[Timeskip] El mundo es cruel
#1
El mundo es cruel.
Los acontecimientos más recientes habían hecho del devenir de nuestro gremio una incógnita. Pequeño recordatorio para situarnos. Pasada nuestra estancia en Skypiea y en los juegos de Zarutsuki, el lugar donde aprendí a leer las piedras del camino, terminamos en Báltigo. Un páramo desierto donde nos tiramos largo tiempo. Allí encontramos a Carmilla y Shoto, engrosando nuestras filas hasta las cinco unidades de personas. Fue en Chika donde Sohem mató de manera visceral a Chloe y Carmilla debió huir. Solo Shoto y yo permanecimos en el barco. Tras entregar a Zorak, el revolucionario, habiendo derrotado en pareja a su equipo, llegamos al archipiélago de Sabaody. Allí pasamos suficiente tiempo como para que ocurrieran tantas desgracias como podía contar. Primero, conseguimos una fruta para Shoto, la Boru Boru, que aparentemente le permitía comprimir objetos y personas al tamaño y peso de una canica, siendo así tremendamente útil para un científico como él. Allí, en ese momento, nos cruzamos con la pelirrosa de aura terriblemente poderosa. Seguía sin saber quién era y sospechaba que Sohem la conocía pues, solo al verla decidimos salir por patas de allí. Jamás hablamos del tema. Pasado un tiempo y con el Kaiser Panzer encargado, estuvimos amarrados en los astilleros hasta trasladarnos al nuevo navío. Cuando íbamos a cazar por fin, fuimos atacados por un robot Marine que se había descontrolado. El proyecto Patriota se salió de control, atacando a los presentes en el archipiélago y, por consiguiente, también a nosotros. Sin embargo el espléndido invento científico de la Marina no fue rival para nosotros, haciendo que se viera derrotado con un solo golpe combinado de nuestras armas. Tras esto, y queriendo buscar respuestas, nos separamos para ver qué ocurría. Yo tuve que enfrentarme a Sasha, que ya la conocía de antaño, miembro de los ahora reagrupados Alas Negras, teniendo una batalla donde terminé hiriéndola de gravedad y robándole un dial. Una gran explosión destruyó una zona entera, arrasando tal cantidad de terreno que me daba pánico pensar en el poder del enemigo. Tras esto, recibí la llamada de Sohem para ir al Manglar 33, donde la ahora División 17 nos esperaba. Provistos de más Patriotas en control y, con la División 17 y el Almirante Yugu de nuestro lado, debíamos frenar la acometida más poderosa que el archipiélago podría enfrentar: un emperador del mar, el Yonko Odki Murray. Fue gracias a los esfuerzos combinados de Yugu y Sohem que se frenó su enorme barco quemando sus velas. No sin recibir la contra ofensiva del emperador que, ni corto ni perezoso, disparó a diestro y siniestro al manglar. Algunos impactos erraron, otros acertaron en Apolo, un miembro de la división de Joe, otro en el brazo de Sohem, arrancánselo de cuajo. Si no fuera por la aparición del Almirante Tucrow y su fuerza de élite, los enigmáticos Zoodiacools, no habríamos salido vivos. Tras unos días llegamos al G-1 con los Marines, donde acudimos a una reunión con varios altos cargos, entre ellos un Zoodiacool, el vicealmirante Ryu Nanashi, quien nos explicó junto a su compañero el sistema que se había creado en torno a los emperadores del mar, los shicibukais, los almirantes… todo para mantener el orden y el equilibrio de poder en el mundo. Fuimos recompensados con el ofrecimiento de un alto cargo Marine que ambos rechazamos y, tras decidir nuestras recompensas, cada uno marchó a por ellas. Shoto fue al almacén a abastecerse de materiales. Sohem pidió favores y destruyó el orgullo de los Marines y yo, preferí el conocimiento. Tras esto… todo parecía que iba a cambiar.


