[Pasado] La gallina de los milagros.
#1
Día 6 de otoño. Año 14.

No tenía ni idea de cuánto tiempo llevábamos ya bajo tierra. Días, meses... a mí me habían parecido hasta años sin tener una bocanada de aire fresco. Alguna brujería gorda tuvieron que liar en la superficie como para volverla completamente inhabitable y que ahora tengamos que estar encerrados como ratas en una madriguera. Y mira que se han esforzado en tener una vida normal, pero tener un foco colgando del cogote y rociar el aire con quién sabe qué potingues no puede ser bueno. Y encima, yo había sido la única con ojo para darme cuenta de que la puesta habitual de huevos de Jimba había cambiado.

El pequeño asentamiento en el que estábamos era bastante ruinoso, con algunas zonas deshabitadas y otras más concurridas, pero llegué a pasear por callejuelas que solo alguien que se hubiera criado allí reconocería sin perderse. Para mí, sin árboles o rocas de referencia, todas las zonas me parecían iguales. Yo solo quería encontrar un baño cercano para acicalar Jimba, y así fue cómo sin querer llegué hasta una pequeña concentración de gente de todas las edades. Discutían entre ellos sobre cómo podrían hacer que creciera un pequeño cultivo que habían montado de forma improvisada. Por mucho interés que le pusieran, me costaba creer que algo pudiera crecer en esas condiciones tan malas, pero no sería yo la que quitara la ilusión a unos pobres inocentes. Era lo único que tenían entre esas paredes, y a este paso nunca conocerían la luz del sol en verano, la caricia del trigo en la piel o el lamido de un buey el día de cosecha. Debía ayudarles y motivarles para que al menos pudieran estar entretenidos con el cultivo y acercarles así la vida campestre. — ¡Atención todo el mundo! Os presento la solución a todos vuestros problemas. Me abrí paso entre la multitud hasta quedarme en el centro. Levanté a Jimba con mis manos como cuando presumí de tener el melón más grande del certamen hace siete veranos. — Esta gallina concede deseos. Si se lo pedís con la suficiente fuerza, en unos días veréis brotar la tierra.

Se hizo un breve silencio e inmediatamente todos estallaran en carcajadas. No entendía por qué se reían tanto si les acababa de dar un motivo para esforzarse, pero parecía que no estaban dispuestos a tener fe tan rápido. Uno de los cabecillas se alzó para decirme que allí estaban hablando de cosas serias, y que intentara no molestarles mientras tanto. Yo me di por vencida, o al menos eso quería que creyeran todos. Si no habían tenido fe por las buenas, yo les ayudaría a tenerla por otros medios. Total, no tenía nada mejor que hacer esa mañana después de cancelar con Jimba nuestro el concurso de aguantar la respiración en la superficie. — Está bien, como queráis— dije encogiéndome de hombros—. Si perdéis la oportunidad es cosa vuestra.

Me fui con Jimba hasta girar una callejuela y, cuando me aseguré de que no nos miraba nadie, comencé mi transformación para que parte de mi cuerpo se volviera escamoso. De igual forma, me adapté con el entorno para camuflarme y empujé a Jimba en el cruce para que volviera a estar a la vista de todos. Con el aleteo y el cacareo llamó la atención de la mayoría, que la señalaban extrañados y murmuraban entre ellos. Aproveché el momento para alzarla hasta levantar mis brazos por completo. Jimba, tal y como habíamos ensayado en múltiples ocasiones, se había quedado completamente inmóvil mirando a los presentes, y ahí fue cuando comencé a escuchar los primeros gritos de asombro. Por si no estuvieran lo suficientemente convencidos, también caminé hacia ellos manteniéndola en el aire. Algunos estaban asustados y otros insinuaban que todo esto se trataba de un truco, hasta que usé la lengua para redirigir algunas de las luces para enfocar primero a la zona del cultivo y luego a Jimba. Tras una pequeña sacudida con la que perdió un par de plumas, grité. — ¡Adelante! Si le pedís ahora un deseo, os será concedido.

