Con esta idea en mente, Don Bambú se embarcó en una pequeña aventura personal. Viajó por los manglares del Archipiélago de Sabaody en busca de un maestro capaz de enseñarle más sobre aquella fuerza misteriosa que de él nacía. Indagó acerca de si en aquel lugar existían personas que se dedicasen a enseñar el haki a otra gente. Maestros, en definitiva, con la suficiente fama y reconocimiento como para que otras personas hablasen de ellos. Se encontró con una gran ignorancia en el camino. Los habitantes de la isla eran en su mayor parte comerciantes, hosteleros y traficantes de bienes y servicios ilegales. No les interesaba ni un poco la posibilidad de que hubiera alguna clase de maestro "de lo espiritual" en aquel archipiégalo, sobre todo si no formaba parte activamente de negocios de los que pudieran lucrarse. Estaba el tema también de los piratas y otros maleantes. Plagaban los manglares de la zona sin ley y hacían algo difícil encontrar a gente más o menos agradable con la que poder conversar. Cualquier desconocido en apariencia respetable que Don Bambú pudiera cruzarse por aquel mundo del crimen le rehuía, como era lógico, por su inmenso tamaño y su cara de pocos amigos. Poco, sin embargo, Don Bambú fue acostumbrándose a los ritmos de aquel lugar. Preguntar sin más por cosas rara vez funcionaba en ese mundo donde el dinero era rey. El mink empezó a aproximarse a la cuestión de otros modos. En lugar de parar a gente ocupada por la calle para preguntarle sobre maestros "espirituales", comenzó a frecuentar tabernas y otra clase de negocios donde poder gastar algo de dinero antes de preguntar nada. Su modus operandi era el siguiente: se adentraba en un negocio X, digamos Frutería Don Ramón, y le compraba a Don Ramón una cantidad ligeramente por encima de lo normal de frutas variadas. Acto seguido, con Don Ramón más que satisfecho por una buena venta, le dejaba caer que era nuevo (como muchas otras personas en aquel archipiélago) y que estaba buscando una forma de fortalecerse de una forma más espiritual que física. Lo habitual era que los dueños de los negocios no tuviesen ni idea del tema, pero se mostraban más abiertos a tener una conversación, de modo que le daban pequeñas indicaciones al panda acerca de dónde preguntar. Este proceso se repitió por lo menos cinco veces hasta que Don Bambú terminó en un bareto bastante discreto. Tan discreto que parecía más bien la entrada a un sótano que a un local de bebidas, donde una señora en el invierno de su vida le atendió sin inmutarse por su extravagante aspecto animal. —¿Qué te pongo cielo? —Sorprendido por aquel tratamiento tan cercano, Don Bambú se sentó en la barra y le echó un ojo a todas las bebidas que tenía la señora en los estantes. —¿Qué es el zumo de manglar? —Le había llamado la atención una botella de cristales azulados con una etiqueta verde árbol donde aparecía dibujado un manglar con pequeñas burbujas a su alrededor. El líquido del interior era de un dorado intenso. —Bebida local, corazón. Muy dulce y más bien floja. —Había captado el interés del panda, que tenía la resistencia al alcohol de un recién nacido. —Póngame un vaso grande entonces. ¿Puedo hacerle una pregunta? —La señora le dio lo que había pedido. El líquido era aún más bonito fuera de la botella. —Y dos también, bombón. —Don Bambú dio un sorbito a su bebida. Entraba como si fuera néctar celestial. —Estoy buscando a alguien que me entrene de una manera más espiritual, por así decirlo. Quiero dominar algo que se llama "haki", pero no he encontrado a nadie que me sepa decir si es siquiera posible en este archipiégalo. —La mujer se quedó mirándole fijamente unos segundos. Por un instante, su expresión se tornó algo seria, como si estuviera meditando con cautela una respuesta. —Dirígete al norte un par de manglares. Hay un dojo en las cercanías de uno de ellos, en la zona de los astilleros. Si tienes madera te enseñará algo y si no... Bueno, te despertarás con sed en algún basurero y podrás venir a contármelo, juijuijuijui. —No sin cierta emoción por la esperanzadora respuesta de aquella mujer, Don Bambú apuró el zumo de manglar, salió de aquel local y se encaminó hacia el norte tal y como le habían indicado.
