decir palabra alguna. Ni siquiera había salido un electro de los buenos. Su cuerpo había emitido chispazos aleatorios como si fuera un enchufe más instalado y se apagó tras el pobre intento de puñetazo eléctrico que se marcó con la técnica heredada de su padre. Si el viejo Maximiliano Sr. pudiera ver a su hijo se revolvería en su tumba de la vergüenza.
Don Bambú lamentó que no fuera el caso.
Pero la perseverancia da frutos tarde o temprano. Dos meses tras haber comenzado con aquel insufrible entrenamiento, Don Bambú empezó a ser capaz de emplear técnicas sin necesidad de nombrarlas en voz alta. Fue un cambio de un día para otro, en realidad. Como quien estudia mucho para un examen y hace tests todos los días en los que comete de 8 a 12 fallos sistemáticamente, pasando repentinamente a cometer 0 fallos de forma consistente. Un día conjuró Don Bambú un electro tan lamentable que no pudo ni iluminar la estancia en la que habitualmente se encerraba para entrenar. Otro día emitió su electricidad con tanta fuerza que derritió el manillar de la puerta colocándose a poca distancia de la misma. Fue a partir de entonces cuando dejó de tener la necesidad de ponerse mordazas en la boca para practicar. Las técnicas perdieron su nombre, aunque de vez en cuando, en la emoción del momento, se animaba a enunciar alguna por los viejos tiempos.
Por otro lado, el panda tuvo la necesidad de atajar otro de sus problemas. Este contratiempo resultaba más vergonzoso que incapacitante. Lo cierto es que Don Bambú guardaba en su memoria algunas técnicas tan sencillas que no tenían el menor uso en su arsenal. La técnica para llevarlas a cabo es tan rudimentaria que incluso los niños pueden realizarlas, pero su efectividad brilla por su misma ausencia. Temiendo que estos artificios de artista marcial callejero estuvieran ocupando un espacio en su cabeza mayor al deseado, Don Bambú empleó otros dos meses de su tiempo para olvidarse por completo de estas técnicas. El problema radicaba en que el panda no conocía demasiados métodos para olvidar. Tenía en su cabeza muchas técnicas nemotécnicas para recordar otras cosas, pero no tenía ninguna para olvidarlas. Los métodos que sí sabía que eran eficientes para favorecer un olvido inmediato de algunas cuestiones eran el alcohol y los repetidos impactos contundentes en el cráneo. Ninguno de los dos le resultaba particularmente atractivo, de modo que optó por un tercer camino: la meditación. ¿Cómo se medita para el olvido? De forma increíblemente esotérica. Allanando espacios imaginarios de formas abstractas y poco fiables, Don Bambú se sumió en lo más profundo de su espíritu y luchó contra el conocimiento de las tres técnicas más básicas elaboradas por seres pensantes. Olvidó como nunca olvidan las personas. Olvidó dejando ir sus recuerdos y abandonándolos en una suerte de deriva hacia la nada. Su meditación fue tan larga, profunda y efectiva, que cuando abrió los ojos no recordaba por qué había empezado a meditar en primer lugar y se enfadó por haber perdido el tiempo.
