PARTE 5
No sabía qué estaba pasando. Me había convertido en una serpiente de cascabel. Era tan pequeño como una de ellas. No tenía mis articulaciones ni extremidades, era raro. A la hora de moverme se sentía igual que si fuera un humano, solo que esta vez, pues no lo era. Era una sensación que no me gustó absolutamente nada. El pirata que intentaba matarme me miraba con ojos de enfado, rabia, incluso diría que envidia. Desde luego no le gustaba nada lo que estaba viendo.
- Eres un... usuario de fruta, chico... - Me dijo con bastante calma. - ¿¡Usuario de fruta!? ¡No sé de qué me estás hablando! ¡Que alguien me ayude por favor! - Seguí insistiendo a la gente de la plaza, la cual por supuesto algunos salieron huyendo por la escena y otros miraban atónitos la situación - Fruta del diablo. Un poder otorgado a muy pocos. En tu caso, por lo que veo, eres una Zoan. La de la serpiente de cascabel para ser más exactos - Me volvió a decir el pirata con muy mal humor, pero seguían sin saber de lo que me estaba hablando, por lo que procedí a mirarle con rostro confuso sin saber absolutamente nada - Por lo que veo ni has sido consciente de ello. Dime chico, ¿Has comido alguna fruta rara con espirales en los últimos días? - De repente, en mi mente apareció aquel momento en la bodega del barco pirata. En el que, buscando alimento, me comí aquella fruta rarísima, la que sabía a... demonios. Me quedé en shock. Empezaba más o menos a entender un poco lo que pasaba, pero se me nublaba la vista otra vez. El pirata se agachó despacio, hacia mi cuerpo de serpiente, delante de mí. - Dime chico, si me dices de donde sacaste esa fruta estoy dispuesto a perdonarte la vida - Le miré a los ojos aterrado. Rápidamente, pensé que si me dijo eso es porque no era consciente que tenía una fruta de estas en la bodega de su barco.
- Yo... no sé donde... - Empecé a tartamudear, intentando decir algo que ni siquiera sabia. Mi cuerpo de serpiente empezó a no responder, estaba paralizado. Acto seguido, al no dar una respuesta al pirata, me agarró fuerte de mí, ¿cuello? de serpiente. Esta vez, el pirata acercó la cabeza a la mía - Voy a repetírtelo de una mejor manera, chico: O me dices donde has encontrado una fruta del diablo o te arranco la cabeza - Me dijo en un tono mucho más amenazante. En ese momento, fue algo instintivo, sabía que estaba en peligro, nadie me iba a ayudar. La frustración se apoderó de mí. Iba a morir sin ningún motivo, yo no sabía nada de esas frutas, ni siquiera sabia porque me estaban persiguiendo, no llegaron a saber que estuve en su barco. Simplemente, no quería morir, así que sin pensármelo, en mi forma de serpiente, abrí la boca y le pegué un mordisco en la cara al pirata. Llegué a sentir como le clavaba algo puntiagudo, supongo que eran mis colmillos. Este a su vez empezó a gritar de dolor mientras se caía de espaldas al suelo, al menos conseguí que me soltara. Sinceramente, no sé ni donde le di, actué sin pensar. La gente de la plaza empezó a gritar y alborotarse de nuevo. Sinceramente, ya me daban igual, estaba claro que no me iban a ayudar.
A los segundos, el pirata se levantó y me miró con mucho odio. Tenía dos punzadas en la mejilla derecha. Supongo que ahí fue donde le mordí - ¡SE ACABÓ, ESTÁS MUERTO! - El pirata sacó de nuevo su pistola y apuntó hacia mí. Estaba muy agotado, no tenía fuerzas ni de salir corriendo. Acepté mi final y cerré los ojos, esperando a que el pirata me disparase.
- chs chs chs, no tan rápido piratita - Escuché una voz de repente. Abrí los ojos y levanté la mirada hacia arriba. Era un hombre alto, fuerte, vestido de blanco. Tenía agarrado la mano y la pistola del pirata, evitando que esta me apuntase. El pirata, a su vez, estaba sudando y en shock. ¿Quién era este tío? ¿Cómo llegó hasta ahí tan rápido y sin que nadie se diese cuenta? No tenía respuesta a esas preguntas, pero una cosa estaba clara, me salvó de la muerte.
- ¡En nombre de la Marina estás bajo arresto! - Le dijo al pirata. No me había percatado de que estábamos rodeados de bastantes hombres parecidos a este otro, apuntando con un rifle al pirata. No entendía nada. El grandullón de blanco de frente mía se giró, me miró y con una sonrisa me dijo:
- Tranquilo chico. Estás a salvo ¡La justicia siempre gana! -
Tras sus palabras, sentí mucha seguridad, se me iluminaron hasta los ojos. Como bien dijo, estoy a salvo.
Parte 7