No tuvo excesivos problemas a la hora de transitar por los manglares. Lo hizo con toda la discreción posible, aunque resultaba difícil siendo tan grande como era. Finalmente, se encontró con el lugar designado. Se trataba de un dojo construído cerca de la base de uno de los manglares de la zona sin ley, en plena zona de astilleros. Estaba ligeramente fortificado, si es que se podía llamar así. Lo rodeaba un muro de piedra bastante alto y el único acceso visible era una puerta de madera que tenía pinta de ser muy pesada. Cuando Don Bambú se acercó pudo ver un papel clavado en la mismísima puerta.
Parecía que la suerte del panda terminaba ahí. Si no le aceptaban como alumno en aquel dojo no podría indagar acerca de aquella fuerza misteriosa que era capaz de emanar. Aunque el papel no podía ser más claro al respecto, Don Bambú tenía que intentarlo. Volver al barco con las manos vacías no era una opción. Sin pensarlo dos veces, llamó a la puerta del dojo con tres sonoros golpes con la mano. El sonido de la puerta retumbó en las inmediaciones del lugar, pero se ahogó rápidamente ante el barullo típico de las zonas portuarias. No hubo respuesta alguna durante unos minutos hasta que la puerta del dojo se abrió ligeramente. Un joven aprendiz del dojo (supuso Panda) se dejó entrever en la rendija que se abrió en la puerta. —¿Qué quieres? —Le recordó un poco a aquel alumno en el dojo de Skypiea que pretendía dejarle fuera del dojo. —Quiero hablar con el maestro. —Dijo el panda sin más. Para su sorpresa, el chico asintió. —El maestro vendrá en seguida. Está de mal humor y le vendrá bien desahogarse con la gente que no sabe leer. —La puerta se cerró de nuevo. Don Bambú se quedó allí plantado, sin saber muy bien dónde meterse. Tenía que arriesgarse a recibir una paliza por parte de aquel señor si quería conseguir que alguien le enseñase más sobre sus facultades espirituales. Al cabo de un rato, las puertas del dojo se abrieron por completo. La estancia interior era magnífica. Rodeada por un jardín exquisitamente cuidado se erigía una caseta gigantesca al más puro estilo de Shimotsuki. Por lo poco que podía ver el panda desde su posición, había un par de alumnos regando las plantas y otros tantos limpiando el suelo del rellano con trapos húmedos. En la entrada, sin embargo, había un señor de avanzada edad que miraba con expresión muy seria al intrusivo mink. Tenía ambas manos entrelazadas en su espalda y cara de pocos amigos. —Vaya, otro más. La semana pasada vino otro sujeto que tampoco sabía leer. Adivina dónde lo encontraron. —Don Bambú no se animó a responder. Parecía a todas luces una pregunta de las que no se responden. —En el basurero. ¿Sabes hablar, chico? —Don Bambú asintió. —Sí. —El maestro se acercó hacia él con toda la calma del mundo, como si el mink de cuatro metros de altura no pudiese devorarle entero. Debía de medir algo menos de metro setenta. —No aceptamos alumnos nuevos. Te doy la oportunidad de retirarte por tu propio pie. —Pero Don Bambú no podía darse por vencido con tanta facilidad. —Maestro... sé que estoy resultando intrusivo, pero de verdad que necesito... —Sin embargo, antes de que Don Bambú pudiera terminar, una