05-11-2023, 05:34 PM
78 de Primavera. Año 11.
Barranca profunda, Isla Toko, Corriente Daiya ~ 06:45 a.m.
Atributos Personaje
Antes de que salga el sol.
Estaba acostumbrado a levantarme pronto para aprovechar el día. Supongo que era algo que de cierta manera había “aprendido” en mi niñez, cuando no tenía otra alternativa para disfrutar de unos instantes de paz y soledad antes de que mi padre despertara de su borrachera habitual y comenzara la guerra diaria por cada estupidez que pasara por su trastornada cabeza destruida por las sustancias estupefacientes. Así construí una serie de hábitos que me alejaran de ellos y me procuraran la tranquilidad necesaria para afrontar los días. Así que estoy acostumbrado a ver amanecer y terminar mis tareas lo más pronto posible.
Anoche, tras volver al catre, y gracias a que Joe aceptó viajar conmigo para ayudarme, tenía una tarea que realizar antes de iniciar esa aventura: repasar el afilado de mi Shimei Kaeru. Aunque se suele decir que un espadachín afilado vale tanto como una hoja, seamos honestos, un espadachín vale tanto como el filo de su hoja. Y yo, particularmente, no estaba dispuesto a dejar mi arma en manos de la adversidad climatológica. Lamentablemente y, aunque tenía todas las herramientas para realizar su mantenimiento, había perdido mi piedra de afilado. Así que me di a la tarea de pasear bien pronto por la barranca exterior en busca de una piedra apta para esta labor. El día aún estaba dando los primeros coletazos de luz y se podía comenzar a ver con cierta claridad. El cielo carecía de nubes sobre mi cabeza y auguraba un día soleado de aquellos que disfrutas realizando cualquier tarea simple y una bebida fría. Casi lo óptimo para mis planes. Durante cerca de una hora u hora y media estuve andando por el árido terreno de la barranca exterior, buscando entre los pedregosos parajes una roca. Esta debía ser lo más plana posible y porosa, pero no frágil, pues debía permitir comer o limar parte del metal muy leve que permitiera el afilado. Por poco tuerzo mis tobillos en varias ocasiones por no mirar por donde estaba andando hasta que, finalmente, en uno de esos tropiezos di con una piedra que podría ser perfectamente válida para la tarea. - Tú puedes valerme. - dije, animado, mientras sostenía la piedra con la mano derecha y la observaba desde distintos ángulos, ayudándome de los rayos de sol que ya comenzaban a hacerse más y más fuertes por momentos. Tras decidir que esta sería la piedra que me llevaría, tocaba regresar al motel. Durante el camino, era imposible no pensar en la misión. ¿Lograría encontrar lo que estoy buscando? Y de ser así, ¿me daría tanto poder como esperaba? A fin de cuentas, las frutas del diablo son caprichosas… esperas conseguir dominio sobre los elementos y la materia y acabas siendo barro. O peor, una jirafa. Eso sí que me daba pánico, si me convertía en un hombre jirafa, yo mismo cortaría mi enorme cuello. Ya apenas llegaba al motel, entré de nuevo a mi habitación, tan desordenada como siempre, pero… eso iba a cambiar hoy y ahora. Pasé unos minutos colocando la poca ropa que tenía, mis pertenencias y recambios para finalmente hacer la cama y ordenar el triste baño que la estancia tenía. Si todo iba bien, las cosas iban a cambiar y para que las cosas cambien, debes hacer algo. Nada cambia sin ejercer fuerzas que lo modifiquen. - Esto comienza a parecer un sitio habitable. - musitaba mientras abría las persianas de par en par y me sentaba en la silla de madera frente al pequeño y maltrecho escritorio que la habitación tenía colocando mi arma predilecta sobre este y al lado el kit de mantenimiento junto a la piedra de afilar que había encontrado en la barranca exterior. - Bien, comencemos, amiga. - sentencié, iniciando la operación de limpieza tras realizar el saludo a mi espada. Desenfundé a Shimei Kaeru y dejé la saya sobre la mesa, un poco más apartada. Tras esto, cogí el pequeño martillo mekugi para golpear de manera leve y progresiva la espiga de madera que atravesaba la tsuka de mi arma, liberando así el mango de la parte visible de la hoja. Retiré el mango y desmonté la guardia o tsuba, junto a las pequeñas piezas como el habaki, que recubre la primera parte del filo. Tras tener todas las piezas listas en la mesa, dejé la hoja sobre la mesa y limpié cada material de manera individual, la guardia, los separadores, el