Supongo que esto pone el contexto suficiente así que, volveré a mi frase inicial. Como decía, el mundo es cruel.
Desde la habitación miraba por la ventana mientras amanecía. El G-1 había quedado atrás y delante de nosotros era difícil anticipar el futuro. Probablemente porque ni nosotros éramos los más dados a los planes ni había una meta definida. Sohem había salido de la base Marine con el beneplácito de un vicealmirante reputado para hacer la vista gorda si llevábamos a cabo algún tipo de acto reprochable. Shoto, que había sido el más pragmático, acaparó todos los materiales posibles del almacén de la base y pudo así abastecerse de todo lo necesario para crear sus inventos más alocados. Yo, quizá el más soñador, aposté todas las monedas en el mismo número, todas las fichas en la misma mano de cartas y todos los boletos en el mismo corcel para, con algo de suerte, recibir la probablemente información más valiosa que salió de los acontecimientos del archipiélago de Sabaody. Con la información del Poneglyph la ruta estaba fijada pero, todavía no había tenido tiempo de transmitir al jefe todo lo necesario. Tampoco sé si lo entendería. Ni siquiera sé si debía. Pero si la meta a la que llegar para continuar desentrañando el misterio y armar el puzzle de las piedras del camino era ese, una cosa estaba clara: tenía que fortalecerme. — Vamos. — susurré amarrando con fuerza el pantalón con el cinto y cerrando la ventana para girar hacia la puerta. Espero que el lector no me malinterprete, yo me consideraba fuerte, quizá no tanto como otros que puedan rondar al tablero cercano a mí, pero incluso conociendo mi rol y mi estilo de combate, me había percatado de algo: todas las torres caen. Cuando ves a la persona más fuerte que conoces tambalearse de un solo golpe, te replanteas las cosas. Te planteas si el camino será posible, si estás en el lugar correcto, si podrás sobrevivir. Pero la realidad es que no tienes opción y sólo puedes intentar prepararte. Mis pasos resonaban por los pasillos del Kaiser mientras llegaba a cubierta. Había establecido un plan. Era consciente de mis debilidades. Mi falta de movilidad era una lacra que no podía tolerar. Pese a que otros más lentos que yo se defendían sin problema, mi capacidad cardiovascular era nimia y con frecuencia tenía que parar a recuperar el aliento. No iba a salir a correr detrás de una presa, pero, si tenía que moverme durante la pelea, no quería estar limitado a unos metros sin echar las entrañas por la boca. Ese era el primer punto en contra. Por otro lado, pese a mi enorme velocidad, que estaba más dada por mi destreza que por mi cuerpo ligero, se traducía en una baja capacidad para asumir daños. Dada la capacidad ofensiva de los enemigos que parecían aguardar en el Nuevo Mundo, no me parecía descabellada la idea de hacernos más fuertes físicamente. Yo y el Lobo.


Hoy era lunes. Había decidido empezar mi preparación un lunes pero, no por nada en especial ni por algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo sobre el orden y empezar hábitos una semana porque “para empezar un jueves, me espero al lunes”. Simplemente coincidió. Me levanté temprano, sobre las seis o seis y cuarto de la mañana y, primero que nada, desayuné. No tenía mucha idea en general pero tampoco había que tener un graduado en cocina para entender que si comes más de lo que gastas, creces, así que procuré aumentar las cantidades de lo que habitualmente desayunaba y comía, priorizando las proteínas y por último las grasas. El bol de gachas y el café delante de mí parecía imponente en comparación a lo que estilaba y lo terminé con cierta dificultad. Tras esto, me dispuse a calentar y realizar el entrenamiento de fuerza. La movilidad de hombros era habitual para comenzar y con eso mi cuerpo comenzaba a calentar motores de cara a levantar pesos que claramente atentan contra mi integridad física, pero si no te esmeras no creces. Crují mi cuello para comenzar a calentar y enfilando el material de entrenamiento físico, comencé oficialmente mi fase de entrenamiento. Tras dejar a un lado mi chaqueta, sobre una silla, me dirigí al banco con pesas y me tumbé. — Peso ligero, cariño. — dije con sorna sujetando la barra y buscando mi posición. — ¡VA! —