La última parte de su entrenamiento fue la más dura de todas. En esta ocasión, Don Bambú se dedicó enteramente a fortalecer su haki por medio del empleo repetido del mismo hasta la extenuación. Todos los días se levantaba a primera hora de la mañana y empleaba su gran variedad de colores espirituales hasta que, al atardecer, caía inconsciente completamente agotado. A lo largo de estos últimos 14 meses, Don Bambú tuvo una única motivación en mente: estar a la altura de una revancha con Garnet. Sí, tenía que ir a por Kovashi. Sí, tenía que crecer para estar a la altura de Sohem. Sí, quería llegar a lo más alto del Ejército Revolucionario y cambiar el mundo. Pero en aquel momento, tan poco tiempo después de su enfrentamiento con el peliverde, su mayor motivación era ser él el que quedase en pie. Demasiadas veces había procrastinado en sus entrenamientos y las consecuencias eran evidentes. Todos le habían adelantado. Estaba seguro de que Sohem y él no estaban tan lejos el uno del otro en Cabos Gemelos (le recordaba ya en aquella época). Y en el mismo escenario estaba más que seguro de que sus capacidades bélicas eran ampliamente superiores a las de Garnet. Kovashi no le había dejado demasiado atrás, ¡pero es que está tuerto y le falta un brazo, maldita sea! Ni contra un lisiado tenía una clara ventaja ya y era culpa suya. Pero nunca más dejaría el panda que su cuerpo se marchitase sin el ejercicio que tanto necesitaba. Nunca más dejaría que su espíritu flaquease ante la menor de las adversidades. Don Bambú llegó, en estos 14 meses de puro entrenamiento espiritual, a hacer las paces con la idea de ser poseedor de una suerte de haki "exclusivo" que no todo el mundo tenía. El haoshoku siempre había sido el que menos le entusiasmaba de todos. Por un lado, se trataba de la facultad de imponer su voluntad sobre la de otros. Se trata de una suerte de poder subyugador que se le atribuía en leyendas a determinados gobernantes especialmente feroces. Por otro lado, su exclusividad alimenta de forma innecesaria esta leyenda de que sus poseedores están destinados a ocupar puestos de mando o poder en cualquier facción a la que pertenezcan. Con su mentalidad cerrada de revolucionario, Don Bambú nunca disfrutó de la idea de poder hacer que otros caigan a sus pies con el mero deseo de que así sea. Sin embargo, con el tiempo llegó a plantearlo de forma diferente. No como el poder para imponerse sobre otros, sino como el poder para evitar que otros se impusieran ante él. El poder para enfrentarse a aquellos que en condición de reyes se imponen a todos los demás. El poder para decir que no cuando nadie más puede. No el color de los conquistadores, sino el color de los rebeldes. El hangyaku no haki.
Habiendo transcurrido más o menos año y medio, Don Bambú salió a la luz de un nuevo día submarino como una persona completamente diferente, pero igual al mismo tiempo. Su nivel de poder había aumentado considerablemente. Se sentía más fuerte, más rápido y más capaz que nunca. Lamentablemente la Revolución seguía sin tener noticias de Zorak ni de Comi, dándolos el Ejército por caídos en combate en alguna suerte de misión por la causa. El panda esperaba reunirse únicamente con Kisuke para pasar en breves a la acción, pero en aquel año y medio de aislamiento que el panda había vivido el escuadrón había recibido dos nuevos integrantes: un mink muy simpático llamado Oxxy y un gigante invidente al cual habría que adiestrar urgentemente en el arte del Kenbunshoku. Sería una tarea que, sin duda, caería sobre los hombros de los dos veteranos revolucionarios del escuadrón. Algo para hacer en el futuro después de la misión que acababan de recibir. Tenían que partir de inmediato en su nuevo navío, un espléndido galeón bautizado como el Grand Prix, hacia el Reino Mogaro en el Nuevo Mundo para liberarlo del control de un rey totalitario. La isla sería reclamada por el Ejército Revolucionario y pasaría a estar bajo la protección del escuadrón de los toros negros en particular y del Ejército Revolucionario en general. Sin más dilación, el cuarteto revolucionario partió del Reino Ryugu en su nuevo navío cubierto de aquella extraña película de burbuja hacia la superficie de la segunda mitad del Grand Line. Contaban con una ayuda para guiarse: un Eternal Pose que marcaba la dirección del Reino Mogaro sin necesidad de pararse entre islas. Las aguas del Nuevo Mundo resultaron ser mucho más bravas que las del Paraíso, pero entre las habilidades de navegante de Kisuke y la robustez del Grand Prix, lograron llegar sin lamentar pérdidas graves a su destino. El Reino Mogaro resultó ser una isla particularmente pequeña para los estándares del Nuevo Mundo. No obstante, a pesar de su tamaño, la isla da cobijo a biomas muy variados. A simple vista desde la distancia uno podía detectar áreas montañosas, costeras e incluso bosques. La arquitectura autóctona del lugar se fundamentaba en construcciones de estilo más bien antiguo, primando la piedra como forma de defensa frente a otros materiales. El escuadrón revolucionario desembarcó, bajo las órdenes del Gran Líder Kageyama, en el Pueblo Bayo.
