[Pasado] Los colores del otoño
#11
No supo si alegrarse o no al escuchar que no lo conocía, con su mano haciendo un puño, contando hasta diez, recordando el montón de emociones que sintió aquella noche, con su corazón palpitando al recordar aquel beso, sintiendo una extraña sensación de calidez, pero al mismo tiempo, nauseabunda subir por la planta de sus pies, hasta su corazón, aquel beso, al principio había sido agradable, no obstante, se torció con tanta facilidad, que Seraphine no sabía si debía de meter su cabeza dentro de la trituradora más grande y esperar su fin, tantas veces se juró así misma a ser diferente, que no le arrebatará a nadie la importancia del consentimiento y lo hizo, su obsesiva necesidad de formar conexiones con los demás, le resultó ser más importante que ser una buena persona.

Tuvo que contener su respiración, contar hasta diez para calmarse y no salir huyendo de ahí para dejar a Kibai solo, con su mano tirando un poco de la piel de lo que quedaba del resto de su dedo meñique, el cuál no era mucho, había aprendido la lección, ahora no tenía intención de cometerlo otra vez, pero el solo haberlo hecho le bastaba para volver andando sola a Sorbet y estar al otro lado de los barrotes al no merecerse su libertad.

—No es un marine, no lo sé— Sonrió, sintiéndose algo estúpida. —Pero, dijo que peleaba por la justicia, así que pensé que podía ser uno— Ladeó la cabeza, rascándose el mentón, ni siquiera se sentía merecedora de estar hablado de él, con cuidado, llevó su palma al brazo, recorriendo donde se había herido y que Alejandro lo había tratado. —Es un mink, pantera negra, sus ojos son dorados y a veces puede ser un poco…— El lápiz se detuvo, alzando una ceja. —¿Estricto? ¿Rígido? Pocas palabras, quiero decir, quizás lleve lo militar al extremo— Arrugó su nariz, siendo mientras que más hablaba de él, más recordaba las facciones en las cuales se encontraban ambos, revolución y marine, algo le decía que si Kazan viese a Kibai, cargaría de inmediato contra él.

—Y sí, es un amigo.

Sonrió, mientras sentía que se moría un poco por dentro, no merecía llamarlo amigo tras cometer ese abuso, de inmediato, dio un paso hacia atrás al ver su reacción al molestarlo un poco, mirando su mano sobre el arma. —Anotado— Lo miró directo a los ojos. —El que se coma a un gato tendrá algo más feo que un ojo morado— No pudo evitar sentir algo de envidia al rubio, por su manera de expresarse, ella también quería esa agresividad. —Aparte de la comida, ¿con que más tuviste problemas?— No tardó demasiado en volver a acercarse a él, como si nada hubiese pasado, cuando sintió el toque, movió un poco sus alas, en vez de huir, parecían querer envolverlo. —Eso espero, que las limpio a menudo, aunque es un poco difícil…

Levantó una mano, intentando tocarlas.

—Incluye malabares a veces.

Se inclinó un poco hacia abajo para ver mejor lo que compraba y ante su pregunta, le fue un imposible el no mentir, siguiéndole a paso lento. —Quería explorar cuantas islas puedo— Levantó un poco su cabeza, sintiendo el aire acariciar su cabello, respirando profundo. —Habiendo sido durante ocho años una esclava y siendo recién libre en primavera, esta isla fue una de las primeras que quería visitar— Sus alas se movieron de forma animada, lista para zambullirse en lo que el mundo tenía que ofrecerle. —¿Puedo ayudar en algo?

Lo observó hacer, no gustándole sentirse tan inutil.
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#12
Kibai alzó la ceja, muy curioso acerca de lo que Seraphine estaba contándole. Aunque las frases en la libreta eran relativamente escuetas, pudo intuir por su expresión que había más de lo que le estaba contando detrás de aquel encuentro. A juzgar por la expresión de la joven alada, algo, fuese lo que fuese, no había ido como debería. Desechando la idea de preguntarle más por el momento, ya que solo conllevaría incomodarla más, decidió quitarle hierro al asunto.