El entrenamiento consistió en una concatenación de ejercicios para empujes: primero presses para hombros, sin pasarme de intensidad para mantener la musculatura accesoria fresca de cara a los ejercicios principales. Después, y con el fin de priorizar esas fibras en específico, realicé presses inclinados para que el pectoral creciera, especialmente en el haz clavicular, dando una apariencia de músculo mucho más relleno y crecido. Esto lo combiné con un curl inclinado, manteniendo los codos por detrás del cuerpo haciendo crecer la porción larga de este. Estos dos ejercicios irían combinados para ahorrar tiempo y aumentar la demanda de calorías. Después la banca plana sería el ejercicio principal donde buscaría progresar en pesos y potencia, no solo metiendo discos conforme las semanas pasaran, si no buscando pausas, control y explosividad al subir. Un ejercicio aislado con un par de pesas solitarias para mis hombros en su porción lateral serían adecuados para buscar esa sensación de anchura en mi cintura escapular y finalmente otro combo de bíceps y tríceps, esta vez de pie para el bíceps y tumbado para tríceps. Varias horas de entrenamiento de fuerza finalizaron con un exhausto espadachín deseando comer. Había fraccionado mi entrenamiento de una manera que consideraba eficiente. El primer día de la semana trabajaría empujes y mis brazos. La potencia del pectoral y los tríceps para poder realizar cortes más poderosos y mortales. El segundo día, si había costa a la que atracar, correría por ella hasta la extenuación. El tercer día, volviendo a la fuerza, el tren inferior sería el protagonista, enfocándome en toda la parte anterior de este. El cuarto día descansaría. El quinto sería un entrenamiento de mi cadena posterior, tanto tren superior como inferior, más largo y extenso que los demás, pero menos demandante. El sexto día, de nuevo, si había costa, correría en series de sprint, pero en esta ocasión estaría transformado en lobo de manera completa para, tras finalizarlo, trabajar con bokken especiales de entrenamiento que pesaban más de lo habitual y así desarrollar la técnica. El séptimo día, descansaría y estiraría, consiguiendo así también un autocuidado eficaz para evitar sobreentrenamientos. Todo esto sería acompañado de lo que iba a hacer en este preciso instante: comer. Comer como si no hubiera un mañana para hacerlo de nuevo. Comer por encima de lo que naturalmente comía y de esa manera, ganar más peso y cuerpo. El trabajo de fuerza, junto a la proteína que estaba me procurando, a veces en el barco y a veces convertido en Lobo si la isla lo permitía y sus bestias no eran muy fuertes, me iba a conseguir un físico mucho más poderoso de lo actual.


Los martes me gustaban. Despertar antes del alba y salir a la playa si había posibilidad para realizar carrera de fondo. Generalmente lo hacía solo con mis pantalones o una camisa muy básica de algodón a la que le subía las mangas para no estorbar. Correr no era lo mío, pero me gustaba. Sentía cierto halo de libertad en la carrera que no comprendía. Mientras la arena de las playas se hundía por mis pisadas, yo sentía que volaba. Las primeras semanas esto era un suplicio, más que una liberación. Mi evidente falta de resistencia aeróbica era una pesa que debía sacar de mi mochila. Solo forzando mi cuerpo a distancias y tiempos nuevos sería capaz de poco a poco eliminar esa necesidad imperiosa de parar a respirar cuando llevaba unos minutos de carrera. Si bien es cierto que esto sumado a los otros entrenamientos de velocidad, debería darme un gran incremento de velocidad, el hecho de estar cogiendo kilos imposibilitaba esa crecida de mis habilidades físicas. Aunque como decía, me liberaba, también me dejaba exhausto todo el día, como con el corazón a mil por hora.


