21-04-2026, 09:31 AM
Día 3 de otoño del año 11
Habitación de Viktor, Isla Toko, 7:55 p.m.
Ya se había puesto el sol. Estaba en mi habitación, en una de las últimas tardes que pasaría en ese lugar que había visto como lamía y curaba mis heridas desde el ataque de mi gremio y, finalmente, había conseguido el poder suficiente como para poder luchar y cambiar las cosas. Sin embargo no era tan fácil. No había probado a transformarme desde que Joe y yo peleamos contra Blackmore y, suponía que la adrenalina del momento fue lo que hizo que pudiera conseguirlo pues, aunque sabía bastantes cosas sobre frutas del diablo, no tenía conocimientos sobre cómo verdaderamente un tipo zoan cambiaba de forma a voluntad. Tenía que haber un detonante.
Estaba ataviado solo con mis pantalones, en un estúpido intento de no partir mi ropa en jirones cuando me transformara, en el centro de la habitación con los ojos cerrados. Aún no tenía control sobre mis emociones y menos sobre la fruta pero tenía una idea bastante clara de cual era: El lobo blanco, la deidad protectora. Comencé visualizando batallas en las que ayudaba a inocentes, intenté motivarme a mi mismo y, poco a poco intenté incluso serenar mi mente con una larga meditación. Nada parecía hacer aparecer el manto del lobo sobre mí.
— Tiene que haber una forma, un detonante, un gatillo que active la transformación. — pensaba mientras ojeaba libros. — Siempre pensé que sería el autocontrol pero, ¿por qué no funciona? — mi frustración era evidente. Cerré un tomo enorme sobre frutas del diablo de golpe y volví al centro de la sala y cerré los ojos de nuevo, no quería rendirme. Un pensamiento intrusivo inundó mi mente. El momento exacto en el que recibí el primer virote en el barco de Ebony Shard y comenzó la reyerta que finalizó con la muerte de todo mi gremio. No podía sacarme de la cabeza que, aun en defensa propia, en todo momento pensé en acabar con ellos. Durante unos instantes fui tan asesino y tan desgraciado como ellos lo fueron y, quizá de ahí, que Vinro dijera que yo también era un monstruo. Eso me enfurecía más. La dicotomía de intentar defender la vida pero tener que arrebatarla, de tener que ser un carnicero para poder ser el mejor. La batalla. El instinto.
— El instinto. — dije descubriéndome transformado por fin. — El instinto asesino. — pensé mientras asumía una carga tácita con la fruta: si quería su poder, debía ser capaz de equilibrar en perfecta medida tanto mi serenidad de espadachín como el espíritu salvaje del lobo. El camino se abría ante mí.
akuma

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