— Así que un mink pantera... Es prácticamente un primo mío entonces — dijo riendo de buena gana. — Y no le des demasiada importancia a su "rigidez". Si realmente era un marine, es posible que llevase poco tiempo alistado y aún tuviese cierto apego a atenerse a la normativa y el protocolo en cualquier situación. Seguro que, en el fondo, no era tan estirado como te pareció ser.

Por suerte la tentativa de Kibai de tocar sus alas no molestó a Seraphine. Al contrario, parecía incluso agradarle. Contento por ello, el mink le sonrió, dándose cuenta de que aquella joven era bastante más vulnerable de lo que parecía. Peero cuando la joven mencionó su pasado como esclava, la mano de Kibai voló como un rayo hacia Raimei, deteniéndose a tiempo para no asustar a su acompañante. Ocho años. Miró rapidamente a Seraphine, tratando de calcular su edad. No se le daba muy bien hacerlo con humanos, pero era joven, sin duda. Habría sido esclava desde adolescente, año arriba año abajo.

Usando su cola como apéndice extra, le rascó la espalda, tratando de infundirle ánimos.

— Eh no te preocupes por eso, ahora comeremos y después te garantizo que lo verás todo mejor, de acuerdo?

Una vez en la playa y con el fogón montado, Kibai escaló rapidamente una palmera, cortando un coco y abriendolo de un solo tajo.

— Bien señorita, usa el cuchillo y saca la parte blanca, despues lava las mitades de los cocos, nos servirán de cacharros de cocina. Mientras yo preparo la carne, debes cortar el mango en trocitos pequeños, mezclarlo bien con las limas y déjalo en uno de los cuencos. Yo mientras tanto prepararé el resto.

Centrándose en su tarea, Kibai usó su garra para abrir la lata de cofnit, colcándola encima del fuego empleando varias tiras de hojas de palmera enrolladas. Poco a poco, la grasa del pato empezó a burbujear, hasta que pudo extenderla encima de una de las piedras planas que había reunido encima del fuego. Con un siseo que le hizo la boca agua, depositó los grandes pedazos de carne encima, que en seguida comenzó a chisporrotear.

Cuando su compañera hubo regresado, Kibai vertió la mexcla de frutas y lima ocn un poco de la grasa en una esquina de la improvisada plancha de piedra, dejando que se caramelizase lo justo para convertirlo en una sabrosa guarnición dulce.

— El South Blue tiene varias islas, aunque me imagino que antes o después querrás ir al Grand Line, no es así? Yo vengo de allí, y muchas veces lo hecho de menos, la verdad.

Dándole la vuelta al pato para que no se quemase, el mink sonrió a Seraphine por encima de las llamas de la hoguera.

— Quien sabe, quizás algún dia los dos nos encontremos de vuelta fuera del South Blue, no sería fantástico? Yo seré un Marine ya de pies a cabeza, y tú habrás explorado un montón de islas y podrás llenar diez libretas de esas para contar tus aventuras.

Cuando el olfato de Kibai le indicó que le pato ya estaba listo, sacó otros dos fragmentos de piedra lisa y depositó un trozo de carne en cada una, junto con una buena ración de la guarnición

— Aqui tiene, señorita, bon appettit!
Confit de pato con chutney de mango y lima
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#13
Arrugó su nariz ante las palabras.

—¿Te refieres a tener un palo muy metido en el culo en cuanto a normas y protocolo?— Sí, podía verlo, Moja lo tenía metido de una manera muy profunda durante las primeras horas de su encuentro, aunque se había relajado con el pasar de las horas. —Lo haces sonar como si fueses más libre y algo descuidado— Alzó una ceja, con una expresión divertida; parecían ser diferentes caras de una misma moneda, lo veía, preguntándose si en algún momento conocería a aquella persona que sería su opuesto.

Ladeó la cabeza al ver cómo su mano salió disparada en dirección al arma, sin entender el motivo de este, creyendo que quizás hubiese algo en ella que lo pusiera nervioso, ya que no era la primera vez que el hombre hacía aquello, sabiendo muy bien que la primera vez fue por meterse un poco con él, y parpadeó algo sorprendida al sentir la pequeña acaricia y sonrió, haciendo puños con sus manos, pegándole a algo imaginario en el aire.