— Solo hay que tener disciplina, Viktor, día a día… — me decía durante la mañana del miércoles mientras preparaba el desayuno, que debía contener el doble de calorías de lo que Shoto comía en un día. Con el pasar de los días, mi compañero inventor me miraba comer las ingentes cantidades con cara de circunstancia y yo solo le devolvía la mirada y encogía mis hombros como diciendo “es lo que hay”. Hoy tocaba el día más pesado: entrenamiento de piernas. No creo que haya alguien en el planeta que disfrute de hacer esto. Tras calentar como siempre con una rutina de movilidad para ganar mayor recorrido en los levantamientos, comencé realizando pequeños ejercicios sin peso a fin de subir la temperatura de mis músculos y activar todo mi cuerpo. Sentadillas al aire, zancadas y algunos ejercicios aeróbicos me pusieron en marcha lo suficiente como para arrancar. Primero, comencé con series incrementales de sentadillas sosteniendo los pesos con mis brazos a la altura del diafragma. Esto tenía una clara transferencia a cargar el peso de un hombre y me permitía una verticalidad potente para la sentadilla. Tras esto cambié el enfoque de la sentadilla colocando la barra en mis trapecios y realizando las bajadas lo más controladas posibles, pero con potencia en la subida para buscar explosividad. Dada mi baja movilidad de tobillos, a veces tenía que calzar mi talón para buscar una profundidad adecuada, cosa que tampoco me importaba demasiado. El siguiente ejercicio serían zancadas, lanzando mis pies hacia el frente uno a uno y dejando que la rodilla casi toque el suelo, mientras cargaba la barra tras de mí como en la sentadilla. Una vez terminaba, hice el último ejercicio muy similar pero colocando el empeine del pie sobre una silla o banco detrás de mí. Como odiaba ese dichoso ejercicio. ¿Cuánto dolor tienes que sentir en el corazón para inventar algo tan terrorífico como eso? Este “finisher” lo realizaba hasta que mis piernas no daban más, tres veces con cada pierna atrás. Y tras ese entrenamiento, era hombre muerto por veinticuatro horas mínimo. Cero culpa. Para eso existía el jueves, que sería mi día de descanso. Aprovechaba ese día para ponerme al día con Sohem y Shoto de avances, estudiar o pulir mis habilidades de herrería. La  buena comida era importante para recuperar y rematar la semana, así que procuraba comer nutritivo y descansar. A veces, si el tiempo lo permitía, me aseaba largo rato para que mis músculos se relajaran.


El viernes volví a la carga. En esta ocasión, toda mi parte posterior se implicaría. Desde los múltiples trabajos de remos en todas posiciones ya sea horizontales o inclinándome hacia el suelo, hasta las dominadas colgado de los marcos de las puertas, pasando por los pesos muertos diversos buscando la máxima capacidad de levantamiento hasta, finalmente, el trabajo específico para la parte posterior de mi hombro realizando aperturas mientras me inclinaba. Era el día más aburrido sin duda, pero notaba que mi cabeza funcionaba peor después de ese día dado el increíble esfuerzo físico al que sometía a mis músculos. El sábado era el alivio semanal. Tocaba correr, pero esta vez realizando series de velocidad extrema. Todo lo que daban mis piernas, ya fuera transformado en Lobo por completo o solamente de manera parcial, buscaba correr al máximo y después recuperar en idas y venidas que ponían mi corazón a toda máquina. Este entrenamiento me permitió poco a poco adquirir cierta potencia explosiva y capacidad para recuperarme. Conforme pasaban las semanas noté dos cosas respecto a la carrera. Primero, que el aumento de peso estaba frenándome, y aunque mi cuerpo era capaz de ejercer acciones más potentes, no era suficiente para mover mi nueva masa. Por otro lado, los martes cada vez podía correr más tiempo sin fatigarme o cansarme, lo cual demostraba que estábamos en el camino adecuado. Tras terminar las series de velocidad, volvía a cubierta para coger los bokken especiales. Estos tenían por nombre suburito y eran en esencia bokkens más pesados que los convencionales. Estaban preparados para practicar movimientos repetidos y de esa manera fortalecer el hombro y la técnica del practicante. Primero realizaba todos los katas del estilo de combate del primero al último y, finalmente, tras haber detectado fallos que intentaría corregir en siete días, comenzaba una práctica suave y continua que podía extenderse durante horas, hasta que los brazos decían que era imposible mantener la espada en alto y necesitaban una pausa. Con el domingo por delante para comer, descansar y estirar, mi semana estaba completa y solo quedaba repetir. Al principio era relativamente sencillo llevar esta rutina que poco a poco se volvió monotonía y solo la disciplina fue la llave para mantener mi esfuerzo conforme pasaban los días y los días. Poco a poco estaba comenzando a notar el cansancio y pese a que tenía el miedo de entrar en sobre entrenamiento, mi poder como usuario de zoan mitológica me permitía recuperar mi cuerpo a un ritmo más acelerado de lo que un humano normal, o incluso un usuario de zoan más común que yo podría curarse. Eso me permitía tensar mucho más la cuerda con mi entrenamiento.