Tenían un plan bastante sencillo. Se harían pasar por científicos durante un tiempo antes de pasar a la acción. Don Bambú, que con el tiempo se había olvidado de todo lo que aprendió con Kovashi sobre el sutil arte de la mentira, no opuso objeción alguna a aquel plan sin fisuras. Don Bambú adoptaría el papel de un científico mudo, porque era la única manera que tenía de no cagarla, y aprovecharía para llevar un bigote postizo a ver si así no le reconocía nadie. Con suerte podría revivir su identidad de Chewbacca para hacerlo algo más convincente, pero no se veía con el estómago para presentarse como tal por su cuenta.
Pero había más cosas que necesitaban arreglo.
Quizás era un vicio de la juventud, pero lo cierto es que no albergaba memoria alguna ya de un tiempo en el que no necesitase gritar en voz alta sus ataques para realizarlos correctamente. En el momento en el que intentaba realizar una técnica sin nombrarla en voz alta a los cuatro vientos se le atascaba como si se le llenase la garganta de piedras. Su cuerpo no respondía adecuadamente a los impulsos bélicos si no iban estos precedidos de alguna enunciación rimbombante y eso tenía que cambiar. No podía malgastar preciosos segundos en una pelea anunciando sus intenciones cada vez que pretendía atacar de algún modo a sus enemigos. Sabía de sobra que contra Kovashi, por ejemplo, esto no podría funcionar de ninguna manera. El samurái era demasiado inteligente como para no memorizar los nombres de las técnicas de Don Bambú y así anticiparse a ellas en una contienda. Si quería tener la menor oportunidad de derrotarle y traerlo de vuelta a la Revolución, tendría que quitarse esa dolorosa manía de encima. Así comenzó la primera etapa de su entrenamiento, la cual duraría dos meses. En estos dos meses, Don Bambú prescindió completamente de su voz para acostumbrarse a realizar movimientos complejos sin ella. Para lograrlo y no caer en la tentación de soltar un grito furtivo entre golpe y golpe, empleó el rudimentario pero efectivo método de ponerse tres o cuatro mordazas en la boca (para asegurarse) y empezar a emplear sus técnicas más exigentes una detrás de otra hasta ejecutarlas a la perfección. El entrenamiento no empezó bien, no nos vamos a mentir. El primer Maximum Luna que hizo con las mordazas puestas a penas eran unas chispas en su mano. Además, había tardado una hora y media en activar el electro, que era de sus técnicas más sencillas, sin decir palabra alguna. Ni siquiera había salido un electro de los buenos. Su cuerpo había emitido chispazos aleatorios como si fuera un enchufe más instalado y se apagó tras el pobre intento de puñetazo eléctrico que se marcó con la técnica heredada de su padre. Si el viejo Maximiliano Sr. pudiera ver a su hijo se revolvería en su tumba de la vergüenza.
Don Bambú lamentó que no fuera el caso.
Pero la perseverancia da frutos tarde o temprano. Dos meses tras haber comenzado con aquel insufrible entrenamiento, Don Bambú empezó a ser capaz de emplear técnicas sin necesidad de nombrarlas en voz alta. Fue un cambio de un día para otro, en realidad. Como quien estudia mucho para un examen y hace tests todos los días en los que comete de 8 a 12 fallos sistemáticamente, pasando repentinamente a cometer 0 fallos de forma consistente. Un día conjuró Don Bambú un electro tan lamentable que no pudo ni iluminar la estancia en la que habitualmente se encerraba para entrenar. Otro día emitió su electricidad con tanta fuerza que derritió el manillar de la puerta colocándose a poca distancia de la misma. Fue a partir de entonces cuando dejó de tener la necesidad de ponerse mordazas en la boca para practicar. Las técnicas perdieron su nombre, aunque de vez en cuando, en la emoción del momento, se animaba a enunciar alguna por los viejos tiempos.
