13-03-2026, 06:22 AM
Ese día, el aire viciado de los barracones lo arrancó temprano de la cama. En verano hacía calor, te asfixiabas entre las cuatro paredes de la escueta habitación que el cuartel tenía reservada para ti. En invierno, por otro lado, morías congelado bajo su pobre cobijo. Una forma sencilla, algo brutal, pero efectiva, de que sus soldados no se achancharan en la cama. Así que, sí, Enji estaba en la calle, vestido de civil junto a un viejo y enorme arbol. Las manos en la cintura, los brazos en jarra y una mirada cansina que buscaba algo entre las ramas bajas una señal de vida animal.
—¿Ford? Baja de ahí, gato. Te vas a matar —dijo Enji. Llevaba unos veinte minutos parado junto al árbol y buscando entre las ramas a su gato, un minino de pelaje blanco, ojos celestes y un carácter muy peculiar—. Venga, vamos. Pspspsps. —Trató de llamar su atención frotando los dedos índice y pulgar. Muchas personas hacían eso para llamar a sus gatos y solía funcionar. Echó otro vistazo, pero nada—. ¡No me hagas subir a buscarte!
El marine, fuera de su horario de trabajo, vestía ropa sencilla y ligera. Una camisa marrón, pantalones cortos blancos y un par de sandalias gruesas. Tenía la camisa abierta hasta el tercer botón y los pantalones arremangados por encima de las rodillas.
Pasaron unos minutos más y Ford no dió señales de vida. Enji suspiró.
—Te voy a hacer empanadas, gato del diablo —gruñó mientras arremolinaba el brazo, como quien gira una palanca—. ¡Ahí voy!
Extendió los brazos a los costados de su cuerpo para darse estabilidad, flexionó las rodillas, bajó la cola hasta casi tocar el suelo con ella y luego, como un resorte, se propulsó hacia arriba. La potencia de sus piernas lo arrojó muchos metros en el aire. Subió, subió y subió, dibujando un arco perfecto hasta la punta del árbol, de dónde se aferró con uñas y dientes antes de pasar de largo. Todo el árbol se tambaleó a causa del abrupto peso en la punta, y un maullido se escuchó entre las ramas.
—¡Ya de edzuché! —advirtió Enji con los dientes aferrados a una rama. De verdad se estaba agarrando con todo lo que tenía.
Después de comprobar que las ramas a su alrededor tenían la dureza suficiente, se soltó y paró sobre una de ellas. Posó la mano en el tronco principal del enorme árbol y, en contra de la clásica advertencia, miró hacia abajo.
—Ahora dónde estás tú, hijo de tu gata madre…
—¿Ford? Baja de ahí, gato. Te vas a matar —dijo Enji. Llevaba unos veinte minutos parado junto al árbol y buscando entre las ramas a su gato, un minino de pelaje blanco, ojos celestes y un carácter muy peculiar—. Venga, vamos. Pspspsps. —Trató de llamar su atención frotando los dedos índice y pulgar. Muchas personas hacían eso para llamar a sus gatos y solía funcionar. Echó otro vistazo, pero nada—. ¡No me hagas subir a buscarte!
El marine, fuera de su horario de trabajo, vestía ropa sencilla y ligera. Una camisa marrón, pantalones cortos blancos y un par de sandalias gruesas. Tenía la camisa abierta hasta el tercer botón y los pantalones arremangados por encima de las rodillas.
Pasaron unos minutos más y Ford no dió señales de vida. Enji suspiró.
—Te voy a hacer empanadas, gato del diablo —gruñó mientras arremolinaba el brazo, como quien gira una palanca—. ¡Ahí voy!
Extendió los brazos a los costados de su cuerpo para darse estabilidad, flexionó las rodillas, bajó la cola hasta casi tocar el suelo con ella y luego, como un resorte, se propulsó hacia arriba. La potencia de sus piernas lo arrojó muchos metros en el aire. Subió, subió y subió, dibujando un arco perfecto hasta la punta del árbol, de dónde se aferró con uñas y dientes antes de pasar de largo. Todo el árbol se tambaleó a causa del abrupto peso en la punta, y un maullido se escuchó entre las ramas.
—¡Ya de edzuché! —advirtió Enji con los dientes aferrados a una rama. De verdad se estaba agarrando con todo lo que tenía.
Después de comprobar que las ramas a su alrededor tenían la dureza suficiente, se soltó y paró sobre una de ellas. Posó la mano en el tronco principal del enorme árbol y, en contra de la clásica advertencia, miró hacia abajo.
—Ahora dónde estás tú, hijo de tu gata madre…

