(Aventura T1]) El pasado enquistado.
#1
Tosí y escupí algunas veces. Eso estaba asqueroso.
Miré con asco la akuma no mi que tenía en mi mano, a la que le faltaba un pedazo fruto del mordisco que acababa de darle. ¿Tenía que acabarla entera? ¿de verdad esto daba poderes extraños? ¿qué poder sería?. Di otro mordisco, lo más grande que pude para intentar acabar con ella cuanto antes. No quería hacerlo mal, y no sabía si tenía que consumirla toda o no, pero cada bocado estaba siendo un putísimo infierno... era como comerse una rata dentro de las tripas de un gato muerto. De hecho, tuve hasta nauseas al pensarlo, pero me controlé a horrores para no... digamos, 'descomer' la fruta.
Ya podía ser increíble el poder que alberga tal tortura, pues si no, ¿quien en su sano juicio querría comer algo que pareciera el vómito del mismo diablo? Habría que estar loco.
Pero la incertidumbre era otro factor aquí. ¿Qué clase de animal sería? ¿Un oso? Tendría sentido que fuera un oso ya que uno la estaba custodiando... ¿sería el parásito ese que se me tiró a la cara? Raro, pero algún tipo de utilidad podría estar sacando del mismo... ¿Sería otra cosa? ¿algún poder extraño y bizarro como el que decían que tenían las leyendas?
Volví a escupir. Esto era una puta mierda.

Mire al cielo, el crepúsculo detonaba la ya incesante hora del reinado de la noche en aquel lugar. Los sonidos de la jungla cambiaban adquiriendo el matiz de los depredadores de la noche. El polvo generado por el derrumbe de la cueva se disipaba en la lejanía de las nubes, y el olor a tierra y gravilla se perdía con el pasar de los minutos. El cadáver del oso táctico yacía en el suelo semisepultado por las rocas, y el... lo que fuera que salió del cofre, estaba tirado algunos metros más allá, junto a mi casco, agrietado y frágil, próximo a romperse debido a la presión que aquel bicho había ejercido sobre él. Suspiré mirándolo y me rasqué la mejilla derecha, sosteniendo aun la fruta - o el pequeño pedazo que quedaba de ella - en la mano. Tendría que fabricar uno nuevo.
Tras el último mordisco y la consiguiente arcada, volví a escupir por tercera vez y me levanté haciendo un ruido de cansancio, estirando la espalda apoyando las manos en la parte trasera de mis caderas, arqueando mi cuerpo hacia atrás, mirando directamente el cielo estrellado, realizando una profunda inspiración por los conductos nasales para oxigenar el cuerpo. Era raro sentir la brisa en el rostro, ya que siempre que me quitaba el casco era en espacios cerrados y privados.

Caminé hacia los restos de dicho casco, pisando dos veces al extraño monstruo que me intentó asfixiar y pateándolo después lejos de mi. Tras eso, sostuve el casco en las manos y lo miré, evaluando los daños. La presión habría sido lo suficientemente fuerte como para producirme asfixia y quizá una pequeña fractura osea, ya que la estructura del casco estaba completamente comprometida y agrietada fruto del agarre. Ciertamente me había salvado de una situación bastante densa y desagradable, con unas conclusiones que no podía dilucidar con exactitud, pues nada me garantizaba poderme quitar aquel monstruo de la cara, ni sabía si buscaba privarme de oxígeno o devorarme el rostro. Pero daba igual, fuera lo que fuera estaba muerto.
Por desgracia tendría que acabar por tallar otro casco, y esta vez de un material ligeramente más resistente...

Giré sobre mi mismo y observé al oso, sonriendo de medio lado y caminando hacia él cargando con el kanabo. El grosor de su fémur era suficiente para cubrir mi cabeza, y con el suficiente tiempo y trabajo sin duda podría acabar por tallar una versión más enteriza y completa de mi anterior salvoconducto de privacidad. Así pues, las siguientes horas fueron un incesante machaque hacia la extremidad del animal, hasta conseguir dislocar el punto de unión y desgarrar la extremidad, para poder extraer el hueso. Las piedras y las herramientas rudimentarias del lugar sirvieron para deshuesar la carne y matar dos pájaros de un tiro: Ya tenía cena y un gran hueso robusto de oso gigante que podría convertirse en mi nuevo casco.
Pero no tenía la intención de quedarme a hacer noche allí, así que emprendí la marcha hacia el barco de la costa, buscando llegar a la civilización más próxima, hospedarme en un hotel y darme unos cuantos días de descanso para terminar mi obra y quizá, aprender a utilizar mis poderes.

En el camino hacia el barco pude ir mascando con dificultad y dureza la carne del oso. Se notaba que era un depredador pues su carne era insultantemente dura y carente de sabor... pero tantos años a la intemperie me habían generado un estómago fuerte y un sistema preparado para comer basura o inmundicia, y no solía enfermar nunca por ello. La contra de aquello era que mi rostro se estaba manchando de sangre que se iba secando con el pasar de los minutos, a la altura de la boca, y algunas gotas extra estaban manchando mi ropa a la altura del pecho y el vientre, dándome un aspecto bastante poco confiable. Por suerte para mi, no pretendía ser confiable ni el lugar al que me dirigía necesitaba que lo fuera, ya que tras varios minutos de caminata, el barco frente a mi mostraba una clara ruta de escape, con la ligera contra de que había cuatro hombres en tierra, entorno a una hoguera, aparentemente tranquilos charlando entre ellos.
En el barco no había ninguna bandera, lo cual quería decir que no era ninguna embarcación oficial de ningún reino o lugar honorable, y la carencia de la misma podía dejar a la intuición que pudieran ser criminales de algún tipo tratando de pasar desapercibidos, sin tener la valentía de proclamarse públicamente como Piratas, si es que lo eran.