Por otro lado, el panda tuvo la necesidad de atajar otro de sus problemas. Este contratiempo resultaba más vergonzoso que incapacitante. Lo cierto es que Don Bambú guardaba en su memoria algunas técnicas tan sencillas que no tenían el menor uso en su arsenal. La técnica para llevarlas a cabo es tan rudimentaria que incluso los niños pueden realizarlas, pero su efectividad brilla por su misma ausencia. Temiendo que estos artificios de artista marcial callejero estuvieran ocupando un espacio en su cabeza mayor al deseado, Don Bambú empleó otros dos meses de su tiempo para olvidarse por completo de estas técnicas. El problema radicaba en que el panda no conocía demasiados métodos para olvidar. Tenía en su cabeza muchas técnicas nemotécnicas para recordar otras cosas, pero no tenía ninguna para olvidarlas. Los métodos que sí sabía que eran eficientes para favorecer un olvido inmediato de algunas cuestiones eran el alcohol y los repetidos impactos contundentes en el cráneo. Ninguno de los dos le resultaba particularmente atractivo, de modo que optó por un tercer camino: la meditación. ¿Cómo se medita para el olvido? De forma increíblemente esotérica. Allanando espacios imaginarios de formas abstractas y poco fiables, Don Bambú se sumió en lo más profundo de su espíritu y luchó contra el conocimiento de las tres técnicas más básicas elaboradas por seres pensantes. Olvidó como nunca olvidan las personas. Olvidó dejando ir sus recuerdos y abandonándolos en una suerte de deriva hacia la nada. Su meditación fue tan larga, profunda y efectiva, que cuando abrió los ojos no recordaba por qué había empezado a meditar en primer lugar y se enfadó por haber perdido el tiempo.
La última parte de su entrenamiento fue la más dura de todas. En esta ocasión, Don Bambú se dedicó enteramente a fortalecer su haki por medio del empleo repetido del mismo hasta la extenuación. Todos los días se levantaba a primera hora de la mañana y empleaba su gran variedad de colores espirituales hasta que, al atardecer, caía inconsciente completamente agotado. A lo largo de estos últimos 14 meses, Don Bambú tuvo una única motivación en mente: estar a la altura de una revancha con Garnet. Sí, tenía que ir a por Kovashi. Sí, tenía que crecer para estar a la altura de Sohem. Sí, quería llegar a lo más alto del Ejército Revolucionario y cambiar el mundo. Pero en aquel momento, tan poco tiempo después de su enfrentamiento con el peliverde, su mayor motivación era ser él el que quedase en pie. Demasiadas veces había procrastinado en sus entrenamientos y las consecuencias eran evidentes. Todos le habían adelantado. Estaba seguro de que Sohem y él no estaban tan lejos el uno del otro en Cabos Gemelos (le recordaba ya en aquella época). Y en el mismo escenario estaba más que seguro de que sus capacidades bélicas eran ampliamente superiores a las de Garnet. Kovashi no le había dejado demasiado atrás, ¡pero es que está tuerto y le falta un brazo, maldita sea! Ni contra un lisiado tenía una clara ventaja ya y era culpa suya. Pero nunca más dejaría el panda que su cuerpo se marchitase sin el ejercicio que tanto necesitaba. Nunca más dejaría que su espíritu flaquease ante la menor de las adversidades. Don Bambú llegó, en estos 14 meses de puro entrenamiento espiritual, a hacer las paces con la idea de ser poseedor de una suerte de haki "exclusivo" que no todo el mundo tenía. El haoshoku siempre había sido el que menos le entusiasmaba de todos. Por un lado, se trataba de la facultad de imponer su voluntad sobre la de otros. Se trata de una suerte de poder subyugador que se le atribuía en leyendas a determinados gobernantes especialmente feroces. Por otro lado, su exclusividad alimenta de forma innecesaria esta leyenda de que sus poseedores están destinados a ocupar puestos de mando o poder en cualquier facción a la que pertenezcan. Con su mentalidad cerrada de revolucionario, Don Bambú nunca disfrutó de la idea de poder hacer que otros caigan a sus pies con el mero deseo de que así sea. Sin embargo, con el tiempo llegó a plantearlo de forma diferente. No como el poder para imponerse sobre otros, sino como el poder para evitar que otros se impusieran ante él. El poder para enfrentarse a aquellos que en condición de reyes se imponen a todos los demás. El poder para decir que no cuando nadie más puede. No el color de los conquistadores, sino el color de los rebeldes. El hangyaku no haki.