mango y las espigas, con un pequeño trapo que conseguí del baño y que previamente había dejado lo más limpio posible. Finalmente, a todas las partes metálicas les apliqué el tradicional polvo de uchiko y las froté con un poco de papel de arroz para pulir ligeramente. Era el momento de la hoja, que cogí con otro pequeño trozo de tela desde la parte no visible de la hoja, o nagako, y realicé pasadas suaves y precisas por todo su filo con la piedra que conseguí. Me demoré en este proceso casi cuatro veces más que en el momento de la limpieza. Quizás demasiado, pero, como una vez escuché: Dame ocho horas para talar un árbol y pasaré siete afilando el hacha. Supongo que yo era así. Al acabar el afilado y comprobar el mismo con mis uñas, repetí la limpieza exactamente igual, primero un paño limpio, un poco de polvo y frotar suavemente para pulir la hoja y al finalizar, un último paso adicional, frotando con un poco de aceite vegetal el metal, otorgándole así un extra de protección contra los elementos naturales. Después realicé el proceso inverso, montando una a una de nuevo cada pieza sobre la hoja y ajustando la espiga para que todo quedara bien prieto y seguro. Observé la hoja desde distintos puntos y con distintas inclinaciones para asegurarme de que todo estaba correcto y durante unos instantes, me fasciné con la pureza y oscuridad que irradiaba mi espada. Era casi como mirar un abismo de cerca y dejarse seducir por su inmensidad y profundidad. A fin de cuentas, llevaba tantos años mirando ese abismo que supongo, parte de él se había quedado en mí también. Unos segundos después de estas reflexiones enfundé la hoja en la saya de nuevo para repasar con el mismo aceite la funda y frotarla con el paño, protegiendo así su madera. Y con esto, sin darme casi cuenta, había terminado la limpieza de mi espada. Había pasado toda la santísima mañana solo para esto y me rugían las tripas como un animal que llevaba semanas sin cazar, así que, sin más tiempo que perder, coloqué la espada entre mi cinturón y el pantalón como siempre, sin atar el sageo para poder sacar la saya en caso de necesitarla, y bajé a la cafetería del motel. Me senté en el sitio de siempre, en la misma posición de siempre y, cuando el camarero se acercó, supongo que fruto de la complicidad de tanto tiempo aquí, simplemente asentí y el hombre con un leve gesto de cabeza entendió mi orden: Bizcocho y batido de fresa. Supongo que el camarero estaba harto de traer ese desayuno a la misma mesa diariamente, pero… ¿qué voy a hacer al respecto? Soy un hombre de costumbres. Me gusta el batido bien procesado, el bizcocho esponjoso y mi filo mortal. Durante quince minutos degusté el increíble batido que preparaban en aquel lugar, y que no dejaba de sorprenderme tras un mes, para finalmente salir de allí dejando unas monedas en la mesa y subí a mi habitación. Con el estómago lleno y la espada lista, solo quedaba preparar mi mente. Me senté en seiza sobre un pequeño cojín en mitad de la sala y dejé a Shimei Kaeru frente a mí. Coloqué mis manos, una sobre el regazo y la otra con el dorso sobre la palma de la primera, realizando un pequeño mudra de concentración y cerré mis ojos, abstrayéndome en mis pensamientos de todo lo que me rodeaba. Durante un tiempo, los minutos se detenían y los segundos eran universos en mi mente mientras apartaba uno a uno los pensamientos y finalmente, abría los ojos para finalizar mi pequeño ejercicio. Era el momento de partir. Cogí mi arma y mi abrigo para salir del motel buscando encontrar a Joe y emprender la búsqueda que le había propuesto la noche anterior. No tenía ningún tipo de esperanzas en encontrar nada, pero, si había una remota posibilidad, un minúsculo ápice de suerte, quizás fuera el primero de muchos pasos hacia mi sueño. Y si existía esa probabilidad, yo, desde luego, no iba a esperar quieto a que llegara a mí, iba a salir a buscarla con todo lo que tengo. El bueno de Joe quedó en encontrarse conmigo en la plaza del pueblo Kakutasu y desde ahí, podríamos emprender la búsqueda. Me aseguré de llevar toda la información que había recopilado y de llevar mi Den Den Mushi por si, en algún momento, la cosa se ponía fea. A fin de cuentas, nada que merezca la pena puede ser fácil. Ni siquiera talar un árbol.
Aclaraciones
Karmas a tener en cuenta

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