enorme presión cayó sobre sus hombros, sacudiendo todo su ser. Podía percibirlo perfectamente, aquel individuo acababa de usar la misma habilidad que Zarutsuki sobre Don Bambú, pero éste no iba a ceder ante ella con facilidad. —¿Mhm? —Por unos instantes, el maestro pareció interesado por lo que estaba ocurriendo. Probablemente Don Bambú era el primero en mucho tiempo que soportaba la enorme fuerza de su voluntad. Sin embargo, su interés se transformó en sorpresa en cuanto el joven mink comenzó a emitir su propio haoshoku para enfrentarse al del maestro. Durante unos instantes ambas voluntades resonaron la una con la otra, enfrentándose en una suerte de duelo en el que había un claro ganador. La fuerza del maestro era ampliamente superior y estaba mucho más refinada que la del panda. —Jojojojo, entiendo que necesites mi ayuda, joven mink. —Y como si nada hubiera pasado, la voluntad del maestro cedió por completo, dándole tiempo al panda para regresar a la normalidad. —Mi nombre es Bakuro Tetsujin. Puedes llamarme maestro Tetsujin. A partir de este momento eres mi discípulo. Dime tu nombre. —El panda, algo mareado por lo que acababa de suceder, respondió con la mayor entereza posible. —Don Bambú, maestro. —El maestro Tetsujin se quedó mirándole unos instantes en silencio y después asintió, como si acabase de registrar aquel nombre en su memoria. —Entra entonces. —Y se dio media vuelta para regresar al interior del dojo. Don Bambú le siguió, por supuesto, y tras él las puertas del dojo volvieron a cerrarse a cal y canto.
Una vez dentro, el maestro dirigió a Don Bambú hacia la sala común del edificio. Allí había un buen número de alumnos, quizás unas quince personas de diferentes razas y sexos, todos ellos en alguna suerte de trance. Don Bambú reconoció que algunos debían de estar practicando el Kenbunshoku, porque le seguían con la cabeza a pesar de tener los ojos cerrados. Otros parecían estar entrenando el haki armadura, ya que durante algunos segundos sus extremidades adquirían un color negro brillante muy similar al de Nokia cuando ésta golpeaba más fuerte. Quién sabe hasta dónde podría llegar el panda si llegaba a dominar alguna de aquellas facultades tan útiles. Sin embargo, él estaba allí para entender su otro poder. Aquel que no tenían otras personas. —En tu caso entrenaremos en mi sala privada. Quítate los zapatos, por favor. —Don Bambú se descalzó rápidamente, pues no se había dado cuenta de que ese era el protocolo a seguir en el dojo, y dejó sus botas apartadas en algún sitio donde consideró que no molestaban demasiado. Pasó a la sala de entrenamiento privada, donde no había nadie salvo el maestro Tetsujin, que esperaba pacientemente en el centro de una habitación de 20x20 encarado hacia la puerta por la que estaba entrando Don Bambú. El panda tuvo la prespicacia necesaria como para intuir que el maestro quería que cerrase la puerta al entrar, de modo que así lo hizo. —El entrenamiento del haoshoku tiene que realizarse en solitario o con personas que también lo hayan desarrollado. Si no, se vuelve peligroso para tus compañeros. —Empezó el maestro.
—¿Haoshoku? —¿Era ese a caso el nombre que se le daba a su habilidad?