—Tranquilo, no tengo la intención de dejar que aquello me derrumbe cada día, voy a agarrar la vida por los cuernos y quizás algún día podamos entrenar juntos— Señaló la espada. —Dudo que pueda manejarlo tan bien como con mi flecha y arco, pero sería divertido aprender— Ladeó la cabeza. —¿Cómo se siente el saber que podrás apoyarte en tus compañeros a la hora de pelear?— Los ojos de Seraphine brillaban con interés, pensando que algún día, ella podría hacer lo mismo con el resto de sus futuros miembros de la tripulación, sin duda, hasta ahora, la mayoría de sus experiencias fueron positivas desde que recuperó su libertad.

Siguió los movimientos de Kibai, agradeciendo el tener una buena visión y no tardó demasiado en llevar sus manos a su largo cabello, con intención de atar sus mechones en un pequeño tomate, quería ayudarle y para eso debía de tomar las precauciones necesarias, algo le decía que el rubio se tomaba muy enserio la cocina y si veía aunque sea un pelito bicolor, se llevaría una bronca y asintió de forma animada, buscando controlar el pequeño temblor en su corazón cuando tuvo que tomar el cuchillo, pequeños traumas floreciendo otra vez en su mente, no obstante, tras el primer corte, algo inexperto, se relajó, apoyando su lengua en la comisura de sus labios y se sintió más segura consigo misma, siguiendo las órdenes del marine.

Dio un paso hacia atrás, para dejarle espacio y que siguiese con el resto.

—No pensé en llegar tan lejos— O más bien, no se atrevió a soñar tan lejos. —Me gustaría conocer la Isla Matsuri, escuché que tiene flores muy bonitas— Se relamió los labios, escuchando su estómago gruñir de hambre mientras le llegaba a su nariz el olor de lo que cocinaban y pegó su cabeza entre los hombros. —¿De qué isla eres?— Se mordió el labio inferior, controlando la expresión, fantástico, quizás Kibai pensase diferente en el pasado. —Sí, lo es— Sintió un signo de interrogación danzar sobre su cabeza. —¿No eres ya un marine de pies a cabeza?

Cuando la comida estuvo lista, escuchando su estómago gruñir de nuevo y llevó una mano a un costado, sacando una flecha de a saber donde de las profundidades de su ropa, partiéndola a la mitad, ofreciendosela.

—Un improvisado tenedor— Sonrió. —Y muchas gracias, yo siento que ya estás haciendo sonreír a todas las personas con los platos que haces— Hizo un pequeño puño. —Y de seguro, que a esos críticos de cabeza dura, los harás temblar muy pronto con los bocados que les darás.
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#14
Kibai soltó de buena gana una sonora carcajada al leer las palabras en la libreta de Seraphine.

— No, tampoco es para tanto, no creo que el pobbre fuese tan estirado como lo pintas.

Rascándose la cabeza, se centró en cuidar que la grasa no se quemase.

— No diría que soy indiciplinado, pero si me gusta estar bastante a mi aire, al menos de vez en cuando. Supongo que está en mi naturaleza... Siempre que puedo, procuro escabullirme en mis tiempos libres. Roshwan es un lugar muy diferente a mi hogar, sabes? Tanta nieve, bosques de pinos, montañas altas que escalar... Es un lugar duro, y hasta algo hostil, a su manera, pero también tiene una belleza particular. No sé exactamente como explicarlo con palabras.

El mink comprobó como Seraphine se disponía a cumplir con la tarea que le había encomendado

"Más entusiasmo que maña, pero no se puede negar que le pone ganas" pensó para si mientras veía como se disponía a cumplir con sus instrucciones, mientras paraba de vez en cuando para escribir en su libreta.

¿Cómo se siente el saber que podrás apoyarte en tus compañeros a la hora de pelear?

Kibai esbozó una sonrisa, mientras que con una garra volteaba uno de los trozos de confit.

