[Auto T1] - El Camino del Bardo
#1
Día 41, 09:15h, primavera, año 12
West Blue | Ohara | Pueblo Engan


     Ohara no estaba ni entre mis diez destinos favoritos para visitar del West Blue. Con probabilidad, ni entre los quince. Sé de la importancia de este lugar para ciertas personas, pues está muy relacionado con la Historia, y la Historia es fundamental para aprender de ella y hacer el gilipollas lo menos posible. Está visto que este es un concepto que a nadie le gusta seguir, pues el mundo está hecho una mierda de forma cíclica. Sin embargo, y como decía, hay gente que disfruta entre lo que esta isla ofrece.
     Entre ellos, Eaa.
     Su insistencia en visitar Ohara finalmente me hizo aceptar que pusiéramos rumbo para allá. A ver, soy la capitana, pero no es que lleve ningún tipo de dictadura en el barco, y más cuando me ofreció cocinarme lo que yo quisiera durante una semana. Algo así no se puede rechazar. Incluso estuvo unos días preparándome tortitas con forma de cosas adorables y estuve a punto de sufrir una sobredosis de monería. Sus intentos de soborno eran despiadados. En fin, para ella parecía ser importante. Seamos sinceros: esa obstinada de cabello de fuego se esfuerza en hacer cosas por mí, así que no puedo negar cuando es ella la que reclama algo. Peteiro estuvo de acuerdo con la decisión, así que no había más que hablar: Ohara nos esperaba.
      Lo que ocurrió al llegar allí no fue sorpresa para nadie. Eaa enseguida bajó a tierra y Peteiro también desapareció de mi vista. Me quedé sola en el barco.
      Hacía un sol espléndido sin llegar a un calor desagradable. No soy fan del sol por motivos evidentes: el albinismo hace que mi piel no lo tolere bien. Me puedo quemar con facilidad y, además, una gran cantidad de luz me molesta mucho en los ojos, incluso puede afectar a mi visión. Y aun con todo eso, decidí tumbarme en la cubierta. Para paliar las posibles consecuencias, elegí un rincón donde hubiese sombra. Así, me permití el lujo de remangarme, aunque mantuve mi capucha puesta para que la tela me cubriera los ojos.
     Los cerré. El oleaje mecía La Rémora Fatua. El sonido del agua del mar, tan vetada para mí, resultaba muy relajante. El aroma a sal. Las gaviotas disfrutando de un nuevo día. Como yo, que en ese momento sentía una gran calma, una gran relajación, permitiéndome creer, por un instante, que el mundo era un lugar seguro.
      No hay lugares seguros para gente como nosotros.
     Siempre va a haber alguien que quiera darnos caza, ya sea por ideales, dinero, venganza… No me quejo, es la vida que he elegido y mis actos tienen consecuencias, claro. Pero sí es cierto que, de vez en cuando, disfrutar de estas pequeñas cosas, de estos pequeños momentos de tranquilidad era un tesoro, uno diferente de aquellos que siempre andábamos buscando pero que también se necesitan.
     Allí tumbada, mi mente comenzó a divagar.
      Mis pensamientos se centraron semanas atrás, concretamente en Murkhold, específicamente en aquella taberna cuyo nombre he olvidado donde conocí a los que ahora viajan a mi lado. Eaa y Peteiro. Una semioni y un gyojin que aparecieron en mi vida y que ahora eran lo más cercano a una familia que podía llegar a tener. Cuando los vi por primera vez, mi opinión sobre ellos no era muy favorable y, sin embargo, el tiempo y las circunstancias habían hecho que se ganasen un trocito de mi corazón. Si bien es verdad que hablar en estos términos es como me sentía, no era capaz de expresárselo en voz alta a ellos. Me costaba. Esperaba que, aun así, entendiesen de alguna forma que me importaban.
      No suele importarme mucha gente. De todos los que me he ido encontrando a lo largo de todos estos años, muy pocos entraban en esta categoría. Tan solo necesitaba los dedos de una mano para contarlos.
     Mi mente viajó por el tiempo y el espacio rescatando a esas personas.
     Recordé a Kisuke, a quien había rememorado hacía no tanto en nuestro paso por Ballywood, y una vez más me pregunté si había logrado su objetivo: ser revolucionario. Era una buena meta para aquellos a quienes les interesara. Y Kisuke era un buen tío, muy capaz con el filo de su espada. Si había logrado contactar con esa gente, desde luego habría sido un buen fichaje.
     Ballywood.
     Ese puto lugar traía más cosas a mi cabeza más allá de la siniestra incursión con el pescador. Cosas que intentaba reprimir, pues nada me aportaban desde hacía mucho tiempo, tan solo una espina clavada que, tras cuatro años, aparecía de vez en cuando para recordarme el escozor. No sabía nada, absolutamente nada de él y, aun así, su nombre se resistía a desaparecer de mis recuerdos.
     No. Basta.
     Estaba disfrutando de una mañana tranquila, no era el momento de mandar todo eso a la mierda solo porque mi cabeza había decidido darme por culo. No podía permitirme esa clase de estupideces.
     Abrí los ojos. Los entorné enseguida: demasiado sol incluso en la sombra. Me incorporé hasta quedarme sentada. Coloqué mi mano derecha en la frente a modo de visera. Fruncí el ceño, molesta. Me puse en pie. Observé el azul del mar y cómo la luz diurna arrancaba destellos en las aguas tranquilas.