No intenté esconderme ni trazar un plan, continué caminando hacia donde estaban ellos, con el hueso del oso atado a la espalda - donde usualmente solía estar el kanabo - y el arma sujeta por la mano izquierda apoyada en el hombro del mismo flanco. Entré en su radio de visión lanzando los restos de la carne a un lado, pensando que aunque cruda, dura e insípida, había sido un alivio teniendo en cuenta el pésimo sabor de aquella estúpida fruta.

— Buenas noches — dije, alertando a los presentes casi como un exabrupto — ¿Hay hueco en su barco? — pregunté parándome a escasos cuatro metros de su hoguera. La solución era sencilla: o había hueco, o yo me haría hueco.
Uno de los presentes, un hombre de lo más normativo se levantó sacando una pistola preguntándome que qué cojones hacía en una isla como esta un tío lleno de sangre. Dos de sus acompañantes, uno más bajo que él y con un gran bigote rizado, y otro de su misma altura, sin un ojo y con patillas fuertes se levantaron riendo entre dientes. El cuarto, un hombre rubio con coleta y perilla de candado permaneció en silencio mirando.
— Vine en un pesquero que pasaba por aquí — maticé ya frunciendo el ceño, visiblemente para ellos — Y estoy cubierto de sangre porque acabo de matar a un oso con una armadura — añadí, señalando con el pulgar libre por encima del hombro, en dirección a la cueva derruida. La reacción de los tres tipos de pie fue reir, cuestionando si un flacucho enano como yo podía hacer algo contra un oso que no fuese cagarse encima, y el bajito y el tuerto se empezaron a dirigir hacia mi mientras el de la pistola decía que de alguna forma podrían sacarme provecho aunque fuera en una casa de esclavos. Y ahí supe que no habría opción a diálogo. Sabía perfectamente lo que era ser un esclavo.
— No os recomiendo que me toquéis los cojones... — les advertí, visiblemente conteniendo un enfado latente.
Pero de nada sirvió, pues igualmente intentó ponerme una mano encima más bajito de los dos - que fácilmente sería de mi altura - le estampé el kanabo en la cabeza dejándolo fuera de combate de un sólo golpe, escuchando el crujir de sus huesos fruto de la fuerza y el peso de mi arma. Esto alertó a los otros dos, que cambiaron su semblante, haciendo que el tuerto se lanzase a golpearme y el tipo de la pistola me encañonase con ella. Por su parte, el que estaba sentado se incorporó y sacó una katana de su vaina, que hasta ese momento estaba en el suelo.

El puñetazo del tuerto me dio de lleno, sin mucho éxito, sobre la ceja, haciendo que soltase echase mi mano libre hacia su garganta y coloqué su cuerpo entre el mío y la trayectoria de la pistola de su compañero, quien acababa de tirar del gatillo y llenaba de plomo la espalda de su aliado. Tras su grito de sorpresa exclamando el nombre de su amigo, lancé el cuerpo de este a un lado y blandí el kanabo horizontalmente para impactar en las costillas del pistolero mientras recargaba su flintlock, despejando al tercero de los cuatro presentes en pocos segundos. El tipo de la coleta titubeó, vaciló caminando hacia atrás y cayó, alzando su katana para interponerla frente a mi, advirtiéndome que si daba un paso más me arrepentiría.
— ¿Hay hueco en el barco ahora? — le pregunté parado frente a él, el tipo miró hacia el barco temblando ligeramente, y me volvió a mirar a mi, tragando saliva diciendo que me llevaría a donde quisiera. Miré hacia el barco y sonreí, volviendo a mirar al tipo. Sin mediar palabra separé mis piernas un poco y alcé el kanabo por encima de mi cabeza. El tipo empezó a agitar su katana erráticamente comenzando a gimotear, gritando y diciéndome que me alejase, que lo dejase vivir... pero no sirvió para nada.
El peso del kanabo cayó de golpe sobre su brazo, partiéndolo con un sonoro crepitar acompañado de su grito agónico, soltando el arma, la cual aparté de una patada y volví a alzar el kanabo mientras el que se había llevado el golpe en las costillas intentaba decir algunas palabras, sin mucho éxito, al tenerlas hundidas apretando sus pulmones. Entonces aconteció el siguiente golpe del kanabo, directo a la pierna del tipo del suelo, partiéndola también. Lloraba y se arrastraba pidiendo que lo dejase en paz, que me fuera con el barco donde quisiera, y estaba dispuesto a darle un último golpe cuando escuché los mismos aullidos que oí en mi camino hacia la cueva del oso táctico... haciéndome pensar.

Cargué de nuevo el kanabo al hombro y caminé hacia el barco sin mirar a aquellos tipos. Dos muertos, dos heridos de gravedad, una jauría de criaturas extrañas acercándose entre la jungla de la isla.
Tras levantar el ancla y soltar las velas, el barco comenzó a moverse, y los gritos agónicos de la cena de aquellas criaturas me acompañaban como una melodía siniestra en la más profunda noche.
Al menos se lo había pedido amablemente la primera vez.
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[Imagen: mz3XEoL.png]
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#D86700
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#2
Aventura Tier 1 Completada


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