— Bueno, tiene un lado bueno y un lado malo, si lo quieres llamar así. El lado bueno es que puedes contar con que tus compañeros estén ahí, te sostengan cuando caigas, bloqueen ese golpe al que tu no pudiste reaccionar, sumen sus feurzas a las tuyas, y demás. Pero también requiere el compromiso y sacrificio por tu parte. Hay veces en las que sientes que no puedes dar el cien por cien, ya que tienes que estar pendiente del resto. Aún así, las cosas buenas superan y por mucho a las malas.

Cuando el cuaderno de Seraphine esbozó una frase preguntándole por su hogar, el mink se echó hacia atrás, mirando, como siemre, hacia el Oeste

— Nací muy lejos de aquí, en la zona del Grand Line que llaman el Nuevo Mundo, en la isla de Zou. Todos somos minks allí. Hace años, estaba jugando con otros minks a cazar pájaros, hasta que descubrimos uno que estaba al borde de un acantilado...

Kibai notó como su garganta se tensaba y una pequeña grieta apareció en la piedra plana cuando sumano la sujetó con demasiada fuerza.

— Sabía que era peligroso, pero era joven, y estúpido. Caí al mar. La corriente de arrastró lejos, hasta que un barco de la marina me encontró a la deriva. No sabían de dónde había salido, y yo estaba inconsciente, así que me llevaron con ellos. Pasé un tiempo en aquella nave, hasta que le pedí al capitán poder alistarme, y él me trajo hasta el South Blue para poder iniciar mi formación.

Aceptando el trozo de flecha que la joven le entregó, Kibai se concentró en la comida, disfrutando del intenso sabor del pato y la acidez cítrica de la guarnición de lima y mango, volteando la vista de vez en cuando a Seraphine para ver su reacción a la comida y leer lo que escribía.

— Técnicamente si, soy un marine de pies a cabeza, por mucho que el sargento de guardai de la base insista en que va a convertirme en una alfombra para su despacho unas tres veces por semana porque me han pescado durmiendo sobre el tejado en vez de en mi catre. De todas maneras, he podido comprobar que los marines, pese a tener todos nostros un objetivo común, tenemos muchos puntos de vista diferentes sobre como llegar a él.

El mink acabó su platillo y se recostó contra un tronco de madera de deriva, cruzando las manos tras su nuca y abriendo las mandíbulas en toda su extensión con un bostezo, antes de señalar la piedra con las tiras de coco.

— Lo bueno de estas islas tropicales, es que el postre siempre está servido. A mi personalmente me gusta más en seco y triturado para mezclarlo en otra cosa, pero así está más que aceptable.

Siguiendo su propio ejemplo, Kibai cogió una de las tiras y la arrojó al aire, atrapándola entre sus colmillos cuando cayó, mirando relajadamente hacia el horizonte más allá de la costa.
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#15
No pudo evitar encogerse un poco de hombros; al principio el hombre le había parecido serio, pero con el pasar de las horas, había resultado ser un encanto, pero tampoco es como si lo conociera demasiado. —Creo que puedo entenderlo, después de tanto tiempo, solo conociendo una parte del mundo, que olvidas que existe algo más allá de esa nieve, así que cuando uno ve tantas posibilidades abriéndose delante de ti… Es difícil resistir la adrenalina— Sonrió. —Pero, claro, nunca olvidarás el encanto de tu propia casa— Seraphine no podía concordar con lo último; hasta donde ella sabía, no quería volver a la celda que llamó su habitación por varios años, al ser más una palabra más bonita que celda.

—Suena bonito, el cómo lo describes— Sonrió, pensando en Kazan, recordando la tripulación que el hombre quería formar y ella accedió a formar parte; dudaba que pudiese ser de alguna ayuda, pero la pelirosa no tenía la intención de echarse para atrás, llevó una mano a su cabeza, peinando algunos mechones detrás de su oreja y observó las de Kibai, recordando cuándo fue la última vez que tocó las de un mink. —¿Y cómo es tener a tus compañeros, fuera del trabajo? ¿Alguien con el cual sueles escabullirte a menudo?— Ladeó la cabeza con interés; desde que era libre, la Skypean tenía toda la intención de poder hacer cuantos amigos pudiese, aunque sabía muy bien que con Kibai solo se quedarían en conocidos por cuestiones de facción.