     Eaa, antes de marcharse, me había propuesto ir con ella. Me habló de presentarme a alguien, pero… En fin, digamos que socializar no estaba dentro de mis planes ese día. Pero ahora, tras verse mi tranquilidad interrumpida, pensé que quizá debería haber ido. Recordé el Den Den Mushi. Sin embargo, preferí continuar sin compañía. Inevitablemente, mi humor había empeorado. Me enfadé. Estaba teniendo un puto buen día.
     Cambié a mi forma completa de pájaro y alcé el vuelo, batiendo las alas con fuerza para tomar altura con rapidez. Supongo que no estarían acostumbrados a ver buitres por la zona, y menos uno de plumaje completamente blanco, así que tal vez llamaba la atención. En realidad, la llamaría de todas formas, solo que todavía me costaba ser consciente de eso.
     Sobrevolé el bosque que rodeaba la isla y, antes de que este terminase, bajé a aterrizar entre los árboles. Elegí un hueco que me permitiese no encontrarme con obstáculos en los dos metros que separan las puntas de mis dos alas. Una vez en el suelo, recuperé mi forma original. Luego, terminé de atravesar la zona boscosa andando, como si fuese una turista más que hubiese decidido dedicar su mañana a una caminata.
     Pero cuando entré en Pueblo Engan me di cuenta de que, a juzgar por las miradas que recibía, no debían de acostumbrar a los turistas. O puede que fuera el contraste del blanco y negro de mi aspecto el que captaba su interés. O me reconocían por el cartel de “se busca”. Esta última opción era la más probable, ya que me di cuenta de que aceleraban su paso, me observaban con recelo y algunos cuchicheaban entre ellos.
     No tenía muy claro cómo debía sentirme al respecto.
     Que la gente hablase sobre mí era algo a lo que estaba habituada, pero los motivos siempre habían sido distintos al reconocimiento público, por pequeño que fuese. Descubrí que aquello me proporcionaba… satisfacción. Incluso cuando la atención no era, por lo que parecía, positiva. ¿Cómo serlo ante una pirata? Pero aquel día no había ido allí para armar jaleo. No si no me buscaban las cosquillas, claro. Aunque, siendo sincera, no creía que eso fuese a suceder: no era el tipo de isla de la que esperar esa clase de alborotos.
     Era muy pronto para una cerveza —nunca es muy pronto para una cerveza—, así que me dediqué a deambular por las calles del pueblo a ver qué me encontraba. De momento, nada que llamase mi atención. Por eso decía al principio que aquel lugar no era de mis favoritos para visitar, porque me costaba encontrar algo que realmente captase mi interés.
     Recordé a Eaa. No sabía dónde se encontraba en ese momento, pero estaba segura de que muchísimo más entretenida que yo. A veces, envidiaba a aquellos a quienes un libro es capaz de saciarlos, ya fuese de aventuras o didáctico. Yo nunca había conseguido algo así: si leía algo, enseguida perdía el interés porque me enfocaba más en mis propios pensamientos que a lo que las líneas de texto querían contarme.
     Y hablando precisamente de libros, aquel pueblo estaba repleto de tiendas donde los vendían. En realidad no podría encontrarme más desubicada, pero decidí entrar en una de ellas a ver qué veía. Libros, obviamente. Sin embargo, entre tantas clases, parecía que allí se especializaban en novelas. Me acerqué a las grandes estanterías que cubrían las paredes del local y comencé a leer los títulos de los lomos. Como era de esperar, no me decían nada, no conocía ninguno de ellos.
     Percibí un intenso y agradable olor a papel.
     —¿Puedo ayudarte? —escuché que me hablaban desde el mostrador.
     Me giré en la dirección del sonido y me encontré a una mujer que sería unos cinco años más joven que yo. Enseñaba una sonrisa nerviosa y jugueteaba con los dedos. No necesitó explicar que, al igual que muchos fuera, también me había reconocido.
     ¿Podía ayudarme? Estaba claro que sí.
     —Estoy buscando un libro de… aventuras, el que sea, el último que haya salido —respondí. Se me hizo raro escucharme hablar de esos temas.
     —Claro. Nos han llegado tres títulos recientes: uno se publicó el mes pasado y los otros dos hace unos días. Son El Camino del Bardo —lo dejó encima del mostrador—, La Espada Tenebrosa —hizo lo mismo— y El Código Olvidado.
     Ni puta idea de cuáles serían los argumentos. Mi criterio de elección fue el nombre que más me gustó.
     —Me llevaré El Camino del Bardo.
     —Muy bien. ¿Necesitas algo más?
     Lo que yo necesitaba, ella no me lo podía ofrecer, pues no vendía bebidas.
     —No, nada.
     Se agachó para buscar algo tras el mostrador y, a los segundos, volvió a levantarse con una bolsa de papel en la mano, donde guardó el libro. No me pasó desapercibido el temblor de sus dedos durante toda la operación. Me dijo el precio y le di el número de berries exacto.
     —Que tengas un… buen día —dijo cuando me di la vuelta y comencé a encaminarme hacia la puerta.
     A modo de respuesta, y sin girarme hacia ella, levanté una mano.
     Cuando atravesé la puerta, sonó una campanita sobre mi cabeza, al igual que cuando entré.
     Caminé un par de calles y, antes de adentrarme en la plaza principal, saqué mi nueva adquisición. No el libro por el que había pagado y que llevaba en la bolsita, sino otro que descansaba en el interior de mi chaqueta negra: Rosas de Invierno. Había decidido que, mientras la muchacha buscaba dicha bolsa bajo el mostrador, aquel libro también vendría conmigo, solo que la tendera no lo sabría. Dos por el precio de uno. Y los dos para Eaa. Estaba segura de que, cuando viese ambos regalos, accedería a cocinar según mis caprichos durante, al menos, otra semana.


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#2
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
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