—Cielos jovenzuelo, ¿vas por el mundo con una habilidad tan poderosa y ni siquiera sabes cómo se llama? —El maestro se apretó el entrecejo con fuerza, como si estuviera decepcionado. —Está bien, empecemos por lo básico. Siéntate. —Don Bambú obedeció, dejándose llevar por la emoción que le causaba la posibilidad de obtener respuestas a preguntas que llevaba años haciéndose. —Ese espectáculo que hemos protagonizado en la entrada de mi dojo se denomina Haoshoku, es el más raro de los tres hakis que se conocen actualmente. Es, de hecho, el único que no pueden despertar todas las personas. Ni siquiera entrenando durante toda la vida podría una persona que no es afín con este tipo de haki despertarlo. Aquellos que sí son afines y capaces de dominarlo son temidos a lo largo y ancho del Grand Line. Muchos de ellos tienden a ser líderes naturales... Se asocia a los usuarios de este haki con la realeza, de hecho. —Ante esto último, Don Bambú adoptó una expresión de disgusto. No le gustaba la idea de ser un rey y no se veía a sí mismo como un líder natural de ninguna clase. Había individuos mucho más competentes con él en la revolución. —Jojojo, ¿no te gusta la idea? Bueno, los que tienen este poder también son capaces de resistirlo con relativa facilidad. Créeme, si no fueras afín con este haki ahora mismo estarías inconsciente en algún vertedero de los astilleros. —Don Bambú asintió con seriedad, dándose cuenta de que a eso se refería la dueña del bar cuando le había insinuado que posiblemente el panda acabaría en la basura. —Sin embargo tu haoshoku aún está en su estado más básico. Emanas tu voluntad con fuerza, sí, pero de forma torpe. Malgastas mucha energía para lograr mucho menos de lo que podrías si yo te entrenase... Y te entrenaré. —El panda tragó saliva ante la idea de poder volverse mucho más fuerte con el entrenamiento adecuado, pero sintió la necesidad de preguntar algo. —¿Y por qué me va a entrenar, maestro? ¿Sólo porque poseo este haoshoku? —El maestro Tetsujin soltó una carcajada. —¿Sólo? Digamos que sí. Alguien con esa clase de poder merece ser entrenado... Pero no te confundas, joven discípulo. Demuestra cualquier clase de flaqueza e intenta escabullirte una sola vez de tu entrenamiento y te echaré de mi dojo a patadas. Mis patadas duelen, déjame decirte. —Algo en el tono de aquel anciano le indicó al panda que lo mejor que podía hacer era hacerle caso y entrenar como un condenado. No dudaba de que, a pesar de haber ser elegido por la gracia divina de poseer un haki raro, el maestro le expulsaría inmediatamente si no estaba a la altura de las expectativas.
—Como iba diciendo, el haoshoku tiene que entrenarse en solitario. Yo te acompañaré, por supuesto, porque puedo tolerarlo sin ningún problema, pero te pediré que no lo liberes fuera de esta habitación a no ser que quieras salir volando de mi dojo. ¿Entendido? —Don Bambú asintió. —Bien. Tu haoshoku es muy burdo, como ya te he dicho. Malgastas energía a raudales y ni siquiera está bien focalizada. Apuesto a que no has logrado que nadie se desmayase, ¿me equivoco? —Panda hizo memoria. En todas las ocasiones que había usado el haki había infundido temor en sus enemigos (y aliados) e incluso los había llegado a paralizar, pero nunca había logrado que se desmayasen. —No, nunca se ha desmayado nadie. Sólo se han quedado inmóviles. —Confesó el mink. —Ya, pues eso se debe a que no estás focalizando bien el haki. No te confundas, cuando te enseñe a dominarlo correctamente podrás seguir aplicándolo de esa manera tan floja, te cansarás menos. Sin embargo, cuando acabe contigo tu voluntad resultará tan fuerte que aquellos que no puedan soportarla perderán la consciencia inmediatamente. —Maravillado por esta promesa, Don Bambú apretó los puños sobre sus rodillas. Estaba deseoso de empezar con el entrenamiento inmediatamente. —Lo primero que vamos a hacer es sencillo. Vas a liberar el haoshoku. No lo extiendas demasiado, que no hace falta, y lo vas a mantener todo el tiempo que puedas. Durante este periodo intentarás focalizarlo todo lo que puedas en mi persona. Como si dirigieras toda tu fuerza a un punto en concreto. Intenta ejercer tenta presión sobre mí como para destrozar mi espíritu y hundir mi voluntad. Empieza cuando quieras. —Dicho esto, Tetsujin se sentó a tres metros delante del panda y cruzó sus piernas como si adoptase una postura de meditación. No obstante, en lugar de cerrar los ojos y ponerse a hacer ruidos profundos con la garganta, se quedó mirando al panda fijamente con sus ojos de color azul eléctrico. Eran muy parecidos a los de Kaelith, en cierto modo.