… ¿Y si él no se enteraba?
Quizás pudiesen quedar como amigos.

Cerró sus ojos, pensando en aquel enorme wotan y lo enfadada que estaba que el mundo en el que viviesen, permitieran la existencia de esclavos, no, Seraphine no podía apartar la mirada de ello y si eso significase enfrentarse al hombre delante de ella, lo haría, incluso a Moja, por más que le disgustase aquella idea, escuchó con atención a su historia, no esperando que se sincerase con ella y dudando un poco, colocó una mano sobre su hombro, dándole un pequeño apretón, con una sonrisa en sus labios.

—¿Querrás, algún día, volver a pisar Zou?— Con cuidado, apartó su mano, sentándose en el suelo y utilizando su flecha; no tardaría demasiado en darle un bocado, tomándose su tiempo en degustar cada bocado, hasta que sus mejillas se colorearon de rojo al tragar, enseñándole su pulgar. —Es sabroso— Al escuchar lo de la alfombra, no pudo evitar llevar sus nudillos a sus labios, riendo un poco. —Nah, algo me dice que te extrañaría mucho como para convertirte en una— Se tomó su tiempo en comer, observando en dirección al postre y después a él. —Algo de envidia me das…
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#16
Kibai dejó a Raimei apoyada contra la misma madera dónde había estado sentado para cocinar y comer, y se giró para tumbarse boca abajo sobre la arena, con la barbilla cómodamente apoyada sobre sus antebrazos.

— Oh, fuera es excelente. Compartimos muchas horas juntos, guardias, patrullas, turnos de limpieza y demás. Eso hace que aún fuera de servicio, siempre tengamos muchas cosas de las que hablar. No obstante, salvo con Joss, un recluta que ha entrado justo al mismo tiempo que yo, lo cierto es que cuando elijo "escabullirme" como has dicho, la verdad es que prefiero hacerlo por mi cuenta. Me encanta la sensación de estar solo en la naturaleza, de ser yo contra ella, no sé si me explico bien. Me hace sentir más vivo que nunca.

Al poco notó como Seraphine le apretaba el hombro, y vio una nueva frase escrita en su libreta.

—¿Querrás, algún día, volver a pisar Zou?—

Aquella pregunta, simple como era, sumió a Kibai de vuelta en sus pensamientos.

De veras quería volver a casa? Obviamente quería saber como estaría su familia, pero... Zou estaba muy lejos, más allá de la primera mitad del Grand Line, y llegar allí no era algo baladí. Sin embargo, no estaba del todo seguro de como le recibirían. Su madre seguiría llorándole? Sus hermanos seguirían visitando el lugar dónde habia caído al mar?

A buen seguro que no. Al fin y al cabo, los años pasan para todos. Sus hermanos ya serían adultos hechos y derechos, y su madre. Kibai tragó saliva. Su madre estaría ya casi en sus sesenta años. 
"El tiempo pasa para todos, tonto. Tú eras un crío cuando caíste, el resto del mundo no dejó de girar por eso"

Sacudiendo la cabeza para alejar aquellos malos pensamientos, Kibai fijó su vista en el horizonte.

—No estoy del todo seguro de querer volver. Puede que si vuelvo, me cueste marcharme más que nunca. Aún así, tendrá que ser una decisión que tome cuando esté en condiciones de tan siquiera planteármelo. Mi hogar está muy, muy lejos, y yo estoy aquí, en el South Blue. Por lo tanto, resulta inútil pensar en ello.

Con una pequeña sonrisa de satisfacción, Kibai observó como la joven atacaba la comida. Siempre le resultaba agradable ver como la gente disfrutaba comiendo lo que él preparaba, le hacía sentirse realizado con su trabajo, aparte de que nunca había soportado ver a la gente pasar hambre, era algo superior a él.

Con la última frase que Seraphine escribió en su libreta, el mink alzó una ceja extrañado, mientras se llevaba un trozo de coco a la boca.

