10-11-2025, 09:30 PM
(Última modificación: 10-11-2025, 09:36 PM por Stroud Nanashi.)
Pran no llegó a oír aquel exótico insulto de cara lenteja, pero de haberlo hecho, aquello seguramente le hubiese provocado más estupefacción que otra cosa. El tipo había salido de allí hecho una auténtica furia, y, mascullando, había desaparecido entre la vegetación. Resultaba difícil saber hacia dónde se había dirigido, o si volvería. Bueno, de hecho, era casi evidente que sí que volvería; la clave no era si volvería, la clave era el cuándo y el cómo.
Tras la barra, el dueño del New Piano continuó garabateando en la hoja de papel, ajustándose las gafas sobre la punta de la nariz, mientras Iggy daba el último trago del final de su cerveza. El único público presente era la montaña de cuerpos que se acumulaban por doquier a lo largo de la terraza. La sangre se filtraba por los tablones de madera, goteando sobre el suelo de tierra que yacía un par de metros bajo el New Piano. El camarero, de cejas pobladas, asintió con la cabeza cuando nuestro protagonista le dijo que le transmitiese un mensaje a Pran. No lo haría, por supuesto. No por una cuestión personal, sino porque, a lo largo de su trayectoria profesional, había aprendido que no era buena idea para un tabernero ir haciendo de mensajero entre sus parroquianos. Además, era consciente de que lo último que le convenía era echar más leña a lo que narices fuera ese fuego que había prendido aquel día. Dio gracias al cielo cuando, tras apenas unos instantes, Iggy se desvaneció entre el follaje, y allí se quedó, a sus cosas, rodeado de aquella muchedumbre macabra que prefería no mirar. Con los años, también había aprendido que un extranjero en la zona interior de Samba significaba problemas. Lo mejor solía ser que se quedasen en la costa, en las ciudades, en las zonas más ricas, antes de partir hacia donde fuese que fueran. Para la mayoría, Samba era un lugar de paso, y era mejor que así permaneciese.
Cuando Travis, el águila calva, se posó sobre la enmarañada cabeza de Iggy, tal vez por su sorprendente parecido con un nido de colores exóticos, nuestro protagonista se hallaba contemplando el papelito procedente de la caja, que, ya desplegado, había revelado algún tipo de localización evidente en aquel río que partía la isla de Samba en dos mitades. A pocos metros de él, el enorme río corría, caudaloso, ruidoso. Tal vez, en efecto, aquello fuese un mapa del tesoro. La localización parecía evidente, pero, ¿qué tenía que ver con aquella gema que Pran había llamado Corazón? ¿Y por qué estaba Pran detrás de ella? ¿Qué tenía que ver con todo? ¿Cuál era el hilo conductor de aquella historia? Travis observó el papel, atónito, y echó a volar al recibir la orden de Iggy.
Al cabo de unos veinte minutos caminando, Iggy llegó a un punto en el río que, a primera vista, no hubiera tenido nada de especial. Sin embargo, allí estaba Travis, volando en círculos sobre la zona, dando a entender que, en efecto, era allí. Y así era: alrededor de Iggy, entre el densísimo follaje de la selva, uno podía ver cuatro rocas que, de otro modo, hubieran pasado inadvertidas; musgosas, cubiertas de vegetación, y las cuatro apuntándose entre sí, como cuatro dedos acusadores. En efecto, si uno seguía la trayectoria trazada por las cuatro, daba a parar en aquel mismo tramo del curso del río. En las zonas más despejadas de la orilla, a pocos metros del propio Iggy, se había levantado un pequeño y discreto campamento consistente en una serie de tiendas de campaña de tamaño considerable, con unas siglas bordadas en negro: "S.B.N.". Alrededor de las mismas había lo que uno hubiese podido esperar: hogueras apagadas, ropa tendida, algunas armas, un par de barriles. Un par de hombres, armados y de aspecto mucho más marcial que los tipejos a los que Iggy había masacrado en el New Piano, hacían guardia en las esquinas, subidos a unas rocas estratégicamente situadas.
Tras la barra, el dueño del New Piano continuó garabateando en la hoja de papel, ajustándose las gafas sobre la punta de la nariz, mientras Iggy daba el último trago del final de su cerveza. El único público presente era la montaña de cuerpos que se acumulaban por doquier a lo largo de la terraza. La sangre se filtraba por los tablones de madera, goteando sobre el suelo de tierra que yacía un par de metros bajo el New Piano. El camarero, de cejas pobladas, asintió con la cabeza cuando nuestro protagonista le dijo que le transmitiese un mensaje a Pran. No lo haría, por supuesto. No por una cuestión personal, sino porque, a lo largo de su trayectoria profesional, había aprendido que no era buena idea para un tabernero ir haciendo de mensajero entre sus parroquianos. Además, era consciente de que lo último que le convenía era echar más leña a lo que narices fuera ese fuego que había prendido aquel día. Dio gracias al cielo cuando, tras apenas unos instantes, Iggy se desvaneció entre el follaje, y allí se quedó, a sus cosas, rodeado de aquella muchedumbre macabra que prefería no mirar. Con los años, también había aprendido que un extranjero en la zona interior de Samba significaba problemas. Lo mejor solía ser que se quedasen en la costa, en las ciudades, en las zonas más ricas, antes de partir hacia donde fuese que fueran. Para la mayoría, Samba era un lugar de paso, y era mejor que así permaneciese.
Cuando Travis, el águila calva, se posó sobre la enmarañada cabeza de Iggy, tal vez por su sorprendente parecido con un nido de colores exóticos, nuestro protagonista se hallaba contemplando el papelito procedente de la caja, que, ya desplegado, había revelado algún tipo de localización evidente en aquel río que partía la isla de Samba en dos mitades. A pocos metros de él, el enorme río corría, caudaloso, ruidoso. Tal vez, en efecto, aquello fuese un mapa del tesoro. La localización parecía evidente, pero, ¿qué tenía que ver con aquella gema que Pran había llamado Corazón? ¿Y por qué estaba Pran detrás de ella? ¿Qué tenía que ver con todo? ¿Cuál era el hilo conductor de aquella historia? Travis observó el papel, atónito, y echó a volar al recibir la orden de Iggy.
Al cabo de unos veinte minutos caminando, Iggy llegó a un punto en el río que, a primera vista, no hubiera tenido nada de especial. Sin embargo, allí estaba Travis, volando en círculos sobre la zona, dando a entender que, en efecto, era allí. Y así era: alrededor de Iggy, entre el densísimo follaje de la selva, uno podía ver cuatro rocas que, de otro modo, hubieran pasado inadvertidas; musgosas, cubiertas de vegetación, y las cuatro apuntándose entre sí, como cuatro dedos acusadores. En efecto, si uno seguía la trayectoria trazada por las cuatro, daba a parar en aquel mismo tramo del curso del río. En las zonas más despejadas de la orilla, a pocos metros del propio Iggy, se había levantado un pequeño y discreto campamento consistente en una serie de tiendas de campaña de tamaño considerable, con unas siglas bordadas en negro: "S.B.N.". Alrededor de las mismas había lo que uno hubiese podido esperar: hogueras apagadas, ropa tendida, algunas armas, un par de barriles. Un par de hombres, armados y de aspecto mucho más marcial que los tipejos a los que Iggy había masacrado en el New Piano, hacían guardia en las esquinas, subidos a unas rocas estratégicamente situadas.
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