Sin mayor dilación, Don Bambú hizo caso a las palabras de su maestro y comenzó a extender su haoshoku en un radio controlado de tres metros de distancia. Utilizar cualquiera de los otros dos hakis era como abrir un bidón de agua e ir dejando que el agua de su interior saliese poco a poco por el grifo. Sin embargo, utilizar el haoshoku era como apuñalar el bidón cuatro veces con una motosierra. Sentía como su energía espiritual se drenaba a toda velocidad mientras lo mantenía. Con una evidente expresión de esfuerzo físico, Don Bambú intentaba mantener aquella aura intimidante focalizada sobre el maestro Tetsujin, que seguía mirándole con expresión seria. —¡Mhmn...! —Tras unos minutos de esfuerzo sobrehumano, Don Bambú cedió y su voluntad se desvaneció de la habitación, dejándole jadeando de puro cansancio en la misma posición en la que había empezado. —No te he dicho que pares. —Panda se planteó decirle que estaba agotado, pero de algún modo sabía que eso sólo le granjearía una rápida expulsión del lugar. De modo que sin protestar ni un poco, volvió a liberar su haoshoku en la misma extensión que antes. Esta vez la explosión de voluntad tuvo una fuerza intermitente. Le costaba muchísimo mantenerla durante tanto rato aunque fuera en aquel área tan pequeña. Hizo acopio de todas sus fuerzas e intento llevar a cambo lo que el maestro le había mandado. Con el haoshoku todavía activo, intentó llevar toda la fuerza de su voluntad hacia el maestro, como si pretendiese aplastarle con ella. Tras un minuto de absoluta concentración, volvió a parar exhausto. El maestro Tetsujin seguía mirándole con seriedad. —No está mal. Yo diría que no vas por mal camino. Vamos a comer algo, que no nos sirve de nada seguir con el entrenamiento cuando tu espíritu está por los suelos. —Sin esperar a que Don Bambú pudiera levantarse, el maestro salió de la habitación y volvió al cabo de cinco minutos con dos humeantes bandejas en sus manos. Sobre cada una de las dos banderas había una langosta gigantesca, roja como los tomates, que tenía una pinta deliciosa. Para el agotado Don Bambú aquel plato podría ser lo mejor que se iba a comer en años. La vida en alta mar era un castigo para el paladar. —Venga, come. —Sin que se lo repitiera una segunda vez, Don Bambú se lanzó al ataque. Partió la langosta por la mitad y abrió la mitad inferior de la criatura en dos por el abdomen, revelando la jugosa carne de un blanco perfecto que albergaba en su interior. Con cada bocado que daba, Don Bambú sentía cómo sus energías regresaban a su cuerpo y su espíritu se restablecía. Para cuando terminó con aquella langosta, su maestro también había dado buena cuenta de la suya. —Come usted muy rápido, maestro. —Comentó el panda. —Así es. Prefiero terminar con la comida cuanto antes para continuar entrenando a mis discípulos. Ya tendré tiempo de comer despacio cuando me retire. Y ahora continuemos con la segunda fase del entrenamiento. —Anunció justo antes de levantarse. Recogió ambas bandejas con las cáscaras de las langostas y las sacó por la puerta, dejándolas en el suelo para que las recogiese alguno de los discípulos del dojo. —Ahora que ya sabes más o menos la presión que debes ejercer sobre tus objetivos quiero que intentes liberar esa misma fuerza, pero toda ella a tu alrededor. Una fuerza controlada, pero devastadora. Como si pretendieses destrozar la psique de múltiples personas al mismo tiempo. —Dicho aquello, el maestro volvió a sentarse delante del panda, mirándole fijamente a los ojos como lo había hecho antes. Don Bambú, con el estómago lleno y las fuerzas renovadas, adoptó la misma postura que al principio y volvió a expandir su haoshoku en un radio de tres medios de distancia. Esta vez, en lugar de centrarse únicamente en la presencia de su maestro, se imaginó que había más personas en la habitación con ellos y que tenía que destrozar las voluntades de cada uno de ellos al mismo tiempo. Su fuerza espiritual comenzó a drenarse rápidamente de nuevo, pero con el estómago lleno lo llevó mucho mejor que antes. Se sintió capaz de imponerse ante aquellas difusas figuras imaginarias, de destrozar sus voluntades por completo y de incapacitarles en el proceso. Sin embargo, la figura de Kovashi se adentró en la habitación y cruzó la sala hasta Don Bambú en silencio. Aunque la enorme presión que estaba aplicando el panda le afectaba visiblemente, el mink era incapaz de vencerle con ella. Kovashi se acercaba cada vez más. Su espada ensangrentada se elevaba hasta el cielo sujeta por la mano izquierda del samurái...
