12-11-2025, 07:37 PM
(Última modificación: 12-11-2025, 07:44 PM por Lelith Hesperax.)
Pasado
Hace unos dos años, en Isla del Karate
El silencio había caído sobre la casa como una niebla espesa. Las luces del coliseo, visibles desde la colina, aún parpadeaban en la distancia, acompañadas de risas, música y el eco de tambores que marcaban el ritmo de alguna pelea nocturna. Todo seguía igual allá fuera, pero en el interior de aquella pequeña vivienda el tiempo se había detenido.
Lelith permaneció quieta en medio de la sala. Sus manos temblaban ligeramente, aunque no por miedo, sino por la tensión que aún vibraba en los músculos. A su alrededor, el aire olía a hierro y a algo más profundo, un olor denso que le recordó al final de sus combates.
Durante unos segundos no supo si debía sentirse horrorizada o satisfecha. El silencio la envolvía, y en él no había reproches, ni gritos, ni juicios. Solo su respiración, acompasada, perfecta.
Entonces la razón comenzó a imponerse. Sabía que la encontrarían. Nadie creería su versión, ni siquiera si la tuviera. El pueblo la conocía, la admiraba, pero también le temía. Bastaría una mirada a lo ocurrido para que todos comprendieran lo que ella misma apenas empezaba a entender: lo que había hecho no tenía retorno.
Si se quedaba, sería capturada. Si huía, al menos seguiría viva. Respiró hondo y comenzó a moverse por la casa con la misma precisión que mostraba en la arena. Abrió cofres, levantó suelos, revisó los escondites de su padre. No buscaba recuerdos, sino recursos. Tomó monedas, joyas, documentos, comida seca. Cada objeto desaparecía en una bolsa que colgó al hombro sin mirar atrás. No permitió que el pensamiento tomara forma, porque sabía que si lo hacía, titubearía. Y Lelith Hesperax no titubeaba.
Al salir, el aire fresco de la noche le golpeó el rostro. El cielo estaba cubierto de nubes, y la luna apenas se insinuaba como una línea plateada entre ellas. En la aldea, las farolas aún ardían con un fuego tenue. Todo parecía dormido, tranquilo, inocente.
Caminó por las calles con paso seguro, sin ocultarse, sin prisa. Era una figura conocida allí, y su porte elegante hacía que nadie sospechara. Saludó a un par de vecinos con la cortesía mecánica de siempre, escuchando sus voces apagadas sin registrar una sola palabra. Por dentro, ya no pertenecía a aquel lugar.
Su destino era el puerto. Desde niña había bajado muchas veces a contemplar los barcos pesqueros y los buques mercantes que llegaban desde otras islas. Siempre había sentido curiosidad por el movimiento del mar, por ese horizonte infinito que parecía prometer algo distinto. Esa noche, por fin, iba a descubrirlo.
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