— Envidia? Y eso por qué?
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#17
Observó las acciones de Kibai con interés, pensando que solo falta que estirase su cuerpo como un gato y sería el paquete completo, sonriendo, sacudió un poco su cabeza y se concentró en la comida, tomando su tiempo en saborear hasta el último detalle, haciendo un repaso mental de la receta, de verdad que era una lástima el no poder hacerse amigo de él para aprender la receta, quizás manteniendo una conversación con intención de aprender algo sobre la marina, Seraphine se negaba a hacerle daño de alguna forma cómo traicionarlo con una amistad falsa, ahora que lo conocía, no podía hacerlo, además, tampoco le gustaría que se lo hicieran a ella.

—Eso es bueno.

Sonrió y, al terminar el postre, buscó ordenar un poco, no pudiendo evitar inflar sus mejillas al ver que se lo devoró todo; no habría estado mal el comer algo más. Dejó escapar un pequeño suspiro, colocando el dorso de su mano sobre su frente, mirando a su alrededor, protegiéndose del sol y disfrutando de la vista, el ruido de la naturaleza golpeando contra sus oídos tenía un ritmo hipnótico que la hacía querer bailar. De pronto, se sintió de humor extraño, mirándolo con un brillo curioso. —¿Qué es la cosa que…?— Ladeó la cabeza, sin saber muy bien cómo ponerlo en palabras, dándole golpecitos con el lápiz al papel. —¿Lo peor que hayas hecho? Travesura, algo que si tus superiores se enteran, kaboom— Alzó ambos brazos, imitando una explosión, lo máximo travieso que Seraphine había hecho era su primer intento de escape y unirse a la Revolución; pensó que quizás si escuchase una de sus historias, quizás pudiese utilizarlo de guía y alegrar su vida.

—Además, volver a ver a tu familia… No sería tan fácil, ¿no?— Pegó su cabeza entre los hombros, por alguna razón, se imaginaba al rubio siendo recibido con un zapato directo a la cabeza por desaparecer durante tantos años y no volver directo a casa. —Yo no me acuerdo de los míos— Se rascó un poco el mentón, pensativa, la sien palpitando al intentar recordar algo más allá de aquellos ocho años; ante lo último, no pudo evitar sonrojarse por culpa de la vergüenza, dándole golpecitos a la arena con el lápiz, necesitando unos minutos para recomponerse.

—Eres libre, te comportas libre, eres… vida— Se encogió de hombros. —Todavía me cuesta llegar a ese nivel sin… cuestionar todo— Se acomodó sobre la arena, abrazando sus piernas y apoyó el mentón sobre sus rodillas. —Pero, llegaré a eso, no me gusta que me esté tardando— Hizo una mueca.
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#18
—¿Lo peor que hayas hecho? Travesura, algo que si tus superiores se enteran, kaboom—

Kibai soltó una carcajada de buena gana.

— No pienso decir eso si no es en presencia de una corte militar, pero digamos que implicó a un gyijon muy mal educado y a un Tontatta con malas pulgas. Eso sí, al menos uno de los dos ahora lo considero un amigo.

Al ver la cara de Seraphine al ver que no quedaba más para comer, el mink se giró boca arriba y levantó las piernas hacia atrás, usando la inercia para ponerse en pie. De un salto, trepó a la palmera más cercana y tras gatear unos tres metros, cortó un segundo coco, con el que bajó de vuelta de un salto. Usando una de sus garras, perforó la corteza para abrir vía libre al agua que contenía, antes de alargárselo a la joven.

— Toma anda, avísame si necesitas ayuda para abrirlo cuando te termines el líquido.

Mientras se volvía a tumbar, Kibai leyó de reojo la siguiente frase que Seraphine había escrito en el su libreta. SIn embargo, antes de poder responder, leyó la segunda, que lo enmudeció.

— Lo siento mucho, de veras. Yo... si recuerdo a mi familia, pero  si que es cierto que según pasa el tiempo, cada vez me cuesta más, y sus rostros se van emborronando.

El mink desvió la mirada hacia el mar, clavando la vista en el Oeste, dónde sabía que muy lejos, tras la Red Line, se encontraba su hogar.

— Si que admito que me preocupa que no pueda recordar sus caras...

Sintiendo que el ambiente comenzaba a tornarse pesimista, se forzó a mostrar una sonrisa de nuevo.