El peso ganado era evidente.
A estas alturas debía haber cogido unos 5 kilos y mi potencia física comenzaba a hacerse palpable. Durante este tiempo, y sin fallar a mis entrenamientos, habíamos atracado en distintos lugares. Muchos de ellos con tablones de anuncios, sin piratas verdaderamente reseñables ni poderosos. Pero sí lo suficientemente lucrativos para que el jefe quisiera desempolvar a Ein Hauch y que pudiéramos subsistir. Entre batidas de caza y entrenamientos en solitario, también tuve tiempo que pasar con mis compañeros. Con Sohem, quien parecía haber abandonado la actitud de holgadas victorias incluso tras su paliza a los Marines, tuve tiempo de entrenar su Haki. Sabía que el jefe era capaz de usar el grado más básico del Busoshoku Haki, pero me asombraba que no conociera más detalles sobre su uso defensivo. Y qué decir del Kenbunshoku, que ni siquiera dominaba. Casi parecía que el jefe no había tenido la necesidad real de esquivar un solo impacto hasta Sabaody y por esa misma razón no había desarrollado sus habilidades. De hecho, desconocía si el Busoshoku lo aprendió en Skypiea, pero no me hubiera extrañado ni lo más mínimo que lo hubiera aprendido por “ciencia infusa”. A estas alturas no me sorprendería de nada.
Lo que si estaba claro que si había un gap de poder entre nosotros, el Haki era el único que lo paliaba un poco. Aun así, era imprescindible que el jefe dominara esas habilidades con presteza y… vaya que sí lo hizo. Yo no era el maestro más idóneo para nadie y, probablemente, Sohem tampoco era el alumno idílico que se aplica y atiende en clase. Por esa razón encontramos una manera simple y práctica de hacer entender y dominar a Sohem las habilidades de Haki necesarias: pelear. Cada vez que atracábamos en un puerto tranquilo, que teníamos un día en calma por el mar, o que la situación permitía un intercambio de golpes y de espadazos, Ein Hauch y Shimei Kaeru cruzaban sus aceros. El tiempo que Sohem tardó en dominar ambas vertientes del Haki era casi terroríficamente corta. Desde luego, aunque no fuera su punto fuerte en especial, tenía un verdadero don para el combate, para adaptarse y aprender. Casi daba miedo.
Durante los primeros duelos, en las primeras semanas que lo probamos, los golpes no se medían y generalmente el combate duraba hasta que me quedaba totalmente seco y el Haki eliminaba la poca ventaja o capacidad de supervivencia que tenía con mi jefe. Los combates se hacían especialmente cortos y generalmente terminaban conmigo hincando una rodilla en tierra muestra de mi agotamiento. Sin embargo algo me sorprendió cuando, poco a poco y conforme pasaban las semanas, el jefe iba desarrollando sus habilidades. Quizá por ir centrando sus ataques y estrategias con estas nuevas herramientas que estaba mejorando nuestros duelos se alargaban. También quizá porque yo mismo me estaba fortaleciendo. Los combates con el pasar de los días se volvían más largos y técnicos, siendo capaces poco a poco de elaborar estrategias intrincadas para coger al otro desprevenido. Nuestros hakis resonaban con fuerza y ambos nos hicimos más fuertes. Logramos un punto de conexión aún más afín de la que ya poseíamos, pues, no solo habíamos luchado contra muchos enemigos juntos, ahora por fin habíamos luchado contra el otro también el mismo número de veces. Eso nos proporcionaba una capacidad sobrehumana para coordinarnos y entendernos sin palabras, solo con acciones, solo con gestos, con miradas, que pocos otros podían permitirse. Nos hicimos fuertes mientras aprendíamos. Yo me hice fuerte mientras perdía contra Sohem. Pero el simple hecho de pelear contra la vasta energía de Sohem te fortalecía. Casi era como nadar en contra de un océano turbulento que no quiere que te acerques a tierra, como un huracán desbocado que amenaza con lanzarte por los aires si no te agarras a algo, pues no va a dejarte avanzar. Eso me fortaleció y con el tiempo, pude soportar los embates del jefe con algo más de dignidad.
Esto también se reflejaba en nuestras batidas de caza.
Los enemigos generalmente al vernos tenían dos reacciones. Los que ya nos conocían, pues nuestro renombre había sido ampliado y poco a poco los mares conocían de nuestro poder y amenaza para todo aquel que tuviera un precio sobre su cuello, corrían despavoridos. Pobres de aquellos que corrieran pues, aun con nuestra falta de velocidad, no existe una isla lo suficientemente grande para esconderte de Magna. Por otro lado, ya fuera por que no nos conocieran o porque fueran incluso más ilusos que los primeros, los que se quedaban a pelear dignamente sufrían de nuestro potencial renovado. Generalmente las presas individuales se regían por la norma del jefe: si no puede matarme, no vale la pena. Y eso significaba que Shimei Kaeru tenía trabajo que hacer. Si la presa era interesante o si eran varias en un mismo punto, intentábamos repartir el trabajo -y la diversión- pues sabíamos que era posible que el tiempo en el barco fuera largo y aburrido. Yo era capaz de paliar este aburrimiento con otros pasatiempos pero, desconozco si Sohem los tenía más allá de navegar o contar dinero. Así que procurábamos que cuando hubiera la ocasión nos divirtiéramos cazando. Lamentablemente en todo el tiempo que pasamos no encontramos muchas cosas a la altura. No tengo recuerdos de bandidos o piratas que pudieran darnos pelea digna y aunque eso me desanimaba de cierta manera, por otra parte si ya teníamos el nivel para movernos así por el Nuevo Mundo, también significaba que el poder estaba asegurado. Con la vista cada vez más clara en nuestro próximo objetivo, había que terminar de pulir técnicas, mejorar nuestras armas y potenciar nuestros cuerpos y poderes para que la victoria fuera rotunda. Sohem ya había mencionado la isla que pretendía conquistar y, pese a que tenía vigilancia y ejércitos, no nos importaba lo que hubiera allí porque nuestro poder ya había demostrado poder tumbar un ejército sin problemas. Solo esperaba que cuando llegáramos a la isla en cuestión no hubiera sido ocupada por otra facción ya que aunque no era preocupante tener que enfrentar a nuevos enemigos, prefería ampliamente la ventaja de una pelea calculada y medida que la improvisación y el desenfreno de peleas en las que a veces nos metíamos sin saber bien por qué. Lo que estaba claro es que el jefe estaba listo, yo también lo estaba y Shoto iba a respaldarnos con sus ingenios. Así que lo único que había que hacer era confiar en el plan.
Por suerte o desgracia eso no fue todo lo que hice durante estos años.