—¡UHG! —Don Bambú detuvo repentinamente su haoshoku y se giró hacia los lados empapado en sudor frío. —¿Qué ha pasado? Lo estabas haciendo bien. —El maestro arqueó una ceja. —Una... una mala sensación, eso es todo maestro, lo siento. —Don Bambú agachó la cabeza en señal de respeto y disculpa. —Bueno, no puedo ayudarte con eso, me temo. Estás progresando a un ritmo mucho mayor del que cabría esperarse de alguien que hasta hace una hora no sabía lo que era el haoshoku. Continúa un rato más. —Haciéndole caso a su maestro, Don Bambú cerró los ojos y volvió a canalizar su haoshoku con la misma potencia de antes. Sentía que su voluntad era mucho más fuerte en esta ocasión. En lugar de una suerte de energía amenazante capaz de causar miedo a sus enemigos, se sentía capaz de proyectar un aura devastadora que los incapacitase por completo. Sin embargo, emplear el haki en aquel nivel era muchísimo más agotador de lo normal. Al cabo de cinco minutos, Don Bambú tuvo que parar de nuevo. —Lo siento maestro, déjeme... recobrar el aliento y... y seguiré. —No quería que le expulsasen del dojo. No ahora que había empezado a progresar. —No te preocupes. Lo cierto es que has entendido a la perfección cómo funciona el haoshoku. Diría que tienes un don natural para usarlo. ¿Qué hay de los otros hakis? ¿Has logrado ennegrecer y endurecer tu cuerpo con el Busoshoku? ¿O quizás te has visto capaz de percibir las intenciones hostiles de tus enemigos con el Kenbunshoku? —Don Bambú tuvo que negar con la cabeza. Con el Kenbunshoku podía percibir si alguien tenía la intención de hacerle daño como mucho, pero nunca había podido prever un ataque ni mucho menos. Y no había sido capaz de usar el Busoshoku como lo había usado Nokia aquella. —Ya veo... Verdaderamente sorprendente. Son herramientas muy útiles esas que has dejado de lado, jovenzuelo, pero no tengo la menor duda de que el haoshoku te ayudará a salir del paso... por el momento. Nos volveremos a ver algún día, quizás. Ahora déjame solo, joven Maximiliano, he de meditar... —Don Bambú estaba sorprendido. —Maestro... ¿usted sabe cómo me llamo? —No creía que fuera posible que alguien en Sabaody le reconociese. —Leo el periódico siempre que me lo traen, jovenzuelo. No me importa mucho quién eres ni a qué te dedicas. Tienes un nombre la mar de curioso. Ahora vete, joven, no puedo enseñarte nada más por hoy. —Y con aquellas palabras y un montón de preguntas, Don Bambú abandonó el dojo. Los alumnos allí presentes le miraban con curiosidad. El maestro entrenaba a solas con muy poca gente y siempre se preguntaban qué clase de entrenamiento seguían para que fuese privado. Las puertas del dojo se abrieron para dejarle salir y se cerraron a sus espaldas con un sonido grave y renqueante. La luz dorada del sol ya se bañaba en el horizonte oceánico del Grand Line. Don Bambú se preguntaba si con aquel poder sería capaz de doblegar la voluntad de Kovashi, pero sobre todo se preguntaba si podría reencontrarse con sus camaradas en algún momento, hacía semanas que no les veía.