Otro silencio se hizo entre los presentes. Ya nadie se reía. Había conseguido que esta vez tuvieran algo más de fe, y entonces, habló una voz anciana: «¡Quiero volver a caminar!». Me incliné ligeramente para localizarla. Entre todos ellos, había un viejo sentado en una silla, más arrugado que el hocico de un cerdo. —Bueno...— pensé—. Un milagro es un milagro. Con calma llevé a Jimba levitando hasta el anciano y la coloqué en el suelo. Todos miraban atentamente, aunque no sé si esperando un milagro o la . Aun así, estando camuflada me planté detrás de aquel hombre y enrollé su torso con mi larga lengua igual que lo haría con un saco de patatas recién cosechado. Con un poco de esfuerzo tiré de él para que se levantara de la silla y, una vez de pie, le fui marcando los pasos con mi cola para que pareciera que estaba caminando.

A cada paso, el anciano gritaba que notaba una presión milagrosa y lloraba de felicidad por poder caminar, mientras tanto, yo hacía un esfuerzo por no soltarle y que cayera contra el suelo como una manzana pocha que había madurado demasiado pronto. Después de la corta demostración, le devolví a la silla y comenzaron el resto de peticiones. Al principio eran tareas cortas y fáciles de cumplir, como mover objetos, arreglar algún mueble, cavar en algún túnel, arrancar hongos o bendecir cosas, pero poco a poco fueron aumentando y tuve que limitar los deseos que cumplía Jimba por día. Pasé a gestionar su agenda personal y conseguimos el reconocimiento de la gente que merecíamos. Pero cuando quise darme cuenta, la situación ya era tan imparable como fuego en el pajar. Los milagros pasaban a ser insuficientes y cada vez pedían cosas más complejas como conseguir luz solar, pero no era nada que no pudiera solucionar con un par de balas lumínicas. Si no habían visto el sol, tampoco tendrían con qué compararlo. Por otro lado, el cultivo seguía sin dar sus frutos como era de esperar, pero parecía que todos dejaron de darle importancia excepto el cabecilla, quien miraba cada vez con más recelo a Jimba. ¿Y si empezaba a sospechar de mi ayuda? ¿Y si quería robármela? No podía permitir que nuestro trabajo hubiera sido en vano.

Un día, una muchacha me pidió que le diera vida a su muñeca. Esa niña era ni más ni menos que la hija del cabecilla, así que me esforcé para cumplir su deseo. Si ella estaba contenta, tal vez aquel hombre dejaría de poner su hocico en nuestros asuntos. La muñeca estaba descolorida y parecía bastante vieja, seguramente porque fuera una de las tantas cosas traídas por el mar. Todos habían advertido a la muchacha que ese deseo no podría cumplirse, por lo que el asombro sería mucho mayor si se hacía realidad. Con la destreza de un tejón, agarré la cabeza desproporcionada de la muñeca que la niña abrazaba con fuerza y de un pequeño tirón la puse en pie. Todos aplaudieron por el extraño milagro que estaban observando. En medio de aquella escena, levanté los brazos del juguete como si quisiera devolverle el abrazo a la niña, pero sus costuras no estaban preparadas para tanto movimiento. La cabeza de la muñeca se desprendió del cuerpo y dejó un torso flotante yendo a por la muchacha. Todos gritaron aterrados como si fuera un espíritu maligno o asuntos oscuros de chamanería. Intentando enmendar mi error, quise agarrar la cabeza caída con la cola, pero solo empeoró la situación y comenzaron a tirar todo tipo de objetos contra la muñeca para alejarla. Como algunos de ellos rebotaron en mi cuerpo, el pánico se apoderó de ellos. Al final no me quedó otra que salir de allí corriendo, dejando la muñeca en el suelo y haciendo que Jimba flotase entre los túneles tal y como había llegado. Además, recordé que pronto sería el concurso de encontrar hongos con Jimba y tenía que practicar. Esperaba con esto haberles ayudado y, de paso, haberles dejado una valiosa lección. Sea la que fuere.

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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli

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