Había desarrollado una obsesión casi enfermiza con el tiempo, derivada de nuestra visita a la isla del cielo y exacerbada por el incidente en Sabaody y el posterior desenlace en el G-1: Los poneglyphs. Si bien cuando la anciana bibliotecaria me advirtió de la rareza de conocer el lenguaje, así como de la peligrosidad de saber leerlos e interpretarlos, nunca había mostrado un interés real en aprender más sobre ellos o descubrirlos. Fue la osadía de ser posiblemente la única persona en todo el G-1 capaz de hacerlo que encendió la chispa en mí. Una localización, un objetivo y… la necesidad de conducir al gremio allí sin destapar la verdad. No porque no confiara en mi gremio. Ya habíamos pasado el tiempo más que suficiente juntos. Mucho más que con mi anterior gremio. Pero aunque Shoto parecía confiable y reservado, tampoco sabía si necesitaba saberlo. Y Sohem, que si bien a veces parecía importarle todo una mierda, transmitía a voces que él mismo conocía el peso de cargar un secreto y lo importante que es ocultarlo. Ya hacía mucho que era consciente que su casco no era otra cosa que eso: una máscara. Una coraza para ocultar algo que no debe ser observado por el ojo indiscreto. Estaba claro que en presencia de aquellos de su confianza no le importaba mostrar su rostro pero, que siga usándolo en público era una prueba de ello. No le podía culpar. Yo no. Y tenía mis sospechas sobre su apellido. Burnedead. Sí, claro. En años viajando jamás mencionó su apellido, jamás. Usó su nombre como quien usa un título, un apodo por el que ser reconocido. Jamás como un nombre de pila. Sabía que si algo había detrás del enmascarado correspondía a él decírmelo, de otra manera, jamás indagaría personalmente en ello. Aunque la intriga me corroyera.


