02-03-2026, 01:20 AM
(Última modificación: 02-03-2026, 01:36 AM por Asherah Bel-Nadin.)
》》22 de Verano del año 17
El muelle de Baterilla late como un corazón recién forzado a bombear más sangre de la habitual. Cajas que se arrastran, redes húmedas extendidas al sol, voces que se superponen en regateos y órdenes. Desciendo del barco con el periódico doblado bajo el brazo y dejo que el bullicio me atraviese todavía sin tocarme del todo.
El aire aquí es distinto al de Samba: Más salobre. Más crudo.
Me detengo un instante antes de internarme en las calles. Ajusto el bolso sobre mi hombro y observo el perfil del puerto: han reforzado amarres, ampliado un sector del muelle. Se nota que esperan tránsito. Que algo grande está por empezar, incluso si nadie lo dice en voz alta.
Apenas pongo un pie firme en la madera cuando escucho el comentario, lanzado con esa mezcla de asombro y exageración portuaria:
—¿Viste eso? ¡Un lunarian! Salió volando como si el puerto fuera suyo.
Otro responde, todavía riendo:
—Casi me tira el sombrero con el aleteo. Se fue hacia el centro, por arriba de todos.
No me detengo. Camino con aparente indiferencia, aunque mis oídos se afilan. Un tercero interviene, gesticulando:
—Moreno, alto. Alas negras. Ni esperó turno ¡zas! Se elevó y ya estaba flotando como si nada.
Las palabras flotan entre los estibadores con esa mezcla de exageración y verdad que sólo tienen las escenas inesperadas. No necesito más detalles. Mi mente completa la imagen con una facilidad inquietante.
Alas negras.
Mi primer pensamiento no es estratégico ni prudente. Es visceral.
Heras.
Durante un segundo —absurdo, pero real— imagino que ha llegado antes que yo. Que decidió presentarse al mundo con la misma teatralidad contenida de siempre. Que el cielo de Baterilla fue su telón. Permanezco inmóvil, apoyada apenas en una baranda, escuchando cómo reconstruyen la escena: la vibración de las plumas, el ascenso leve antes de dirigirse hacia el centro de la isla, las miradas clavadas en su silueta.
Demasiada naturalidad para un debut improvisado.
Demasiada seguridad para ser un accidente.
Heras encajaría.
Y sin embargo… algo en el tono no habla de espectáculo, sino de costumbre. De alguien que voló porque caminar le resultaba innecesario.
La duda queda suspendida en mí mientras retomo el paso.
Pero antes de proyectos, antes de cálculos, necesito comprobar algo más íntimo.
El Ancla Vieja.
Camino hacia donde la memoria insiste que debería estar. Hace años crucé esa puerta casi por azar, gracias a Ubbe, en una coincidencia que terminó pesando más de lo que parecía. Recuerdo la madera oscura del mostrador, la escalera ancha, su risa ocupando el comedor como si no hubiera techo suficiente para contenerla.
El cartel aparece, descolorido pero firme: El Ancla Vieja. La pintura astillada resiste como un gesto terco frente al tiempo.
Exhalo.
Sigue en pie.
No entro, es muy temprano. Me basta con escuchar el murmullo interior y confirmar que algunos lugares no se desvanecen cuando uno se va. Retrocedo hacia la calle principal con el periódico aún bajo el brazo. Los nombres impresos —Ubbe, Uker— pesan distinto ahora, en esta isla que parece concentrar más hilos de los que imaginé.
Y entonces lo veo.
No en el cielo.
En la calle.
Una silueta unos metros más adelante. Espalda recta. Paso firme. Y, plegadas con naturalidad, alas negras.
Mi pulso se acelera con una anticipación que no logro contener.
¿Será Heras?
El nombre se forma antes de que pueda impedirlo. La distancia, la forma en que las alas descansan contra su espalda, el contraste oscuro contra la luz del mediodía… todo activa la memoria. Avanzo un par de pasos, intentando ver mejor el perfil.
Y ahí se desarma la ilusión.
No es él.
La línea del rostro no coincide. La forma en la que se presenta —más ropa de la que debería— que conozco tan bien. La energía es distinta: más contenida, más sobria. Funcional.
La constatación no trae decepción, sino curiosidad.
Porque si no es él… entonces es otro.
Y no somos muchos.
Me detengo apenas lo suficiente para ordenar el impulso. Podría seguir mi camino, devolverme para entrar al hotel, pedir una habitación y fingir que el mundo no acaba de ofrecerme un espejo inesperado. Pero sería mentirme.
El recuerdo del rumor en el muelle se superpone con la figura real frente a mí.
Él fue quien alzó vuelo.
Y yo no lo vi.
Eso, más que cualquier otra cosa, me empuja.
Ajusto el paso con discreción, mezclándome entre comerciantes y marineros. Mantengo distancia suficiente para no resultar evidente, pero la necesaria para no perderlo. Mis alas permanecen apacibles; no necesito desplegarlas para sentir la tensión sutil recorriéndome la espalda.
Él gira hacia el mercado central.
Yo lo sigo.
No por desconfianza primeriza. Es algo más primitivo: el reconocimiento de una posibilidad. De un reflejo inesperado en una isla que, hasta hace minutos, era sólo una coordenada estratégica.
Observo cómo se desliza entre puestos de especias y telas colgantes. La multitud parece que no lo incomoda. Tampoco lo ralentiza. Sus movimientos son precisos, casi económicos. No hay ostentación en su porte, pese a la naturaleza inevitablemente visible de sus alas.
Dobla una esquina y acelero apenas para mantenerlo a la vista. Mi mente repasa posibilidades con rapidez práctica: ¿viajero solitario? ¿explorador? ¿alguien huyendo? ¿alguien empezando?
El periódico bajo mi brazo me recuerda que el mundo está tensándose. Que los nuestros comienzan a aparecer en titulares, en cifras, en listas oficiales.
Ver a otro caminar así, sin encorvarse, sin fingir normalidad, tiene algo de declaración silenciosa.
No sé todavía qué espero encontrar. Una conversación. Un intercambio breve de miradas que diga “te reconozco” sin necesidad de palabras. O tal vez solo confirmar que en esta isla que promete convertirse en eje de rutas y negocios también existen otros como yo, con alas negras plegadas a la espalda y preguntas que no caben en los titulares.
Baterilla ya no es solo un punto estratégico en mi mapa empresarial.
Empieza a sentirse como un cruce de hilos más íntimos.
Y mientras avanzo tras esa silueta oscura, entiendo que este viaje no será tan lineal como había planeado.
A veces uno llega a un puerto buscando rutas.
Y termina encontrando espejos.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