— Pero si recuerdo su olor! Oh, no olvidaría el aroma de todos ellos ni en cien vidas. Y ellos tampoco el mío eso seguro. Aunque estuviesemos todos ancianos y ciegos por las cataratas, podríamos encontrarnos!

Alargando una mano, el mink le apretó un poco el antebrazo a Seraphine.

— Y estoy seguro que si algún día encuentras a tu familia, te reconocerán, y tú a ellos. Es algo más que memoria en sí, es instintivo, comprendes? Lo llevamos dentro.

Kibai se recostó de nuevo contra el tronco, viendo a la joven escribir de nuevo.

—Todavía me cuesta llegar a ese nivel sin… cuestionar todo. Pero, llegaré a eso, no me gusta que me esté tardando.

— Eh, ese es el espíritu. Piensa que cuando algo cuesta y tarda, suele ser porque vale la pena. No puedes hacer un estofado en veinte minutos, necesitas horas para que quede tierno y sabroso, lo entiendes? Solo... date tiempo. Todo llegará.

Alargando el brazo hacia atrás, Kibai alcanzó un par más de trozos de madera que arrojó a la hoguera, que empezaba a reducirse a meras brasas. La madera, cubierta por una costra de sal, se prendió rápidamente, arrojando unas vistosas llamas verdes hacia el cielo. Al notar la bocanada de calor en el rostro, el mink cerró los ojos un momento, disfrutando de la agradable sensación,

— Oye Seraphine, lo que has dicho antes... Me preocupa, lo confieso. Tienes a alguien aquí que se encargue de ti? Amigos, compañeros...ya sabes, alguien con quien contar para que te ayude.
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#19
Observó con atención el arma y ladeó la cabeza, con cierta curiosidad, preguntándose qué tan fácil sería el cortar a alguien con su filo, qué tan fácil sería cortarla a ella y se preguntó si algún día, quizás, Seraphine pudiese tener un buen dominio sobre su propio arco, sonriendo de manera algo infantil al imaginarse a sí misma como una especie de Legolas pelirosa, disparándole a más de un enemigo, abrió y cerró sus puños con nuevo entusiasmo; tenía toda la intención de acabar con los contrincantes que se le metieran en su camino, no pudiendo evitar sentir que quizás aquello ocurriese demasiado pronto para su gusto, pero mejor tarde que nunca.

Ella podía enfrentarse a la mierda que la vida tenía planeada para ella.
Ya pudo escaparse de su amo y no estaba sola.

Sonrió, con sus ojos brillando con ánimos, y empezó, con sus manos, a buscar algo en la arena, con intención de empezar una nueva colección de conchitas y demás cosas, gateando a veces un poco lejos del rubio, con una expresión decidida, y no tardó demasiado en encontrar una concha algo grande, de color marrón, agitándola un poco para que Kibai la viese. —¿Gyojin y tontatta? Quiero saber más— Entrecerró sus ojos, con curiosidad, sacudiendo su mano para evitar pegar la arena en las hojas. —¿Y conoces gente aparte de la marina?— No pudo evitar pensar en Kazan, temiendo un poco que, como él, tuviese cierta aura de lobo solitario, sin saber si culpar a la personalidad o el hecho, de que las personas no fuesen demasiado animadas cuando se trataba de cualquier otra raza que no fuese humana, sintiendo el viento sacudir un poco sus cabellos, dejó escapar un estornudo en otra dirección.

Parpadeó al verlo hacer malabares otra vez y no pudo evitar sonrojarse un poco, estirando sus manos para tomar la nueva comida que le estaban dando.

—¿Tan fácil de leer, uh?

Pegó su cabeza entre los hombros. —Ahora parezco una glotona, pero es que se te da muy bien cocinar— Apartó la mirada. —Gracias— Parpadeó, algo confundida cuando escuchó su lo siento y se encogió de hombros al captarlo, restándole algo de importancia. —¿A qué huelen?— Ladeó la cabeza con atención, bebiendo un poco con tranquilidad y puso una cara algo extraña. —Tiene un curioso sabor, ¿quieres también?— Sonrió. —Claro, tampoco creo que haya muchas skypean de casi cuatro metros, pelo rosado y celeste ahí afuera— Arrugó su nariz. —¿Horas? No tengo la paciencia para ello— Hizo una mueca y, cuando vio las llamas de color verde, buscó algo más de sal para imitar aquel resultado.