Pero volviendo al tema raíz, el lector se preguntará qué ocurrió con esa obsesión con los poneglyphs. Bien. Cuando un servidor no estaba entrenando, peleando, cazando o comiendo, estaba estudiando. Cada libro que podíamos adquirir, comprar, robar o comerciar. Cada página de cada tomo que podía solicitar como recompensa si era posible. Cada volumen de historia que caía en mis manos terminaba alimentando mi frustración. ¿Qué son? ¿De dónde proceden? ¿Quién demonios los escribió? Y lo más importante… ¿qué ocultan? Lo poco que había podido descubrir es que había una diferenciación entre los colores, siendo que el que yo leí es de los más importantes, si no recuerdo mal. Eso me ponía en una posición privilegiada. Ningún marine parecía poseer la capacidad de leerlos, o no lo tendrían oculto como estaba. Y si algún pirata podía hacerlo… realmente no me importaba pues, o jamás podría acceder a ese poneglyph o… terminaría bajo mi espada, cortado en pedazos. Así que, por ahora, parecía que el groso de personas con la potencia militar u ofensiva igual de capaces a nosotros que pudieran intentar una proeza como la de seguir las piedras del camino estaban lejos de ser capaces de lograrlo. O al menos eso parecía pero… ¿y si me equivocaba? A menudo conversaba con Shoto, hablando con ciertas palabras en clave aunque seguramente él entendiera bastante bien de qué hablaba yo en realidad, y siempre se tornaba lo mismo. Si queremos ser los primeros, no podemos movernos por el mundo esperando que el resto de piedras aparezcan, tenemos que buscar de manera activa y consciente. Pero eso implicaría que tendría que desembuchar y contar todo a mis compañeros, con el evidente riesgo de que se filtre la información o que simplemente caiga en saco roto y a Sohem no le apetezca encontrarlas. Todo era posible y, por desgracia, sentía que era más fácil y óptimo simplemente ir guiando al equipo desde las sombras para poco a poco acercarnos a donde hubiera pistas. A todo lugar donde se menciona algo, una leyenda, habladuría o costumbre cercana a estas extrañas y monolíticas creaciones para, con suerte, ir desentrañando sus misterios. Aunque era consciente de que la probabilidad de conseguir más información y recopilarla en mi cuaderno es altamente improbable, así que me conformaría con poco a poco acercarnos al lugar que tenía por seguro sería la próxima parada donde encontrar información fidedigna.


Por otra parte había otra cuestión que me tenía absorto y era la forja. Ya había dominado todas las artes de forja que consideraba suficientes para enfrentar a la gran mayoría de enemigos. Pero mis compañeros y yo necesitábamos todos los grados de maestrías y habilidades para enfrentar a gente como Odki algún día, así que eso no solo nos obligaba a entrenar si no a perfeccionar nuestro equipo. En las investigaciones sobre las dichosas y esquivas piedras del camino, también encontré mucha información sobre algo de lo que ya había oído en mi niñez. Las espadas de grados especiales, las Wazamono. No recordaba bien si fue a mi padre quien escuché hablar de estas armas o si fue a Vinro en su día, cuando me entrenaba. La cuestión es que recordaba vagamente historias sobre espadas terriblemente poderosas, cada una en su rango. Estas estaban categorizadas por distintas calidades, siendo las primeras y más débiles las Wazamono. Espadas solemnes y de mucho mejor factura que cualquiera que pudieras comprar o fabricar con habilidades normales. Estas eran relativamente fáciles de encontrar aunque mucho más valiosas. Las siguientes eran las Ryu Wazamono. Estas en comparación eran mucho más mortíferas y resistentes, pero a la vez más difíciles de crear o encontrar por el mundo, habiendo solo cincuenta de esta categoría. Las segundas en el podio eran las Õ Wazamono y, como era de esperar, eran mucho más poderosas y raras, siendo que solo veintiún afortunados en el mundo podrían poseer una de ellas. Las últimas y joyas de la corona en la escala de las Wazamono eran las Saijo Õ Wazamono, culmen de la factura de armas y punto final en la escala de poder de armas, siendo las más poderosas y peligrosas del mundo, teniendo incluso habilidades propias en algunos casos. Estaba claro que estas últimas escapaban a mi capacidad pero, igual que aprendí a crear cuchillos y ahora puedo crear armas refinadas, también lograría dominar el arte de las Wazamono con el tiempo. Lo tenía claro. Por lo tanto, me pasé parte del tiempo de estos años forjando y destruyendo, creando y descartando para, con el tiempo adquirir la maestría y fineza suficiente para realizar trabajos de factura superior. Solo necesitaba tiempo y práctica. Tiempo y práctica.