Habiendo transcurrido más o menos año y medio, Don Bambú salió a la luz de un nuevo día submarino como una persona completamente diferente, pero igual al mismo tiempo. Su nivel de poder había aumentado considerablemente. Se sentía más fuerte, más rápido y más capaz que nunca. Lamentablemente la Revolución seguía sin tener noticias de Zorak ni de Comi, dándolos el Ejército por caídos en combate en alguna suerte de misión por la causa. El panda esperaba reunirse únicamente con Kisuke para pasar en breves a la acción, pero en aquel año y medio de aislamiento que el panda había vivido el escuadrón había recibido dos nuevos integrantes: un mink muy simpático llamado Oxxy y un gigante invidente al cual habría que adiestrar urgentemente en el arte del Kenbunshoku. Sería una tarea que, sin duda, caería sobre los hombros de los dos veteranos revolucionarios del escuadrón. Algo para hacer en el futuro después de la misión que acababan de recibir. Tenían que partir de inmediato en su nuevo navío, un espléndido galeón bautizado como el Grand Prix, hacia el Reino Mogaro en el Nuevo Mundo para liberarlo del control de un rey totalitario. La isla sería reclamada por el Ejército Revolucionario y pasaría a estar bajo la protección del escuadrón de los toros negros en particular y del Ejército Revolucionario en general. Sin más dilación, el cuarteto revolucionario partió del Reino Ryugu en su nuevo navío cubierto de aquella extraña película de burbuja hacia la superficie de la segunda mitad del Grand Line. Contaban con una ayuda para guiarse: un Eternal Pose que marcaba la dirección del Reino Mogaro sin necesidad de pararse entre islas. Las aguas del Nuevo Mundo resultaron ser mucho más bravas que las del Paraíso, pero entre las habilidades de navegante de Kisuke y la robustez del Grand Prix, lograron llegar sin lamentar pérdidas graves a su destino. El Reino Mogaro resultó ser una isla particularmente pequeña para los estándares del Nuevo Mundo. No obstante, a pesar de su tamaño, la isla da cobijo a biomas muy variados. A simple vista desde la distancia uno podía detectar áreas montañosas, costeras e incluso bosques. La arquitectura autóctona del lugar se fundamentaba en construcciones de estilo más bien antiguo, primando la piedra como forma de defensa frente a otros materiales. El escuadrón revolucionario desembarcó, bajo las órdenes del Gran Líder Kageyama, en el Pueblo Bayo.
Tenían un plan bastante sencillo. Se harían pasar por científicos durante un tiempo antes de pasar a la acción. Don Bambú, que con el tiempo se había olvidado de todo lo que aprendió con Kovashi sobre el sutil arte de la mentira, no opuso objeción alguna a aquel plan sin fisuras. Don Bambú adoptaría el papel de un científico mudo, porque era la única manera que tenía de no cagarla, y aprovecharía para llevar un bigote postizo a ver si así no le reconocía nadie. Con suerte podría revivir su identidad de Chewbacca para hacerlo algo más convincente, pero no se veía con el estómago para presentarse como tal por su cuenta.
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