—Sí, tengo a mi mejor amigo— No pudo evitar alegrarse al pensar en el Wotan. —Me encontró en mi primer día de libertad, menuda sorpresa me llevé al ver que medía diez metros— Se rió, de una manera muy libre. —Dime, ¿ahora qué hacemos? ¿Jugamos a algo? ¿Necesitas ayuda para hacer recados?— Tenía, de pronto, mucha energía. —Me gustaría intentar jugar voleibol.
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#20
Kibai observó la concha que Seraphine agitaba alegremente, mirando a la joven con cierta ternura. Desde luego, que aún fuese capaz de alegrarse por aquellas pequeñas cosas de la vida hablaba, y mucho, del carácter de la joven. Ante la nueva frase que había escrito en su cuaderno, el mink se recostó de nuevo sobre la arena, cruzando los brazos detrás de la nuca mientras dejaba volar los recuerdos.

— En la Isla de Roshwan hay una carrera todos los años, cualquiera puede apuntarse. El objetivo es llevar una botella llena de licor desde la salida hasta la cima de una de las montañas de la isla. Allí hay un pequeño templo, y el ganador de la carrera tiene el privilegio de poder depositar la botella como ofrenda para pedir una buena cosecha para ese año. No era mi intención apuntarme, pero mi compañero Joss me convenció para que corriésemos, ya que era la manera de como recién llegados integrarnos un poco más en la isla.

Kibai se guardó para si que en el momento de apuntarse, Joss llevaba unas cuantas jarras de cerveza encima y se había subido a una mesa declarando que serían los ganadores indiscutibles de la carrera. No todos los detalles debían contarse sobre un historia, al fin y al cabo.

— El caso es que en la salida de la carrera, nos dieron las botellas a todos los participantes, y de repente vemos como una de ellas va andando sola por la nieve. Era un Tontatta, Filo, que había decidido participar también. En cuanto al gyojin, era un tripulante de un mercante con bastante mala educación que le pareció adecuado eliminar competencia de la carrera a base de dejar incosnciente a todo el que trataba de adelantarle. Por suerte, en cierto momento, recibió su merecido en forma de rama de árbol contra su cabeza que lo arrojó directamente contra un terraplén y acabó su participación.

Kibai continuó su relato, contándole como Joss, Filo y él se habían apresurado demasiado en la escalada de la montaña, cayendo los tres en el proceso y rompiendo dos de las tres botellas que llevaban, así como la breve lucha que se había producido y que se había detenido con el sonido de las campanas del templo que indicaban que alguien ya había llegado a la meta.

— De modo que lo único que pudimos hacer fue abrir la botella y compartirla entre los tres. La verdad, era un buen sake... Y desde entocnes fuimos amigos. Filo encontró trabajo en la taberna local, en parte porque a los clietnes les hacia mucha gracia ver una bandeja moviendose sola por todo el local.

El mink leyó pacientemente lo que iba escribiendo la joven en su cuaderno, alegrándose que de al menos tuviese a alguien con ella, y si era tan grande como ella contaba, al menos se libraría de la mayoría de porblemas, aunque solo fuese por la intimidación que supondría su presencia.

— Lo cierto es que no tengo más recados que hacer, ya he discutido de sobra con el encargado de la intendencia de la base aquí en Samba, y el barco está cargado con las provisiones para Roshwan, así que considérame oficialmente de vacaciones hasta que nos avisen a través del Den Den Mushi. En cuando al voleibol, necesitaríamos una red y una pelota, aunque es posible que en algún lado haya alguien jugando, no sería complicado encontrarlo, creo yo.

Alzando las piernas hacia el cielo, Kibia se impulsó para ponerse de pie de un salto.

— Aunque soy más de echarme la siesta después de comer que otra cosa, admito que no me vendría mal estirar los músculos un rato. Así que si quieres, damos un paseo y vemos si encontramos algo interesante al resepcto, te parece bien?
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