Tras los años suficientes, el objetivo se volvió claro, cristalino, y lo más importante: alcanzable.
Sohem decidió que asaltaríamos Foodvalten. La isla, cuya geografía era distintiva, era una fortaleza natural por lo que el jefe relataba. Tenía todo lo necesario para poder armar un fuerte y hacernos un hogar y refugio inexpugnable allí. Siendo un “coliseo natural” con mar en el centro, la isla despertaba nuestro interés. Tenía todo lo que nuestro gremio pudiera necesitar: localización, recursos, geografía… Solo necesitábamos reclamarlo para nosotros. Éramos conscientes de que el lugar podía no estar deshabitado, pero no nos importaba. Habíamos decidido que Foodvalten sería el primero de muchos territorios bajo las tres calaveras y que no importaba quién estuviera en nuestro camino. No importaba quién se opusiera pues conocería el poder del corte y del porrazo si no bajaba la cabeza ante nosotros y nos otorgaba lo que iba a ser nuestro por derecho. Sabiendo que el momento se acercaba, me equipé con lo necesario. Mis dos katanas, Shimei Kaeru y Saba, ambas en mi cintura a derecha e izquierda respectivamente. Amarradas y firmes en el cinturón. El dial de rechazo en mi bolsillo interno derecho de la chaqueta, el Den Den Mushi en el contrario. El corazón a mil por hora por la batalla y la férrea convicción de que era un primer paso para lograr algo grande. Quizá no lo habíamos hablado nunca pero, Sohem proyectaba en los demás un aura de dominio. Quizá los débiles se sentían intimidados o simplemente se postraban ante su poder. Pero algunos simplemente nos veíamos empujados, motivados a mejorar y pelear mejor. Sentía que después de sobrevivir al ataque de Murray, de un emperador del mar, podíamos con todo. Íbamos a demostrar porqué éramos el gremio de cazarrecompensas más pequeño pero más peligroso: porque los venenos vienen en frascos pequeños y logran grandes cosas.


Avancé por los pasillos hasta la cubierta, buscando encontrar a mis compañeros. — Toca mover el esqueleto, equipo. — dije en voz alta mientras crujía mis dedos entrelazados al frente de mi, enseñando las palmas a la isla por conquistar. — ¿Algún plan en concreto, jefe? — pregunté mientras me ajustaba el cinturón y el abrigo para después enfocar a la isla, buscando con mi Kenbunshoku Haki a toda potencia cualquier rastro de vida humana o animal. El Viktor que salió del G-1 tenía los cimientos, pero el que puso el pie en Foodvalten tenía decisión. La decisión de conseguir todo el poder necesario para él y los suyos y desentrañar los secretos que no lograba comprender. El primer obstáculo era ese peñón con forma insólita. Y no sería el último, pero, como todos los que les siguieran, iban a caer uno detrás de otro. — Ahora sí estoy motivado. — dije girándome y colocando la zurda sobre Saba, mi espada blanca, y esperando a mis compañeros para lo que sería una batalla a vida o muerte por la conquista de nuestro primer territorio. Es posible que nadie ni nada en la isla pudiera hacernos frente estando juntos pero, como mencioné al principio, el mundo... el mundo es cruel. 


Y somos parte del mundo.


Off

Haki

Akuma
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